Disclaimer: Severus y Harry son creaciones de J. K. Rowling. Yo les he hecho gritarse, pelear y discutir, pero aunque también lo hacían en los libros hay otras situaciones que jamás pasaron por la mente de su escritora, ¿o sí?

Este capítulo que os dejo aquí es el más corto de todos, así que me parece una buena compensación por la larga espera a la que os sometí en el capítulo anterior. Sé que no servirá para que me perdonéis a mí o a Severus, pero espero que ayude a calmar los ánimos y sé que despejará algunas dudas sobre lo que Harry recuerda tras el obliviate.

Muchas gracias a todos los que estáis leyendo, y muy especialmente a papillon69, Lun Black, Mama Shmi, Paladium y alexf1994, que me han regalado la luz de sus comentarios.

Por supuesto, gracias miles a mi beta, ItrustIbelieve.


Capítulo 7. Consecuencias

Las largas pestañas oscuras de Harry aletearon mientras empezaba a recobrar la conciencia.

—Está despertando, Severus. ¿Qué piensas hacer?

El Gryffindor, sin abrir los ojos del todo, se percató de que estaba tendido sobre algo realmente mullido, quizás un sofá, o tal vez una cama. ¿Pero cómo había acabado allí? No recordaba haberse echado, y mucho menos haberlo hecho con alguien allí presente.

Finalmente abrió los ojos al tiempo que se incorporaba, y una silueta sentada junto a él volvió a hablar.

—¿Cómo te sientes, Potter?

No podía verlo de forma nítida, pero lo reconoció por su voz, el modo de arrastrar las palabras, y su rubia silueta borrosa: era Draco Malfoy.

—¿Mis gafas? —Sólo dijo.

Otra silueta, ésta bastante más oscura y que había permanecido inmóvil -de ahí que no se hubiera percatado de su presencia- se adelantó, ofreciéndole algo en su mano derecha. Harry lo cogió, sabiendo que se trataba de sus gafas redondas.

—Aquí tiene, Potter —dijo Snape, que se volvió claramente nítido en cuanto se colocó los lentes sobre el puente de la nariz—. ¿Se siente mareado?

—Un… un poco, ¿qué ha pasado? —La cabeza le zumbaba, y todo a su alrededor parecía dar vueltas, removiéndole el estómago.

—Sí, ¿qué ha pasado, Severus? —preguntó a su vez Draco, mirando al hombre de pie junto a él, con fijeza.

—Bueno, tú estabas allí —espetó Snape y, dirigiéndose esta vez a Harry, le dijo—: Ha sufrido un pequeño vahído, señor Potter.

—¿Qué? —preguntó anonadado el chico.

Locas ideas daban vueltas por su mente entumecida. Sólo recordaba otra ocasión en la que se había desmayado, y había sido en presencia de un dementor. Draco era escalofriante a veces, pero nada comparable con uno de los guardianes de Azkaban.

—Estaba usted en la puerta y de pronto cayó como un fardo a los pies de Draco —explicó Snape—. Entre los dos lo trajimos aquí.

Draco se levantó de pronto y se alejó un poco de ambos, momento que aprovechó Snape para sentarse en su silla. Harry seguía estando confuso.

—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?

—Apenas unos minutos.

—¿Y, por qué? ¿Por qué me he desmayado?

—No lo sé, Potter —dijo Snape—, probablemente ha estado estudiando mucho y durmiendo poco. Quizás tampoco se ha alimentado demasiado bien, así que…

Harry recapacitó. Era cierto que había estado algo estresado las últimas semanas, los exámenes siempre producían ese efecto, pero como para desmayarse… no lo creía.

—Es todo muy extraño… siento como si…

—¿Como si te hubieran removido el cerebro, Potter? —preguntó Draco con cierto retintín en su tono.

—Algo así —Harry se tocó la cabeza, a la altura de la coronilla, y dejó que su mano se deslizara por el despeinado pelo hasta llegar a la nuca, que masajeó con cuidado.

—Vamos, pero eso es normal —continuó diciendo Draco—, ¿verdad que es normal, Severus? Venga, díselo, dile que es lo más normal del mundo.

—Cállate ya, Draco —le dijo el hombre, girándose para mirarlo.

Harry no pudo ver su expresión, pero sí pudo apreciar la de Draco, y supo que el hombre había utilizado una de sus frías miradas de acero. Hacían enmudecer a cualquiera.

—Ehmmm… bueno, pues… —Harry no sabía qué hacer, sentía el estómago revuelto por las náuseas.

Cuánto más intentaba recordar lo que había sucedido, más lejano le parecía todo. Apenas podía pensar.

—¿Recuerda para qué ha venido, Potter? —Le preguntó en ese instante el profesor.

—Bueno, yo… venía a darle las gracias, supongo. No sé, recuerdo que Draco me ha dicho que no podía hablar con usted y luego…

Harry se sintió avergonzado. No podía ser que se hubiera desmayado porque le negaban el acceso a Snape, ¿verdad? ¡¿Verdad?! ¡¿VERDAD?! De pronto, sintió la necesidad de levantarse, pero lo hizo con tal ímpetu que tuvo que volver a sentarse, mareado.

—No haga movimientos tan bruscos —le advirtió Snape, cogiéndolo de los brazos y ayudándolo a tomar asiento en el sofá junto al fuego—. Quizá debería ir al médico, o tomar alguna vitamina o…

Un bufido proveniente de la esquina donde se hallaba Draco, apoyado contra la pared, hizo que el hombre se girara en su dirección de nuevo.

—Creo que será mejor que me marche.

—Espere un minuto —comentó Snape—, antes debería tomarse una poción reconstituyente. Draco, ve a buscarla.

Draco les lanzó a ambos una mirada envenenada y luego salió del salón, regresando en apenas un par de minutos. Para Harry fue evidente que sabía dónde buscaba, que se encontraba en aquella casa como si fuera la suya propia, y se le encogieron las entrañas, sin poder evitarlo.

—Aquí tienes —dijo Draco, entregándole un botellín con un líquido azulado en su interior.

—Bébasela toda —le indicó Snape.

Harry le miró y obedeció sin rechistar. Se sentía agotado, así que se recostó en el respaldo del sofá donde estaba sentado y cerró los ojos, dejando que el regusto amargo se diluyera en su boca.

—¿Mejor? —Le preguntó el hombre.

Harry sólo asintió, pero se arrepintió de haberlo hecho, porque el mareo regresó por un momento. Abrió los ojos y miró hacia el techo.

—Aquí tiene su chaqueta —continuó diciendo Snape, levantándose de la silla y mostrando la prenda, que colgaba del respaldo—. Se la hemos quitado para que estuviera más cómodo.

Harry sintió la urgente necesidad de hablar, de decir lo que fuera, con tal de dejar de escuchar la voz susurrada de Snape, que se le metía muy hondo, por los poros de la piel de los brazos, haciéndolo estremecer.

—Había venido para decirle que he sacado las mejores notas de mi curso, ¿sabe?

Se hizo el silencio en la pequeña biblioteca. Sólo podía escucharse el suave crepitar del fuego, que Harry no había notado hasta el momento. Se sentía más reconfortado, y su estómago se había asentado con la poción, aunque su mente continuaba algo revuelta.

—Sí, Potter, sé lo de sus notas —dijo en aquel instante Snape, y Harry lo miró, sorprendido.

—¿Cómo lo ha sabido?

—Uno puede averiguar muchas cosas de los modos más extraños —dijo Draco, que seguía en su lejano rincón, con los brazos cruzados sobre el pecho—. Vamos, Severus, dile lo orgulloso que estás de él.

Snape fulminó al joven rubio con la mirada y Harry pudo ver la razón por la que había mantenido silencio respecto al verdadero motivo que lo había llevado hasta esa casa.

—No es necesario que diga nada. Es evidente que supone que he aprovechado mi desmerecida fama para comprar mis notas, ¿no es así, profesor?

El hombre le dirigió una negra mirada inexpresiva y se quedó en silencio.

—¿Severus? —preguntó Draco, como animándolo a que dejara su mutismo.

—Yo no podría haberlo expresado mejor con menos palabras, señor Potter.

Le pareció que Draco contenía el aliento, pero no le importó. Probablemente estaba a punto de soltar una sonora carcajada, y por supuesto Harry no quería estar presente cuando ésta estallara. Afortunadamente para él, la poción había comenzado a hacer su efecto, así que, notándose más fuerte, se levantó del sofá, recuperó su chaqueta y se la puso.

—Bien, pues entonces ya está todo dicho.

—Eso parece, sí —agregó Snape.

Harry lo miró, indignado y ofendido, para encontrarse con la mirada indiferente del hombre. Pero lo peor fue ese terrible sentimiento de abandono que le llenó el pecho y que nunca antes había sentido. Ni siquiera cuando había dejado de hablarse con Ron había notado esa imperiosa necesidad de echarse a llorar. Pensó que era infantil, irracional y estúpido, pero eso no hizo más que enfurecerlo y que la necesidad de llorar fuera más intensa.

—Me alegro de que esté todo aclarado —dijo entre dientes—, así ya no tendré que ver su cara nunca más.

—Perfecto, entonces.

—No hace falta que me acompañe a la puerta, sé dónde está.

A partir de ese momento, Harry sólo tuvo un pensamiento: llegar a la calle y desaparecerse. Todo sucedía como a cámara lenta, el camino hasta la puerta de la calle nunca le había parecido tan largo. Sus oídos le pitaban, era como si en su cabeza se hubiera creado un extraño vacío en el que no había cabida para otra cosa que salir para siempre de aquella casa.

Sus pasos resonaban por el vacío recibidor. Alargó su mano izquierda para alcanzar el pomo, que aún estaba demasiado lejos, y cuando, temblorosa, se cerró sobre él y lo hizo girar, creyó que ya lo había logrado. La noche era algo fresca, por eso había cogido su chaqueta, pero le sentó bien al rostro, que notaba caliente. Debía haberse ruborizado por la ira.

Cerró dando un portazo y se quedó quieto mientras aspiraba con fuerza. Miró a derecha e izquierda, para asegurarse de que la calle estaba desierta, y deseó con todas sus fuerzas desaparecer, antes de que las lágrimas empezaran a rodar por su rostro.

Cuando la puerta volvió a abrirse y lo agarraron del brazo, él apenas se dio cuenta.

«««««»»»»»

Antes de que el remolino de la desaparición cesara en el estómago de Harry, éste ya tenía preparada su varita en la mano derecha y apuntaba con ella al cuerpo que se materializaba junto al suyo.

—¡Maldito seas, Malfoy! —gritó, ya olvidado su deseo de llorar, ahora tenía ganas de matar a alguien—. ¿Quién coño te has creído que eres?

—Cálmate, Potter —le dijo el chico, doblándose sobre sí mismo y agarrándose el vientre.

—¡Sal de mi casa!

—¡Joder! ¿Es que no ves que estoy mareado, estúpido Gryffindor?

—Deja de fingir —dijo Harry, mientras se alejaba medio paso sin dejar de apuntarle con su varita—. No será la primera vez que haces una desaparición conjunta.

—Una tan desastrosa, sí —dijo Draco, y en ese momento le sobrevino una arcada.

Harry dio un salto hacia atrás, temiendo que le vomitara en los zapatos pero afortunadamente no sucedió nada.

—¿Dónde has aprendido a desaparecerte, Potter? —preguntó el chico, cuando la náusea pasó.

—En el mismo sitio que tú, por si no lo recuerdas.

—Eres patético —Draco se alzó un poco, con cuidado y despacio, y se sujetó los riñones—. Patético de veras. No tienes ni idea de desaparecerte con clase.

—Ah, ya. La clase sólo la tienes tú.

—Desde luego, yo no voy mareando por ahí a la gente que se desaparece conmigo.

—¡Nadie te invitó! —gritó Harry.

—Pero, ¿es que no ves que intento ayudarte, imbécil?

—¿Ayudarme a qué?

—Ayudarte con Severus, por supuesto —se dejó caer en el sofá que estaba junto a él, ya mucho más recuperado. Su extrema palidez no se veía tan acusada—. ¿Me invitas a una copa?

—No. Lárgate, y no necesito ninguna ayuda con Sever… con Snape. De hecho, nunca la he necesitado, y menos ahora que nuestros caminos se han separado definitivamente.

—Ya —dijo el joven Slytherin, atusándose el pelo y alisándose la túnica—, pero tú no quieres eso, ¿verdad que no, Potter?

Harry lo miró con el ceño fruncido. No podía creer la desfachatez del rico mago, ni tampoco que se hubiera colado en su casa. En teoría, tenía unas buenas protecciones ante gente indeseada y ése joven era de los más indeseados en la escala de Harry, así que no comprendía por qué estaba tan cómodamente sentado en su sofá. Tendría que revisarlas con urgencia.

—A ti no te importa lo que yo quiero. Y desde luego…

—No, de hecho, tienes razón, no me importa lo más mínimo. Pero sí me importa lo que quiere Severus. Así que, ¿por qué no me traes una copita de lo que sea que tengáis los Gryffindors cutres como tú, y comenzamos ya a idear un plan?

—No pienso traerte nada, Malfoy. ¡Lárgate de mi casa!

—Qué poco hospitalario. Me gustaría que charláramos de un modo más distendido, pero…

—No tengo nada que charlar contigo. —Harry se acercó y lo amenazó con su varita—. Fuera.

—Así no podremos planear nada, Potter, ¿no te das cuenta?

—¡Yo no tengo nada en absoluto que planear! Y menos contigo.

—Claro que sí, sino, ¿cómo piensas conquistar a Severus?

Harry abrió la boca y volvió a cerrarla, sin pronunciar palabra. Cogió aire e hizo un segundo intento, pero se quedó mudo de nuevo. Poco a poco, la varita que aún sostenía en su mano derecha bajó hasta apuntar al suelo.


Nota final: Bien, ya sabemos que Harry no ha olvidado que está enamorado hasta las trancas de su profesor, pero ahora nos surgen otras dudas, ¿Draco Malfoy está siendo sincero? ¿Quién puede ayudar a Harry a descubrirlo?