Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de la fabulosa Stephanie Meyer y la historia es completamente de la grandiosa escritora Venezolana Lily Perozo (serie: Dulces mentiras, Amargas verdades) La historia es Rated M, por contener alto contenido sexual. Yo los adapto sin fines de lucro, solo por mero entretenimiento.

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Capítulo No. 5

El ritual de todas las mañanas de Edward Cullen iniciaba con dos horas de Capoeira, una práctica generalmente reconocida únicamente como danza, sin embargo, la Capoeira como arte marcial encerraba mucho más en sí misma: deporte, cultura, lucha, estética, ritos ancestrales, música, malicia y bondad. Durante la Capoeira, el cuerpo juega con el espacio, los movimientos fluidos del capoeirista lo hacen uno con el ambiente mientras se clama un grito instintivo de libertad.

Aquella mañana, el sol despuntaba tiñendo de sombras azuladas y naranjadas los edificios cercanos. Edward estaba de pie en el balcón, descalzo y sin camiseta, vistiendo tan sólo su pantalón de chándal blanco. Cerró los ojos y levantó los brazos sobre su cabeza, enlazando sus dedos al final al tiempo que se elevaba sobre las puntas de los dedos de sus pies. Respiró hondo y rotó el cuello varias veces en distintas direcciones, exhaló con fuerza e inmediatamente se puso de cuclillas estirando sus muslos alternadamente. La tela del pantalón se tensó sobre sus piernas acariciando sus músculos mientras entraba en calor, luego agregó ritmo a su movimiento, deslizando su pelvis en sincronía con sus piernas mientras aún en cuclillas, se desplazaba en círculos a través del balcón.

Sus movimientos se sucedían unos a otros de manera fluida, siguiendo el ritmo de los sonidos africanos que venían desde el interior del apartamento, sosteniendo su cuerpo con la ayuda alternada de sus manos y pies sobre el suelo, girando en repetidos ángulos de noventa grados, mientras elevaba las piernas a la altura de la cabeza. En un giro violento, saltó sobre sus manos y levantó su cuerpo entero, manteniéndose recto con los pies hacia el cielo, enseguida, desplegó sus piernas lentamente, hasta abrirlas por completo en el aire.

Su torso había empezado a brillar bañado en sudor, y el sol acariciaba su exquisita piel dorada, los rayos de luz se deslizaban por sus esculpidos músculos besando las ondulaciones de sus abdominales, los tensos pectorales y los fuertes bíceps que se marcaban seductoramente al sostener todo el peso de su cuerpo.

Estiró de nuevo las piernas y en un solo y poderoso impulso, se puso de pie. Cerró los ojos mientras recobraba el aliento y tomó la pequeña toalla que colgaba sobre la baranda del balcón, rápidamente se secó el sudor y se dejó caer sobre un sillón de ratán negro, apoyó los pies sobre uno de los pufs de cuero, tomó el control remoto y pausó la música.

—Pantera, me voy. —vio la cabeza de Jasper cerca del marco de la puerta apenas asomándose al balcón—. ¿Dónde vamos a almorzar? —le preguntó abotonándose el saco.

—Debo estar en los tribunales en dos horas, salgo a las once. ¿Te llamo y decidimos?

—Vale… —respondió Jasper distraído, barriendo el balcón con la mirada—. Creo que debemos mandar a acondicionar un espacio en el salón del gimnasio para que practiques más cómodo.

—Tienes razón, ya será con un poco de tiempo —acordó poniéndose de pie—. Voy a bañarme, sino se me hará tarde, y tú lárgate que si le pasan a Carlisle tus horarios de llegada a la oficina, va a fregarte con tremendo discurso acerca de la responsabilidad.

— ¿Más? —inquirió Jasper con cinismo al soltar una carcajada.

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Bella les sugirió a Esme y a Charlie almorzar en la boutique, no tenía ganas de ir a un restaurante. Quería comer sentada en la alfombra, relajada y descalza mientras conversaba trivialidades con sus amigos, quería reír abiertamente y tontear sin tener que preocuparse por comportarse profesional. Así que entusiasmada, salió a comprar la comida en el pequeño local de Sarabeth's al oeste del Central Park.

Había pasado una semana desde que le pidió a Edward Cullen que no la molestara más. Él, en efecto, no lo había hecho. Varias veces se sorprendió recordándolo, había algo sumamente encantador en su rostro, y un algo casi hipnótico en sus hermosos y atemorizantes ojos dorados. Había leído al menos cinco veces los correos electrónicos, frunciendo el ceño y riendo por dentro, encantada como adolescente.

Allí, conduciendo distraída, se encontró a sí misma elaborando excusas para escribirle, pero inmediatamente sacudió la cabeza, reprochándose por contemplar tales estupideces. Se preguntaba qué diablos estaba mal con ella para desear confraternizar con un hombre, que casi la atropella sin mostrar el más mínimo arrepentimiento.

Edward revoloteaba en su cabeza y cómo si fuese una señal mandada del cielo, lo reconoció a cierta distancia atravesando un paso peatonal en compañía de otros hombres, seguramente también eran abogados, ya que al frente se encontraba un pequeño bufete. Su deseo de mujer se desató y se lo devoró con la mirada, se le veía selecto y gallardo con aquel traje gris de Giorgio Armani que le quedaba a la medida, lo reconocía muy bien por la elegancia, la sobriedad y el esnobismo que resaltaban a simple vista en las prendas del diseñador, y a él se le veía de muerte lenta, era el más alto y elegante de todos, también el más joven.

Su malicia y travesura cobraron vida, por lo que pisó a fondo el acelerador, los hombres apenas si podían creer que un carro se les iba encima y no les dio tiempo de reaccionar, solo se quedaron paralizados, al parecer esa era una reacción común en el ser humano, cuando casi se los llevaba, frenó bruscamente frente a Edward Cullen quien no pudo ocultar el temor en sus facciones y se quedó paralizado mirándola a través del cristal.

Los compañeros se hicieron a un lado rápidamente, por lo que ella aprovechó y como él mismo le hizo en el estacionamiento empezó a acosarlo manteniéndole firmemente la mirada, cuando las personas empezaron a aglomerarse retrocedió un poco alejándose de él, porqué este no mostraba interés en retirarse, arrancó una vez más y lo esquivó, él se volvió para mirarla, pudo verlo a través del retrovisor, bajó la velocidad y buscó en su cartera su teléfono móvil y la tarjeta. Marcó el número.

—Diga —fue su contestación al teléfono.

—Trague en seco abogado, para que le bajen las pelotas que se le han quedado en la garganta —sin decir más y sin darle oportunidad de réplica, colgó la llamada. Enseguida vio una llamada entrante, esta vez, sabía que era él—. ¿Diga? —preguntó como si no conociese el número.

— ¿Sabe que ha cometido un delito? Ha intentado asesinarme… —su voz evidenciaba que estaba realmente molesto.

—Pues he fallado, iba a asesinarlo, pero sólo a usted, la próxima vez espero esté solo… ¿por cierto ya me encontró un abogado? —inquirió mordiéndose la risa.

— ¡Váyase al diablo! —exclamó él enfurecido y cortó la llamada.

—Imbécil —susurró ella con dientes apretados y lanzó el móvil sobre el asiento del copiloto para seguir con su camino, no habían pasado dos minutos cuando la pantalla se iluminaba con otra llamada entrante del mismo número—.Yo me voy al diablo, pero tú te vas a la mierda —dijo con la vista en el móvil y después desvió la mirada al camino—. Estás loco si crees que me harás un numerito —masculló mientras su teléfono seguía llenándose de llamadas perdidas.

Llegó a la tienda y bajó con el almuerzo sin atreverse a mirar el teléfono, que de vez en cuando titilaba con llamadas del mismo número.

—Alguien quiere desesperadamente comunicarse contigo —le hizo saber Esme mientras disfrutaba de su almuerzo mediterráneo y veía como se iluminaba la pantalla del teléfono móvil de Bella,

—No es nada importante, es más, voy a restringir el número —tomó el teléfono e hizo inmediatamente lo que dijo—. Listo, problema resuelto, ahora sí almorcemos tranquilos —declaró de manera despreocupada.

Esme y Charlie no pudieron evitar mirarse desconcertados, ellos la conocían muy bien y por más que intentará parecer casual no lo había logrado.

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Edward encontró a Jasper en el Armani, y entre varios apretones de mano se despidió de sus colegas, tomó asiento junto a su primo con una envalentonada sonrisa y Jasper lo miró con sospecha pero no hizo ningún comentario al respecto.

Al terminar los entrantes, Edward aún seguía pensando en Bella, tenía que volver a escucharla, ¿por qué?, no tenía idea, pero deseaba como nada volver a escuchar su voz.

Sacó el móvil y remarcó su número.

— ¡Maldita sea! —rugió genuinamente enfurecido. La bendita mujer no se cansaba de resistírsele con frontal beligerancia—. Me restringió las llamadas. —se dijo más para él mismo al tiempo que dejaba caer el iPhone sin ningún cuidado sobre la mesa—. Me restringió las llamadas —repitió mirando incrédulo hacia la nada—. Me restringió las llamadas —dijo una vez más, esta vez mirando el burlón gesto de Jasper—. Si te ríes, te parto la cara.

—Ya te llamará —le dijo Jasper sonriendo—. ¿Y se puede saber quién se ha atrevido a restringir tus llamadas? —preguntó elevando una ceja intrigada.

Edward se quedó en silencio por un momento. ¿Quién era ella?

—No es nadie importante —respondió al fin, desviando la vista a su almuerzo.

— ¡Entró por la puerta grande! —exclamó Jasper soltando una carcajada y aplaudiendo ruidosamente—. Porque eres tú quien la está llamando, y debo agregar, con mucha insistencia.

Edward orquestó una muy mal fingida sonrisa.

—No es nadie —se llevó el tenedor a la boca, luego lo descargó con nada de delicadeza—. ¡Nadie me restringe las putas llamadas!

—Se te enfrían los raviolis —le dijo Jasper atragantándose la risa y obviando las palabras de Edward—. Y deja a la pobre mujer, seguramente se dio cuenta de lo feo que eres y está asustada.

—Primero que nada —argumentó Edward con cierta irritación arqueando una ceja—. ¿Quién te dijo que era una mujer? Y segundo, esa mujer no le tiene miedo ni al mismo diablo.

Jasper negó con la cabeza y atacó su plato, durante el resto del almuerzo no desaprovechó oportunidad para burlarse de su primo y su creciente irritación.

Esa misma tarde, convencido de que no había manera en que lo restringieran de nada, Edward le escribió un correo electrónico a la irritante Bella Swan.

Bella estaba frustrada, haberse obligado a restringir el número de Edward Cullen era tanto como haber huido, y diablos, ella no huía de nada ni de nadie. El desconocido descontrol de sus emociones la estaba empezando a enfurecer. Mientras pedaleaba con rabia sobre la máquina de spinning quería estrellarse contra los espejos frente a ella. Ningún hombre la había sacado de quicio, y lo más absurdo era que sólo lo había visto tres veces, de las cuales, dos habían sido encuentros agresivos.

Él parecía divertirse jugando con su enojo, no demostraba un verdadero interés, los hombres no sólo se sentían atraídos por ella, sino que también se mostraban siempre complacientes y dispuestos a satisfacer su voluntad, podría sonar arrogante, pero era la maldita verdad. Este hombre en cambio se había comportado como un intransigente orgulloso, grosero y arrogante, empeñado en demostrarle que era él quien se hacía con el poder.

— ¡Me vale mierda que sea fiscal! —gruñó en voz alta.

Una mujer a su lado la observaba con el rosto descompuesto, le dedicó una sonrisa a medias mientras sentía cómo el sonrojo le invadía el rostro, y no tenía nada que ver con el esfuerzo físico.

Un murmullo de pies capturó su atención, se encontró con el instructor de Tae Bo seguido de sus estudiantes hacía la sala de entrenamiento. Redujo las pedaleadas, recogió su toalla y su botella de agua y salió corriendo. Otra vez huía y de nuevo era por causa de Edward Cullen. No fueron palabras bonitas las que salieron de su boca en el camino a la clase de Tae Bo.

— ¿Bella, vienes al frente conmigo? —la invitó Mike, su instructor.

Ella asintió en silencio al tiempo que se quitaba el sudor del cuello y el pecho con la toalla. Bella se apostó al lado de Mike, quien le dedicó una mal disimulada mirada que la recorrió de arriba abajo, era evidente que lo traía loco.

La música retumbó en el salón, y Mike dio inicio a los movimientos combinados de boxeo y Taekwondo siendo seguido por las mujeres, transmitiéndoles una poderosa sensación de fuerza y vitalidad.

—Está desbordándose esa energía hoy Bella, amo esa agresividad —le comentó mientras repetían la rutina.

—Necesito quemar energía Mike —le respondió sin pausar los movimientos.

—Si quieres, al terminar la clase nos vamos al sótano y subimos al cuadrilátero —le sugirió.

—No, gracias Mike, hoy me quedo para zumba también, otro día me pongo los guantes y ya verás cómo te voy a acorralar contra las cuerdas —le dijo sonriendo.

La chica sabía perfectamente que el entrenador boricua no quería sólo su amistad, y desde hacía algunos días estaba buscando la manera para quedarse a solas con ella y el ring a esa hora estaría desolado.

Llegó a su apartamento poco después de las diez de la noche, se desnudó mientras entraba y pasó directamente al baño. Cuando salió de la ducha, se sentía notablemente más relajada, se puso un babydoll rosado y beige con encajes que le rodeaban los muslos.

Se detuvo en medio del enorme corredor de su vestidor, indecisa entre ver alguna película o encender el ordenador y revisar las redes sociales. Caminó de regreso a su habitación y vio junto al buffer los discos con sus capítulos pendientes de la octava temporada de Supernatural. Encendió el televisor y el Blu Ray, puso a rodar el disco, y se metió en la cama con Dean y Sam.

Ed, Ed, Ed... ¡Maldito fiscal!

De mala gana apagó los aparatos, se estiró hasta alcanzar la mesa de noche y tomó la computadora, la encendió y entró a su cuenta de correo electrónico. Había algo más de dos docenas de e-mails, suspiró y empezó a revisarlos con tedio, hasta que se topó con el cuarto mensaje.

De: Edward Cullen

Asunto: ¿Me evade?

Sin pensarlo lo eliminó. ¿Acaso no iba a poder deshacerse de ese hombre? ¿Pero qué clase de autoconfianza tenía el tipejo? Peor aún, apenas si se imaginaba el tamaño del ego del individuo que no conseguía aceptar una negativa, ella definitivamente no iba a seguírselo nutriendo. Cerró la sesión y se dedicó a tontear en las redes sociales, intentando a toda costa distraerse y olvidar el bendito correo.

Una fiesta de brazos, piernas, bocas y sexos jadeaba y gemía en el apartamento de los primos Cullen. La voz grave de Mikkel Hess se dispersaba por la habitación ejerciendo un efecto aletargador y casi narcotizante, mientras una mujer en tono sensual le cantaba dulces palabras de obediencia y le suplicaba por ser compensada con placer.

Tres morenas estaban de pie, mientras una rubia a gatas gemía con estrépito cada vez que Jasper sacudía su cuerpo con poderosas embestidas, enviándola frenética con la boca abierta a recibir la impresionante erección de Edward. A su lado, la primera morena arqueaba el cuello mientras Edward le amasaba y devoraba los voluptuosos senos. Bajo ella, la segunda morena besaba a Jasper mientras era masturbada por la entusiasta tercera morena.

Edward le acarició la mejilla a la chica que tan alegremente le estaba regalando una mamada, y en un solo y sencillo gesto, los cuerpos se separaron, ávidos de las siguientes instrucciones del maestro de orquesta. Con un dedo, Edward le indicó a la morena que besaba a Jasper, que se acostara en la cama.

—Ábranla para mí —les ordenó a las otras dos morenas, que rápidamente apartaron cada una los muslos de la chica que se retorcía impaciente en la cama.

Comprendiendo la orden silenciosa, la rubia le estiró los brazos a la mujer, sujetándola por las muñecas e inmovilizándola por completo contra el colchón. Jasper se acercó a ella y con una sonrisa guasona la amordazó con besos. Edward se cambió el preservativo, y en ese mismo instante la penetró de una sola estocada, haciéndola gemir escandalosamente cada vez que arremetía dentro de ella, sin piedad y sin descanso.

—Es mi turno, Ed —suplicó una de las morenas en la cama.

—Trae el agua —le dijo Edward con una sonrisa sesgada.

La mujer diligentemente se bajó de la cama y tomó de sobre la otomana una bandeja de cerámica negra con una alta jarra del mismo material, y dos toallas negras a cada lado. En el momento en que retornó, Edward estaba saliendo de la chica que seguía besando a Jasper, enroscando su lengua contra la del rubio y mirando seductoramente a sus acompañantes, incitándolas por más.

La obediente morena levantó la jarra y dejó caer agua sobre el pene de Edward, lo secó, y abriendo un condón, capturó la punta entre la lengua y el paladar y lo deslizó por la gruesa erección, estirándolo al final con el apoyo de sus manos. Edward la ayudó a arrodillarse en la cama y la embistió desde atrás, haciendo que sus senos se zarandearan en cada acometida. Jadeando gustosa, envolvió sus brazos en el cuello de Edward y apoyó la cabeza en su pecho, cerrando los ojos al placer al tiempo que la restante morena juguetona, tocaba y besaba sus pechos.

Dedicándole una provocadora mirada a Jasper, la rubia gateó y se metió entre las piernas de la chica que aún lo besaba y le repasó el sexo con una larga lamida, sin desprender sus ojos del rubio ni una sola vez.

—Más —le exigió Jasper irguiéndose sobre una pierna y penetrando la boca de la morena que jadeaba con las manos apretadas en los cabellos de la rubia.

Una hora después, volvían a apretujarse unos contra otros, esta vez en el jacuzzi, resbalando sus cuerpos mojados y sin inhibiciones.

Hasta casi despuntar la mañana, las chicas cayeron dormidas en la habitación de invitados donde habían iniciado su fiesta, Jasper se despidió de Edward, y cada uno se encerró en su habitación buscando el muy merecido descanso.


El nombre original del protagonista es Samuel de alli que sea Sam igual que el de Supernatural.

Un poquito subido de tono el final de este capitulo ¿eh?

¿que les parecio?

No creen que merezca Reviews.