Gracias a MoonyStark, Matsuokidoki, June JK, HiyoriYG, macka, Bea1258, Isabel y Jade Edaj por sus reviews. Y a los lectores ninja que ponen la historia en favoritos y alertas pero no dan más señales de vida, ¡hola! Siempre es un placer saber que os gusta la historia.


CAPÍTULO VI

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Tan eficiente como de costumbre, Aiichiro se aseguraba de que ninguno de sus compañeros estuviese herido de gravedad. La mayoría sólo tenía rasguños o dolores leves que no tardarían en formar cardenales, sin embargo, era mejor asegurarse. Pese a que había pasado más de un año, la muerte de Takuya y Kazuki aún pesaba, era como un cargamento invisible que habían llevado con ellos desde entonces.

Makoto temió que Haruka reaccionase mal a la atención de su compañero, pero el joven no opuso resistencia. Tenía pequeños cortes en las manos y había recibido un puñetazo que le había dejado el labio inferior hinchado y sangrante, pero eran lesiones menores que no tardarían en sanar. Las que le preocupaban no eran ésas.

Se sentó a su lado con cautela, leyendo sin problemas más allá de la impasibilidad tras la que había conseguido refugiarse; leyó miedo, leyó una preocupación que dolía y una impotencia que ardía.

—¿Estás bien?

Haruka tardó unos segundos en asentir.

—Tenemos que volver a por Rin —susurró después, apartando la vista de dondequiera que estuviese mirando.

Makoto se mordió el labio.

—Haru… Sabes que no es tan fácil. La Condesa es poderosa —Haruka sacudió la cabeza. Claro que lo sabía. Pero, como la mayoría de las cosas que tenían que ver con Rin, no le importaba—. Además, ¿no estabas enfadado con él?

Su amigo apretó los puños.

—Pero no quiero que… —miró a Makoto, suplicante—. No podemos dejar a Rin allí.

—Lo sé —Makoto suspiró—. Pero Haru, tampoco podemos hacer otra cosa.

No se atrevió a mirar a su amigo. Sabía lo que encontraría: un reproche silencioso y un has mentido brillando en sus ojos.

—Quiero volver a por Rin —declaró Haruka en voz baja.

No era el único. Quizá él no se diese cuenta, pero Makoto sí era consciente de que el Príncipe era el tema de conversación de todos y cada uno de sus compañeros. Él mismo quería liberarlo de las garras de esa arpía, pero eran ocho hombres contra todo un ejército. Ya era un milagro que no hubiesen herido de gravedad a nadie durante la emboscada en el desfiladero.

—Vale —murmuró, tomando una decisión. Se puso en pie y dio una palmada para llamar la atención de todos—. Escuchadme. Sé tan bien como vosotros que no podemos dejar a Rin en manos de la Condesa —deseó que Sousuke dejase de fulminarlo con la mirada—. Pero vosotros sabéis tan bien como yo que regresar a Lonaria tal y como están las cosas no nos llevará a nada bueno.

—Bah, ya hemos estado en la Torre de Justicia por culpa de Rin —comentó Momotarou.

—Cierto, y sobrevivimos —agregó Aiichiro. Enrojeció cuando varias miradas se clavaron en él y continuó limpiando el corte del antebrazo de Kisumi.

—No es lo mismo —intervino Haruka, para sorpresa de todos. No necesitó alzar la voz; era tan inusual que participase en una conversación grupal que la gente solía escucharlo—. Entonces era Rin quien se encargaba de que estuviéramos bien.

Makoto suspiró.

—Haru tiene razón. No sólo no podemos volver: tenemos que salir de Atia si no queremos que nos detengan a nosotros también. Propongo ir a Nil; no queda muy lejos y no pertenece a los dominios de la Condesa. Allí podremos pensar…

—Tenemos que avisar a la Sultana —lo interrumpió Sousuke; si la intervención de Haruka había sido inesperada, escucharlo a él dejó mudos a todos los hombres—. La Condesa tiene al Príncipe como rehén: eso es declarar una guerra. Además —agregó. Haruka había estado a punto de replicar, pero juntó los labios en una fina línea en su lugar—, vendrán tropas con el objetivo de recuperar a Rin.

Oh. Claro. Rin era un miembro de la Familia Real. Makoto intentaba tenerlo presente, pero resultaba complicado recordarlo cuando el joven estaba siempre sucio y se subía a su dromedario con la gracia de un guardia borracho, o cuando pasaba horas literalmente pisándole los talones a Haruka por el mero placer de poner a prueba su paciencia.

—Cierto —admitió—. De acuerdo, entonces iremos a Nil y enviaremos un mensaje a Al-Dimah; en base a lo que ocurra entonces actuaremos. ¿Os parece bien a todos?

Nadie protestó –y, previsiblemente, el rostro de Kisumi se iluminó–, pero Makoto advirtió el minúsculo movimiento de Haruka. Fue corto, casi imperceptible, pero lo conocía demasiado bien como para creer que aceptaría el consenso general con tanta facilidad. El amago duró apenas unas milésimas, pero Makoto se acercó a su amigo de todas formas.

—Lo sé —espetó Haruka antes de que llegase, sin mirarlo.

Makoto tardó unos segundos en decidir hablar:

—Sé que no estás de acuerdo y que quieres volver a por Rin aunque sea sin ayuda —Haruka le dio la espalda y echó a andar alejándose de él. Makoto lo siguió—. Pero quítate de la cabeza la idea de presentarte en Lonaria; sabes que terminarás muerto.

Haruka se detuvo y se giró hacia él.

—No soy tan imbécil.

—Yo tampoco —Makoto suspiró—. Haru, intenta pensar —pidió. Luego, dándose cuenta de que estaba partiendo de la base equivocada, se corrigió—: Intenta pensar como lo harías si fuese alguien distinto de Rin.

El joven permaneció en silencio durante casi un minuto.

—Estaba herido —murmuró, y Makoto supo que para él era un argumento de peso.

—No avanzaremos nada si tú terminas peor —susurró.

La mirada de Haruka estaba apagada cuando, finalmente, se encogió de hombros en señal de rendición.

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Los guardias de la Condesa devolvieron a Rin a la habitación en la que había dormido durante las últimas noches; no cortaron las cuerdas que inmovilizaban sus manos hasta ese momento, pese a que el propio Príncipe dudaba que pudiese suponer una amenaza en ese momento.

Cuando la puerta se cerró tras el último guardia, sin embargo, se abalanzó sobre ella, intentando abrirla pese a que sabía que no podría, empujando con un hombro mientras trataba de ignorar el dolor agudo que inutilizaba su brazo izquierdo; dio puñetazos al grueso tablón de madera con su mano ilesa hasta que las cuerdas que parecían intentar estrangular la zona dañada, a medio camino entre el codo y la muñeca, se extendieron por todo su antebrazo y hasta la punta de los dedos, obligando a Rin a arremangarse con cautela y prestar atención a la lesión.

Agradeció no tener nada en el estómago. Lo que al principio Rin había tomado por un golpe que le dejaría algún cardenal como recuerdo durante varios días era una articulación que antes no estaba ahí, inflamada y enrojecida. El joven apoyó la yema del dedo índice en la articulación entre la muñeca y la primera falange del pulgar y la deslizó brazo arriba, pero el dolor creció tanto al llegar al punto de la fractura que se vio obligado a retirarla.

Genial. No sólo estaba solo y secuestrado; estaba solo, secuestrado y con un brazo roto.

Rin tomó aire, intentando pensar fríamente y no dejarse llevar por la histeria que el dolor acumulaba en su interior a un ritmo alarmante.

Lo consiguió a medias.

Su parte más racional lo tranquilizó: nadie en su sano juicio mataría al hermano de la Sultana, no cuando podía utilizarlo para salirse con la suya. Y el asunto de los esclavos no era simplemente un capricho de la Condesa: suponía la base de la economía de toda la región de Atia. Al margen del decreto que los había convencido de poner pies en polvorosa, Rin sabía que no sería de utilidad muerto.

Era un triste consuelo, sin embargo; y por primera vez Rin comprendía enteramente que para Haruka la seguridad de que su corazón seguiría latiendo nunca fuese suficiente. Si algo había sacado en claro de la Condesa era que le gustaba ir un paso por delante; y, en esa ocasión, a Rin le costaría más de una zancada alcanzarla.

El sol estaba alto en el cielo cuando Rin volvió a moverse, impulsado por un rechazo casi infantil a resignarse a ser simplemente el juguete de la Condesa; se acercó a la ventana, pero el suelo seguía tan lejano como la primera vez que se había asomado, y desde luego tener un miembro completamente inutilizado no suponía precisamente una ventaja.

Bufó, pero no por ello su única vía de escape dejó de parecer un suicidio.

Rin se tensó cuando oyó la puerta abrirse tras él. No le sorprendió, no obstante, descubrir que quien había entrado era ni más ni menos que la Condesa. Con un vestido claro, de apariencia más ligera que los que había llevado en otras ocasiones, y los labios menos rojos que de costumbre. La llamarada de odio que la mera presencia de la mujer encendió en su interior hizo que se olvidase momentáneamente del dolor de su brazo roto.

—No os aconsejaría salir por ahí, Alteza —recomendó, las esquinas de sus labios elevándose en una sonrisa cargada de sarcasmo. Tras ella, un par de guardias cerraron la puerta; pero, contrariamente a lo que Rin esperaba, ninguno entró con ella—. Dudo que intentéis atacarme —confesó la Sultana, como si le hubiese leído la mente.

Rin apretó las manos en puños. Un latigazo de dolor lo obligó a relajar una.

—¿Por qué estáis haciendo esto? —inquirió.

La Condesa jugueteó con uno de sus mechones rubios.

—Porque ambos sabemos que nunca tuvisteis intención de alcanzar un acuerdo, Alteza —respondió—. Vinisteis a fingir interés y burlaros de mí, creyendo que sería lo suficientemente ingenua como para admitir que estuve detrás del atentado contra la vida de la Sultana.

Rin lo sabía, lo había sabido desde que partieron de Al-Dimah, pero oírla admitirlo con tanta impasibilidad, sin modular el tono ni un ápice, como quien habla del tiempo, lo dejó momentáneamente mudo. Necesitó unos segundos para recomponerse y todo su autocontrol para no abalanzarse sobre la Condesa. Le resultaría imposible salir de Lonaria si la tocaba.

—¿Y qué pensáis hacer ahora? —inquirió, tratando de controlar su rabia, y por fin logró visualizar la forma en que recuperaría la libertad—. Me tenéis a mí, y puede que estéis encarcelando a todos los ciudadanos no atienses; pero Haru y los demás han huido y se pondrán en contacto con mi hermana —Rin sonrió—. En media luna tendréis a la Guardia de Palacio restableciendo el orden en Atia.

—¿Vos creéis? —la Condesa parecía pensativa—. Eso quizá sea cierto, pero he oído que vuestra hermana os quiere mucho. No sé si le gustaría continuar con sus planes después de llorar sobre vuestro cadáver.

Rin tragó saliva, sin saber qué posibilidad le parecía peor.

—Para cualquier persona con dos dedos de frente, es preferible perder a un hombre a negar la humanidad de miles de personas.

Había oído la risa de la Condesa en varias ocasiones, y en ninguna de ellas le había parecido un sonido agradable. La carcajada que resonó en la habitación, sin embargo, reverberó en sus huesos, llegando hasta lo más hondo de su ser; el Príncipe apenas pudo disimular el escalofrío que lo estremeció entero.

—Disculpad mi espontaneidad —la Condesa hizo una reverencia empapada de burla—. Simplemente me resulta divertido… —se echó el pelo hacia atrás—. Es curioso cuán viril parecéis al hablar así, sobre todo después de haber comprobado que no podéis actuar como un hombre.

Rin sintió cómo la sangre huía de su rostro; fue una migración tan repentina, tan intensa, que bastó un latido para marearlo. Pese a ello, debía de haber algo en él que aún no se había estropeado, porque sus pies permanecieron firmes en el suelo durante los segundos que su mente necesitó para ajustarse al cenagal en el que sentía que se había materializado con las palabras de la Condesa.

El insulto velado no dolió tanto como esperaba, y quizá fue eso lo que más lo confundió. Pero no por eso dejaba de ser un ataque que arañaba las inseguridades más profundas de Rin.

—No es mi culpa que vuestros encantos no sean universales, Condesa.

Rin observó con cierta satisfacción cómo la sonrisa de la mujer se volvía tirante.

—Nunca estuvo en mis planes seduciros, aunque hubiese sido agradable —admitió. Se dirigió a la puerta para salir—. Alguien llegará en un rato para encargarse de ese brazo; ese contratiempo no estaba previsto —informó, dando tres golpes secos. La puerta se abrió y la Condesa se giró para mirar de nuevo a Rin—. Últimamente he incorporado muchos miembros a mi servicio gracias a las detenciones de los extranjeros —agregó—. No es que ya tenga mucho interés, pero os informaré si encuentro a vuestros criados —hizo otra reverencia—. Que vuestra estancia aquí sea agradable, Alteza —se despidió antes de salir y que la puerta se cerrara de nuevo.

Rin llegó hasta la cama con cinco pasos temblorosos, inseguros, antes de derrumbarse en ella, los brazos extendidos. Ahogó un gemido cuando la sensación vibrante, ardiente y helada al mismo tiempo, se transmitió desde sus huesos rotos al resto de su cuerpo.

Estaba metido en un buen lío. Y no sólo él. También su hermana y el resto de Awaash, porque sabía que Gou no sería precisamente amable cuando descubriese lo sucedido. Cerró los ojos con fuerza, deseando que al menos Haruka, Sousuke, Makoto y los demás se librasen del tremendo enredo que se avecinaba.

Rin abrió los ojos. Clavó la vista en su brazo roto, sin ver realmente el giro artificial del miembro. Su mente seguía en el desfiladero en el que les habían tendido la emboscada, y cuando volvió a juntar los párpados recordó los gritos de Haruka mientras Makoto le impedía dejar de lado toda precaución por acudir en ayuda de Rin.

El Príncipe resopló, ternura y dolor mezclándose en su interior. No merecía tanta preocupación, mucho menos de Haruka. Mucho menos después de lo que había empezado y –ahora lo sabía– nunca hubiera podido terminar.

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Haruka no estaba acostumbrado a no hacer nada.

Generalmente, cuando quería algo sólo tenía que desplazarse hacia donde estuviera y cogerlo; o, si tenía que pagar por ello, reunir el dinero necesario para obtenerlo.

Pero no podía presentarse en Lonaria y reclamar a Rin. Makoto había dicho que era un suicidio, que incluso en el caso de que el resto del grupo lo acompañara no tendrían la menor oportunidad contra los guardias de la Condesa. Y, como de costumbre, Makoto tenía razón.

Haruka siempre había sentido hacia la cabeza bien amueblada de su mejor amigo una suerte de resentimiento que, incluso ahora, le parecía infantil; mas no por ello podía olvidarlo. Odiaba que el mundo no fuese tan sencillo como debería ser, y odiaba que ese hecho impusiera barreras en las que nunca habría pensado si no existiesen. Y también detestaba tener todo eso presente, algo de lo que Makoto se encargaba a menudo.

Viéndolo objetivamente, no era tan malo; la calma de su mejor amigo lo había salvado en más de una ocasión.

Pero en ese momento Haruka no quería calma, ni tampoco seguridad. No las quería porque no podía tenerlas, y no hubiese podido tenerlas aunque las hubiese querido. Quería ser imprudente, quería seguir cada impulso que lo dominase, por absurdo que pareciese, saborear el peligro hasta que encontrase a Rin y recuperase esa razón para actuar con sensatez.

Y precisamente eso era lo que no podía hacer. Porque el instinto básico de supervivencia seguía manteniéndolo clavado en el suelo, sí; pero sobre todo porque Makoto lo había obligado a prometer que no haría ninguna imprudencia. Y no hubiese sido la primera vez que Haruka rompiese una promesa –ni, esperaba, la última que Makoto lo perdonase por ello–, pero habían acordado que la pena por incumplir ese trato sería una semana encadenado a Kisumi.

Haruka bufó y clavó la mirada en una estrella en concreto. Era una de las primeras que habían aparecido al caer la noche y brillaba con una intensidad inusual, mucho mayor en Nil que en Al-Dimah. Siempre le había llamado la atención ese lucero, y en ese momento en que todo su ser quería regresar a Lonaria ese destello en lo alto lo mantenía distraído.

Una parte de él no estaba segura de por qué la preocupación por Rin y el deseo de recuperarlo lo estaban comiendo por dentro; era una parte que se solapaba con los celos de cuya existencia jamás había sido consciente, la misma que ardía con la intensidad de una ciudad que se desmorona al recordar esas manchas carmín en los labios del Príncipe. Y a Haruka le daba algo de miedo escuchar ese mío que reverberaba en su interior cada vez que pensaba en lo ocurrido, pero no por eso la traición de Rin dolía menos.

Suspiró. Llevaban cinco días en Nil, y en ese tiempo había logrado hacerse una idea aproximada de dónde confluían todos esos pensamientos confusos (confusos mayormente por culpa de Rin; el joven tenía el don de enredar la mente de Haruka cada vez que pasaba por ella). No sabía qué haría cuando recuperase a Rin –casi rio al darse cuenta de que era un cuando y no un si–, pero sí estaba seguro de que necesitaba tenerlo a su lado de nuevo, para atraparlo entre sus brazos o darle un puñetazo en la cara. O ambas cosas.

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Desde que la conocía, Rei había tenido el honor –o la desgracia– de presenciar la ira de Gou en varias ocasiones.

La primera vez, él ni siquiera era guardia aún. Había acudido a Palacio con su padre, y había visto a los Príncipes jugando en los jardines. El mayor le había pisado la cola a la gata de la Princesa sin querer. Y los gritos de la niña habían sido memorables.

En otras ocasiones, había sido testigo de una rabia silenciosa, que hacía palidecer a la joven y le ponía los nudillos blancos. Se ponía tan lívida que parecía que iba a desmayarse, y cuando estaba en ese estado bastaba con contrariarla en lo más mínimo para romper en mil pedazos el precario equilibrio de sus emociones.

Sin embargo, por lo general el enfado de la Sultana era sutil. La joven tendía a observar y tomar nota; y sólo cuando había visto demasiado perdía la paciencia con que los Dioses la habían bendecido. Rei temía esos enfados más que a cualquier otra cosa, porque sabía que no eran impulsos, sino que tenían un motivo perfectamente razonable, y duraban el triple que esos otros estallidos.

Ese día, dos simples cartas bastaron para colmar la paciencia de la Sultana de Awaash. La primera era oficial, con un elegante sello de Atia, e hizo que la joven apretase los labios. La segunda era informal, al parecer del mejor amigo del Príncipe Rin, y consiguió que Gou alzase la cabeza y fulminase la pared del fondo con la mirada, el rostro desfigurado en una máscara de furia.

—¡Será zorra! —espetó a nadie en particular.

Rei agradeció que no hubiese nadie más en la habitación.

—Alteza… Si me permitís… Ese vocabulario no es digno de…

—Tiene a mi hermano —explicó Gou, demasiado furiosa para filtrar la información—. ¡Intentó matarme y ahora pretende usarlo a él de moneda de cambio! —se levantó y empezó a caminar en círculos por la estancia, mascullando en voz baja insultos que Rei no le había oído jamás—. Bien; pues si quiere guerra, la va a tener —decidió, girándose hacia la puerta.

—Alteza —la llamó Rei, alarmado—. Quizá… —bajó la mirada cuando Gou clavó la vista en él—. Quizá no sea de mi incumbencia ni sea yo quien más entiende de tales menesteres… pero ¿el Príncipe no estará en peligro si enviáis a vuestras tropas a Atia?

La Sultana sonrió. Rei había aprendido a temer esa sonrisa, que últimamente veía demasiado a menudo en el rostro de la joven. Era la señal de que ella sabía algo que el resto del mundo no.

—Ah, pero no voy a anunciar el sitio de Lonaria a bombo y platillo —replicó—. Además, contarán con cierta ayuda… —abrió la puerta—. Rei, acompáñame. Creí que contaría con el tiempo suficiente, pero esto lo cambia todo; necesitaré tu ayuda para agilizar todo esto.

Rei no se movió.

—E-estáis a-abriéndome la-la puerta —tartamudeó, señalando el grueso tablón de madera. Gou enarcó una ceja—. No es protocolario —intentó explicar.

La Sultana puso los ojos en blanco.

—No sé cuántas veces tendré que decirte que mientras estemos solos podemos mandar el protocolo al cuerno —hizo un gesto con la cabeza señalando al exterior—. Después de ti.

Derrotado, Rei salió de la habitación delante de Gou, arrastrando los pies.


Notas de la autora: Qué decir, salvo que llevo unos días inusualmente productiva.

¿Qué os ha parecido?