Soltó un grito ahogado cuando se vio reflejada en el espejo del techo, todo su cuerpo estaba desnudo, tendido en una enorme cama de sábanas de seda roja. Con el corazón retumbante, Hinata trató de levantarse, angustiada descubrió que sus muñecas estaban atadas al cabecero de la cama, tiró una vez más y fue inútil. El material no le hacía daño, pero era lo suficientemente resistente para evitar que se escapara.
Recorrió con los ojos toda la extensión de la habitación oscura en la que se encontraba y estos se ampliaron cuando descubrió quién se encontraba a sus pies.
Naruto Namikaze la observaba atentamente con una copa de vino en la mano. Solamente llevaba unos jeans azules, desabrochados, permitiéndole ver sus bóxer blancos Calvin Klein. Su torso desnudo parecía tallado por los mismos Dioses. Estaba segura que podría mirarle todo el día. Tenía hombros anchos, brazos musculosos, pectorales tonificados y abdominales asesinos. Se lamió los labios admirando el pequeño camino de vello que empezaba en su ombligo y se perdía dentro de sus bóxer cuando se percató de que él se acababa todo el vino y dejaba caer la copa.
Dio un paso en su dirección y su respiración se agitó.
―¿Qué significa esto? ―Naruto sonrió de medio lado, su hoyuelo formándose en su mejilla y posó una rodilla en la cama.
Hinata encogió sus piernas tratando de cubrir su pudor.
―Esto... ―susurró tirando suavemente de su pie, repartió suaves besos en todo su empeine y piel de gallina la cubrió―. Significa que te voy a volver loca.
Hinata se retorció, tirando de sus ataduras cuando él lamió su pie hasta llegar a su tobillo.
―Por favor, deténgase ―exigió―. Esto está mal.
―Lo que está mal es que niegues que me deseas, ángel ―respondió, mirándola mientras continuaba trazando su camino de besos hasta llegar a su rodilla, la mordió allí.
Hinata contuvo un gemido y apretó los párpados. Ese hombre era su jefe, simplemente era incorrecto, pero... Dios, lo deseaba. Lo deseaba como jamás imaginó desear a alguien. Le encantaban sus ojos, su pelo rubio, sus labios gruesos, su estatura, su porte, su temple. Era todo lo que una mujer desearía, pero ella no era cualquier mujer, ella quería amor. Amor de verdad. No una simple aventura y lastimosamente, se veía brutalmente enamorada de ese hombre si le permitía llegar más lejos.
Suficiente dolor cargaba como para añadir otro más.
―No ―mintió―. ¡Pare ahora!
Naruto lamió lentamente su pierna y ella las cerró con fuerza, lo sintió sonreír contra su piel erizada. Era una chica fuerte, pero contra él estaba segura que perdería patéticamente. Su cuerpo la desobedecía siempre que se encontraba en su presencia.
―Te deseo, ángel ―musitó con sensualidad, su voz ronca la hizo morderse el labio. Sonaba tan necesitado y deseoso de su cuerpo. Besó su monte de venus y deslizó la lengua hacia su ombligo. Esta vez Hinata no pudo evitar gemir y arquearse. Su vientre se apretó con fuerza y tiró más fuerte de sus muñecas odiando la sonrisa de suficiencia que ese delicioso hombre tenía dibujada en su perfecta cara.
―No me haga esto, por favor ―rogó con la voz quebrada, respirando agitada ante la increíble excitación que la humedecía entre las piernas. Naruto arrastró sus dientes hasta el valle entre sus pechos, luego acarició uno con su mejilla.
―Eres tú la que te lo haces al negarte ―dijo él y tiró de un lado de su pecho con los dientes. Un gemido atravesó a Hinata y se aferró a sus grilletes―. Te huelo, ángel. Sé que te excito y que me deseas.
Negó repetidas veces con la cabeza. No iba a caer.
―Te lo demostraré ―Miró sorprendida como su pezón desaparecía dentro de su cálida boca y Hinata gimió arqueada, prácticamente se amamantó de ella. Lo sintió mecer su pequeño botón con la lengua, luego rastrillarlo con los dientes para después soltarlo de un chupetazo. Pasó a su otro pecho, brindándole las mismas atenciones, excitándola a más no poder.
Hinata prácticamente jadeaba, su boca estaba seca y odió la respuesta de su cuerpo a él. Naruto solamente necesitaba rozarla levemente y su interruptor se encendía con fuerza. Su cuerpo despertaba, ofreciéndose a él y ella gritó cuando de un ágil movimiento abrió sus piernas y bajó la cabeza.
―Oh Dios mío ―gimió alto sintiendo los movimientos implacables de su lengua en su sexo. La chupaba, la lamía, mordía y succionaba. El sudor caliente rompió por todo su cuerpo, sus piernas empezaron a temblar y se quejó en voz alta cuando él gruñó sobre su clítoris, las vibraciones que le produjo recorriendo su espina dorsal. Era demasiado para ella, las sensaciones que experimentaba eran todas nuevas, demasiado intensas para asimilar, mucho menos si continuaba mirándole descargar todo su talento entre sus piernas.
Miró hacia arriba y se arrepintió cuando vio toda la escena reflejada en el espejo del techo. Su cuerpo húmedo y su boca abierta, sus mejillas sonrojadas, sus pezones duros y a Naruto perdido entre sus piernas, su espalda marcada y sus manos manteniéndola abierta para él. Gimió cuando él succionó su clítoris y observó como sus manos recorrían su cuerpo, hasta sus pechos y pellizcar sus pezones con dureza. Gritó, corriéndose con fuerza, corcoveando sus caderas como loca tratando de canalizar el placer implacable, pero sin poder despegar sus ojos de Naruto, que tomaba todo cuanto pudiese de ella.
Naruto levantó su torso, abrió más sus piernas y se metió entre ellas, sonriendole seductor. Al diablo con todo, ella lo deseaba y lo quería ya.
Hinata despertó de un sobresalto, con el corazón arremetiéndole con fuerza el esternón. Se sentó mirando alrededor suyo, descubriendo que se encontraba en su habitación. La tenue luz de las cinco de la mañana apenas y entraba por sus cortinas.
«Todo fue un sueño» pensó consternada «Un sueño que se sintió muy verdadero»
Se llevó la mano al pecho tratando de aminorar los fuertes y rápidos latidos de su corazón, respirando profundamente para calmarse. Sentía el sudor en las sienes, en su nuca y pecho, también las mejillas calientes y juraba debía tenerlas como un par de fresas maduras. Se dejó caer cuando logró calmarse lo suficiente y frunció los labios cuando metió su mano entre las sábanas que la cubrían, más explícitamente entre sus bragas.
Sí, había tenido un orgasmo. Estaba total y completamente mojada, incluso sus sábanas estaban mojadas. Su primer orgasmo lo sufrió gracias a un sueño. Definitivamente su vida era patética.
Se puso de pie resoplando ante la debilidad de sus piernas, odiándose al ser tan débil y preguntándose como haría de ahora en adelante para mirar a su jefe a la cara sin recordar ese sueño tan realista donde era él el protagonista. Estaba segura que sintió su boca y su lengua atormentándola. Lo peor de todo, es que ese mismo día viajaban a la ciudad de Marsella en el sur de Francia.
Tomó una ducha reprimiendo un gemido ante lo sensible que se encontraba en su zona íntima. Avergonzada se juró llevarse ese secreto a la tumba. Nadie tenía porqué saber cómo experimento la cumbre del placer por primera vez.
Una hora después desayunaba en la barra de la cocina, tan nerviosa que apenas y pudo hacerse unas simples tostadas con mantequilla. Nunca antes había salido del país, menos de Londres. Su vida era tan complicada que jamás imaginó llegar a viajar a alguna parte, aunque sólo fuera por trabajo. Le daba miedo volar, aunque éste era mínimo ante la idea de pasar veinticuatro horas a solas con Naruto. Sí, solamente viajarían ellos dos sin incluir al silencioso custodio.
«—Solamente viajaremos la señorita Hyuga y yo, así que espero que ustedes logren tener todo bajo control en mi ausencia. No toleraré errores ¿Entendido?»
Esas fueron las palabras que él le dirigió a todo su personal. Todavía podía sentir la filosa mirada asesina que le dedicó la amante de su exnovio. Podía asegurar que la chica moría por Naruto Namikaze y deseaba ser ella quien le acompañara en el viaje. También, sabía que Naruto era consciente del gusto de Shion por él, solo que la ignoraba abiertamente.
Una sensación a la que no le encontraba nombre culebreaba por su ser ante la idea de que fuese Shion quien le acompañara y no ella. Prefería no ahondar en esos sentimientos, cada día se le hacía más difícil mantener todo en el plano profesional. Terminando de arreglarse, bajó con su maleta por el ascensor dejándole una nota a Ino en la encimera junto con su esperado desayuno, bastante la había agobiado con sus insinuaciones como para tener que lidiar con más antes de irse.
Tenía las manos frías cuando salió a la acera.
Cerca de las siete pasaron por ella y la llevaron al encuentro de su jefe, rogando para sus adentros que se pudiese controlar. Anonadada, Hinata admiraba el sotisficado jet privado de Grupo Uzumaki. Kakashi le esperaba con una expresión inescrutable en el rostro y se sujetó el cabello debido al viento cuando uno de los custodios le pidió subir por la escalerilla. Se sorprendió ante el lujo que la esperaba en el interior, pero no tanto como el apuesto hombre que la estaba allí.
Jamás lograría recomponerse de esos ojos azul eléctrico que parecían paralizarla con tan solo un vistazo, Hinata recorrió el pequeño pasillo y se sentó frente a él. Llevaba un traje gris tormenta con camisa blanca y sin corbata, lo que le daba un aspecto más juvenil junto a su barbilla recién rasurada. Sentía que sus mejillas prenderían fuego solo de recordar las imágenes de sus sueños.
Se aclaró la garganta.
―Buenos días.
Él sonrió de lado.
― ¿Preparada para viajar a Marsella, señorita Hyuga? ―Ella asintió respirando a profundidad, lo vio enarcar una ceja―. ¿Sucede algo?
―Solo estoy un poco nerviosa ―farfulló mirando alrededor.
― ¿Miedo a volar? ―cuestionó él. La guapa azafata llegó a ellos en ese momento.
Hinata agitó la cabeza.
―No lo sé, nunca he volado así que supongo que sí ―Se encogió de hombros.
― ¿Algo de tomar, señor Namikaze? ―preguntó la mujer castaña agitándole las pestañas.
―No ―Naruto ni siquiera la miró―. ¿Usted?
Negó con la cabeza. La azafata le sonrió con falsedad, ella en cambio le devolvió una sonrisa sincera. Sí, tenía miedo a volar. El frío vertiginoso subió por su esófago cuando el piloto pidió se abrocharan los cinturones.
―¿Nunca? ―inquirió sonriendole.
―No, nunca he salido de Londres.
―Te gustará, además vamos a una ciudad preciosa. Estaremos allí en dos horas.
―Dios ―susurró agobiada cuando los motores se encendieron. Sus poros se dilataron dando paso al sudor frío.
―Hinata ―La llamó Naruto. Ella apretaba fuerte los reposabrazos de su asiento, tanto que hasta se le marcaban las venas en los nudillos. Le miró con el miedo anegado en sus ojos―. La ciudad es pequeña, pero preciosa. Iremos a la Canebière, cerca de donde nos alojaremos. Te encantará la arquitectura del lugar.
Trataba de distraerla, lo sabía, pero ella era demasiado consciente del jet en movimiento. Contuvo el aire cuando comenzó a elevarse, la sangre drenandose de su ya pálida cara.
―Mírame, ángel ―exigió él. Sus ojos azules fijos en los suyos―. No apartes la mirada de mis ojos.
El hecho de que la llamara igual que en su sueño no le sorprendió tanto como el hecho de que su corazón se tranquilizaba ante su suave y ronco tono de voz. El jet se estabilizó y la azafata les indicó que podían retirarse los cinturones.
―¿Lo ves? ―Le sonrió él con paciencia.
―Gracias ―En verdad le agradecía, estaba segura sufriría un ataque de pánico y hace mucho que no los experimentaba. Moriría de la vergüenza si lo hacía frente a él.
Durante las dos horas de viaje, idearon un plan. La naviera se ubicaba en el Nuevo Puerto de Marsella, la ciudad portuaria más importante del sur de Francia. Esa noche cenarían con los dueños buscando un acuerdo que satisfaciese a ambas partes.
―Hinata, llevamos meses negociando con esta gente, te estoy dando el trabajo que le concierne a Shikamaru. Toda mi confianza está depositada en ti.
―No lo defraudaré ―Naruto sonrió convencido de que así sería.
Aterrizaron en el Aeropuerto de Marsella Provenza dos horas exactas después y de allí se transladaron al hotel. Naruto había reservado dos suites presidenciales y una suite normal para su guardaespaldas. Durante todo el camino Hinata no dejaba de admirar la arquitectura contemporánea de la ciudad, maravillada ante el estilo haussmaniano, la historia y antigüedad que reflejaban sus calles.
A Naruto le satisfacía observarla tan ensimismada en la ciudad. Se le notaba maravillada, llena de vida y energía. Poco comparado con todo lo que quería darle, pero que por el momento, era suficiente para hacerle sentir pleno y satisfecho.
El hotel era el sinónimo de la palabra lujo, pensó Hinata cuando Naruto los registraba a ambos, impresionada de que se instalaría en una suite de lujo. Ambos se situaron uno al lado del otro cuando tomaron el ascensor. No obstante, una mujer alta, guapísima y elegante los alcanzó a último minuto. Hinata notó la atención que le proporcionaba a su jefe, retorciéndose un mechón de su cabello cobrizo. Justo antes de que las puertas se abrieran, observó a la mujer tendiéndole una pequeña tarjeta a Naruto.
―Si vous vous ennuyez, appelez-moi ―Hinata se mordió el labio cuando la vio guiñarle un ojo. La molesta sensación culebreando por su estómago. Sabía francés, así que supo perfectamente lo que le había dicho.
Naruto sonrió a la mujer, con la tarjeta todavía entre sus dedos.
―Merci, mais j'ai beaucoup de choses à faire pour m'ennuyer ―Tanto la mujer como ella le miraron con la boca abierta, pero la cerró al igual que las puertas del ascensor.
Recorrieron el amplio pasillo hasta llegar a sus respectivas suites, frente a frente. Hinata sintió la tensión sexual subir al tope cuando se miraron a los ojos. Era semejante al choque de las olas en un acantilado, al estruendo de un rayo al impactar el suelo. La debilitaba, la fortalecía, la electrocutaba e incluso la consternaba debido a la intensidad que podía incluso palpar.
―Descanse, señorita Hyuga ―susurró él. Su aliento fresco embargando sus pulmones, mezclándose con el suyo―. Nos vemos a las siete.
Hinata se lamió los labios asintiendo mientras el bochorno le llenaba las mejillas. Deslizó la tarjeta llave y entró recargando su espalda contra la puerta, rogando a Dios por recuperar un poco la fuerza de voluntad. Solamente necesitaba escuchar su voz para derretirse como caramelo al sol y es que ese sí era un hombre de verdad y le jodía desearlo como lo deseaba.
Horas más tarde y después de ensayar lo que se hablaría durante la cena, Hinata terminaba de atarse las sandalias negras de tacón. Utilizó maquillaje suave combinado con el simple, pero hermoso vestido de tirantes negros, el largo hasta la rodilla era uno de sus preferidos porque le brindaba ese toque de elegancia a su look sencillo. Su pelo suelto porque lo amaba y sin joyas. Así era ella, sencillez y naturalidad.
Salió al pasillo mirando atenta la puerta del frente la cual se abrió un par de minutos después revelando a su elegante jefe vestido de traje de tres piezas. Su aroma masculino inundó todo el espacio y una vez más, la atmósfera cargada de electricidad se hizo presente.
―¿Lista? ―Movió su cabeza sintiendo sus labios repentinamente secos.
Se encontraron con ambos dueños en el lujoso restaurante del hotel. Discutieron el contrato y Naruto descubrió, con grata sorpresa que su hermosa asistente hablaba un francés claro y fluido. En cuestión de minutos se había ganado a los dos hermanos que la miraban con abierta administración, y aunque odiaba el interés notó cuánta influencia poseía ella en la negociación. Al final, tanto él como los hermanos Faure-Dumont quedaron satisfechos con las pautas del nuevo contra y Naruto por fin sería dueño de la naviera SNCM.
―Me ha dejado impresionado, señorita Hyuga ―susurró él cuando salían del restaurante―. Ha hecho un trabajo excelente.
―Gracias ―respondió satisfecha por su trabajo allí dentro. Trató de dirigirse al ascensor, pero su mano ardiente en su antebrazo la detuvo.
―Te prometí deambular por la ciudad, además cuando vine, fue por corto tiempo y no pude disfrutar del viaje realmente ¿me acompañaría?
Hinata le sonrió abiertamente.
―Claro, me encantaría.
Hacía frío debido a encontrarse allí en noviembre, pero eso no la detuvo. Deambularon por toda La Canabière, gozó admirar el Grand Théatre, la fabulosa Ópera de Marsella y el Hotel Louvre et Paix que ahora es una tienda, sin embargo, su fachada era una verdadera obra de arte. Naruto le explicó que sus cuatro cariátides simbolizaban cuatro continentes.
Recorrieron las avenidas de Meilhan, que aunque diferentes del estilo de La Canabière, igualmente hermosas. Se detuvieron en el Café Turc que según dijo Naruto era una parada obligatoria. El monumento construido en honor a los soldados marselleses fue uno de sus preferidos. Su recorrido culminó en la preciosa iglesia Les Réformés, fascinada Hinata admiró los vitrales de Dieron que detallaban con asombrosa precisión los pasajes de la biblia.
―Gracias por tan bella velada ―Naruto asintió con las manos hechas puño dentro de los bolsillos de su pantalón. Deseaba tocarla, perderse en su cuerpo, reclamarla hacerla suya―. Buenas noches.
Gimió de frustración cuando ella cerró la puerta de su suite. Esa sería otra larga noche dando vueltas en la cama evocando aquellos labios que le hicieron jamás besar otros que no fuesen esos. Ingresó en su suite y fue a darse una ducha bien fría para calmar su pasión.
Su autocontrol estaba llegando a su límite.
A la mañana siguiente, desayunaron juntos mientras esperaban los documentos del contrato. Llegaron justo cuando terminaban y ahí, en el restaurante, y se pusieron manos a la obra. Revisaron las cláusulas, redactaron los correos que se enviarían tanto a Sasuke Uchiha como al departamento de verificación. Almorzaron rápidamente y continuaron inmersos en el trabajo pendiente, hasta que a media tarde finalizaron con todo.
Hinata se puso de pie y se estiró, sintiéndose entumida después de varias horas en la misma posición. Naruto admiraba su eficiencia y la pasión que ponía en su trabajo. Temari era muy buena, pero Hinata la superaba, lo esperado en una chica que se esforzaba por salir adelante. En algunos aspectos se parecía a él y por eso creía conocerla y comprenderla.
Debían regresar a sus habitaciones y empacar para regresar a Londres esa misma noche, así que después de una tasa de café, se dirigieron al ascensor. Una vez dentro esa electricidad que surgía cuando se encontraban a solas apareció otra vez, flotando en el aire y erizando sus vellos con suaves electrochoques. Naruto inhalaba y retenía su aroma a manzana verde casi como si fuese el aroma del café recién hecho. Desvío la mirada y la observó con atención, ya no podía aguantar más. En el momento que vio su lengua humedecer sus labios secos perdió su control y la acorraló contra la esquina.
Sus ojos abiertos y dilatados, brillantes y excitados. Su mano se elevó hasta enredar su índice en un rulo extremadamente suave hechizado en su aroma, en sus labios, su mirada, su aliento...
―Naruto... ―susurró ella, escuchándose como una súplica.
―Me encanta tu divino aroma ―musitó suave en su oído, notando como la piel se le erizaba―. Hueles al amor de mi vida.
Hinata abrió la boca y entonces él la besó con desespero, atacando con toda su artillería, la devoción con que quería adorarla. Su bolso cayó al suelo con las tabletas dentro importándole muy poco si se dañaban y gimió cuando ella se entregó a él, dejándole demandar todo de su boca con cada caricia dominante de sus labios y su lengua. Sintió sus dedos tirando de su pelo, de su cuerpo pegándose al suyo. Apresó su cintura y la empotró más duramente contra la pared de mental dejándose llevar por ese delicioso contacto que tanto anheló y extraño.
Movían sus bocas con experta maestría, como si se conociesen de años, como si encajaran a la perfección. Naruto lamió y chupó su lengua, sus labios, su mentón hasta su cuello deleitándose con su sabor delicadamente dulce, extraordinario.
Las puertas se abrieron y a regañadientes se separó de su boca no sin antes morderla. Tiró de ella por el pasillo y cuando quedaron en medio de las dos puertas de sus correspondientes habitaciones, Naruto supo que necesitaba tenerla, que deseaba comérsela entera en ese preciso momento, no después, debía ser ya.
―Ven conmigo a mi habitación, Hina ―susurró y mordió su lóbulo. El suave gemido que emanó de su garganta le hizo saber que estaba cediendo―. Te deseo, quiero hacerte el amor. Di que sí.
Lamió un camino desde su oreja hasta sus labios y la miró a los ojos, rogándole en silencio que aceptara y se perdiera entre las sábanas con él. Cuando ella aceptó asintiendo en silencio no esperó un maldito segundo más antes de meterla de lleno en su suite y cerrar la puerta de una patada.
Estos dos están que ardeeeen
