De aquella llamada, derivaron muchas más.

En un principio, eso no estaba en sus planes. O al menos, no lo había planeado para que así sucediera. Pero, llegó a darse cuenta demasiado tarde, que en realidad, la frase que había dicho ese día al despedirse en la biblioteca, era una muestra de su pequeño interés por Feliks.

Porque sí, era pequeño. Muy pequeño, porque el albino no era capaz de admitirlo, pero ahí estaba. Que su móvil sonase todas las mañanas comenzó a convertirse en una extraña pero agradable rutina de la que parecía no querer desprenderse, supuso Gilbert que sería porque había formado parte de su día a día, y porque de algún modo u otro, le convenía que Feliks se tomase la molestia de tener que llamarle sólo para despertarle.

Pero ya no era sólo cuestión de simples beneficios. A medida que las semanas pasaban, aprendió a memorizar su tono de voz y a recordarlo en los momentos más inoportunos, así como a imaginarse qué gestos hacía con la cara cada vez que hablaba con él. También su risa se había quedado permanente en sus oídos, al igual que, después de regañarle en alguna que otra ocasión, Feliks utilizaba palabras menos irónicas y suavizaba la voz hasta tal punto de resultar cariñosa, como si le perdonara cualquier cosa.

Un día, no hubo una única llamada por la mañana. Harto de tener ese mal hábito de cenar constantemente comida que se hacía en el microondas, tuvo el valor de recopilar una serie de ingredientes, dejarlos en su cocina, y mirarlos con sospecha. Jodido, estaba jodido. ¿Por qué iría él a cocinar? Se había propuesto hacía mucho tiempo no hacerlo, y si en un futuro se buscaba a una persona con la que vivir y pasar el resto de su vida (que esta idea la veía totalmente cursi y le ocasionaba a veces náuseas) sería la que le cocinaría para él, por supuesto.

En ese instante, había desviado la vista más de cuatro veces al móvil. Ya tenía registrado el número de Feliks, así que podía hacerlo. Sin embargo, lo que desconocía era si quedaría como un completo imbécil desesperado que cogía la mínima excusa. Aunque era cierto que si estaba dispuesto era porque necesitaba ayuda ¿no?

Al final, no lo pensó más, tampoco es que pensara mucho. Cogió el móvil, buscó el número, y sólo tuvo que apretar el botón para que iniciase la llamada. Un tono. Quizás no se lo cogía. Dos tonos. O había salido y no llevaba el móvil encima. Gilbert lo perdía en diversas ocasiones. Aunque Feliks era más ordenador que él. Tres tonos.

-¿Gilbert?- ahí estaba. Confusión y sorpresa mezcladas en la voz de Feliks.- ¿Acaso no sabes que son las nueve de la noche? ¡Ya no sabes diferenciar tu horario de trabajo!

-Cállate.- mal, Gilbert, mal, si tú has sido quien ha llamado, no puedes decirle a la otra persona que se calle, pensó, ¡pero es que Feliks le sacaba de quicio! ¡Ni que fuera imbécil para no distinguir qué hora era! Intentó sonar amable.- ¿Estás ocupado sí o no?

-Obviamente estoy viendo mi programa favorito y tú me estás robando el tiempo, y a decir verdad, es más interesante que un chico con canas cascarrabias.- respondió con burla el rubio.

La gota que colmaba el vaso. A la mierda con ser amable.

-Esta llamada sí que es una pérdida de tiempo.

Si es que para qué había llamado. Pero cuando estaba dispuesto a colgar, un grito de Feliks le ensordeció, obligándole a no colgar.

-¿¡Para qué coño gritas!?- le reprochó, poniéndose el móvil en frente mientras él mismo, también gritaba, como si le tuviera en frente.-¡Que no estoy sordo!

-¡Qué mal humor tienes! ¿O sea, no sabes diferenciar una broma de la realidad? ¡Sólo te estaba picando! Que por cierto, me divierte mucho, creo que es mutuo.- al oír su refunfuño, Feliks rió. Eso, hizo que su malhumor disminuyera. La risa de Feliks tenía efectos en él muy extraños.- Bueno ¿para qué me llamabas?

Silencio.

-No sé cocinar.- dijo él a regañadientes.- Y como siga comiendo cosas precalentadas, acabaré convirtiéndome en lo que como.

Otra risilla. Esta vez, Gilbert sonrió sin evitarlo.

-¿Te hace gracia? Más te vale no haberme imaginado convertido en nada humillante.

-¡No te prometo nada! Es increíble ver que dejas al lado tu orgullo para recurrir al perfecto y gran Feliks. Si es que no eres nada sin mí ¿no te has dado cuenta?

-Ya te gustaría.

-Ve diciéndome lo que tienes, y veremos si se puede hacer un apaño, tampoco hago milagros.- el albino alzó una ceja, el rubio estaba haciendo unos ruidos extraños cada vez que finalizaba una frase. Algo así como ''nomnomnom''. Aquel sonido le resultaba familiar, pero no sabía discernir el por qué.

-¿Estás comiendo?- le preguntó.

-¿Ah? ¿Cómo lo sabes? Y sí, estoy comiendo paluszki.- otra vez el ''nomnomnomnom''.

-¿Qué demonios es eso?- dejó de sujetar el móvil para sostenerlo entre su hombro y oreja, mientras preparaba todo.- Nunca he escuchado ese nombre.

-No es de Alemania.- Gilbert notó nostalgia. Quiso saber algo más, pero Feliks ya se le había adelantado, y cambió de tema rápidamente, como si no quisiera incidir en ese tipo de cuestiones.- ¡Bien, cocinillas novato! Espero que no quemes nada mientras te explico.

Esa había sido la primera llamada realizada por Gilbert, fuera de la rutina de la mañana.


Pero hubo una segunda vez.

También se desarrolló en la noche, cuando estaba viendo la televisión tranquilamente, como usualmente hacía después de un duro día de trabajo. Tenía que esperar a que dieran las noticias para luego ver una película de acción de la que seguramente se dormiría a mitad de todo el desenlace, pero no le importaba. Aburrido, permanecía acostado y cambiando de canales cuando comprobaba que aún seguían los informativos. Pero entonces, hubo un momento en el que volvió al canal que quería ver, y en las noticias, entró en primera plana una especie de reunión o congreso en el que muchos políticos aparecían. Iba a cambiar otra vez, pero el rostro de alguien en la lejanía, acompañando al presidente de…

Lituania.

Mencionaban algo de economía, costes, la Unión Europea, pero Gilbert hizo caso omiso. Su mirada estaba clavada en el joven que, aunque no parecía muy visible, ahí estaba. La mano alrededor del mando comenzó a encogerse, apretándolo con rabia y odiando ese rostro que aparentaba una inocencia que él no se la tragaba ni por asomo.

En cuestión de segundos, un cojín impactaba contra la pantalla y él se había levantado, enfadado, pero al parpadear, se mantuvo quieto, sustituyéndose ese sentimiento por el nerviosismo. No se dio cuenta de lo que estaba haciendo hasta que no pasaron varios segundos largos y tensos en los que su conciencia le había alertado de su actuación irracional. ¿Qué le había pasado? Pero, aunque recapacitara solo por un intrínseco instante, no dudó en coger el móvil, no vio ni siquiera el número y cuando los tonos dejaron de sonar, una voz le contestó:

-No me digas que has incendiado tu piso.

-¡Pon las noticias!

-¿E-eh?

-¡Que pongas las malditas noticias!

-Oh… no me digas que… - escuchó que el otro murmuraba algo, pero Gilbert no le llegaba a comprender. Él en cambio, seguía observando al joven castaño de ojos azules que seguía sonriendo estúpidamente a la pantalla- ¡Pero si ni siquiera le conoces!

Una carcajada por parte de Feliks hizo que Gilbert estuviera rozando la vergüenza, pero se recompuso muy digno, aún con el ceño fruncido.

-Tiene cara de imbécil. ¡Se le ve a simple vista!

-Me pregunto cómo reaccionaría él si te escuchase…- Feliks parecía disfrutar con la situación.- Vamos, no te sulfures. Es gracioso que me llames para despotricar con alguien que has visto en la tele.

-No me digas que estás en mi contra…

-¿Y qué pasaría si te lo dijera?- susurró un insulto en alemán y eso sólo acrecentó la diversión del rubio.- No te preocupes. Tiene cara de tontito y muy servicial. ¿Sabes? Estoy encontrando entretenido que me llames alguna vez.

-El privilegio que tú estás teniendo no lo tiene nadie.- alardeó Gilbert, al que ahora le tocó reírse ante el suspiro de Feliks.- Los mocosos como tú deberían estar durmiendo ahora. ¿No tienes compañeros de habitación?

-No, por suerte cuando me asignaron esta, ya habían más estudiantes que sí la compartían y no necesitaban ocupar más. Por ahora este año no somos muchos, hay gente que prefieren independizarse en un piso.- explicó con brevedad.- ¿Y tú que estabas haciendo?

-Esperando a ver una película, aunque seguramente me dormiré…

-¡Por qué será que no me extraña! Cuando veas una peli conmigo ni se te ocurra dormirte, no quisiera que me babaras el sofá.

-¿Y por qué no?

Gilbert no olvidaría que esa noche, hablaron hasta horas tardías.

Luego lamentó la factura.


-Recuérdame para qué demonios acepté acompañarte.

-¿Para que salieras de tu claustrofóbico y desordenado piso, tal vez? O para emplear tu tiempo en algo provechoso…

-Mirar tiendas es de todo menos provechoso.

-¡Me ofendes! ¡Si incluso después me retaste a jugar a esos videojuegos donde van los niños! Que por cierto, perdiste.- añadió Feliks con una sonrisa de triunfo, echando parte de su pelo para atrás.-

-Sala de recreativos.

-¿Quieres que te de un premio por corregirme?

Gilbert juraría que la vena de su sien tenía que estar a punto de explotar de la poca paciencia acumulada y que se iba a tomar viento fresco, pero entonces, esbozó media sonrisa para coger una de las mejillas de Feliks y tirar de ella. Este por supuesto se quejó, dirigiéndole una mirada de desafío.

-¿¡Qué hafes!? ¡Fuéltame ifiota!

El albino en cambio soltó una carcajada estridente, ahora mismo el de ojos verdes tenía una expresión en su cara que le resultaba graciosa, además de que apenas podía hablar bien. Esquivó los zarandeos de los brazos del rubio, y sacando su móvil, que pocas veces lo llevaba encima cuando salía a la calle, le sacó una foto. Feliks agrandó bastante sus ojos y puso una cara de bochorno y pánico. Gilbert, satisfecho, le soltó y avanzó unos pasos más por delante de él, sin dejar de reír mientras observaba la nueva imagen tomada.

-Bien me voy a reír de esta foto cada vez que la vea.

-¡Ni se te ocurra guardarla! ¿¡Para qué la guardas!? ¡Gilbert no hagas como si no me escuchases!- la sonrisa de Gilbert se agrandó más, y sin dejar de caminar, dijo lo siguiente.

-Sólo si me suplicas. Si no, me la quedaré.

Claramente, si le suplicaba seguiría en su móvil.

-¡Ni hablar! ¡Yo no tengo por qué suplicarte!

-Pues no hay negocio.- concluyó, burlón.

Aunque seguía escuchando las quejas y los lamentos de Feliks, Gilbert por vez primera observó a su alrededor. Había estado tan pendiente en sus conversaciones con Feliks que no se había parado a ver en la zona en la que estaban. Una especie de paseo, árboles cuyas ramas eran grotescas debido a la falta de las hojas. Estaban casi acariciando el otoño, puesto que era normal. Pero eso no fue en lo que reparó el albino al ver ante sí, un muro.

Ah. El muro de Berlín. Cierto.

En toda su estancia, jamás se había propuesto visitarlo. Su mente siempre había estado más ocupada para escapar en el fin de mes que ir a ese lugar. Sin embargo, ahora mismo se estaba preguntando cómo es que no había decidido haberlo visto antes. Alguna vez, mencionado en la televisión, sí, pero nunca en persona.

Ya no escuchó más a Feliks, primero porque Gilbert se sentía absorto, segundo porque su mismo dueño había dejado de alzar la voz. Retomó el camino, sus piernas moviéndose solas.

1,3 kilómetros de muro.

El último vestigio de una guerra.

Conocido como East Side Gallery.

El tramo del Telón de Acero.

Ahora decorado con murales de artistas internacionales. Pero…

Antes había separado a todo un país.

Sus pálidos dedos, a medida que continuaban su avance, rozaban la áspera pared cuya pintura seguía sin borrarse con el deterioro del tiempo. Recordó una vieja noticia de hacía unos meses, querían quitarlo. Querían derribarlo para construir pisos de lujo, y en el intento se habían derruido seis metros del muro. Se esperaba en total que se retirasen 22. Pero hubo una movilización, 5.000 personas habían acudido, y eso provocó que se mantuviera en pie… por el momento.

Aquel día, Gilbert se había quedado en casa. No entendía para qué perdían el tiempo de esa manera. No entendía para qué querían que perdurase la historia.

Porque si la historia no perdura, todo se olvida.

Si la historia no perdura, nos olvidan.

¿Quieres ser olvidado?

¿Quieres que te olviden, Gilbert?

Múltiples voces de personas, madres, padres, hermanos e hijos. Familiares, parejas, amigos. Todos hablando un mismo idioma. Todos eran alemanes. Todos pertenecían a las mismas raíces, pero estaban divididos. Los habían enfrentado, les arrinconaron bajo el miedo, apartándolos de sus iguales.

9 de noviembre, año 1989.

28 años después de su construcción.

¡West!

Todos se abrazaban al reencontrarse con seres queridos, o eran ayudados por otros a subir el muro, o gritaban en signo de victoria.

Él había esperado ese abrazo.

Los ojos rojos perdidos de Gilbert recuperaron la realidad en cuanto unos brazos, pequeños y tímidos, rodearon su cuerpo desde atrás. Un peso adicional se había acumulado en su espalda, y a pesar de lo frágil que parecía, el agarre era el más decidido, el más firme, el que quería entregarle la mayor fuerza de todas. Una débil brisa movía un poco sus cabellos, y su mirada se apartó del muro para mirar al cielo. Estaba nublado, el sol no aparecía. Se preguntó si aquel día, también se había presentado así.

Bajó la cabeza para ver las delgadas y gentiles manos que se aferraban alrededor de su chaqueta. No supo por qué, pero justo lo que había querido al estar observando el muro, era eso, un abrazo. El abrazo de un ser querido. El abrazo de un amigo. El abrazo de Feliks.

Gilbert se permitió sonreír ampliamente, no estaba triste. Él no conocía la tristeza, se dijo, y menos sin tener razón alguna. Porque a pesar de estar confundido, a pesar de no saber qué era lo que acababa de pasar, lo aceptó con naturalidad. Él era demasiado fantástico para estar así. Rió, con su voz grave y que a veces no sonaba bien para Feliks, ya se lo había dicho alguna vez cuando habían hablado por teléfono.

-¿Qué pasa? ¿Es un chantaje para que borre la foto que te saqué antes o es un método de súplica tuyo?

Sintió que Feliks lo soltaba lentamente, para después recibir un golpe en la nuca.

-¡Eh!

Se giró, y se encontró de lleno con la sonrisa de Feliks.

-Deberías cuidar tus espaldas, Gilbert…quizás puedas perder algo importante.

Gilbert alzó una ceja sin entender, hasta que al cabo de unos minutos, pareció caer en algo. Oh. No. Joder. No podía ser.

Se palpó los bolsillos de la chaqueta. Nada. Miró a Feliks…

En su mano derecha, zarandeaba SU MÓVIL, disfrutando de cómo la cara de Gilbert, pasaba de estupefacción, a una realmente furiosa.

-¡DEVUÉLVEME EL JODIDO MÓVIL, LADRÓN!

-¡RECUPÉRALO SI PUEDES, CANOSO!

Y entre las risas de Feliks y los gritos de Gilbert, dejaron atrás el muro de Berlín.