Cosas mías: La espera por las vacaciones e hibernar un buen tiempo; también esta adaptación.
Cosas no mías: Los Juegos del Hambre y En Llamas pertenecen a Suzanne Collins; yo... yo sólo desvarío.
¡ATENCIÓN, ATENCIÓN, ATENCIÓN!
ANTES DE COMENZAR A LEER, LES PIDO PRESTAR ATENCIÓN AL PÁRRAFO SIGUIENTE.
Nota: En el capítulo, me meto en dos temas que pueden herir algún tipo de susceptibilidad, en mi defensa, la obra original nos habla de niños entre 12 y 18 años, tengan presente que son pubertos-adolescentes y lo que éso conlleva. Referente al otro tema, yo respeto la orientación sexual de cada quien y no tengo ningún problema con ello. Más abajo me explicaré con mayor precisión. De antemano, ofrezco una disculpa por la sensibilidad de cada quien.
Ya avisados (escuetamente), a leer porque son dos capítulos en uno :) O sea, largo, muy largo.
La Voz y el Símbolo.
.
.
.
.
.
El señor Presidente me extiende una carpeta; al abrirla, mi sorpresa es grande al ver de qué se trata, sin embargo, guardo la compostura y leo.
Informe Distrito 12:
Hazelle Hawthorne, 36 años, lavandera. Viuda. Esposo, Lionel Hawthorne, muerto en una explosión de minas hace cinco años. Hijos: Gale, Rory, Vick y Posy, de 18, 12, 10 y 4 años respectivamente. El hijo mayor trabaja en las minas, es un cazador furtivo y portador de armas ilegales (arco/cuchillos) a las afueras del bosque que rodea el Distrito 12, junto a la señorita Katniss Everdeen, hermana mayor de la actual Vencedora Primrose Everdeen. No hay algún dato que verifique algún parentesco entre las dos familias.
—Ahora, escucha esto, por favor, Plutarch —teclea algo en la pantalla que tiene enfrente; se pone negra y unas cuantas líneas desiguales comienzan a vibrar. No hay imágenes, sólo audio.
"— ¿Cuántos más tienen que morir para saldar la deuda? ¿Tan horrible fue lo que hicieron nuestros antepasados que tantas generaciones tenemos que pagar por ello? ¡Eso es una estupidez! ¡Lo que tenemos que hacer es luchar y hacerlos pagar!"
Silencio.
—Ese… es el Chico mayor —comenta el Presidente, con desdén y señalando la carpeta. Yo simplemente asiento, aunque no puedo evitar pensar que, si el muchacho está hablando del gobierno, le va a costar caro.
Sin que lo ordene, prosigo a leer los documentos restantes en la carpeta.
Informe Distrito 12:
Lena Everdeen, 35 años, curandera. Viuda. Esposo, Abraham Everdeen, muerto en una explosión de minas hace cinco años. Hijos: Katniss y Primrose, de 16 y 12 años respectivamente. La hija mayor realiza los estudios correspondientes en el colegio del Distrito, además de ser una cazadora furtiva y portadora de armas ilegales (arco) a las afueras del bosque que rodea el Distrito 12, junto al joven Gale Hawthorne. Se encuentra en edad elegible para la Cosecha con 20 inscripciones. La hija menor, Primrose Everdeen, es la actual Vencedora en la septuagésima cuarta edición de Los Juegos del Hambre.
Volteo a ver al Presidente, intuyendo que habrá algún audio que comprometa a alguien de la familia, pero éste no llega. En cambio, me hace una seña de que siga leyendo.
Informe Distrito 12:
Vince Mellark, 38 años, panadero. Casado. Esposa, Rita Mellark, tendera en la panadería propiedad de su esposo. Hijos: Matt, Bran y Peeta, de 20, 18 y 17 años respectivamente. Los dos hijos mayores trabajan en la panadería. El menor, Peeta Mellark, es el actual Vencedor en la septuagésima cuarta edición de Los Juegos del Hambre, junto con la señorita Primrose Everdeen. No hay algún dato que verifique su amistad con el joven Gale Hawthorne o algún parentesco con la familia Everdeen.
En el momento justo que leo la última palabra, el audio comienza.
"—Tú no lo sabes. El próximo año seré Mentor y, tal vez, si mostramos que nuestros Tributos son personas y no meros objetos, que sienten, que lloran, que tienen seres queridos que sufren al igual que ellos, podamos lograr algo: ¡usar Los Juegos es una opción!"
"—Lo más seguro es que no estemos aquí para verlo, pero no perdemos nada con intentarlo. Me parece una mejor idea dejarle una pequeña esperanza a las generaciones siguientes que el desastre que nos dejaron a nosotros. Si tú quieres seguir hundiéndote en el alcohol, hazlo; a mí me atrae más intentar salvar vidas aunque me tome el resto de la mía hacerlo".
"[…] Mi idea es demostrarles que somos iguales, que está mal hacer de la muerte y sufrimiento un espectáculo, y eso lleva tiempo, pero cambiará algo en un futuro. […]"
Esa voz, la reconozco. Es él, Peeta Mellark.
—Dime, Plutarch —hace una pequeña pausa y da un sorbo a su copa de vino; me mira fijamente, expectante—, para ti, ¿qué significa la esperanza?
Me he preparado durante años para este momento. He estudiado a fondo al Presidente para saber qué es lo que espera escuchar.
—Un problema —afirmo sin dudar—. Justo lo que representa ese chico Hawthorne.
— ¿Ese chiquillo te parece un problema? —ríe, burlonamente, aunque no entiendo el por qué. Devuelvo el gesto.
—Por supuesto. No podemos permitir que haya críticas o intentos de subversión: cuando eso pasa, nuestro deber es suprimirlo. Y mientras pueda utilizarse la fuerza…
Dejo la frase al aire. Realmente no me importa la suerte del muchacho Hawthorne, pero si puedo utilizarlo de pretexto para ganarme la entera confianza del Presidente, y seguir escalando posiciones, qué más da lo que le suceda.
—Me agrada tu manera de pensar, Plutarch, en verdad —un brillo de reconocimiento atraviesa su mirada—. Siempre se puede lidiar a base de la fuerza con aquellos que también pretenden utilizar la fuerza para doblegarnos, eso es un hecho. No me costaría nada dar la orden para desaparecer a ese muchacho, pero no es él quién me preocupa, sino el otro.
— ¿Peeta Mellark? —pregunto, asombrado.
Por lo que tengo entendido, ese chico, y la niña, causaron un gran revuelo no sólo en el Capitolio, también en los Distritos. Pero no creo que vaya más allá de algo momentáneo. Peeta Mellark y Primrose Everdeen no son precisamente la clase de personas que Panem necesita para una verdadera revolución. No son lo suficientemente rebeldes, al contrario, me parecen muy blandos. Demasiado cursis.
—Las personas como el tal Hawthorne abundan por montones —comienza—. Desde la instauración del nuevo gobierno, después de los Días Oscuros, han sido latentes, incluso han intentado una que otra acción directa contra nosotros, pero hemos logrado apaciguarlos. No es difícil: enviamos un montón de Agentes de la Paz, cancelamos los trabajos por dos semanas –tiempo suficiente para que a nosotros no nos afecte-, y aumentamos su necesidad; al hacerlo, nos aseguramos que el hambre sea más fuerte que la valentía e inconformidad y las cosas sigan su curso normal. Pero cuando aparecen personas como Mellark —veo un destello de enojo y miedo mezclados en sus ojos. ¿Será posible? —, o como la señorita Primrose, que pretenden utilizar la fuerza de una forma más sutil, casi imperceptible, por medio de sus ideas, es cuando debemos prepararnos para una verdadera batalla.
Vaya, esto sí que no me lo esperaba. Si el Presidente cree que esos chiquillos suponen el verdadero peligro, es por algo. Él no se preocuparía si no fuera verdaderamente relevante. Me queda claro que mis suposiciones sobre ellos son erróneas; y si han logrado inquietar al Presidente, entonces, tengo que estar de su lado e investigar con mis contactos en los doce Distritos las repercusiones reales que Peeta y Primrose trajeron.
—El mundo de antes es muy interesante —continúa—. El sistema de gobierno que predominaba, constitucionalmente, era llamado Democracia: los ciudadanos eran quienes, mediante elecciones, votaban a sus gobernantes. Pero el sistema que en verdad se ejercía era algo llamado Dictadura disfrazada de Democracia, la cual consistía, en pocas palabras, en hacer trampa en las elecciones, comprar votos, desaparecer contrincantes e imponer de una manera ingeniosa a un gobernante, todo esto en las narices de los ciudadanos que no se daban cuenta, y si lo hacían, no protestaban. Es más fácil vivir una vida en la que te prometen resolver tus problemas que mover un dedo por hacerlo tú. El conformismo fue y será siempre el mejor aliado. Se hacía creer a la sociedad que nunca serían tan pobres como para resignarse, y nunca serían tan ricos como para dejar de aspirar, lo que les infundía ánimos de superación, dejando así sus derechos, obligaciones y decisiones importantes referentes a su país, en manos de los gobernantes. Éstos, además de venderles mentiras, creaban distracciones, no tan fabulosas como Los Juegos del Hambre, pero daban resultados para mantenerlos alejados de la realidad. Se utilizaba la violencia, la represión, el miedo, precisamente de una forma sutil, pero a pesar de esto, existían grupos inconformes que veían más allá de lo que era evidente, minorías, quizá, pero no por ello menos peligrosos.
Me gustaría decirle que todo esto ya lo sé, pero sería condenarme yo solo. Se supone que solamente ciertas personas, demasiado allegadas al Presidente, llámense asesores, se les permite conocimiento del mundo de antes de la creación de Panem. Yo he investigado de manera furtiva. Aun así, trato de mantener una ligera expresión de asombro, lo que parece satisfacerle.
—Tomando como ejemplo ese sistema de gobierno, fue que se pensó la creación de Panem, con algunas mejoras, claro —sonríe orgulloso—. Mientras podamos utilizar la fuerza, no debemos preocuparnos. Sin embargo, si aparece alguien que venda un discurso contrario al nuestro y que, además, sea popular, tenga chispa, los problemas comienzan. Las palabras son poderosas, Plutarch, son capaces de hacer posible que algo cobre un fuerte significado. ¿Recuerdas que el chico, Mellark, mandó al diablo las reglas cuando sacó la lanza del Tributo del 11? —asiento. Claro que lo recuerdo, y debo decir que me sorprendió—. ¿Lo recuerdas decir que hay una parte de ellos que no nos pertenece? ¿Recuerdas el discurso que dio cuando regresó a su Distrito? ¿Recuerdas cómo estuvo dispuesto a morir por la niña, y ella también? En el mundo de antes, aquellas minorías que te comenté, mataban y morían por defender sus ideales. Esas actitudes no me gustan, Plutarch, no me gustan nada, y no estoy dispuesto a tolerarlas. Quiero que los habitantes del país me pertenezcan por completo; quiero que las reglas establecidas se respeten; quiero competitividad, no unión… Quiero a ese par de chiquillos fuera de la jugada.
—Cuente con ello —confirmo—. ¿Qué quiere que haga?
—Quiero que arregles las estupideces de Seneca Crane. ¿Estás dispuesto a tomar su lugar como Vigilante en Jefe y recuperar nuestra estabilidad?
El momento que tanto esperaba ha llegado.
—Completamente.
—Perfecto —chocamos nuestras copas y bebemos—. Por principio, organiza una arena especial, sin precedentes para el Vasallaje: trampas, mutos, clima, etcétera. Todo tiene que ser espectacular, nunca antes visto.
— ¿Y después?
—Del 'después' y lo demás, me encargo yo —sentencia, petulante.
Deja su copa en el majestuoso escritorio de su despacho, teclea de nueva cuenta la pantalla frente a nosotros… Imágenes del Distrito 10, 8, 11, 3, 4, 7, enfrentándose a Agentes de la Paz aparecen ante mis ojos.
Esto es más grande de lo que pensaba.
Nunca me habría imaginado que el Chico que perdió el control –yo lo atribuí a sus nervios- con un maniquí y la Niña que se soltó a llorar durante los entrenamientos, serían capaces de hacer tambalear el gobierno.
Resulta curiosa la forma en que se dan las cosas.
Llevamos tanto tiempo, tantos años, tantas muertes y tantos Juegos del Hambre planificando lo que ellos lograron en un abrir y cerrar de ojos que, de no estarlo viendo, no lo creería. Durante todo este tiempo hemos aguardado pacientemente por alguien capaz de rebelarse al Capitolio directamente. Nuestra idea era que ese alguien fuese querido y reconocido por todos, un Vencedor. En un principio pensamos en Finnick, o Johanna, pero sus reputaciones nos frenaron: nadie iba a seguir directo a una guerra a alguien que concede favores especiales a la gente del Capitolio, y mucho menos a una Vencedora huraña y demasiado hostil. Todos los Vencedores son queridos de un modo u otro, pero no es suficiente. Debe ser alguien que logre mover masas, no a unos cuantos.
Antes de hoy, un chico como el tal Hawthorne hubiera sido mi primera opción. Pero si hay algo en lo que estoy completamente de acuerdo con el Presidente es que las ideas pueden ser más peligrosas que cualquier arma porque, a pesar de los años y las catástrofes, los ideales de libertad y justicia siguen predominando.
Para cocinar una rebelión se necesitan muchos ingredientes: hartazgo, miseria, furia, hambre, valentía, muertes… llamas, fuego. Todo eso ya se encuentra dentro del caldero a punto de hervir, sólo nos faltaba darle sabor, el condimento. ¿Quién iba pensar que entre tantos ingredientes llenos de ardor, el catalizador sería un simple acto de verdadero desinterés? Yo no, por supuesto. Sé lo que soy, sé lo que son las personas. He visto durante años la lucha por la sobrevivencia y lo que el instinto de conservación te obliga a hacer: no hay medias tintas, o matas o mueres sin importar el motivo.
A mí no me habría importado matar, como ahora no me importa utilizar la gala de sacrificio de esos niños, Los Chicos en Llamas. Un recuerdo difuso de alguien llamándolos de esa manera, aparece. Apunto en mi memoria el difundir ese sobrenombre para que sean nombrados así de ahora en adelante. También apunto sondear a los estilistas porque, si puedo hacer que sean parte de esto, necesitaré de su conocimiento para hacerlos resaltar más y que el poder de la imagen sea de un impacto tal que no haya vuelta atrás.
La emoción de estos momentos sólo es comparable con el día que recibí el pago de mis apuestas gracias a que Finnick Odair se proclamó Vencedor. Mi intuición me hizo ganar millones. Y está vez, apuesto a los temores del Presidente… y, quién sabe, quizá las ganancias sean totales.
—A esto es a lo que nos enfrentamos —dice el Presidente.
Sólo puedo pensar en contactarme con Haymitch… y los demás, e informarles que la revolución ya es, y que la guerra será.
.
.
.
.
.
—Tranquila —acaricio su espalda y recuerdo las indicaciones que alguna vez su mamá me ordenó—. Controla tu respiración. Inhala y exhala. Así es. Estamos en casa, no hay nada que temer.
Le doy un rápido vistazo al reloj que descansa en el buró: son las dos de la mañana y estoy tan despierto como si fuera mediodía.
Cuando escuché los gritos desgarradores y sentí golpes en las piernas y pecho, salté de la cama, asustado y en posición de defensa, porque me imaginé en Los Juegos; fue cosa de un minuto darme cuenta que estaba en casa, con la luz encendida, la puerta abierta, y que mi compañera acababa de tener una horrible pesadilla. Inmediatamente traté de tranquilizarla, aunque no sé a bien quién estaba más horrorizado, si ella por lo que sea que haya soñado, o yo por la impresión de su arrebato, o por los lastimosos maullidos que Buttercup le dedicaba a su dueña.
Nunca en mi vida había visto a alguien tan asustado, ni siquiera a mí mismo por las pesadillas precedentes a la Cosecha.
— ¿Estás más tranquila? —Prim asiente—. ¿Quieres hablar de ello? —niega.
—No me dejes, por favor —suplica.
—Jamás.
Se acomoda en mi pecho y se aferra a mí con todas sus fuerzas.
De una forma, la vida después de Los Juegos es mejor, me repito, de otra, es peor. ¿De esta manera es cómo viviremos siempre? ¿Sin pasar hambre pero faltos de sueños tranquilos? ¿Sumidos en pesadillas? ¿En qué momento terminan Los Juegos, cuando te coronas Vencedor, o es que éstos recién empiezan ahí?
Si alguien me hubiera dicho que el ganar Los Juegos implicaba ganar miedo también, más nos habría valido no hacerlo. Por más que Haymitch haya dicho que las pesadillas serán menos con el paso del tiempo, yo no lo creo, y menos cuando mi Mentor duerme con un cuchillo y se ahoga en alcohol. ¿Prim y yo terminaremos igual? ¿Emborrachándonos para anestesiar nuestra miseria? ¿Haciéndonos de cuchillos en las manos o bajo la almohada?
Una bola de pelos naranja me sobresalta. Buttercup se acomoda en mi otro brazo, como si buscara protección; enredo mi brazo en él y lo acaricio; lame con tanto cariño la pequeña mano de su dueña que me conmueve…
Tal vez, en el mejor de los casos, Prim, Buttercup y yo, durmamos juntos por siempre, lamiendo nuestras heridas emocionales y reconfortándonos en cada pesadilla. No es algo que yo habría imaginado como mi vida de Vencedor, pero no suena tan mal. Dadas las circunstancias, es perfecto.
Pienso en nuestro Mentor y una risa involuntaria sale de mi garganta.
— ¿Qué pasa? —pregunta Prim.
—Me imaginé a Haymitch aquí con nosotros… y tu gato encima de su rechoncha barriga, gruñéndose el uno al otro.
Decirlo en voz alta resulta más gracioso; estallamos a carcajadas.
.
La estructura de la casa es la misma que la mía, y la de Haymitch, pero la diferencia abismal radica en que se han dedicado a convertirlo en algo más personal, íntimo.
Cortinas blancas con pequeñas figuras amarillas y naranja, lo que transmite luz; jarrones con flores adornan la mesita a un lado de mí, lo que le da vida al salón; cojines color naranja contrastan con los sillones y sofá color café; la chimenea desprende un calor que te hace sentir tan a gusto que no deseo moverme de aquí, y la ya descolorida fotografía del día de la boda de la Sra. Everdeen y su esposo, encima de ésta, transmiten confianza y confort al mismo tiempo. Se ven felices. Y para completar, el huraño gato desparramado en un puf viéndome recelosamente indica que hay quién las proteja.
Esto es un verdadero hogar, comparado con mi fría casa que sigue igual al día que entré por primera vez. No me había pasado por la cabeza adecuarla a mi gusto. No entiendo cómo es que Prim no quiere estar aquí… Bueno, sí que lo entiendo, y ese es el motivo del por qué estoy aquí.
Dejo de lado la comodidad que siento para concentrarme en lo importante, y distraerme de los ojos grises –y de las sensaciones que revolotean en mi estómago- que sé, me están mirando profundamente, preguntándose el porqué de mi visita. Cuando estoy a punto de ceder a la insistencia de su mirada, su mamá aparece, oportunamente, con una charola y tazas de té. ¿Por qué tenía que ser ella quien preparara el té y no Katniss? Habría sido más fácil para mí comenzar una conversación decente con su mamá, que quedarme callado como un tonto y distrayéndome en cualquier cosa menos en ella.
— ¿Azúcar?
—No, gracias, así está bien, Sra. Everdeen.
—En mi partida de nacimiento consta que mi nombre es Lena, no Sra. Everdeen —dice, con un ligero tono entre regaño y broma, mientras me acerca la taza. Demás está decir que mi cara se enciende en vergüenza. ¿Esto podría ser peor?
—Lo siento, yo… no. Disculpe.
—No te preocupes —me sonríe—. Pero dinos, comentaste que querías hablar con nosotras, ¿pasa algo?
Doy un largo trago a mi té y me preparo.
—Sí, es sobre su hija… sobre Prim.
— ¿Qué sucede? —pregunta, alarmada.
—Su comportamiento —comienzo—. No sé si últimamente hayan notado algo extraño en ella, o si es solamente conmigo, pero Prim y yo hemos tenido unos días… difíciles, por decirlo de alguna manera —se miran nerviosamente, lo que me confirma que ellas también han sufrido los estragos del estrés de Prim—. Afortunadamente, hoy conversamos sin ningún incidente y creo que he dado con la solución al problema, por eso estoy aquí.
— ¿Qué le pasa?
— ¿Cómo podemos ayudarla?
Preguntan al mismo tiempo, con desesperación y esperanza mezcladas.
—Señora… Lena, Prim es una bomba de tiempo que si no se detiene, explotará en cualquier momento y no creo que eso sea bueno ni para ella ni nadie —no profundizo más porque la mayoría de las preocupaciones de mi compañera son cosas personales. Juntando valor y calmando mis nervios, la miro a ella—. Katniss, la única manera de ayudarla es darle tiempo y siendo muy pacientes.
— ¿Pero qué es lo que le pasa? —pregunta Katniss, tratando de guardar la calma y haciéndome las cosas más difíciles. ¿Cómo decirles, sin decirles, que Prim no quiere estar con ellas? ¿Por qué tiene que mirarme de esa forma en la que sólo deseo abrazarla y prometerle que todo estará bien?
—Son muchas cosas, la Gira es una de ellas…
— ¿Qué es lo que le pasa? —pregunta de nueva cuenta, en un tono duro. 'Está a la defensiva', pienso—. Es tu deber decírnoslo. Después de que mi madre cuido de ti y mi hermana estuvo muerta de la preocupación, saber es lo menos que merecemos.
Sí, definitivamente, está a la defensiva. La Sra. Everdeen le susurra un 'Katniss', tratando de calmarla.
—Lo sé y se los agradezco. Nunca podré pagarles lo que hicieron por mí, pero los problemas de Prim son aparte. No puedo hablar de eso porque es algo que me confió y es ella, y nadie más, quien tiene que hablarlo con ustedes. Si decide hacerlo hoy, mañana o dentro de un mes, es decisión suya. Pero regresando al punto que me trajo aquí —es hora de soltar la bomba y que pase lo que tenga que pasar—, debo informarles que he decidido que Prim se irá a vivir conmigo hasta un día antes de la Gira.
Un terrible silencio llena la habitación. Antes de que pueda decir algo, Katniss se adelanta.
— ¡De ninguna manera! —dice, apretando los dientes… y sus puños—. ¡¿Quién te crees que eres?!
—Nadie especial pero Prim también es mi responsabilidad —digo, con calma—. Cuidar de ella es algo que debo y quiero hacer.
— ¡No te atrevas! ¡No! Su familia somos nosotras… ¿O qué? ¿Crees que no somos lo demasiado competentes para cuidar de mi hermana? ¿Qué no somos más que unas simples pobretonas? ¡Lo que tú quieres es alejarnos de Prim!
Siempre vi en Katniss alguien fuerte, valiente, luchadora, pero no pensé que fuera tan hiriente. Veo que no ha olvidado el error que cometí al llamarlas pobretonas delante de todo el país, y de perdonar mejor ni hablamos. Tengo que inhalar y exhalar varias veces –y discretamente- porque no sólo es hiriente, también es desesperante. ¡Cómo siquiera se atreve a pensar que quiero separarlas! No fui yo quien la obligaba a vivir dividiendo su cariño, quien la hacía sufrir porque el rencor era más fuerte que mantenerse unidas; no soy yo quien la hace sentir una inútil porque no quieren dejarla crecer; no soy….
Me estoy comenzando a ofuscar, tengo que calmarme. Inhalo y exhalo, inhalo y exhalo… Pero mi temperamento no cede. ¡Por qué demonios la Sra. Everdeen no dice nada! ¡Por qué deja que sea su hija mayor, una jovencita, quien dé la cara! ¡Por qué no se para, me suelta una bofetada y me corre de su casa por mi insolencia al querer llevarme a su hija menor! ¡Por qué diablos no reacciona y prefiere quedarse impávida en su asiento tratando de ocultar las lágrimas!
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
Porque, a diferencia de sus hijas, es débil. Porque ahora entiendo las razones que tuvo Katniss para hacerse responsable de su familia a tan corta edad. Porque comprendo que Prim fue forzada a callar y actuar de mediador, regalando sonrisas y forjando su carácter amable como una manera de sobrevivir entre tantas desgracias; porque las dos tuvieron que cuidar de su madre, de diferente manera, cuando la responsabilidad era al revés.
—Nuevamente les pido perdón por mi actitud durante Los Juegos. No espero que lo entiendan pero fue necesario todo lo que hice y dije —endurezco mi voz; me siento como mi madre cuando nos llamaba la atención en su forma más agradable—. No pretendo separarlas de Prim, sino ayudarla, y para hacerlo es necesario llevármela y enseñarle a ser autosuficiente.
—Apenas es una niña, no puede valerse por sí misma —por fin, ¡por fin habla la Sra. Everdeen!, pero su comentario es el más erróneo que pudo haber dicho, tanto que se gana una mirada glacial por parte de su hija mayor.
Sé que si no estuviera aquí, Katniss le lanzaría maldiciones y reproches por pensar eso de su hermana y no de ella cuando tuvo que aventurarse al bosque sola. Me queda claro que ellas dos también tienen mucho que aclarar, gritarse y demás, pero no en presencia de Prim. Ahora estoy más convencido que nunca de sacarla de aquí: ya sufrió demasiado en silencio, y en Los Juegos, como para soportar más. Las tres Everdeen tienen que madurar y perdonarse antes de que sus emociones las traicionen y exploten al mismo tiempo.
—Es una niña —intervengo, perdiendo la educación y sin controlar el reproche en mi voz—, pero las cosas que ha pasado no son cosas normales en alguien de doce años. No pueden seguir tratándola como tal cuando está más que claro que es más adulto que cualquiera de los que estamos aquí —ahí está, ya lo dije, y espero haber sido lo suficientemente claro para que adivinen cuál es el problema—. No vine aquí a pedir permiso, sino a avisarles que Prim se va conmigo, y por su bien, y por el de ustedes, es mejor que arreglen sus asuntos para que no la sigan afectando.
Katniss salta de su asiento, pero antes de írseme a los golpes o sacarme los ojos, aparece Prim con dos mochilas.
—Ya estoy lista —dice, inocentemente. Estoy casi seguro, es más, me atrevo a jurar que estaba escuchando, sino, ¿por qué apareció en el momento justo? Reprimo una risa—. Hasta mañana, mamá —se acerca y le da un beso—. Hasta mañana, Katniss —la abraza—. Pórtense bien —enfatiza—, y no se preocupen por nosotros, estaremos trabajando en nuestros talentos.
La Sra. Everdeen y Katniss caen al suelo y comienzan a retorcerse. No me puedo mover. No puedo hablar. No puedo hacer nada. De repente, se convierten en un par de mutos que atacan a Prim…
Mi respiración es agitada. Mi cuerpo se encuentra rígido por el terror. La luz del cuarto lastima mis ojos cuando los abro. Veo a Buttercup dormido frente a mí. Siento un ligero peso en mi costado. Es una mano, pequeña y blanca. Me ubico y razono que se trata de Prim. Estoy en la Aldea de los Vencedores, en mi casa, en mi habitación, aunque no me explico por qué mi compañera es quién me abraza y yo le estoy dando la espalda. Es más, ¿en qué momento me quedé dormido si hace apenas unas horas estaba consolando a mi compañera, seguro de que ya no podría dormir?
Me incorporo lentamente y miro el reloj: faltan cinco minutos para las cinco. Es hora de levantarnos.
Antes de despertar a Prim, reacomodo mis pensamientos y calmo mi miedo. Fue una pesadilla, me repito, nadie se convirtió en un muto y nadie atacó a Prim. Por supuesto que no, nadie lo hizo porque recuerdo perfectamente que la última frase que les dije a las Everdeen, fue que si necesitaban cualquier cosa o se suscitaba una emergencia, nos encontrarían en la panadería.
Mis pesadillas son extrañas. Regularmente se tratan de eventos reales pero llega un punto en que los hechos se distorsionan y terminan en ataques de mutos o, peor aún, provocados por mí mismo, pero el factor denominador es el mismo: alguien que me importa, ya sea de mi familia o algún conocido, acaba muerto. Mi otro tipo de pesadillas sólo revivo lo que pasamos en la arena, son menos frecuentes pero igual de aterradoras.
Sacudo mi cabeza, como si con esa acción borrara de mi mente mis sueños, y despierto a Prim.
—Pequeña, es hora —me da pena despertarla con la mala noche que pasó, que por un momento estoy tentado a dejarla dormir, pero sé que si no llegamos a tiempo y cómo se lo aseguré a mi madre, me ganaría no un regaño, sino algo todavía peor—. Puedes meterte a bañar aquí y arreglarte, yo iré a otro cuarto. Tienes que estar lista en veinte minutos, no después.
— ¿No vamos a desayunar primero? —pregunta, bostezando—. ¿Tengo que bañarme? Hace frío. ¿Puedo dormir un minuto más?
—Desayunáremos más tarde. Si quieres no te bañes pero necesito que estés lista en veinte minutos, Prim, es importante llegar temprano a dónde vamos, a menos que quieras que me castiguen.
—Que te castiguen por hacerme madrugar —dice, frunciendo el ceño.
—Está bien, en vez de veinte que sean quince minutos, ¿vale? Nos vemos abajo.
Le planto un beso en la frente y salgo de la habitación.
.
El camino hacia la panadería fue divertido a pesar del frío –el invierno está llegando ya-, por las rabietas de Prim, indignada porque Buttercup se quedó durmiendo y porque, prácticamente, la llevaba arrastrando ya que caminaba más dormida que despierta, cosa que le hacía tener unos sobresaltos demasiado graciosos. Además de que me amenazaba argumentando que si mi sorpresa no valía la pena, me dejaría de hablar por siempre. Después de veinte minutos de caminata y quejidos, llegamos a nuestro destino, y para sorpresa nuestra, mi padre ya nos estaba esperando en la puerta de atrás.
Así como llegamos, entramos a la cocina, nos pusimos un delantal y lo que debería ser un gorro –un pedazo de tela blanca- para cubrir nuestras cabezas y evitar accidentes indeseados, como un cabello dentro del pan o que alguna gota de sudor arruine la preparación del mismo. Le comuniqué a Prim que me encontraría en la parte delantera de la panadería y que mi padre sería su nuevo maestro en el arte de la repostería. Sus ojos abiertos de par en par, su mandíbula casi tocando el piso y sus mejillas sonrosadas, es una imagen que se quedará grabada a fuego en mi memoria. Pude notar un poco de miedo en su mirada, pero eso no eclipsó la alegría que también reflejaba.
— ¡Niña, no se te olvide ponerte los guantes! ¡No te vayas a quemar! —escucho a mi madre. No grita pero si se dirige a Prim con su tono de voz usual, mandón. Sólo espero que mi compañera no se lo tome a mal—. Coge la pala con firmeza y retírala lentamente. No te acerques mucho al horno.
—Ya terminé aquí —dice mi papá, preocupado—. Me regreso a la cocina, no vaya a ser que su madre pierda el control.
—Ni de broma —interviene Bran—. Está tan emocionada y de buen humor con la idea de que la panadería arrancará una ola de envidia entre los vecinos que si la pequeña Primrose quema todos los panes, ni siquiera lo notaría, y si lo hace, no le importaría.
Mi padre sonríe, afirmando las palabras de mi hermano, pero aun así regresa a la cocina.
El trato con mi madre, para permitir que Prim desarrollara su talento, fue que ella no ponía ninguna objeción siempre y cuando yo cumpliera mi palabra de apoyarlos con mejoras en la panadería. Claramente acepté, y le di la mayor parte de mi sueldo para que compraran lo necesario. Mi padre y hermanos se opusieron en principio, pero no me costó mucho hacerles ver que no lo hacía porque mi madre lo exigiera, sino que la idea de ayudarlos me hacía feliz; además de que lo vieran como parte de mi recuperación, ya que esta remodelación me iba a permitir estar más cerca de ellos y retomar mis actividades de antes, y aprovechando, ayudaríamos a Prim también. Fue esto último lo que les hizo ceder.
Ahora, acabamos de fijar los nuevos vidrios y nos deshacemos de esos espantosos trozos de tela y plástico que cubrían las vitrinas, y que me hacían imaginar los momentos de tormento de mi familia mientras estaba en Los Juegos. Mi mente me quiere jugar una mala pasada al tratar de reconstruir lo que pasó. Alejo de inmediato esas imágenes de personas atacando a mi familia y destrozando mi hogar. No más torturas ni cosas negativas. Eso es pasado y no tengo intención alguna de retroceder. Gané Los Juegos y, además de las pesadillas, gané una nueva oportunidad para reforzar los lazos familiares y no pienso desaprovecharlo.
Durante el desayuno, las cosas marcharon bien. Todos fueron amables y cálidos con Prim -bueno, mi mamá se limitó a ser educada y a no gritar, lo que es un gran avance-, y ella se veía animada, no dejaba de preguntar cosas sobre mí: a qué edad comencé a hornear o hice mi primer pastel, si alguna vez tuve un accidente o si quemé algo, cuándo y cómo aprendí a dibujar, en fin, me di cuenta que trata de conocerme mejor, justo lo que necesitamos. Es una lástima que yo no pueda hacer lo mismo por los inconvenientes con su familia. Pero la mejor parte fue escucharla reír sonoramente porque mis hermanos contestaban todas sus preguntas haciéndome quedar en ridículo. Hasta yo reía; no iba a enojarme con ellos porque sabía que lo hacían con la intención de integrarla y hacerle pasar un buen rato, aunque fuera a costa mía.
—Peeta, nosotros vamos a comenzar a pintar la fachada, ¿te parece bien si limpias los vidrios y apoyas a mi mamá con las ventas?
Es raro que mis hermanos me traten así. Por lo regular, ellos se repartían las tareas más fáciles y me dejaban las peores. Podría decir que hasta me tratan con respeto. Hay momentos que pienso que, quizá, me tengan miedo, por lo que me vieron hacer en Los Juegos, porque ya ni siquiera existen esos leves empujones o golpes en la cabeza que me regalaban. No pueden tenerme miedo, ¿verdad? Saben que nunca los lastimaría, ¿no? ¿Y si esa es la razón por la que me permiten visitarlos? ¿Pensaron que si de haberse negado, los atacaría, dada mi inestabilidad? ¿Creerán que soy un monstruo? ¿Simplemente toleran mi presencia para que no los ataque? ¿Se avergonzarán de mí? ¿O, al igual que mi madre, me creen un tullido inútil?
—Puedo ayudarles —replico; mi voz suena molesta pero ellos ni se inmutan.
—Lo sabemos, pero es mejor que estés cerca de Primrose: si aún no se siente en confianza y necesita algo, seguramente querrá recurrir a ti —contesta Matt, con su característica seriedad y como si fuera lo más obvio del mundo.
Me siento como un idiota. Mientras yo pensaba toda una sarta de estupideces, ellos se preocupaban por Prim. Debo dejar de sacar conclusiones previas o imaginarme los peores escenarios. Mi padre tiene razón, tiendo a menospreciarme con frecuencia y eso hace que mi imaginación vuele hasta límites insospechables. Si mi familia tuviera algún problema conmigo, estoy seguro que me lo dirían. Por mucho que mi experiencia en Los Juegos me haya cambiado, y con ello nuestra relación –que la diferencia es mínima-, todos están poniendo de su parte para ayudarme, y es en lo único que me tengo que enfocar.
—Y si necesitamos ayuda en la parte alta de las paredes, no dudes que te avisaremos: queremos ver en acción tu pierna mágica. Suena más divertido que una tonta escalera —completa Bran, guiñándome un ojo y con su característico son de broma.
Y más que ofenderme, me relaja. Sonrío. No me había dado cuenta lo mucho que echaba de menos sus bromas.
Definitivamente, estar al borde de la muerte te cambia la perspectiva y te ayuda a valorar algunos pequeños detalles que antes eran una tortura.
.
La hora de la comida, al igual que el desayuno, estuvo muy animada. Mi madre no dejaba de hablar de lo sofisticada que quedaría la panadería después de la remodelación, que después de tantos años de trabajo éste por fin rendiría frutos; comentó que también en la parte de arriba –habitaciones y baño- tenía pensado hacer mejoras y adecuarla al estatus que ahora, gracias a mí, tenían. Estaba tan contenta que no pude evitar una enorme sonrisa por verla así. Por primera vez me sentí orgulloso de ser un Vencedor. Prim, notando la emoción desbordante de mi madre, preguntaba educadamente qué era lo que tenía pensado hacer y escuchaba atenta sus desvaríos.
Al terminar de comer, como mis actividades en la parte delantera de la panadería habían terminado, me fui a la cocina para ayudar en la elaboración de pan, y también para saber qué tal le iba a mi compañera. Pero en lugar de entrar a la cocina, me quedé parado en el marco de ésta, viendo la escena que tenía enfrente, remontándome a años atrás: Prim amasaba con sus delicadas y frágiles manos una bola de masa. Adelante, atrás; a un lado, al otro; estiraba y encogía; aplanaba y volvía a hacer una bola, mientras mi padre la instruía, así como hizo conmigo. Cuando llegó el turno de darle la forma final, pude notar que mi compañera llegó a su punto de desesperación porque no quedaba como debía; sus ojitos se volvieron cristalinos. Inmediatamente pensé que la bomba que es Prim explotaría. Quizá gritaría o aventaría las cosas y saldría corriendo… Afortunadamente me equivoqué.
Mi padre, consciente de ello, instaba a Prim a repetir el procedimiento hasta llegar a la forma adecuada, siempre utilizando su tono de voz amable, paciente, cariñoso. Mi pequeña asentía, aguantando las lágrimas, pero era cuestión de segundos o minutos para que éstas fluyeran libremente.
—La primera vez que mi hijo mayor, Matt, horneó, preparamos media docena de panes —comenzó a relatar mi papá ante la atenta mirada vidriosa de Prim—. Todo salió más que bien. Forma, consistencia, sabor. Todo. Fue perfecto. Siempre ha sido un muchacho muy dedicado y obediente, y extremadamente perfeccionista, cosa que heredó de su madre. Dado su carácter era meramente imposible que hiciera algo mal, y así nos lo demostró con el paso del tiempo, no sólo aquí, sino en la escuela y en su comportamiento como hijo y hermano.
No entendía adónde quería llegar. Al hablarle así de Matt y sus virtudes, lo único que conseguiría sería hacer sentir peor a Prim. Estaba a punto de irrumpir cuando comenzó a hablar de Bran.
—Por su parte, con Bran, fue un poco más complicado —sonreía, nostálgico. Mis ojos comenzaron a escocer en ese momento sin explicación—. No sólo hizo formas extrañas con la masa, también quemó los panes. De haber sido Matt, se habría enojado consigo mismo, pero Bran no, él muy condenado se partió de risa hasta las lágrimas, ni siquiera los regaños de su madre lo hicieron parar, al contrario, llegó un punto en el que su risa era tan profunda que se privó y se puso morado por la falta de aire —hizo una pequeña pausa, como si estuviera rememorando ese momento; Prim lo veía sonriente, sus lágrimas habían decidido marcharse—. Con el tiempo aprendió la técnica, unos meses, un año, quizá, y a diferencia de Matt, él no era ni dedicado ni obediente, siempre fue muy hiperactivo y bromista, hasta el punto de que una vez se le ocurrió enterrar un cochecito de juguete dentro de la masa y hornearlo. Por fortuna, fue a la familia Cartwright, los zapateros, a quienes les tocó la broma de mi hijo y no armaron un escándalo.
Le faltó mencionar que a causa de eso, al papá de mi amiga Delly se le quebró un diente. Tuve que ahogar una risa porque esa anécdota de mi hermano siempre me hace reír como un poseso.
—Y Peeta fue una mezcla entre los dos: es muy dedicado pero prefería hacer muñecos de masa y jugar con ellos en lugar de trabajar, lo que le valía más castigos y regaños que a cualquiera. Si esos tres pillos, a su modo, aprendieron a hornear a la perfección, ten por seguro que tú lo harás también. Tal vez no al primer intento, como Matt, o quizá tardes unos meses, como Bran, o puede que aprendas viéndolo como si se tratara de un juego, tal cual Peeta lo hizo; no importa qué método utilices o si incendias la panadería por completo, siempre y cuando tengas las ganas de hacerlo.
—Claro que quiero —exclamó Prim; pero su ánimo decayó—. Es que… sólo… yo no…
—Entonces no hay más que decir —la interrumpió mi padre—. Basta de charla y saquemos esa tanda —señaló la masa—, antes de que mi esposa nos castigue.
Mi compañera se ruborizó, quizá por la mención de mi madre, o por las palabras de mi padre, pero su delgado cuerpo se destenso, asintió vehementemente y siguió con su actividad. Preferí no interrumpir y dejar que Prim aprendiera del mejor.
Mientras espero detrás del mostrador a que el cliente en cuestión decida qué es lo que va a llevar, no puedo evitar pensar que cada segundo que pasa no dejo de sentirme agradecido por estar vivo y junto a mi familia.
.
—Hasta mañana, Primrose —dice mi padre, acariciando tiernamente la cabeza de Prim, así como siempre lo ha hecho con nosotros.
—Adiós, Enana —grita Bran, trepado en la escalera y cubierto de pintura, agitando exageradamente la mano—. Adiós, Enano. No olviden llegar temprano.
Matt rueda los ojos mientras sostiene la escalera y nos regala un asentimiento. Es su forma de despedirse, igual a la de mi madre, sólo que ella mantiene sus brazos en jarras.
—Gracias a todos —se despide educadamente Prim—. Que tengan una linda noche. Hasta mañana.
Hacemos nuestro regreso a la Aldea en silencio. Estoy tentado en romperlo, preguntarle cómo estuvo su día, qué le pareció mi sorpresa, o de menos tomar su mano, pero ella se encuentra distante y aprieta el paquete protectoramente contra su pecho. No parece enojada, pero tampoco me atrevería a asegurar que no lo esté.
Si hay algo que antes de Los Juegos lograba sacarme de mis casillas, eran precisamente este tipo de silencios llenos de incertidumbre con los cuales no sabes cómo actuar, qué decir o si es mejor seguir soportándolo hasta que la otra persona decida hablar. Detesto no saber qué es lo que pasa, que me escondan cosas, que me dejen de lado. Me molesta no saber cómo ayudar.
Me distraigo prestando atención a mi alrededor. Algunas personas nos miran, nos señalan, cuchichean entre ellas sin despegar su vista de nosotros. Otras más nos saludan a distancia, nos sonríen, susurran que allá van los Vencedores. El resto no se impresiona con nuestra presencia, nos regalan una rápida mirada y siguen en lo suyo. Unos cuantos mineros de rostro cansado y ennegrecido hacen su camino de regreso a casa, son las seis de la tarde, lo que significa que las doce horas de arduo trabajo han terminado y podrán descansar, o pasar un rato con su familia. Poco les sorprende que el par de Vencedores caminen entre ellos cuando la urgencia de llegar a casa es más fuerte. Hay niños yendo y viniendo, unos ayudando a levantar los puestos del mercado, otros tantos jugando, corriendo entre la gente y esquivando a los pocos Agentes de la Paz que custodian el Distrito. Se caen, se levantan y siguen corriendo. Ríen, gritan, se enojan y se contentan. Unas cuantas parejas tomadas de la mano dan un paseo romántico; hay quienes son más atrevidos y se besan con urgencia. Verlos me llena de algún tipo de nostalgia que no tengo tiempo de nombrar porque algo llama mi atención: un grupo de chicos que platican bastante animados. Se encuentran del otro lado de donde caminamos nosotros, sería difícil identificarlos entre tanta gente y a esta distancia, pero después de tantos años de recorrer ese lugar, sería imposible no reconocerlos: a un lado de la botica hay una piedra inmensa que sirve como banca. Esa banca es donde siempre nos reuníamos a platicar de todo y nada; a reír como tontos o simplemente soñar despiertos. Esa banca que antes pertenecía a cinco amigos, ahora sólo acepta cuatro.
Una urgencia por ir a ese lugar me llena. Quiero acercarme, llegar y que Fred me tome del cuello, tratando de hacerme una llave, y soltarme con facilidad, revirtiendo los papeles, mientras los demás bromean y las personas nos miran como si estuviésemos locos. La necesidad de integrarme es tan fuerte que, si no es porque Prim entrelaza su mano con la mía, mis pies habrían hecho el camino hacia ellos.
La miro de reojo pero ella sigue perdida en sus pensamientos; bosteza fuertemente sin dejar de apretar ese paquete que, aunque no lo exprese en palabras, le hace mucha ilusión: es su primer logro, galletas de canela.
Volteo una última vez hacia donde están quienes fueran mis mejores amigos y me despido completamente de esos viejos tiempos. Me concentro de nuevo en las personas que van de aquí para allá, siguiendo con su vida normal porque por ahora no hay un algo que la altere. Es difícil imaginar que entre el remolino de gente que transita ante nuestros ojos, pudiésemos estar Prim y yo cuando nuestra vida normal ya no se centra en sobrevivir un día más al Hambre, sino a las pesadillas y el miedo.
Coexistimos en el mismo Distrito, pero me siento lejos de ellos…
Diferente.
Alguien que no encaja.
Ajeno a este lugar.
Un intruso.
Tan fuera de lugar como la Aldea que se abre camino a cada paso que damos.
Tan familiarizado con las lágrimas de Prim que antes de mirarla, ya sé que está llorando.
—Estoy cansada —musita.
No necesito que diga más porque me siento igual. Estoy sumamente agotado tanto física como mentalmente. Y me siento terriblemente triste.
A veces, cuando el cansancio se apodera de tu cuerpo, las emociones aprovechan para querer salir porque te encuentras en tu estado más vulnerable y la carga se hace más pesada. Lo sé porque fue lo que me pasó cuando murió Rue.
—Voy a ir a casa, a entregarles esto —señala el paquete— a mi mamá y a Katniss. ¿Irías por mí?
—A las nueve estaré ahí.
Asiente y camina en dirección a su casa; no entro a la mía hasta verla entrar.
En la Aldea hay doce lujosas casas, cada una con su número correspondiente grabado en una pequeña placa de metal. La de Haymitch es la número 3, la de Prim la número 5 y la mía es la 9.
Desconozco la manera en la que el Capitolio dicta quién va a habitar cada propiedad, pero hasta hoy razono que mi casa está bastante alejada de las suyas.
.
.
Estas dos últimas semanas han sido difíciles. Prim cada noche se despierta dos o tres veces gritando dolorosamente a causa de las pesadillas, Buttercup maúlla lastimosamente hasta que su dueña se vuelve a dormir; y yo, es difícil que vuelva a pegar el ojo en toda la noche.
Nuestros días se pasan así: dormimos poco y trabajamos mucho. El regreso a casa lo hacemos en silencio y el humor de mi compañera es sólo comparable al de mi madre. O peor. Hay veces que antes de ir a ver a su familia se detiene un momento en mi casa para ver a Buttercup y dedicarle unas cuantas palabras cariñosas. La mayoría de las veces me ignora olímpicamente y se va, cosa que yo agradezco de verdad porque sólo así puedo respirar tranquilo sin sentir que me asfixia su presencia, y aprovecho para pintar y descargar en el lienzo toda mi frustración.
Ayudar a Prim está resultando mucho más complicado de lo que preví porque su personalidad está bastante alterada. A veces creo que tiene un fuerte problema de bipolaridad o, siendo más dramático, que está perdiendo la razón.
Un día le comenté que, quizá, ir a la panadería fuese demasiado para ella y que sería mejor que sólo trabajara en su talento por las mañanas. Me gritó, furiosa y con su pequeña estatura intimidante, que a ella le gustaba lo que hacía y que si yo no soportaba el ritmo, bien podía renunciar. No me hablo durante dos días. Pero al menos ahora sé que no le desagrada su talento. Y estoy aprendiendo a conocerla.
A estas alturas puedo asegurar que odio su entrecejo fruncido al despertar, su cara de pocos amigos de ida a la panadería y vuelta a casa y su manera sutil de confundirme al entrelazar nuestras manos en el trayecto; odio que con mi familia sea una y conmigo otra; odio al hipócrita de su gato porque pareciera que se burla de mí cada vez que Prim le presta más atención a él; odio su preciosa sonrisa triunfal cada vez que la veo mejorar en su talento y sus ojitos brillantes de emoción; odio que a la hora de dormir sea yo quien la abrace y, al despertar, sea ella quién me abrace a mí; odio verla crecer y observar que su mal humor es proporcional a lo hermosa que es… Pero lo que más odio es odiarla por quererla tanto y soportar todo eso porque ya no concibo mi vida sin su perturbadora presencia.
Podría enumerar mil cosas más que odio de mi compañera pero el sueño es más poderoso que mis desvaríos. Las pocas horas de descanso están comenzando a causar estragos en mi mente y cuerpo: lo único que he hecho es estar sentado detrás del mostrador, atendiendo clientes, equivocándome con los precios, confundiendo a las personas y dar más cabeceos de lo normal. Según palabras de mi madre, me la paso haciendo nada; según mis palabras, es demasiado cansado.
Mis hermanos siguen arreglando la fachada y no han necesitado de mi ayuda en ningún momento. Puedo escucharlos pelear en este instante sobre a quién le toca detener la escalera mientras el otro sube. Mi mamá… ella seguramente estará comprando cortinas, jarrones, manteles, sabanas, y un sinfín de cosas que "necesita" la casa. Mi padre y Prim se divierten en la cocina más de lo que yo aquí. La risa de mi compañera lo confirma. Tampoco me necesitan.
Mis parpados pesan. Creo escuchar que Bran me nombra. Mi visión se vuelve borrosa. La puerta de entrada se abre y la pequeña campana suena. Mis ojos se cierran. Unos pasos fuertes hacen crujir la madera. Estoy en un punto entre la consciencia y la inconsciencia donde mis ojos se niegan a abrirse a pesar de saber que hay alguien aquí.
Silencio. Una mirada penetrante. Una respiración suave. Mis ojos no ceden…
—Mellark.
La voz demandante me hace pegar un brinco y abrir los ojos rápidamente. Ni siquiera me sorprende quién es. Lo veía venir. De hecho, lo esperaba hace días.
—Si viniste a golpearme, Gale, te lo agradecería. Me estarías haciendo un favor porque muero de sueño.
—Vamos a caminar —ordena—, no querrás que la nueva imagen de tu preciosa panadería se arruine por un escándalo.
Hago caso omiso de la burla en su voz…
—Tienes suerte de que mi madre no esté aquí y haya escuchado lo que acabas de decir. Te habría sacado los ojos para después hornearlos y dárselos a los perros.
Pero tampoco voy a pasar por alto su grosería; no ahora que mi mamá es feliz al ver realizado su sueño de una vida mejor.
—No tengo tiempo para tus bromas. ¿Vienes o tendré que sacarte a patadas?
—Calma tu temperamento, Hawthorne, Prim está justo detrás de nosotros y no voy a permitir que la perturbes. ¿Ves esas escaleras? —señalo a mi derecha—. Sube y entra en el segundo cuarto a la derecha. Espérame ahí, voy a buscar quien me cubra.
Salgo rápidamente y sin esperar una respuesta. Le pido a Matt que tome mi lugar, echo un vistazo a la cocina y me aseguro que mi compañera no sepa que su falso primo se encuentra aquí, escojo unos cuantos panes y voy tras mi verdugo.
Hace dos días por la noche, cuando recogí a Prim de su casa, me comentó que Gale se encontraba ahí, platicando secretamente con su hermana y que de vez en vez le preguntaba sobre su estancia conmigo. Me dijo que escuchó a su hermana decir que mi comportamiento se debe a una venganza por mi parte porque no corresponde a mis sentimientos. ¡Nada más falso y fuera de lugar! Prim se indignó tanto que se le salió decir que si estaba conmigo era porque así lo había decidido ella y que no era tan tonta como para dejarse manipular por mí ni por nadie. Salió enojada y dando un portazo.
Ayer, después de mucho tiempo, la Sra. Everdeen me regaló una tensa sonrisa y ella un seco 'hola'. Ya es algo, ¿no?
Es por eso que me imaginé que Gale vendría a visitarme, y no precisamente para socializar.
Apenas pongo un pie dentro de mi antigua habitación, cuando mi alegre invitado comienza a hablar.
— ¿Qué pretendes? —sisea, apretando la mandíbula—. ¿Cuál es tu maldito problema y propósito al poner a Prim en contra de su familia? A mí no me importa que seas un Vencedor ni esas estupideces, si no me das una explicación lo suficientemente fuerte te romperé los huesos. Que te quede claro que las Everdeen no están solas.
Ni siquiera los centímetros más de altura que me sobrepasan y su postura dispuesta a quebrarme los dientes, logran que me inmute. Estoy tan cansado que soy yo quien ruega porque me mande al mundo de la inconsciencia con boleto de regreso hasta dentro de un mes.
—Es tu hora de comida, ¿verdad? Siéntate ahí —señalo la cama de Bran y le acerco la cesta con pan— y come mientras meditas en la total estupidez que acabas de decir. Antes de que rechaces mi oferta, te aseguro que no es ninguna limosna, tampoco un aire de superioridad ni mucho menos trato de humillarte. Velo como una retribución por tener unos hermanos más adorables que tú y que me hicieron pasar un cumpleaños estupendo. Ahora bien, sé que las Everdeen tienen quién las defienda y me alegro por eso. A mí me encantaría hacerlo pero dadas las circunstancias sólo puedo preocuparme por Prim y su bienestar.
— ¿Y su bienestar es sacarla de su casa sin ninguna explicación? No me quieras envolver con tu palabrería. Conmigo no va a funcionar.
—La comida no se desprecia. Siéntate, come y escúchame: Prim me dijo que no le gustaba estar en su casa así que la saqué de ahí. No, no me interrumpas —ahora soy yo quien ordena. Vaya, se siente bien—. La vida de Vencedor no es nada fácil, Gale, y mucho menos para alguien como Prim que no está acostumbrada a los peligros que Katniss y tú sí. Fue testigo de tanto horror y no termina de procesarlo, lo que es peligroso para su estabilidad.
—Eso que tiene que ver con…
—Todo. El principal problema radica en que Prim está molesta con su familia. Quiero creer que estás enterado de la fuerte… tensión en que vivían las Everdeen antes de Los Juegos. Katniss y su mamá separadas por viejos rencores mientras la más pequeña lo soportaba en silencio. Lo que, en palabras de Prim, significa que tuvo que enfrentarse a la muerte para que ellas decidieran darse una oportunidad de convivir en paz cuando pudieron haberlo hecho en otras circunstancias. Resumiendo: Prim está jodidamente furiosa e inestable, y no ayuda en mucho que se inventen teorías conspiratorias sobre si se trata de una venganza de mi parte o no.
Nunca despega su vista intimidatoria de mí pero, al menos, parece sorprendido.
—Si ese es el problema, ¿por qué Prim no lo habló con ellas? —pregunta un poco más "amable" e ignorando lo último; veo que, disimuladamente, toma un pan de la cesta.
—Precisamente porque Prim no se iba a sentar a hablar. Sus emociones la traicionarían y hubiese gritado cosas que la lastimarían no sólo a ella. A mí me pasó con mi familia y es algo que no me perdono todavía.
— ¿Por qué me dices todo esto? ¿Por qué no lo hablaste con ellas?
—Porque es algo que le corresponde a Prim hacer, no a mí, ni a ti, pero teniendo en cuenta que tu relación con ellas es más estrecha, sabrás interceder. Quizá puedas explicarles que Prim necesita tiempo, espacio y mucha paciencia; que si está conmigo es sólo para redireccionar sus emociones en otras cosas, despejar su mente, distraerla y, sobre todo, para darle la oportunidad de que las extrañe, que valore más las cosas buenas que las cosas malas. Pero también para que ellas se den cuenta que Prim ha cambiado y no pueden sobreprotegerla como antes. Ella quiere sentirse útil, autosuficiente, que no es sólo un mero adorno en su casa.
—Muchas veces le dije a Katniss que obligara a Prim a ir al bosque, que le enseñara a cazar, que no podría protegerla por siempre y siempre me mandaba al demonio. Es tan malditamente testaruda.
—Bueno, es comprensible, conociendo las circunstancias, pero estamos a tiempo de arreglar esa situación. Prim ya no tiene que enfrentarse nunca más a la Cosecha y pueden comenzar de cero. Sólo es cuestión de ser pacientes.
—Pides mucho, Mellark. Katniss es todo menos paciente. ¿Sabes que quiere atravesarte con una flecha?
—Lo sé —no puedo evitar sonreír—. Pero una flecha es la menor de mis preocupaciones.
— ¿Entonces, no te importa ser visto como un delincuente, secuestrador y pervertidor de menores sólo por ayudar a Prim?
Ignoro si es broma o una cruel verdad, pero no puedo evitar pegar una risotada.
—Después de Los Juegos, un par de miradas gélidas y malos pensamientos, son cosas con las que puedo lidiar perfectamente. Pero, ¿en serio piensan que soy un pervertidor de menores?
—Eso lo pensé yo. Katniss piensa que eres un delincuente y secuestrador. Su mamá…, es algo complicado. Al principio se desconcertó mucho pero cree que tus intenciones son buenas, sólo que tiene que apoyar a su hija mayor, y si Katniss dice que eres un criminal, ella la secundará.
—Es una buena señal, ¿no? Si Prim observa que están más unidas que nunca, aunque sea en mi contra, se dará cuenta que los problemas entre ellas han terminado por completo y más temprano que tarde querrá regresar a su casa.
—Puede ser.
Nos quedamos en silencio. Tengo que mirar a otro lado mientras Gale arrasa con los panecillos porque no quiero incomodarlo. Trabajar doce horas en las minas, ser el mayor sostén de su familia y además velar por otra familia, debe ser realmente desgastante. Supongo que mi exceso de cansancio es una broma comparado con el suyo.
Mi padre me dijo que su participación en las entrevistas me ayudó especialmente a mí; que a alguien se le ocurrió inventarse que no sólo era primo de Prim, sino también mi mejor amigo, lo que hizo que la audiencia tuviera en alta consideración sus palabras y que nunca nos quitaran la vista de encima por las trágicas circunstancias. Asimismo, que también estuvo involucrado en el pastel y chocolate caliente que nos patrocinaron. Debo aceptar que, entonces, él es en parte responsable de que yo siga con vida. Sé que lo hizo más por Prim que por mí, pero aun así es una deuda que ni con mil agradecimientos podré pagar.
Me nacen unas inmensas ganas de ayudarlo, de hacer más de lo que Prim y yo podemos, de hacer su vida un poco más fácil pero también soy consciente de lo orgullosa que es la gente de La Veta. Si expresara en voz alta mis deseos de ayudarlo, ahora sí me ganaría un buen golpe en la cara.
—Es verdad que la quieres, ¿cierto? —me mira intensamente. Y me da la sensación de no saber si huir o confrontar lo que venga.
—Claro que la quiero, es una hermana para mí.
Niega repetidas veces y suspira con frustración.
—Me refiero a Katniss. ¿La quieres?
Definitivamente tengo que huir de aquí… pero es cosa que a mí lado valiente le importa muy poco porque decide que mi cuerpo no se va a mover nada más que para responder.
—Lo único que me interesa en estos momentos es Prim y mi familia, Gale. Lo que yo sienta por ella o no, carece de importancia.
— ¿Y después? Cuándo Prim se encuentre mejor y no tengas que preocuparte por ella, ¿qué harás? ¿La buscarás? ¿Le pedirás una oportunidad?
Creo que no fui lo suficientemente claro.
—Todo seguirá igual que antes y que ahora porque siempre me preocuparé por Prim. No buscaré a nadie y tampoco suplicaré por oportunidades que sólo existieron en mi cabeza. No pienso interferir en su vida ni en sus decisiones, porque a lo más que aspiro es a ser buenos vecinos y tratarnos con respeto.
—Podrías tener una oportunidad con ella, ¿sabes? No creo que le seas indiferente.
—Por supuesto que no le soy indiferente si busca atravesarme con una flecha. Eso no está a discusión.
Ríe. Pero es una sonrisa triste que me hace sentir demasiado mal. Mucho muy mal.
Hoy más que nunca sé que no puedo entrometerme en la relación, sea cual sea, que tiene con Katniss. Sería estúpido querer competir contra tantos años de amistad y de apoyo mutuo cuando está más que claro quién saldría perdiendo.
Aún duele hacerme a la idea de renunciar a aquello que tanto soñé, pero me dolería más lastimar a terceras personas por decidir que quiero ser egoísta y luchar por una oportunidad: en Los Juegos luché por una oportunidad y el resultado fue favorable para Prim y para mí –en teoría-, pero de sólo imaginar las caras de los familiares de los 22 Tributos muertos, sirve para devastarme. Ellos perdieron más de lo que nosotros ganamos.
Pasar por encima de otros para lograr tu cometido no siempre es gratificante.
—Tengo que irme —se levanta presuroso—. Sigue cuidando de Prim; yo trataré de que esa flecha que lleva tu nombre se quede guardada, pero no te fíes. Será mejor que cuides tu espalda.
—Lo tomaré en cuenta, gracias.
—Y hazle un favor al Distrito y duerme un poco, Mellark, te ves como un miserable.
Y contrario a mi apariencia, me siento feliz.
No somos amigos, y tal vez nunca lo seamos, pero podemos convivir en paz.
.
.
Hoy es domingo, mi día favorito: es nuestro día de descanso, Prim se va todo el día con su familia y puedo estar en la comodidad de mi casa, en el más imperturbable silencio, para dedicarme a pintar.
En el sobre que contiene el discurso –que más que discurso es una apología al Capitolio, a Panem y a Los Juegos-, hay unas breves instrucciones que dicen que para el día de la Gira, debemos mostrar nuestro talento ante las cámaras y ante el Capitolio. Como yo me decidí por la pintura, no sé cuántos cuadros tendré que mostrar, así que puse un mínimo de quince y un máximo de 30. A cuatro semanas de la Gira, cuento con catorce cuadros.
Al principio me encerraba bajo llave en el estudio porque no quería que mi encantadora compañera fuera testigo de lo que plasmo; pero después de haberme dejado de hablar tres días, gritado que soy un envidioso y mandarme a dormir al sillón abandonado en la esquina de mi habitación, tuve que ceder. Pensé que se pondría a llorar o tendría una crisis nerviosa, pero nunca la explosión de felicidad y orgullo que demostró. "Son hermosos, Peeta. Eres todo un artista", exclamó y me abrazó.
Ya llevamos un mes viviendo juntos y esa ha sido la expresión más cariñosa que he recibido en todo este tiempo de su parte.
También le mostré unos cuantos a Haymitch, con la intención de saber si era algo que le gustaría al Capitolio o si sólo me metería en problemas. Secamente me dijo que eran precisos porque dan la impresión de alabar al Capitolio y a Los Juegos y se marchó furioso.
Si pensaba que Prim era la cúspide de la desesperación, fue porque me había olvidado de mi Mentor.
De un tiempo para acá ha estado de un humor de perros y más agresivo y borracho que de costumbre. Quiero echarle la culpa al alcohol por su temperamento pero algo me dice que su adicción no tiene nada que ver.
— ¡Idiota! ¡Idiota! ¡Idiota! —brama, ahogado de borracho y lanzándome la mirada más rabiosa que le haya visto—. Si el Capitolio dice que tienes que matar a quien se te ponga en frente, ¡lo matas y punto!...
Inhalo y exhalo como es mi costumbre y sigo recogiendo la basura, diciéndome que sólo tengo que aguantarlo unos minutos más para poder regresar a mi casa y tener un poco de paz.
—… Pero no, el valiente tontorrón Peeta Mellark decidió salvar a la llorona de la Nenita…
Hay tantos trastes sucios desperdigados por la cocina y el salón que estoy tentado a tirarlos y comprar nuevos. En serio, ¿cómo alguien puede soportar vivir así?
—…Eres demasiado blando, Mocoso…
Bueno. Al menos ya no soy Chico y ahora soy Mocoso. Cuánta imaginación. ¿Por qué hay comida en la pared?
—…demasiado decente…
Miro hacia las escaleras, tratando de imaginar qué tan devastado estará el piso de arriba y cuánto tiempo me llevará desenterrar la miseria de mi Mentor. Termino por regresar a la cocina porque prefiero no saber.
—…demasiado estúpido…
Creo que acabo de ver un ratón. O una rata. O un algo que se mueve.
—…un ridículo panadero…
Si casi nunca sale de su casa y ni hablar de comprar cosas, ¿cómo es que cada día hay más basura? Haymitch es extraño, muy extraño.
—…Y eso será tu perdición.
Seguiría ignorándolo, pero el hecho de que el volumen de su voz bajó considerablemente me intriga más que sus gritos.
Lo miro fijamente; estudio sus ojos inyectados en sangre pero sólo veo ¿confusión?, ¿tristeza?, ¿rabia?, ¿pena? Es difícil distinguir. Rehúye a mi mirada y se concentra en su botella que parece ser más interesante que yo.
¿Mi perdición?
— ¿De qué hablas? —pregunto, con cautela—. ¿Por qué y cómo es que será mi perdición? O mejor dicho, ¿te refieres a mí o le hablas a alguna de tus alucinaciones?
Hago nota mental de no bromear con alguien ahogado de borracho: Reacciono en el momento justo para esquivar la botella que me lanza como respuesta.
Si fue capaz de aventarme su preciada bebida es porque está realmente molesto. Y sus siguientes palabras lo confirman:
— ¡Tendrían que haber muerto en esa maldita Arena!
No se refiere a ninguna alucinación o a los demonios que lleva a cuestas: habla de mí y de Prim, su dedo acusador lo confirma. No debería, puesto que él es sólo un maldito borracho bueno para nada, un imbécil, un estúpido, pero sus palabras me afectan tanto que si no salgo de una buena vez de aquí, todo lo que he logrado este tiempo se vendrá abajo.
— ¡Vete a la mierda, Haymitch!
Cierro la puerta con todas mis fuerzas pero eso no logra amainar la rabia creciente dentro de mí. Deberíamos haber muerto… ¡¿Cómo se atreve, él, de todas las personas en el Distrito, a decirme eso?! ¡¿Precisamente él que me gritó y golpeó porque me estaba dejando ir?! ¡¿Él, a quien pensé que le importábamos aunque fuera un poco?! ¡¿Maldita sea, él, quién debería entender por el infierno que pasamos?!
— ¡Eres un imbécil! —grito; golpeo con mis puños su puerta, con todas mis fuerzas; me desahogo porque ya no puedo más—. ¡¿Me escuchas?! ¡Eres un imbécil! ¡Un maldito imbécil!
Imágenes viajan rápidamente por mi mente: Haymitch borracho; su casa hecha un desastre, su soledad, su crueldad; Prim y sus sonrisas que no son dirigidas a mí, sus desplantes, su mal humor, sus silencios; la gente del Distrito y su normalidad; los que eran mis amigos y que hoy se ven felices sin mí… ¡Hasta la bola de pelos de Buttercup y su agresiva actitud conmigo!
Todos, todos mis ridículos e inútiles intentos por ayudar a Haymitch, a Prim, a mí mismo… y para qué, si el único resultado es que me siento más solo y desesperado que nunca. Más cansado porque no sirven de nada mis desvelos, mi paciencia, el esfuerzo monumental que hago cada día por parecer entero…
Tan terriblemente desolado porque parece que todo lo que hago es error tras error.
Estoy agotado en todos los sentidos. No tiene caso seguir descargando toda mi frustración en una puerta porque, seguramente, a mi Mentor le da lo mismo. Tiene razón, soy demasiado inocente porque todavía espero que salga y haga el intento de consolarme como aquella vez en el Capitolio. ¿Por qué habría de hacerlo si acaba de decir que tendría que haber muerto? Yo soy el imbécil.
Camino lentamente y sin ganas a mi casa. Mi agitada respiración apenas y me permite respirar. Me parece que alguien me ve, siendo testigo de mí arranque, y que me sigue. No lo sé. Sólo preciso figuras borrosas, lo más claro en mi andar es la incipiente nieve que cubre el suelo.
Ya es invierno, me digo, mi estación favorita. Quizá… quizá en esta temporada del año me vaya mejor.
Pienso en todos los pomos de colores que se encuentran en el estudio y una sonrisa se dibuja en mi rostro. Recuerdo la primera clase de música cuando tenía cinco años y mi sonrisa se ensancha.
La imagen de mi próximo cuadro es lo último que pienso antes de dejarme caer en la cama; la cara de quien me seguía es lo último que veo antes de cerrar los ojos y dormir un par de horas.
.
.
Pánico, ansiedad y sudor. A esas tres palabras se resume este último mes y dos semanas que he pasado junto a Prim.
Desde el otoño pasado, cuando mi vida dio un giro inesperado, sólo he sentido la chispa de esperanza en tres ocasiones. La primera, cuando Cinna y Portia acordaron en ayudarnos con su talento durante el Desfile de Tributos, precedente a Los Juegos. El resultado: Los Chicos en Llamas.
El vivir con Prim implica, además de precaución y momentos de hartazgo, ver televisión durante un par de horas. "Tenemos que saber qué es lo que sucede en el Capitolio por si nos llegan a preguntar en la Gira sobre algún chisme o el último escándalo. Somos reconocidos y, obviamente, nos codearemos con ellos", me explicó, cosa que no pude refutar o negar. A pesar de sus deslices emocionales, tiene bien plantados los pies en la realidad.
En uno de esos programas nos enteramos que los ciudadanos del Capitolio se refieren a nosotros con ese mote. Nadie sabía de dónde salió, ni quién fue el primero que nos nombró así, incluso hubo una leve controversia entre algunos personajes populares que se disputaban el derecho. No fue hasta que, revisando en los archivos de nuestros Juegos, se dieron cuenta que fui yo quién nos nombró de esa manera, precisamente unas horas antes de acabados éstos. Ni siquiera me acordaba. El punto es que alguien –eso sí no se sabe- lo recordó y difundió: el sobrenombre ha gustado tanto que ya no somos Peeta o Prim, o el Trágico Distrito. Los Chicos en Llamas. Esos somos. A mí me parece más algo pasajero; Prim dice que en verdad nos quieren, que puede ver algo diferente. Como no sabe explicar que es lo que ve de diferente, no siento mucha emoción por su afirmación; y Haymitch, él simplemente farfulla que son unos estúpidos. Lo usual.
La segunda ocasión, fue unos días después de nuestro regreso al Distrito. Por razones que desconozco –y que siguen siendo confusas- experimenté un período de miedo irracional, culpa en grandes cantidades y desprecio por aquello que amaba, que, viéndolo fríamente y a distancia, me habría llevado a la muerte. Es más, yo mismo lo deseaba. Sé que algo estaba verdaderamente mal conmigo porque yo no soy así. Las ideas suicidas son algo que no comparto. Pero saber que mi Mentor y Prim se preocupaban y estaban conmigo –cada quien a su manera, claro- me hizo desear seguir con mi vida. Superar, intentar y, más que olvidar, recordar con respeto y vivir mi vida lo mejor posible como un pequeño tributo a los Tributos que murieron.
Ellos fueron mi motivación.
No desdeño la ayuda y preocupación de los demás –mi papá y la señora Everdeen principalmente- pero el lazo invisible de comprensión que me une a mis dos compañeros Vencedores es más profundo y alentador. Como si los tres fuésemos uno solo, con las mismas miserias, miedos y fantasmas, y lo suficientemente fuertes para ayudar al otro. O lo suficientemente deshechos para intentarlo.
Cierro la ducha, me seco rápidamente y me visto. Hace tanto frío que debo ponerme dos sudaderas y una chamarra. Agradezco infinitamente que al tomar posesión de esta casa, hubiese ya un enorme guardarropa pensado en mis necesidades.
Doy unos leves golpecitos en la puerta de mi habitación, la dulce voz de mi compañera me invita a entrar. Está recostada sobre el pecho de Katniss, quien a su vez, ocupa el lugar que suelo ocupar yo a su lado. Es agradablemente extraño verlas así… aquí. La señora Everdeen trabaja alegremente en un bordado, sentada cómodamente en el sillón de la esquina.
—No deberías ir a la panadería, Peeta, no has dormido en toda la noche. Quédate a descansar —dice Prim, mucho más dulce de lo que le he escuchado jamás. Hace tanto tiempo que no usaba ese tono de voz para dirigirse a mí que hasta me parece irreal.
— ¿Cómo te sientes? —ignoro su tentadora propuesta. Se ve tan pálida, tan pequeñita, indefensa y frágil que lo que menos quiero es irme, pero tengo qué.
Me acerco a ella. Toco su frente; su temperatura es normal. Me concentro en ella y sólo en ella porque no quiero darle vueltas al por qué Katniss me mira con insistencia.
—Mejor. Acabo de tomar un poco de jarabe, creo que dormiré todo el día —bosteza y talla sus ojitos—. Pero yo no quiero. Llévame contigo.
—Tienes que descansar, Prim. Dependiendo de cómo te sientas en unas horas, decidiremos si mañana puedes regresar a la panadería, ¿vale? —frunce graciosamente el ceño y asiente, cansada—. ¿Quieres que te traiga algo?
—Sí —exclama, luchando por mantenerse despierta. El jarabe ya está haciendo efecto—. Siempre comemos lo que yo hago… ¡Hornea algo para nosotras! Quiero que mi mamá y Katniss prueben algo hecho por ti.
—Cuenta con ello —le sonrío; recibo una de sus hermosas sonrisas de vuelta. Lo extrañaba—. Tengo que irme de una vez, ya son las siete y, seguramente, me tocará castigo. Deséame suerte.
— ¡Qué la suerte esté siempre, siempre de tu parte! —bromea, en un intento bastante malo de imitar la voz cantarina de Effie—. Dile a tu mamá que llegas tarde por mi culpa, que me guarde el castigo.
—No será necesario, Nenita, puedo hacer el trabajo de los dos. No te preocupes por nada, sólo descansa.
—Peeta —me llama la señora Everdeen—, Katniss puede darse una vuelta por la panadería y avisar que no podrán ir. Hazle caso a Prim y quédate a descansar. Te ves exhausto, y no sólo es de hoy, ¿verdad? ¿Hace cuánto que no duermes bien?
Froto mi cara con mis manos porque mis lágrimas se quieren hacer camino. No lo puedo evitar. No cuando se dirige a mí con tanta amabilidad, cariño y preocupación. La señora Everdeen tiene ese efecto en mí. Mi mamá nunca me ha hablado así, supongo es por eso. Algún tipo de nostalgia o necesidad. Y también porque sí, estoy muy cansado. No sé cómo mi cuerpo ha soportado tantos desvelos y mi mente tanto estrés.
—No hace falta, gracias. Descansaré después.
Cuando estoy a punto de incorporarme, Prim toma fuertemente mi mano.
—Gracias, Peeta —susurra—. Nunca te agradecí. Gracias por salvarme la vida. Por agrandar mi familia… Te prometo que está noche seré yo quien cuide tus sueños y ahuyente tus pesadillas.
Cierra sus ojos, perdiéndose en el mundo de los sueños que hasta ahora ha sido imposible para mí. No me atrevo a abrir la boca porque mis emociones se encuentran al borde. Ya le diré en otra ocasión que no tiene nada que agradecer…
—Cuídate mucho y no te esfuerces —me dice la señora Everdeen, deteniéndome antes de salir de la habitación. Me planta un beso en ambas mejillas y acomoda mi cabello.
Asiento y me doy la vuelta. No me despido, no nada. Tengo que mantener la boca cerrada y tragarme el nudo que raspa en mi garganta.
También habrá ocasión para llorar, no ahora, después.
Hoy debe ser un día feliz.
Prim no se despertó a causa de una pesadilla. Su noche fue incomoda porque se sentía mal, decía que le dolía algo pero que no estaba segura de qué era. Minutos antes de irnos, comenzó a llorar a causa de un intenso dolor en el vientre, pecho y piernas. Consciente de que estoy muy lejos de ser un sanador, corrí a buscar a su mamá. Las tres Everdeen se encerraron en mi habitación, echándome de la misma, para valorar a mi compañera. Katniss salió dos veces, yendo y viniendo de su casa como un rayo. Mi incertidumbre crecía porque no me decía nada, ni siquiera me miraba. Cuando por fin pude entrar, Prim estaba recién bañada, con su pijama puesta y las ojeras más pronunciadas a causa de su palidez. Casi me desmayo al verla así. Un dolor intenso atravesó mis sienes, señal de que estaba a punto de perder el control. Y lo perdí.
Les exigí casi a gritos que me dijeran lo que pasaba y amenacé con no moverme de ahí en todo el día de ser necesario. La desesperación de pensar que en lugar de hacerle un bien a Prim, le haya hecho un mal, era quien hablaba por mí. Merecía que me golpearan por mi comportamiento, pero no lo hicieron. En cambio, la señora Everdeen me explicó amablemente cuál era el problema: Prim está creciendo. O lo que es lo mismo, le llegó su primera menstruación.
—Los malestares suelen ser variados, dependiendo del organismo de cada mujer —dijo—. Hay quienes no sienten nada y hay otras que tienen que quedarse en cama porque los cólicos son muy fuertes, pero suelen desaparecer con el tiempo, o mantenerse. Ya veremos más adelante cómo reacciona; por hoy, Prim permanecerá en reposo.
— ¿Pero va a estar bien, verdad? —pregunté, confundido. 'Menstruación', 'regla', 'cólicos', son términos que conozco solamente de oídas.
—Sí. Seguramente los malestares persistirán unos días; tal vez su humor cambié constantemente y sin razón aparente por el cambio hormonal…
— ¡¿Su humor?! —medio exclamé, medio reproché, sorprendido y pensando que, ahora sí, todo se iría al demonio. Mis manos no dejaban de tocar mi cabello por la infinita desesperación que sentí. Parecía un desquiciado—. ¡¿Más cambios?! ¡Dígame que es una broma!
—…O tal vez ya los tuvo —completó, aguantando la risa—.Todos los cambios, físicos, fisiológicos y emocionales, traen consecuencias por el disparate de hormonas debido al crecimiento, y el mal humor es una de ellas. Desafortunadamente, la persona más cercana a ella es quien paga esas consecuencias. No es su culpa, Peeta.
—Claro que no es su culpa, sino de sus desquiciantes hormonas —bufé; Prim rió fuertemente—. Tú no te rías, pequeña bruja; ya verás la buena regañiza que te pondré cuando te encuentres mejor por todo lo que me hiciste pasar —volvió a reír, cosa que me tranquilizó… y me recordó a Haymitch. Soy demasiado blando, reflexioné, y sabe que haga lo que haga no podría enojarme con ella. Ese pensamiento me agobió y por eso decidí desecharlo. Ella no se aprovecharía de mí—. Pero… entonces, si ya tuvo esos cambios de humor, quiere decir que ya no volverán, ¿cierto?
—Como te dije, depende de cada persona. No olvides que… esto vino después de Los Juegos. Los traumas de uno y las consecuencias de lo otro se cruzaron, haciendo el proceso más difícil. Confiemos en que todo sea para mejor de ahora en adelante.
Y yo confío en que así sea.
Durante mi proceso de crecimiento, también tuve alteraciones, pero estas fueron más físicas que emocionales. Principalmente el vello en mi cuerpo, mi voz se hizo un poco más grave… y… -no puedo evitar ruborizarme-, también cierta parte de mi anatomía cambió y me trajo muchas vergüenzas porque parecía cobrar vida en momentos ciertamente inoportunos. Por fortuna, solamente yo me daba cuenta.
Mis sueños también cambiaron, la mayoría se trataba de pesadillas sobre la Cosecha, pero cuando no era así, eran algún tipo de fantasía o ilusión un poco indecente con Katniss y, bueno, también con algunas chicas que llamaban levemente mi atención. El resultado: inquietantes erecciones matutinas. Era demasiado frustrante. Y digo 'era' porque desde Los Juegos no me pasa. Exceso de estrés y preocupaciones, supongo. A menos que Los Juegos también hayan repercutido en mis necesidades biológicas. No lo dudaría ni por un segundo. Sólo hay que ver a Haymitch y el hecho de que nunca se casó, o bien, desde que regresamos nunca lo he visto en compañía femenina. ¿Frecuentará a las chicas que están dispuestas a… a vender su cuerpo por unas cuantas monedas? ¿Él estará dispuesto a pagar? ¿O será "anormal", como se les llama a aquellos que prefieren la compañía de los de su mismo sexo?
Según mi padre, el término antiguo era "Homosexual", pero está palabra, como su práctica, es casi igual a si hablaras mal del Capitolio: Es prohibida. Mal visto. Una aberración de la naturaleza. Es antinatural porque va en contra de la creación de la vida. ¿Cómo alguien del mismo sexo podrá concebir hijos, hijos que se necesitan para trabajar, sobrevivir y ser enviados a Los Juegos como diversión y castigo al mismo tiempo? No, eso no es permitido en Panem. Y se castiga con la muerte.
Recuerdo que cuando tenía once años televisaron la ejecución de dos mujeres en el Distrito 10. Un Agente de la Paz recitó sus crímenes: Atentados contra la paz nacional, desobediencia a las leyes de Panem y de la naturaleza. Resistencia al arresto. Anormalidad. Luego, "¡bang!", un disparo a quemarropa para cada una.
Ejecuciones en vivo y en directo en el nombre de preservar la vida. Irónico, ¿no?
Esa tarde fue cuando mi padre nos explicó a mis hermanos y a mí, lo que significaba ser anormal.
Puede que el Capitolio permita ciertas libertades a los Distritos, como sus tradiciones –como aquí, el Tueste, para las bodas-, la decisión de casarte o no, o enamorarte de quien quieras, pero si te enamoras de la persona equivocada, ejercerá su autoridad.
El yugo de su poder es fuerte, muy fuerte porque es capaz de intervenir y gobernar en los sentimientos.
Bueno, como sea, prefiero no indagar en la vida privada de mi Mentor. El punto es que nunca presenté esos terribles cambios de humor que mi compañera sí. Juro que si está situación no hubiese dado un revés, habría metido la cabeza en el horno de la panadería con el fuego a todo lo que da. La irritabilidad de Prim me estaba llevando al límite.
Pero estoy seguro que todo irá mejor.
Es increíble que sean las mismas hormonas de Prim que casi me llevan a la demencia, quienes me regresen la esperanza por tercera vez.
Si no estuviera tan cansado, me revolcaría de risa por la emoción.
— ¡Peeta! —me gritan, cuando estoy a punto de salir del terreno de la Aldea—. ¡Peeta!
Es Katniss… que viene hacía mí.
— ¿Qué pasó? —pregunto cuando me alcanza—. ¿Prim se puso mal? ¡Vamos, hay que regresar!
— ¡No! —me detiene—. Ella…, está bien, sigue dormida.
Nos quedamos en silencio. Yo, esperando una explicación; ella, mirando al suelo y mordiendo su labio. Me parece que está avergonzada, por el rubor en sus mejillas, pero… No, debe ser por el frío. Seguro.
— ¿Y bien? —pregunto.
—Yo… —balbucea, lo que me parece adorable—. Toma —me entrega un gorro—. Tienes el cabello mojado y yo… bueno… el frío… Mi mamá lo mandó, no quiere que te enfermes.
—Gracias —digo, poniéndome el gorro. No me gusta usar estas cosas pero, dado el frío y la humedad en mi cabello, haré una excepción—. Deberías regresar, no vaya a ser que te enfermes. Adiós, Katniss.
Me doy la vuelta y sigo mi camino, sintiéndome mal con Gale por este acercamiento con ella y porque no dudo que sí haya intervenido a mi favor porque ya no es tan seca conmigo, se limita a ser educada. Tengo que seguir evitándola. Tengo que evitar estos momentos. Tengo que seguir diciéndole adiós. Tengo que hacer que me desprecie para hacerme las cosas más fáciles. Tengo que…
—Hasta luego, Peeta —dice, aún roja por el frío, pero con decisión.
O, quizá, tengo que intentar ser su amigo y tratar de empezar desde cero.
Dudo unos segundos, pero logro responder y no parecer un tonto ante sus palabras:
—Hasta luego, Katniss.
Y el 'Hasta luego', vino unas horas después.
Cuando llegué a casa, las tres Everdeen me estaban esperando para tomar el té. Prim se veía un poco mejor y saltó de la emoción al ver que sí cumplí mi promesa de hornear algo para ellas. El abrazo efusivo con el que me recibió fue la mejor parte.
Mi compañera me preguntó los pormenores del trabajo en la panadería y se asustó cuando le dije que mi madre decidió que se tomara los días que restan de la semana para recuperarse. Pensó que ya no quería que regresara. Explicado lo anterior, suspiró con alivio. Casi llora cuando le comenté que mi papá y mis hermanos manifestaron que la extrañarían. "Yo también los extrañaré", dijo, y me hizo prometer llevar el mensaje.
Elogió los panes que traje y platicaba animadamente a su familia lo tanto que le gusta estar en la panadería. Incluso les enseñó las dos quemaduras que se ha ganado en el brazo como si fueran una especie de trofeo invaluable: "La señora Rita me curó, pero dijo que fui muy valiente porque no lloré o grité". Destilaba orgullo, igual que las otras dos Everdeen.
No sé de qué hablaban en días anteriores cuando Prim las visitaba, pero me queda claro que no se había abierto como lo hizo está tarde.
Terminado el té, e interrumpiendo la plática, su mamá me arrastró a mi habitación y me ordenó dormir. Apenas eran las ocho de la noche. No opuse resistencia porque era el momento que tanto esperaba. Mientras me dejaba llevar por el cansancio, la imagen de Katniss saboreando los bollos de queso que horneé, me arrulló.
.
.
—No son novios, ¿sabes? —dice Prim, acurrucada a un lado de mí—. Hablo de Gale y Katniss.
Estamos viendo un programa nocturno de chismes del Capitolio, donde teorizan y se preguntan sobre los Amantes Trágicos, o sea, Katniss y yo, y cómo marcha nuestra relación. "Nos urge que comience la Gira para saber todos los pormenores", exclama uno de los conductores, colérico de la emoción.
—Hum —respondo.
—No hay necesidad que me lo digas, es claro que no piensas acercarte a ella —dice, frunciendo el ceño, y afirmando más que preguntar.
Ruego porque no se enoje.
Han pasado tres días desde su incidente hormonal y las cosas van demasiado bien. Hay momentos en que se molesta pero son muy pocos y soportables. No quiero retroceder otra vez.
—Así es —contesto, sin dejar de ver la televisión—. No olvides que tu hermana y yo no nos conocíamos antes de Los Juegos, no veo porque ahora las cosas tengan que cambiar.
—Y tú no olvides que las cosas cambiaron, quieras o no —maldigo internamente porque tiene razón.
También la relación con su familia es mejor. Su mamá ha vuelto a tratarme con amabilidad y cariño; Katniss sigue siendo seria, educada y hasta me regala uno que otro intento de sonrisa. Cuando llegamos de la panadería ya nos están esperando, a veces tomamos el té en su casa, otras, aquí.
Vaya que si han cambiado las cosas.
—Quizá no sean novios pero él siente algo por ella; y ella, bueno, supongo que también. Al menos, se ve feliz a su lado. Tantos años de estar juntos no pasan desapercibidos —admito, porque es la verdad.
—El ser feliz no necesariamente implica estar enamorado —dice; me parece una afirmación un tanto seria, incluso cruel, pero no por ello carente de significado—. Deberías confiarme tus preocupaciones, puede que sea pequeña, pero se me da bien guardar secretos, no se lo diría a nadie.
Sus palabras son equiparables a la vez que mi madre me golpeó por quemar el pan: fuertes, duras, inesperadas… dolorosas. Busco desesperadamente algo que decir, pero como ya es costumbre, Prim me vuelve a sorprender.
—No te esfuerces, hazlo cuando te sientas listo —me sonríe—. Sólo… ¿qué vamos a hacer o a decir cuando nos pregunten sobre su relación durante la Gira? Ésta comienza dentro de una semana y media, tenemos que pensar en algo.
—El tiempo justo para planear algo. No te preocupes, saldremos de ésta.
Hay una idea que ronda mi cabeza, no es la mejor, ni la más inteligente, pero si no se me ocurre otra cosa, tendré que inclinarme por ella. Aunque eso signifique el desprecio de todo Panem.
.
.
Amo a Prim.
Amo su entrecejo fruncido al despertar, su cara de alegría de ida a la panadería y vuelta a casa, y su manera de decirme que todo está bien al entrelazar nuestras manos en el trayecto; amo que le guste estar con mi familia y que los momentos entre ella y yo sean más agradables; amo a su gato porque, desde ese día que perdí el control con la puerta de Haymitch y él me siguió hasta mi cama, parece que le agrado cada día más; amo su preciosa sonrisa triunfal y satisfecha y sus ojitos brillantes de emoción porque por fin se siente segura en su talento; amo que a la hora de dormir sea yo quien la abrace y, al despertar, sea ella quien me abrace a mí porque eso implica que nos cuidamos mutuamente; amo verla crecer y observar que su cálida personalidad sea proporcional a lo hermosa que es… Pero lo que más amo es querernos tanto y que juntos seamos capaces de soportar lo que sea…
—Peeta, ¿me escuchas? —dice Prim, agitando su mano frente a mi cara—. Ya se están peleando otra vez —lanza risitas porque en lugar de incomodarle las peleas de mis padres, le parecen graciosas.
Yo ruedo los ojos.
El horno para preparar el pan es una estructura hecha de ladrillos, no necesita gas, sino leña o carbón para encenderlo. La estufa de la cocina, en cambio, sí es de gas. Esto explica el porqué de la pelea de mis padres. Mi madre está convencida en que tenemos que cambiar la corriente de gas de la estufa, y la estufa misma, porque ya está muy vieja y, según ella, "La casa apesta a gas"; mi padre se niega y le dice que sólo exagera, que las cosas se quedan tal cual como están y que no va a seguir sacándome dinero, "No sé de dónde sacas la idea de que huele a gas, cuando es más que notorio que la casa huele a pan. Cielos, Rita, es una panadería", lo escucho exclamar, desesperado. Y con justa razón: mi madre exagera.
La panadería ha sido todo un éxito. Mi madre está más alegre que nunca ahora que hay gente todo el día, no necesitan consumir, con sólo venir a alabar el trabajo que han hecho mis hermanos, ella es feliz. Tanto que hay que agarrarla para que no salga flotando. Si por ella fuera, hubiera derrumbado y rehecho la casa por completo. Afortunadamente mi padre es el único que, más o menos, logra frenar sus locuras.
Decido ignorar su discusión: a final de cuentas, mi madre se saldrá con la suya, sólo es cuestión de días.
— ¿Ya pensaste cómo quieres decorar el pastel para el domingo? —le pregunto a mi compañera. Estamos a una semana de la Gira y está empecinada en hacer una cena de despedida un día antes, en la que conviviremos los Hawthorne, las Everdeen, Haymitch y yo. No entiendo porque de despedida cuando sólo estaremos fuera dos semanas. "Prim y sus locuras", pienso.
—No te vayas a molestar —dice, seria, y dejando de amasar—. Pero he pensado que… bueno… quiero hacer el pin de sinsajo en el pastel. Tú sabes, para que nos dé suerte.
"Y para pensar que Rue está con nosotros", pienso yo.
—Me parece bien —contesto, despreocupado—. Hasta ahora sí que nos ha dado suerte y…
—Peeta, Enana, les hablan allá afuera —entra Bran, cargando un costal de harina—. Es urgente, ¡apúrense!
Nos miramos unos segundos, rodamos los ojos y salimos.
Los únicos que vienen a merodear, es la gente más entrometida del Distrito: quieren saber cada detalle de lo que los Vencedores hacen en la panadería para después contarlo a todo mundo. Por eso me sorprende que, afuera de nuestra puerta trasera, se encuentre la señora Everdeen, retorciendo sus manos con nerviosismo.
—Niños, tienen que ir conmigo a la Aldea, ahora: ¡El… el Presidente Snow los está esperando!
.
.
.
*Si lo notaron, o si no, este capítulo está muy ligado al capítulo 5. Creo que no lo dije pero ése capítulo, el de el cumpleaños de Peeta, era algo así como un spoiler sutil de lo que vendría.
*La primera parte del capítulo, (Snow/Plutarch) me vi influenciada por una película que amo con locura y pasión: V de Venganza. Si ya la vieron, los amo; si no la han visto, la recomiendo.
1.- Quise jugar con Peeta y las hormonas de Prim porque, vaya, son adolescentes y, teniendo en cuenta el contexto de Los Juegos y el trauma, las cosas no iban a ser nada fáciles. Además de que mi mente siempre se preguntó sobre ésos temas mientras leía la obra original. A veces, para justificar lo idiota que Katniss me parece, creía que su proceso de crecimiento tenía mucho que ver. No me linchen.
2.- También me pregunté sobre cómo se trataría el tema de la homosexualidad en este universo distópico. Collins nunca lo mencionó y yo me tomé el atrevimiento de hacerlo. Es un tema serio, tabú en algunos lugares, pero me parece importante porque es una realidad. El llamarlo "anormalidad" fue por cuestiones de trama, dado que se encuentran inmersos en una dictadura, como dije arriba, la orientación sexual no supone un problema para mí, yo respeto el amor en todas sus formas (exceptuando la pederastia/pedofilia, ya que no me parecen relaciones consensuadas ni maduras). No discrimino, no señalo, no reniego, no me fijo en quién te enamoras sino lo que eres como persona. Si alguien difiere de mi punto de vista, lo respeto, pero también pido se me respete. No me tiren a los mutos.
3.- ¿Ya vieron la película? ¿Qué les pareció? ¡Cuéntenme! ¿Alguien quiere acompañarme a verla por segunda vez, siempre y cuando sea de México, D.F., zona sur? A mí me encantó; tuvo sus detalles pero me pareció una buena adaptación. Los momentos Snow y su nieta fueron geniales; así como Johanna.
4.- , OrionMellark , Robstar, barbyromero , Alexa-Angel, Ady Mellark87, Neo GS, MarQueZA-N1 , LuisaAndreaTorVi, Guest, treeofsakuras, Lenna0813, lara here, amaia93: Gracias, muchas gracias por sus comentarios, me levantaron mucho el ánimo por lo pasado con mi lap top. Agradezco su paciencia y los minutos que me dedican para leerme. Un abrazo.
También agradezco a los lectores anónimos. Ojalá se animaran a comentar diciendo qué les parece.
Ahora sí, espero sus comentarios, criticas, dudas, gritos, regaños, etecé.
Nos leemos. Besos para todos.
