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"Canción secreta de amor"
por Kay More
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6. Primera cita
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El tiempo es una cosa muy confusa, relativa y ambigua. Puede pasar en un suspiro, como la ráfaga de un viento colado por una ventana; y puede resultar un laberinto pesado, doloroso e interminable de salir para quien está atrapado en él. Tiene saltos extraños, treguas desafiantes y a veces hasta pierde el sentido. Todo depende de lo que se viva en el momento. Es curioso, porque de un segundo a otro, las cosas pueden mutar en algo inversamente opuesto a lo que pensábamos.
Por ejemplo, a Mina los fines de semana siempre se le habían hecho fugaces, insuficientes y claro, poco productivos. Odiaba irse a la cama un domingo y que su primer pensamiento antes de caer rendida sería madrugar y volver al tedio de las clases y las obligaciones. Este fin de semana no fue la excepción, pero por motivos muy distintos a los académicos. Desde que Yaten había abandonado el vestidor de chicas y sus amigas la buscaron para irse a celebrar su victoria deportiva, Mina había entrado en un especie de síndrome post-beso. Era como si le hubieran matado la mitad de las neuronas, que acabó todas sus habilidades psíquicas y motoras. Se la pasó respondiendo con risitas histéricas a sus amigos sobre porqué estaba chopeando las papas fritas en su refresco y no en el aderezo, porque se quedó sentada en el restaurante con la mirada perdida cuando todos ya estaban encaminándose a la salida e incluso había una familia esperando que se largara para poder comer. O por qué casi muere atragantada con un pepinillo cuando Seiya le preguntó con insinuación si su actitud se debía a su hermano, porque no le habían visto el rastro en todo el día y eso, junto con su actitud, era algo sospechoso.
Mina no se atrevió a abrir la boca, más que para escupir el pepinillo. Parte de ella aún creía que sí lo había soñado, y que en cualquier momento rodaría por su colchón y se estamparía contra la alfombra de su cuarto, se sobaría el trasero y todo sería como antes. La otra parte, aunque estando despierta, era demasiado pesimista, y dudaba que la cosa fuera demasiado buena para ser verdad y quedara reducida a una broma de mal gusto o un chascarrillo inusual.
Ninguna de las dos opciones era suficientemente agradable como para externarla, aunque fuera lo más emocionante que le había pasado en muchísimo tiempo.
Estuvo crispada de nervios ésos dos días, evadió a Seiya y Serena (los más cercanos a ella) tanto como pudo, pero sin duda, a quien más le costaría mirar a la cara sería a Yaten. Que ella estuviera aterrada no cambiaba el hecho que las clases transcurrirían con normalidad, y en momentos como ésos, se preguntaba seriamente si valía la pena cosas como presentar ésos exámenes finales para asistir a la universidad. Era muy infantil, pero tampoco ella era una mujer. Era una híbrida atorada en medio de ambas y era un lío decidir cual ser en qué situación o qué momento.
—De acuerdo —se dijo pensando en voz alta antes de entrar al edificio —. No seas cobarde, no eres una cobarde... esto no es tan malo. Es decir, ¿qué es lo peor que puede pasar?
Que Yaten fingiera que nada había sucedido. Que se arrepienta. Que le diga que todo era una broma. Que no la tome en serio.
O que la rechace... por millonésima vez.
Y que todo vuelva a ser un calvario y tuviera que pasar por lo mismo, con lo que le había costado reponerse...
Mina sacudió la cabeza mientras avanzaba por los pasillos, aunque el estómago se le encogía en nudos otra vez. No era propio de ella ser derrotista, pero es que las experiencias pasadas le habían hecho ya no fantasear tan pronto, había aprendido de la peor manera que ilusionarse no garantiza nada, al contrario, entre más te elevas por ellas, más duro es el golpe al caer.
Pero ¡rayos!, que no podía evitarlo. Decir que a pesar de las dudas y miedos actuales no estaba borracha de absurda felicidad, sería mentir. Era una emoción sin bases, claro, no hubo promesas ni tampoco confesiones de ensueño en aquél encuentro. Pero no por eso había sido menos maravilloso. Yaten no lo sabía, pero ése había sido su primer beso de verdad. Y se alegraba tanto de que no hubiera sido aquél beso "obligado"que le pidió el elegido, el especial, porque los besos no se piden. Se dan. O se roban, como había sido éste el caso. Ah, y tampoco se olvidan. Y estaba segura que ella nunca iba a olvidarlo.
No era como lo había imaginado. No había sido el típico besito tímido de cierre después de una cita o de una cena bajo la luz de las velas... no había sido la despedida de película en las escaleras tras un baile para después entrar a su casa y despedirse de la ventana. Nada de eso. Había sido inesperado y arrasador, como una avalancha de nieve. Ni suave, ni corto. Si no picante, delirante e interminable, donde a cada toque suyo, con su boca y con su lengua, sólo crecía su deseo por él como una adicción.
Sublime. Ésa era la palabra.
Tampoco había logrado desprenderse del recuerdo de su calor, y eso le causaba ansiedad. Pues cada que cerraba lo ojos lo veía y lo sentía, y le daba miedo que una vez que viera a Yaten o hablase con él, todo quedara reducido a eso. A una imagen para recordar nada más.
Hubiera sido tan fácil que fuera martes o miércoles... incluso jueves. Pero no, otra vez era lunes, y tenía que acudir a la maldita clase de historia si no quería quedarse en detención una semana, como solía castigarlos el viejillo cascarrabias por cada inasistencia. Una semana de detención no sonaba tan tormentoso comparado con mirar a Yaten a los ojos, sinceramente.
Total, no es que no estuviera acostumbrada de todos modos...
Sintiéndose tonta por aquellos cambios de humor, cerró su casillero. Tomó aire y giró en dirección contraria al aula. Quizá podría ir a ocultarse a los jardines de atrás y echarse una siesta...
—Hola —le dijo Yaten apareciendo frente a ella, con voz precisa y natural.
—¡AAAAAH! —gritó Mina aterrorizada.
Él cerró los ojos y se tapó los oídos con dolor, como si una sirena de bomberos hubiera pasado a su costado.
—¿Qué haces aquí? —preguntó tensa, una vez que se repuso del asombro.
—Aquí estudio... —murmuró él entre desconcertado y enojado —¿por qué me gritas así? ¿estás loca?
—Claro... yo... es decir, no. Me asustaste.
Él levantó una ceja con ironía.
—¿No piensas ir a clase? —preguntó él extrañado, al ver que Mina se alejaba de él en vez de seguir el mismo camino, y lo veía como si fuese un animal que le iba a saltar a la yugular en cualquier momento.
—Yo... no, es que...
Él volvió a avanzar a su dirección, y Mina retrocedió un poco más.
—Yo sólo... —¡Diablos! Por lo menos debió haber memorizado alguna cosa por si se lo encontraba, pero estaba tan inquieta —. Iba a... al baño.
—Pero si los baños no están por ahí —puntualizó él.
Mina se rindió, no tenía caso ponerse a la par de alguien tan perspicaz como Yaten, y que claramente tenía el aplomo para no perder la compostura. Porque él no era ella. Eso le molestó.
—En un momento iré —atajó estirando la espalda, para parecer más alta e intimidante.
Al mismo tiempo que Mina hablaba, Yaten sonrió, juntando las piezas del puzzle.
—¿Estás evadiéndome?
Muy perspicaz. O ella era muy bodoque. Le apostaba más a lo segundo. Aún con las mejillas encendidas, Mina movió ligeramente la cabeza. No dijo más, y pareció que Yaten apiadó de ella, porque aceptó su negativa.
Pero luego acortó un poco más las distancias, y le miró fijamente. Enseguida, Mina sintió la misma electricidad y estática reavivar entre ellos. Parpadeó rápidamente, al ritmo de los latidos de su corazón.
Permaneció rígida y muy colorada, cuando él se inclinó un poco más. Su mano se extendió hasta su cuello y dio un respingo al sentir su contacto. Sus dedos se enredaron un instante en su pelo, y sin querer ya estaba muy dispuesta, cerrando los ojos...
¿Así? ¿aquí? Oh, no... ¡sí!
Pero nunca ocurrió el contacto. Fue al revés, percibió como se alejaba. En la palma de su mano, mostró una hojita amarillenta y seca, y luego se deshizo de ella dejándola caer al piso. Mina miró la hoja como si fuera la culpable de todas sus desgracias. Porque lo era.
Así que no era nada romántico, sólo llevaba una puñetera hoja enredada en el cabello, algo así como una loca indigente que duerme en la banca de un parque. Y ahí estaba ella, aguardando por su boca como una yonki esperando deseosa la próxima dosis de su droga preferida.
¡Grrr!
Su molestia sólo aumentó, pero como no podía decir nada, optó por morderse el labio. Yaten lo notó.
—¿Qué? —cuestionó. En tres segundos, nuevamente volvió su increíble capacidad de deducción y le lanzó una fugaz mirada burlona —. Ah, ya entiendo... ¿creíste que iba a besarte de nuevo?
Ahora se mordió la lengua, muy fuerte. Esperando que no le sangrara, esperó también a que pasara el efecto de la vergüenza. Y sí pasó. Pero de la vergüenza al enfado, y del enfado a la queja furiosa.
—¡Claro que no!
Él ensanchó su sonrisa.
—Yo creó que sí —se mofó el cantante, cruzándose de brazos.
—¡Te he dicho que no! —profirió apretando las manos y formando con ellas puños cerrados—. Y aunque así fuera, que te aclaro nuevamente que no-es-así, no estaría tan equivocada. ¡Eres tú el que me anda haciendo ésas... cosas indecentes de repente!
Yaten se echó a reír, probablemente de su pésima faceta de chica santurrona. Su escrutinio se volvió más descarado y Mina enrojeció todavía más.
—Qué graciosa eres, Minako.
—No le veo chiste —replicó de malas pulgas.
—Pero te gustó que lo hiciera, ¿no?
No sonaba precisamente como una pregunta.
Mina parecía aumentar de tonalidad de rojo a cada minuto y cada cosa que iba sucediéndose. Yaten había dado justo en el clavo, con el estilo directo como un mazazo que lo caracterizaba.
—¡Ese no es el punto!
—¿Y cuál es el punto? —preguntó impasible, aunque sin dejar de sonreír con los ojos. Eso irritó aún más a Mina. Su mirada era firme e intensa, como siempre, pero como disfrutando de una broma privada que ella no entendía.
Así que Mina se deshizo de su vergüenza y lo enfrentó con osadía.
—¿Por qué lo hiciste?
Él se encogió de hombros.
—Te lo he dicho ya. Tú lo pediste... sólo cumplí mi palabra.
—No acepto ésa explicación —discrepó frunciendo sus cejas rubias —. Ni tampoco la creo.
Él sacó el aire, como si estuviera cansado, pero acompañándolo con dramatismo.
—¿Qué más da?
Mina gruñó más fuerte, y bajó los ojos. Había conseguido otra vez que se sintiera como una niña perdida y fuera de lugar, y no le parecía justo.
—No es justo —sin pensarlo, las palabras se replicaron de su cabeza y habían salido de su boca antes de poder detenerlas —. Para nada justo...
—¿El qué?
—Que me mientas —confesó con lentitud dolorosa. Una sensación de traición amarga y humillante le recorrió el cuerpo. ¿Era de verdad cierto, que ella había estado flotando entre nubes rosas por dos días pensando en eso, y él sólo se dedicaba a divertirse a su costa? Tragó fuerte para no echarse a chillar y rumiando en que todo esto pudiera ser una broma de mal ejecutada, añadió—. No juegues conmigo, ¿quieres?
Parecía más súplica que un reclamo, pero fue suficiente. Los ojos de Yaten se agrandaron, a la par que se volvían sombríos y arrepentidos. Despegó los labios, como si quisiera respirar hondo o decir algo, y parpadeó frenéticamente. Por unos momentos, quien pareció perdido fue él.
Luego preguntó en voz baja, incómodo:
—¿Qué quieres que te diga?
Dime que me quieres, suplicó la voz anhelante que vivía en el corazón de Mina.
Pero Mina sabía que eso, al menos ahora, no era posible. A su lado pasaron varios estudiantes corriendo para alcanzar entrar a sus clases. Era un milagro que nadie hubiera llegado a interrumpir aquella burbuja íntima entre los dos. Respiró profundo, se acercó un poco a él y le dedicó una sonrisa comprensiva, para darle confianza:
—Sólo explícamelo.
El verde brillante sostuvo al azul profundo, como si se pusieran los dos a prueba, desafiando límites. Mina esperó, sólo fijándose en su expresión impenetrable. Yaten era muy contenido la mayor parte del tiempo, pero también pura dinamita si quería. ¿De qué tamaño sería el muro que lo rodeaba? ¿lo cruzaría alguna vez? ¡necesitaba respuestas!
Algo debió desmantelarse dentro de él, porque Yaten curvó casi imperceptiblemente sus labios y asintió sólo una vez, dándole la razón y cediendo.
Y claro, el corazón se le subió de golpe a la boca.
—Bien, um... yo... ¿te espero después de clases?
Mina se rió. O suspiró. O lanzó un especie de ruido raro parecido a la tos.
—¿Qué?
—¡Que sí!
—Bien... entonces nos vemos luego —se despidió temporalmente.
—Sí, ya... ya voy a clase.
Mina se quedó parada viendo como se alejaba, hasta que viró en la dirección que debía. Un montón de burbujas llenas de colores con sabores dulces y estimulantes le llenaron el pecho de emoción. Apretó los labios reprimiendo un grito eufórico, pero se contuvo en sacarlo, hasta que Seiya pasó a su costado, caminando en la misma dirección que había recorrido Yaten.
Automáticamente, él retrocedió dos pasos en retrocediendo, y la miró con el ceño fruncido al encontrarla ahí inmóvil como una planta.
—Hola, Mina. ¿Qué haces? Pareces un cachorrito extraviado. Te ves muy boba, por cierto. Oye, ¿qué?... ¿qué diablos? ¡Oye, suéltame! ¡No puedo respirar,...me duel...aaaggghsssrrggg...!
Mina saltó jubilosa hacia su amigo, y descargó su euforia en uno de ésos abrazos mortíferos de amor salvaje que solía darle a las personas cuando no podía controlar su alegría. Lo apretó por el cuello hasta que su cara se puso azul, y ya no podía articular palabra ni para insultarla. Luego lo soltó y se disculpó con una sonrisa para nada culpable. Seiya tosió un montón de veces y le gritó que estaba loca, que si lo mataba su club de fans se vengaría de ella y otras muchas amenazas que no oyó. Mina sólo tenía un pensamiento fijo como hierro ardiente en la cabeza: iba a tener una cita con Yaten, probablemente para hablar. Una verdadera, sin chantajes, sin engaños ni arreglos por nadie, sólo llevada por sus sentimientos, y eso era nuevo.
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Verlo recargado con una pierna en la pared del instituto, cruzado de brazos aguardando por ella una vez que el día escolar llegó a su fin, fue algo surrealista para Mina. Usualmente era ella la perseguidora, la que propiciaba los encuentros breves en los que podían charlar, siempre con alguna tarea o excusa académica de por medio.
Se alisó un poco la falda, aunque no había mucho más que pudiera hacer con su aspecto. Ni siquiera era domingo, así que supuso que mantener el cabello largo y dorado en su lugar con ésa diadema roja y revisar frente al espejo que no llevara algo metido entre los dientes, sería lo máximo que podría lograr con su aspecto. Cuando Yaten advirtió su presencia, le hizo un gesto de reconocimiento, y Mina no pudo evitar controlar su ritmo cardíaco, que se había multiplicado súbitamente. Él tampoco llevaba puesto nada especial, sólo se había arremangado la camisa blanca del uniforme y se había deshecho de los dos primeros botones, pero seguía viéndose igual de guapo que si estuviera en la portada de alguna revista.
—¿Vamos?
—Ajá...
Caminaron varias calles en silencio. Mina no hacía nada más que mirar sus pies avanzar sobre el concreto de la acera, pateando su maletín o sorteando los pétalos blancos y rosados que seguían cayendo de las copas de los árboles. No sabía qué decirle, y pensaba que Yaten tampoco. Era algo raro estar en la misma situación que aparentemente era cotidiana y normal, pero las circunstancias nuevas le daban a todo el ambiente un aire diferente. Más bochornoso, pero también más grandioso.
Mina sabia que Yaten podía mutar fácilmente en una tumba humana si se lo proponía, así que suspiró resignada y se dispuso a romper la tensión:
—Así que... ¿tenías la tarde libre después del instituto? —preguntó sólo por hacer conversación.
—Sí.
—Ah...
Yaten detectó su escueta respuesta, así que agregó:
—Pensaba ir a ver una exposición de un artista que me gusta. Pero... es decir, puedo ir otro día —retrucó, quizá intentando no parecer descortés.
—No importa, vamos —le propuso Mina sonriendo. De todas formas, no se le ocurría ninguna alternativa para matar el tiempo.
—¿En serio quieres ir?
Ella se encogió ligeramente de hombros.
—Seguro, suena divertido.
Yaten se reservó sus comentarios, porque probablemente la idea que Mina tenía de la palabra "diversión" era muy diferente a la de él. La conocía y discernía sobre que se fuera a divertir montones como la veía con Seiya o sus amigas, pero bueno. Le dio el beneficio de la duda y mientras charlaban de temas triviales, se adentraron en el enorme y elegante edificio cuando llegaron hasta ahí, unos minutos después.
El salón de la galería era exageradamente amplio, frío y aséptico. Apenas se escuchaban los pasos de las personas que avanzaban de aquí allá para admirar una escultura o un cuadro, y todos hablaban a breves cuchicheos. De fondo lejano, una musiquita de piano ambientaba el lugar. Todos los asistentes iban vestidos en opuestos estilos, muy elegantes ejecutivos o excéntricos, probablemente los primeros son los magnates que pueden pagar ésas exclusivas piezas, los segundos eran aficionados o artistas.
Mina se miró en uno de los muros de cristal e hizo un mohín, desentonaba completamente ahí.
Una mujer vestida impecablemente, de pelo oscuro y labios pintados en color rojo sangre, les extendió sus folletos. A Mina la ignoró completamente, pero a Yaten le sonrió alzando las cejas y juró que rozó los dedos con su mano, cuando le entregó su boleto.
—Que lo disfruten—les dijo en plural con una vocecilla desagradable como un ronroneo, pero sólo miró a Yaten al decirlo.
Mina le miró con rivalidad, pero la inmaculada morena la ignoró por segunda vez con una sonrisa de suficiencia, y ella no tuvo más remedio que seguir a Yaten. Era obvio que la fulana pensaba que no había competencia alguna.
Disgustada, se pegó más de lo necesario a Yaten y se esforzó por interesarse en la temática de la exposición y pasarla bien, dentro de lo que cabe. Mina se paseó por la sala, y rato después, se quedó mirando un largo tiempo una pintura de figuras geométricas desproporcionadas. ¿Qué se supone que era eso? Estaba segura que si a ella hubiera derramado la pintura por accidente sobre la tela habría quedado algo mejor que eso.
—¿Encontraste algo interesante? —susurró Yaten a su lado.
—No entiendo —replicó Mina señalando la pintura —. ¿Se supone que ésto tiene forma...? ¿o qué significa?
—No necesariamente debe significar algo. A veces el pintor trata de expresar sus sentires o pensamientos, pero no para que los demás lo entiendan.
—Pero si está muy fea, Yaten. No me lo puedes negar.
—Es arte abstracto, Minako. No tiene que ser bonita para que funcione —rebatió él —, esta obra está en el catálogo de Pont Neuf, cuesta una fortuna y está en subasta peleada por varios coleccionistas.
—Pfff... ¿y ésto?
Mina señaló una escultura que era un especie de cuadro hueco de cristal, como una pecera. Dentro de la caja había muchas luces salpicadas en distintas direcciones. La luz se proyectaba de la misma manera por los agujeros hacia las paredes. No era horrenda, pero tampoco le hallaba sentido. Yaten consultó el nombre de la "cosa" y explicó:
—Es una pieza surrealista de la última mitad del siglo XXI, los materiales tan visibles rompen con el convencionalismo estético de una época llamada academicismo, y la luz prismal expresa el punto culminante en que una persona reencuentra su...
—¿En español, por favor?
—¡Olvídalo! —se desesperó Yaten y le giró el rostro con un desplante de mentón —, da igual. Es una pieza vanguardista muy valiosa que no sabrás apreciar aunque te lo explique con peras y manzanas.
Mina bufó.
—A ver, ¿cómo cuánto cuesta?
—Unos cien mil dólares —respondió. Mina se quedó con la misma cara de ignorancia absoluta. Yaten rodó los ojos fastidiado y calculó mentalmente—, como tres millones de yens, algo así...
—¡¿QUÉEEEE?!
Varias personas los callaron con un chistido, a la par que recibieron miradas de desaprobación y críticas, incluyendo del guardia de seguridad, que meneó cabeza amenazante desde su sitio. Yaten se sonrojó de vergüenza y miró a Mina con ojos asesinos, pero la rubia continuaba muy impactada para sentirse mal por ello. Al contrario, creía que estaba en su completo derecho de quejarse a boca suelta de semejante abuso.
—¿Estás de broma? ¡Estas bombillas no cuestan más de cinco yens, las he visto en el mercado! —exclamó ella muy ofendida y puso las manos en la cintura —. No sabía que arte se trataba de dejarse estafar. Yaten, creí que eras más inteligente...
—¡No es así, tonta! Tienen valor simbólico, y eso lo que les corresponde a su valor monetario.
—¡Pero es absurdo que un pedazo de cristal lleve ésta suma astronómica!
Yaten iba a responder, pero el guardia de seguridad se acercó peligrosamente hasta ellos. Antes de que los echaran, él la jaló del brazo y salieron de la sala, apartándose del área hasta que llegaron un salón donde había otras exhibiciones. Mina era muy difícil de controlar, como un demonio de Tasmania suelto en una tienda de porcelana.
—Oye, si no vas a comportarte como alguien de tu edad, nos largamos.
—¡No, es que-! —Mina se mordió los labios y bajó la cabeza regañada, mientras jugaba con sus dedos índice —. No te enojes, es que no entiendo de éstas cosas.
—Una cosa es que no entiendas y otra que actúes como una lunática, Minako.
—Perdóoon —dijo en tono cantado.
Yaten suspiró y guardó silencio. Daba la impresión que contaba mentalmente hasta un millón, y Mina empezó a ponerse nerviosa. Creyó que por ser algo improvisado y consentido las cosas saldrían más naturales, pero no era así. Seguían siendo demasiado diferentes y parecían no encajar de ninguna forma. Seguramente Yaten querría una novia que al menos entendiera su mismo idioma en cuanto a gustos se refería, con quien la pasara bien y no pasar más bien vergüenzas. Odiaba que la morena insinuante de la recepción pudiera ser incluso mejor que ella, por eso seguramente filtreaba con él sin sentirse amenazada por su presencia.
Instintivamente, sus ojos volaron hacia un cartel que estaba al pie de una escalera, en él se informaba sobre un recital que estaba a punto de comenzar en la planta de arriba, y su boleto tenía incluida la visita. ¡Música! De éso sí sabía y le gustaba, y a él también. Una sonrisa renovada atravesó su cara.
—¿Ahora qué? —gruñó Yaten, temeroso de que se le hubiera ocurrido alguna locura.
—¡Entremos aquí!
—¿Estás segura?
Mina lo tomó rápido de la mano y lo arrastró hasta el lugar, sin preguntarle siquiera. Música era música, un lenguaje que había comprendido con el corazón desde que tenía como tres años y se aprendía letras de canciones o bailaba frente a la tele, imitando a sus ídolos preferidas. La música era el idioma del amor, y siempre lo había tenido de su lado.
Pero no contaba con que, en vez de una moderna banda de pop para una charla animosa, iba a encontrarse con un aburrido, estirado y soporífero cuarteto de cuerdas y un arpa.
Mina estuvo a punto de retractarse y decirle a Yaten que mejor le invitaba un helado, pero él no pareció molesto con lo que encontró y se instaló cómodamente en una de las butacas. El auditorio era muy pequeño, y las luces se atenuaron para que los artistas comenzaran a tocar sus melodías. Mina relajó los hombros y se dejó ir al escuchar las suaves notas. Había sido un fin de semana muy estresante, y aún más el día de hoy. No había dormido bien esos días, y de los nervios tampoco pudo almorzar. Y ahí se estaba muy cómoda y calientita... la música era tan relajante, que sin querer cerró los ojos. Era tan agradable estar así, si no tuviera tanta hambre...
Soñó que estaba en una venta de pasteles parecida al festival. Al principio tenía muchos en su mesa, pero Serena comenzaba a llevárselos todos, y ella tenía mucha hambre, y no quería dejarle ninguno. Buscaba desesperadamente algún panecillo, o un dulce... algo que le calmara las tripas que le rugían en la panza. Encontró una montaña de galletas de trufa, y se lanzó a ellas. ¡Era tan feliz! Del cielo caían caramelos en vez de gotas de lluvia, y veía a Serena pasearse muy jocosa por una fuente de chocolate... quería meterse, pero cuando miró su mesa, ¡ella se había llevado sus dulces!
—¡NOOO, ESE PEDAZO DE FLAN ES MÍO! —lloriqueó (y gritó), a la par que abría los ojos.
—¡Mina!
Volteó a la voz escandalizada y miró a Yaten.
—¿Qué?¿cómo?¿cuándo?—ella parpadeó y miró a todos lados, aturdida.
Ahí seguía el auditorio, con todos los asistentes en sus butacas pero girados extrañamente hacia su dirección, los intérpretes incluso se habían detenido y Yaten estaba a su lado, tan cabreado estaba segura que si aún tuviera poderes, la aniquilaría en un segundo con ellos.
—¡Vale, ya tuve suficiente! —espetó molesto, y se levantó.
—¡Espera, Yaten!
Mina salió corriendo detrás de él, ignorando las carcajadas o quejas de los asistentes que la criticaban al pasar.
Asustada y preocupada, Mina iba a rogarle que se detuviera para que ella pudiera explicarle las cosas (aunque no tenía idea de qué inventaría para haberse quedado dormida en su primera cita y por nada del mundo explicaría su sueño), pero tras dar varias vueltas en el hall del edificio, Yaten no parecía ya querer matarla. Le dio la espalda un buen rato y después se giró hacia ella.
—Bueno, ¿y qué quieres hacer? —preguntó.
Era muy propio de Yaten ir al grano, pero aquello no lo entendía para nada.
—¿Cómo? —pestañeó.
El muchacho cerró los ojos con indignación.
—Es obvio que viniste aquí sólo porque yo quería, pero estás incómoda y eso me pone incómodo a mí también. Debe haber un lugar en el podamos estar y que no tenga que pasar ridículos ni tú fingir comportarte como adulta, cuando no lo eres ni hay necesidad de ello.
Mina frunció el entrecejo, enfadada. Yaten era un idiota dominante y magalómano, pero... un momento. No se estaba yendo, ni la había mandado al cuerno... de hecho, parecía que quería seguir pasando tiempo con ella ¿verdad? O no le estaría preguntando su opinión.
Así que pensó en el lugar en el que siempre se sentiría como pez en el agua y...
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—¿Por qué no me sorprende? —murmuró Yaten, una vez que se encontraron en la puerta de aquella sala llena de luces coloridas y titilantes, pantallas y ruidos de campanillas y típicos de los juegos de video.
Había un montón de máquinas a elegir, desde el clásico pinball, hasta las guerras de soldados con rifles de utilería o para matar zombies, los de baile o el billar, los deportivos y los autos de carreras. Mucha variedad, color y ruido. Era el centro de videojuegos más grande de la ciudad.
Mina se dirigió a él dando saltitos, con energías renovadas y una sonrisa de oreja a oreja. Era como una niña en una mañana de Navidad. Parecía que le habían puesto una inyección doble de dopamina, y Yaten no pudo evitar ponerse algo nervioso y reticente ante la idea, aunque ya no podría echarse para atrás pues él mismo le había dado el poder para elegir.
Las siguientes dos horas fueron una procesión de absurdos bastante divertidos, junto con otras cosas más ordinarias.
Mina nunca había pisado ése sitio sin Serena o Seiya, y no pensó que Yaten diera con el perfil de compañero para pasar momentos así, al menos no cuando la única imagen que tenía de él era de seriedad absoluta o preferencia por gustos sofisticados sobre cosas que ella no sabía ni pronunciar, menos disfrutar.
Se la pasaron recorriendo cuánto juego le llamaba la atención a Mina. Nunca se le hubiera pasado por la cabeza, pero Yaten a pesar de la apariencia que daba, era muy buen rival, y la verdad es que le costaba mucho superarlo, cuando lo conseguía. Al final cuando estaban en una partida de pin pon en la que fue derrotada cinco a cero, Mina se fastidió y tuvo que valerse de algunas tretas un poco sucias para quitarle la concentración, como empujar el taco del billar para que fallara deliberadamente los tiros, jalarle la manga de la camisa al lanzar los dardos o hacerle chistes subidos de tono, que le quitaban toda la tensión y la formalidad al asunto de la cita.
—¿En serio esto es comida? —le preguntó Yaten examinando el hot dog que ella había puesto en su mano, como si fuera algo peligroso y venenoso, una vez que ella regresó de la barra de comidas rápidas cuando les entregaron sus pedidos.
—Es delicioso, pruébalo. No puedo creer que nunca hayas comido uno.
—¿Y de qué está hecho? —preguntó otra vez con desconfianza, dejándolo sobre la mesa.
—Eso no importa, no creo que te vayas a morir —insistió Mina rodando los ojos —. Vamos, no seas mañoso, Yaten. Tienes que experimentar.
—Tus experimentos suelen acabar en tragedia. Además, si no quieres decirme es porque seguro se trata de algo asqueroso —farfulló él. Mina sabía lo que llevaba una salchicha, había visto ése documental con Serena y ambas habían quedado medio traumatizadas, pero no dejaron de comerlos—. ¡Y no soy mañoso! Sólo precavido.
—Sí, sí. Un mañoso muy precavido.
Mina le dio una gran mordida al suyo y lo miró con desfachatez, mientras masticaba. Yaten, presionado, respiró hondo e hizo lo mismo de mala gana. Lo pasó con cierta dificultad, y luego le dio un gran trago a la soda, como si quisiera deshacerse del sabor.
—¿Y bien? —preguntó Mina arqueando las cejas.
—Es seco, y algo burdo... pero... supongo que está bien.
Mina sonrió.
Era muy parecido a estar con un amigo, una tarde cualquiera. Con entretenimientos tontos, comunes y corrientes, con risas y competencias con su cuota suficiente de malicia pero sin caer en resentimientos serios... pero también era diferente. Muy diferente. Su presencia y sus toques casuales por los juegos seguían atrofiando sus funciones cognitivas y colgándole una sonrisa lela en la cara cada vez que él la complacía en algún capricho o lo notaba tan jovial, cosa poco habitual en él.
—¿A dónde vamos ahora? —preguntó alegremente Mina, luego de darle un sorbo al refresco envasado que compartían — . ¿Qué tal un reto ninja?
Yaten miró unos segundos la máquina de artes marciales, pero luego llamó su atención un gran simulador en tamaño real de un Ferrari deportivo.
—Mejor una carrera —desafió sonriendo. Sus ojos verdes resplandecían con las luces variopintas del ambiente —. A menos que no quieras... experimentar —picó.
La sonrisa de pilla de Mina se amplió.
—He tenido varios récords en ésta, no es nuevo para mí. Así que no creo que puedas derrotarme —presumió Mina acomodándose en su sitio, con las manos al volante. Yaten hizo lo mismo, y apuntó:
—Entonces quien pierda hará la tarea de historia del otro por una semana entera, ¿qué dices?
—¡Dos semanas! —Mina duplicó la apuesta emocionada, y Yaten se rió.
—Vale, ¡pero sin trampas Aino!
—Hecho —dijo solemnemente, y se dieron la mano. Mina se recuperó del cosquilleo agradable que le dejó en los dedos y se concentró en la pantalla, con el ceño fruncido, como si aquello fuera cosa de vida o muerte.
Basta decir que ganó Mina las tres vueltas seguidas -incluida la revancha-, con semejante incentivo.
Caminaron otro cuarto de hora por los escaparates de la avenida principal, y al desviarse por las zonas residenciales, Mina señaló en dirección a lo que parecía un enorme jardín, alejado de las tiendas y calles transeúntes.
—Ah, recuerdo que allá hay un parque precioso —suspiró.
Yaten miró hacia el cielo y chasqueó los labios. Había varias nubes color grisáceo sobre sus cabezas.
—Quizá debiéramos ir a alguna cafetería, apuesto que va a llover.
—¡Nah, no lloverá! —neceó Mina con una risita escéptica. Yaten entrecerró sus ojos verdes con recelo mientras la seguía. ¿Por qué Mina era tan poco práctica? Era obvio que llovería. Más tarde o más temprano, pero bueno, optó por no darle la contraria.
Por supuesto que apenas cruzaron el puente que coronaba el pequeño arroyo del parque (porque Mina quería ver a los peces) un trueno resonó por todo el parque, y en segundos, el chubasco cayó sobre ellos como si se derramara un cubo.
Tuvieron que correr y refugiarse, literalmente, debajo de un tobogán muy cómico y tierno con forma de hipopótamo, donde lo que debiera ser su hocico abierto, salía la resbaladín. Era el juego para niños que estaba a más a mano y tenía un techo.
Yaten comenzó a refunfuñar que al menos podría haberlo guiado un poco más adelante y estarían en un kiosko como la gente normal, y no metidos en el estómago de un animal de color púrpura y sentados en una mesita donde los niños se sentaban a colorear y pasarse gérmenes. Todo eso resultaba de lo más insultante para alguien como él, aunque no dijo éso último.
—Está bien, está bien, me equivoqué al venir aquí—se rió Mina cuando Yaten le echó otra mirada filosa, y se peinaba con molestia el flequillo plateado, que estaba húmedo.
—No me digas.
—Yo solía jugar aquí de niña —dijo Mina mirando el techo redondo, que estaba pintado con un montón de dibujos como estrellas y lunas —, me escondía aquí y me imaginaba que era una astronauta. Ya no me acordaba que era así por dentro.
Yaten pareció distraerse de su mal humor, subió las piernas en el banquillo de piedra porque el agua comenzaba a filtrarse por la pequeña entrada y dijo:
—Creería que jugabas a ser cantante, mientras usabas un peine por micrófono o algo así.
—Eso fue después. Hace mucho, mi padre encontró una radio vieja en el sótano, decía que quería arreglarlo. De adentro salieron varias arañitas diminutas, y yo le pregunté que hacían ahí. Me dijo que eran ellas las que cantaban desde adentro... ¿adivina quién pasó años tratando de ver cantando a las arañas desde entonces?
—Claro, ya estabas zafada desde cría.
—¡Ay, a veces eres tan...! —Mina giró la cabeza indignada, mostrando su perfil derecho, pero enseguida su rostro se tornó de sospecha, como si recordara algo —. Es cierto, yo ya te conté una confidencia, Yaten. Debes contarme algo también.
—Pero si yo no te pedí que... —Mina le atosigó con sus ojos enormes y brillosos, con un gesto fingido entre de súplica y amenaza; y él se revolvió en su lugar, incómodo. No era como si pudiera salir de ahí de todos modos con semejante chaparrón, así que bajó los hombros con resignación y preguntó arisco —. ¿Como qué?
—Podrías decirme por qué me besaste —propuso pícara. Yaten gruñó y se apartó instintivamente unos centímetros. Mina era muy voluble, un minuto era una chica vergonzosa intimidada por él y en otro le soltaba algo así, tan coqueta y astuta. A lo mejor era cosa normal de la adolescencia, porque a él le pasaba algo similar.
Carraspeó, antes de armar la oración.
—Porque quería hacerlo —Mina tamborileó los dedos, completamente insatisfecha, y tras segundos de silencio comenzó a picarle las costillas a Yaten—. ¡Todavía no termino! Eres una desesperada insoportable. Pues... bueno, yo...
Yaten posó sus ojos hacia la mesita de concreto, donde había rayones y corazones marcados con las iniciales de parejitas que seguramente que ya habían estado por ahí, y confesó algo ruborizado:
—Yo... soñé contigo. Una vez. Y cuando desperté, supe que quería hacerlo. Y por eso lo hice. Por eso, y también por Seiya, ¡ya me tenía harto!
Mina parpadeó impresionada y muerta de curiosidad.
—¿Seiya?
—Creo que él tenía razón, y además estaba todo el tiempo contigo. Y bueno, no me importaba, hasta que... empezó a importar. O más bien, ya no me gustó —Yaten no pareció notar su involuntaria -y definitivamente- celosa respuesta, y Mina abrió la boca, anonadada.
—Seiya es sólo un amigo —musitó. Su voz era opacada por el concierto de agua que caía afuera, pero él la oyó perfectamente.
—Pues no me gustó —ratificó Yaten con una mueca, encogiéndose de hombros.
Y bueno... ese era el gran descubrimiento del día. Mina sonrió disimuladamente mientras observaba la lluvia, y sin muchos preámbulos, se fió de él. Supo que lo que le decía Yaten era suficiente, y era verdad. Porque seguía, y seguiría creyendo, que la verdad siempre sale de los labios de la persona a quien uno más quiere, y por tanto, de quien uno más se fía.
El cielo se despejó al cabo de una media hora, y pasó del color ocre y rosado del atardecer a oscurecerse en un azul muy sutil. Quedó a su paso una noche húmeda pero no fría, donde se percibían los aromas de las plantas y las flores, y se escuchaban los típicos insectos nocturnos con claridad, dado que el vecindario donde vivía Mina era muy tranquilo. Las luces de las casas ya empezaban a encenderse, al igual que las de las calles.
Cuando llegaron a la puerta del hogar de Mina, Yaten soltó con voz cansina:
—Es la cita más extraña y revoltosa que he tenido...
La rubia suspiró agachando la cabeza. Quizá era cierto, había hecho un papelón en el museo y sabía que correr bajo la lluvia o los tontos juegos no sería agradable para él. Lamentó que pensara diferente, porque a pesar de las imperfecciones de todo el día, ella se había sentido muy dichosa, sólo con su compañía y más con lo que le había confesado en el parque, que aunque quedaban aún medio ambiguas sus interpretaciones, para ella significaban un mundo. Sintió ganas de entrar ya a su casa porque aquella introducción podría no pintar para nada bueno. Incluso ya estaba preparando las piernas para arrancar, cuando él inesperadamente le levantó el mentón, obligándola a mirarle:
—Y aún así, creo que nunca me había divertido tanto.
—¿En serio? —preguntó deslumbrada y colorada por la acción.
—Sí.
Los dos se miraron largos instantes, y el corazón de Mina le aporreaba el pecho a un ritmo frenético, mientras las mejillas le ardían ante su mirada escrutadora. Yaten se inclinó lentamente, y esta vez no sacó ninguna hojita. Sus labios fueron el mismo colchón exquisito de tibieza que había probado días atrás, y que la habían dejado igual de fascinada, convirtiéndola en una masa temblorosa de embravecidas hormonas femeninas, todas clamando por él. De sus pies sintió como si salieran alitas invisibles y dieran la sensación que se elevaba en el aire conforme se profundizaba...
Ay, dioses, cómo le gustaba estar en sus brazos. Aunque fuera un idiota dominante y megalómano, es decir, era su idiota dominante y megalómano... y no iba a cambiarlo por nada ni por nadie, no si él se lo permitía. En su interior, se agitaban otra vez las emociones como remolinos, que habían estado medio dormidas, muy hondo desde hace días, habían despertado y reavivado con su beso.
Luego él se separó, quedando sólo el ruido de los grillos de fondo y una farola parpadeando como únicos testigos.
—Um... tenemos público.
—¿Ah? —Mina estaba medio mareada todavía, y tardó en reaccionar —. No, no es posible —saltó mirando alarmada hacia su casa —. Mis padres siempre llegan tarde del trabajo.
—Mmm, del tipo... felino.
Mina profirió una retahíla de maldiciones mentalmente.
—Voy a matar a Artemis —dijo, sin embargo.
—Parece que tienes un guardaespaldas peligroso, debo irme con cuidado —comentó Yaten cómico, mirando hacia la ventana. La figura de orejas puntiagudas desapareció al verse descubierta —. Será mejor que me marche.
—No te vayas todavía —murmuró Mina con voz anhelante.
—Mañana tenemos clases, y con lo que te cuesta madrugar...
Ella se sonrojó, y ahora no por el beso, si no por el comentario.
—Bueno, eso es cierto —aceptó.
Yaten se echó el maletín a la espalda, y le dijo alejándose:
—No es como si no nos vayamos a volver a ver de todas formas.
Mina, que ya había bajado de las nubes, pudo hilvanar una frase coherente.
—Sí, bueno, en el instituto —concedió de mala gana —, con los demás.
Él se rió.
"Qué bonito sonido" pensó Mina para sus adentros, pero él prosiguió captando de nuevo su atención.
—También sin los demás.
Ella asintió esperanzada y con una sonrisa sutil, empujó la reja del porche su casa para entrar. Antes, se le ocurrió una idea para mosquearlo un poco.
—Oye Yaten —él se giró desde su sitio —. Sangre, víceras y grasa de cerdo...
Él hizo una expresión perturbada.
—¿Disculpa?
—Hot dog...
—Aghr, sabía que era algo asqueroso —resopló el platinado arrugando la nariz. Luego caviló y repuso con malicia —. ¿Pues sabes qué? Yo en realidad te dejé ganar en la carrera.
—¡No es cierto!—respingó escandalizada.
—Eso dices tú —se despidió.
Mina negó con la cabeza, mientras sonreía y abría el picaporte de su casa. ¿Por qué tenía siempre que pillarla descolocada?
Y por primera vez en mucho tiempo, quiso que el tiempo volara y ya fuera de mañana.
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Notas:
¡Hola queridinas mías! Me alegra haber actualizado nuevamente y sin tanto retraso... este capítulo se me fue como agua y es que deseaba tanto que Mina y Yaten tuvieran aunque fuera una cita... *-* que lo incluí antes de darle cierre a ésta historia. Y sí, eso significa lo que están pensando y leyendo: no es el final. No me extenderé mucho (aunque peco de decir eso y hacer lo contrario, perdón), simplemente, saben, si lo terminaba me iba a quedar demasiado largo el capítulo, así que decidí dividirlo y complementarlo un poco más.
A lo que vamos, ¿les agradó? Yaten al fin admitió ciertas cosas, muy importantes a mi parecer. Entiéndase que él no es de los que abre el corazón y recita poesías, más bien, se deja llevar un poco por lo que Mina lo orilla. Dice poco, pero hace mucho ¿qué no? XD Pero sí, básicamente admitió que ella le gusta y lo reafirmó con ése segundo beso. ¿Qué ocurrirá con ellos?¿se harán novios? Pues eso no lo sé, o sí, pero no tiene caso decirlo... si puedo escribirlo. (?)
Dejen reviews, hagan feliz a la vieja Kay que les dio capi para el fin de semana :p
Gracias a Mariannys y Joana por sus comentarios en modo "guest" que aunque no puedo extenderme, les agradezco enormemente que escriban para dar ánimos. :)
