Capítulo 7


Después de que Aoba le había confesado que tomaría la misión de Ino, el quemado no tuvo más remedio que beberse su enojo y enjuagarlo con cantidades poco sanas de alcohol, sólo para que no se le notara lo horriblemente celoso que lo hacía esa decisión. Pero se le notaba y mucho. Aoba no tenía posibilidades de equivocarse, la conversación se había vuelto un monólogo, evolucionó en un interrogatorio y terminó siendo una sucesión de brindis por cualquier tontería, siempre propuestos por el quemado, que terminaban con un golpe de las jarras demasiado fuerte como si intentara reventársela en la mano.

El de las gafas comenzó a ponerse incómodo, incapaz de relacionarlo con la misión que tomaría con Ino al creerlo pareja de Suzume, y cuando Genma volvió escandalosamente a la taberna para continuar la celebración de viernes, los encontró callados y el ambiente tan tenso que se podía cortar con una navaja.

—¿Qué pasó aquí? —preguntó Genma con una risa conciliadora mientras se sentaba y llamaba la atención de una mesera para hacerle la seña de un uno con su dedo índice y luego tocando la boca de la botella vacía del destilado. La chica asintió mientras iba por más alcohol y cuando volvió con una botella llena, ninguno de los presentes hablaba aún. Genma los miró de hito a hito a los dos y sólo Aoba le devolvió la mirada.

—Creo que el capitán Raidô ha bebido suficiente —sinceró el invocador de cuervos y el aludido levantó la vista sin variar su expresión seria. Genma levantó las cejas con aparente tranquilidad mientras se servía destilado en su propio jarro. Sus ojos castaños buscaron inevitablemente la barra, a donde estaba la manzana de la discordia de todo el asunto, pero Ino ya no se encontraba ahí. Genma carraspeó volviendo sus ojos a su jarra y súbitamente Raidô se levantó del asiento sin vacilar, luego de sopesar rápidamente sus posibilidades. Ya no era necesario aguardar a Genma porque él ya había llegado y el dejar a Aoba ya no era maleducado.

—Me iré —se apresuró a decir el quemado. Genma lo miró de reojo—. Aoba tiene razón, es suficiente para mí —replicó y apretó la mandíbula para contenerse. Tras un miramiento, se fue sin que ninguno de los otros hombres dijera algo.

En tanto puso un pie fuera de la taberna, se dispuso a caminar en solitario al Complejo de Veteranos, directo a su departamento, a su cama. El viento helado le acarició el cabello como dedos largos y helados y se estremeció con el tacto gélido de la noche, arrebujándose dentro del chaleco buscando calor. No había avanzado muchos pasos cuando se detuvo para pensar en lo que estaba haciendo, escuchando notoriamente dentro de su cabeza el sonido de su propia respiración y el bombear de su corazón dentro de su pecho. Arrugó el entrecejo mientras ladeaba la cabeza suavemente, mirando sus botas.

Sin contener sus propios impulsos, Raidô se giró sobre sus talones y se encaminó en la dirección contraria, llevado más por las entrañas que por la razón.


La residencia Yamanaka estaba directamente conectada con la otrora florería y la primera estaba iluminada solamente en la planta alta, todo lo demás estaba cerrado y oscuro. Raidô se subió el cuello de la chaqueta en tanto se paró frente a la edificación y entrecerró los ojos al ver una silueta débil, moviéndose en una de las habitaciones que tenía a la vista como si se tratara de un pez sumergido en un estanque turbio. Una punzada de celos le estrujó el pecho y apretó la mandíbula hasta que el músculo de su sien fue visible todo el tiempo que duró el rechinar de sus dientes. Por más que tratara de aplacarse, de forzarse a comportarse civilizadamente, su componente más primitiva salía a flote.

Apretó de nuevo la mandíbula y apartó la vista hacia el suelo, diciéndose a sí mismo que debía irse a su departamento y dejar de acosarla como lo estaba haciendo. Que pararse frente a su casa en medio de la noche no era propio de él. Que Aoba no tenía culpa de que él hubiera rechazado la misión y menos de estar interesado en tomarla para sí. Pero por sobre todas las cosas, se dijo que quería a Ino para él y no quería compartirla con nadie más, y que ella no era de nadie y de todos a la vez.

La luz de una de las habitaciones se apagó en súbito, dejando una solitaria y tenue que correspondería a su alcoba, pensó Raidô, y se estremeció imaginándose lo que estaría haciendo dentro y de lo mucho que quería verla, besarla, abrazarla, estrujarla contra su cuerpo y de oírla suspirar en su oído. Y de lo mucho que lo emocionaba escucharla sollozar su nombre o sencillamente que lo llamara capitán.

—Capitán —repitió para sí en voz baja mientras se encogía de hombros y miraba al suelo, capeando el frío de esa manera. Sonrió tristemente y decidió que debía partir porque no sacaba nada con estar parado en la intemperie si sólo se quedaba mirando la ventana, sintiéndose un sicópata.

Al dar el primer paso para rehacer su camino de vuelta, el sonido de la ventana al chocar contra la pared al abrirse de par en par se escuchó demasiado fuerte a esa altura de la noche. Levantó la cabeza, invitado por el ruido que abría espantado a un gato que dormitaba en el tejado y de paso a él. Ino lo miraba desde la ventana abierta sin dar cuenta de sorpresa o enfado por verlo ahí.

—¿Qué hace aquí? —le preguntó con seriedad y él abrió la boca pero no dijo nada. Al cabo de unos momentos, Ino le regaló una sonrisa cansada—. ¿Estaba espiándome acaso? —Y apoyó sus codos en el alféizar al tiempo que entrelazaba sus dedos para sostener su mentón sobre ellos. Ino se veía deleitada, a Raidô se le secó la garganta sin saber qué responder.

—Pasaba por aquí —mintió sin mucha soltura y la florista se rio sabiendo que eso no era cierto. Ino se incorporó de la ventana y se perdió en el interior de la habitación luego de hacerle un gesto con su cabeza.

—¿Quiere pasar? —le preguntó momentos antes de alejarse completamente de la vista y Raidô infló el pecho con el corazón latiéndole con desesperación. Había una voz en su mente que le gritaba que se colara por la ventana porque sabría lo que pasaría entonces, pero no pudo evitar sentirse como un delincuente si lo hacía. Meterse en la casa de una joven y hermosa chica en la madrugada por una ventana abierta, razonó y miró por sobre los hombros con disimulo, captando testigos. Apretó la mandíbula. Eso era precisamente lo que hacían los delincuentes y se armó de valor para encaramarse por la ventana.

Raidô se metió a la habitación a oscuras con rapidez y sin cuidado, por lo que se topó con un mueble pero eso no fue lo que lo anunció sino que la maldición que masculló al sentirse escocido en la pierna, a donde la esquina de la cajonera se le había enterrado.

Casi pudo sentir la presencia del viejo Inoichi entrando de un momento a otro al pasillo, para preguntarle por qué estaba metido en su casa sin aviso.

La residencia completa estaba envuelta en una sombra densa y el aire no estaba tan limpio como se pudiera suponer, llevaba demasiados días con ventanas y cortinas cerradas. El quemado se preguntó cuánto tiempo pasaría desde que Ino no acudía a su propia casa.

El sonido del agua corriendo le avisó a dónde debía acudir y lo hizo de una forma pausa y lenta, todavía sintiéndose ajeno ahí, como si lo fueran a echar de un momento a otro. En el trayecto contuvo el aliento, las prendas que llevaba Ino en la taberna estaban esparcidas por el suelo como si no tuvieran valor alguno. Prenda por prenda, fue apareciendo el rastro que dejaba para que fuera seguido por él y se vio entrando en un cuarto de baño, azulejado de piso al techo de color aguamarina. El vapor tibio difuminaba las figuras en el fondo pero dio con facilidad a Ino sentada en la bañera con las manos sobre sus pechos para que no mirara demasiado lo que ya conocía de memoria. Tortuosamente se acercó a ella apretando demasiado la mandíbula, como si así pudiera reunir las fuerzas para mantenerse estoico en el trayecto que hacía lento. El agua seguía corriendo porque la bañera no estaba del todo llena y tomó asiento en una pequeña silla de madera a un lado de ella. Se miraron en silencio, ninguna sonrisa surcando sus caras, y el capitán cerró la llave del agua en tanto Ino quedó sumergida hasta dos dedos bajo sus hombros. Ino tensó los labios para reprimir su sonrisa fácil ante su actitud respetuosa y a la vez, dolorosa para él. Si hubiese sido otro con mucha certeza no estaría durando tanto tiempo tan aparentemente tranquilo.

Ino se permitió sonreír al cabo de unos momentos y apartó las manos de sus pechos para estirarlos sobre el borde de la bañera. El capitán se forzó por no mirarlos y el músculo de la sien volvió a palpitar cuando apretó los dientes entre sí.

—Hay sales —le dijo suavemente y elevó una mano por sobre el agua para apuntarle el frasco que tenía mitad sal, mitad pétalos de flores rojas. Raidô obedeció sintiendo cómo una gota de sudor le resbalaba por la sien y se difuminaba entre los miles de recovecos que hacía su cicatriz en la mejilla. Cuando tuvo en sus manos el frasco percibió el aroma de bayas y flores dulzonas, y espolvoreó el agua con ella antes de volver a su asiento.

Las sales burbujearon al contacto con el agua y comenzaron a gasificar el agua, soltando aromas que había olido antes pero infinitamente más penetrantes. Sin poder evitarlo, Ino dejó escapar una exhalación de placer al sentir el hormigueo de las burbujas y se acostó en la bañera con los ojos cerrados. Raidô se dio cuenta que sólo él podía estar en esa posición con ella, cualquier otro se hubiese lanzado en la bañera al momento de poner un pie en el cuarto de baño y la florista sabía eso.

—El agua está deliciosa —le dijo en tanto abrió los ojos y apoyó la mejilla en el borde de la bañera para mirarlo con una sonrisa difuminada—, ¿quieres probarla?

El corazón se le detuvo en el acto y la boca se le secó como si tuviera arena en vez de saliva. Ino cambió de posición dentro del agua y una rodilla surgió a la vista como un monte perdido en el mar. Ahí fue donde se le fue la vista y el agua cubierta de burbujas y pétalos le impidió ver el fondo o el cuerpo que había debajo. Raidô frunció los labios, tenso, sabiendo que la sangre le corría violenta debajo de su piel, hirviendo, burbujeando, volviéndose loca. Levantó la mano derecha con lentitud, la que tenía los anillos en el dedo meñique y el anular, y la hizo avanzar en el aire en cámara lenta hasta que acarició la rodilla con las yemas de los dedos. Ino la apartó cuando le hizo cosquillas y Raidô entrecerró los ojos, severamente extasiado.

Su mano se hizo un puño cuando flexionó los dedos una vez y volvió a abrirla cuando comenzó a sumergirla en el agua. El tacto le quemó pero aquello no le importó en lo absoluto y siguió sumergiéndola hasta que el agua rozó la manga de su ropa, lamiéndola hasta dejarla totalmente mojada. La tela desde la manga hasta el codo quedó empapada cuando Raidô se detuvo y acarició a Ino en el nacimiento de sus piernas, y ambos suspiraron con la respiración superficial y agitada.

—Entra a la bañera —le pidió ella pero él negó con la cabeza, todavía encandilado y mudo. Ino se rio al levantarse de la bañera para abrazarlo, toda ella mojada y cubierta de burbujas y pétalos. Raidô pensó en que terminaría todo empapado y que no podría irse de su casa de esa manera—. Eres tan distinto al resto —le dijo enternecida y le acarició la cabeza como si fuera un cachorro—, sé que me quieres pero me apartas. Eso es muy dulce. —Su voz se hizo aguda con lo último y se enteró de esa forma que nadie más que él se resistía a sus encantos hasta no poder más, y que precisamente esa característica lo hacía especial—. ¿Es que hiciste un pacto con Aoba? —La sola mención del otro capitán lo hizo hacer una mueca que la hizo reírse con ganas—, ¿tienes a una esposa oculta entonces?

—No —respondió con la voz ronca, pensando que iría a caerse para atrás por el peso del cuerpo de Ino y porque él no se encontraba del todo bien como para mantener el equilibrio.

—¿Seguro? —le preguntó mientras se soltaba y se sentaba sobre sus cuartos traseros para mirarlo con una cara inocente, totalmente incoherente al momento que estaban viviendo estando ella desnuda y él al filo de su pantalón—. Te vi la otra vez con la maestra Suzume comprando en la otra florería, la que está cerca del mercado. No puedo creer que me hayas engañado —le dijo de pronto haciendo una mueca de tristeza—, comprar en otra florería, me refiero. —Y volvió a reírse haciendo olas en el agua.

—Es una amiga —respondió él con la necesidad de explicarse y la rubia adormeció los ojos con una sonrisa torcida.

—Bueno, a ella le gustas —informó con calma y con una certeza que le heló la sangre a Raidô. Ella debía ser una experta en esas cosas, se dijo—. ¿Fueron novios? —preguntó sin rodeos.

—Cuando éramos jóvenes —confesó y supo que el momento de la bañera se había ido para siempre. Ino hizo una mueca con la boca—, me conoció antes de la cicatriz —explicó.

Ino botó el aire que tenía en los pulmones por la nariz cuando se incorporó del agua por segunda vez y lo miró desde las alturas cuando estuvo más alta que su posición sentada.

—Jamás te veré sin cicatriz —le dijo mientras pasaba una yema por su piel desigual y derretida—, pero no creo que seas feo por tenerla. Te creo guapo, de hecho —sonrió—. Ya te lo dije una vez, me gustan los viejos como tú.

Y lo besó con la boca abierta, abrazándose de su cuello con los dos brazos para tirar de él de vuelta a la bañera, como una sirena que lo sumergía en el mar para ahogarlo.


Cuando se dirigió de vuelta al Complejo de Departamentos para Veteranos a eso de la media tarde, iba con la llave en una mano, impaciente por llegar. Llevaba urgencia por entrar a su departamento, tenía toda la ropa húmeda y sentía un frío del demonio pero todo el malhumor del día anterior se había ido por completo. Se había pasado desde la madrugada hasta ese momento encerrado en la residencia Yamanaka sin que nadie supiera que estaba ahí, nadie salvo Genma, supuso.

Se sentía rejuvenecido el día que debía cumplir los cuarenta años y no era precisamente por una nueva actitud frente a su vida, sino porque había practicado con fervor lo que había dejado de experimentar en su rutina de hombre solitario y soltero, junto a una joven hambrienta de gozo.

Se habían quedado en la bañera hasta que el agua se hizo fría y él salió del agua estilando, con más frío del que tuviera Ino cuando ella salió de la bañera. Entre risas lo desnudó y toda su ropa fue cayendo al suelo dejando un charco a su paso y un ruido pesado que lo horrorizó. Ino prometió ponerlas a secar de inmediato cuando ella se envolvía en una toalla seca y lo dejó en el baño con los dientes castañeándole por el frío. Cuando volvió le dio toallas limpias y le llevó la ropa a otra habitación, reapareciendo por última vez con un pijama puesto y ropa masculina en sus manos. Ino se esmeró por sonreír cuando lo único que quería hacer era llorar por ver nuevamente las prendas de su padre fallecido.

—No debí ser tan arrebatada —le dijo con una risa triste—, lamento haberte mojado el uniforme.

—No importa —prometió él poniéndose serio y aceptó la ropa de Inoichi con cuidado, sintiéndose incómodo por tener que usarlas. Ino asintió sin mirarlo y lo dejó en el baño para que se vistiera, como si jamás lo hubiese visto desnudo.

Rígido se calzó la ropa del fallecido y descubrió que le calzaban aunque él fuera un par de centímetros más alto que el padre de Ino. Pero ni así lograba sentirse a gusto con la ropa de otro y deseó que su uniforme estuviera seco más temprano que tarde porque no le gustaba estar en la piel del padre de Ino cuando acababa de poseerla. Era un pensamiento espantoso.

Salió del cuarto de baño y cerró la puerta, dejando todo el desastre acuoso atrás de él porque tenía demasiado sueño a cuestas como para secar el suelo y recoger los pétalos machacados que se veían como gotas de sangre sobre los azulejos. Sin saber a dónde ir agudizó los sentidos y respiró aire más limpio porque Ino había abierto las ventanas y corrido las cortinas, y el sonido de los pájaros piando lo hizo caer en cuenta que estaban en los primeros momentos del amanecer, las cinco de la mañana quizás, pensó Raidô. El ambiente del segundo piso ya no tenía esa aura deprimente con la que contaba al llegar y sonrió, sintiéndose responsable de cierta forma por tal transformación.

Caminó tres pasos y escuchó ruido desde la planta baja de la residencia y el aroma a la comida recién haciéndose. Raidô se sintió hambriento de pronto sin recordar qué era lo último que había comido en el día, sólo sabía que había bebido mucho en la taberna y luego de lo de la bañera sentía un agujero en el estómago. Con más confianza que antes, bajó las escaleras y se encontró en el pasillo que daba a la cocina, en una casa que era mucho más grande que su departamento modesto de hombre soltero. Avanzó más lento en ese último tramo, pisando fuerte para hacerse notar y la chica rubia miró a la puerta hasta que lo vio entrar. Sonrió un poco al verlo de pies a cabeza con la ropa que había dejado de ver hacía tiempo y dejó de revolver el agua en la olla para acercársele. Le acarició la tela de los costados y evitó mirarlo a la cara, para dar la ilusión de estar frente a su padre revivido.

—Te pareces mucho a él, ¿sabes? —le dijo en un susurro y elevó el mentón para buscar sus ojos oscuros, distintos a los verdosos de su padre—. No sólo en el porte, hay cosas en ti que me hacen recordarlo —hizo una pausa—, pero él tenía un sentido del humor como el de Genma —y se rio—. Hago pasta —informó—, espero que tengas hambre.

Ino lo hizo sentar en su mesa y lo atendió como si fuera una esposa atenta, haciéndolo sonreír con sus maneras para cocinar de una chica inexperta, temiéndole el agua caliente, al vapor y a las ollas y sartenes luego de estar en el quemador de la cocina por mucho tiempo. Al final llegó a la mesa con sólo un plato con una cantidad enorme de pasta, salsa y hierbas aromáticas, pero con dos tenedores en la mano, por lo que comieron del mismo lugar aunque ella sólo probó un par de bocados y nada más. Siempre comía demasiado poco y bebía mucho, se recordó él. Ino era demasiado vanidosa con su aspecto por lo que siempre restringía su comida.

Cuando Raidô se llevó a la boca los últimos bocados, la rubia adormeció su mirada y lo miró de lado, coqueta.

—Cómaselo todo, capitán, así recupera las fuerzas para después —le dijo con esa voz de niña que hacía a veces y Raidô sonrió complacido con la boca llena.

Ino se levantó de su asiento y llenó un vaso de agua para bebérselo en el acto mientras él se acababa la comida y daba un suspiro final, sintiéndose satisfecho. La rubia volvió a la mesa enseguida y se llevó el plato junto a los cubiertos para dejarlos en el fregadero pero no los lavó enseguida y simplemente los sumergió en agua hasta que quedaran totalmente cubiertos. «No es como Suzume», reflexionó con aprehensión, incapaz de dejar de compararla con su antigua compañera de la juventud, y luego ella volvió a él y le extendió una mano para que se levantara. Su ayuda fue un adorno porque se levantó por sus propios medio pero no dejó de tomarlo de la mano para conducirlo de nuevo a la planta alta.

Pasaron la habitación matrimonial que supuso seguía siendo de Inoichi y se abstuvo de mirar hacia dentro, consciente de que eso iba más allá de la confianza que le había dado la florista al dejarlo entrar en su casa. Luego otra habitación que era una especie de sala de estar y después la que reconoció como la habitación de Ino. No era tan espaciosa como la de Inoichi pero no por eso dejaba de ser grande y la chica se había esmerado en arreglarla de una manera que no debía salir de ella a no ser que fuera estrictamente necesario. La había convertido en una pequeña casa dentro de otra, pero el precio a pagar por esa comodidad fue que la habitación lucía demasiado llena como para verse ordenada.

—Puedes irte si lo deseas —le dijo mientras le soltaba la mano y se encaminaba hacia su cama con pasos cortos, trenzándose el cabello desprolijamente y bostezando al terminar. Raidô se quedó rígido en su posición en la puerta —, pero tu uniforme no está listo. Si no te molesta la ropa de mi padre, puedes venir por tu uniforme otro día —recitó sin mirarlo mientras acomodaba las almohadas, les daba golpecitos y levantaba las sábanas para hacerse un hueco donde meter las piernas—. O esperar un poco más, aquí conmigo —sonrió con somnolencia y el atisbo de una suya aleteó en sus labios—. Podemos dormir todo lo que queramos —le dijo al acostarse sobre un costado y entrecerraba los ojos—, mañana es sábado.

Tanto la voz como la respiración se le fueron alargando mientras hablaba y los ojos pasaban más tiempo cerrados que abiertos, en un estado de relajación evidente y que no podría mantenerla despierta por mucho. Se veía distinta, mucho más inocente que cuando estaba en la bañera, y un sentimiento de ternura lo hizo sonreír ampliamente mientras caminaba hasta la cama. Ino hizo el esfuerzo por encararlo cuando lo sintió a un lado de cama, a donde tomó asiento con lentitud.

Ella se apoyó con los codos para incorporarse sobre la cama arqueando la espalda y se vio más despierta que nunca. Al hablar lo hizo de una forma pausada, lenta pero demasiado clara.

—Le di la misión a Genma para que él te la pasara a ti pero no la aceptaste —aclaró mirándolo con los ojos bien abiertos, como si no hubiese otro momento más perfecto que ese para decírselo. La sorpresa se apoderó de él y lo dejó sin aliento de pronto, como si se tratara de un puño en el pecho. Raidô abrió los ojos sin encontrar algo para decir y ella volvió a acurrucarse en la cama pero esta vez, apoyándose sobre su regazo—. ¿Por qué no la tomaste? Pensé que lo harías, pensé que teníamos química.

—La tenemos —le dijo con una sonrisa culpable y le pasó una palma sobre su pelo rubio—, es sólo que…—y ahí fue cuando apretó los labios sin querer responder. ¿Qué diría? ¿Que estaba intentando dejar el café, el alcohol y a ella de lado? ¿Que estaba perjudicando su existencia al querer algo que desde el principio sabía que no podría tener?

—Es por la señora Suzume, ¿no? —preguntó ella interrumpiendo el torrente de pensamientos que su mente estaba dejando fluir. Raidô se quedó súbitamente en blanco—. Es sólo una misión, me acompañarías y pasaríamos un buen rato.

—Así sería —contestó sonriendo con los ojos cansados pero ella no lo imitó.

—Pero Aoba irá en tu lugar —replicó con una voz casi molesta y él cerró los ojos con pesar. Tenía razón, él iría en su lugar y ya no había nada que pudiera hacer—. No es que no quiera que el capitán Aoba me acompañe —dijo—, pero yo te quería a ti como mi guardaespaldas.

No era que no se sintiera halagado por esa declaración y ciertamente no pudo fruncir los labios lo suficiente para disimular la sonrisa, pero el corazón le dio un vuelco. ¿Por qué se esforzaba tanto en que le saliera mal algo que claramente iba bien?

—Quítate la camisa —dijo de pronto ella y se levantó de nuevo de sus piernas para quedar a su altura. Sus ojos se veían más celestes que nunca. Raidô asintió llevándose las manos a los primeros botones de la ropa de Inoichi pero sólo se desabrochó uno porque la rubia se le encaramó para ponerle las manos encima y terminar su tarea. Al terminar con el último botón posó las palmas contra su piel y las hizo deslizar por el torso hasta llegar a sus hombros, en donde le quitó la prenda por los brazos.

Ino dejó espacio mientras se acomodaba a un lado y lo esperó con los ojos cerrados hasta que se adentró a su cama, y se abrazó de él apoyando su cabeza sobre su pecho. El tacto con su piel la hizo estremecerse y exhaló suavemente el aire que le venía quedando por la boca en la forma de un suspiro. Se sentía excitada estando así con él, un hombre mucho mayor que ella misma, y enredó sus brazos detrás de la nuca para atraerlo para sí sin tener una gota del sueño que tenía anteriormente. Raidô le respondió en el acto, totalmente llevado por la locura, la excitación y la emoción, con la sangre tirándole las venas bajo la piel que se volvió caliente al tacto. El pijama de Ino desapareció en un arrebato y el pantalón del capitán, también. Y aunque su encuentro fue corto porque no hubo un preámbulo previo, el resultado fue ruidoso, placentero y furioso.

Raidô durmió al instante con todo el cansancio que llevaba a cuestas pero despertó varias veces, una por cada hora que transcurría, producto de la vigilia que su cuerpo le imponía al sentirse fuera de casa. Seguía teniendo la sensación de que Inoichi estaba vivo y que llegaría a la habitación de su hija de un momento a otro, y que querría desollarlo vivo al ver la escena en la que se encontraban. Pero sólo escuchaba a los pájaros piar y notaba a la luz del sol teñir de colores cálidos al ambiente, un tono más claro cada vez que despertaba. Raidô necesitaría de muchas más horas para reponerse del todo, pensó entre sueños.

Ino lo besó con voracidad y sintió la lengua de ella profundamente en su boca, espabilándolo en al instante. Sin siquiera abrir los ojos para mirarla, la sintió subírsele encima y se separó de él para maniobrar entre las sábanas y salir de la cama pasando sobre él. No existía una mejor manera de despertar, se dijo, y se apretó los ojos con los dedos para obligarse a abrirlo. Demoró un rato en avivar completamente porque cuando abrió los ojos Ino ya estaba de vuelta en la habitación, sentaba a los pies de la cama y comiendo un plato de fruta picada. Le dio un bocado incluso antes de ponerse a hablar.

—¿Cómo dormiste? —preguntó ella con una sonrisa pero Raidô no respondió, simplemente sonrió con la fruta abultándole una mejilla y la rubia se rio suavemente antes de gatear hasta él y sentarse junto a Raidô. Apoyó la cabeza en su hombro y se metió más fruta a la boca—. Realmente me gustas —le dijo pero algo en su voz le decía que no era el único que ostentaba ese privilegio—, podrías venir más seguido. Mi casa es demasiado grande para una sola persona.

—Por supuesto —le dijo encantado y ella se rio, dándole más fruta sin que él quisiera más. Sólo quería agua y mucha—. ¿Qué hora es? —preguntó apretándose un ojo otra vez y mirando hacia la ventana, como para adivinar la respuesta con sólo mirar la luz del sol. Ino se encogió de hombros.

—El mediodía —respondió—, hemos dormido demasiado —continuó—. El capitán Aoba vino temprano —y los ojos de Raidô se abrieron de par en par, el sueño yéndosele por la impresión. Ino volvió a reír—, le dije que se fuera a descansar unas horas más, ambos estábamos en la taberna ayer y por lo que a mí concierne, se fue mucho después que yo —dijo—. Además que no quería despertarte aún.

—¿Cuándo vendrá? —le preguntó entonces mirando la habitación en busca de la ropa prestada pero no la encontró enseguida. Ino volvió a reír.

—Estará por llegar —divagó la rubia y se llevó el último pedazo de fruta a la boca, dejando el plato sobre la cama—. Tu uniforme sigue húmedo pero mi oferta sigue en pie, puedes llevarte la ropa de mi padre por hoy y venir otro día por la tuya. —Ino se levantó de su cama—. Iré a bañarme ahora, si quieres puedes acompañarme pero cuando Aoba llegue, no debe verte —le explicó—. No es que me avergüences —dijo—, pero sería mejor que Aoba no se entere de que estuviste acá. Tu uniforme está abajo, ¿quieres que lo traiga?

—Por favor. —Ino salió de la habitación.

El uniforme esta frío y húmedo y su cuerpo cálido, por lo que fue un suplicio calzárselo e Ino rio ante sus muecas de incomodidad. Cuando bajaron a la cocina le preparó una taza de café cargado y hablaron un poco antes de que Aoba se anunciara en la puerta principal. Fue ahí cuando Ino le quitó la taza a medio beber y lo empujó hacia la parte en que su casa se unía a la Florería y le indicó cómo salir por ahí. Raidô no tuvo el tiempo ni las ganas de sentirse ofendido por aquello, ya tenía claro que ella le estaba prohibida desde el principio y capeó la vista de Aoba cuando Ino abrió la puerta de la residencia Yamanaka.

Bajó por las calles tiritando por el frío de su uniforme y rígido para no sentirlo adherirse a su cuerpo, y le fue bastante bien en cuanto a no toparse con nadie en todo el trayecto. No vio a nadie en el camino, sólo caras desconocidas, y cuando estuvo cerca del Complejo para Veteranos apuró el paso. Pero la sonrisa producida por la visión de su departamento y la idea de una muda seca de ropa se le fue cuando llegó al pasillo.

Su consciencia hecha hombre salía de su propio departamento, a un lado del suyo.

Genma rio sin contenerse y aguardó en la puerta más del tiempo que necesitaba.

—No preguntaré dónde estuviste —le dijo entre risas sofocadas y negó con la cabeza un par de veces antes de palmearle un hombro y cerrar su puerta—. Feliz cumpleaños, viejo.


Nota de la Autora: Hola, creo que ya todos sabemos del capítulo 700 del manga xD Lo menciono porque me afectó demasiado jaja y no es que haya pensado realmente que Ino podía quedarse con Raidô, es que la remota posibilidad de que lo estuvieran se fue a la basura, esa pequeña posibilidad casi inexistente era de la que me agarraba para que esta extraña pareja me encantara a tal punto de que fuera mi OTP jajajajaja lo sé, eso me hace tontísima xD pero son cosas que pasan luego de que se escribe un longfic de ellos(?) Bueno, ahora son dos xD Pero ahora mi OTP es el SaiIno completamente, estuve en negación un par de días y ahora ya tengo los ojos abiertos, una sonrisa en la cara y desesperación por hacer algo de ellos, especialmente si se incluye algo de Inojin, my baby favorito de la nueva generación.

También lo menciono porque el saber que Sai es el esposo de Ino (¡YAY!) me hizo purista al extremo de que no tuve inspiración para escribir este capítulo y estuve en veda por ages. Además de apurar el fin de esta historia porque soy cannonista purista extremista y el Dios del Cannon me obliga a dejar de mentir. Antes quería que se quedaran juntos, que incluso que se casaran, pero ya estoy pensando en cómo separarlos jajaja

Me siguen gustando los elders y es raro escribir de ellos, muchos de ellos no tuvieron un buen final a mi parecer xD Iruka envejeció exageradamente cuando era mucho más joven que otros que no estaban tan jodidos en el 700 jaja esto como un ejemplo xD Kurenai tampoco tuvo un buen envejecer. Lo de Anko me pareció original y lo agregué por eso(?)

EDICIÓN: Se eliminó la última escena por ser muy tonta y cortarme la inspiración infinitamente.

Gracias a los comentarios de Sybilla's Song y Kusubana Yoru en el capítulo 6.

En fin, ya vendrá otra verborrea en otra ocasión, gracias por leer este crackpairing mentiroso, espero seguir siendo de su agrado sabiendo lo que sabemos xD

¡Besos!

Lady RP.