CAPÍTULO 5
Ella nunca lloró, ni siquiera se quedó sin aliento cuando el látigo desolló su delicada piel.
Edward estaba encadenado a la cama de Odette. No había marcado a Bella como hubiera querido, pero de alguna forma estaba en sintonía con ella. De una manera que dudó hubiera estado alguna vez con alguien más. No debería haber sido capaz de centrarse en ella, especialmente desde que había estado luchando contra el deseo candente de su cuerpo. Y su sangre. Todos los demás pensamientos se habían empañado y hecho insignificantes en comparación.
Ahora, sentía furia. Tanta furia, que cada pedazo de ella estaba nivelado en los guardias.
La habían arrastrado a lo largo del opulento corredor lleno de retratos de la reina y sus hijas, por la escalera de caracol con alfombras de terciopelo oscuro, y por la sala de banquete extravagante. A pesar de que ella ya no estaba en el dormitorio, Edward todavía podía verla. Como si sus mentes estaban de alguna manera conectadas. Bella luchó todo el camino. Sólo cuando la inclinaron sobre la mesa, la cara presionando en la madera pulida y la despojaron de la parte de atrás del vestido, entonces se calmó.
Jadeando, torció la cabeza para mirar a la reina. La Reina de Corazones, una mujer conocida por cenar el órgano todavía latiendo, por los hechizos y encantamientos utilizados en su búsqueda incesante de la juventud.
—No lo hagas, —declaró Bella—. No hubo ánimo de ofender.
La reina levantó una de sus muchas barbillas, balanceándose las que estaban debajo.
—No obstante, es un delito lo que hiciste.
—Lo siento.
—Lo sentirás aún más.
—Por favor, —dijo Bella, la piel pálida por el miedo, y brillante por el esfuerzo—. Dame otra oportunidad.
Tal vez la reina respondió. Edward nunca lo sabría. Estaba demasiado centrado en la espalda de Bella, llena de cicatrices. Más de las que podría contar posiblemente. Se enroscaban desde la columna hasta el tórax, rojas y furiosas insignias de dolor. Se extendían pasando el material del enorme vestido, tal vez incluso abrazando la longitud de las piernas.
¿Qué diablos le habían hecho?
La culpa saltó hacia atrás en un instante, aplastando la vida, y fue incapaz de destruirlo esta vez. La había colocado en esta situación. Esta delicada mujer, encantadora con un aroma tentador, se había ofrecido a él. El único atisbo de luz en un vacío oscuro. Había venido a salvarle, había confiado lo suficiente para estar a horcajadas sobre él mientras hablaban. A frotarse contra él, acelerando su deseo a alturas sin igual, incluso sin clímax. Y su resistencia... por los dioses, había querido anularlo. Aun quería. Quería que ella conociera su mordida, su beso.
Su posesión.
Tal vez no era más que un reto que tenía ganar. No le importaba. En pocas palabras, ella era suya. No tenía dudas. Mía, sus células seguían gritando. Toda mía.
No podía permitir que fuera azotada.
Edward miró la llave que descansaba al lado. Bella se la había arrojado y había aterrizado en el colchón. Un gesto valiente de su parte, pero inútil. No podía doblarse lo suficiente para llegar a ella con la boca, ni doblar las manos para agarrarla. No podía hacer nada. Sin embargo, el hecho de que ella lo había intentado, que había pensado en él antes que en su propio riesgo... le afectó. Él iba a escapar. Pero antes la salvaría.
Nunca antes le habían dejado fuera de su propia celda, sin guardias a la vista u ocultos a corta distancia. Tiró de las esposas. Los eslabones de metal rasparon la piel ya cortada, cavando profundo, mucho más profundo. Se había lastimado mientras se estiraba hacia Bella, pero esta vez no le importaba, no había sentido el aguijón de dolor, pero si el de la pasión. Ahora, sintió el dolor. No obstante, eso no le detuvo.
Al igual que antes, los pestillos le sostenían tanto a él como a la cama. Apretó los dientes. El odio por Tania, su madre e incluso Delfina creció de manera exponencial. Destruir...
Cerró los ojos, concentrándose en el poder que todavía vagaba en su interior. Allí estaba, oscuro, tan oscuro, agitándose, una tormenta sin explotar a la espera, desesperada por ser desatada, y todo lo que tenía que hacer era romper la jaula de cristal que se había erigido en su interior.
Una jaula de cristal con grietas finas, como ríos que lo atravesaban desde el centro.
Explotar. Golpeó contra el cristal, una y otra vez. Nada. Se desgarro a sí mismo. Todavía nada. ¡Maldita sea!
—Ahora, —oyó decir a la reina, volviendo a Edward al presente. A Bella y su conexión. De alguna manera, bastante de su magia se había escapado permitiéndole seguir viéndola a pesar de la distancia entre ellos.
El cuero silbó en el aire. El primer golpe cayó. Jane cerró los ojos y apretó los labios. Hizo una mueca, pero no emitió un solo sonido.
Lo habían hecho. La habían azotado.
Al mismo tiempo, algo dentro de Edward se rompió. No fue la jaula de cristal, sino algo mucho más peligroso, rugiendo como un animal salvaje empujado más allá de sus límites.
Desde el primer momento en que Edward había visto Bella, su cuerpo había reaccionado ante ella. Había experimentado la lujuria, la culpa y la posesividad en diferentes grados. Ahora, la posesividad, simplemente se hizo cargo
Mía, volvió a pensar
Esta vez, la palabra surgió desde lo más profundo de su ser, tan imparable como una avalancha. No pudo entender el furor que acompañaba al pensamiento, y se negó a considerarlo por el momento. Más tarde. Él podría reflexionar más tarde. En este momento, más que nada, sólo sabía que ella era su salvadora, su mujer, y nada más le importaba.
Los guardias la habían tocado, le hacían daño. Iban a morir. Dolorosamente. En el momento en que terminara con ellos probablemente le darían las gracias por darles muerte.
Todo lo que tenía que hacer era liberarse a sí mismo. Y lo haría. Nada le detendría. Ahora no, nunca más.
—Pronto —por fin había llegado.
Ser un vampiro mágico, como Bellale había llamado, no le iba a ayudar, lo sabía. Sin embargo su determinación se intensifico. Se mezcló con el odio, quemándole con la posesividad. El la alcanzaría solo con su firmeza, la salvaría. No importara lo que tenía que hacer. Su mirada se desvió a las muñequeras y se estrecho. Sin los pulgares, las manos se deslizarían fácilmente.
No tenía que pensar en ello. Adiós, a los pulgares.
Mordiéndose la lengua por el dolor que sabía iba a venir, cerró las manos, los pulgares hacia fuera, en la cabecera. Crujieron. Los huesos se rompieron con ese primer golpe. Contuvo el aliento, y al igual que Jane, no emitió un sonido. Punch, punch, punch. Cada nuevo golpe causó más daño, rasgando tendones, rasgando músculos, aplanando el hueso.
En el momento en que terminó, estaba sudando, sangrando, las manos inertes. Pero la mitad superior estaba libre. Con un gruñido, se puso derecho. Oyó el silbido de cuero a través del aire. Una suave inhalación de aire. Otro azote contra la delicada piel de Jane.
La piel que quería acariciar.
Sus manos estaban demasiado mutiladas para agarrar la llave. De hecho, el esfuerzo envió el pedazo de metal al suelo deslizándose con un tintineo. La necesitaría más adelante, para quitar el engarce del cuello. Así que lo recogería con su boca después de haberse liberado a sí mismo.
Con los ojos entornados, miró a sus pies. En un ángulo diferente, los pies se deslizarían directamente a través de los anillos de metal. Y todo lo que tenía que hacer para lograr ese ángulo era romper todos los huesos que se extendían desde el tobillo hasta los pies.
Edward comenzó a patear el estribo.
Bella cerró los ojos para ocultar las lágrimas, tratando decididamente no derramar ninguna. No era como si nunca hubiera experimentado el dolor antes. Por el amor de Dios, su columna se había roto, con las piernas inservibles por meses. Fue la primera cirugía. Y después, cirugía tras cirugía para fijar los huesos en su sitio. Luego, por supuesto, la rehabilitación.
Por lo tanto, ¿este azote?, ni siquiera un punto luminoso en su radar de agonía. Y, sin embargo, la humillación de ser doblada sobre una mesa, la ropa arrancada, las cicatrices reveladas a aquellos que buscaban hacerle daño, su cuerpo ligado con lazos que no podía ver, ¿era magia? Estuvo a punto de anularse. ¿Y por qué? ¿Por no hablar con una mujer gorda, fea cuando la convocó?
Pobre Odette. ¿Era así como había vivido? ¿Siempre temiendo el siguiente castigo que vendría? Y el pobre Edward. Bella no podía culparle por hacer todo lo que estuviera a su alcance para salvarse a sí mismo. Habría hecho lo mismo.
De hecho, se podía culpar sólo a sí misma por ello. Si hubiera escuchado aEdward, y le hubiera liberado cuando él se lo dijo, ahora estarían muy, muy lejos de este horrible lugar. Bueno, Edward podría estar lejos. La habría dejado atrás. Y todavía podía, pensó. Durante la conversación, no había obtenido una promesa de él. De mantenerla con él, o de protegerla. Y ahora, era ya demasiado tarde. No había manera de que le dejara atado después de esto. No por ninguna razón. Ella le liberaría en el momento en que estuviera en condiciones físicas, luego se podría ir por su cuenta.
Tonto de su parte, tal vez. Probablemente. Bueno, definitivamente. Dejándose separar de la única persona que sabía quién era y la única persona que podía llevarla a casa... Tan malditamente tonto. Pero no la iba a detener.
Y, wow. Bella Swan, considerada como una tonta. Esta era la primera vez. Se rió sin humor. Una revelación frente al dolor. Qué bonito.
— ¿Te divierte? —exigió la reina.
Bella se negó a contestar.
Hubo un chillido de indignación.
—Es evidente que no la golpea lo suficientemente duro. Tú. —La reina chasqueó los dedos—. Toma el látigo. Tus brazos son más fuertes, como bien puedo dar fe.
¡Ah!, asqueroso.
Una pausa, y luego el látigo continuó descendiendo. Duro, mucho más duro. Una y otra vez. Los minutos corrían. Aún así, Jane no emitió un sonido. Quiso irse a casa. De vuelta a su vida aburrida, donde todo estaba en control. El látigo dejó de caer. Por fin. Un indulto.
— ¿Finalmente has aprendido la lección, Odette? —La reina preguntó expectante—. ¿O tengo que quitarte la piel de las piernas, también?
Bella abrió la boca para decirle a la perra que se fuera al infierno, sin ignorarla esta vez. Pero se contuvo antes de que las palabras se escaparan. ¿Esta gente creía en el infierno?, o ¿ni siquiera sabían lo que era? ¿Anunciaría su humanidad y perdería la poca protección que tenía al ser considerada como la princesa Odette?
—Silencio, no te…
Un rugido hizo eco en las paredes. Áspero, gutural con una promesa de dolor.
Todo el mundo en la sala se tensó. Bella se olvidó de respirar. Ese sonido... nunca había oído algo así. Era un animal en libertad. Un león, probablemente. Eso justamente debía ser. Y claramente, la gente estaba en el menú.
Otro rugido, seguido por la caída de muebles y la ruptura de adornos. Gritos de agonía. Jadeos. Pasos acelerados. ¿Se habían marchado los guardias?
—No me dejen aquí, —gritó.
— ¿Qué está pasando? —Replicó la reina. Bien. Bueno. Ella todavía estaba aquí. La muy maldita—. Tú, ve a averiguarlo. Tú, serás mi escudo.
—Libérenme, —exigió Bella—. Ahora.
No le prestaron atención.
Uno de los guardias se dirigió hacia la entrada, donde otros guardias se apresuraban a entrar para escapar de la bestia. Pero no llegó a salir de la sala. No vivo. Hubo una mancha de movimientos borrosa. Entonces sangre húmeda. Un cuerpo sin cabeza que caía.
Por el rabillo del ojo, vio a Edward. Era un desastre. Cubierto de sangre, cojeando, sus brazos colgando a los lados. Sus colmillos expuestos en un gesto temible, carmesí. Y ella lo supo.
Él era el animal.
Gracias a Dios. Parte de la tensión se disipo. De alguna manera, había logrado escapar. Su plan para destruir a la gente que vivía dentro de este palacio ya estaba en marcha.
Antes, había pensado que habría sobrevivientes. Ahora, no tanto.
Edward arremetió contra otro guardia, golpeando su hombro en medio del hombre, empujándole hacia atrás. El guardia colisionó con otro. El que tenía el látigo. Los dos cayeron al suelo. Edward cortó el cuello del azotador y le sacudió, un lobo con su primera comida en meses. Gritos... silencio... la muerte...
Así Bella fue liberada de todo lo que la retenía. Se enderezó. Lanzas afiladas de dolor tiraron de la espalda, girando en espiral por el resto del cuerpo. Apenas se dio cuenta. Su vestido resbalo de los hombros, dejando al descubierto los pechos por un momento. A toda prisa enderezó el material, sosteniéndolo.
Los ojos plateados y dorados de Edward se posaron en la reina, que ya no estaba protegida por un hombre. Sangre y otras cosas, goteaban de su boca. Su expresión era tan oscura, tan asesina, que incluso Jane retrocedió lejos de él. Era un espectáculo temible. Un guerrero con sed de sangre, su único objetivo era la destrucción de cada uno y de cada cosa alrededor.
Avanzó hacia la reina.
—Morirás. Tú morirás.
— ¿Cómo te atreves a amenazar a mí y a mi gente de esta manera? —Rompió la perra—. Yo te permití vivir después de que atormentaste a mi hija mayor, ¿y ahora crees que puedes escupir sobre mi misericordia? ¡Guardias!
No llegaron los guardias. Tal vez estaban demasiado ocupados estando muertos.
—Ella... es mía, —gruñó Edward, moviéndose para cubrir a Bella al tiempo que avanzaba hacia la reina. Había algo malo con sus pies, los tobillos estaban torcidos en un ángulo extraño, sin embargo, sus pasos fueron medidos, avanzando con determinación.
La reina levantó la montaña de barbillas.
— ¿Crees que puedes proteger a mi hija de mí? ¿La hija que trataste de asesinar?
— ¡Mía!
—Vamos, entonces, esclavo. Ven a buscarme.
El corazón de Bella golpeó con fuerza renovada. Las piernas le temblaban. Este era un enfrentamiento que la reina no podía aspirar a ganar. ¿No? Por favor, que este en lo cierto.
Edward saltó.
Sonriendo, la reina estiró un brazo y las ondas de energía latieron desde ella. El aire brillaba a su alrededor, espeso. Edward se estrelló contra un muro que Bella no podía ver, rebotando hacia atrás.
Otro rugido salió de su garganta mientras se ponía de pie. Golpeó los puños heridos en un escudo invisible, los colmillos se mostraban intermitentemente.
La reina se rió, con aire satisfecho.
— ¿Lo ves ahora? Incluso cuando estabas mucho más fuerte, no podías tocarme. Estoy más allá de tu alcance.
Pasos resonaron más cerca, y Jane miró con ojos muy abiertos, como la segunda línea de defensa entraba en la habitación. En definitiva. Había más guardias, después de todo. Este nuevo contingente tenía espadas y lanzas, y cuando vieron al ensangrentadoEdward, entraron en acción.
— ¡No! —Bella se lanzó delante de él. La acción nacida del instinto en lugar del pensamiento. Sabía muy bien que los vampiros también podían morir. Y ella no quería a Edward muerto. No podía verlo, no quería presenciarlo.
Brazos fuertes se cerraron en bandas alrededor de su cintura y tiró de ella hacia un cuerpo duro. El instinto la domino y, por un momento, luchó, a patadas y codazos.
—Eres mía. Estate quieta.
Edward. Se relajó, a pesar de su naturaleza de animal furioso. Él estaba caliente junto a ella. Sólido y fuerte a pesar de las heridas. Incluso decadente. Su inhalación venía tan rápido, que se invadió del perfume de madera y sándalo que emanaba de él y que ya estaba empezando a amar.
Bien, entonces. Iban a morir juntos, pensó vagamente. Había sobrevivido a tantas cosas el pasado año. El accidente de tráfico, lesiones que habría matado a la mayoría de la gente. Las lesiones que deberían haberla matado. Especialmente desde que había anhelado la muerte. Y no había hecho nada para ayudar a su propia causa.
Había estado tan perdida, preguntándose. ¿Por qué ella? ¿Qué era tan diferente, tan especial, acerca de ella que podía soportar lo que otros no podían? Nada, eso es lo que tenía.
Y ahora que quería vivir, por fin iba a morir. La ironía en su máxima expresión. No le permitirían conocer mejor a Edward. No podría pasar más tiempo con él, reír con él o hacer el amor con él.
Tendría que haberle besado antes.
—Eres mía, —repitió Edward en su oído—. A salvo. —Había extendido un brazo, imitando a la reina, y el aire alrededor de ellos había comenzado a brillar, ¿formando un escudo...? ¿Para ellos?
Su boca abierta, mientras los guardias se estrellaban contra el escudo y volaban hacia atrás. Como Edward había hecho.
Un suspiro se le escapó.
— ¿Cómo hiciste...?
—Camina, —dijo Edward , con voz ronca. La única palabra que emitió era frustrante, aunque bienvenida. Él le dio un codazo para que avanzara.
Un paso, dos. Ella avanzo pesadamente entre los cuerpos caídos, tendidos salvajemente a su alrededor. Los que permanecían de pie fueron empujados fuera del camino por el escudo. Fuera de la habitación del comedor había un vestíbulo. Amplio, con puertas en todas las direcciones. ¿Exactamente dónde se suponía que tenía que ir?
Tania corrió por la escalera, su cabello castaño volando detrás. El reloj de plata golpeaba contra su pecho. Cuando vio a Bella y Edward, se paralizó.
Edward le gruñó. Bella se dio cuenta de que él tenía la intención de acortar la distancia hasta ella y atacarla. Pero rápidamente cambió de opinión. Su brazo libre se cerró en torno a Bella, una vez más, con la otra se aseguraba que el escudo nunca vacilara.
—Es mía.
A ella le estaba empezando a gustar este sentido de posesión.
La mujer más joven estaba respirando pesadamente, con ojos verdes brillantes de celos y odio.
—¿Es tuya? ¡No es tuya! Odette, quiere matarte. ¡Lucha contra él! Utiliza tu magia.
Bella la apagó.
El shock sustituyó a la ira, pero sólo por un momento. Cuando la princesa recobró su voz, gritó:
—¡Que alguien los detenga! ¡Ahora! —Pero los guardias aún no podían penetrar el escudo—. Él está embrujando a Odette.
—Necesitamos magia, princesa, —dijo uno de ellos—. Lance un hechizo para nosotros. ¡Cualquier cosa!
—No hay magia, —Tania rechinó sin vacilación y con un breve destello de pánico. Y luego le dijo a Edward—, ¿piensas que ataría tu fuerza de vampiro y tus capacidades, y no te hechizaría para permanecer aquí siempre? Es posible que abandones el palacio, pero volverás. Te lo prometo.
Otro rugido brotó de la garganta de Edward, tan ferviente, que incluso el cuerpo de Bella vibró.
—La puedes matar si quieres, —dijo Bella—. Puedo esperar.
Edward apretó su agarre.
—Eres mía.
Al parecer, su protección era más importante que vengarse. Qué había cambiado en su mente, Bella no lo sabía, pero su decisión fue un regalo. Algo mejor que un diamante. Algo que ella no podía devolver.
Sí, realmente debería haberle besado cuando había tenido la oportunidad. Una vez que estuvieran a salvo, remediaría ese error.
Tania alzó las barbillas, recordándole a la reina. Sonriendo, dibujó círculos alrededor del centro del reloj con la punta del dedo índice.
—Adelante. Inténtalo. Fallarás.
—Camina, —repitió Edward.
¿Dónde? —Preguntó Bella, ajustando su dominio sobre el vestido.
Edward no volvió a hablar, pero la guió hacia uno de los portales. Utilizó su hombro grande y fuerte, para empujar y abrirlo, con cuidado de que no la tocaran. Las endorfinas estaban nadando tan poderosamente a través de sus venas, que podrían haber derramado sal en las heridas y no lo habría sentido. Aún no.
La luz de la luna plateada surgió a la vista. Al igual que una gran extensión de terreno llano, con hombres y mujeres vestidos que se movían sin prisa, con alegría. Los niños bailando alrededor de ellos. Más allá, Bella vio árboles. Kilómetros y kilómetros de árboles blancos, sus hojas se mecían, bailando como fantasmas ebrios. El paisaje era algo familiar para ella, como si hubiera estado aquí antes. ¿Cómo...? ¿Por qué...?
Bella sólo podía boquear, luchando por entender hasta que Edward la dejó en libertad, y sus ideas cayeron en picado. ¿Ya la abandonaba? La decepción la sacudió. Le había gustado su tacto. Quería más. Tal vez para siempre. Cosa que la hizo tan tonta como lo había sido antes. Gracias a Dios, no se separó por mucho tiempo. Se trasladó a su lado, le apretó la mano tan fuerte como pudo, que no era mucho teniendo en cuenta el daño que se había infringido, y tiró de ella hacia la multitud.
—Por este camino.
Un niño la vio, y se dejó caer en un arco. Murmurando se levantó, y todo el mundo con rapidez siguieron su ejemplo. Los pasos de Jane vacilaron.
—Uh, hola, —dijo, sin saber qué más decir.
—Princesa, —murmuraron. No sonaban felices, sino con miedo.
—Escapa... más rápido... —dijo Edward con un codazo.
—El placer es mío, —murmuró Bella, lanzándose a la carrera.
