I° PARTE
Capítulo VII.
Cuando me despierto, tengo una sensación deliciosa de felicidad que está de algún modo relacionada con Peeta. No es claro el por qué, pero incluso antes de abrir los ojos sé que es así. Estiro primero mi brazo derecho. Luego el izquierdo. Después me giro y me aferro al olor que desprende la piel de Peeta, pegando mi nariz a su pecho e inspirando con fuerza, completamente feliz.
Eso, hasta percatarme de las circunstancias.
Abro los ojos con fuerza para luego observarle atentamente. Está dormido y luce una angelical sonrisa en el rostro, pareciendo casi un niño pequeño. Cuando duerme, Peeta se asemeja mucho más a mi chico del pan, a aquel pequeño de once años que evitó que muriera de hambre. La imagen que ofrece ahora se distancia tanto de la de la noche pasada que es inevitable que me sonroje.
Pese a estar profundamente sonrojada y casi muerta de vergüenza, paso mis dedos con delicadeza por su rostro dormido. Por su angulosa mandíbula. Por su mejilla izquierda, donde cuando sonríe se forma un hoyuelo. Por sus largas y tupidas pestañas, que son tan claras que no notas cuántas son hasta que te encuentras extremadamente cerca. Recuerdo los comentarios que más de alguna vez escuché en la escuela, hace lo que parecen tantos años ya. Que Peeta Mellark, el más pequeño de los hijos del panadero, era demasiado atractivo. Sería mentirme a mi misma si dijera que me interesaban, porque cuando los escuchaba tan solo ponía los ojos en blanco y farfullaba maldiciones en contra de lo estúpidas que se podían volver las chicas en presencia de un par de buenos músculos.
Aunque claro, luego recordaba que aquel muchacho era el que me había salvado la vida y la culpa me carcomía por dentro por no haberle dado las gracias.
Suspiro y medito en que aquellos comentarios no le hacían justicia. Sí, Peeta Mellark es terriblemente guapo, pero ese no es su principal encanto. Es un buen chico. Es atento, gracioso y amable. También puede ser testarudo, inseguro e incluso egoísta cuando se lo propone, pero eso, lejos de hacerle parecer una peor persona, demuestra que en verdad nadie es perfecto y que él tan solo es otro ser humano.
Un ser humano que por cierto me ama.
Recuerdo la noche anterior. Luego de que nuestras respiraciones se calmaran y él, de una manera bastante poco tradicional, aclarara que ahora soy su novia, fuimos por una nueva ronda. Esta vez, mucho más calmada y conmigo arriba. Mientras me miraba a los ojos me repitió una y otra vez que me amaba. Y pese a que yo quisiera admitir que no veía un futuro lejos de él, o un montón de cosas no menos ciertas, lo único que podía hacer era contestarle que también lo hacía. Que lo hago. Porque, por mucho que me costara darme cuenta, aquello es cierto. Mi madre y Gale se percataron de aquello mucho antes que yo misma. Y cuando pienso en ello mi corazón se acelera de manera alarmante.
Continúo acariciando su rostro con delicadeza por unos minutos, hasta que él comienza a desperezarse. Hace una mueca divertida con el rostro y luego estampa una de sus manos en contra de su cara, sin mucha delicadeza. Estira la espalda y afianza con mayor fuerza su brazo que descansa alrededor de mi cintura. De pronto, solo por el hecho de que se encuentre consciente, la vergüenza desaparece.
Porque no hemos hecho nada malo.
Le sonrío levemente y él me devuelve la sonrisa, aún con los ojos somnolientos. Frunce el ceño y bosteza.
- Buenos días, dormilón – susurro, a medida de que me acerco a él. Peeta cierra los ojos unos segundos y luego los vuelve a abrir.
- Buenos días, madrugadora.
Envuelve mi cintura con sus dos brazos y me posiciona nuevamente en contra de su pecho. Cuando lo hace, una lluvia de imágenes mentales de la noche anterior me golpea y mis mejillas se sonrojan nuevamente. Apoyo mis brazos sobre su pecho y me dedico a observarle. Un par de marcas rojas se encuentran alrededor de su cuello y de su mandíbula. Sus rizos están en algunas partes aplastados y en otras partes demasiado esponjosos. Sonrío otra vez al percatarme de aquello.
- ¿Cómo has dormido?
- Perfectamente – murmura, a medida de que ladea la cabeza. Me mira unos instantes antes de acercarse lo suficiente como para besarme en la frente. Cuando lo hace, siento un revoltijo en el estómago. Pese a que sea un acto completamente inocente, mis mejillas de pronto se sienten demasiado calientes. Peeta suspira y me sonríe antes de añadir – Luces completamente adorable cuando te sonrojas, ¿te lo he mencionado alguna vez?
Frunzo los labios y él suelta una risita, como si supiera cuánto me incomodan los piropos y disfrutara incomodándome. Pasan unos segundos de completo silencio hasta que él suelta mi cintura para estirar los brazos por sobre su cabeza. Por una parte, tengo unas terribles ganas de correr en dirección al baño para ir a asearme y quizá lavar mis dientes, pero por otra no me apetece en nada que Peeta me vea desnuda. Ni que yo le vea a él. Sé que racionalmente hablando, aquello es sumamente estúpido, pero me es inevitable comenzar a sudar por las manos una vez que la idea pasa por mi cabeza. Como puede, estira su espalda y luego me mira durante un rato.
- Creo que sería una idea genial salir de la cama e ir por un desayuno – dice como quien no quiere la cosa, a medida de que intenta levantarse de la cama.
- ¡NO! – mi grito nos sorprende a ambos, pero de todas formas no dejo de presionar con fuerza su pecho hacia abajo. Me mira sorprendido.
- ¿Qué sucede? – Parece incluso asustado. Examina mi rostro unos segundos y me es inevitable sonrojarme aún más. Podría asegurar el hecho de que mi rostro ha alcanzado en estos últimos minutos su propio límite para sonrojarse más que nunca antes. Bajo la mirada hacia su pecho nuevamente, allí donde existe un cabello demasiado rubio como para ser tomado en cuenta. Una de las manos de Peeta se ubica en mi mentón y hace que le mire de nuevo a la cara - ¿Katniss, qué es lo que está mal?
- Me da vergüenza – murmuro en un tono apenas audible. Una considerable diferencia con mi grito anterior, pero qué se le hace. Peeta me mira, extrañado por unos segundos. Parece que va a decir algo, pero luego cierra la boca. Frunce el ceño.
- Vale, lo capto. No te preocupes, Katniss.
Sus palabras me dejan perdida por unos segundos. Si se ha dado cuenta, ¿por qué parece tan triste? Mi vergüenza extrema siempre es motivo de risas para él, no de la expresión que ahora está presente en su rostro. Intento que me mire a los ojos, pero corre la vista.
- ¿Qué cosa?
Mi pregunta queda en el aire cuando él se da vuelta de todas formas. Se levanta de la cama tal como su madre le trajo al mundo y suspira antes de tomar su ropa interior y colocársela. Ni siquiera se da vuelta. De pronto, me siento muy pequeña y su cama parece gigante, siendo que sé que no es así. Me tapo con la sabana hasta bajo el mentón y le miro moverse en silencio.
Peeta se queda de espaldas a mí, mirando algún punto en la pared. Me pierdo en lo fuerte que parece su espalda por unos segundos. No sé por qué, pero una sensación de desesperanza se está encargando de mi pecho, pese a que no haya algún motivo. Veo como cambia el peso de su pierna buena a su pierna ortopédica unos segundos hasta darse vuelta nuevamente.
Frunce los labios unos segundos y luego suspira, aún sin mirarme directamente. Va hasta donde quedó mi vestido la noche pasada (tirada en el suelo, en un montón de ropa que también lo conforma la de Peeta) y lo coloca con delicadeza a mis pies.
Algo en todo su comportamiento no me calza. Frunzo el ceño.
- ¿Peeta? – le llamo, con la voz temblando. Me mira con una ceja alzada y no sé por qué, su gesto me duele. Recuerdo la noche anterior y las veces que me dijo que me amaba. Es irracional, pero de pronto siento escocer mis ojos y pestañeo varias veces para ocultarlo. Suspiro – Nada.
- Creo que hay un par de camisetas que son tuyas por los cajones – dice con una voz completamente mecánica. Me siento como puedo en la cama sin destaparme y Peeta me mira por unos segundos. Pasa una de sus manos por su cabello, desordenándolo aún más. Se muerde el labio unos segundos y luego sacude la cabeza. – Podemos hacer como que nada pasó. Entenderé si quieres volver a dormir en el compartimiento de tu familia o…
- ¿Qué? – él deja de hablar y yo aferro con más fuerza la sabana que me cubre. Comienza a caminar de una manera parecida a la que yo lo hice la noche anterior y tengo el impulso de detenerle, pero no quiero descubrirme. Me muerdo el labio y decido ser valiente, alguna vez en mi vida. – Sea lo que sea que estás pensando, te aseguro que no es correcto, Mellark.
Sonríe levemente, pero con tristeza, antes de sacudir la cabeza.
Sigue caminando de una esquina a otra, no considerando aún que su movimiento me marea y me molesta.
- No tienes que decir nada, Katniss. De veras, lo entiendo.
- No creo que estés entendiendo lo mismo que yo entiendo, Peeta.
- ¿Qué quieres decir con eso?
Pongo los ojos en blanco.
Al menos, he conseguido que deje de caminar de un lado a otro, por lo que me permito expirar con fuerza. Frunce el ceño y se sienta a los pies de la cama, justo al lado de mi vestido. El hecho de que esté semidesnudo no ayuda demasiado a mi concentración, pero de todas formas siento que es necesario hablar en este momento. Está llegando a puntos totalmente errados.
Contengo un suspiro. Peeta.
Mi inseguro y obtuso Peeta.
- No sé qué es lo que estás pensando, pero déjalo ahora ya – digo con la voz más clara a la cual puedo acudir. Mis manos comienzan a sudar, signo inequívoco de que estoy profundamente nerviosa, pero dejo de pensar en ello. Frunzo el ceño y pienso en cómo explicar todo, consciente de que cada segundo de silencio significan más y más conclusiones falsas para Peeta. Él, por su parte me mira atentamente, sin perderse detalle. ¿Cómo piensa que me calmaré si es que me mira de esa manera? – No sé qué habrá sido para ti, pero yo definitivamente no me arrepiento de lo que pasó anoche.
- ¿No? – murmura, a medida de que me mira, incluso más confundido que antes. Coloco de manera estratégica la sabana bajo mis brazos para que siga cubriéndome y niego levemente con la cabeza a medida de que los saco a la superficie. Me inclino hacia delante y gracias al reducido espacio que tiene todo su compartimiento en general y su pequeña cama en particular, tomo su rostro entre mis manos.
- Para nada – le aseguro, mirándole fijamente a los ojos. Es extraño, porque son pocas las ocasiones en las que soy yo quien le tranquiliza a él, pese a que estas han ido incrementándose en el último tiempo. Tengo la pequeña sensación de que Peeta se siente poco digno y de alguna forma, aquello debe tener que ver con su estadía en el Capitolio. Sus ojos aún lucen confundidos, por lo que me intento explicar. – Dije que me daba vergüenza porque es así, pero no lo que hicimos ayer. Me da vergüenza que me veas desnuda, pese a que sea estúpido.
Él sonríe levemente y pone los ojos en blanco. En un movimiento irracional, me encojo de hombros, olvidando por segundos la presión que estaba haciendo con mis brazos para impedir que la sabana cayera. Casi acto seguido, mis pechos quedan descubiertos y mi cuerpo en general, hasta llegar a la altura de mi cintura. Peeta inmediatamente baja su vista hacia ellos. Me sonrojo fuertemente e intento reprenderle, pero antes de decir nada, sus ojos vuelven a estar fijos en los míos.
- Me has dado un susto de muerte hace segundos – murmura, con la voz ronca. Acerca su rostro hasta el mío y me da un pequeño beso en la punta de la nariz. – No debes sentir vergüenza por eso tampoco, Katniss. Es natural. – A medida que habla, prácticamente va gateando en mi dirección. De alguna u otra forma, hemos terminado con él recostado sobre mi cuerpo, con su pecho rozando el mío. Me mira durante unos segundos antes de añadir: - Además, tu cuerpo es fantástico. Nada que objetar.
Me sonrojo y el ardor de mi cara se vuelve aún mayor cuando una de sus manos sin previo aviso va y cubre mi pecho derecho, enviando una gran cantidad de descargas eléctricas por todo mi cuerpo. Sin quererlo, un pequeño gemido se escapa de mi boca. Veo como él se humedece los labios.
- Porque eres tan perfecta – susurra, antes de inclinarse hacia abajo y comenzar a besar mi cuello. Mis dos manos se aferran a su cabello y le indico sin mucho pudor que lo que quiero es que baje, que su lengua atienda a mis pechos y no a mi cuello. Parece entenderlo, porque dos segundos después Peeta muerde con delicadeza uno de mis pezones. Mi espalda se arquea y un gemido un poco más fuerte que los anteriores se escapa de mi garganta. Se ríe levemente y habla apoyado aún en mi pecho, lanzando su cálido aliento en contra de él - ¿Ves? No hay nada de lo que sentir vergüenza por aquí.
- Lo intentaré – le prometo, no muy convencida. Suelto una risita nerviosa unos segundos y luego vuelve a subir hasta la altura de mi rostro. Me mira por un largo rato antes de sacudir la cabeza y sonreírme.
- Sé que la mayor parte del tiempo soy un idiota. Pero es importante que sepas que anoche fue la noche más genial de toda mi vida. – me quedo en silencio, mirándole fijamente por unos segundos. Su cabello despeinado, sus ojos azules chispeando de alegría y una sonrisa sincera en su rostro. Quiero verle así todas las mañanas de mi vida. Le sonrío de vuelta y él acomoda su boca justo al lado de mi oído. Inspira por unos segundos el olor que desprende mi cabello y cuando vuelve a hablar, lo hace en un susurro. – Y también que sepas que yo te amo.
Es la primera vez que lo dice hallándonos ambos completamente tranquilos… en teoría. Nuevas mariposas hacen aparición en mi estómago y sonrío sin poder evitarlo.
Pese a que intenta convencerme de lo contrario, luego de un rato Peeta me pasa una de sus camisetas interiores, debido a lo incómoda que me siento descubierta. Él se coloca su pijama corriente y va en dirección a las duchas, no sin antes darme un beso en la frente y hacerme prometer que nos juntaremos en el comedor.
Prácticamente voy en mi nube personal los minutos siguientes, pensando en todo y en nada a la vez, analizando todo aquello que sucedió en las últimas horas. Apenas soy consciente de donde me baño y me visto, o como camino en dirección al comedor, porque mi cabeza está demasiado ocupada rememorando los acontecimientos de la noche anterior. Sé que debería sentirme avergonzada, pero para lo único que hay espacio dentro de mi mente es para un pequeño sentimiento de tranquilidad innata.
Sin darme cuenta, de mi boca comienza a salir una melodía que hace muchos años que no cantaba. No es una melodía triste, como el árbol del ahorcado, o una canción de cuna, como la canción del valle, pero sí es una de las canciones que cantaba mi padre. La canción se llama las flores bailarinas y básicamente trata del movimiento de las plantas del bosque debido a la ligera brisa de las mañanas. Es bastante simple y muy bonita, y también era una de las favoritas de mi padre.
Cuando me encuentro con mi madre y mi hermana en el comedor, la primera me mira sorprendida por unos instantes, pero luego sonríe, feliz de verme feliz. Y siento un súbito cariño hacia ella, porque ahora que analizo toda la situación comprendo qué es lo que pudo haber sentido al perder a mi padre. Me siento frente a ella y después de unos minutos llegan Haymitch y Peeta, quienes conversan al parecer, sobre la comida que sirven en este lugar.
- Buenos días, preciosas – saluda Haymitch, refiriéndose a mi madre, a Prim y a mí. Mi madre se sonroja y Prim le saca la lengua.
- Buenos días para ti también, precioso – le contesta ella, jocosa. Por unos segundos Haymitch la mira pasmado y luego una verdadera sonrisa aparece en su rostro.
- Eres una chiquilla terriblemente inteligente, pequeñita – dice, mientras se sienta a la cabeza de la mesa. Peeta lo hace a mi lado y me sonríe levemente para luego saludar a mi madre.
La conversación se genera con facilidad entre los demás integrantes de la mesa. Es curioso pensar en cómo vistos desde lejos podemos parecer toda una familia completa. O también en la forma que Peeta se adapta a la perfección junto con Prim y mi madre, conversando animadamente entre ellos sobre todo y nada a la vez, mientras que tanto como mi mentor y yo nos dedicamos a estar en silencio y escucharles con atención, soltando monosílabos cuando es necesario.
- ¿Y qué tal han dormido esta noche? ¿No le dolieron los pies?
Pese a que la pregunta de mi hermana sea completamente inocente, es inevitable que me sonroje de sobremanera. Y que Peeta suelte una carcajada. Haymitch pone los ojos en blanco, pero nos mira con una sonrisa ladeada, mientras que mi madre nos mira interrogantes.
- No creo que los pies les hayan dolido demasiado, pequeña Primrose – dice nuestro mentor, llevando un vaso con agua hasta su boca. Peeta sonríe y entrelaza sus dedos a los míos.
- Oh, bueno – murmura mi hermanita, después de unos segundos. Al parecer, no entiende el por qué de nuestras reacciones pero es lo suficientemente inteligente como para saber que quizá no desee conocerlo. Ella suspira y ladea la cabeza, sus trenzas moviéndose graciosamente a medida de que lo hace. Mi madre en ese momento se excusa y se levanta junto con su bandeja, con dirección al hospital.
- ¿Cómo es que Aaron y tu se conocen, Prim? – pregunta Peeta, luego de un rato. Observo el rostro de mi hermana y como ella se sonroja. Mi compañero parece percatarse de lo mismo porque hace señas como diciendo "¡Mira, es genético!".
- Bueno, yo sí asisto a las clases que me tocan – le responde, con un aire un tanto bromista un tanto incómodo. Pongo los ojos en blanco ante su indirecta y levanto mi cuchara de té en un vago gesto amenazador en su dirección.
- Nada de novios, Primrose Everdeen, ¿entendido?
- Sí, mi Capitana –me responde ella, haciendo un saludo militar y soltando una risa nerviosa. Frunzo el ceño al percatarme que no me ha tomado del todo en serio.
Pero, ¿qué hacer en ese caso?
Y la vida sigue. Al menos en el 13, los entrenamientos siguen y nuestros horarios son tan inflexibles como siempre. Al cabo de otra semana más, en una de las reuniones de comando Coin finalmente dice que no existe motivo por el cual Peeta y yo estemos, en teoría, obligados a asistir a las clases, ya que tenemos posiciones estratégicas.
Sin embargo, a Peeta le gusta tanto como a mí misma aquel pequeño detalle, porque en parte significan menos escapadas a nuestros armarios favoritos.
Gracias a nuestra posición privilegiada contamos con mayores responsabilidades. Aunque aquello signifique más tiempo frente a cámaras, dando mensajes en contra del Capitolio y Snow (porque al parecer ahora el objetivo de Coin es poner a la misma gente de la capital en contra suya) tanto Peeta como yo somos los íconos de la revolución. El Sinsajo y el humilde panadero, juntos como un frente inquebrantable. Y eso me gusta. Por primera vez siento que no lo hago del todo mal, porque es Peeta quien se encarga de hilar los discursos elocuentes mientras que, cuando la situación lo amerita, soy yo quien llama a pelear con mayor fuerza, a no perder el espíritu. Por primera vez creo en todo aquello de lo que estoy diciendo.
Y en parte creo que es porque aquello se traduce en un futuro en común con mi chico del pan.
Los entrenamientos para ir a la zona roja continúan y con Johanna intentamos no sentirnos del todo ofendidas cuando nos colocan en un grupo de cadetes, incluso inferior al que maneja Gale. Pese a que se le dé muy bien el hacha, la puntería no es el fuerte de mi ex aliada. Y Plutarch me explica, extasiado, que me han dejado en la misma clase de ella porque ambas conformamos una pareja solo comparable con la que hago con Peeta. Cuando lo hace, ambas ponemos los ojos en blanco y me sorprende lo parecidas que somos.
- Esta mierda no deja de desarmarse – me suelta una tarde, frustrada. Ha comenzado a llover tenuemente y mi compañera no ha podido concentrarse desde entonces. En general no es del todo una mala alumna, por lo que me llama la atención su pequeño lapsus. Pero me inquieta pensar en los motivos de aquello, y por ello no hago el menor comentario al respecto.
- Déjame verlo – es mi única respuesta, mientras suelto un suspiro. Williams, nuestro superior, nos mira con recelo cuando menciono las palabras. Sin embargo, cuando Johanna le dedica una mirada llena de odio él hace como que no nos ha visto y desvía la suya.
- No me están tomando en cuenta aquí con todos estos mocosos – reclama, mirando hostilmente a nuestros compañeros. No son del todo menores que yo, motivo por el cual aún no he reclamado, pese a que piense algo parecido a ella. Hoy las cámaras de Plutarch no han venido a grabar y no tenemos los suficientes motivos como para actuar frente a ellas.
- No digas eso – la convicción de mi voz es tan poca que ella suelta un bufido.
- Quizá un poco a ti sí, por todas las burradas del ser el Sinsajo. Pero, ¿y a mí? No. A Johanna Manson nadie la toma en cuenta. Jamás me toman en serio. ¿Cómo quieres que lleguemos juntas al Capitolio? Sigo viviendo en el hospital, ¿recuerdas?
Asiento con la cabeza a medida de que miro el arma que Johanna intenta armar. No creo que aquel sea un motivo fundamental, pero de que influye, quizá. Me muerdo el labio.
- Podrías pedir que te trasladen a otro compartimiento, uno para ti sola. Como el de Peeta.
Ella pone los ojos en blanco.
- Pensé que el blondo dormía contigo, descerebrada.
- En teoría no. Es decir, no es oficial el hecho de que lo compartamos. No le hemos informado a Coin aún, o quien quiera que se le deba informar.
Ella se queda en silencio unos segundos. Con un suspiro muevo las piezas hasta el lugar que corresponde para que aquella obsoleta pistola quede funcional. No podríamos hacer nada en contra de un Agente de la Paz, pero parece ser de suma importancia para los rebeldes eso de fabricar armas. Johanna mira mis manos moverse con el ceño fruncido.
- ¿Dónde has aprendido a hacer todo eso?
- Se parece bastante a las trampas que solíamos hacer con Gale. Sigue la misma lógica, al menos – le explico, mirando atentamente un tubo demasiado pequeño como para ir por la delantera. Mi ex aliada ladea la cabeza y me mira.
Chasquea la lengua.
- No creo que me permitan trasladarme a un sitio sola. Estoy segura de que tienen miedo de que acabe con mi vida o algo así.
De pronto, se me ocurre una idea.
- Podrías dormir en nuestro compartimiento. De todas formas, yo duermo siempre con Peeta. Así no estarías sola y nosotras un paso más cerca de llegar al Capitolio.
Cuando le pregunto a mi madre, ella me mira con una expresión extraña en el rostro. Parece reacia a aceptar hasta el momento en que muy sutilmente le recuerdo todos aquellos años de abandono. Sé que no es la táctica más limpia del mundo, pero después de un par de comentarios en los cuales expreso que entiendo cómo es que se siente Johanna tan sola en este mundo, mi madre dice que sería una fantástica idea. Prim salta de felicidad y comenta entusiasmada que será genial tener a alguien con quien conversar por las noches cuando nuestra madre se encuentre en algún turno nocturno. Por unos segundos pienso en que quizá Johanna no sea la mejor compañía para mi hermanita, pero lo dejo. Sabrá comportarse.
Es a Boggs, la mano derecha de Coin, a quien debemos informar de nuestra decisión. Parece gustarle la idea, porque nos felicita y la aprueba, diciendo también que ahora puedo hacer oficial mi mudanza al compartimiento de Peeta. Al ser nosotros una pareja, nos entregarán uno un poco más grande y con baño propio. La mudanza en sí no supone mucho trabajo, puesto que solo llevo conmigo el pequeño paracaídas con recuerdos en su interior y la ropa entregada en el mismo 13. La chaqueta de caza de mi padre la dejo en el compartimiento de mi familia, pese a que egoístamente la sienta solo mía. Cuando Peeta ve el paracaídas en mi mano derecha parece reconocerlo, pero no dice ninguna palabra.
El compartimiento es más grande que el anterior, sí, pero no demasiado. Tan solo un par de metros, aunque eso sea una gran diferencia para el distrito 13. Decido quedarme con los cajones inferiores del closet tan solo porque sé lo doloroso que es aún para Peeta colocarse de rodillas. Tomo el paracaídas entre en mis manos y decido que lo pondré en la esquina izquierda. Antes de hincarme al suelo lo muevo ligeramente para comprobar que la perla sigue en su interior.
Cuando suena un pequeño tintineo me permito suspirar tranquila.
No me había percatado que Peeta se encontraba junto conmigo en la habitación, pues hace unos minutos había salido con la excusa de ir a ayudar a Prim. Me rodea la cintura con los brazos y apoya su cabeza en mi mentón, mirando fijamente hacia mis manos. No dice ninguna palabra y yo suspiro antes de abrirlo y mostrarle su interior.
- No pensé que la conservarías – dice luego de unos momentos de silencio. Sé que se refiere a la perla y no al medallón. Siento como mis mejillas se sonrojan y evito girarme cuando contesto.
- Me recordaba a ti – le informo, como si no fuera obvio. Un nudo se forma en mi garganta y de pronto siento la necesidad de explicárselo mejor. – Cuando estabas secuestrado, me refiero. Solía colocarla sobre mis labios y pensar que eran los tuyos. Era una de las pocas cosas que realmente lograba tranquilizarme.
- Haymitch tiene razón en llamarte preciosa – murmura, antes de besar delicadamente mi cuello. Es increíble cómo aún después de un par de semanas, un simple roce de sus labios provoque reacciones tan dispares en mi cuerpo, como si fuera la primera vez. Peeta sonríe en contra de mi piel – Podríamos olvidarnos de arreglar las cosas, ¿no crees? Tenemos al menos un par de horas antes de la siguiente reunión.
- Un par de horas suena genial – digo con dificultad, mientras siento como su tacto pasa de mi cintura hasta mis pechos. Cuando los aprieta un débil gemido se escapa de mi garganta.
Los escasos momentos que tenemos para estar solo no son precisamente desaprovechados por nuestra parte, no. Si bien hay una gran cantidad de noches en las cuales ambos estamos tan cansados como para simplemente darnos un pequeño besos en los labios y caer rendidos, también existen noches las cuales las energías nos sobran. Cuando él no busca mi cintura con sus manos soy yo quien busca su pecho. Esta nueva faceta de nuestra relación no deja de ser maravillosa y extraña, tan llena de misterios que tanto Peeta como yo estamos contentísimos de descifrar.
Con cierta dificultad me lleva hasta nuestra nueva cama y me deja tumbada en ella antes de quitarme con delicadeza la gris camiseta. Peeta, como todo buen artista, ha sido bastante autodidacta en todo lo que darme placer se refiere. Al principio preguntaba qué era lo que más me gustaba, pero dejó de hacerlo en el momento que comprendió que aquello me ponía nerviosa de sobremanera. Y entonces empezó a guiarse tan solo por mis gemidos y mis exclamaciones, con resultados bastante satisfactorios, debería añadir.
Retrocede unos centímetros y se dedica a examinarme. Nunca he estado lo suficientemente dotada como para que sean mis senos lo que llamen la atención, pero a Peeta parecen gustarles bastante. Los mira por unos segundos antes de sonreírme de lado.
- Hola – les susurra, antes de inclinarse y comenzar a besarlos. Un suspiro ahogado se escapa de mi garganta y como ya es costumbre, mi mano viaja hasta su pelo para mantenerle allí. El otro lo amasa, casi como si fuera un panecillo de queso, esos que tanto me gustaba comer. Y yo me retuerzo entre sus brazos, porque las sensaciones que me está regalando son tan sumamente geniales…
- Peeta – jadeo o suspiro, no lo sé, y él suelta un extraño gemido. Automáticamente mis piernas se abren para hacerle especio a las suyas, y cuando siento un ya conocido bulto entre ellas, suelto otra exclamación. Se mece ligeramente en contra de mi cuerpo y en lo único que puedo pensar es en él, en su esencia, en su cuerpo junto al mío.
En resto del ritual continua como siempre, delicado, tierno pero a la vez intenso y fogoso, dejándonos a ambos desnudos, agotados y felices en los brazos del otro. Muevo con delicadeza los rizos que se han pegado a su frente debido a todo el movimiento y le miro con los ojos entrecerrados.
- Deberíamos decirle a mi equipo de preparación que corten tu cabello. Está muy largo.
- ¿Me querrás menos si mantengo el pelo corto acaso? – pregunta juguetón antes de repartir besos por mi rostro. Me río antes de contestar.
- Claro que no. Jamás sería capaz – le aseguro. Él me mira por unos segundos, con la vista perdida, como cada vez que soy quien exterioriza sus sentimientos primero. Después me sonríe y deposita un lento y tierno beso sobre mis labios, el que se siente casi fuera de lugar después de lo que hemos estado haciendo hasta solo unos minutos atrás.
Es Finnick quien llega hasta nosotros con la noticia. Al parecer no es suficiente el haber participado en los últimos juegos y el haber asistido a todos los entrenamientos sin falta, sino que también tenemos que dar una prueba para demostrar que nos encontramos aptos para ir a la Zona Roja del Capitolio. A Peeta le hace tanta gracia la idea que yo vaya como a mí la que él lo haga, pero ambos somos lo suficientemente testarudos como para no dar nuestros brazos a torcer.
Según Coin, incluso en el mismo Capitolio parte importante de los habitantes han comenzado a cuestionar a su gobierno. A su manera, obviamente, pero críticas al fin y al cabo. Y aquello se traduce en que no queda nada para el fin de esta guerra (o revolución, como a los integrantes de la sala de comando les gusta llamarle). Nos han asegurado que una vez que asciendan al poder no nos necesitarán y se nos estará permitido comenzar nuestras vidas donde sea que queramos. Pese a que el 12 esté completamente destruido, conservo la leve esperanza de volver a él, aunque tan solo sea a la Villa de los Vencedores. Aún no lo he comentado con Peeta, pero presiento que también piensa algo parecido.
Así que, un día Domingo llega York, la soldado que se dedica al entrenamiento físico tanto de Johanna como el mío, y toca la puerta de nuestro compartimiento. Nos avisa que si tenemos ganas de ir al Capitolio debemos acompañarle y nosotros no ponemos reparos. Siquiera tengo tiempo para ponerme nerviosa. Luego pasamos por Johanna al compartimiento de mi familia. Desde que ella se está quedando con mi hermana y mi madre, Prim y ella se han hecho muy cercanas. Creo que es parte del encanto natural de mi hermana, pero de todas formas le ha ayudado a mi ex aliada. Incluso ahora se da una corta ducha cada tres días. Peeta no quiso contarme demasiado, pero al parecer la repulsión que tiene mi compañera por el agua es causada por su estadía en el Capitolio. Quizá qué clase de cosas les hicieran. Por eso, cuando la saludo y mis fosas nasales captan el leve olor al jabón característico del trece, le aprieto la mano con fuerza.
York, mientras vamos caminando, nos informa que el examen cuenta con cuatro partes: una pista de obstáculos que evalúa la condición física, un examen escrito de tácticas, una prueba de habilidad con las armas y una situación de combate simulado en lo que ellos llaman la Manzana. En las profundidades del 13 han construido una manzana artificial de la ciudad del Capitolio. En mis entrenamientos he pasado casualmente por allí y en las pocas misiones que me han asignado he cumplido a la cabalidad los objetivos, por lo que no me preocupa demasiado.
Una vez allí nos reunimos con Finnick. Durante las pruebas, las cosas van relativamente bien. Peeta tiene un poco de dificultades en la de habilidad con las armas, pero de todas formas su cronómetro marca un mejor tiempo que el resto de postulantes del 13. Johanna al parecer se encuentra totalmente concentrada con la idea de ir por Snow. Tanto, que incluso le da más veces al centro del tiro al blanco que yo. Finnick parece distraído, más que de costumbre e inusualmente callado. Pienso en que quizá algo le ha sucedido a Annie, por lo que me sorprende que cuando le pregunto si todo está bien me regale una de esas sonrisas propias de un Finnick Odair feliz.
- Más que nunca – me asegura, dejándome aún más confundida.
Cuando terminamos los tres primeros exámenes nos llevan en grupo hasta una sala vacía. Allí solo nos encontramos Finnick, Johanna, Peeta y yo, junto con otros seis postulantes del trece. Hablamos con los habitantes de este gris distrito y compartimos la poca información que tenemos.
Por lo que sabemos, es más o menos así: entras solo, nunca se sabe qué te vas a encontrar; un chico, Andrew, dice en voz baja que está diseñado para atacar a los puntos débiles de cada uno. Y aquello me huele terriblemente a Plutarch y toda su parafernalia.
Comienzan a llamar uno a uno a los habitantes del trece. Cuando terminan con ellos, llaman a Finnick y luego a Johanna. Cuando dicen su nombre, asiento con la cabeza con la intensión de animarle. En cuanto lo hago tengo un deja vu a la cual cuesta darle un sentido. Lo pienso por unos segundos hasta que me percato del parecido: aquello es terriblemente similar a las evaluaciones privadas que tuvimos frente a los Vigilantes. E incluso ahora Plutarch debe ser uno de los que evalúe.
Cuando me llaman, Peeta aprieta con fuerza mi mano antes de dejarme ir. Y yo suspiro nuevamente y aprieto aún más los puños.
Soy el maldito Sinsajo.
Puedo hacer todo esto.
