LOS NOVENTA DÍA DE ISABELLA
Isabella Swan estaba dispuesta a hacer todo lo que Edward Mansen le pidiera para obtener la firma de su empresa, aunque eso incluya la venta de su propio cuerpo.
Discraimer: Ni los personajes de crepúsculo, ni la historia me perteneces. Es una ADAPTACIÓN, que quede muy claro. Esto se lo debo a Lucinda Carrington.
George Fullerton había logrado regresar junto a ella. Miró al ruidoso grupo y meneó la cabeza.
— ¿Puedes creer que es también el cumpleaños de la señorita Chalfont, además del de Pete?
Capítulo 7
— ¿Chalfont? — repitió ella —. ¿Esa es Victoria Chalfont?
Fullerton le lanzó una mirada inocente.
— Sí. No la conocías, ¿verdad?
— He oído hablar de ella. ¿Cómo podría olvidar un nombre que suena tan falso?
— ¡Auuu! — se quejó Fullerton con una amplia sonrisa.
— Trabaja para Lucci's — añadió ella.
— Oh, ya lo sé. Es su nueva adquisición.
— ¿Qué hace aquí?
— Pete la conoce.
— Supongo que es probable que la conozca medio Londres.
La amplia sonrisa de Fullerton se hizo más ancha.
— Hoy estás inspirada, ¿verdad? Lo cierto es que Pete no la invitó, más bien se invitó sola. Está intentando captar nuevos clientes y aquí puede conseguirlo.
— Pues tendrá que ser un cliente masculino — se burló.
— Vamos, no seas mala. Tú misma dijiste que intercambiaste cumplidos con el señor Mansen porque es bueno para el negocio.
— ¿Por qué me has traído realmente, George? — preguntó.
— Quería venir acompañado.
Entonces sonó brevemente una bocina en el exterior y George Fullerton miró por la ventana mientras ella observaba a la gente. La multitud se separó para dejar pasar a Victoria Chalfont, que caminaba contorneándose como una modelo profesional. Era evidente que sabía que todos los hombres presentes la miraba, y no solo disfrutaba de ello sino que esperaba. Emitió un siseo al pasar junto a Isabella sin dignarse a dirigirle la mirada, dejando tras de sí la huela perceptible de un perfume caro.
No pudo evitar ponerse de pie y mirar por la ventana. Había un Mercedes junto a la vereda con el motor ronroneando. Le resultaba familiar.
Victoria Chalfont se dirigió hacia el coche. Edward Masen salió del lado del conductor, rodeó el coche y le abrió la puerta del copiloto. La mujer o besó en la mejilla y se deslizó con elegancia en el asiento, asegurándose de exhibir una larga pierna y un breve destello del borde de las medias mientras lo hacía. Sabía, por supuesto, que tenía una entregada audiencia observándola desde el pub.
— Un tipo afortunado — dijo alguien.
— Es un tema estrictamente de negocios. Ya la has escuchado.
— No me importaría nada que me premiara con esa clase de negocios — añadió otra voz. Todos se rieron.
— Lo único que necesitas es un millón de libras, un Mercedes y una operación de cirugía plástica para parecerte a Edward Masen — le propuso alguien.
— George, sabías que esa mujer estaría aquí — lo acusó ella.
— No lo sabía — aseguró Fullerton. Hizo una pausa —. Bueno, lo sospechaba, pero no estaba seguro. Imaginé que si la señorita Chalfont sabía que Pete y yo somos amigos vendría a evaluar la competencia. De hecho, todo ha salido mucho mejor de lo que esperaba. Es evidente que Edward ha entablado conversaciones también con Lucci's. Algo que, por otro lado, significa que está pensando seriamente en cambiar de agencia... — Se mantuvo un instante en silencio antes de añadir —. Pero también significa que la señorita Chalfont es tu rival.
¿Una rival? Las palabras rondaron por su cabeza durante el resto del día y el fin de semana. Sabía que George Fullerton se refería a rivalidad comercial, pero no podía evitar preguntarse si la señorita Victoria Chalfont sería también una rival sexual. ¿Le habría propuesto Edward el mismo acuerdo que a ella? ¿Iba a compararlas? ¿Tendría ella también la obligación de vestirse de una determinada manera para complacerlo o con ella practicaría un tipo de fantasía diferente?
Sabía que estaba siendo ridícula, no tenía ninguna prueba de que al señor Masen le interesara Victoria Chalfont por algo diferente a los negocios. El hecho de que lo hubiera saludado plantándole un beso en la mejilla no significaba nada, seguramente sería una de esas mujeres que repartía besos a diestro y siniestro, que besaba a todos sus conocidos.
El domingo por la tarde, Isabella dispuso sobre la cama la ropa que Edward le había enviado. Por desgracia los zapatos negros le recordaron de nuevo a Victoria, pero ignoró el pensamiento. Lo importante en ese momento era saber si podría salir con esa microfalda y la minúscula blusa.
Había poca distancia desde la puerta de su departamento a la calle, y después solo tendría que caminar hasta el coche de Edward. Además estaba segura de que la mayoría de sus vecinos había ido a pasar el fin de semana al campo. Pero ¿qué haría si de repente aparecía alguno y la reconocía?
Su aprensión desapareció después de aplicarse el maquillaje. Se miro al espejo. Con los ojos pintados de aquella manera, cargados de rímel, y los labios intensamente rojos, su apariencia quedaba modificada por completo. Cuando se soltó el pelo y se puso la ropa, la transformación fue completa.
No se la había probado antes porque no había tenido tiempo y, salvo aquel instante en que se los puso cuando los recibió, tampoco se había probado los zapatos. Se dio cuenta de que la falda era todavía más corta de lo que pensaba; apenas le cubría la entrepierna. Y la blusa resultaba realmente pequeña; se tensaba sobre sus pechos y quedaba tirante en los botones, transparentando los pezones a través de la fina tela. Parecía una prostituta. Nadie la reconocería. No podía creer que aquel maquillaje y esa ropa de putita la hicieran parecer tan diferente en un instante.
Se calzó y se puso de pie. A pesar de que los zapatos estaban ideados para obligarla a dar pasos diminutos y reducir su libertad de movimientos, había en su diseño algo excitante que la hacía sentir poderosa. Era como si gracias a esa incomodidad pudiera capturar y controlar a los hombres que disfrutaban mirándola.
Ensayó unos pasos y se dio cuenta de que si alternaba su forma de moverse no resultaba tan difícil contornearse. El principal problema no era balancearse al caminar, sino impedir que la falda se subiera a casa paso hasta la parte interior de la curva de las nalgas y evitar que el triángulo castaño de su vello público fuera claramente visible.
Esperaba no tener que cubrir una gran distancia caminando; sólo hasta el coche. No tenía duda de que Edward la recogería en coche y que, el sitio al que la llevaría, o cualquier cosa que hubiera planeado para ella, sería en un interior. No pretendería que se paseara por la calle vestida de esa manera.
Escuchó el poderoso sonido de un motor y se acercó a la ventana. Una inmensa motocicleta negra con un montón de piezas cromadas se detuvo junto a la vereda. El conductor estaba vestido de pies a cabeza con ceñidas prendas de cuero negro y llevaba un casco con una visera oscura cubriéndole la cara. Portaba otro similar en el brazo. Intentó convencerse a sí misma de que era un desconocido que esperaba a otra persona; que en cualquier momento alguien se subiría a esa máquina y se alejarían a toda velocidad.
Pero no. Había algo familiar en la alta y delgada figura, y cuando él tocó la bocina con impaciencia supo que estaba en lo cierto. ¿Una motocicleta? ¿Cómo iba a subirse a una moto con esa falda? Apenas era lo suficientemente larga como para cubrirle el trasero. Si se sentaba a horcadas sobre el asiento, se le subiría hasta la cintura.
¿De verdad esperaba él que se exhibiera en público llevando esa ropa que atraería todas las miradas, como si fuera de la clase de mujeres que los hombres consideran fáciles al instante? Su primera reacción fue de cólera, pero al momento admitió que la idea le resultaba excitante.
Se recordó a sí misma que aquella situación no había sido de su elección. Le era impuesta a la fuerza. Bueno, más o menos; podía poner fin a ese acuerdo en el momento que quisiera, pero eso también sería el fin de cualquier posibilidad de cerrar el trato con Edward Masen. Y el de cualquier posibilidad de un ascenso. Bajó la escalera y salió a la calle.
Él estaba parado junto a la poderosa máquina con el depósito cromado. Su ropa de cuero estaba hecha a medida y marcaba sus anchos hombros y delgadas caderas. Ella se dio cuenta de que la abultada cremallera del pantalón atraía su mirada y apartó la mirada con rapidez. No pensaba darle la satisfacción de saber que encontraba excitante su equipación sexual.
Lo vio mover la cabeza y supo que estaba siendo examinada.
— Estupendo — dijo él. Su voz resultó clara y diáfana, y se percató de que había un micrófono dentro del casco —. Levántate la falda.
No había nadie más en la calle, pero aún así se apretó las manos protectoramente contra los muslos.
— No llevo nada debajo — le aseguró.
— Eso espero — añadió él mientras le tendía el casco —. Ponte esto.
Ella lo tomó y lo sostuvo.
— No puedo ir vestida de esta manera.
— ¿Por? — parecía sorprendido —. Hace un día muy agradable.
— Es evidente por qué no. — Intentó tirar de la minúscula falda —. Sólo tienes que mirarme para saberlo.
— Estás estupenda — aseguró él, y ella supo que estaba sonriendo ampliamente — Ponte el casco. — Se cubrió el la cabeza con él y, tras escuchar un clic, percibió su voz en el oído —. Pareces la típica puta en moto. Voy a llevarte a dar una vuelta y te garantizo que lo recordarás durante el resto de tu vida. — Pasó una pierna por encima de la mato y quitó el apoyo antes de volver hacia ella aquella visera oscura —. Siéntate detrás de mí. — Ella vaciló —. A horcadas. — La voz fue dura —. O me largaré. Y si cualquiera que pase te echa u vistazo entre las piernas, no me molestará en absoluto.
La calle estaba vacía, pero podía haber alguien mirando por la ventana. Se acercó a la moto despacio. De repente se sintió como si estuviera participando en una obra teatral. Con esa ropa era una persona diferente y el casco aseguraba que nadie la reconociera. Dejaría que le diera una vuelta a la manzana. Cualquiera que la viera no tendría tiempo de darse cuenta de que estaba más desnuda que vestida.
Se sentó a horcadas sobre la moto y sintió el asiento caliente contra su piel desnuda. Sin saber muy bien cómo, logró meter el borde de la falda por debajo de las nalgas, diciéndose que si se apretaba contra el asiento, podría conservarlo allí. Bien, decidió, no era tan malo después de todo. Deslizó los brazos al rededor de la cintura de Edward, percibiendo la suave y excitante textura del cuero. La motocicleta rugió, alejándose de la vereda.
Pronto fue evidente para ella que él no tenía intención de llevarla a dar un breve paseo. Recorrió distintas calles secundarias y, antes de que pasara mucho tiempo, las vidrieras de las tiendas se habían convertido en casitas de campo. Los pocos peatones que caminaban por las calles se los quedaban mirando fijamente, aunque no sabía si por las poderosas y masculinas líneas de la motocicleta o por ella. De lo que se convenció con rapidez fue de que le iba a resultar imposible mantener la falda en su sitio.
Él dobló una esquina y ella se inclinó hacia un lado. El borde de la minifalda se escapó de debajo de sus nalgas y fue muy consciente de que cualquiera que fuera detrás de ellos en un coche tendría una vista perfecta de la hendidura de su trasero y de las redondeadas y blancas nalgas, abiertas por su peso contra el relleno negro del asiento.
Y había un coche detrás. Miró por encima del hombro y vio que el conductor sonreía de oreja a oreja. Intentó, sin éxito, bajar la falda.
— ¡Para! — pidió a través del micrófono del interior del casco.
— ¿Para qué?
— Nos sigue un coche. El conductor está mirándome.
Él se rió.
— Está mirándote el culo, ¿no? Y a ti te gusta, ¿verdad?
— Te aseguro que no. — Recurrió a su tono de sala de juntas.
Él se rió otra vez y llevó el brazo hacia atrás, apresando una de sus nalgas con la mano enguantada en cuero al tiempo que subía la falda aún más. Sus fuertes dedos masajearon, apretaron y pellizcaron su carne, obligándola a contornearse sobre el asiento, arqueándose contra él. El conductor de atrás tocó la bocina con entusiasmo.
— Ponte de pie. — La voz de Edward era dura —. Sube los cierres de la falda y hazlo feliz.
— No — protestó.
— ¡Hazlo! — ordenó.
Dirigió la moto hacia una estrecha calle lateral y redujo la velocidad. Desfilaron ante distintos portones de madera cerrados con candados y edificios deshabitados. No había peatones. El coche los seguía. De repente, ella se sintió libre. Era alguien anónimo con esa ropa, con el casco que le cubría la cabeza y los rasgos ocultos por la visera gris. No la reconocería ni su mejor amigo. ¡Al infierno la modestia y las convenciones!
Se puso de pie, apoyándose en los estribos, con las piernas dobladas y las rodillas hacia afuera. Él mantuvo la moto recta a baja velocidad. El coche frenó tras ellos. Ella encontró las lengüentas de los cierres y tiró, abriendo la falda a ambos lados. Los dientes metálicos hicieron un ruido desgarrador y la falda se redujo a dos partes.
Edward llevó la manos otra vez hacia atrás y alzó la posterior, exponiéndola por completo. Sabía que aquel lascivo y curioso desconocido disfrutaba ahora de una visión perfecta de su trasero desnudo.
— Te encanta esto, ¿verdad? — El coche los seguí lentamente sin alcanzarlos en ningún momento. La voz de Edward resonó burlona en sus oídos —. Apuesto lo que quieras a que ese mirón está en el cielo. No todos los días se consigue ver un culo como el tuyo sin tener que pagar por ello. — Bajó la velocidad e hizo señas al vehículo —. Bien, ha echado una miradita, pero vamos a ofrecerle un buen plano.
La moto se detuvo junto a la vereda y ella se sentó de nuevo en el asiento. El coche frenó cuando el conductor estuvo a su nivel y se abrió la ventanilla. Isabella pensó que parecía el tipo de hombre que tenía dos hijos adolescentes y la hipoteca casi pagada. Se preguntó cómo sería su esposa e imaginó que se mediana edad. Desde luego no sería el tipo de mujer que llevaría una blusa con voladitos y los botones a punto de estallar.
— Ya le ha visto el culo. — La voz de Edward le sobresaltó al llegar a través del altavoz del casco —. ¿Quiere verle también las tetas? — Ella se sorprendió al notas que la inesperada crudeza de sus palabras la excitaba. La voz resonó en sus oídos —. Enséñaselas.
Ella desabrochó los botones y se separó los bordes de la prenda sin pensar, exhibiéndose ante el desconocido. Comportarse así no era propio de ella y se sintió como si estuviera actuando en una película.
La sonrisa del conductor se convirtió en una mirada de sorpresa. Ella se puso las manos debajo de los pechos y los alzó un poco. El hombre frunció los labios en un silencioso silbido.
— En deliciosa, ¿verdad? — aseguró Edward —. Y le encanta que la acaricien. — Su voz sonaba dentro del casco —. Inclínate un poco, cariño. Déjalo tocar.
Otra vez, sintió una extraña sensación de irrealidad. Se giró hacia la ventanilla del coche. El hombre se deslizó en el asiento y estiró el brazo. Ahuecó la mano sobre el pecho, amansádolo suavemente y comenzó a frotarle el pezón semierecto con el pulgas, hasta que se irguió enhiesto y duro; muy sensible. Ella empezó a respirar entrecortadamente.
— Ya basta. — La motocicleta se movió, dejándola fuera del alcance del conductor, que volvió a agarrar el volante.
— Que se suba al asiento trasero — sugirió el hombre —. Se me ocurren otras partes de su cuerpo que también podría acariciar.
Edward giró la cabeza y con ella el casco. Su voz sonó levemente divertida.
— Resérvese para su mujer. Váyase a casa y dele placer...
— No puedo... — El hombre vaciló, sorprendido —. Me refiero a que ella no querrá...
— ¿Cómo lo sabe? ¿Le ha propuesto en algún momento algo inusual? No sea tonto, váyase a casa y sorprenda a su mujer de una vez en la vida. La apuesto lo que quiera a que a ella le encantará,
Edward aceleró y la moto rugió antes de salir disparada. Ella tuvo que rodearle la cintura con los brazos para mantener el equilibrio. Sus pechos desnudos se vieron presionados contra la sensual suavidad del cuero. La falda ondeaba tras ella. Para la protección que le ofrecía su ropa, bien podía haber estado desnuda.
— ¡Para! — gimió.
— ¿Por qué?
— Porque quiero ponerme decente.
— Te diría que no te molestaras — aseveró él —, pero de todas maneras, hemos llegado.
Se detuvieron en el camino de acceso ante un anónimo portón. Él bajó y lo abrió. Luego condujo la moto hasta un enorme patio que en su momento debió de pertenecer a una empresa constructora, con una zona con pavimento rodeada de pequeños cobertizos desvencijados y puertas de cocheras.
Él se bajó y la observó deslizarse del asiento. Luego apoyó la moto en el soporte y cerró el portón. Isabella tocó con nerviosismo los botones de la blusa y supo que él la observaba; las piernas abiertas embutidas en cuero negro y la cara oculta tras la visera oscura.
— ¿Te has excitado? — le preguntó. Parecía interesado.
Ella alzó la mirada.
— ¿Teniendo que comportarme como una puta en una moto? ¡Claro que no!
Él se rió.
— Milady, mientes muy mal.
Tenía razón, aunque ella nunca lo reconocería; apenas lograba hacerlo ante sí misma. Aquello la había excitado: la sensación de libertad, la certeza de que no la reconocerían... Jamás hubiera creído que la dura insistencia de los dedos de un desconocido acariciándola pudiera arrancarle una emoción sexual.
Llevó los dedos a la correa del casco, preguntándose qué habría planeado Edward. ¿Tenía intención de poseerla en uno de aquellos cobertizos abandonados? ¿Sobre los adoquines? Pensó que no era demasiado imaginativo, pero ¿qué otra cosa podrían hacer en un lugar como aquel?
— Déjate el casco puesto — ordenó él —. Y vuelve a sentarte donde estabas.
Sorprendida, se subió de nuevo al asiento.
— No, así no. — Se acercó —. En dirección contraria.
Ella obedeció, sintiendo el depósito de gasolina sobre las nalgas desnudas, entre sus piernas separadas. Él sacó dos estrechas corbatas de seda de uno de los bolsillos. La obligó a alzar los brazos por encima de la cabeza hasta colocarla justo como quería y le ató las muñecas al manubrio.
Después de contemplarla durante un momento, le subió la falda y le acarició el clítoris con suavidad. El roce de los dedos enguantados la hizo jadear. Esperaba que se abriera el cierre de los pantalones, se montara a horcadas en la moto y comenzara a satisfacer aquella creciente tensión sexual, aunque también esperaba que siguiente estimulándola un poco más.
Pero él dio un paso atrás.
— Estás casi lista — comento antes de darse la vuelta —. Caballeros, es toda suya.
