Disclaimer: Nada de lo que reconozcan me pertenece, los personajes son de la maravillosa Stephenie Mayer. Solo me divierto con ellos junto a mi imaginación. La trama es mía.

Summary: Nueve años han pasado desde la última vez que Isabella sintió la felicidad en primera persona. Desde ese momento, su vida gira en una absoluta oscuridad; siendo presa de las decisiones de los demás. ¿Podrá la reaparición de alguien importante brindarle la fuerza que necesita para que, por primera vez, luche por su felicidad?

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¿Qué es la felicidad?

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Capítulo Beteado por IsabellMcEwan (Betas FFRT)

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Capítulo 6: Conspiración contra Edward

"En muchas ocasiones a lo largo de nuestras vidas, surgen momentos que consiguen sorprendernos, momentos que nos recuerdan que el control de nuestras vidas es una simple ilusión".

Anónimo

EPOV

Tres días habían pasado desde que la vi. Tres putos días pensando dormido y despierto en sus hermosos ojos chocolates. Haciendo que mi recuerdo de ellos fuesen más recientes a los que tenía.

— Edward, por decimocuarta vez, ¿me pasas el azúcar? —la voz de mi hermana me sacó de mis cavilaciones.

Pestañeé dos veces y sacudí mi cabeza—. ¿Qué dijiste?

— Que me pases el azúcar —repitió y por lo que se la entregué—. Estas en la luna, ¿me dirás que sucedió contigo? Desde la graduación que estás… extraño. Cuando salimos de allí parecía que acababas de ver un fantasma.

— La vi, Jane —reconocí en voz alta—. La volví a ver.

Jane abrió sus ojos completamente al entenderme y su boca se abrió formando una perfecta «O».

— ¿Qué? —preguntó atónita.

— Lo que escuchaste —dije tragando el nudo en mi garganta—. Ella estaba allí, la vi. Justo cuando te llamaron para entregarte el diploma.

— Reconoció mi nombre —murmuró Jane en un hilo de voz—. ¡Qué estúpida fui! Tendría que haberme dado cuenta, ¿escuchaste cual fue la firma que asistió a la ceremonia?

— ¿Eh?

— Edward, la firma que fue… fue la de los… S-Swan —mi boca se secó.

— ¿De qué hablas?

— De lo que escuchas, ella estaba ahí porque su padre es uno de los principales donantes de la Universidad, sin contar en que siempre ofrecen trabajo a los más destacados de la clase. Aunque algunas veces hay excepciones.

— ¿Charlie Swan dona a la universidad? —pregunté incrédulo.

— Si, lo hace —rascó su cabeza—. Lo siento, tendría que haberme dado cuenta antes.

— ¿Por qué te disculpas?

— Sé que volver a verla no es fácil. No después de lo que sucedió —agachó su cabeza.

— No fue tan malo como me imaginé —me encogí de hombros—. Tampoco es como que nos sentamos a conversar, solo la vi, Jane.

— ¿Cómo la viste?

La imagen de sus ojos tristes y apagados, oprimieron mi pecho. Se veía tan… desconocida para mí.

— Triste —contesté con pesar—. No era la misma de siempre.

— Han pasado muchos años, es lógico que no sea la misma de siempre, hermano. ¿Qué sientes ahora?

— No lo sé, son muchas cosas juntas. —Me levanté de la mesa y llevé mi taza al fregadero—. Iré al hospital, no quiero que se me haga tarde. Suerte en la entrevista —besé su sien.

— Te quiero, Eddie —dijo abrazándome—. Sabes que estoy aquí, ¿no?

— Lo sé, y yo también te quiero, pequeño pastelito. —Sonreí abrazándola unos instantes más, para luego recoger mi maletín e irme al coche.

En el camino al hospital, mi cabeza seguía visualizando su mirada. Todo este tiempo tratando de combatir su recuerdo, todo se fue al diablo en cuanto la vi otra vez, haciendo que mis pensamientos por ella ocuparan de las veinticuatro horas del día. Simplemente, no podía alejarla de mi mente… nunca pude hacerlo, aunque me mintiera a mi mismo en que lo lograría.

Llegué al hospital y rápidamente me dirigí al tercer piso. Prácticamente ya estaba familiarizado con la política de este hospital, me sentía muy contento con mi trabajo.

— Buenos días Zafrina —saludé a mi secretaria.

— Doctor Cullen —sonrió—. Estos son los pacientes programados para hoy —me pasó una carpeta.

— Gracias —dije aceptándola para irme a mi consultorio.

Toda la mañana estuve atendiendo, en su mayoría, casos de refriados. El otoño se había instalado y debido a eso el descenso de la temperatura, por lo que muchos niños se veían afectados por los cambios climáticos.

Cuando dieron más de las dos de la tarde, el ruido de mi estómago me hizo recordar que no había comido nada desde esta mañana. Por lo tanto, decidí hacerme un lugar para poder almorzar rápidamente.

Salí del consultorio y me disculpé con las madres que aún esperaban por la consulta. Fui rápidamente a la cafetería del hospital, sin tener tiempo para buscar una comida más elaborada.

— Hola Sue, me gustaría algo comestible, cualquier cosa —pedí detrás del mostrador.

Sue rió—. ¿Día duro, doctor?

— Algo parecido —contesté recogiendo un jugo de la heladera. Una vez que me tendió mi comida, se lo agradecí y fue a sentarme en la única mesa vacía del lugar.

Como era sabido, la confitería estaba llena a esta hora, pero no pude ver ni a Garrett ni a Kate por ningún lado. Ni siquiera a Tanya o a Riley. Parecía que no solo yo estaba teniendo un día duro.

Comí mi sándwich con mucho entusiasmo. No era la comida de Esme, pero estaba famélico y cualquier cosa le venía bien a mi estómago.

— ¿Está ocupado? —una voz me sacó de mis pensamientos.

Miré hacia adelante y una muchacha me miraba interrogativamente señalando la silla en frente de mí. Era una mujer bajita, que de seguro y con suerte llegaba al metro cincuenta de altura, su cabello era castaño y le llegaba hasta un poco más abajo del hombro y tenía unas facciones muy finas y angelicales. Sus ojos eran de un llamativo color gris.

— No hay lugares libres, y no permiten ingresar con comida en las salas de espera —sonó como si se disculpara por pedirme lugar en la mesa.

— Siéntate, no te preocupes. Normalmente no hay tantas personas, pero pareciera que hoy se pusieron todos de acuerdo —dije con burla.

— Gracias, de verdad —sonrió y acomodó su chaqueta en la silla seguido de su bolso. Apoyó su ensalada en la mesa y volvió a mirarme—. Soy Alice —se presentó.

— Un gusto Alice, soy Edward —tendí mi mano.

— ¿Edward? —preguntó enarcando una ceja, asentí—. Es un bonito nombre —se encogió de hombros.

Nos entretuvimos hablando unos minutos. Alice era muy graciosa, y podría contarte un libro entero en tres minutos. De verdad que esta mujer no respiraba cuando hablaba, me hacia recordar a Jane en sus días parlanchines. Si las presentara se llevarían muy bien, estaba seguro.

— Debo volver al trabajo —dije limpiando mi boca.

— Yo veré si mi marido se desocupó —dijo tomando sus pertenencias.

— ¿Tu marido trabaja aquí? —pregunté.

— Si, es cardiólogo —contestó con una sonrisa—. ¿Qué eres tú?

— Pediatra —contesté rápidamente.

— ¡Oh, qué lindo! Me encantan los niños, yo soy maestra de infantes —sonrió con orgullo.

Nos entretuvimos charlando mientras caminábamos para el mismo lugar. Al llegar al consultorio del cardiólogo, ella tocó la puerta y esperó fuera.

— Un placer haberte conocido, Alice —comencé a despedirme.

— Lo mismo digo, Edward —me saludó con un beso en la mejilla—. Quizás nos veamos pronto.

— Es lo más probable —contesté sonriendo.

Iba a volver hacia mi consultorio, pero en ese momento la puerta del enigmático cardiólogo se abrió, haciendo que por fin lo conociera.

Definitivamente esta semana estaba llena de sorpresas y reencuentros.

Frente a mí se encontraba uno de las personas que pensé que no volvería a ver.

— ¿Edward? —me preguntó totalmente shockeado. De seguro yo no estaba muy distinto a él.

— ¿Jasper? —pregunté sin poder creer en verlo de nuevo.

Alice alternó su vista desde Jasper hacia mí y viceversa—. ¿Se conocen?

Jasper ignoró la pregunta de su esposa y lo próximo que sentí fueron sus brazos envolverse en mis hombros. Salí de mi aturdimiento y devolví su abrazo palmeando su espalda alternadas veces.

— No puedo creer que seas tú —murmuró luego que nos separamos—. ¿Qué haces aquí?

— Pediatra en pasantía —respondí.

— ¿Eras tú? Toda la semana quise conocerte, pero nunca te lograba localizar.

— A mí me sucedió lo mismo, ni siquiera tu nombre me dijeron. Si lo hubiera sabido antes, me hubiera aparecido aquí hace rato.

— ¿Cuánto tiempo te quedas?

— Vine por unos tres meses, estoy trabajando aquí hace tres semanas, creo. No llevo la cuenta exacta.

— ¿Dónde trabajabas antes? —volvió a preguntar.

— Prácticamente hice mi vida en Londres —admití—. Luego que termine aquí, volveré a ese lugar.

— ¿Desde hace nueve años? — preguntó algo atónito.

— Nueve largos años —volví a responder tristemente.

— ¿Pueden decirme de donde se conocen ustedes? —nos interrumpió Alice poniendo sus brazos en forma de jarras. Sonreí, se veía muy chistosa.

— Él es Edward, amor. Edward. —Repitió mi nombre mientras asentía mirando a una sorprendida Alice.

Alice abrió los ojos y su boca se abrió, aunque la cerró rápidamente. Volvió a mirarme intensamente, una mueca de entendimiento curvó sus labios.

— Nunca imaginé encontrarte aquí, Jasper —me sentía un poco incómodo con la mirada de Alice en mí. Me miraba como si fuese un fantasma.

— Créeme que yo tampoco. Así que colegas, ¿eh? —me encogí de hombros—. Espera… ¿de dónde conoces a mi esposa?

Reí levemente—. Nos encontramos en la cafetería y almorzamos juntos. No había ningún lugar vacio —expliqué brevemente. Jasper asintió pasando un brazo por la cintura de Alice, quien tenía su vista perdida detrás de mí.

— Alice es así, no aguanta ni dos minutos sin hablar con nadie —reímos ambos. Pero Alice se mantenía seria, con una mueca de preocupación en su rostro. Luego, vi que le dio un codazo a Jasper, haciendo que éste clavara sus ojos también detrás de mí. ¿Qué sucedía?

Giré mi cuerpo para ver qué había detrás y me petrifiqué en mi sitio.

Allí, a tan solo unos pasos de mí estaba ella. Luciendo más hermosa de lo que mi mente recordaba.

Su largo cabello castaño caía en cascada por el costado su rostro, hasta mucho más abajo que sus hombros. Su rostro seguía igual de fino y angelical que antes, solo que ahora era toda una mujer, una hermosa mujer. Los rastros de la adolescente que mi memoria tenía almacenada, se habían ido. Su altura sería tan pequeña como antes, de seguro, aun me llegaba por el pecho.

Pero fue un escaneo rápido, ya que casi no pude apartar mis ojos de los suyos. Sumergiéndome en esos profundos orbes chocolates, una y otra vez.

Se fue acercando a nosotros. Aparté mis ojos de ella solo unos momentos, para mirar interrogativamente al hombre gigante que seguía sus pasos. Cuando ella se adelantaba, él también lo hacía. ¿Quién era ese gorila? El tipo medirá cerca de dos metros, toda su contextura era gigante, haciéndola ver aun más pequeña de lo que ya era.

— Isabella. Hoy es jueves. —Murmuró Jasper sin sentido, exasperado.

Pero yo no veía a nadie más que no fuese ella. Cada vez estaba más cerca. ¿Cómo reaccionaría? Mojé mis labios con mi lengua para tratar de hablar, pero antes que lo hiciera ella me ganó.

— Isabella, mucho gusto. —Dijo con voz fría y sus ojos sin ninguna emoción, y extendió su pequeña mano hacia mí.

La miré confundido y enojado. ¿Iba a actuar como si ésta fuese la primera vez que nos veíamos? ¿Cómo si no nos conociéramos? Muy bien, a este juego se podía jugar de a dos.

— El gusto es mío, Isabella —dije tratando de mantener mi voz normal. Sentí una leve punzada en el pecho al volver a decir su nombre en voz alta—. Edward —me presenté estrechando su mano sintiendo la calidez de ella. Aunque no quise hacerlo, la solté inmediatamente—. Iré a terminar mi consulta, Alice, Jasper —le di un asentimiento a cada uno y no me molesté en volver a mirar a Bella. Aunque moría de ganas por hacerlo y, sentir sus ojos clavados en mí, no ayudaba en nada.

Huí de allí a grandes zancadas. Al pasar por al lado del gorila, elevé mi cuerpo para que mi altura pareciera más alta, y hacerle saber que no me intimidaba su presencia y su mirada en mí.

Prácticamente, luego de que estuve lejos de todos ellos, corrí hacia mi consultorio, refugiándome en mi trabajo para evitar pensar en Bella y en su fría actitud para conmigo.

¿Qué esperabas? ¿Un abrazo y un beso de reencuentro?, me dije a mí mismo. De verdad estaba loco, por supuesto que no esperaba aquello. Si no tuvimos un beso de despedida, ¿Por qué tendríamos que haber tenido uno de bienvenida?

Apenas y pude concentrarme el resto del día. Cada vez que salía a llamar a un nuevo paciente, miraba a los alrededores en busca de un cabello castaño y unos ojos chocolates, pero… obviamente jamás los encontré.

Tenía ganas de golpearme a mí mismo por estar pendiente de ella. ¿No se supone que haríamos como si nos conociéramos?

¿Por qué no podía quitarla de mi cabeza y ya?

Esta vez, ni siquiera podía refugiarme en mi trabajo.

Cuando marcaron las siete de la tarde, por fin terminaba de atender al último paciente del día. Hoy si que había sido un día muy agotador.

— Muy bien señora Evans, el jarabe se lo dará cada ocho horas y mucho líquido, hay que mantenerlo bien hidratado —le pasé la receta—. Si llega a levantar fiebre, suministre ibuprofeno, si no levanta temperatura no es necesario.

— Muchas gracias, doctor Cullen —agradeció la mamá del niño.

— Muy bien Thomas, espero que te mejores —acaricié sus cabellos.

— Gracias doc, y por la paleta también —sonrió sin quitar la paleta de su pequeña boca.

Salieron del consultorio, y yo me quedé organizando mis cosas para volver a casa. Escuché unos golpes en la puerta y mi corazón se aceleró.

¿Sería…?

— Adelante —dije ansioso.

— Día duro, ¿ah?

— Garrett —dije con decepción. ¿Qué estaba pensando? Era obvio que no sería ella.—¿Qué te sucede, hermano? —Garrett me conocía muy bien.

— ¿Podemos ir a tomar unos tragos hoy? De verdad, necesito despejarme.

— Por supuesto —contestó—. Podemos irnos ahora, ya terminé mi turno y le diré a Kate que se vuelva al departamento con el auto.

Sin decir una palabra más, salimos del consultorio y nos dispusimos a irnos —una vez que Garrett avisó a su prometida de nuestros planes—. Necesitaba una charla con mi mejor amigo, él era el único que me entendería.

Paré el auto justo al frente del bar al que habíamos ido hace unos días atrás —"Mirada"—. Estaba más concurrido de lo que creí, al parecer todos habían salido de las oficinas y decidieron tomar unas copas antes de regresar a sus respectivas casas.

— Buenas tardes, ¿Qué les puedo ofrecer? —dijo una chica mirándome como si fuera un pedazo de carne. Garrett miró mi gesto de asco y se echó a reír. Lo fulminé con la mirada.

— Yo quiero una cerveza bien fría, ¿tú? —me miró.

— Un whisky doble —pedí sin mirar a la chica, manteniendo mi vista perdida en la madera de la mesa.

— ¡Uy! —exclamó Garrett sorprendido por mi pedido de una bebida fuerte, una vez que la chica se fue—. ¿Qué te sucede?

— Hoy fue un día de mierda, Garrett —me acaricié mis sienes.

De verdad lo había sido, desde que ella volvió a aparecer en mi vida —solo hace tres días atrás—, mi vida se había puesto patas para arriba. Estaba todo el maldito día perdido, ni siquiera podía concentrarme en mi trabajo, eso era lo que realmente más odiaba. En mi trabajo como doctor era sumamente importante la concentración, trabajaba con niños ¡por Dios!, no podía tener el privilegio —nótese el sarcasmo—, de pensar en ojos chocolates todo el maldito día. Había tardado años y años queriendo sacarla de mi cabeza —aunque aún dudo si pude lograrlo—, y… ahora se aparecía como si nada, tratándome fríamente y para colmo, como si fuera la primera vez que nos veíamos.

¿Qué mierda se supone que debía hacer?

Salir huyendo a Londres no era una opción… aunque una vez ya me había funcionado.

— ¿Me estás oyendo? —Garrett pasó una de sus manos por mi rostro, golpeándome levemente—. Tu bebida está esperándote hace cinco minutos. Te perdiste, ¿Dónde estabas?

— Solo desearía estar en Londres —dije tomando mi whisky y bebiéndolo casi de golpe.

— No tan deprisa, no quiero lidiar con un ebrio después —reclamó mi mejor amigo, apartando un poco el vaso de mí—. ¿Me dirás que sucede?

— La vida me sigue sorprendiendo —suspiré y Garrett me miró confundido—. La volví a ver, y no solo una vez, fueron dos veces en menos de una semana. ¿Cómo lo llamas a eso?

Yo, había decidido nombrarlo como: "conspiración en contra de Edward". Perfecto para la ocasión, ¿o no?

— ¿De qué mierda estás hablando? ¿A quién viste?

— A ella —terminé de beber mi bebida.

Garrett se quedó unos momentos en silencio tratando de descifrar mi mensaje oculto. Hasta que clavó sus ojos azules en mí y palmeó mi hombro en señal de entendimiento.

— ¿Es por ella que te fuiste a Londres? —solo me limité a asentir con la cabeza—. Escucha Edward, entiendo que sea difícil. Supongo que su… —buscó una palabra—… aparición, te trajo muchos recuerdos que quizás tenías guardado. ¿Estoy en lo cierto? —volví asentir—. Pero no puedes seguir huyendo de tu pasado, hermano. No ganarás nada si lo sigues haciendo. Tienes que darle un punto final, pasar página y aeguir para adelante, no te estanques.

Decirlo era fácil… Pero ¿hacerlo? Eso ya era otra historia.

— Yo no fui el único que huyó —reproché.

— ¿Me contarás toda la historia? —inquirió.

— Es una historia larga, Garrett. Hoy no tengo la fuerza suficiente para hacerlo —golpeé mi frente—. Odio estar así, estoy hecho un lío.

— ¿Te ha molestado volver a verla?

— No ha sido eso —revolví mis cabellos—. En mi cabeza, siempre pensé en la posibilidad de volver a encontrarla. Pero ya sabes… "la realidad supera la ficción", aunque esta vez sería más acorde: "la realidad supera las expectativas". No fue el hecho de verla en sí lo que me molestó, sino… el cómo me trató.

Mi amigo enarcó una ceja, de seguro lo estaba confundiendo aún más—. ¿Cómo te trató?

— Como si nunca antes hubiese existido, como si fuera la primera vez que nos veíamos. Ni siquiera dijo mi nombre.

— ¿Por qué crees que lo hizo?

— ¡Qué sé yo Garrett! —exclamé subiendo el tono de voz—, no leo mentes como para saberlo.

Su voz y ojos fríos en mí aún persistían en mi cabeza. ¿Qué había pasado con la dulce y tierna Bella?

— Si que estás afectado —murmuró Garrett—. Jamás te había visto así. No sé qué decirte hermano, por primera vez, me dejas sin palabras.

— Yo solo sé, que no quiero volver a verla —dije con pesar, sintiendo una opresión en mi pecho—. Pude vivir sin ella nueve largos y agónicos años, no voy a dejar que me estanque. Mi vida continúa, tengo que mirar para adelante.

— Así se habla, Edward. Y si llegas a verla de nuevo, haz como ella, actúa como si nunca hubiese existido.

¿Sería capaz de hacerlo? ¿Podría dejar a un costado todo lo que habíamos vivido?

De nuevo el recuerdo de su voz fría empleada conmigo me golpeó. Y la respuesta vino sola: si, si podría hacerlo.

Pero… si hacía eso, ¿no sería una forma tácita de huir sin viajar kilómetros lejos de ella?

¡Dios! Realmente estaba mal, muy mal.

Necesitaba otro whisky.

— Oh, no ¡ni lo pienses! Mañana debes trabajar, y un whisky doble es una bebida muy fuerte. No dejaré que tomes otro —reprochó Garrett. Dejé caer mi cabeza en la mesa.

— Receteáme, bórrame el cerebro, quiero olvidar que existe —murmuré golpeando la mesa.

¡Genial! Ahora me vería como alguien patético. ¿Por qué tenía que ser tan…? ¡Arg! Ni siquiera se me ocurría una palabra.

— Ya cálmate, Edward —Garrett palmeó mi hombro—. Quizás lo mejor sería que la encuentres y hables con ella.

Lo miré con los ojos bien abiertos.

— No me mires así —se defendió—. ¿Qué mejor manera de cerrar el pasado, justamente con tu pasado?

¿Ah?

— Bueno, está bien. Quizás no me expresé bien —agregó—. Solo digo, que la mejor manera de seguir adelante es… enfrentándote a ella. Hablen, aclaren las cosas y ya después se verá lo que sigue. Mira cómo estás, ni en las últimas materias de la universidad te vi tan contrariado.

— Entonces… —comencé procesando sus palabras—. ¿Dices que lo mejor es hablar con ella?

Se encogió de hombros—. Yo haría eso. Necesitas aclararte, y ¿Qué mejor persona que ella para hacerlo?

— Creo que tienes razón —me sentía un poco mejor—. Hablaré con Jasper —murmuré más para mí.

— ¿Jasper? —preguntó confundido mi amigo—. ¿Quién carajos es Jasper?

— El cardiólogo del hospital —contesté simplemente.

— ¿Qué tiene que ver el cardiólogo con esto?

Me golpeé mentalmente, él no conocía el parentesco entre el cardiólogo y ella.

— Es su hermano —contesté rápidamente.

— Espera, espera, espera —levantó la palma de su mano—. Hace tres semanas vuelves a Seattle después de nueve años. En menos de una semana ves a la persona con quien sucedió no-sé-qué-cosa, no solo una, sino dos veces. Ahora resulta que su hermano es el cardiólogo del mismo hospital en el que trabajas. ¿Qué clase de conspiración es ésta? Ahora solo falta que me digas que su hermano está casado y que su mujer es la mejor amiga de ella.

— Técnicamente Jasper está casado, pero desconozco si Alice y Bella son mejores amigas —respondí.

— ¿Alice? ¿Bella? —hice una mueca justo en la mención de la segunda pregunta—. ¿Bella? ¿Así se llama?

— Si —solo dije.

— Al menos ahora sé su nombre —murmuró Garrett.

Nos quedamos los dos callados, sin saber que decir.

¿Sería lo más conveniente buscarla y hablar con ella? ¿Podríamos aclarar todo lo que sucedió sin morir en el intento? Pero lo más importante, ¿estaba preparado para volver a resurgir todo mi pasado?

Traté de luchar contra eso todos estos años, y en un abrir y cerrar de ojos, volvía a estar todo en frente de mis narices —aunque solo era una parte—.

En algún momento de mi vida tenía que hacerlo, necesitaba hacerlo para poder vivir. Tarde o temprano, tenía que pasar.

Miré mi reloj y ya eran más de las nueve de la noche, ¿tanto tiempo habíamos estado hablando? Miré a Garrett y se veía confundido, como si estuviese en otra dimensión.

Él era una persona indispensable en mi vida, junto a mi familia. Era el único que entendía mis silencios e inseguridades. Pero hoy me sentía culpable. Él era mi mayor confidente —quizás hasta un poco más que la propia Jane—, pero jamás me había atrevido a contarle mi verdadera historia con Bella. Pero no porque no confiara en él, por supuesto que no, es más… confiaba ciegamente, pero hablar de esos temas me ponían realmente mal. Cada vez que intentaba contárselo, sentía un agujero negro en el pecho que crecía y crecía, y al final, terminaba acobardándome y guardando toda esa pena para mí.

— Gracias Garrett —dije sinceramente luego de unos minutos.

— No tienes que agradecerme nada, hermano. —Contestó—. Solo espero que toda esta situación pase, no me gusta verte mal.

— Yo espero lo mismo —agregué cabizbajo—. Se hizo tarde, ¿te llevo a tu casa?

— Si, andando —contestó.

Llamamos a la mesera y pedimos la cuenta. Una vez que estuvo saldada nos levantamos y nos aproximamos a la salida. Pero antes que pudiéramos hacerlo, fuimos testigos de una fuerte pelea.

— ¡No vas a decirme como hacer mi puto trabajo! —exclamó la voz gruesa de un hombre, completamente gigante—. ¿Quién te has creído? Yo soy el jefe, yo doy las instrucciones.

— ¡Tu estrategia no es la mejor, idiota! —exclamó a los gritos el que le hacía frente, empujando su silla hacia atrás cuando se levantó. Ese hombre tenía agallas, el otro prácticamente le llevaba el doble de diferencia física—. ¡Vamos a perder el caso y todo será tu culpa!

Garrett me codeó—. Esto terminará en trompadas, yo sé lo que te digo.

El hombre gigante se levantó revoleando su silla también y se aproximó al otro más bajo y apoyó su frente en la de él, agachándose unos, en realidad, muchísimos centímetros para encararlo.

— No vuelvas a llamarme idiota —siseó entre dientes. El bar estaba en un profundo silencio siguiendo atentamente la discusión—. Recuerda que con solo mover un dedo puedo despedirte y asegurarme que en tu puta y horrible vida jamás vuelvas a trabajar.

— ¿Me estás amenazando? —contraatacó el otro.

Mala respuesta amigo.

El gigantón lo tomó por el cuello y lo elevó unos centímetros del suelo. Llevé mi mirada alrededor del bar para ver si alguien intentaba separarlos, pero todos estaban en sus lugares, expectantes de lo que se aproximaba.

Los hombres que ocupaban la misma mesa que ellos, los miraban divertidos. ¿Qué tenía de divertido todo esto? Si alguien no hacía algo rápido, alguno podría salir realmente lastimado.

— Tú sabes que yo no amenazo, solo actúo. —Contestó—. Si no quieres que te baje todos los dientes, vete de aquí ¡ya! —sus manos estaban cerradas fuertemente en puños.

Lo que sucedió después nadie se lo esperaba —o quizás sí, pero invirtiendo roles—. El hombre de contextura normal, elevó su puño y lo estrelló justo en la nariz del grandulón. Haciendo que éste, rápidamente lo soltara y retrocediera unos pasos.

— Hace mucho tiempo tenía ganas de hacerlo —dijo frotando su mano—. ¿Qué pasa mariquita, te crees con mucho poder en la oficina? No eres nadie, solo eres un pobre idiota que se cree la gran cosa —agregó manteniendo su vista fija en él.

El gigantón salió de su transe y se tiró —literalmente—, hacia el otro hombre golpeándolo fuertemente en el estómago. Comenzaron a pegarse con innumerables trompadas.

Las personas del bar se levantaron asustadas y muchas mujeres gritaban histéricamente, pero nadie hacia nada.

Volví a mirar la batalla y me horroricé. ¡Se estaban matando!

— Garrett tenemos que hacer algo —le dije a mi amigo.

— No pretenderás que nos metamos en el medio y recibamos trompadas gratis, ¿no?

— Se están matando, no podemos dejar que suceda —dije sin apartar la mirada de los hombres que se repartían golpes—. Es nuestro deber.

Garrett me miró como si me hubiera salido otra cabeza y luego suspiró derrotado.

— Definitivamente estoy loco por seguirte. Hagámoslo antes que de que me arrepienta —dijo tirando de mi brazo.

Nos acercamos hasta el ring de boxeo improvisado. Varias personas rodeaban a los hombres como una especie de ronda, gritando y aplaudiendo cuando recibían golpes certeros. ¿Qué les pasaba? ¿Disfrutaban viendo a dos personas matarse entre ellos?

— ¿Ustedes vienen con ellos? —le pregunté a un hombre de traje que miraba distraídamente su celular.

Quitó sus ojos del aparato y me miró burlonamente.

— Si, ¿Por qué? —dijo arrogantemente.

— ¿Dejaras que se maten? —pregunté.

— No te preocupes no se harán daño. Les viene bien un poco de escarmiento —cerré mis puños fuertemente.

Un hombre sentado en la misma mesa nos vio a Garrett y a mí y rápidamente se nos acercó.

— No podemos dejar que esto continúe —dijo. Al fin alguien con un poco de cerebro—. Se están matando, ¿me ayudan a separarlos?

Garrett y yo asentimos al unísono y el único hombre preocupado llamó a otro quien rápidamente se acercó a nosotros.

— Nosotros dos tomaremos al más bajo, ustedes se encargan del otro —dijo uno mirando a los hombres que todavía seguían pegándose.

— Claro, el más grande para nosotros. Que buenos son —contestó Garrett irónicamente.

— ¡Dios! ¡Sus rostros están desfigurados! —exclamó el segundo hombre sin hacer caso al comentario de Garrett.

Nos miramos entre los cuatro y nos acercamos hacia los boxeadores.

¿Por qué nadie llamaba a la policía? ¿Dónde estaban los dueños del lugar? ¿Por qué nadie hacía nada?

Entre el lío de golpes, patadas y maldiciones, los hombres y nosotros logramos colocarnos en el medio de la pelea, milagrosamente nadie recibió ningún golpe —a lo que yo pude ver—, pudimos evitar los golpes voladores que pasaron muy cerca de nosotros. Aprovechamos ese momento con Garrett y nos colocamos uno a cada lado del gigantón haciendo mucha fuerza para intentar calmarlo y que no se fuera arriba del tipo —ahora todo deformado—, para que lo volviera a atacar.

Logramos separarlos, pero el hombre más chico —físicamente hablando—, se les escapó a los otros dos y no vi venir su puño. Se estrelló directamente en mi labio inferior, haciéndome gritar por el dolor, pero mantuve mi compostura para no soltar al grandote. Un líquido caliente se derramó de mi boca, haciendo que mi labio comensace a latir dolorosamente. Garrett me miró preocupado, solo negué con la cabeza, tratando de hacerle entender que estaba bien, aunque eso fuese una mentira.

¡Mierda, mi boca dolía como los mil demonios!

Los otros pudieron volver a agarrar al hombre, no sin antes recibir una trompada cada uno —al menos no fui el único—. Y solo después de todo eso: ¡Al fin! Logramos separarlos.

— ¡No te saldrás con la tuya! —exclamó el otro hombre forcejeando.

— ¡Que te vea otra vez malnacido, no vivirás para contarlo! —respondió el gigantón que teníamos en nuestro poder, luchando para que lo soltáramos.

— Será mejor que se los lleven de acá. No queremos más líos —dijo un hombre viejo entrando en la escena.

Fruncí el ceño, ¿no deberían haber sido ellos los que separaran a éstos de la pelea?

— No hay nada más que ver señores. Vuelvan a sus lugares —dijo otra vez el hombre—. Si no hubiera sido usted señor, tenga por seguro que estaría la policía aquí en estos momentos —agregó mirando al hombre que teníamos fuertemente agarrado—. Llévenselo —nos ordenó.

— Saquémoslo de aquí, Garrett —le dije a mi amigo y prácticamente lo llevamos a la rastra hasta afuera del local.

Cuando estuvimos fuera, el frío viento de la noche se coló en mi rostro. Volví a sentir dolor en mi boca, pero lo dejé pasar.

— Debería volver y matarlo, ¿Por qué no dejaron que acabara con él? —dijo el grandote zafándose de nuestro agarre, pero trastabillándose en el intento.

— ¿Planeas pasar el resto de tu vida en prisión? —le preguntó Garrett cruzándose de brazos.

El hombre rió sin diversión—. Eso jamás pasará —aseguró con la voz ronca.

Me refregué el labio y miré mis dedos. Genial, todavía sangraba. De seguro mañana tendría la boca tan hinchada que no me entrará en el rostro.

— ¿Estás bien? —preguntó mi amigo revisando mi herida, como buen doctor que era. Gemí de dolor por su toque—. ¡Dios, Edward! ¡Mira como te dejaron!

— Lo lamento —dijo el hombre detrás de nosotros con la vista perdida.

Puse mi atención en él y se veía realmente… mal.

Su camisa estaba totalmente manchada de sangre y mal puesta. Su rostro… ¡Dios! Estaba totalmente lastimado y comenzaba a hincharse.

Miré a Garrett y él tenía un pequeño golpe en su mejilla ¿Cuándo lo habían golpeado?

— No me mires así, tú estás peor que yo —volvió a mirarme horrorizado.

Fruncí el ceño y sentí una molestia. Llevé mis manos hacia mi ceja derecha y toqué sangre, ¿Cuándo me habían golpeado allí?

— Ese tipo es un idiota —dijo el grandote sentado en el cordón de la calle—. Definitivamente es un idiota, ¿Cómo se atreve a golpearle a su jefe?

Algo en su voz no andaba bien.

— Está ebrio, Edward —dijo Garrett rodando los ojos—. Será mejor que nos vayamos a casa, demasiadas aventuras por un día.

Se dio la vuelta para emprender el camino al coche. Fruncí el ceño al entender sus intenciones, la ceja volvió a dolerme.

— No podemos dejarlo aquí —dije sintiendo mi labio arder al modular las palabras.

— ¡¿Estás loco?! Mira como nos dejaron por meter las narices en donde no nos incumbía —dijo casi gritando.

— Garrett, ¿Qué pasa si lo dejamos aquí, agarra su coche o lo que sea, y se accidenta?

— No, no —chasqueó la lengua—. No vengas a hacerme la psicológica. Ya lo ayudamos, lo separamos de una estúpida pelea y ambos nos quedamos con secuelas —dijo señalando sus lastimaduras—. Quiero regresar a casa y bañarme, así que por favor…

— Es nuestro deber como… —comencé mirando al gigantón que ahora hablaba solo, realmente estaba muy mal.

— No me vengas con la ética profesional ahora, Edward —contestó Garrett enojado—. Pídele un taxi, que se lo lleve ¡que se yo!

— Yo tengo coche —dijo el hombre—. Hoy coche muuuuy bonito. Puedo manejarlo, yo siempre puedo manejar todo, menos a mi mujer. ¡Dios! Que mujer tan exasperante.

— Nadie puede manejar a las mujeres, amigo —le contestó Garrett y ambos rieron.

— Iré a recoger mi coche, es ese de allí —señaló un auto negro—. Gracias por ayudarme, amigos —se levantó como pudo, pero dio dos pasos y casi se cayó.

— ¿Entiendes que si dejamos que se vaya en ese estado detrás del volante, podrá provocar algún accidente? —le dije a Garrett.

Mi amigo me gruñó—. Realmente eres… ¡Arg! —Se despeinó los cabellos—. Muy bien samaritano, yo manejo tu coche, tú llévate al gigante, yo te sigo. Menos mal que no quería lidiar con borrachos —rezongó mientras me fulminaba con la mirada.

— Gracias —le dije tirando las llaves de mí auto. Me acerqué al hombre. Prácticamente me llevaba dos cabezas de altura—. Ven, te ayudaré —coloqué uno de sus brazos alrededor de mis hombros y traté de estabilizarlo pasando un brazo por su espalda.

— Eres muy bueno, de verdad. Te lo agradezco —dijo con voz ronca—. Me duele todo —rió atajándose el estómago.

— ¿Cuál es tu coche?

Señaló un hermosísimo y auténtico KoenigseggCCX. Silbé por lo bajo ¡debía costar una fortuna! Y hoy lo iba a manejar. Sonreí como niño frente a un dulce.

Una vez que llegamos al lujoso auto, quité las trabas con el pequeño control y ayudé al hombre sin nombre a subirse. Comenzaba a hablar de cualquier cosa, hasta creí haber escuchado nombrar algunos dibujos animados y cosas sin sentido.

Me subí al asiento del conductor y volví a sonreír, sintiendo el dolor en mi boca. Tendría que revisar mis heridas al llegar a casa.

— ¿Dónde vives? —le pregunté al hombre que ahora estaba con los ojos cerrados.

Me dijo rápidamente las calles y lo miré sorprendido. Vivía en uno de los edificios más caros y exclusivos de todo Seattle. Este hombre estaba forrado en dinero. Digo… no cualquiera tenia esta máquina como auto y vivía en esa clase de edificios.

— ¿Sabes? Yo no sé si haría todo lo que estás haciendo por mí. No me conoces de nada —murmuró.

— No iba a dejar que dos personas casi se mataran estando yo presente —contesté acelerando el motor, llenándome del suave ronroneo del coche. ¡Qué bien se sentía!

— No me dijiste tu nombre —agregó luego de unos minutos.

— Edward —dije frenando en un semáforo. Llevé mi vista al espejo retrovisor y Garrett nos venía siguiendo en el auto de mi hermana, muy pegado a nosotros.

— Soy Emmett McCarty —respondió tomándose su costado. Lo miré de soslayo, su nombre me sonaba de algún sitio, pero… ¿de dónde?

Nos sumergimos en un silencio, paseando por las calles iluminadas. No había tanto tráfico, pero tampoco estaba todo desierto. Aparqué en el estacionamiento subterráneo indicado por Emmett, hasta que finalmente detuve el motor del auto. Garrett me esperaba en la puerta del edificio, ya que no se permitía la entrada de coches ajenos a los residentes del lujoso y caro edificio.

— ¿Puedes acompañarme hasta arriba? No puedo ni moverme y todo se me da vueltas.

Dudé unos segundos, pero finalmente asentí. Si me permitía lo revisaría para asegurarme que sus golpes no fuesen muy severos.

Le mandé un mensaje de texto a Garrett avisándole que tardaría un poco más, él contestó que me esperaría, pero hasta por mensajes podía ver que seguía enojado y de mal humor.

— Señor McCarty —saludó el guardia del edificio.

Pensé que iba a responder el saludo, pero solamente pasó de largo como si no hubiese escuchado nada. Supongo que la ingesta de alcohol no era buena amiga de la educación.

Subimos al ascensor y marcó el código de su piso.

Vivía en el penthouse, debía suponerlo.

— ¿Sabes? Ahora me esperará una fuerte discusión con mi mujer. Todo el tiempo es lo mismo. Hace mucho tiempo estamos juntos, pero jamás podemos llevarnos bien, yo trato de darle siempre lo mejor. La tengo como si fuese una reina, pero ella nunca está conforme. Ya no se como manejar esta situación.

Etapa de la borrachera melancólica: activada.

Ya había pasado la violenta, la amigable y ahora venia la melancólica.

Las puertas del ascensor se abrieron y salimos al pequeño umbral de la entrada. Trató abrir la puerta, pero no tuvo éxito en embocar la llave con la cerradura. Se la quité de sus manos y terminé abriendo la puerta, dejando que pasara él primero.

— ¡Muñeca ya estoy en casa! ¡Vengo con un amigo! —exclamó apenas entramos.

Las luces iluminaban tenuemente la gran sala, además de las luces nocturnas de la cuidad que entraban por el gran ventanal. Prácticamente solo la sala, mediría lo que mide mi departamento en Londres entero. Miré asombrado a mí alrededor, todo rodeado de lujos y cosas excesivamente caras. ¿Qué se sentiría vivir en una casa así?

— Muñeca, ¿Dónde estás? —volvió a decir Emmett con voz distorsionada. Mañana le esperaría una fuerte resaca.

Se escuchó una puerta a lo lejos cerrarse y rápidamente la sombra de una mujer aproximándose se hizo notar.

— ¿En donde más voy a estar? Como si fuera que cuento con la posibilidad de salir cuando se me dé la gana —contestó la mujer con voz sarcástica apareciendo junto a nosotros dos.

Esa voz… yo conocía perfectamente esa voz.

La mujer finalmente estuvo delante de nosotros y el aire se me atascó en la garganta. Sus ojos se abrieron desmesuradamente a causa de la sorpresa de verme allí.

¿Cuántas posibilidades había de que justamente ella tuviera algo que ver con el hombre al que había ayudado?

Definitivamente «La conspiración en contra Edward», ya me estaba asustando.

— Edward, te presento a mi hermosa esposa Isabella —presentó Emmett yéndose como pudo a su lado para envolver sus grandes brazos en la estrecha cintura de ella.

¿Acaso dijo esposa? Llevé mi mirada hacia su dedo anular de la mano izquierda y, efectivamente, un anillo dorado lo rodeaba. Cuando ella se dio cuenta de la dirección de mis ojos trató de ocultar su mano, pero ya era tarde; ya había visto la prueba.

— Un gusto en conocerla, señora McCarty. —Dije en un murmullo con la voz rota mirándola fijamente a sus tristes ojos chocolate, sintiendo como el agujero en mi pecho se hacía más grande y doloroso.

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*Suenan sonidos de tambores* (?) jajajajaaja

Al fin "el esposo" ya tiene nombre y apellido, ¿se lo esperaban? Algunos dieron en la tacla y lo adivinaron, veremos que tal marcha el papel de Emmett que será distinto al que conocemos :)

Infinitas gracias por todo el apoyo para con la historia; sus alertas, favoritos y review's son mi fuente de inspiración.

También agradezco a mi linda beta que hace posible que la lectura sea más fluida y no presente errores, gracias Amelia :)

Sin más me despido y, como lo dije en otras oportunidades, en mi perfil podrán encontrar los links de mi Facebook y el grupo dedicado a mis historias, pueden enviarme la solicitud que con gusto los agregaré.

¡Hasta la próxima semana! (:

Abrazos de oso.

Alie ~

Gracias en especial a:

chiquitza, janalez, DANIELADRIAN, Gretchen CullenMasen, isaaa95, KarenMasenCullen, Gigi Cullen, robsten-pattison, lunatico0030, Ayin.