El Beso de Plata.

Capítulo VI: Sayori.

A Yori la despertó el sonido del teléfono. Siguió timbrando y timbrando. Cuando su papá no contestó, se levantó medio borracha y fue hasta el cuarto de sus papás. La puerta estaba abierta y la cama destendida. Levantó el teléfono, era su papá y por un momento se sintió confundida. Finalmente, al estar totalmente despierta, se acordó. Lo habían llamado tarde en la noche del hospital.

-Hola, Yori-le dijo-¿Entonces pudiste dormir bien anoche?

-Si-se ruborizó sintiéndose culpable por responder adormilada.

-Me temo que mamá no está bien. Me quedaré aquí pero tú no vengas, ¿de acuerdo? No hay nada que puedas hacer. Escucha, te llamaré después del colegio o al final del día para contarte cómo ha seguido.

Él piensa que no puedo ayudar, pensó ella, porque me congelé cuando mamá se puso mala.

-¿Estará bien?

-Sí, estará bien.

Mentiroso, pensó ella.

-¿vendrás a casa más tarde?

-Tal vez no. Te lo haré saber después.

-Papá, si se siente mejor mañana…

-No creo que pueda hablar de eso ahora. Cada cosa a su momento. ¿De acuerdo?

Siempre había una excusa para mantenerla alejada.

-De acuerdo-dijo Yori entre dientes. Siempre me ponen a un lado. Apretó fuerte el auricular con la mano.

-Eres muy linda. Cuídate.

-Adiós-le dijo y la conversación se cortó. Tiró el auricular.

En el silencio escuchó la alarma del radio dispararse en su habitación. Ya no hay tiempo de volver a la cama; tenía que arreglarse para ir al colegio. Fue a apagar la horrible música.

Yori estaba debajo de su cama buscando los zapatos, cuando el teléfono volvió a sonar. Lo arrebató al levantarlo. ¿Sería que su papá había cambiado de opinión? Pero era Shiki Senri, el hijo de la dueña de una galería donde su mamá exponía.

-Tendremos una exposición mañana por la noche-le dijo-Tal vez quisieras venir. Quiero decir, sé que tu padre está algo ocupado. Pensé que te gustaría salir un rato.

-No lo sé, Shiki-dijo Yori, sintiendo la rabia creciendo en ella, odiaba la compasión y que trataran de remediarlo con algo más-Me sentiría fuera de lugar, tú debes estar con tu madre ahí ¿no crees?

-Pero, van a venir personas que tú conoces.

Pero la mayoría serian conocidos o de Shiki o de sus papás. La saludarían con extremo entusiasmo y después no sabrían que decir. Ella odiaba esos silencios. Se sentiría desdichada.

-¿Puedo pensarlo?

-Claro Sayori-chan, llámame. Cuídate- ambos sabían que ella no iría.

Se fue temprano al colegio para evitar más llamadas telefónicas, tal vez eso fue un error. Generalmente la caminada al colegio significaba pensar y ella no quería pensar hoy. Sería perfecto si Yuuki estaba con ella porque Yuuki podía hacerla sentir bien, pero ella tenía clases de conducción a las ocho y se había ido hacía una hora. Era el único curso al que no faltaba.

El ritmo de sus pasos le recordaban otra caminata. ¿Quién era ese muchacho, Zero? ¿Se abría escapado de la casa, o qué? No era de ahí pues tenía un extrañísimo acento. Su reacción ante la muerte de sus papás fue muy tranquila. ¿Estaría mintiendo, se preguntaba ella, o es que fue hace ya tanto tiempo que ya lo sentía como una herida vieja? ¿Se podrá uno acostumbrar? Si es así, tal vez él podía enseñarle algo acerca de cómo sobrevivir. No lograba entenderlo. Durante un minuto se veía muy seguro de sí mismo y al siguiente, todo lo contrario. Era cómico, ella pensaba que todo el tiempo lo estaba guiando hacía él, pero ahora que miraba hacia atrás se dio cuenta de que él no dudó ni un segundo, como si ya conociera el camino. Tonta, pensó ella. Eso era imposible.

Yori mantuvo la vista en el musgo que invadía las divisiones en la acera mientras caminaba, levantando la vista solo para no chocar con algún peatón ocasional o para cruzar alguna intersección vial. Pisar una grieta es de mala suerte, pensó ella recordando la magia infantilmente. Después, irracionalmente se encontró saltando de baldosa en baldosa del pavimento, aumentando cada vez más su velocidad y coordinando sus pasos y su vista mareada para tratar de no caer. Finalmente, llegó a una esquina y le tocó detenerse por el tráfico.

¿De verdad podía hacer un hechizo? Pensó, si veo pasar a un auto de color plateado antes de que el semáforo cambie, mamá no morirá. El semáforo cambio inmediatamente y a Yori se le cristalizaron los ojos. Soy una niña, pensó. Una niña estúpida. Con razón solo me dejan verla por un rato.

Apenas había algunas personas fuera del colegio porque todavía faltaba un buen rato para que sonara la campana. Yori se sentó en el semicírculo frente a la bandera para esperar, pero cuando repasó el día que tenía, se dio cuenta de que había dejado el libro de cálculo sobre el refrigerador. Pensó que lo tenía en el armario, pero ahora recordaba su imagen en la casa. Tal vez tenía tiempo de ir por él. No. Si se iba ahora no regresaría al colegio hoy.

La idea le gustó inmediatamente. ¿Para que ir? Era imposible que se concentrara, tenía en mente la pureza de los ojos violeta de Zero. Yori suspiró, que tonterías piensas. No iría, Yuuki lo hacía todo el tiempo. Adonde van los que no van a clases, ¿Realmente la policía los atrapaba por desobedientes?.

Se levantó y caminó de vuelta por el mismo camino que la venida, pero pasó su casa y fue al parque. Era muy temprano todavía para las mamás y los bebés, pero tampoco estaba vacío. Dos adolescentes descuidados jalaban los columpios para adelante y para atrás. De sus jeans viejos salían hilachas como raros plumajes desgastados y manchados. Tres columpios ya estaban enredados alrededor del tubo superior. El vandalismo invade mi barrio, pensó ella con desaprobación. Solo esperaba que estas ratas no hubieran destruido el pabellón blanco del parque.

Nada sacaba con quedarse allí. No sentía deseos de oír toda una ronda de "Oye, nena" por parte de algunos de los idiotas en jeans rotos y cuero. Uno de ellos parecía como si hubiera participado en una pelea. Maldita sea, pensó. Otro sitio donde no puedo ir. Justo lo que quiero. Un grupo de amantes del rock pesado invadiendo mi parque.

Eso era injusto. Zero se vestía de cuero y parecía decente. Se acordaba de él parado frente a ella, sus nerviosos dedos se movían sin parar, incómodo igual a ella se había sentido muchas veces. Luego, sintió una empatía que la había acercado a él; ahora veía el objeto con la que él jugaba todo el tiempo. Sacó lo que tenía en el bolsillo y lo miró. Era una estrella, como la que tenía en su mano, que se había encontrado en las escaleras traseras de su casa.

La rabia y el temor la sacudieron. Nada era sagrado. Absolutamente nada. Tampoco podía volver a casa. Se sentía violada. Casi lo convierte en un amigo. Necesito a mama, pensó.

El autobús llegó, como si ella así lo hubiera ordenado, apenas llegó al paradero. No podía volver atrás, la hora pico había pasado y t tenía muchos asientos libres a su disposición.

En el hospital siguió derecho en la recepción sin anunciarse. Es mi derecho, se dijo a sí misma, ella es mi mamá, yo pertenezco aquí. Trató de poner cara de tener cosas que atender.

El ascensor se demoró mucho en llegar, y se demoró tanto en arrancar que pensó que si no lo hacía de una vez iba a gritar. Me imagino que no querían hacer morir a alguien con la lentitud del ascensor, suponía que había demasiada gente. El ascensor al fin llegó, su corazón se sacudió. ¿Qué pasa si mama está enferma como la vez pasada? Pero de todas maneras se bajó.

Giró en la esquina del puesto de las enfermeras y siguió caminando. De reojo vio la enfermera levantarse de un salto, pero ella no iba a quedarse esperando un interrogatorio. Nada la iba a detener. Tenía que hablar con su mamá. Sabía que la enfermera la estaba siguiendo por el ruido de su uniforme, entonces corrió los últimos pasos y abrió abruptamente la puerta.

Su papá la miró aterrado, sosteniendo aún la mano de su esposa contra el pecho. La enfermera llegó atrás.

-¿Qué está pasando?

-Es mi hija- respondió Eisuke Wakaba casi como recordándoselo a sí mismo.

Nuestra hija, pensó Yori. Ella todavía no está muerta.

-Lo siento-dijo la enfermera-es que se veía tan extraña. ¿Está bien?

Él dijo que sí con un movimiento de cabeza, entonces la enfermera se fue dejando la puerta semiabierta.

-¿Sayori, qué ocurre?- le preguntó su papá. Parecía estar buscando motivos que explicaran la presencia de ella ahí. ¿Había explotado la casa? ¡Ocurrió un terremoto seguro!

Lo distrajo una voz ronca en la cama.

-¿Por qué no estás en el colegio?- había una sonrisa pícara en la cara de su mamá, mitad diversión, mitad amargura.

Las palabras de su esposa le dieron algo para decir.

-¿Por qué no estás en el colegio?- le repitió a Yori sin tener en cuenta el eco.

-Está bien, Eisuke-kun. En serio-dijo la mamá con su voz ronca-¿Qué es un día aquí y allá?-los tubos se movían suavemente mientras ella trataba de quitarle importancia al asunto.

Yori vió que a su papá le costó trabajo no continuar con el tema. Siempre había sido estricto con un tema como esos.

-¿Pero cuantas veces lo has hecho?-miró a Yori acusatoriamente-no tengo tiempo para saber dónde estás todos los días sabes eso, Sayori.

-Primera vez, papá. Te lo juro.

-Bueno, nos asustaste-dijo con algo de rabia. Ella no mentía y él lo sabía-Debes pensar en tu mamá.

-Eisuke- se quejó su esposa.

-Yo si pienso en ti, mamá-dijo Yori-Todo el tiempo, te extraño, pero entre más te extraño, menos me dejan verte.

Le dio la vuelta a la cama para quedar al otro lado de su mamá y tomar su mano. Nunca había visto a un ser humano con ese color de piel, azul ceniza. Su mamá parecía tener más tubos que nunca y parecía perdida entre todo el enredo. Oh, Dios. ¿Cómo puedo contarle acerca del muchacho?, pensó ella.

Los ojos de su madre no la habían dejado desde que entró a la habitación, pero ahora le quitó la mirada avergonzada.

-Lo siento, Sayori-le susurró.

-Ahora mira lo que hiciste-el ceño de su padre se arrugó y le acomodó las sábanas con gesto nervioso.

La mamá le dijo con un gesto que se detuviera.

-Está bien, Eisuke. Te preocupas demasiado. Me alegro de que ella esté aquí, de verdad. Vé y tráeme un poco de jugo. Quiero hablar con mi hija.

-¿Estarás bien?

-Sí- ella le sonrió pero con una sonrisa seca y apretada.

Se fue como un niño colegial en una diligencia, con deseos de complacer.

Yori se sentó.

-Entonces dime-le dijo su madre-,¿Qué está pasando en el mundo real?-su voz era más débil que cuando su esposo se fue, como si estuviera protagonizando un espectáculo para tranquilizarlo. De nuevo, pensó Yori, no puedo preocuparla con historias de adolescentes vagos. ¿Pero papá sí escuchará?

-¿Qué pasa entre papá y tú?

Yori quedó sorprendida que levantó las cejas.

-Nada- no, eso era tonto. Pero esa era la realidad.

-¿Nada?

-De verdad-Yori se deslizó en el asiento mordiéndose el labio pensando qué tanto podría decir.

-Desahógate.

Yori respiró hondo.

-Nunca hablamos. Nunca está y cuando está dice que está cansado. Es como vivir con un robot. Ustedes están aquí, y yo allá. No hay nadie con quien hablar.

Dios, sonaba tan egoísta: no hay nadie con quien hablar, quejas, quejas, quejas.

Su mamá le quitó la mirada jugando nerviosa con un pañuelo facial.

-¿No hablan de mí?

-Él dice que todo va a estar bien o que hablaremos más tarde. De verdad, mamá-salió como un volcán-, no siento como que todo va a estar bien.

Su mamá parecía como si fuera a decir algo, pero se arrepintió. Se quedó en silencio por un rato, con los ojos cerrados, hasta que Yori pensó que se había dormido.

-¿Qué pasó con Yuuki?-preguntó finalmente.

-¿Uh?

-¿Para hablar?

-Oh mamá, no lo sabes- y todo pasó muy deprisa: sobre la mudanza de Yuuki, de no volverla a ver nunca, de extrañarla tanto.

Una enfermera entró para inyectarle algo en el suero intravenoso, mientras Yori miraba nerviosa en otra dirección. No pudo hablar hasta que la enfermera se fue.

Los ojos de su mamá se cerraron de nuevo, pero le apretaba la mano a Yori de vez en cuando para demostrarle que la estaba escuchando. Se sentía tan bien. Una vez dijo: "Lo siento, mi amor-como sin conexión- hablaré con tu papá sobre esto" En ese momento se durmió.

Yori le observó dormir, con la tristeza atragantada en la garganta. Se veía tan pequeña, tan frágil y desgastada. Antes de esto, siempre había la posibilidad de que su mamá muriera. La gente con cáncer moría. Era algo que a Yori le preocupaba, se lo había imaginado un millón de veces, pero siempre como algo distante. Siempre tenía una leve esperanza. Ahora mirándola tan transparente y pequeña, supo por primera vez que era inevitable.

Su padre volvió y se unió a ella para contemplar el sueño de la mujer en silencio. Ella lo miró. Sus ojos tenían mucha ternura. Sostenía el vaso de jugo con el mismo cuidado con el que sostendría el agua de la vida. Tal vez estoy mal, pensó Yori. Ella es más fuerte cuando él está cerca, por la fortaleza de su amor.

-Te acompaño abajo- le dijo abrazándola. Caminaron en silencio, pero ella ya estaba acostumbrada.

Abajo en el primer piso él le señaló un grupo de asientos: "Sentémonos un momento". Cerró sus ojos y se apretó el puente de la nariz con dos dedos; finalmente habló.

-No voy a dar un sermón de porqué no estás en el colegio esta vez. Dios sabe que las cosas o son fáciles para ti en este momento, pero sí cuento contigo para que continúes como siempre aunque no estemos ahí. Es algo menos por lo que me tengo que preocupar.

Fenomenal, pensó ella. ¿Qué pasa entonces con mis preocupaciones? ¿No cree acaso él que yo estoy preocupada? ¿Por qué el no ve que necesito estar aquí?

Sin embargo, él seguía hablando.

-Y tal vez será mejor si nos avisas la próxima vez que vengas ¿de acuerdo?

El enojo iba en aumento dentro de ella. ¿Por qué la estaban dejando afuera?

-No, no esta bien. Es como si la quisieras sólo para ti y no permites que yo tenga participación alguna. Es como si quisieras que yo no existiera para no tener que interrumpir tu tiempo con mamá. Sé que sientes como si sencillamente estuviera ahí pero es como si no existiera. Me pregunto si en verdad quieres tenerme a tu lado- se sintió horrible al decirlo. Era injusto y lo sabía, pero algunas veces de verdad, se sentía así y ahora ya estaba dicho.

Su papá la miró confundido. Ella nunca antes le había gritado así. Estaba avergonzada ante el dolor que veía en su rostro y el poder rencoroso que no podía evitar sentir.

-Pero, mi amor-le dijo él-. Estás totalmente equivocada. ¿Cómo puedes pensar en eso? No queremos verte mal, eso es todo. Mamá odia la idea de no verte, prefiere que te distraigas con personas como Yuuki.

La compasión le calmó la rabia y ella le habló con mucho cuidado, como si le estuviera hablando a un niño.

-¿Cómo crees que me siento esperando en casa? Sn saber. Esperando a que el teléfono suene. Este no es el tipo de cosa que uno simplemente deja de recordar. No es como un examen o como una visita al dentista –sus manos estaban fijos en a los lados, los nudillos blancos de apretar mientras trataba de controlar el temor que sentía al expresar sus sentimientos- Sí, me pone mal, pero tengo que ser parte de esto. Yo soy parte de esto ¿O crees que ella ya no me necesita?- se espantó al oir que la voz le temblaba.

Su papá suspiró.

-Sí, te necesita, te necesita todo el tiempo, pero a veces no soporta que la veas así. Visítala cuando lo decida, Sayori, por favor, por su propia dignidad.

Yori se acordó cuando su mamá le pidió disculpas avergonzada. Es mamá la que no me quiere ver, pensó ella sintiéndose desolada.

-¿Ya no me quieren?-dijo ella.

Se vio una pequeña señal de dolor en la cara de su papá.

-Se supone que yo soy un pedazo de ustedes, pero parece que me quitaron todo lo que me unía a ustedes.

Su padre subió súbitamente la voz-No tiene caso seguir con esta discusión- le acarició el hombro.

Yori se quitó la mano de ahí.

-Tienes razón- se levantó del asiento y se dirigió hacia las puertas. No había logrado nada. Aún no podía visitar a su mamá cuando quería y, maldita sea, tampoco le pudo contar acerca del muchacho.

Lo único que hice fue empeorar las cosas, se dijo a sí misma durante todo el trayecto a casa en el autobús. Solo quería preguntar qué debía hacer, y lo emporé. Él ni sabia que yo estaba enojada hasta que se lo dije, pobre papá. Ahora no me van a dejar volver.

La casa se sentía fría e incómoda, insegura. La rosa al lado de la cerca estaba marchita y café.

Pensó en la magia de nuevo mientras miraba el techo de su habitación. Si solo pudiera hacer que las cosas estuvieran bien de nuevo como estaban antes. Si solo…se dijo a sí misma en tono burlesco y se sentó en la cama. ¿Quién crees que eres? ¿Dios?

Pero la idea de la magia le había abierto algo. Sacó el cuaderno y escribió furiosamente con un estilógrafo negro. Se preocuparía por organizar después. Solo quería que las palabras salieran. Después volvió a leer para cambiar, añadir y eliminar. Le dio forma a sus pensamientos: el hechizo, el ritmo, la magia de la vida. Al final, estaba satisfecha. Tenía un poema: "Hechizos contra la muerte"

Después se quedó dormida sobre el edredón, abrazando el cuaderno.

Cuando se levantó, se sorprendió de todo el tiempo que había pasado. Ya eran las tres. Pensando que debía comer algo, bajó las escaleras.

Después de una revisión nerviosa por la ventana trasera, miró en el refrigerador. No había leche, de manera que no podía comer cereal, se contentó con yogur. Se lo llevó a la sala y comió sentada en un sofá con los pies recogidos debajo de ella, mientras veía dibujos animados en el televisor sin volumen.

Yuuki llamó justo después de las tres y media.

-¿Por qué no fuiste al colegio hoy?

Yori no sentía deseos de explicar, era demasiado complicado.

-Estaba enferma.

Yuuki tampoco la cuestionó.

-No puedo ir a verte hoy-le dijo-Me toca quedarme para empacar y marcar las cajas. Los de la mudanza vienen mañana. Un par de días durmiendo en el suelo con colchonetas y nos vamos.

A Yori no le gustó el hecho de que a Yori le empezaba a emocionar el hecho de irse de Japón.

-¿En serio? No me digas-lo dijo con un gran sarcasmo sin pensarlo.

Se produjo un silencio al otro extremo de la línea. Sus mejillas se sentían calientes de la vergüenza y esto la hizo poner más molesta.

-Quiero decir, de lo único que hablas es de ti y de tu maldita mudanza.

-Yori, te llamé para saber como estabas-dijo Yuuki con palabras heridas.

-Oh, pensé que me llamabas para restregarme en la cara que te vas a Estados Unidos.

-Bueno, no habría llamado si hubiera sabido que te ibas a comportar como una inmadura y estúpida niña de 7 años-le dijo de manera rápida y altanera-Te llamaré después, tal vez- y colgó.

Yori puso el auricular en su lugar con la mano temblando, el ruido de la colgada de Yuuki aun retumbaba en su cabeza. ¿Por qué hice eso? ¿Qué diablos estaba haciendo? Lágrimas calientes le lastimaban la piel.

La casa se sentía aun mas vacía y tenebrosa. Iré por leche, decidió. Necesito aire fresco.

La caminata no la hizo sentir mejor. Me encantaría hacer algo drástico, decidió, y pateó una piedra por el andén delante de ella. Algo que los obligue a aceptar mi presencia.

Compró más cereal y leche en la tienda, al igual que bolsas para la aspiradora. Quedó sorprendida, al salir, de cuánto había oscurecido.

Estaba justo en el callejón donde habían encontrado a esa mujer. Se estremeció. De repente se acordó del niño parado en el extremo del callejón pidiéndole a Yuuki que lo ayudara. ¿Esa mujer era la mamá del chico? La idea la aterraba. Pero, ¿Lo hubieran evitado acompañándolo? ¿Y el asesino habría salido corriendo al escucharlos? ¿O sería ya demasiado tarde?

Caminó por el callejón pensando en "Hechizos contra la muerte". Ya era muy tarde para esa mujer, la mamá de ese muchacho, pero ¿y su mamá? ¿Sería muy tarde para ella?

El callejón desembocaba en otro que recorría las tiendas por detrás y terminaba en la calle al final de estas. Un atajo, se dijo a sí misma, pero estaba más oscuro de lo que creía. La muerte no pega dos veces, se dijo mientras su mandíbula se tensionaba y apretaba más la bolsa con las compras.

La muerte había estado aquí, pero ella recorrería el callejón y le mostraría lo que pensaba de la muerte, ladrona cobarde esa. Mantuvo la cabeza en alto, pero su paso se aceleraba.

El callejón olía a humedad y basura. Un grupo de cajas producía sombras extrañas a la luz de un bombillo que iluminaba una puerta trasera. ¿Era ahí donde la había encontrado? Trató de no buscar manchas oscuras en el piso.

¿Qué pasaría si alguien estaba ahora escondido? ¿La robaría? ¿Le haría algo? O la muerte dejaría libre a su mamá ¿Solamente se necesita a un Wakaba sin importar la edad ni el sexo?

Trataba de reírse pero solo salió un gemido sin color, su pensamiento fue algo tonto, pero un movimiento detrás de un basurero. Volteó en la esquina, sus suelas suaves pegando contra el suelo de concreto silenciosamente. Lo que quedaba del callejón estaba oscuro, pero había una luz al final, el cálido resplandor de la calle Elm. Pero algo más grande que ella se movió entre las sombras, al frente, hacia la derecha, por las escaleras del sótano.

Se acercó a su izquierda. ¿Qué era? ¿Podía salir corriendo? ¿Podía ser solo una luz cualquiera? Sí, eso era todo. Hacía ver las sombras más perversas, se refería al bombillo junto a las escaleras de la casa. Se deslizó lo más cerca posible a la parte del lado izquierdo.

Una caneca de basura se le atravesó. Salió volando, vacía, sin ancla, rompiendo el silencio, deteniendo su corazón. Las sombras saltaron también desde las escaleras hacia la luz.

El joven se quedó agachado ahí, temblando, sus ojos violetas como un campo de lilas en la noche. Su cara estaba untada en sangre. Tenía en su mano plumas que goteaban.

-Zero-susurró ella.

Al chico le deformó la cara la tristeza y ella dio media vuelta y corrió.

Continuará.

Gracias por leer.