Punto para mí

Seguía caminando, expulsando por cada poro mi frialdad. No podía quitarme esa máscara. Si eso pasaba saldría perdiendo yo. Flaquearía y me lastimaría de vuelta, y Demetri también saldría herido, no podía, no a él.

Quedaba un largo camino por recorrer, pero no debía afectarme.

Recorrimos los largos pasillos en silencio, pero lo más incómodo fue el ascensor.

Ninguno de los dos dijo nada. Aun no podía creer que estuviera aquí. Después de tanto tiempo sin saber de él, ni él de mí. Sé que no debería haber tratado así a Esme y Alice, pero cuando las veo me es imposible.

Si ellos no se preocuparon por nosotras en cien años, ¿por qué debemos hacerlo ahora?

Eso es cierto. Es injusto y doloroso, pero debo crear una barrera entre nosotros. Una muy fuerte e inflexible.

Y eso haría de ahora en más. Quién eran ellos para derrumbar todo lo que he construido hasta ahora. Nadie. Absolutamente nada ni nadie logrará derrumbarme.

Llegamos al último piso de la torre oeste. Allí estaban las habitaciones de los "favoritos de la guardia" según Felix.

Quizá era cierto, porque los más prodigiosos eran los favoritos.

Las puertas del ascensor se abrieron mostrando una pared color beige con cuadros impresionantes. En esta parte de la torre había solo tres habitaciones. Y eran designadas únicamente a quienes se las ganaban. La puerta que estaba en frente al ascensor era la Habitación de Plata, a su derecha estaba la habitación de Oro, y a la izquierda estaba la Habitación de Bronce. No se llamaban así por nada. Dentro de las habitaciones la decoración y el tema eran según la piedra preciosa que indicaba la puerta.

Se otorgaban a los integrantes de la Guardia que lo merecieran. Jane, hace años, ocupaba la Habitación de Oro, Alec la de Plata y Renata la de Bronce. Pero con el correr de los años, y el desarrollo de los dones de cada integrante las habitaciones fueron cambiando de dueños.

Por el momento, la Habitación de Oro me pertenecía, y era muy probable que el odio de Jane hacia mí provenga de eso, ya que ella ahora ocupa de Habitación de Bronce. Pero nadie sabe qué sucedió para que Alec ya no ocupe alguna de esas habitaciones y que Jane ocupe una menor.

Lo que nos dejaba a mí y a Jane en el lugar de las favoritas. Menudo apodo.

Era obvio que toda la guardia codiciaba aquellos cuartos porque eran signo de realeza y superioridad, pero eso no me interesaba.

A mí me atraía porque estaba alejada de todo y tenía una vista hermosa. Me daba tiempo y espacio para pensar sobre lo que se me ocurriera, aunque siempre era lo mismo, sin interrupciones. Era privado y tranquilo. La combinación perfecta.

Pero esa paz se terminaría pronto. Ya que a la persona que venía siguiendo mis pasos le habían entregado la habitación de Plata, situada al lado de la mía. Genial-nótese el sarcasmo-.

Cada puerta tenía escrito, en oro, plata y bronce respectivamente, el nombre de su huésped. Por ende, mi habitación rezaba Bella en oro, la puerta de la otra punta decía Jane en bronce, y la del medio, Edward en plata. Era definitivo, él ocuparía esa habitación durante un tiempo. Y yo tendría que soportarlo.

Nos dirigimos hacia su habitación en silencio. Cuando estaba frente a su puerta me di vuelta y en ese momento descubrí que estábamos cerca, demasiado cerca.

Aléjate. Dijo esa fastidiosa voz, pero lo hice, quedando apoyada en la puerta. Y no me arrepiento. Quizá hubiese cometido una idiotez si no me alejaba.

Rápidamente saqué su llave y se la entregué. Cuando él tomó las llaves tocó mi mano. Una corriente eléctrica atravesó mi columna y una sensación de hogar se alojó en mí. Era tan extraño. Ya no era frío, era cálido. Teníamos la misma temperatura, era entendible.

Una luz de razonamiento cruzó por mi mente y solté la llave en su mano. No le permitiría que vuelva a jugar conmigo. Ya no era una simple y frágil humana. Al menos no físicamente.

-Esta es tu habitación, a tu izquierda está la de Jane, y…

-Y a mi derecha estás tú- dijo señalando mi habitación- Si Alice y Jasper cuentan con Corin, Rose y Emmett con Santiago porque sus habitaciones están cerca, ¿yo puedo contar contigo?

Dijo con un brillo en los ojos. Su voz estaba media apagada, y su media sonrisa no llegaba a sus ojos.

-En realidad, Jane puede ayudarte.- le dije como pude. No se imaginaba cuánto quería que contara conmigo.

¿Segura? ¡No! Claro que no. ¿En qué estaba pensando? No me tendrá para entretenerse, ya no más.

-Me sería más cómodo si tú..

Me armé de valor y lo interrumpí.

-No Edward, no cuentes conmigo. Para nada.- le dije con el alma en la mano. No quería hacerle esto, pero él me había lastimado mucho peor.

Se lo merecía. Se merecía esto y más. Por haber destrozado mi alma, por haber roto mis esperanzas y sueños. Por haber jugado conmigo de la manera más cruel.

Por todo eso, hoy, anotaba un punto para mí.