Las agujas del reloj marcaron las doce. Kari se paseaba por la habitación de T.K. De vez en cuando se asomaba a la ventana, inquieta. Takeru no era el tipo de persona que dejaba en la estacada a sus amigos, e imaginaba que mucho menos a su novia, sobretodo cuando horas antes le había dicho que volvería pronto. Se sentó de nuevo en la cama, frotándose los brazos con las manos, sorprendiéndose de echar tan pronto de menos los abrazos del muchacho y arrepintiéndose al instante de haber propuesto la ruptura. Agitó la cabeza, como para espantar esos pensamientos egoístas, y volvió a echar la vista hacia la ventana. Esta vez sí que logró identificar un movimiento, pero para su decepción solo era el padre de T.K
En circunstancias normales se habría sentido avergonzada de estar sola en su casa; en esos momentos solo podía pensar en avisar cuanto antes al subinspector de policía. Le abrió la puerta, saludándolo rápidamente.
-Encantado de verte de nuevo, Kari Yagami -la saludó el hombre, quitándose la gorra y sonriendo-. Supongo que mi hijo se habrá tomado la molestia de comprar unas pizzas.
-De eso quería hablarle -dijo Kari-. Hace horas que no está aquí.
-¿No está en casa? -se sorprendió el señor Yagami, parándose en el felpudo de la puerta y volviendo unos pasos atrás-. Espera aquí, voy a buscarle.
-Le acompaño.
Recorrieron prácticamente toda la zona. Cada vez que llegaban al final de la calle, Kari estiraba el cuello para asomarse a la siguiente, pero los faros del coche no descubrían nada en la oscuridad de la calle. El señor Ishida realizó varios avisos a sus colegas, y ante la negligencia de estos a punto estuvo de lanzar el aparato por la ventana.
-No puede considerarse desaparecido todavía -repetía con pomposidad las respuestas que recibía, como un desesperado alivio cómico ante la preocupación que crecía a cada segundo.
El cielo se pintó de azul desteñido, anunciando el comienzo de un nuevo día, y todavía no había rastro alguno de T.K. En la casa los recibió el hermano de T.K, con aspecto confundido y resacoso, lo cual hizo llevarse unas rápidas palabras de reproche por parte del señor Ishida, para poco después olvidarse completamente de ese hecho y estar inmerso en el caso de la misteriosa desaparición de su hermano.
-Probablemente se haya ido a un bar -Matt se encogió de hombros.
-Qué tontería, él no va a esos lugares -respondió el señor Ishida con hosquedad. La explicación de su hijo, de todas maneras, no lo tranquilizaba.
-Solo estaba intentando encontrar una respuesta -el chico se cruzó de brazos, molesto-. Ya sé que no le gusta beber, pero todos lo hacen una vez en la vida.
Kari bostezó largamente, a lo cual el señor Ishida consideró oportuno que se retirara a su casa para acostarse. El cansancio y el deseo de olvidarse de su novio por unos instantes, unida a la sensación de estar fuera de lugar en aquella empresa familiar consiguieron convencerla.
Así que anduvo como un fantasma, tambaleandose ligeramente, hasta entrar por su casa y dirigirse de forma automática a su habitación. Su madre, preocupada, exigió explicaciones de su retraso; tenía el rostro ojeroso y los ojos ligeramente enrojecidos. Kari no supo si cabrearse con ella por no haberse dormido o compadecerse. Pensó en darle un abrazo, porque ella misma lo necesitaba, pero rehusó en el último momento porque tenía el presentimiento de que sus abrazos, más que ofrecer consuelo, lo que hacían era dañar a sus seres queridos. Le explicó todo lo que había pasado durante la noche y la dejó entrar a su cuarto para dormir.
Se quedó tumbada en la cama boca arriba, abrazándose a sí misma, con la mirada fija en el techo, tenuemente iluminado por la pálida luz que entraba por la ventana, que hacía extrañas y distantes las sombras de sus peluches. Se odió a sí misma por sentirse decepcionada con T.K. Una parte de ella argumentaba que tenía derecho a estar así por las esperanzas que le había dado; pero la otra, que iba ganando terreno poco a poco a su enfado, se sentía demasiado preocupada como para culparle, porque todavía tenía confianza en la promesa de regreso del chico. El miedo la abrumó de repente, y ella se tapó fuertemente el rostro con la almohada, como si quisiera hacerlo desaparecer de su mente.
-No estás dormida, ¿verdad? -susurró su hermano desde la puerta de su cuarto.
Kari apartó la almohada de su cara y negó con la cabeza. Tai, que estaba apoyado contra la pared, visiblemente amodorrado, cambió a una expresión más grave. La misma que se había dibujado en su rostro el día que le diagnosticaron el cáncer.
-¿Puedes dormir conmigo? -Inquirió Kari, sorprendiéndose de su voz ahogada. No era el tipo de persona que buscaba la ayuda de su hermano a todas horas, de hecho, solía rechazarla. Pero ahora se había convertido de repente en aquella niña que, tras una pesadilla, solo quería sentirse segura.
-Claro que sí, tonta -respondió Tai, aunque no había ningún rastro de humor en su tono.
Se metió debajo de las sábanas con ella, rodeándola con un brazo. Kari agradeció ese gesto. Aun a pesar de que era verano, un frío glacial penetraba en sus huesos, y el calor de su hermano conseguía disipar un poco ese frío de su corazón.
-Mañana podemos quedarnos aquí juntos, qué le den a las clases -propuso su hermano.
La perspectiva era tentadora. Desayunarían juntos y verían una película. No le costaría convencerlo en poner una cinta muy colorida de Disney de princesas y con un final feliz, como en los viejos tiempos. Tal vez T.K ya estuviera localizado por ese momento y se podría unir a la fiesta, se reiría un poco de ella por su arranque de infantilidad, pero desde el cariño y el respeto. Rápidamente consiguió dormirse, vagando todavía en aquellas felices imágenes. Aunque en sus sueños parecía que las contemplaba a través de un velo translúcido, como si fueran sombras.
*Ken no había podido dormir en toda la noche. Trataba de pensar en Kari, pero su mente rebelde siempre se dirigía hacia Takeru. Esa noche no parecía él. No era el chico de semblante sereno que le había reprochado una vez que dejara a su chica en paz. Ignoraba que sus ojos pudieran anegarse en lágrimas, o que acto seguido se iluminaran de esperanza. Estaba tan desesperado apenas le había costado engañarlo. Esa noche Takeru era un niño vulnerable, manipulable, humano. Y también ignoraba que eso acabaría por robarle el sueño.
Por primera vez se sintió aliviado cuando vio a Oikawa aparecerse silenciosamente dentro de su cuarto. Aunque, pensándolo mejor, eso significaba que el chico estaba definitivamente muerto. Antes de que pudiera preguntarle para corroborarlo, Oikawa asintió con una sonrisa, y todas aquellas hipótesis que había hecho Ken sobre la manera de pensar del sujeto desaparecieron como por arte de magia.
-Has hecho lo correcto -musitó Oikawa mientras posaba una mano en el hombro del muchacho, que retrocedió unos pasos al darse cuenta con horror que le había manchado la camisa de sangre.
-Lo siento -se disculpó Oikawa, sin sentirlo realmente, porque no podía ocultar su sonrisa.
-Acaba con esto y continuemos con el plan -ordenó Ken, poniéndose firme de repente, aunque sus rodillas temblaban un poco, sin poder olvidarse de la desagradable, asfixiante sensación a la que se sometió la primera vez.
-Como ordenes -Oikawa hizo algo en la oscuridad del cuarto que Ken no pudo ver, pero supo al instante que aquella sustancia pegajosa y negruzca se estaba desprendiendo de él. Hizo un escalofriante "chof" al caer y luego se fue dirigiendo a él. Antes de que aquella cosa se lanzara a la boca de Ken y atravesara rápidamente su garganta, provocando el cese de los remordimientos por lo que había hecho, lanzó una mirada desafiante a Oikawa. Quería asegurarse por enésima vez de recordarle que era él quien lo controlaba y no al revés.
*Fue como si todo sonido se apagase de repente. El "buenos dias" de su hermano, las risas enlatadas del programa de humor que estaban poniendo en televisión, el zumbido del microondas. Todo se silenció cuando el locutor de la radio informó que habían encontrado a T.K asesinado en horribles circunstancias. La sonrisa de su hermano dio paso a una mueca de horror, y la miró con preocupación. Sus piernas flaquearon y cayó al suelo haciendo resonar los manises. Si se hizo daño, no lo sintió. Al parecer, su alma se había escindido de su cuerpo, porque sus sentidos no respondían. Se quedó un rato con la cabeza apoyada en la pared. Su hermano la abrazaba fuertemente, pero ya no podía sentir su calor. No sentía tristeza, solo una inquietud pulsante, un tictac en su cabeza. No era especialmente desagradable, pero Kari sabía que cuando dejara de sonar todo volvería a la normalidad.
En algún momento su hermano la llevó al comedor y la hizo sentarse en el sofá. Le dijo, compungido, que no se rindiera, que tenía que luchar a pesar de lo que había ocurrido.
El tictac la había hipnotizado, haciéndole olvidar lo sucedido. Pero ahora su hermano le había recordado la situación, y el tictac se hizo más lejano a medida que volvía a la realidad.
Gritó con todas sus fuerzas, liberando todo aquel dolor reprimido.
*Yolei tocó hizo sonar el timbre. A su lado, Davis hizo algo insospechado; le agarró la mano, como para darle fuerzas para afrontar la situación. Durante el entierro de T.K había hecho lo mismo. Como había superado aquello antes que el resto, Yolei sopesó la posibilidad de que nunca le habiera caído especialmente bien T.K. Era posible que incluso se alegrara de tener posibilidades con Kari ahora que él estaba muerto. Ese pensamiento la puso enferma. Se preguntó si debía decirle al chico lo de la enfermedad de su amiga, a pesar de que era un secreto de Kari y ella, pero se negó rotundamente. No quería dañarlo de la misma manera que estaba herida ella, y además -se maldijo por su egoísmo-, eso lo haría hundirse, y ella necesitaba más que nunca apoyarse en él. Para redimirse un poco de sus malos pensamientos, decidió que cuando Kari muriese, ella estaría allí para apoyarle a él.
El hermano de Kari los recibió. Tenía un aspecto previsiblemente descuidado, pero intentó mostrarse bromista con Davis. Le revolvió el cabello y le preguntó si tenía novia, a lo que Davis respondió en el mismo tono que todavía no había encontrado una a su altura. Con Yolei solía bromear del mismo modo, llamándola empollona a pesar de que su rendimiento escolar no fuera tan sobresaliente, pero ese día se contuvo, ya que nunca había visto a la chica tan cabizbaja.
Pasaron a la casa y subieron las escaleras. Mientras lo hacían, Yolei pensaba en la mejor manera de hablar con Kari. No sabía si quería verla o no.
Tardaron un rato a encontrarla en su propio cuarto, porque estaba escondida bajo las mantas.
-Kari, venimos a hacerte una visita -dijo Yolei, haciendo todo lo posible por que su voz no temblara, cuando apartó las mantas y la encontró echa un ovillo, entre la vigilia y el sueño.
-Yolei. Davis -se limitó a decir con voz débil, mientras se incorporaba en su cama. Se sintió mal terriblemente mal al instante; su amiga podía haber llegado al último tramo de su vida. Apartó esos horribles pensamientos de su mente-. ¿Cómo estáis?
-Comparados contigo, como una rosa -respondió Davis.
Yolei opinaba que no eran las mejores palabras de consuelo, pero sorprendentemente consiguieron sacar una media sonrisa a la chica. Aunque bien podía haberlo hecho para complacer a Davis.
-Gracias por venir, chicos, pero quiero estar sola -dijo. Tan sumida estaba en su depresión que se olvidó de ser cortés y atenta y volvió a echarse la manta sobre la cabeza.
-Kari -Yolei buceó por entre las mantas hasta dar con su amiga. Estaba con la cara tapada con las manos, reprimiendo el llanto. Cuando habló a Yolei, su voz era apenas audible-. Se suponía que iba a ser yo, no él, ¿qué voy a hacer ahora?
-De momento puedes empezar por salir de ahí y salir con nosotros a tomar algo.
Davis, incapaz de oír la conversación, se irritó.
-Oye, Kari -comenzó a decir con decisión, los puños apretados fuertemente-. T.K está muerto, y todos odiamos eso. Vale que el chico no me caía muy bien al principio... -hizo una pausa dramática, no se supo bien si premeditada o improvisada- ¡Pero terminó por hacerlo! Y no creo que a nadie le haya caído mal, porque era justo y bueno, y seguro que era también un novio estupendo. Pero si piensas va a morir del todo, estás muy equivocada. Está vivo, en tu corazón -señaló con su mano al pecho-. Y seguro que ahora mismo está contemplándote desde el cielo. Maldita sea, qué cursilada acabo de decir.
En ese momento Yolei sintió un arrebato de cariño hacia su amigo. No supo porqué había dudado tanto de él cuando estaba claro que nunca había tenido la intención de conquistar a Kari ahora que T.K no estaba.
Entonces, para sorpresa de los dos, Kari se rió. Fue una tímida risotada, pero acabó por convertirse en una carcajada que los contagió a los dos.
-Es el discurso más ñoño que he oído -dijo Kari entre risas.
-Lo secundo -añadió Yolei.
-Vaya, así me lo agradecéis. ¡Vaya par estáis hechas! -Exclamó Davis con humor.
Consiguieron convencer a Kari para que se tomara su batido favorito en el café de la calle: vainilla con nata y fresas. Se lo bebió con avidez, como si no hubiera bebido nada en los últimos días, cosa que era muy probable.
Y de repente, justo cuando todos creían que las cosas saldrían mejor, él vino de nuevo. Ken Ichijouji estaba en el cristal de la ventana, observándolos. Luego desapareció de allí para entrar al local. Ninguno se esperó que fuera a dirigirse justo a su mesa.
-¿Qué haces aquí? -preguntó Davis con desdén.
Yolei le dio una patada por debajo de la mesa. Si no se comportaba, Ken movería sus hilos en el instituto y todos saldrían muy malparados.
Ken le devolvió una fría mirada.
-Quería hablar con Kari. Fuera si puede ser.
-Está bien -accedió ella, tranquilizando a Davis con la mirada.
Salieron del café y se pusieron a hablar en la otra calle. Yolei y Davis, que no se fiaban de Ken, salieron contemplaron a los chicos desde una ventana del local. Lo que vieron les hizo abrir la boca, para poco después estallar en gritos. De la oscuridad de un callejón había aparecido un ser monstruoso, una especie de bicho que había agarrado a Ken y a Kari y había volado hacia el cielo ominoso.
