Cámara de vigilancia capítulo final
Las cintas de la vergüenza
-Tal vez deba irme… - dijo Shun, algo nervioso por la expresión de culpa que tenían todos.
Entonces, una voz electrónica le dijo que no se le ocurriera marcharse porque todos debían ver los videos. Y que los estaban vigilando. Así que cuidadito con cerrar los ojos.
Entonces se sentó al lado de su hermano, y le apretó la mano. Ikki trató de sonreírle valientemente pero solo le saló una desagradable mueca de espanto.
Lo que verían sería vergonzoso, pensaba. Quizás cambie para siempre la percepción que Shun tiene de mí…
Hyoga quería arrancar y meterse bajo la cama. Mentalmente le pedía ayuda y perdón a su madre por lo que había hecho. Él sabía lo que la cámara había grabado. .. ¡Algo que su madre le había prohibido!
Shiryu pensaba que no podía exponer a Shunrei a esa vergüenza. Pero no se atrevía a moverse y romper el televisor.
Seiya y Saori creían que lo mejor sería afrontar lo que viniera, juntos ante el mundo. Porque habían roto una de las prohibiciones y el juicio moral de sus amigos sería el primero de muchos que vendrían.
Fue entonces que comenzaron las cintas a correr.
La primera cinta era de Seiya y Saori. Ambos estaban en la cama de Seiya.
-Me da un poco de miedo – dijo ella.
-No le diré a nadie, lo prometo. Puedes confiar en mí – afirmó él – Lo he hecho un montón de veces; de hecho, me gusta mucho. Allá en Grecia todos me lo pedían. Soy un experto.
Y entonces ella se colocó de espaldas a él, mientras él le revisaba la cabeza.
-No tienes ningún piojo, Saori – dijo él después de un rato. Ella suspiró de alivio.
-Gracias, Seiya. No hubiera podido decirle a Tatsumi, él haría un escándalo y no me dejaría salir de nuevo a la calle. ¿Por qué me pica entonces la cabeza?
-Caspa.
Fin de la primera cinta.
-¿Y de esto se avergonzaban? – preguntó Shun.
-¡Es vergonzoso que una diosa tenga caspa! – se quejó Saori.
-Un santo de Atenea no puede tocar a su diosa – dijo Seiya, muy serio.
-Es un milagro que los cielos no te hayan fulminado – se burló Hyoga, pero dejó de reírse en cuanto empezó la segunda cinta, que era de él.
Hyoga entraba a la habitación desde el baño, después de haberse duchado, con el cabello húmedo y algunas gotas resbalando por su pecho, su vientre y… (la cámara sólo lo enfocaba hasta ahí); ah, y un par de hisopos de algodón.
-Mamá – dijo – Sé que no debo hacerlo. Muchas veces golpeaste con suavidad mi mano cuando me encontrabas en esto. Pero, madre, a veces las necesidades del cuerpo son…
Entonces, se metía un hisopo en el oído muy, muy al fondo, sonriendo de gusto. Luego lo sacaba y lo arrojaba al basurero, para luego realizar la misma ceremonia en el otro oído.
-Eso no se hace – le dijo Shun.
-Claro que no, mamá me lo advirtió, puede dañar el canal auditivo – respondió Hyoga – pero, ¡es tan agradable!
La tercera cinta era de Shiryu.
Estaba en la cama, tapado hasta la barbilla, con un paño en la frente y dos calentadores prendidos.
Shunrei lo acompañaba, sudando a mares, pero ella afirmaba que era necesario mantener la habitación temperada para que la infección parara.
-Bebé lele mucho a balliga – decía Shiryu.
-¿Lele balliga? Tómeche eta agüita y che le quita – respondía Shunrei.
-No quelle – dijo Shiryu.
-Tome agüita, lo necesita, mi lindo bebé dragón – suplicaba ella.
Todos miraron al Dragón. Éste enrojeció.
-Tenía influenza. Me sentía mal. Además, cuando estamos solos nos hablamos así – se defendió – Ella fue un ángel, me cuidó toda la noche.
-No hay nada de qué avergonzarse… bebé dragón – dijo Seiya, tirándole el pelo.
La cuarta cinta mostraba a Ikki que leía una revista en la cama.
Lloraba casi a moco tendido.
-¡Candy! ¡Candy! – decía - ¿Acaso no ves que Terry no puede ser feliz sin ti? ¡Vuelve con él!
-Si alguien comenta algo, lo mato – dijo Ikki – Además, no tiene nada de malo leer eso. La chica es valiente y me agrada. ¿Por qué tendría que avergonzarme? ¿Por qué? ¿Sólo porque esta sociedad globalizada y marketera nos obliga a adoptar estereotipos sexuales que inhiben al hombre en la demostración de… - se calló al notar que nadie lo estaba escuchando, pues había una última cinta que nadie había previsto.
La última cinta era de Shun.
Shun entraba muy temprano en todas las habitaciones, mientras ellos dormían, para dejar flores frescas.
Luego iba a la cocina y agradecía a las mucamas y cocineras su ardua labor, con una respetuosa reverencia.
Después se lo mostraba recibiendo a niños huérfanos en el salón, para repartirles dulces.
A estas alturas, todos miraban la pantalla del televisor con ojos llenos de lágrimas de ternura.
Y no se acababa. La siguiente escena mostraba a Shun recibiendo ancianitos en el salón, repartiéndoles cobijas y un poco de afecto.
-¡Es tan dulce! – murmuró Saori.
Después se veía a Shun cuidando perritos y gatitos de la calle, para darlos en adopción.
Y justo cuando todos iban a proclamar a Shun como el más tierno e inocente de los hombres, la última escena los dejaba con la boca abierta:
Shun semidesnudo en el jardín, escondido, metiéndose mano con June.
Luego, la cinta quedaba en blanco.
Por un momento nadie atinó a reaccionar, sólo Shun
-Como pensé, nada de qué avergonzarme – dijo el peliverde, sin siquiera pestañear – Un santo de Atenea se porta siempre bien. Pero me pregunto, ¿quiénes habrán robado las cintas?
No notó que Ikki se acercaba a él sobándose los puños, mientras los otros desaparecían discretamente.
No muy lejos de allí, los cinco ladrones espiaban la mansión Kido desde un netbook.
-Ya va a partir nuestro vuelo, chicos – dijo Jabú, apagando el netbook.
-Me hubiera gustado saber lo que pasó después – dijo Ban, sonriendo beatíficamente.
-Lo averiguaremos algún día – repuso Ichi – ¡Tenemos que gastarnos los diez millones en Las Vegas!
FIN
Nota de la autora: ¡Yo también quiero saber qué pasó después! XD
