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Había un tejado sobre mi cabeza. Un techo de paja mugrienta, con aspecto de estar a punto de caerse a pedazos, pero un tejado al fin y al cabo. Dado que, hasta donde yo sabía, desde que nos habían capturado habíamos pasado todo el tiempo al raso o refugiados en cuevas en las montañas, supuse que eso significaba que habíamos llegado a nuestro destino, fuese cual fuese.

Seguía teniendo las manos atadas a la espalda, como todas las veces que había recuperado la conciencia los días anteriores, y me dolía todo el cuerpo, pero al menos ahora la cabeza no me daba vueltas. Tal vez hubieran dejado de darme aquel asqueroso brebaje narcótico que habían estado obligándonos a beber a Lothiriel y a mí cada vez que abríamos los ojos.

Lothiriel. El pánico se apoderó de mí mientras trataba de incorporarme para buscarla. ¿Y si se la habían llevado a algún otro sitio mientras yo estaba inconsciente? ¿Y si nos habían separado? ¿Y si se habían atrevido a…? ¡Maldición! No quería pensar en lo que podía haberle pasado por mi estupidez, mi cabezonería, mi imprudencia. ¡Por todos los Valar! Si le pasaba algo yo…

Si le pasaba algo me ocuparía de que el culpable lo pagara caro, aunque eso no me sirviera de alivio. Bien pensado, el principal culpable era yo. Si no fuera por mí ella habría seguido durmiendo tranquilamente en su tienda, y probablemente a estas alturas estaría segura tras los muros de Edoras.

Algo se movió detrás de mí, provocando un ruido casi imperceptible sobre las esteras de paja que cubrían el suelo. Giré sobre mi costado, a pesar de las protestas de mis músculos entumecidos, y suspiré aliviado al descubrir a Lothiriel a mi lado. Tenía la cara sucia, el pelo incluso más alborotado de lo normal y el vestido lleno de polvo, pero aparentemente estaba sana y salva.

Dormida. Eso me preocupaba. No la había visto despierta desde que nos habían capturado hacía ¿cuánto? ¿Dos? ¿Tres noches? No estaba seguro. Tenía la impresión de que fuera estaba empezando a oscurecer. Tal fueran cuatro.

Me arrastré hasta recorrer la escasa distancia que me separaba de ella y estaba enfrentándome al dilema de cómo despertarla sin usar las manos cuando parpadeó ligeramente y me encontré mirado directamente a sus hermosos ojos grises. Ojos que no parecían en absoluto adormilados.

- Loth…

- Sshhh… - me interrumpió antes de que consiguiera decir nada. – Que no te oigan. Si se enteran de que estamos despiertos volverán a hacernos tragar esa cosa asquerosa.

Arrugó la nariz en una mueca de disgusto tan fuera de lugar que casi me arrancó una sonrisa.

- ¿Cuánto tiempo has estado despierta?

- Todo lo que me he atrevido sin hacerles sospechar,- me respondió en un susurro-. No ha sido demasiado difícil, a ti te vigilan casi todo el tiempo, pero yo no les preocupo gran cosa. Mientras mantenga los ojos cerrados y no me mueva mucho no me hacen demasiado caso.

Si estaba asustada no lo demostraba y eso me tranquilizó considerablemente. Por muy comprensible que fuera, un ataque de histeria en aquel momento no iba a ayudarnos a salir de allí.

- ¿Y qué has oído mientras se suponía que estabas dormida?

- No mucho. Sólo que llevaban tiempo planeando esto y vigilando el camino para saber cuándo volvías a casa,- me explicó en un susurro-. Y que están esperando a alguien. No han dicho su nombre, pero parece que esperan que llegue pronto. Se palpa la excitación en el aire, creo.

- Entonces no nos queda más remedio que intentar escapar esta noche. Puede que se muestren más confiados ahora que han llegado a casa que durante el camino.

Eso esperaba, porque hasta el momento cada vez que había despertado lo había hecho rodeado de hombres armados. Tal vez se confiasen en la seguridad de las paredes que nos rodeaban para bajar la guardia, por lo menos un poco.

Claro que con las manos atadas a la espalda tampoco es fue supusiéramos una amenaza demasiado grande. Una rápida mirada a mi alrededor me confirmó que la choza estaba completamente vacía, salvo por las esteras de paja que cubrían el suelo y un par de taburetes en una esquina. No habían dejado a nuestro alcance nada que pudiera resultarnos útil.

- Creo que sólo hay un guardia en la puerta y pronto estará completamente oscuro. Tenemos que intentar escabullirnos de noche,- murmuró Lothiriel, su aliento rozando mi oreja.

- Tal vez sea posible, si encontramos la forma de desatarnos-. Y si no vienen a buscarnos antes, pensé.- Dime que se han confiado contigo y no te han apretado demasiado las cuerdas.

- No, no ha habido suerte,- dijo moviendo los hombros como si estuviera probando la tensión de sus ataduras-. Pero no importa. ¿Puedes meter la mano por debajo de mi falda?

- ¿Qué?- la sorpresa hizo que casi olvidase hablar bajo. No podía haber oído bien. O tal vez la situación estuviera afectándola más de lo que parecía-. ¿Que si puedo qué?

- Meterme la mano por debajo de la falda,- dijo con exagerada paciencia-. ¿Crees que puedes?

Definitivamente había perdido el hilo de la conversación. Cierto que ansiaba aquel momento desde el mismo día que la había conocido, pero siempre había pensado que sería yo el que llevase la iniciativa y, para ser sinceros, la situación no parecía precisamente la más apropiada.

- Lothiriel, cariño,- no estaba seguro de cómo afrontar la situación con delicadeza-. Eso es realmente tentador, pero no sé sí…

- Eomer, éste no es el momento. ¿Quieres hacer el favor de meter la mano bajo mi falda? Pueden volver en cualquier momento.

Tenía razón. Podían volver en cualquier momento y si me encontraban en aquella postura la situación iba a ser considerablemente embarazosa. Lothiriel no parecía preocupada, sin embargo. Había un brillo travieso en sus ojos que ya estaba empezando a conocer. Opté por respirar hondo y confiar en ella.

No me resultó fácil encontrar una posición desde la que pudiera hacer lo que me pedía con las manos a la espalda, a pesar de que ella hacía todo lo posible por ponérmelo fácil. Durante unos minutos gemimos, jadeamos y nos arrastrando tratando de que el ruido no nos delatara.

Me llevó un tiempo que se me hizo interminable, pero por fin mis dedos alcanzaron el borde de su vestido y empecé a empujar la tela hacia arriba. ¿Quién me lo iba a decir? pensé sin disimular una mueca. La primera vez en años que buscaba algo bajo las faldas de una mujer sin saber lo que era y tenía que ser con Lothiriel sobre el suelo sucio de una cabaña mugrienta.

Deslicé la mano hacia arriba desde su tobillo, tratando de ignorar el calor de su piel a través de sus medias. Rocé el interior de su rodilla, subí un poco más y entonces lo encontré.

- Estás llena de sorpresas,- miré por encima de mi hombro mientras buscaba la empuñadura de la pequeña daga sujeta entre la liga y la media. ¿Cómo es que no la han encontrado?

- Dale las gracias a Hannaeth. No deja de insistir en que salir de viaje es peligroso,- me sonrió mientras se giraba para permitirme alcanzar la empuñadura con más facilidad-. Ni siquiera se han molestado en registrarme. Al parecer esta gente cree que soy inofensiva.

-Y no sabes lo mucho que me alegro-, aunque ella parecía casi ofendida-. Ven acércate, deja que corte esas cuerdas.

- No, mejor tú primero,- negó con la cabeza mientras se incorporaba para sentarse junto a mí, espalda contra espalda-. Si alguien entra es mejor que seas tú el que esté desatado.

Iba a contradecirla, pero había lógica en lo que decía, así que cuidadosamente le pasé la daga.

- Sujétala con fuerza y no te muevas. Yo me ocupo del resto.

El puñal era pequeño, pero una vez que encontramos el ángulo correcto para que cortase la cuerda y no mis muñecas no tardé en sentir cómo las cuerdas se aflojaban. Estaban casi sueltas cuando oímos voces en la puerta. Lothiriel se quedó rígida a mis espaldas.

- Tranquila, casi estoy libre,- susurré simulando una calma que estaba muy lejos de sentir-. Tal vez podamos enterarnos de algo mientras termino de desatarme. ¿Crees que podrás simular que eres una doncella indefensa durante un rato?

- Me parece que podré arreglármelas.

Noté cómo respiraba hondo y dejaba caer la daga entre mis dedos antes de acurrucarse contra mí, con la cabeza apoyada en mi hombro. Me hubiera gustado decirle algo más, pero la puerta empezó a abrirse y sólo hubo tiempo para comprobar de nuevo la resistencia de las cuerdas. Si no me equivocaba, bastarían un par de tirones para terminar de romperlas. Esperaba de todo corazón no estar equivocándome.

Sujeté la daga con firmeza y me coloqué entre Lothiriel y la entrada de la choza. La puerta se abrió y dos individuos cruzaron el umbral. Altos, de pelo oscuro y piel cetrina, malencarados, con aspecto de andar buscando pelea. Había visto hombres así entre los matones de Isengard y su presencia allí no presagiaba nada bueno.

- Buenas noches,- dijo el que había entrado primero con una sonrisa burlona-. Espero que hayáis descansado bien y estéis disfrutando de vuestras habitaciones.

Me limité a fulminarlo con la mirada, esperando a que continuase. El individuo no parecía tener prisa, sin embargo. Su sonrisa se amplió incluso más, dejando ver un diente roto. Muy despacio, asegurándose de llamar la atención sobre sus movimientos, apoyó la mano en la empuñadura de la espada que llevaba colgada a la cadera. Mi espada si no estaba muy equivocado.

- Sé que no están a la altura de lo que estáis acostumbrados, pero es lo mejor que podemos ofreceros. De todas formas, no os quedaréis aquí mucho tiempo. No tardarán en venir a buscaros y estoy seguro de que entonces vuestros aposentos serán más de vuestro agrado, pero hasta entonces,- dio un paso adelante y recorrió a Lothiriel con la mirada de forma absolutamente ofensiva. La sentí estremecerse contra mí y me moví para colocarme frente a ella-, pensamos que tal vez os vendría bien algo de compañía.

- Habéis pensado mal,- respondí con el mismo tono que uso con los jinetes jóvenes e indisciplinados-. Salvo que se trate de alguien que pueda aclararnos qué hacemos aquí. Y dudo que tú seas la persona adecuada.

Su rostro se crispó en una mueca de furia y el golpe llegó con tanta rapidez como había esperado, lanzándome de espaldas contra el suelo y arrastrando a Lothiriel conmigo. Rodé por el suelo, apartándome de ella tanto como me fue posible y mi pie impactó contra el pecho del hombre que me había golpeado.

Inmediatamente los dos se abalanzaron sobre mí. Forcejeé con mis ataduras mientras trataba de esquivar los golpes. Sentía las cuerdas a punto de romperse, pero no terminaban de ceder. Un pie calzado una bota pesada impactó contra mi estómago y oí a Lothiriel gritar en algún punto al otro lado de la cabaña. Era el momento de cambiar de estrategia. Dejé escapar un gruñido de dolor, cerré los ojos y traté de no reaccionar a los golpes que siguieron.

- Listo, preciosa,- casi ronroneó uno de los dos hombres-. Tu amigo está ocupado durmiendo. Ahora ya podemos divertirnos los tres sin que él nos moleste.

Apreté los dientes y tensé los músculos con toda la fuerza que me quedaban. Sólo un poco más. Un poco más y estaría libre. Abrí los ojos y clavé la mirada en Lothiriel, que había retrocedido hasta quedar con la espalda apoyada en la pared al otro lado de la choza. Una mano se adelantó para rozarla y ella se agitó para esquivarla entre las carcajadas de los dos matones de Isengard.

Y de pronto todo se precipitó. Las cuerdas cedieron. Uno de los dos hombres se adelantó para sujetar a Lothiriel contra la pared y ella levantó una pierna y le asestó una patada entre las piernas que lo hizo tambalearse retrocediendo. Mis dedos se cerraron con firmeza sobre la empuñadura de la daga que no había soltado en ningún momento y en segundos estuve encima del segundo hombre. Cogido por sorpresa, no alcanzó a reaccionar y cayó al suelo con la garganta abierta, sin tiempo de dar la alarma.

Era el hombre que llevaba mi espada. Sujeté la empuñadura mientras caía y el impulso del cuerpo al desplomarse dejó el acero desenvainado en mi mano. Con una espada en la mano, no necesité mucho para acabar con el segundo matón, todavía aturdido por el golpe de Lothiriel. En cuestión de un par de minutos la tuve por fin entre mis brazos.

- ¿Estás bien?- pregunté junto a su oído mientras deshacía a toda prisa los nudos que le sujetaban las muñecas.

- Creo que sí,- sus dedos temblaban ligeramente mientras rozaban un punto especialmente doloroso en mi barbilla-. Estaré mejor en cuanto salgamos de aquí.

La recorrí con la mirada. Salvo por el ligero temblor que la sacudía parecía estar bien.

- ¡Eh! ¿A qué esperáis para acabar ahí dentro? El Viejo no va a tardar en llegar y yo también quiero divertirme un rato.

La voz del guardia me interrumpió antes de que llegara a contestar. La puerta se entreabrió y antes de que pudiese reaccionar lo agarré por el pecho de la camisa, tiré de él hacia dentro y le planté el puño en la cara, descargando en él toda la furia y la frustración que llevaba conteniendo desde que nos habían secuestrado. Cayó desmadejado contra la pared del fondo, sin dar señales de ir a levantarse de nuevo.

- Vamos, tenemos que darnos prisa,- apremié a Lothiriel, que se inclinaba sobre uno de los cuerpos caídos. Fruncí el ceño al ver que se levantaba sujetándose la vaina de una espada a la cadera. Iba a protestar cuando recordé que sólo unos minutos antes había sido "su" arma la que nos había librado del apuro-. Quédate detrás y no te separes de mí. Y por el amor de los dioses, no intentes usar eso a no ser que sea absolutamente necesario.

Su pequeña mano sobre la manga de mi camisa me detuvo cuando empezaba a volverme hacia la puerta y sus labios rozaron los míos durante apenas un par de segundos.

- Para desearnos suerte,- susurró con una sonrisa.

No teníamos tiempo. Era probable que todo el poblado se nos echase encima en cuestión de segundos, pero no pude evitarlo. Tomé su rostro entre mis manos y me apoderé de sus labios. Lenta, profundamente, hasta que el resto del mundo pareció desaparecer.

- Vamos a necesitar mucha suerte.

La estreché entre mis brazos un momento más y por fin me acerqué a la puerta, la entreabrí y me asomé al exterior.