Capítulo 7
Después de ese acercamiento pasamos varios días sin vernos, pero las cosas en casa se habían animado. Lucien y Amelie se sentían mejor por haber podido compartir con su padre y yo me sentía mejor por haber logrado que confiara en mí y aceptara mi ayuda. Sabía que era un largo proceso, pero también sentía que estábamos en el camino correcto.
Una de esas noches me quedé mirando algo de televisión sola cuando los niños se durmieron, lo que me daba algo de tiempo conmigo misma. Oí que golpeaban la puerta y que alguien entraba; enseguida vi que era Gaetan, pero en su mirada ardía el fuego de la ira y me alerté. Ni bien me vio comenzó a gritarme frenéticamente, lo que me descolocó de la tranquilidad de momentos antes.
-¡Eres una zorra mentirosa! ¡No puedo creer que mintieras, confié en ti maldita sea! –entonces pude ver que llevaba un hacha, tan grande y pesada como la que había usado Stella en los juegos para cortarle el brazo. La blandió hacia mí y la esquivé en un rápido movimiento, corriendo al armario bajo la escalera donde guardábamos las armas. Tomé mi espada, Willow; una de las espadas largas que Oliver nos había dado como regalo de bodas. Él había sido el experto en armas de la revolución y fabricó dos espadas hermanas del más puro y mortífero acero, finamente ornamentadas. Zerez, la espada de Gaetan, estaba decorada con azul profundo y destellos en dorado, con un dragón grabado en la base; mientras que Willow tenía el mismo dorado acompañado con verde, y un tigre –Tigresa- grabado.
-¿Cómo pudiste ocultarme que había vencido en los juegos? ¿Es que acaso querías sacarme el dinero del ganador aprovechando que no recordara? ¡Incluso quizá tus hijos no sean míos!
-¡Cállate, no seas imbécil! –arremetí con fuerza con mi espada, sólo para ver de reojo que Amelie estaba observando, pálida y petrificada con las lágrimas corriendo en silencio por sus mejillas. -¡Vete a tu cuarto, no salgas hasta que te avise! –entonces se fue corriendo y llorando, había oído a Gaetan y fue eso lo que despertó en mí el fuego de la ira más que nunca. Una cosa era que me insultara, pero otra muy distinta era que hiriera profundamente a mi hija. Con un fuerte movimiento él estaba desarmado.
-Supongo que olvidar 15 años del manejo de las armas te ha pasado factura Gaetan. Hubieras utilizado tu propia espada. –presioné mi espada contra su cuello, inmovilizándolo en el suelo. –Ahora vas a decirme quien te dijo esa sarta de mentiras.
-La mentirosa eres tú. Me lo ha dicho mi padre.
-Tu padre está muerto, ¿cómo carajo se llama el idiota que dijo esas mentiras sobre mí? –Esperaba que no hubiera sido sólo idea suya, que el secuestro del Capitolio no hubiera surtido el efecto deseado.
-Mi padre está vivo y se llama Apolo. –Al escuchar eso sentí el frío de la traición y la derrota cortándome por dentro, pero no me inmuté; estaba desbordada de adrenalina. Aparté la espada de su cuello la tomé con ambas manos; la hundí con fuerza en su muslo, atravesándolo y clavándolo al suelo. Gaetan emitió un grito de dolor junto con una mueca extraña, mientras la sangre desbordaba.
-No te muevas de aquí, aun no hemos terminado de hablar. –Volví arriba, tomé a los niños y los llevé a rastras a la casa de Beatrice, que vivía a sólo 100 metros de la mía. Le expliqué brevemente que pensaba que Gaetan estaba secuestrado y volví sola corriendo a mi casa. Allí seguía él, perdiendo sangre y clavado al piso. Lo até de pies y manos mientras no dejaba de insultarme y retorcerse de dolor. Sólo cuando estuvo inmovilizado quité la espada que estaba metida en su pierna, que salió con un exagerado chorro de sangre y lo hizo gritar aun más.
Me acerqué y toqué su muslo inflamado, entonces lo curé despacio con la energía de la medicina hasta que el profundo corte desapareció. Él se quedó callado y mirándome confundido, seguramente no esperaría que lo curara. Yo sentía en mi interior más ira que nunca, porque era una penetrante traición de parte de quien más amaba, y eso sólo podía llevarme al dolor más profundo.
-Te lo diré una vez. Primero, no puedo estar buscando dinero porque yo también soy una ganadora, y además creo recordar que cuando nos conocimos yo era la acaudalada hija de la alcaldesa y tú el muerto de hambre que vivía de la caza. Segundo, los niños se parecen bastante a ti, ¿no crees? Tercero, tu padre se llamaba Jean-Marc Dellanoy y murió en el distrito 10 hace más de quince años. Si no te lo dije es sólo porque el médico me pidió que evitara recordarte nada, en especial capítulos traumáticos.
-No te creo una palabra. –En sus ojos el fuego ardía también cada vez con más fuerza.
-Ahora vas a decirme que el Capitolio es bueno, ¿verdad? ¿Te han hecho un espía?
-No soy un espía, sólo un ciudadano; y como tal claro que pienso que el Capitolio es bueno. Siempre ha ordenado nuestras vidas para que sean productivas al máximo. Sería bueno que se acabara la república y volvieran. –Respiré profundamente e intenté calmarme, de otro modo debería haberlo matado allí mismo. Estaba defendiendo a quienes tanto nos habían quitado, quienes habían matado a sus padres e intentaron matarnos a nosotros, quienes mataron a nuestros compañeros de distrito y a todos los demás… Jonathan, Renata, Chris, Sarah, Adler, Hermes, Friedrich, Stella. Y tantos otros que no conocíamos. Y había sido Apolo quien había intercambiado mi cuerpo por la vida de Gaetan.
-Mira, el Capitolio nos regalaba a los ganadores un resumen en video de nuestros juegos, dedicado por el Presidente Snow en persona. Nunca abrimos nuestros resúmenes, pero ahora vamos a verlos para que sepas que es verdad. –Me acerqué a la biblioteca y abrí un cajón que estaba con llave, de donde saqué dos cajitas cerradas herméticamente. –Aún están cerradas y firmadas, para que no dudes.
Atado como estaba lo arrastré hacia el sillón frente al televisor y me dispuse a revivir todos los fantasmas que hacía 10 años estaba tratando de eliminar de mi vida. Sólo esperaba que sirviera de algo.
