Disclaimer: Kuroshitsuji no me pertenece, es propiedad de YANA TOBOSO.

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Capítulo 6: Ese mayordomo, apoya.

En un estudio se podía observa a cierta castaña en busca de unos papeles, sentada en aquella silla que intentaba sustituir la inexistente movilidad de sus extremidades inferiores. Aquel día se había despertado a la hora habitual, aseándose con parsimonia bajo el cuidado de una de las sirvientas y posteriormente ayudada con la vestimenta diaria, que en aquel caso, correspondía a un vestido de manga larga, apenas dos dedos más arriba de la rodilla en largo. El día estaba nublado, provocando que una brisa fría estuviera presente aun cuando la calefacción de la mansión estaba encendida, con el fin de temperar el ambiente.

Unos calmados golpes en la puerta llamaron la atención de Aira, soltando un "Adelante" en un tono de voz lo suficientemente alto como para ser escuchado desde afuera, momento en que la puerta se abriría para dar paso a un mayordomo vestido de negro que empujaba un carrito, movilizando una bandeja que contenía una taza y una tetera, indicando que era hora de su té, el que no había bebido durante el desayuno.

-Traigo su té, joven ama- informó el moreno en una pequeña reverencia, acercándose luego hacia el escritorio de la Phantomhive, en donde depositaría la taza para verter el té luego.

-Qué bien huele, Sebastian- la joven no pudo cerrar un momento los ojos, inhalando el aroma que desprendía el té con tan sólo ser vertido en aquella, visible, costosa taza. Con cuidado tomó el objeto desde el asa al ser llenado, acercándolo a sus labios y dando un pequeño sorbo, intentando no quemarse. Un dulzor invadió su boca, reconfortando su fría anatomía con el calor del té. –Té Ceylan, ¿No? Y con un poco de leche; supongo que debiste saber que lo amargo no va realmente conmigo- y al terminar la oración, una pequeña risilla divertida se escapó de entre los labiales femeninos, dando un nuevo sorbo al té y dejando luego la taza en su lugar, para que se enfriara un poco.

-Por supuesto, debo saber todos los gustos de mi joven ama, es una regla esencial de todo mayordomo- aceptó tranquilo el de ojos carmesí, dedicando una pequeña sonrisa a su contratista, la cual habría de ignorarle al no estar prestando atención, puesto que había vuelto a la tarea de buscar los papeles de un principio. –Si puedo ser de ayuda, ¿Qué es lo que está buscando?

-Papeles- indicó la joven casi al instante, sonrojándose tras eso por su momento de divagación; era obvio que buscaba papeles, se podía notar en el escritorio atiborrado de ellos. –Documentos de Fantom. Ahora que me han dado el alta, debería comenzar con los procedimientos para la presidencia de la compañía, sé que soy joven para el cargo, pero es mi deber tomar la responsabilidad, aun cuando no sea aceptada del todo como cabecilla.

El mayor, con cuidado, fijó su vista en toda la extensión del escritorio, tomando, tras unos minutos, una carpeta que por poco caía del lugar. -¿Será esta?- preguntó al aire, abriendo aquella para dar una pequeña hojeada a los papeles que archivaba. La vista azulina se dirigió a lo que sostenían las enguantadas manos, provocando que sus orbes se abrieran un poco más de lo normal. Había estado buscando esos papeles de hace horas, y aquel mayordomo sólo llegaba y los encontraba como si nada, mejor hubiese sido pedirle ayuda desde el inicio, así no habría perdido tanto tiempo.

-Exactamente esos, gracias por encontrarlos- una sonrisa agradecida se plasmó en los labiales de la fémina, la cual dedicaría al moreno al momento de que éste le entregara la carpeta con los documentos necesarios. Sin esperar más, Aira comenzó a revisar los papeles mientras su espalda descansaba contra el respaldo de la silla; no había tomado en cuenta el cansancio que le causaría estar buscando aquellas hojas en su condición, sobre todo porque el escritorio tenía un tamaño bastante considerable, y la anatomía de la chica tenía que estar bastante inclinada hacia el frente para alcanzar todo lo que necesitaba. Una sonrisa se hizo presente, una vez más, en sus labios, alzando la vista hacia su acompañante, que se encontraba observándola en todo momento. –Prepara el auto pequeño, Sebastian; debemos partir-.

-Yes, my fair lady.

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Faltaban pocos minutos para llegar al edificio de la compañía y Aira estaba nerviosa desde que habían salido de la mansión. Sebastian se encontraba en el volante, manejando el automóvil como si siempre hubiese estado en uno y no como si hubiese aprendido apenas ese día, y así había sido. El mayordomo no había conducido antes, pero apenas fueron suficiente unos minutos de reconocimiento del sistema de aquel para que lo dominara casi al instante, transformándose en un experto en la conducción. Sin embargo, la joven no se encontraba nerviosa ante la situación aquella, confiaba bastante en el moreno; lo que la ponía en ese estado era que no sabía exactamente cómo comportarse frente a los demás en la compañía.

El auto se detuvo frente a un alto edificio, el que tenía impreso en letras bastante grandes el nombre de "Funtom", indicando que ahí se realizaban las operaciones de la tan grande compañía de juguetes. Sebastian se bajó del auto y en un grácil movimiento abrió la puerta trasera de su mismo lado, a donde Aira se acercó gracias a sus manos. El mayordomo abrió la cajuela y de ahí sacó la silla de ruedas, cerrando y volviendo donde la joven, a quien ayudaría a sentarse en ella.

-Gracias- susurró en una voz bastante débil, intimidada un poco por lo imponente que se veía el edificio frente a ella. Sin pensar tomó la mano del mayordomo, intentando darse valor. –Ni se te ocurra dejarme sola, Sebastian- murmuró más para sí misma, pero sabiendo que el aludido escucharía de igual forma.

-No se preocupe, joven ama; no la dejaré por ningún motivo- respondió el de orbes carmín, dando un sutil agarre a la mano de la fémina, la cual, al sentirlo, volvería a la "realidad", soltando la mano enguantada con prisa, bastante sonrojada y bajando el rostro, intentando ocultarlo con su cabello.

Con una pequeña risilla divertida, Sebastian comenzó a empujar de la silla, adentrándose en el edificio junto a Aira, que miraba todo el lugar en un leve reconocimiento. Con lentitud, la castaña fue llevada hasta recepción, en donde estaba una chica joven, rubia, que era la encargada del lugar en el que se encontraba.

-¿Qué desean?- preguntó aquella chica con una aguda voz, observando a la pareja, sin embargo, la atención verdadera era netamente en el mayordomo, que se encontraba a las espaldas de Aira, con las manos empuñadas en la zona correspondiente de la silla para ejercer la fuerza necesaria en empujar.

-Buenas tardes, necesitamos ver a los encargados de la compañía- anunció Aira con una sutil voz, haciendo caso omiso a las miradas que la rubia le brindaba a su compañero. La aludida llevó esta vez los orbes hacia la ojiazul, observándola atenta.

-Dudo que una niña tenga algo importante que decir a los encargados. Y aún si así fuera, necesitarían una cita para ser atendidos- murmuró esta con un leve tono de molestia, sin prestar demasiada atención nuevamente a la que se encontraba en la silla de ruedas.

Aira, ya exasperada, se sentó lo más recta posible, apoyando las manos en su regazo en una solemne postura. –Soy Aira Phantomhive, dueña de la compañía Funtom. Avísele a todos los encargados que me encuentro en el lugar para una reunión urgente.- mencionó la joven Phantomive en una firma voz.

La recepcionista abrió los ojos más de lo normal al saber la identidad de la chica. Con prisa cogió el teléfono para informar de la situación, sonriendo cuando hubo de terminar la llamada. –Dicen que puede pasar, señorita Phantomhive. Y lamento lo ocurrido hace un momento- se notaba que en realidad no lo lamentaba, simplemente quería evitarse problemas con una "niña", sobre todo cuando esa niña era capaz de quitarle el buen trabajo que tenía y dejarla en la calle sin piedad. Sin embargo, era claro que Aira no era capaz de eso, así que simplemente se limitó a asentir con la cabeza en respuesta, siendo empujada luego por un silencioso Sebastian que simplemente había estado observando la situación, queriendo conocer todas las facetas que su joven contratante podía mostrar. Sin culpa ignoró todas las insinuaciones de la trabajadora, pasando de largo con su ama hacia el lugar al que tenían que llegar.

Si Sebastian hubiese sido el de antes, lo más seguro que hubiera hasta "coqueteado" como juego con la rubia, sin embargo, tenía que respetar el tercer punto del contrato actual, lo que le impedía jugar con las mujeres. Y tampoco es que fuese un problema para él, en realidad no le importaba en lo más mínimo aquello; se estaba divirtiendo bastante con Aira, y era suficiente para él. Lo demás era mero deseo mundano, cosa que no necesitaba.

Con tranquilidad abordaron el ascensor, o al menos eso es lo que quería aparentar la chica, ya que por dentro se encontraba bastante nerviosa e insegura. Pero esta misión era algo que debía de hacer ella, como la descendiente actual de los Phantomhive.

Con un pequeño aviso, Sebastian llamó la atención de Aira, quien observó las puertas del ascensor abrirse para dejarles salir de dicho lugar, y así dar paso a un largo pasillo, en donde irían pasando por varias puertas hasta la que debiera ser del salón principal de juntas administrativas.

-¿Está lista, joven ama? –susurró el mayordomo, inclinándose a un costado de la joven para poder observarle desde un poco más cerca.

La de orbes azules dio una bocanada de aire, elevando luego la vista hacia la carmín con el fin de enfrentarse a él. –Vamos, Sebastian-.

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Dos horas había durado la junta, la que estuvo llena de emociones. En total eran siete personas, donde el más joven no superaba los veintidós años mientras que el mayor tendría a lo menos unos sesenta. Eran seis hombres y una mujer, la cual era la más "centrada", o al menos de lo que se pudo observar en esa reunión. De los siete, cuatro estaban a favor de que Aira se hiciera cargo, siempre y cuando también pensara en la opinión de los presentes, entre ellos la mujer que representaba unos treinta y cinco años. Los restantes tres estaban completamente en contra, escépticos sobre la situación y desconfiados de la inexperiencia de la joven chica de quince años.

Aira había tenido que explicar y argumentar sobre su posición. Como dueña de la compañía tenía el poder suficiente como para que la dejaran en el lugar a pesar de todo, sin embargo ella quería el apoyo de los presentes y trabajar con ellos, así como lo había hecho su padre.

Al final, después de dos horas habían aceptado, a regañadientes los que no querían, pero aceptado igual. También, había tenido que explicar la compañía de Sebastian, el que estaría con ella en todo momento, en primera por su "condición", y en segunda porque era su "persona" de confianza, necesitaba una mano derecha en ese tipo de "trabajo".

Como acuerdo entre los presentes en la reunión, Aira iría a la compañía una vez por semana, exactamente los días lunes, para enterarse de lo que se estaba haciendo. El papeleo se lo llevarían a la mansión para que trabajase más a gusto. En todo momento de la reunión pudo sentir la mirada de los presentes, asumiendo que lo que más observaban era aquella silla de ruedas en la que estaba postrada. No le gustaban ese tipo de miradas, pero debía aguantar, no era de su estilo perder el control de sus emociones, no en un sentido "negativo".

Así, pasada la junta, Aira fue llevada por Sebastian hacia fuera de la compañía, en donde sería subida al auto en el que habían viajado para ir a la mansión de vuelta. Durante el camino, la quinceañera observó por la ventana, sin realmente prestar atención, puesto que su mente estaba invadida de recuerdos. Ni siquiera había escuchado cuando el mayordomo había informado acerca de la llegada a su destino, su pensamiento recién volvió al presente cuando se sintió cargar, dándose cuenta de que estaba en los brazos del moreno, quien la observaba con una pequeña ceja arqueada ante la abstracción de su ama.

-¿Se encuentra bien?- se atrevió a preguntar aquel, recorriendo a la joven con la mirada e intentando saber qué era lo que le sucedía.

Por otro lado, el rostro de Aira se encontraba teñido completamente de un sonrojo perceptible, frunciendo apenas el ceño en una molestia un tanto infantil, al verse "pillada". –Estoy bien, Sebastian. Puedes bajarme ya-.

-No se ve realmente bien, así que la llevaré así hasta su habitación. Le diré a uno de los sirvientes que saque la silla del auto mientras yo la llevo a usted- dictaminó el moreno, fijando sus ojos serios en ella, en una actitud que Aira no podría contradecir aun cuando ella era la ama. Soltó un bufido de rendición, cruzándose de brazos mientras era cargada por el mayordomo, el que había informado a uno de los sirvientes que había salido a recibir a la joven, para que llevase la silla hasta el cuarto de ella.

El demonio no pudo retener una sonrisa divertida al mirar la actitud que la señorita estaba teniendo, disfrutando de las reacciones que podía provocar en ella, sacándola de aquel marco que la caracterizaba como una recatada jovencita. Quería descubrir cada lado que ella poseía, y quería ser a quien ella se los mostrara de su propio gusto. Eran sentimientos egoístas, sí, ¿Pero es que acaso un ser infernal como él, se guiaba por lo considerado "bueno"? Simplemente se dejaba guiar por su sentir.

Llegando al lugar destinado, Sebastian depositó la anatomía de la fémina en la cómoda cama, la que se acomodó semi sentada, apoyando la espalda en los cojines que fueron amoldados por el mayordomo antes.

-Temo que la hora del almuerzo se pasó con todo lo acontecido, espero me disculpe- fue lo primero que dijo el mayordomo al haberse alejado unos pasos de la cama, pudiendo así realizar una reverencia de disculpas en una perfecta inclinación de noventa grados. –Sin embargo, traeré algo liviano para usted, no puede quedarse sin comer-.

-Estoy bien, Sebastian. Puedo aguantar hasta la cena- la voz de la joven fue despreocupada, acompañado de un movimiento de mano que le restaba importancia a la situación. Sin embargo, el rostro del moreno se endureció al escuchar esa respuesta, observándola cuando ya hubo de erguirse.

-No, usted debe alimentarse, joven ama. No puedo permitir que se quede sin comer, no es sano para usted- aquello fue dicho con una voz que no daba lugar a replicas, haciendo sentir pequeña a Aira, la que hizo un sonido con su lengua para luego girar el rostro hacia un costado.

-Está bien, como quieras- ordenó finalmente ella, en un comportamiento de niña. El de ojos carmín simplemente sonrió con un deje de superioridad, habiendo ganado aquella pequeña "discusión".

-Con su permiso- anunció con una nueva inclinación de su torso, caminando hacia la puerta, en dirección a la cocina.

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No pasaron ni quince minutos cuando ya había vuelto aquel, empujando el típico carrito de comida que contenía un plato de ensalada, acompañado de un vaso lleno de jugo de naranja natural.

-Está lista su comida, joven ama. Por cierto, hay alguien que la busca en la sala- informó Sebastian, acercando la comida a ella y dejando la bandeja que había estado cargando en el regazo femenino.

-¿Quién es?- preguntó mientras observaba aquello del plato, sin prestar demasiada atención a las palabras dichas por la masculina voz.

-Su nombre es Erick Phantomhive- fue anunciado por el mayordomo. Un pequeño ruido se hizo presente en la, hasta ahora, silenciosa habitación, que fue producto del choque entre el tenedor que había estado sosteniendo Aira y el plato de comida. -¿Qué sucede, joven ama?

La expresión de Aira estaba entre la confusión y la vergüenza. Sus mejillas nuevamente habían adoptado un tono sonrojado, mientras que su corazón daba unos cuantos fuertes latidos, mostrando su nerviosismo.

-Es mi… prometido-.