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Porque InuYasha jamás llegó por ella. Prometió buscarla y nunca volvió.
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Disclaimer: 犬夜叉 (Inu-Yasha) pertenece única y exclusivamente a Takahashi Rumiko.
—Soledad—
Capítulo séptimo
Sus dedos rozaron con suavidad el borde de la losa de piedra que tapaba el pozo que llevaba más de quinientos años en ese lugar, que ahora era el templo en el cual vivía. Acarició también con cuidado unos pergaminos dorados que eran utilizados como sellos.
¿Por qué su hija había estado tan obsesionada con ese viejo pozo? Llevaba más de media hora frente a él y aun no podía comprender el motivo. Solo era un viejo pozo abandonado, no tenía nada de especial.
— ¿Mamá?
La mujer se giró lentamente al escuchar la voz de su hijo menor regresando de la escuela. Debió de haber llegado a casa y, al no encontrarla, decidió revisar todo el templo.
— ¿Estás bien, mamá?
Sôta avanzó hacia su madre. Había crecido en esos últimos años, puesto que ya debía de haber alcanzado la estatura de su madre.
La señora Higurashi solo asintió y le sonrió a su hijo.
— ¿Me ayudas a quitar esta losa? —le preguntó a su hijo, poniendo su mano sobre la piedra que tapaba el pozo.
Sôta parpadeó confundido.
— ¿No se supone que no ha sido tocada en doscientos años?
—Sí. —la mujer dejó ir un suspiro y dirigió su agotada vista hacia el pozo. —Pero Kagome estuvo tanto tiempo tratando de hacerlo…—una solitaria lágrima recorrió su mejilla. —Que quiero, aunque sea algo tonto, ver el interior.
La mirada del joven se entristeció al escuchar el nombre de su hermana mayor, pero trató de mantenerse firme por su madre. Sabía perfectamente lo que le ocurriría a su hermana en unas cuantas horas y, aunque llorara por dentro, no podía darse el lujo de perder la compostura frente a su madre, ella lo necesitaba.
Juntos quitaron los pergaminos dorados que sellaban el pozo y, con mucho esfuerzo, lograron apartar la piedra, que cayó junto al pozo partiéndose por la mitad.
Hubo un pequeño momento de silencio antes de que la señora Higurashi decidiera dan el primer paso y asomarse dentro del pozo. Sôta, guiado por su curiosidad, apoyó sus manos en el borde del pozo y se asomó dentro, igual que su madre.
Ambos se quedaron viendo el interior del pozo por un largo tiempo. No se distinguía nada dentro, solo oscuridad, vacío.
—Supongo que fue una idea un poco tonta. —la mujer trató de tomarse la situación con algo de humor.
Sôta suspiró y luego le sonrió a su madre.
—Regresemos a casa, debes de estar hambriento. —le sonrió ella a su hijo.
Salieron juntos de la caseta del pozo y, antes de comenzar a caminar hacia la casa, el sonido de un golpe que provenía de la caseta del pozo los detuvo. Ambos se voltearon instantáneamente por el susto, creyendo que encontrarían a algún malhechor queriendo husmear por los alrededores.
— ¡¿Dónde está Kagome?!
Ambos se quedaron de piedra al ver que la pregunta, formulada con desesperación, venía de un muchacho. Un muchacho de traje rojo y cabello plateado. Pero no fue eso lo que llamó la atención de ambos espectadores, sino el color singular de sus ojos.
Unos ojos color ámbar.
Continuará…
