Capítulo VII

Había llegado a su destino. Por fuera parecía una simple construcción de un sólo piso por la que nadie pagaría ni la mitad de lo que valía, pero los datos indicaban que dentro debía existir un avanzado sistema de seguridad que se extendía a cuatro pisos bajo tierra. Nada mal.

En el camino le había pedido ambientación a su compañero, quien no dudó en añadir la hermosa voz de la soprano Diana Damrau. Muy buena elección.

El ambiente generado hacía que los vivos perdieran el camino y que los muertos se apoderaran de su imaginación. Pintaría cada escalón, pared y rincón de un hermoso tono carmesí que haría que la policía local quisiera exponer el panorama en una galería antes que adentrarse a arruinarlo.


Estaba teniendo un buen sueño, cuando la urgencia de ir al baño le hizo despertar. Eijun se levantó de la cama, perdiendo algo de su somnolencia al sentir el frío de los mosaicos bajo sus pies. Salió del cuarto de Chris y notó algo raro… No, lo importante en esos momentos era vaciar el tanque, así que se dio prisa con ello.

Una vez fuera del baño, observó la puerta del cuarto de Kuramochi. Se talló un poco los ojos, intentando enfocar en la oscuridad. No había visto mal, a escasos metros de esta había una franja negra y vertical, así que se acercó a revisar.

Era una abertura en la pared casi del ancho de su cuerpo. ¡Salió de la nada! La empujó un poco para asegurarse de no estar soñando y se sorprendió mucho cuando logró deslizarla más. ¿Por qué nadie le dijo que había un pasaje en la pared? ¡Que genial!

Se adentró, pisando lento y con cuidado.

Escalones.

Se apegó a la pared y siguió bajando, hasta que pudo ver algo de luz filtrándose por una puerta entreabierta. Puso sus manos sobre el gélido metal del que estaba forjada y, guiado por su curiosidad, empujó. Era bastante pesada. Dejó de hacer esfuerzo cuando hubo una abertura lo bastante grande como para poder entrar.

La iluminación lo deslumbró, por lo que puso una mano frente a sus ojos y cuando se acostumbró al brillo, empezó a analizar cada rincón. Un pequeño «woah» asomó por sus labios, tan inaudible que ni siquiera podía contar como susurro.

Las paredes eran blancas y había muchos aparatos que en su vida había visto, también… ¿armas? Se encaminó hacia ellas para ver si eran reales, pero algo más llamó su atención. Al fondo había una silla y sobre esta… ¿Chris? Sí, su cabello rizado era inconfundible. Con que ahí era donde se metía cada que desaparecía en las noches. Frente a él había una pantalla enorme, parecía estar jugando uno de esos títulos de sangre, terror y tripas que tanto le gustaban a Mochi, con la única diferencia de que no estaba usando un control de juegos. ¿Sería una película? No le conocía esos gustos. De fondo había una hermosa voz de mujer cantando. Que gran contraste.

Fue a paso lento hacia él, algo alterado por la visión que aquella pantalla le ofrecía, cuando de repente escuchó una voz demasiado familiar.

Sus ojos se abrieron en horrida sorpresa, no le dio tiempo de reaccionar, un cúmulo de perturbadoras imágenes y vivencias golpeó su mente cual balde de agua fría, quedándose de pie, petrificado, mientras silenciosas lágrimas comenzaban a bajar por sus mejillas.


Terminó de colocar los inhibidores eléctricos en las posiciones que el hacker le indicaba. Eso anularía los sensores de seguridad un tiempo; lo molesto era que tenía que hacerlo en cada piso que avanzara para interceptar cualquier tipo de comunicación.

Cada detalle era importante.

Una tras otra, las cabezas rodaban a sus pies tras el filo de una espada, priorizando el silencio y la eficacia sobre la presteza de una bala. Cada fibra de su cuerpo ardía en éxtasis con cada movimiento y, en el último piso, cuando estaba por abrir las puertas que lo llevarían a su más grande trofeo, la voz de su amada, Anna Netrebko, inundó cada uno de sus sentidos, aumentando la euforia.

—Creo que tengo una erección.

—No era necesario que supiera eso —sobó sus sienes exasperado. No entendía cómo era capaz de hacer comentarios así en momentos como este.

Hizo a la puerta rugir de una patada, anunciando su inesperada aparición y el resto de la noche le brindó el placer al que ninguna mujer le había hecho llegar.

Calló la voz y el piano cesó su melodía. La habitación quedó casi en la penumbra, hasta que Yoichi encontró el interruptor de la luz y su risa escandalosa se hizo presente. Encendió frente a sí el reloj, dejándole ver al otro a través de la pantallita.


—¿Qué tal? ¿Qué tal? —movió un poco el brazo para presumirle la masacre a su alrededor—. Estos son los hombres a quienes Mei querría en su habitación. Son unos tipos muy apuestos —no, eran horribles en realidad, le mostró sus testas empaladas una sobre otra en la espada.

«Los hombres que le gustan a Narumiya son más bien parecidos a Harada», pensó divertido.

—Tal vez debería aprovechar para hacer un recuerdo con ellos —puso su sonriente rostro a lado de una de las cabezas y luego alejó la mano con el dispositivo—. ¿Esta cosa puede tomar fotos? —pareciera que escogió el rostro más bizarro y desfigurado para posar junto a el—. ¿Ya me tomaste una, Chris? ¿Me veo guapo?

—Ya te has divertido bastante. Sal de ahí, Kuramochi —desactivó las cámaras ajenas al reloj, listas para que en unos cuantos minutos se autodestruyeran.

Algo muy… curioso estaba en la pantalla desde que la encendió. Frunció el entrecejo y miró extrañado a Yuu. Tomó su playera y la limpió. Ahora estaba seguro de que no era una mancha.

—Chris —el tono alegre y despreocupado que había estado usando se tornó a uno mucho más serio—, detrás de ti…

Lo miró con cierta duda, pero giró su cabeza hacia donde le indicó.

No. Todo menos esto.

Sus ojos se abrieron al encontrar al niño ahí, de pie, cubierto de lágrimas y con un rostro que le decía que había visto todo. Fue testigo por segunda ocasión de una amarillista escena provocada por las personas que lo habían acogido.

Ante eso, Sawamura salió de su pequeño trance. Le temblaban las rodillas y sentía miedo, mucho miedo. Intentó dar un paso hacia atrás, tambaleándose, y luego otro, recuperando el equilibrio.

«Imposible». Salió corriendo escaleras arriba. Tropezó a medio camino y ni si quiera le prestó atención al dolor. Se levantó y no se detuvo hasta salir a la sala.

—¡Eijun! —estaban en un gran problema—. ¡Regresa rápido! —le indicó a su compañero antes de cortar la comunicación e ir tras del menor.


Sus ojos buscaron con desesperación una ruta que le permitiera huir de la casa, pero la puerta estaba cerrada. Siempre le ponían seguro en la noche. No podía esconderse en los cuartos porque Chris los podía abrir con facilidad gracias a su habilidad.

De manera fugaz las últimas palabras de Miyuki le vinieron a la cabeza y su cuerpo se movió solo. Se dirigió a la cocina y abrió un par de cajones para subir a la barra. Tiró varias ollas y sartenes de la alacena con un movimiento rápido. Un estruendo horrible inundó las paredes, pero lo importante es que había logrado hacer un espacio que le sirvió para ocultarse, cerrando las portezuelas frente a sí.

Encogió su cuerpo lo más que pudo y justo como aquella vez con Kazuya, llevó las manos a su boca, ahogando cada sollozo y gemido, mientras su respiración se agitaba.

La angustia, tristeza y temor habían dado origen a pequeñas cascadas, las cuales eran alimentadas de un sentimiento siniestro y fiero que se albergaba en su pecho y se negaba a desaparecer.

—Eijun —era un hecho que iba a azorarse de ellos, pero si intentaba hablar podrían llegar a algo—, entiendo si ahora me tienes miedo y desconfianza, pero eso que viste ahí... —mentirle no era una opción, era obvio que estaba consciente de lo que observó en pantalla.

No quería oírlo. No quería verlo. No quería seguir ahí. La persona en quien tanto había confiado y con quien compartía cama todas las noches eran unos…

—Ellos no eran gente buena, es por eso que tuvimos que... —¿Cómo iba a hacer que un niño entendiera una situación así?—. Nosotros no te vamos a hacer daño —no podía pedirle que saliera, sería imposible. Tan sólo quedaba esperar y rogar porque lo escuchara.

«Mientes». Si podían hacerles eso a adultos como ellos, quién sabe qué más podrían hacerle a él que era más pequeño. No eran muy diferentes a algunas parejas con problemas que lo adoptaron en el pasado y que buscaban desquitarse con él dado que su piel era impenetrable; quemaduras, cortaduras, golpes, nada dejaba marca, pero dolía, por supuesto que dolía.

Lo que quería en esos momentos era… era regresar al orfanato.

Al cabo de unos minutos, Kuramochi abrió la puerta, escuchando la suave voz de Chris provenir de la cocina. Tenía que hacer entrar en razón a un mocoso, el problema era ¿Cómo? Tenía ocho malditos años.

«No tengo de otra». Tuvo cuidado de no pisar los trastes y fue a donde su colega.

—Con permiso —lo tomó con firmeza por un hombro para hacerlo a un lado. Su expresión estaba indescifrable, entre serio y molesto, como si fuera cualquier otro día.

Abrió las puertillas en un rápido movimiento y tomó al chiquillo por el cuello de la pijama, sacándolo de allí con un fuerte tirón. Lo dejó en el piso, pero cayó de sentón al suelo y comenzó a llorar más fuerte. Esos ojos que lo veían con tanto miedo lo empezaron a poner de malas. Frunció el ceño y se agachó para tomarlo por la ropa, llevándolo casi a rastras hasta el recibidor.

—¡Cállate! —pareciera que le dijo que le pusiera más ganas—. Está bien, si quieres llorar, te voy a dar una buena razón para hacerlo —sin pensarlo dos veces y sin contenerse, precipitó un puño al rostro del pequeño, quien se horripiló al ver sangre emanar de su nariz.

«Oh, entonces lo que hay dentro de su cuerpo no es igual de indestructible que su piel». Lo arrojó contra la entrada, haciendo que un golpe seco resonara en la habitación junto a un bramido de dolor.

—Así son las cosas. El sujeto que mató a Miyuki Kazuya, Chris, yo; somos iguales, asesinos —no se movió un ápice de su lugar, se dedicó a mirarlo con soberbia.

Muchas cosas pasaron por la cabeza de Sawamura. Sus piernas se negaban a responderle, las lágrimas no podían parar, un nudo se apoderó de su garganta, le dolía mucho la cara, la espalda...

—Tu ropa, tus zapatos, la consola, tus malditos cursos escolares, todo aquí está pagado a costa de la sangre de otros. Si no te parece, ahí está la jodida puerta. Lárgate —finalizó y se dirigió a su cuarto.

Su propósito nunca había sido ir a consolarlo, sino decirle la cruda realidad.

«Lárgate». Había perdido la cuenta de las ocasiones que había escuchado esa palabra, pero era la primera vez que lastimaba tanto.

—Moc… Kur… —gateó un poco tras él; la persona con la que se peleaba por el mando de la consola, a la que le robaba el postre en la comida, quien le había sacado tantas risas, con quien de vez en cuando paseaba en moto, no podía, no… ¡Había matado a tanta gente!—. ¡Mochi! ¡¿Por qué lo haces… por qu…?! —su voz salía con dificultad, cortada—. Ser un asesino… ¿no te da miedo?

Soltó un bufido a modo de risa.

—Por algo me convertí en uno; no podría temerme a mí mismo —respondió sin dirigirle la mirada ni detener su caminar.

—Entonces —de algún modo logró ponerse de pie—, entonces… y-yo también…

Se detuvo pero no se giró para verlo, sólo quería escuchar el resto.

—¡Yo también seré uno! —había reunido mucho valor para decirlo aun estando bastante alterado.

Rio casi al instante. Le pareció estúpido.

—No, ni lo intentes. Eres tan idiota que no durarías ni un segundo. Mejor intenta siendo detective, policía o algo así —abrió la puerta de su habitación y se perdió en una nueva oscuridad.

—¡K-Kuramochi!

«No cometas el mismo error que yo… Eijun».

—¡Moc…! —se llevó la mano al pecho y estrujó su ropa. Con el otro brazo se limpió las lágrimas pero no dejaron de caer. Quería que lo viera a la cara, pero no le dirigió ningún gesto; quería que se retractara de lo que dijo antes, que le dijera que lo quería ahí, con ellos; que lo… que lo reconociera un poco más.

Sólo pudo dar otro par de pasos, hasta terminar frente a su puerta. Sabía que estaría cerrada, que aunque protestara, no iba a abrirle. Por lo que cayó de rodillas, demostrando todo su sufrimiento con gimoteos impasibles y cada vez más desgarradores.

¿Qué importaba la forma en la que se ganaban la vida? Hasta ese momento, nunca le habían hecho daño y, por alguna razón, por primera vez en su vida, ellos eran las personas que quería que lo reconocieran, eran las personas a las que quería llamar familia.

Chris hubiera reprimido al de cabellos olivo por lo que hizo, pero en un lugar como ese, era la única manera de aprender a sobrellevar los problemas que los rodeaban. Había sido así para ambos desde que tenían uso de razón; muerte, desgracia, maltratos y demás, eran las cosas por las que pasaron día tras día, y dolía reconocerlo, pero el pequeño estaba casi por el mismo camino.

Las palabras que su compañero usaba eran duras, pero eran las correctas. ¿Cómo es que él no pudo calmarlo? La respuesta era simple, tanto Kuramochi como Sawamura habían pasado por la misma situación traumática de ver morir a alguien, también por las innumerables ocasiones en las que la gente les dio la espalda y les negaron la ayuda cuando más la necesitaban.

Era un vínculo que los hacía extrañamente parecidos, nunca podría comprenderlo del todo.

Se sentía como un déjà vu... palabras nada agradables que le hicieran comprender lo dura y cruel que era la vida con todas las personas sin excepción alguna.

Miró por el rabillo del ojo al guepardo. ¿Ahora comprendía lo que era estar en su lugar? Qué rápido había madurado. Ser un asesino no era fácil, a pesar de que deshacerse de las personas era pan comido con la tecnología y las habilidades que poseían, era algo que requería de bastante coraje, algo que no se conseguía de la noche a la mañana. Voluntad, sangre y mente fría, eran también cualidades que se requerían y que, con mucho esfuerzo, se conseguían.

—Ser asesinos no es algo que hayamos decidido por gusto propio. Hay cosas en la vida que simplemente no puedes escoger, tan sólo debes aprender a sobrellevarlas de la forma que más te convenga —dijo mientras se acercaba—. Puede parecer cruel, pero es la verdad; sin embargo, todos esos problemas siempre traen consigo un momento de calma. Y déjame decirte que tú eres uno de esos momentos, Eijun.

Su día a día no sólo estaba rodeado de muertes; amigos, otros trabajos y demás actividades, eran parte de sus rutinas.

—Mañana podrás hablar con él, ve a recostarte.

—No —movió la cabeza—, no quiero —desobedecer a Chris o hacerle berrinche era algo que sucedía cada luna llena. En esos momentos no tenía la fuerza ni la decisión para levantarse, pero tampoco quería dejar las cosas así. Necesitaba a Yoichi y si era necesario quedarse al pie de la puerta hasta el amanecer, lo haría.

El sicario se cambió de ropa mientras tanto. Yuu siempre hablaba con tanta nobleza que lo hacía parecer un monstruo sin corazón a comparación. Aunque tenía razón, no se convirtió en asesino por gusto, sino que, luego del incidente de su madre, le pasaron cosas peores. Tuvo la desgracia de estar en el lugar y momento equivocado, obligándose a sí mismo a recorrer el camino más doloroso, motivado únicamente por el instinto humano de sobrevivir.

Volvió la mirada a una de sus manos. Mucha sangre había corrido entre sus dedos y un simple puñetazo le remordía la conciencia. Una sonrisa nostálgica y sincera se dibujó en su rostro.

Al fin lo había comprendido todo.

Suspiró y regreso sus facciones a su neutral seriedad. Ya iba siendo hora de ayudar al profesor con aquel chiquillo berrinchudo y terco que seguía haciendo drama.

—¡Guarda silencio! —abrió la puerta, quedándose en el marco de esta—. Hay gente aquí que se tiene que levantar temprano y estas no son horas para soportar tu escándalo.

Lo reprendió con eso y, como era de esperarse, lo vio intentando contener las lágrimas, sin éxito. Se paró frente a él e hizo un gesto de fastidio. Si su trabajo de guardaespaldas empezaba a ir mal, tendría futuro como actor.

Sin cambiar su semblante, le extendió las manos.

—Ven —sin pensarlo dos veces, Sawamura se precipitó, por lo que no dudó en cargarlo.

En el fondo creyó que era lindo tenerlo aferrado a su cuerpo mientras escondía la carita en aquel espacio que se formaba entre su cuello y su hombro.

—Si quieres llorar, llora; de todas formas, siempre haces lo que te da la gana. Sólo no te arrepientas después de tus acciones —a final de cuentas, era un niño. No podía pedirle que se tranquilizara y pusiera en orden sus pensamientos; no sólo por el asesinato, debía tener más acumulado dentro de ese cuerpecito y, si se ponía un poco en su lugar, sabía que dejarlo desahogarse era lo mejor para él.

Kuramochi sabía perfectamente que no podía retomar buenos pasos ni enmendar sus errores. Todo pasa por algo, como solía decir Takigawa, y estaba cien por ciento seguro de que ese pequeño era una nueva oportunidad para empezar desde cero.

—Noches —se despidió de Yuu.

Acto seguido regresó a la habitación y se acomodó en la cama con el castaño en brazos, acurrucándolo contra su cuerpo y acariciando de forma suave su espalda. Algo faltaba, y por supuesto que sabía lo que era, la frase que por mucho tiempo deseó que le dijeran y que, sin duda, le hubiese cambiado la vida:

—No estás solo, Eijun.