Bueno, antes de empezar quería aclarar que el diálogo sobre la alfombra es una especie de mushup muy malo muy malo de la canción de la peli en castellano y en inglés, intentando ser lo más fiel posible, así que, aunque no esté nada contenta con el resultado al menos aclarar que ha sido intencionado, y que me disculpo de antemano por él.


Un Mundo Ideal

-¿Qué voy a hacer? Ahora Tori ni siquiera me habla. Y no sé cómo voy a desenmascarar a Ryder si vuelve a su reino.

-Bueno, al menos si no está en medio tienes vía libre con la princesa- dijo Beck, que estaba aprendiendo a jugar al shatranji (que en el futuro variaría hasta convertirse en un juego conocido como ajedrez) con André.

-¿No has escuchado la parte en la que dije que no quiere ni hablar conmigo?

-Mientras que no le vuelva a dar por tirarte dentro de una fuente…

-¡Ja! ¡Ja! Qué gracioso, André. Eres buenísimo dándole ánimos a la gente.

Jade se sentó en el borde de mármol de su sitio favorito, acariciando las ondas con los dedos. Se había cambiado de ropa, aunque había decidido que los tonos negros y verdes que André le había puesto en un principio definirían su estilo a partir de entonces. Suspiró, no sabía cómo había conseguido meter tanto la pata con Tori con tan pocas palabras. Levantó la vista, había aprendido que el gran balcón que daba a esa fuente pertenecía a los aposentos de la princesa. Desde allí veía la sombra de las largas y hermosas cortinas de gasa dibujar patrones mientras ondeaban al viento con la luz que prendía dentro de su alcoba.

Estaba tan cerca de ella y, sin embargo, nunca la había sentido tan lejos, ni siquiera aquel primer día que la observaba cobijada por los arbustos de aquel jardín, temerosa de ser descubierta.

-¡Oh, el amor!- dijo el genio vestido de barquero, montado sobre una pequeña góndola que flotaba al lado de la mano del príncipe.

-No ayudas, André- le espetó entre dientes.

-¡Sé tú misma!

-¡No puedo ser yo misma! Yo misma sólo soy una sucia rata callejera, que no puede ofrecerle ningún futuro ni tiene idea de los modales, la instrucción ni la etiqueta necesarias para gobernar un reino. Y mucho menos tiene la más remota posibilidad de separarla de ese canalla de Ryder. Además, de ser una mujer,

Beck miró la técnica maestra con que la alfombra, que sustituía ahora al genio, se libró de su pieza. Empujó el tablero enfadado por la derrota antes de hablar.

-Pero tiene razón, 'Jay'. Al fin y al cabo a Jade le costó tan sólo un día atraer la atención de la princesa- dijo recordando la situación en que las hubo encontrado la vez que conoció a Tori-. No le digas que eres una mujer, pero tampoco te comportes como un príncipe.

-¿Qué quieres decir?

-Que te acerques a ella como lo hiciste la primera vez. Perdidamente enamorada de ella pero sin intentar conquistarla. Quiere que la ames por ser ella misma, pero se supone que tú no sabes nada de quién es de verdad, ¿recuerdas?- sonrió al recordar cómo había terminado dentro de esa fuente.- Conócela primero, y después demuéstrale que te has enamorado de Tori y no de la princesa de Hollywood.

Jade bajó la vista pensativa. Tenía razón, pero Tori no quería que se acercara a ella, en la cena la reina Holly le había dado a entender que por menos se habían marchado otros pretendientes, y que muchos más habían seguido insistiendo sin obtener resultado, así que tenía claro que si Tori no estaba interesada no iba darle ninguna oportunidad a nadie. ¿Pero cómo conseguir que mirara más allá de sus ropas de príncipe y estuviera interesada en conocer al hombre? ¡Qué ironía! Había necesitado convertirse en príncipe para ser digno de ella, y ahora ser un príncipe era justo lo que se interponía entre ambas.

-¿Y cómo consigo eso?- murmuró enfadada.

-Lloriqueando aquí abajo desde luego que no.

Beck silbó y le agarró la mano. La alfombra acudió a su lado, y parecía contenta a pesar de no tener expresión, tiró de Jay hasta ponerlo en pie y lo arrastró hasta tumbarlo sobre la tela. Después lo pensó un segundo, conocía a su amiga lo suficiente como para saber que debía obligarla a subir hasta el balcón, o desviaría el rumbo sin pensárselo. Siempre había sido una mujer muy decidida, pero cuando no estaba segura de algo…

La alfombra subió hasta el borde de la barandilla y Jade se peleó con su amigo para impedir que la tirara al interior del balcón. Los dos susurraban entre dientes para evitar ser escuchados mientras forcejeaban. Entonces la alfombra se dobló por la mitad, haciendo que la parte sobre la que se tendía Jade cayera, tirándola sobre las baldosas de piedra con un golpe sonoro. Reprimió un quejido adolorido mientras Beck desaparecía levantándole los pulgares.

-¿Quién está ahí?

Un rugido peligroso desvió la atención de Jay a la entrada del aposento de la princesa para encontrarse con la amenazante y conocida cara de Trina, que se acercaba a ella con decisión. Y por la expresión en su rostro y la forma en la que erizaba los bigotes hubiera apostado que había reconocido a Jade detrás de la apariencia del príncipe Jay.

-Calma, bestia antipática con aspiraciones de diva- dijo poniéndose en pie torpemente y alejándose de la tigresa tropezándose con sus propios pies, hasta que el cuerpo de Trina se le tiró encima y le clavó las uñas en el pecho, echándole el aliento desde detrás de unos dientes amenazadores.

Tori apareció entonces a través de las cortinas doradas, frunciendo el ceño extrañada. ¿Aspiraciones de diva? ¿Cómo sabía eso?

-¿Cómo has subido hasta aquí?

-Ah, uh… Y-yo, yo... Uhm…- levantó las manos y maldijo su lengua por atragantarse entre sus dientes, exactamente igual que la primera vez que la princesa le había dirigido la palabra-. Y-yo, eh. Te-tengo mis métodos- consiguió explicar de forma patética-. Te-te importaría… ¿quitarme de encima a este bicho?

-Sí- respondió con mucha más autoridad que él-, sí que me importaría. ¿A qué has venido? No quiero verte.

-Lo…- se aclaró otra vez la garganta, decidido a recuperar la compostura, ahora era el príncipe Jay.-… lo sé. Es por eso por lo que no he llamado a la puerta. Por favor, princesa, esto no es para pretenderte. Esto es porque quiero que sepas que mi disculpa es sincera.

Tori rio, pero no de esa forma honesta que a Jade le encantaba.

-¿Quieres que crea que vuestro amor por mi persona es sincero?

-No. Tenéis razón, no conozco a la persona que hay detrás de la princesa de Hollywood. Pero no es por eso por lo que me disculpo. Me disculpo por haberos hecho sentir que mi intención es decidir sobre vuestro futuro sin teneros en cuenta.

-¿Y por qué la diferencia?- preguntó ligeramente más interesada, levantando una ceja con disimulado interés.

Jay reprimió una sonrisa, tal vez lo estaba consiguiendo por fin. Y sabía lo que decir a continuación porque, al contrario de lo que acababa de decir, sí que conocía a la persona que hay detrás de la princesa de Hollywood, sí que conocía a Tori Vega.

-Porque sé lo que es sentir que todos tienen tu vida entera decidida desde el momento en el que naces. Sentir que tu opinión es la única que no cuenta. Que todos sepan qué es lo mejor para ti. Que tu futuro no será el que de verdad deseas- recitó mirándola a los ojos, notando como la expresión de la muchacha se relajaba por fin aunque esta suspiró, bajó la vista y le dio la espalda al chico-. Porque sé lo que es sentir que vives en una jaula.

Tori paró en seco, levantó la mirada y se la devolvió al príncipe que la observaba fijamente, escondiendo una mueca de dolor, a pesar de tener todavía a Trina arañándole las clavículas. Lo estudió cuidadosamente. Era realmente apuesto, se atrevía a decir que hasta más que Ryder, pero lo que más la inquietaba era que sus ojos eran muy parecidos al azul ahora que era de noche, cuando hubiera apostado que aquella tarde, con el sol en su cénit, brillaban como dos esmeraldas.

Como los ojos de Jade, pensó con la boca seca de pronto.

-Apártate, Trina- ordenó con autoridad.

La bestia miró a su dueña, volvió a amenazar a Jay con los dientes y se echó para atrás de mala gana.

-Gracias- murmuró el muchacho poniéndose al pie-. ¿Aceptas mis disculpas entonces?

Las ropas negras le quedaban más que bien, y le gustaba mucho ese toque exótico tan típico de los pueblos del desierto, diferente a la apariencia de Arts a pesar de que la cultura de su ciudad, gracias a la cercanía, había adquirido mucho parecido con ellos. Los bazares, los camellos, la comida… En cambio en Hollywood seguía gobernando un rey y no un sultán, y las gentes no se protegían del sol con turbantes, y muchas otras cosas que Tori había aprendido en los libros. Se encontró a sí misma preguntándose cómo sería su reino, Sherwood, mientras repasaba el cuerpo del príncipe Jay con creciente admiración.

-Así que una jaula- fue toda la respuesta que dio, no le iba a ser tan fácil.

Jay sonrió, como lo habría hecho Jade, asaltando los pedazos del corazón de la princesa.

-Soy el heredero al trono. Todo el mundo me ha enseñado desde pequeño cómo he de comportarme, las cosas que se supone que debo hacer y las que no- recitó recordando todo lo que había frustrado a Tori-. Lo que debo estudiar, hasta las cosas que debo desconocer hasta que todos piensen que estoy preparado. Mi padre incluso sabía con quién debía casarme- mintió mirándola a los ojos.

-Supongo que es por eso por lo que estás aquí entonces- dijo cruzando los brazos con un bufido molesto.

-Sí y no. Estoy aquí porque decidí ser yo quien eligiera con quién deseo desposarme- respondió acercándose a ella, observando cómo había logrado hacer que Tori contuviera el aliento-. Y es por eso por lo que necesito, más que nada, que me perdones por haberte hecho sentir lo mismo de lo que yo huía.

Tori se apartó de pronto, porque de repente había sentido la necesidad de besarlo. Pero no estaba segura de sí era por sus palabras o porque sus ojos le recordaban a Jade.

-Muy bien. Aceptaré esa disculpa. Pero no más que eso.

-No importa, al fin y al cabo todavía no sé ni si quiero casarme contigo.

-¡¿Qué?!- le espetó, completamente ofendida.

¿Cómo se atrevía? ¿Qué hacía allí entonces?

-Tenías razón. No conozco de ti más que tu belleza. Pero uno no debe enamorarse de lo que ve. Estoy aquí buscando lo que deseo en mi futuro y una esposa hermosa en lugar de una persona a la que ame realmente no es lo que quiero en ese futuro. Y para enamorarme de esa persona, necesito saber más que el hecho de que es hermosa y de que es una princesa. Aunque he de admitir que, por la forma en la que me tiraste en esa fuente, es muy probable que puedas convertirte en la persona a la que pueda amar por el resto de mi vida.

Y si Jade no estuviera hablando através del filtro del amor y hubiera escuchado cómo sonaban sus palabras desde fuera se hubiera pegado un puñetazo. Pero hablando através del filtro del amor sólo pudo distinguir cómo las facciones de Tori emitía toda la respuesta que necesitaba.

La muchacha lo miró atónita un instante y boqueó un par de veces antes de procesar de verdad todo lo que le había dicho. Sonrió, no pudo evitarlo, ese príncipe tenía algo diferente, algo especial que lo distinguía del resto. Algo que le llamaba la atención y la aterraba al mismo tiempo.

Pero Ryder era una gran alianza para su padre, y Jay podía todavía ser igual de farsante que el resto.

-Eres demasiado bueno con las palabras. Una cualidad típica de un rey, o de un heredero educado para ser uno- consiguió responder recuperando esa actitud fría-. No voy a dejarme engañar por eso. En lo que a mí respecta, todavía puedes ser como todos los demás. Pero he de concederte que, al menos, has conseguido volver al punto de inicio conmigo. Estoy dispuesta a olvidar lo que escuché esta mañana. Comenzaremos desde cero, pero no hoy. Así que puedes marcharte por dónde has venido.

-Si el amor fuera fácil no merecería la pena.

Tori bufó y se dio la vuelta, acariciando el lomo de Trina mientras se encaminaban hacia las puertas del balcón, donde las finas cortinas ya le acariciaban los hombros.

-Buenas noches, princesa- se despidió antes de irse.

Esas palabras, en ese tono, le recordaron una vez más a la mujer que le había roto el corazón y no pudo evitar darse la vuelta para mirar al príncipe. Atónita, vio cómo el chico, subido a la baranda, daba un paso en el aire antes de saltar al vacío. Una oleada de pánico le atenazó el pecho.

-¡No!

-¡¿Qué, qué?!- exclamó la cabeza de Jay por encima de la balconada, mirando a todos lados en busca de algún peligro.

-¿Cómo has…?- preguntó Tori, acercándose de nuevo sin saber qué decir.

La alfombra lo elevó, dando un par de piruetas hasta estar a la vista de la chica. Voló sobre su cabeza, giró un par de veces más y se posó a su lado.

-Es una alfombra mágica- le explicó mientras la alfombra tomaba la mano de Tori y parecía darle un beso.

-Vaya, es… encantadora. Y preciosa.

Entonces Jade recordó lo que la había unido a la princesa por primera vez, su deseo por salir del palacio, de ver el mundo, de alejarse de todo.

-¿Te gustaría subir? La noche es demasiado bonita como para pasarla encerrada en este palacio. Creo que incluso podríamos llegar a Sherwood. En alfombra el viaje es mucho más rápido. Me encantaría que vieras parte de mi mundo.

-¿Harías eso por mí?

-Claro. Si está en mi mano.

Jade le había dicho exactamente lo mismo aquel primer día, así que Tori dudó en si tomar la mano que el príncipe le ofrecía, regodeándose en el dolor agudo que atravesaba su pecho.

Pero tomó su mano.

Cuando la alfombra se elevó sobre los muros de palacio lo primero que aprendió Tori era que le tenía pavor a las alturas, así que se aferró a los hombros de Jay, quien la miró con una sonrisa cargada de alegría y dulzura, y le dio un confortante apretón a la mano que todavía sujetaba. Le devolvió el gesto, apretando todavía su cuerpo al del muchacho, para sentirse lo suficientemente segura como para creer que no iba a caerse.

-Déjate llevar, princesa.

Notando su miedo, la alfombra aminoró la velocidad, pero no dudó en subir y bajar entre los arcos y edificios de Arts hasta dejar atrás sus murallas. Lo siguiente que descubrió era que no se podía tocar las nubes, pero que era hermoso atravesarlas. Después bajaron en picado, haciendo que toda la nueva confianza de Tori volviera a tambalearse a medida que el suelo se acercaba a una velocidad pasmosa.

-No te atrevas a cerrar los ojos, Tori. Mira bien lo que hay- le susurró Jay apartándole las manos de la cara con suavidad-. ¿Cuándo fue la última vez que dejaste que fuera tu corazón el que decidiera qué rumbo debías tomar?

Sabía la respuesta. Perfectamente. Así que se dejó llevar. La noche era cálida, pero el aire que levantaban a su alrededor le acariciaba cada poro hasta erizar su piel, así que, cuando el príncipe la envolvió en un abrazo no tuvo más remedio que permitírselo. Pero tampoco le hubiera dado mayor importancia de otra forma, puesto que estaba hechizada por el destello de cada estrella que teñía cada parte de la noche, haciéndola imaginar que atravesaban un mar de diminutos diamantes. Disfrutó de cada cosa, de alejarse de los ojos de palacio, de separarse del mundo que conocía para adentrarse en uno nuevo, uno en el que quería estar. Disfrutó de la visión de cada onda de arena sobre el desierto, de la brisa haciendo estremecer un mar entero de árboles, de la vista del búho cayendo en picado en el firmamento. Hasta de la presencia del príncipe que sonreía mostrando la misma libertad que ella.

-Aquí arriba no hay nadie que pueda decirnos que no, lo que podemos hacer o cómo vivir. Un mundo ideal- dijo Jay, mirando bajo ellos hacia ese mundo lejano. La ciudad de Arts ni siquiera se veía ya si miraban hacia atrás-. Un mundo entero ante nuestros ojos.

-Me encanta este mundo- admitió sin poder contener la emoción-. Me encanta esta sensación, indescriptible, de atravesar el cielo hasta el amanecer. Somos como un haz de luz que se aleja, sin poder volver nunca más atrás- exclamó con alegría atreviéndose por fin a extender los brazos-. Como una estrella fugaz.

-Podemos ser lo que tú quieras, Tori- rio Jay-. Cada segundo aquí, contigo, es como un sueño.

La princesa consiguió por fin dejar sus recelos de lado. Admitir que ese hombre, como le había dicho Cat, podía ser lo que de verdad estaba buscando. Era pronto para decidir nada, lo sabía, y los pensamientos sobre Jade, el dolor de su corazón roto, seguían más que presentes en su cabeza. Pero si tenía que vivir con el corazón roto por ser una princesa no encontraba ningún motivo para ser también infeliz, así que no pudo evitar sonreírle con completa sinceridad.

-Tal vez pueda haber un mundo para los dos después de todo- admitió-. Mientras sea este.

-Un mundo ideal- repitió Jade devolviéndole la sonrisa, con el corazón latiéndole con fuerza de alegría.

-Un mundo ideal- concedió Tori volviendo a tomar su mano y recostando la cabeza sobre su hombro.

Jade sabía que ese mundo sólo existía mientras estuvieran sobre la alfombra, lejos del mundo real, sólo ellas dos. "Ellos". Ellos dos. Que volverían a ser princesa y pretendiente cuando se bajaran de ella, cuando volvieran al palacio y a ese mundo de normas y restricciones, en el que Tori todavía podía decidir que Ryder era una mejor opción de futuro. Pero iba a disfrutar de ese momento mientras pudiera. Iba a intentar con todas sus fuerzas que Tori descubriera que su verdadero amor era ella. "Él". Y, si eso no pasaba, iba a desenmascarar a ese farsante. A cualquier precio. No dejaría que le hiciera daño a Tori, aunque le costara su propia vida.

Como le había prometido, no pararon hasta que llegaron a Sherwood. Era todo lo que Tori había imaginado, con sus edificios cuadrangulares, con sus tejados abovedados y sus torres altas, acabadas en aguja. Era completamente hermosa, y por un momento se preguntó cómo sería vivir en ella. Ser la esposa del sultán… Decidió abandonar ese tren de pensamientos enseguida, pero ya ese cosquilleo se había adentrado en su cabeza.

Bajaron por fin, sentándose sobre uno de los tejados. Jay giró entre sus dedos una hermosa flor blanca que había arrancado por el camino y la enredó entre las ondas marrones del pelo de la princesa, que decidió recostarse contra el chico, observando la ciudad bajo ellos.

Fue entonces cuando Tori comenzó a hablar y a Jade le recordó tanto a la Tori que conocía que no pudo evitar morderse el labio esperanzada. Era como esos primeros días en los que todavía no sabían nada la una de la otra pero hacían un esfuerzo por remediarlo. La princesa le contaba cosas que ya sabía, pero por las que ella seguía fingiendo interés. Por su parte, como Jay, tuvo que inventarse la mayor parte de los detalles de su vida, sintiéndose mal por tener que empezar esa nueva relación con la chica con una sarta de mentiras, pero era el príncipe Jay Ababwa de ahora en adelante. Jade ya no existía. Todo lo relativo a la vida de Jay Ababwa era una mentira y, a la vez, la única verdad posible.

Al menos, le habló de Oliver, el sirviente más leal que jamás había tenido, parte de su familia más cercana, siguiente en la línea sucesoria si a él le pasaba algo. Y de su mascota, un gracioso mono llamado Rex, que su padre le había regalado cuando cabía apenas en la palma de una mano.

Tori, por su parte, no habló de Jade en ningún momento. Era un secreto sobre el cual había que pasar de puntillas.

-¿Por qué yo?- preguntó de pronto la princesa.

-¿Qué?

-Dices que llegaste a Arts huyendo de la elección de tu padre a la hora de elegir una esposa apropiada para ti. Que elegiste ir en contra de sus deseos y me elegiste a mí. ¿Pero por qué a mí?

Jay la miró, pillado. Se mordió el labio pensando en qué podía responder. ¿Por qué un príncipe de un reino lejano elegía a una princesa de la que no sabía nada? Aunque era verdad que la noticia de que la princesa de Arts había entrado en edad casadera había atravesado medio continente, ¿qué motivos podría tener él en desposarla precisamente a ella? Además, decir que había sido sólo para ir en contra de los deseos de su padre no era una respuesta válida. Necesitaba demostrarle a Tori que para él era alguien especial, algo más que un simple acto de rebeldía. Algo que demostrara que para el príncipe Jay, la princesa Tori era más que un simple premio o una muestra de insubordinación.

-Debes prometer no enfadarte.

-¿Es algo por lo que pueda enfadarme?- inquirió ella con desconfianza.

Jay sonrió con culpabilidad, haciendo que la muchacha se apartara de su cuerpo para mirarlo con recelo. Aunque en verdad este sólo intentaba ganar algo de tiempo.

-No del todo. Estaba enfadado. Enfadado una vez más con las responsabilidades que no querían dejar en mis manos. Ya sabes, estás preparado para esto pero no para decidir sobre esto otro- se dio cuenta de que estaba divagando, pero sólo hasta que su mente consiguiera hilar la historia-. Así que monté sobre la alfombra y decidí ir lo más lejos posible, hasta estar seguro que recibir un buen rapapolvo a mi vuelta por haber desaparecido el día entero. Así fue como llegué a Arts. Y al acercarme al castillo quedé cautivado por la voz más hermosa que jamás he tenido el placer de escuchar.

Miró a la princesa a los ojos, descubriendo que ya la había atrapado en su relato, antes de continuar. Esa historia, al menos, era cierta en su base, decidió que Jay se había enamorado de Tori de la misma forma en la que Jade lo había hecho.

-No pude evitarlo, me acerqué para descubrir a quién pertenecía con la mayor cautela de la que fui capaz. Y allí estabas tú, sentada sobre la misma fuente de mármol dentro de la cual decidiste arrojarme- relató con una sonrisa burlona que hizo que Tori se sonrojara con culpabilidad-. La primera vez que te vi enmudecí por tu belleza, de tal forma que mi corazón sólo comenzó a latir por ti.

Por la expresión en el rostro de la princesa Jay supo que había identificado las mismas palabras de Jade en su discurso, aunque en el momento en el que fueron dichas habían sido expresadas con dureza seguían siendo una declaración de amor.

-¿Y ya está?- consiguió decir Tori recuperando la compostura.

-Y ya está. Cuando volví a palacio sólo tenía tu rostro y tu voz en la cabeza, y mientras más tiempo pasaba más me descubría preguntándome cosas de ti. ¿Cómo serías? ¿Qué hacías en cada momento? ¿Qué pasiones dominaban tu vida? Si serías una persona dulce y amable, o tal vez arrogante y apasionada. Al principio no me atrevía a desear conocerte, por temor a que fueras tan distinta a la mujer que mi mente había creado que rompieras ese sueño que me hacía desear vivir día tras día. Pero, con el tiempo, las ansias por descubrir si esa persona podía ser real, si me estaba perdiendo la posibilidad de enamorarme de verdad en lugar de vivir condenado a un matrimonio de conveniencia, fueron mayores que cualquier miedo. Y aquí estás.

El pecho de Tori subía y bajaba con rapidez, y sin embargo sus pensamientos iban tan lentos que tardó más en registrar las palabras que Jay en pronunciarlas, dedicando ese tiempo a perderse en los ojos del muchacho que tanto le recordaban a Jade, y odiando sentirse tan vulnerable y frágil bajo los efectos del príncipe.

-¿Y a cuál de las dos mujeres has descubierto?-dijo en un susurro.

-Todavía es pronto para hablar con certeza absoluta. Pero creo poder enamorarme irremediablemente de la mujer que tengo delante.

Tori sólo sonrió, volviendo a sumergir la vista entre los tejados de la ciudad mientras apoyaba la cabeza en el hombro del muchacho.


-Buenas noches, princesa- se despidió Jay en pie sobre la alfombra mientras la chica lo miraba apoyada ya sobre la baranda de su inmenso balcón.

La alfombra lo elevó de pronto, pero Tori se echó para atrás, quedando aun así demasiado cerca. El chico sonrió con confianza cuando vio como los ojos de la princesa, quien tenía también una expresión alegre, bajaron hasta sus labios, alentando su valentía. Jay se acercó más, inclinándose sobre ella, pero el dedo de la muchacha sobre su boca lo detuvo a medio camino.

-No es tan fácil- susurró con una mueca burlona.

Fue Tori la que se inclinó sobre él, posando los labios sobre su comisura al besar su mejilla.

-Buenas noches, mi príncipe- dijo ella con un tono especial en el título.

El pecho de Jay se hinchó orgulloso, esperanzado, aun cuando la veía partir. Después se dejó caer de espaldas sobre la alfombra con un grito de triunfo y tonta ilusión que estaba seguro que Tori había escuchado. Y no se movió hasta el momento en el que llegaron flotando a los aposentos que el rey David había dispuesto para ellos.

-¡¿Cómo ha ido?!- saltó Beck.

Jay cayó al suelo del susto, agarrándose el pecho con una mano y la adolorida cabeza con la otra.

-¿Conseguiste echarle el lazo?- preguntó André vestido de vaquero y levantándolo del suelo enganchándole la cintura con una cuerda y tirando de él.- ¿La atrapaste en el lazo de tu amor?

Apartó al genio de un manotazo y aflojó el nudo hasta liberarse, mirando mal a ambos chicos, que habían conseguido aguar su buen humor, aunque en cuanto el nombre de Tori flotó en el aire le volvió la sonrisa a los labios.

-Dime, ¿funcionó mi consejo de ser "tú misma"?- preguntó Beck impaciente, haciendo comillas con los dedos.

-Sí. Conseguí llamar su atención con la alfombra mágica, sabiendo lo mucho que le gusta escabullirse de palacio.

-¿Qué pasó?

-¿Ya confía en ti?

-¿La besaste?

-¡Basta!- gritó enfadada pero sonriente-. La llevé hasta Sherwood y le encantó, creo que conseguí convencerla de que mi verdadera intención es conocerla a ella en lugar de conseguir su reino y no, no la besé.

Para ser exactos ella no había dejado que la besara pero, por otro lado, se encontraba extrañamente aliviada por ello. Porque Tori no cediera tan fácilmente ante Jay, cuando a Jade le había costado tanto. La sensación de estar celosa de sí misma era muy rara. O de sí mismo, era difícil acostumbrarse a todo aquello. Quería convertirse en el esposo de la princesa, pero a la vez era doloroso saber que Tori podía olvidarse de Jade, incluso si ella y la persona por quien la sustituía eran la misma.

Pero aquel era un tema que debería estudiar otro día, más adelante y en mayor profundidad. Y con una buena jarra de vino para prevenir el dolor de cabeza que el pensar en ello le evocaba, o al menos para tener una explicación más agradabe que su propia locura para dicho dolor. Además, con una jarra de buen vino, el mejor ahora que era príncipe. Pero sí. Aquel era mejor un tema para otro día.