¡Hola, hola, sweeties! :B

Ah, ésta vez sé que tarde un poco en volver a actualizar, pero como les había mencionado, dar el servicio social en la mañana e ir a clases no me da el tiempo para poder editar y/o escribir los capítulos de mis fanfics :c.

Empero tuve una hora libre en la escuela, así que me dio tiempo para al menos editar un capítulo de ésta historia y ahora que tuve oportunidad (una semana después), vengo a actualizar xD.

¡Gracias a todos por sus comentarios y votos a este fanfic! :3

Por hoy, no hay ninguna advertencia, así que espero lo disfruten.


/Tokyo, Japón. Sábado 5 de Enero del 2008/

Zona Residencial

El día en la casa de la familia de Zoro había pasado sin nada interesante, al menos por su parte; todo había sido monótono.

Dormir, entrenar, comer, bañarse, comer, entrenar, dormir, entrenar, comer, dormir, bañarse…

Eso era lo único que hacía desde que llegó a su casa y como era de esperarse, eso también ocasionó cierto intercambio de palabras con su padre y hermana, quienes le decían que debería ponerse a investigar alguna manera de cómo cuidar a su próximo invitado: Law, el hijo de Donquixote Doflamingo. Pero no solo eso, sino a pensar cómo llegar a sacarle algún tipo de información a ese pequeño sobre su padre, porque según Kuina, manipular a los niños era más fácil. Y Zoro todavía no se creía que lo fuesen a utilizar para intentar sacar pruebas de ese rubio de quién Mihawk sospechaba podía ser Joker, el criminal más buscado.

El peliverde no creía que eso fuese posible, puesto si de verdad fuese un criminal, no llegaría a vivir precisamente frente a la casa del jefe de policía de la ciudad y aunque fuese verdad, eso no le importaba. Lo que le importaba es lo que a Law le pasaba si es que las sospechas eran ciertas.

Pensarlo, le llevó a experimentar un tremendo sentimiento de protección.

Esperaba de verdad esas sospechas fueran mentira. Además, no caería tan bajo como para manipular a un niño, puesto Zoro más que nadie sabía lo jodido que resultaba cuando alguien lograba manipularte sentimentalmente. Así que simplemente mentiría sobre ese hecho, diciendo que el niño no sabía nada; no le importaba que esa fuera una investigación de vida o muerte para muchas personas, no iba a manipular a Law, por más egoísta que sonara.

Empero, cuando llegó a aquella solución, se sintió completamente confundido y más que extraño, ¿por qué? ¿Por qué se sentía así? Quería saberlo, de verdad quería saberlo, pero una parte de él no.

Eso complicaba un poco más su humor, pues en el único lugar donde se mantenía "animado" era cuando entrenaba individualmente, aunque no negaba que Ace le era de mucha ayuda.

Ya era de noche y estaba acostado en su cama sin poder dormir realmente, ¿la razón? Se sentía ansioso por no haber visto a Sanji en una semana: no le había marcado para verse ni mucho menos un mensaje. Pero, ¿qué esperaba? Era eso lo que se ganaba por andar de idiota y enamorado de ese rubio egoísta. En fin, eso había elegido, no podía quejarse.

La noche todavía era joven, sin embargo, mientras tenía la mirada clavada en el techo de su casi oscura habitación (la Luna filtraba algo de luz), se quedó dormido.


Ace estaba terminando de lavar el automóvil con la tranquila mirada de Rayleigh atenta, puesto mantenían una amigable conversación.

—Entonces, ¿cuántos años tiene? —preguntó Ace con la mirada curiosa.

—Cincuenta y tres —contestó Rayleigh con una sonrisa.

—Es bastante joven para ser un abuelo —comentó Ace sorprendido.

—Tal vez, pero al menos así tengo energías para defender y apoyar a Zoro.

—Sí, entiendo a lo que se refiere —Ace hizo una ligera mueca—. ¿Su padre siempre fue así con él?

Rayleigh miró al pecoso unos minutos que se le hicieron eternos, como si meditara si debía hablar o no.

—No —al parecer, sí iba a contar algunas cosas, pero no todas, todavía no—. Mihawk cambió completamente tras la muerte de su esposa, la madre de Zoro y Kuina.

Por el tono en la voz del mayor, Ace supo que no revelaría nada más, así que en lugar de volver preguntar, simplemente hizo una ligera mueca de comprensión.

—Con el tiempo puede que Zoro te cuente bien lo que le ha sucedido, ya te has ganado bastante a mi nieto —comentó Rayleigh con una expresión suave.

—Es mi mejor amigo —Ace sonrió amplio.

—Si tan solo Zoro se encontrara a alguien como tú para amar, seguramente sanaría su corazón —añadió Rayleigh sin insinuar nada realmente.

El pecoso sonrió con ironía, justamente algo similar se dijeron el día de ayer con el peliverde.

—Lástima que en los sentimientos nadie manda.

—Eso suena como si estuvieras enamorado, Ace-kun.

El muchacho se sonrojó solo un poco y desvió la mirada, maldición, qué obvio soy, pensó derrotado a lo que el mayor simplemente rio cortamente.

—Quien no arriesga, no gana, recuerda eso —dijo Rayleigh con una sabiduría impresionante.

Luego de esa extraña plática, el mayor se retiró sin decir nada, dejando que el pecoso terminara de acomodar y limpiar los tres automóviles en el garaje, no llevándole más de una hora. Y cuando estuvo libre, ingresó a la casa por la puerta trasera, saludando de paso al padre de Zoro, continuó su camino hasta subir las escaleras y justo cuando iba a girar para irse al pasillo izquierdo, donde estaba su habitación, Kuina le llamó.

—Ace.

El nombrado chico se dio la vuelta y la miró con neutralidad.

—Kuina —respondió Ace.

No había formalidades entre los dos muchachos, pues aunque no lo aparentaran, se llevaban bastante bien.

— ¿Puedo hacerte una pregunta? —Kuina frunció un poco los labios.

—Sí, no pasa nada, pregunta —le animó Ace, intuyendo que el tema giraría en torno al peliverde.

— ¿Sabes de dónde conoce mi hermano al hijo de Doflamingo?

Esa pregunta tomó por sorpresa al pecoso.

— ¿Eh? —pareció pensarlo un momento— Yo no sabía que lo conocía —respondió al fin con sinceridad, pues de nada le serviría mentir, sabiendo cómo era la muchacha cuando quería saber algo.

—Ya veo, está bien, solo era eso —Kuina frunció el ceño, pensativa.

— ¿Por qué? ¿Qué pasa? —insistió Ace, dando un paso más cerca hacía la chica con notable curiosidad.

—Es solo qué… Me preocupa —masculló Kuina, suspiró y añadió: —Las cosas con Sanji todavía siguen mal, ¿no es así?

Ace miró con ojos como platos a la ojicafé: en ningún momento pensó que ella sabría la relación entre Zoro y ese rubio.

—Debes suponer que él al ser mi hermano menor, este pendiente y cuidándolo, aunque no lo demuestre —explicó Kuina con una sonrisa al ver la reacción del pecoso y este mismo solo asintió.

—Teniendo una hermana tan sobreprotectora como tú, era de esperarse que no se te escapara eso —Ace le devolvió la sonrisa con cierta complicidad.

—Solo así puedo cuidarlo, porque él no me dice nada y no lo hará —Kuina hizo un mohín.

—Lo sé… Solo que tu padre no sepa de esto —esta vez, Ace sonó bastante serio.

—No lo sabe ni lo sabrá —Kuina adoptó la misma seriedad que el chico—. Bueno, me retiro a dormir, Ace, buenas noches —se despidió suavemente—. Cuida que mi hermano no haga ninguna estupidez más —agregó con un tono mortalmente serio y se dio la vuelta para irse.

Y esa última oración causó que el sexto sentido de Ace se alertara, porque si la muchacha lo decía en ese tono, es porque de algo se estaba dando cuenta, algo que todavía el no veía, pero no tardaría en descubrir.

Más eso sería luego. Ahora, harto de pensar, se metió a su habitación y sin encender la luz, se desnudó por completo para darse una ducha en el pequeño baño que estaba dentro de la misma.

Asearse no le llevó más de quince minutos, salió del baño y se secó rápida y eficientemente el cuerpo y cabello, enfundándose solo un bóxer rojo. Mientras bostezaba, llegó a su cama, metiéndose bajo las cobijas. Sin embargo, sintió un peso extra al lado de su cama y si hubiese sido un niño, probablemente y gritaba, pero como ahora era un adulto iba a encender la luz. Estaba por salir de su cama, cuando unos delgados brazos lo atraparon, abrazándole.

—Ace… —masculló Luffy con un suspiró.

Tan pronto el pecoso sintió el cuerpo de su hermanito casi desnudo, su corazón dio un vuelco tremendo, mientras sentía como un fuerte calor le inundó el cuerpo.

— ¡¿Qué estás haciendo, Luffy?! —exclamó Ace tratando de moderar su tono, haciendo todo lo posible por controlar su cuerpo.

—Shishi, Ace, lo siento, es que tenía una pesadilla y cuando duermo contigo me siento bien —respondió Luffy como si fuera obvio.

—Y-ya no eres un bebé para hacer esto, Luffy, lárgate a tu habitación —protestó Ace completamente incómodo en el abrazo que su hermanito le tenía envuelto.

—No quiero —fue la sencilla respuesta—, no me iré —esta vez, gracias a la ligera luz lunar que se colaba por la ventana del pecoso, se pudo ver el puchero que Luffy tenía.

¿Cómo negarse ante esa cara? Dios, ya bastante era con amarlo de manera insana y con una cara así, no podía negarse. Malditamente no podía. Ace suspiró profundamente. Por favor, que no haga nada más, pensó con súplica.

—Ya, está bien, ven —esta vez, extendió los brazos para abrazar mejor al revoltoso pelinegro que tenía de hermano menor.

Luffy encantado, se pegó todavía más al cuerpo ajeno, enterrando el rostro en el pecho de Ace y enrollando los brazos en el musculoso torso de este mismo.

—Te quiero mucho, Ace —murmuró Luffy dejando de manera inconsciente un beso en el pecho de su hermano, cayendo al instante completamente dormido.

Mientras que al hermano mayor se le aceleró el corazón a más no poder y su cara se tiñó de rojo por esa acción. Le gusta tentarme, maldición, pensó, a veces pienso que lo hace a propósito, suspiró nuevamente y ya con las hormonas más calmadas, terminó por quedarse dormido abrazado a su hermanito.


/Domingo 6 de Enero del 2008/
Templo Meiji

Después de Año Nuevo tenía hasta el siete de este mes para ir a ofrendar en el templo y dar gracias por un año más y ese tipo de cosas. Pero la verdad, Zoro no creía en nada de eso. Para él lo único en que tenía sentido creer era en sí mismo, ¿por qué creer en algo que no ve? Claro, eso no significaba que menospreciara a los creyentes y si estaba en ese lugar era por ese mismo motivo, además de que fue prácticamente obligado por su hermana Kuina. Al menos, solo estaban ellos dos, porque si hubiese estado su padre, todo sería mucho más incómodo.

—No entiendo la necesidad de traerme a este lugar —refunfuñó Zoro con el ceño fruncido y bastante huraño.

—No te hagas idiota, sabes bien porque te traje aquí hoy —amonestó Kuina sin enojarse realmente.

Zoro suspiró, pero no dijo nada. Porque a mamá le hubiese gustado, pensó con un ligero nudo en la garganta.

—Solo no te pongas de llorona sentimental.

—Yo no hago semejante niñerías —se defendió Kuina, fulminándolo con la mirada.

El peliverde sonrió por la expresión que su hermana le dedicó.

Los dos hermanos no dijeron nada más y continuaron con la tradición que cada Año Nuevo en Japón debían hacer, tomándoles algo de tiempo. Si algo bueno había de esto, es que estaba pasando un rato con su hermana y aunque su relación no fuera la mejor, ciertamente se sentía agradecido por pasar conviviendo un rato con ella, porque aunque no le llegara a admitir, había veces que extrañaba esos momentos como cuando eran niños y los dos eran unos confidentes a muerte. ¿Dónde se había ido aquella unión? Ni el mismo Zoro ni Kuina lo sabían realmente. Así que simplemente sin quejarse, se dejarían llevar para distraerse este día.

Pasaron toda la mañana fuera de casa, yendo a un lugar a otro; a los lugares donde iban cuando niños y lógicamente quien guio todo el trayecto fue Kuina, sabedora de la mala orientación del peliverde, pero ese detalle era lo que también hacía divertido esa salida entre hermanos que hacía mucho tiempo no se daba.

—Realmente fue un día… extraño, pero me gustó pasarla contigo, hermanito —se atrevió a decir Kuina sin mirar al peliverde.

—Sí, bueno, todo el día me estuviste regañando, señorita gruñona —respondió Zoro ligeramente avergonzado por las palabras de su hermana.

—El burro hablando de orejas —espetó Kuina entrecerrando ligeramente los ojos.

—Ya empiezas —Zoro resopló, pero lejos de estar enojado, simplemente sacudió la cabeza.

Kuina le miró y con el dedo índice le dio un toque en la sien a su hermano.

—Vamos, que seguramente papá nos estuvo buscando todo el día.

— ¿Qué acaso no le dijiste nada?

—Dije que saldría, pero no contigo. Supuse le dirías.

—Siempre pones las cosas a tu conveniencia, Kuina —y repentinamente el mal humor regresó a Zoro e ignorando por completo a su hermana, se adelantó, ingresando a la casa para ir directamente al gimnasio.

La muchacha se quedó quieta; ella simplemente quería hacer una broma, pero al parecer las cosas no salieron así. Suspiró, necesitaba tener la misma relación con su hermano, justo como era antes, ¿pero que podía hacer ahora? Había muchas, muchas cosas que se interponían en su hermandad y una de esas era la clara preferencia de su padre tanto en la familia como en el kendo.

Por su parte, Zoro llegó más que molesto a su habitación, pues al notar que su padre estaba en el gimnasio, no quiso ir hacía ahí. Le frustraba el terminar molestándose con su hermana por cosas que cuando las razonaba bien, se daba cuenta que eran insignificantes y disculpas no pedía por el simple hecho de que no era bueno con las palabras. Sí que me haces falta, mamá, pensó con cierta nostalgia. Sus ligeros recuerdos de infancia se vieron interrumpidos cuando su celular sonó y al ver en el identificador de llamadas, contestó al instante.

—Ero-cook.

—M-Marimo… —la respuesta de Sanji fue una que el peliverde no se esperaba, este tenía la voz ahogada.

— ¿Qué sucede? —preguntó Zoro completamente preocupado; no era la primera vez que oía la voz del rubio así, pero por ese mismo motivo es que sabía que algo malo había pasado.

—Necesito… verte —masculló Sanji y sin necesidad de verle, fue suficiente con escucharlo para suponer que estaba frunciendo los labios—. Estoy afuera de tu departamento…

—Voy, espérame —fueron las palabras de Zoro y segundos después colgó.

Sin importarle nada, ni con quien pudiese toparse en el camino, salió de su habitación con su billetera y un abrigo, corrió con una tremenda rapidez bajando las escaleras e ignorando a los empleados domésticos que le miraron estupefactos, así como su hermana.

Ahora quien le importaba era Sanji y solo él.

Y cuando salió de su casa, ni cuenta se dio que desde una ventana, un niño de ojos grises le observó.

Zoro abordó un taxi con prisa y le indicó con demasiada brusquedad al chofer la dirección de su departamento, asustándolo, pero no le importó, necesitaba ver al rubio.


Edificio Departamental

Un muchacho delgado, pero musculoso, estaba sentado enfrente de la puerta de ese departamento que era el único lugar que le traía paz. Su cabello rubio le cubría por completo el rostro, ocultando aquello que no quería que viera nadie más que él.

Otra vez las cosas se habían salido de control, otra vez las cosas sucedieron en su contra y todo porque no fue un verdadero caballero e hizo enfadar a su prometida Nami. Pero, ¿qué podía hacer? Por más que lo intentara, era un cobarde de primera. Sí, aceptaba que quizá lo que le estaba pasando se lo merecía por completo, porque no era un ciego para no notar el daño que le causaba a su Zoro, porque aunque no fuera suyo en su totalidad, para Sanji lo era. Sabía que lo dañaba con esa relación y que sería mejor estar lejos para ambos, sin embargo, quizá el peliverde si podría dejarle, pero él no. No podía y es que sentía a Zoro como su pilar.

Aunque como es de esperarse, no debía demostrarlo de una manera tan extensa. Porque no importaba lo mucho que le amase, no estaba dispuesto a formalizar esa relación en lo más mínimo. Su miedo y vanidad no se lo permitiría, así como su inexplicable amor a las mujeres.
Por eso y muchas razones más, no debía alentar tanto a Zoro, aunque Sanji fuese el principal en no querer alejarse de este.

Después de que le hubo llamado al celular, no pasaron ni quince minutos, cuando esa añorada voz le habló.

—Sanji —dijo Zoro con una preocupación infinita.

El rubio simplemente le miró entre todo ese cabello amontonado y se lanzó a abrazarlo con fuerza.
Y el otro no dijo nada más, lo abrazó como si su vida dependiera de ello mientras que como podía abrió la puerta para adentrarse los dos ahí.

Una vez en la seguridad del departamento, Sanji comenzó a temblar.

— ¿Qué sucedió ahora? —preguntó Zoro, refugiándolo en su pecho, olvidándose de todo lo malo que había vivido en esta relación solo con el simple cometido de apoyar al rubio.

—Ella… tuve una complicación con Nami… —balbuceó Sanji con los ojos cerrados, agarrándose con fuerza del cuello de la playera del peliverde— Mí padre lo supo y… y… —pero no fue capaz de decir nada más o terminaría llorando y si había algo que le jodía a Sanji, era llorar, aunque si se trataba del Marimo, podía considerarlo.

No eran necesarias más palabras para que Zoro entendiera a la perfección lo que había pasado. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que el padre de Sanji lo había golpeado brutalmente solo por "hablarle mal" a una dama? El padre del rubio sí que era un fanático al exagerar esas cosas, pero en eso no estaba el verdadero problema, sino que por lo que Zoro investigó tiempo atrás, la tal Nami era hija de una empresaria bastante famosa que beneficiaría a la compañía del padre de Sanji y ese compromiso tenía que salir a la perfección; el rubio no podía cometer ningún error con la chica esa o todo el negocio de su padre se derrumbaría. Y seguramente con aquella complicación que tuvo con Nami, el compromiso pudo ponerse en peligro, razón por la cual, ahora el otro muchacho estaba todo golpeado.

—Ya, estoy contigo, lo sabes, ¿verdad? —susurró Zoro con cierta ternura en la voz, acariciando los cabellos rubios impropios— ¿Nos duchamos juntos?

—No quiero… que me veas así, Marimo —dijo Sanji, refiriéndose a los golpes que tenía.

Quizá los golpes no fuesen tan violentos como cuando era niño, pero fueron aquellos mismos golpes pasados los que le dejaron ese trauma, por eso mismo no soportaba la violencia, por eso mismo no se atrevía a ir en contra de su padre.

Y ese, ese era uno de los motivos por los cuales Zoro recordaba que le valía una mierda sufrir por ser el plato de segunda mesa, siempre y cuando pudiese dar consuelo al rubio cuando lo necesitase. Era por eso que se volvió un masoquista. Era por eso que no podía alejarse de él, porque Sanji era demasiado frágil y quería ser él quien lo cuidara. Incluso aunque al principio lo dudara, al final, no pudo dejar de protegerlo, no pudo separarse porque lo amaba y se preocupaba. Pese a que no lo tomara en serio, Zoro estaba a su lado.

Todo por ese irremediable amor que a veces frustraba al peliverde, ¿cómo podía dar tanto sin recibir nada? Y no es que precisamente deseara recibir compensación, pero nunca en su vida había sido más noble que cuando estaba al lado del rubio.

Sanji era el dueño de su dolor, pero también de su irremediable calma, porque cuando estaba a su lado, todo lo malo desaparecía, incluso aunque cuando este se fuera, el sufrimiento llegara en su lugar. Pero lo valía, todo con tal de no dejar solo a su amado rubio.

—No digas tonterías, Sanji —en momentos como estos, Zoro siempre le llamaba por su nombre—; no me importa el aspecto que tengas, para mi eres igual de hermoso.

—… —Sanji sintió un nudo en su garganta y dejó que el peliverde le apartara el cabello para encontrarse con esos ojos negros tan profundos y que le brindaban mucha seguridad.

Empero cuando Zoro vio el rostro del rubio, hizo un esfuerzo por tragarse la bilis de la rabia.

El rostro ajeno estaba cubierto de sangre que salía por la nariz, así como los pómulos inflamados y cortes en las mejillas, además en el cuello blanco del rubio estaban marcados unos dedos, lo que indicaba que le ahorcaron durante algunos momentos. Aquella ira homicida creció a más no poder y antes de que pudiese decidir en salir y matar al padre de Sanji, este lo abrazó con fuerza.

—Solo quiero estar contigo, Marimo —susurró con la voz débil.

—Anda, vamos a bañarnos.

Zoro guio hasta la cama al rubio, donde lo sentó con cuidado para ayudarlo a desvestirse; en esos momentos no había lujuria alguna.

Cuando los dos muchachos estuvieron completamente desnudos, ingresaron al baño. Y Zoro se metió primero a la bañera con agua tibia, ayudando después a Sanji, estando sentados, lo abrazó con sumo cariño, empezando a limpiarle la sangre seca con cuidado de frotar con fuerza las zonas del cuerpo golpeadas, aunque no le resultó muy bien, porque su tacto era naturalmente tosco.
Higienizarse a ambos les llevó casi una hora entera, pero al final, regresaron a la habitación, ya completamente secos. El peliverde le prestó a Sanji un pijama que consistía en una camisa floja y de algodón junto con un bóxer celeste, el atuendo del primero consistió solo en un bóxer gris.

—Vamos a dormir ya, Marimo —la voz de Sanji seguía escuchándose apagada mientras se sentó en la cama.

—Como quieras —Zoro se subió a la cama para acomodarse en las cobijas y haciéndole un espacio al rubio—. Anda, ven.

Sanji alzó su mirada azul intenso y sin pensárselo dos veces, se acurrucó en el abrazo del peliverde, refugiándose en esos brazos musculosos y cálidos que tanto le gustaban. Mientras, Zoro estaba encantado, pero todavía preocupado de los golpes que recibió el rubio. Eran pocas las veces en que Sanji se comportaba así de "tranquilo" o cariñoso, pocas veces en que se veía así de vulnerable.

No importaba lo mucho que se llegara a enojar consigo mismo o con el rubio, lo amaba y seguiría estando a su lado para apoyarlo, aún si su único lugar era el segundo para Sanji. No podía evitar el amarlo, pese a que a veces llegaba a detestar ese sentimiento, pero así estaban las cosas; protegería al rubio.

— ¿Cómo está tu cuerpo? —preguntó Zoro, acariciando el cabello ajeno.

—Esta relajado —Sanji suspiró y se removió para pegarse más al cuerpo del peliverde, cerrando los ojos y quedándose dormido casi al instante.

Zoro le miró con cierta ternura y poco después, también se durmió.


/Lunes 7 de Enero del 2008/

La angustia de Sanji en sus sueños causó que despertaran al peliverde en plena madrugada, sobresaltado.

—Hey, Ero-cook, despierta —habló Zoro con fuerza, pero el rubio simplemente gimoteaba mientras repetía "no, no"—. ¡Sanji, es solo un sueño! —casi gritó, logrando que el chico despertara.

Por su parte, Sanji le miró con los ojos desmesuradamente abiertos y los ojos cristalizados, causando que al peliverde se le aplastara todavía más su corazón al ver el tremendo miedo en esa mirada.

Y entonces, una decisión llegó de golpe.

—Todo está bien, Sanji, estoy contigo, estaré contigo —dijo Zoro, abrazándolo con fuerza, acunando ese rostro pálido entre su pecho—. No importa que pase, voy a protegerte, Sanji, te lo prometo.

El rubio en ese momento se sintió completamente protegido y no negó de esas palabras, porque las necesitaba y necesitaba que aquello se cumpliera.

— ¿Me lo prometes, Marimo? —preguntó ahora con la mirada clavada en el ajeno— ¿De verdad no me dejarás?

—Soy un hombre que cumple lo que promete, Sanji y te protegeré, no dejaré que nadie más te haga daño —la voz de Zoro fue tremendamente determinante.

Y entonces, se fundieron en un beso casto, por primera vez, sin volverse uno lleno de lujuria.


/Martes 8 de Enero del 2008/

Cuando Zoro abrió los ojos, estaba completamente solo en su departamento.

—Ya sabía yo que esa muestra de tanto cariño ayer había sido demasiado bueno para ser verdad —se dijo a si mismo con la mirada inexpresiva.

Ya no se sorprendía, pero dolía. Dolía saber que siempre era el último recurso de Sanji, dolía y era eso lo que le jodía muchas veces. Aun así, cumpliría la promesa que le había hecho el día de ayer.

Eran aproximadamente las cuatro de la madrugada todavía y su celular sonó, así que respondió de manera automática sin ver quien era.

— ¡Zoro, joder! ¿Dónde estás? —era Ace y su voz estaba bastante incómoda.

— ¿Qué mierda quieres ahora? —Zoro se molestó.

—Tú padre esta como fiera porque no estás y ¡hoy llega el hijo de Doflamingo, ese que tienes que cuidar, además de que hoy regresan a clases tú y Luffy!

Maldición, se me había olvidado todo eso por completo, pensó Zoro.

—Tsk, ¡dile que voy para allá en una hora!

—Vale, pero apresúrate que Doflamingo estará aquí en tres horas más y luego yo los llevaré a la escuela —dicho eso, Ace finalizó la llamada.

Y justamente en una hora, Zoro estuvo vestido con el uniforme que siempre tenía en su departamento, se había bañado también. Solo le faltaba su mochila, pero esa estaba en la habitación de su casa, por lo tanto, ya estaba listo. Salió corriendo de su departamento, cerrándolo bien. Una vez estuvo afuera del edificio, paró un taxi, el cual abordó con prisa, indicando la dirección.

Ya había pasado el trago amargo con Sanji, pero ahora por alguna razón se sentía completamente ansioso, ¿el motivo? Si Zoro lo supiera no estaría también frustrado por las emociones que le embargaban. Y pensar que estaré dos semanas con ese enano, pensó, ¿por qué mierda me siento nervioso?

Tal vez ese actuar se debía a que estaría de niñera con ese niño de ojos grises para sacarle alguna información sobre Doflamingo, sin embargo entre más se auto convencía de que ese era el verdadero motivo, menos seguro estaba. Estás semanas serán bastante largas…, pensó Zoro nuevamente, suspirando de manera discreta mientras en su mente aparecían esos ojos grises que poseía Law y que ignoraba cuanto le gustaban.


Chan, chan, chaaaaaan x'D.

Ya se viene el re encuentro entre Zoro y Law tan peculiar como siempre. Sé que los hice esperar, sin embargo, hay puntos que tenía que tocar muy importantes antes de que se diera la llegada de Law, como seguramente pudieron notar, jé.

De hecho, la evolución de la pareja protagonista no es tan rápida como esperan o desean, hay muchas cosas que los personajes deben pasar antes de que se dé, antes de que pase lo que todos esperamos(?). Ya verán que serán recompensados uvu.

Bueno, en el próximo capítulo ya se desata todo, juegue.

¡Espero que dejen sus comentarios, eh! Cuídense mucho, los adoro :3