Esa noche tuve un sueño intranquilo. Me revolvía en mi trocito de tierra, huyendo de manos extrañas que trataban de alcanzarme con sus garras. Un sudor frío recorría mi frente. Un sueño dio paso a otro, en el que ya nada parecía perseguirme. En cambio, una suave luz emanaba de una figura que caminaba a mi lado. Un hombre. De estatura un poco mayor a la mía y larga melena rubia. Sus ojos azul cielo me miraban apaciblemente al tiempo que me hablaba en silencio. Sus rasgos dibujando una gran sonrisa.
De repente, el silencio se vio quebrado por unos conocidos chasquidos. Miré a mi acompañante. Su sonrisa ya no era agradable. Se había transformado en una mueca de sarcasmo y odio, de amor por la sangre y gritos de agonía. La lengua de Deidara era la fuente de esos sonidos chasqueantes. Me alejé con ojos desorbitados de su lado. Intenté gritar, pero de mi boca no surgió sonido alguno. En lugar de eso, lo único que se oyó en el vacío fue la burlona carcajada de Hidan y la voz del rubio…
- No tengas miedo. Te enseñaré el auténtico arte. Haré que lo sientas en tu propia carne…
Mi cuerpo empezó a emitir una luz, cuya intensidad iba in crescendo, cada vez más. Más.
- No, ¡Deidara!
- ¡KATSU!
- AAAAAAAAAAAAAAAH!
Me desperté de un golpe, incorporándome bruscamente y haciendo que pequeñas gotas de sudor resbalaran por mi cara. Mi chillido debió oírse hasta en la otra punta de la cueva.
Me palpé el cuerpo, ansiosa por comprobar si todos mis miembros seguían en su sitio y no había sangre por ninguna parte.
Aliviada de verme entera, traté de ponerme en pie.
Con la sensación de haberme recorrido una maratón ida y vuelta, me puse en pie y me apoyé en la pared, aún híper-ventilando. No reaccioné hasta que me miré los pies, tambaleantes sobre la tierra de la cripta. Tenía la esperanza de que todo hubiese sido una pesadilla, pero ahí estaba yo, entre barrotes.
Un momento.
No podía creerlo. La puerta de mi celda, estaba ahora abierta de par en par. El pasillo, tenuemente iluminado con las luces de los candiles, parecía esperarme.
Pero, ¿pero, y esto?
Me acerqué despacio a la apertura y la crucé. Me quedé en mitad del pasillo sin saber qué hacer. El detalle de la puerta abierta sólo me inspiraba inseguridad y miedo. Algo querían que hiciera. Estaban esperando algo de mí. Quizá un posible motivo para sospechar de mí como shinobi infiltrado, o tal y como había dicho el propio Deidara, ''Buscar evidencias''.
Después de cavilar unos segundos, empecé a dar pasos vacilantes hacia el pasillo que me adentraba más en la cueva. Decidí que a pesar de la posibilidad de que estuvieran acechándome, debía aprovecharme de la situación y buscar a mi amiga. Me moría por verla y abrazarla. Preguntarle si estaba bien y largarme con ella de este antro.
Todo parecía en calma, hasta que pasé por la esquina de la enfermería.
Me eché hacia atrás a tiempo de que un kunai no me peinara excesivamente el flequillo. Caí de culo con la horrible sensación de haberme partido el coxis en dos. Horrorizada, vi el ejército de kunais que habían aterrizado a pocos centímetros de donde me hallaba antes.
- ¡La madre que…!
(Esto es una prueba, una prueba con trampas, ¡Armas de verdad¡ ¡Con esto pueden dejar a cualquier agente especial con el culo al aire! Alguien que tiene algo de técnica ninja podría esquivar este tipo de trampas hasta inconscientemente. )
Eso sólo puede significar…
(Me están observando ahora mismo.)
Volteé la cabeza violentamente, aún en el suelo, a un lado y a otro, buscando a quien fuera que me estuviera controlando. No vi a nadie. El pasillo estaba desierto, salvo por una camiseta con una dueña dentro. Dios, aquélla camisola odiosa cada vez dejaba menos a la imaginación, tanto corte y estirón… Tampoco vendría mal si después de reunirme con Sari sucediera un segundo milagro y algo de ropa decente me cayera del cielo.
Me puse en pie de nuevo y avancé cautelosa, pegada como una lapa a la pared. Mi corazón latía desbocado por si cada paso que daba llegaba a ser el último.
De cuando en cuando, me atrevía a susurrar un ''¿Sariii?'' por lo bajini. Aunque era obvio que ya sabían que yo estaba correteando por el pasillo, no me atrevía a hacer ruido.
De pronto, unos metros más adelante, el pasillo se acabó y dio paso a un cruce más ancho.
Genial. Tenía que atravesar ese rellano y por tanto separarme de la pared.
(Si tuviera una zapatilla que tirar delante de mí…)
Antes de cruzar corriendo (era la única salida desesperada que se me ocurría) intenté pensar con claridad y observar a mi alrededor. Había dos puertas a ambos lados del espacio frente a mí y, a mi derecha un enorme jarrón negro.
Con cuidado, agarré el jarrón, sorprendiéndome enseguida de lo mucho que pesaba el cacharro ese, y traté de moverlo.
(Si lanzo la cosa esta, puede que los kunais, el fuego o lo que sea que me tengan preparado lo acribillen mientras yo salgo pitando. No pienso quedarme en esta cueva más tiempo. ¡Voy a salir como sea!)
- Arf…Esto pesa como un muerto!
Conseguí moverlo tan sólo unos milímetros. Me puse roja de la frustración y, reuniendo fuerzas, me preparé para volver a intentarlo y lo rodeé con ambos brazos, asomándome dentro sin querer.
Una máscara naranja asomó súbitamente desde dentro del jarrón, quedando casi pegada a mi cara.
- ¡Buenos díaaas!
- ¡AAAAAAAAAAAAAAHHH!
- ¡AAAAH!
Solté el jarrón ipso-facto y en medio segundo había cruzado el rellano, recorrido 30 metros más de pasillo y gritado más que nunca. Mi corazón estaba a punto de estallar. Sin detenerme, llamé a mi amiga 5 veces, entre jadeo y tomas de aire, buscando su respuesta.
Miraba las puertas que iba dejando atrás, escrutando en la oscuridad de las que tenían barrotes, por si veía algún rastro de Sari. No me fijé en la otra maraña de pelos que corría en mi dirección, hasta que choqué de frente con ella y nos desplomamos al suelo, en un lío de brazos, piernas y pijamas.
- ¡MARTA!
- ¡SARI! ¡ No me lo puedo creer!
- ¡Tía, estás bien?! ¡Ni yo!
- ¡Te he encontrado! ¡Sí, más o menos!
Ambas nos reímos excitadas, embargadas por una felicidad máxima. Aún sentadas en el suelo, nos abrazamos y hablamos frenéticas, al mismo tiempo y sin embargo comprendiéndonos mutuamente.
- Sari, ¿y esto? ¿A ti también te han soltado así como así?
- ¡Sí! Me desperté y mi puerta estaba abierta y… ¡casi me caigo por un agujero en el suelo! ¡¿Lo oyes Marta?! Un agujero, ¡enorme! Por ahí cabía un autobús.
- Sí, lo sé, es obvio que nos han querido juntar a propósito pero no sé con qué fin, la verd… ¡SARI AGÁCHATE!
Las dos pegamos nuestras cabezas al suelo a tiempo de evitar otro kunai, que sobrevoló nuestros cogotes con un silbido.
- Marta… Akatsuki entero quiere matarnos…
- Tranquila, ¡Tranquila, tía! Saldremos de ésta, ¡vamos!
La tomé de la mano y corrimos a toda la velocidad que nos permitían nuestros pies desnudos. No habíamos comido nada desde antes de aparecer en este endiablado mundo. Me sentía más débil y frágil tras cada zancada.
Casi exhaustas, avanzamos hasta otro cruce de habitaciones, donde paramos para respirar. A la primera bocanada, una figura apareció detrás de nosotras sin previo aviso.
- ¡Chicas! ¡Confiad en Tobi! No tenéis ya que preocuparos, dejad de correr. ¡Confiad en Tobi!
- ¡AAAHH! ¡Las narices!
- ¡Marta CORRE!
El miedo nos daba fuerzas. Retomamos la carrera poco tiempo hasta que pasamos por delante de una habitación que reconocí: era el supuesto comedor-cocina.
- ¡Sari por aquí! ¡Vamos!
Puesto que no conocíamos la salida de la cueva, decidí que era prudente armarnos con alguna cosilla para poder defendernos, un cuchillo jamonero, por ejemplo.
Entramos en tropel a la oscura habitación, que a pesar de unos cuantos candiles ahora apagados, contaba con luz eléctrica. Encendí el interruptor a tientas y entre las dos cerramos la puerta atrincherándola con una pesada cómoda que encontramos cerca. Ni siquiera nos paramos a pensar en lo inútil del asunto.
- ¡Busca cualquier cosa que sirva de arma!
Me abalancé a mirar en los cajones de la cocina, mientras Sari buscaba por el comedor.
¡CRASH!
Al parecer, nuestro búnker no había sido difícil de invadir. La puerta, junto con la cómoda, se habían hecho mil pedazos. Por el boquete pasó alegremente Tobi.
- ¡Tobi es bueno, tranquilas! No hay peligro ya jaja ¡Habéis pasado la prueb…!
Un fuerte golpe de lámpara en la cabeza cortó de cuajo el comentario de Tobi. Éste aulló cómicamente de dolor y se sujetó la nuca con las manos.
- ¡Bien hecho Sari, así!
- ¡Hombre ya, y un huevo que van a secuestrarnos! ¡Os vais a enterar, violadores de pacotill..AAAH!
Al blandir Sari nuevamente la lámpara para un segundo derechazo, Tobi pareció recobrar el sentido a tiempo y se la arrebató de las manos, con un movimiento que casi parecía un juego de palmas entre niños. Al verse desprotegida, mi amiga intentó hacerse con un cajón de la cómoda a modo de cachiporra, pero Tobi la sujetó por la cintura y se la echó al hombro cual saco de patatas.
Vi toda la escena mientras revolvía desesperadamente todos los armarios. ¡Allí no había más que trapos!
- ¡Sari! ¡Suéltala cacho animal!
Puesto que no di con nada más, me tuve con conformar con lo más duro que pude encontrar.
- ¡Pero si no quiero haceros daño! ¡Tobi es de confianza, Sari no corre peligr¡PLAF!
Un plato impactó en la cara de Tobi, haciéndose añicos. Pensaba lanzarle toda la cubertería si hacía falta, el cajón estaba bien lleno.
- ¡¿Qué te ha parecido?! ¡Chúpate ésa! Y suelta ya de una vez a mi amig¡AAAAH!
Mi súper-grito amenazador se convirtió en un chillido de sorpresa al verme de repente en el aire. Deidara, a quien no había visto entrar en la habitación, había hecho lo mismo que Tobi y ahora yo colgaba de su hombro mientras éste me sujetaba por las piernas.
- Oh, vamos, um. ¡Calmaos ya!
Intenté liberarme agitando las piernas salvajemente, pero me las inmovilizó aún más.
- ¡Estaos quietas, voy a perder la pacienc…!
Aproveché que Deidara giró sobre sí mismo intentando evitar uno de mis rodillazos y pillé una sartén gorda que había sobre la encimera.
¡CLONG!
¡OUCH!
Mi golpe había dado justo en el blanco.
- ¡ARRRG! ¡YA VALE! Pensábamos que érais inofensivas! ¡Um!
- ¡Pues mira a ver si te gusta el sabor a sartenazo! ¡Suéltame! ¡Ahora!
Deidara me bajó y trató de arrancarme mi improvisada arma de las manos. Nuestro forcejeo terminó de golpe cuando una voz grave interrumpió el jaleo.
- ¿Se puede saber qué está pasando aquí?
Silencio.
Esa voz.
Plantado en la puerta, con todos y cada uno de sus piercings y su pelo naranja. Pain era más siniestro en persona que lo que aparentaba en la serie.
Enmudecí de inmediato y noté que Deidara me quitaba mi mortífera sartén sin hacer apenas fuerza. Supongo que vio que no era necesario inmovilizarme más de lo que ya estaba.
Pain avanzó hacia Sari, a quien Tobi dejó en el suelo. Ella miraba al recién llegado pasmada, como si fuera un cantante famoso.
- Hemos podido comprobar que semejantes actuaciones ante la muerte no pueden venir de alguien entrenado. Nuestra decisión es que no suponéis una amenaza.
Pain acabó ahora delante de mí, escrutándome con su rinnegan. De manera inconsciente, retrocedí un poco y me pegué más a Deidara, en un intento de refugiarme de la mirada penetrante del líder.
- Sin embargo, no penséis que os vamos a soltar tan fácilmente. No hasta que lleguemos a saber todo de cómo llegásteis aquí. Y lo que conocéis de Uzumaki Naruto. De vosotras depende que no sufráis daño alguno, he dado órdenes de que se respete vuestra integridad física, no así… andad con cuidado.
Tras una última mirada de avertencia a ambas, Pain abandonó la sala, dejándonos a los cuatro jadeantes y a dos con sendos chichones en la cabeza.
- Vale, um. Ahora que estáis más calmaditas y estoy ya a salvo de sartenazos, tenéis que saber que habéis pasado la prueb…
- ¡Eso es lo que les he dicho ya, senpai!
- ¡Calla, Tobi! Ahora ya no os volveremos a encerrar en vuestras celdas, os daremos una habitación a cada una cerca de las nuestras, para teneros más controladas, um.
- ¡Wiiii, vamos a tener a dos chicas durmiendo con nosotros, senpaiiii! ¿no le hace ilusión? Ya me entiende jeje
- Tobi…
La cara de Deidara destilaba puros nervios. Tobi dio un gritito y corrió a refugiarse lejos de la mirada asesina de su senpai, fuera del comedor. Segundos después, se oyó un ''¡Uy! ¡Perdón!''.
Cuidado por dónde andas.
A punto estuvo de chocarse con Itachi, quien acto seguido apareció por la puerta.
Nada más verlo, a mi amiga se le cayó la baba prácticamente mientras murmuraba emocionada un ''Itachiiiiii…''.
El sujeto le dedicó una mirada de reojo que parecía cargada de desprecio, y se sentó en el sofá a ver la televisión.
- Sari, controla un poco anda. Estoo, oye, Deidara…
El rubio, que ya iba hacia la puerta, se volvió hacia nosotras con una mano en el chichón y una expresión de fastidio.
¿Podríais darnos algo de comer?
Nuestros estómagos rugieron casi al unísono.
- Pedídselo a Itach…
El ojinegro dedicó a Deidara una mirada no muy amigable desde el sofá.
- Lo que hay que hacer… ¡Está bien! Pero sólo por esta vez, um.
