Vas a esconder tu vergüenza
Veía las hojas frente a él, había hecho balances como esos desde hacía más de cuatro años cuando su padre le obligó a trabajar en la empresa, y siempre podía resolverlos en un periodo de tiempo aceptable. Con el tiempo se volvió un actividad tan natural que podía supervisar el trabajo de sus empleados con tan solo una mirada. Pero en ese momento, parecía que incluso estaba escrito en una lengua muerta, que no sabía cómo resolver cuánto era dos más dos y tal vez ni siquiera estaba seguro de cómo sostener un lápiz entre los dedos.
Archie dejó de hablar y soltó un suspiro.
—No me estás escuchando ¿Verdad?
Neal miró a su primo como si no hubiera notado que llevaba ahí al menos una media hora parloteando de algo.
—No.
No se molestó en mentirle.
— ¿Cómo está? Me refiero a Luisa. — preguntó Archie quitándole los papeles de la mano, ya se los llevaría más tarde cuando estuviera presente en el mismo tiempo y espacio que él. Sabía que habían tenido un año difícil desde que perdieron al primer bebé, y ahora que estaban en esperas del segundo, Luisa nuevamente había tenido que ir al hospital desde hacía unas dos semanas. Por mucho que pensaba que Neal era un idiota, rastrero y cobarde, el dolor que tenía que estar sintiendo, no se lo deseaba.
Annie también había pasado un mal rato cuando nació su hija, y para él la angustia fue tanta que pensó que si ella moría, él también lo iba a hacer. Al final, tanto la bebé como su esposa consiguieron salir adelante, y el hecho de que la tía abuela lo hubiera sacado del testamento ya no le importaba.
De hecho hasta se hubiera ido a vivir a otro estado desentendiéndose de la familia, de no ser porque aún tenía las acciones que le había dejado su padre en la empresa Ardley y las que había heredado de su hermano, más aparte las que le había regalado el padre de Anthony cuando cayó enfermo y ver que no tenía a quién heredar lo escogió para sucederle, lo que irónicamente lo convertía en el inversionista mayor, solo después de Albert que era el presidente de la junta directiva.
Neal solo tenía la parte que le correspondía como miembro de la familia y tal vez las que le dejara su padre, pero no era una fracción considerable.
—No lo va a lograr. — susurró Neal cuando su primo estaba a punto de marcharse.
Lo había dicho como un pensamiento en voz alta, sin mirar nada en particular. Archie inclinó la cabeza pensando en qué podía decir en momentos como ese.
—Ve con ella, Neal. Luisa es lo mejor que tienes.
Los ojos del joven se clavaron en él antes de que dejara la oficina. Dejó pasar un rato antes de que cayera en cuenta de que no estaba haciendo nada, y si ya tenía el permiso iba a tomarlo. Alcanzó su sacó y las llaves del auto, el hospital no estaba lejos de ahí pero él odiaba caminar.
Se aparcó en un lugar reservado para él. El director del hospital tenía muchas concesiones ya que su familia era de los principales benefactores de la institución. Al verle, una enfermera se prestó para escoltarle hasta la habitación privada que ocupaba su esposa.
No había nadie.
Había pensado que quizás estaría Eliza o su madre, pero Luisa dormitaba sin nadie cerca. No quiso despertarla, solo se limitó a ver su delgado cuerpo estremecerse con su propia respiración, su pálida piel, su cabello atado en una trenza mal hecha.
La miró dormir sin sentir que el tiempo pasaba, apenas notando a la enfermera que entraba cada tanto a comprobar el estado de la paciente, hacer sus anotaciones y retirarse.
Nadie más se apareció en todo el día, la noche cayó lentamente y entonces la vio abrir los ojos, trémulamente, como si la escasa luz la molestara, como si revisara lo que sucedía fuera del mundo en el que los medicamentos y el cansancio la sumían.
— ¿Neal? ¿Eres tú?
—Sí.
—Es tarde, deberías descansar.
—No he hecho nada en todo el día.
—Pero…
—Mejor no digas nada, se ve que hasta eso te cuesta trabajo ¿Tienes hambre? ¿Quieres que pida algo?
Ella apenas pudo negar con la cabeza.
—Yo si necesito comer algo ¿Estarás bien su salgo un momento?
Asintió quedamente.
Fuera de la habitación el clima era mucho mas frio, y en la noche no había mayor movimiento. Si de manera natural el hospital era un sitio deprimente, en la noche se convertía definitivamente en el lugar menos placentero para estar.
No estaba seguro sobre si había servicio en la cafetería a esas horas, pero muy seguramente si había alguien disponible podría pedir algo, el dinero siempre era un buen incentivo para cualquiera.
Tras deambular un rato comprobó que no quedaba nadie de pie, y dado que quizás en la calle no había más oportunidad, decidió regresar a la habitación.
Pero no había mas que terminado de subir las escaleras cuando el ruido se hizo presente, un ajetreo que ya había escuchado antes y en esos momento sitió como un golpe en el pecho. Entre médicos y enfermeras, equipo y material, no pudo entrar. Pero en esa ocasión no insistió más, solo dejó que la pared lo sostuviera mientras su peso resbalaba hasta hacerse un ovillo.
—Lo siento, señor Leagan…
No quiso escuchar lo demás, no quiso ni mirar al médico al que quería golpear, pero ¿Qué iba ganar?
Sin estar enteramente consiente de sus movimientos volvió a entrar a la habitación cerrando esta por dentro, dejando afuera a todo el personal que ya había terminado incluso de limpiar. Como una sombra llegó hasta uno de los costados de la cama. Las sábanas estaban blancas pero podía oler la sangre, a través de todos los desinfectantes y medicinas, podía aún olerla.
Luisa se veía mucho más delgada, como si solo quedara la piel adherida a los huesos y no puso atreverse a acariciar su cabeza bañada en sudor como quería hacerlo.
Se arrodilló a su lado, hasta que el sol intentó asomarse a través de las cortinas, escuchó que abrían la puerta, entendiendo entonces que el médico debía de tener la llave y solo le habían dejado creer que la puerta los mantendría lejos. Pero no le quedaban fuerzas para gritar al impertinente. No había podido siquiera cerrar lo ojos, y tampoco tenía la voluntad para buscarse un sitio más cómodo.
El lúgubre amanecer reveló la figura de su hermana, ataviada en un vestido de fiesta que hasta entonces le hizo recordar que la noche anterior había sido el cumpleaños de su madre.
"Así que era eso que tenía pendiente." Se dijo, lo había olvidado completamente.
—Arreglaré todo para que partamos a la casa de verano en Escocia esta tarde, la tía abuela dispondrá a todos los sirvientes de mayor confianza para que nos acompañen. — dijo en tono sombrío.
— ¿Para qué? — consiguió decir, sin moverse de su lugar.
—La gente ha empezado a hablar.
Neal no entendía que podían decir y su hermana entendió la interrogante en el rostro cansado de su hermano.
—La primera obligación de una esposa es poder darle hijos a su esposo ¿Sabes lo que dicen de las mujeres que no pueden tener hijos?
No lo sabía, pero no le importaba, porque no era como si Luisa no quisiera, ella lo estaba intentando con todas sus fuerzas y él era testigo de ello.
—Quiero enterrar a mi hijo…— mustió.
—El médico se ha hecho cargo, debes arreglarte, hay que tomar el barco hoy mismo.
—Pero Luisa…
— ¡Ya hablé con el médico!
Eliza había estallado, pero solo un instante, aferrándose a la bolsa que llevaba entre la manos, como si quisiera destruirla ahí mismo, solo apretó los dientes para bajar su tono de voz.
—Me ha recomendado a los mejores doctores de Inglaterra, si todo se resuelve adecuadamente, regresaremos el próximo año con un bebé.
No pudo replicar más, dos sirvientas entraron enseguida junto con un par de enfermeras anunciando que iban a cambiar a Luisa. Eliza, por su parte, se acercó hasta su hermano tomándolo por el brazo, obligándolo a levantarse, aunque ya que ella no tenía la fuerza suficiente para hacerlo por su cuenta él fue quien atendió la demanda, solo dirigiendo una última mirada a su esposa.
"No va a resistirlo otra vez…" fue lo último que pensó al verla.
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