El ansiado domingo de Feliciano llegó. Esta vez, se preparó con antelación, no quería hacer esperar a Ludwig como hizo la otra vez, así que cogió su caballete, un lienzo de color blanco impoluto y su maletín rebosante de pinturas, pinceles, carboncillos y demás útiles. Estaba tan feliz, pues era la primera vez que iba a ver a Ludwig más de una vez a la semana y tan seguido, aunque por otra parte estaba nervioso. Iba a ser la primera vez que iría a casa de éste y estaba curioso por saber cómo era. Al ser actor, seguro que era un enorme ático lleno de comodidades y de objetos de decoración caros, así que tenía miedo por si deterioraba o rompía alguno de estos.

Media hora antes de la hora exacta a la que quedaron, Feliciano salió de su casa, mirando repetidamente el papel en el que Ludwig le apuntó la dirección de su domicilio. Fue todo el camino cargando los pesados bártulos, e incluso había gente que se le quedaba mirando. Esto le divertía por una parte, pues se sentía como si fuese un importante artista al que todos querían pedirle un autógrafo o algún pequeño dibujo suyo.

Le llevó poco más de lo previsto pero finalmente, el joven encontró el edificio de su amigo. Era un edificio muy alto y parecía recién construido y bastante caro. Cuando entró por la puerta llegó a un gran hall, decorado por enormes peceras incrustadas en las paredes y, al fondo, una recepcionista colocada en su mostrador sin apenas moverse. Feliciano se quedó embobado con el escenario, le parecía imposible que tal lujoso hotel estuviera en su pequeño pueblecito. Dio los primeros pasos dirigiéndose al ascensor, pero fue detenido por la recepcionista.

-Perdone, señor.- dijo la joven desde su sitio.

Feliciano la miró algo intimidado. Tenía un rostro serio y una coleta bien recogida hacia atrás, sin que ninguno de los pelos sobresaliera de su cabeza. Aún así, se acercó sin rechistar al mostrador. -¿Sí?-

-No puede pasar así como así, a no ser que se le haya permitido por parte de algún residente del edificio.- le clavaba la mirada.

-Ve ~, no sé si le sirve…- le mostró la nota en la que Ludwig le escribió la dirección.

-No, no me sirve.- dijo la recepcionista sin apenas mirar el papel.

Feliciano se ponía cada vez más nervioso. Él solo quería ver a Ludwig de nuevo, pero tenía miedo de que esa arisca mujer se lo impidiera.-… Si no me cree, puede hablar con Ludwig Beilschmidt…-

Le miró de reojo y cogió el auricular del teléfono para ponerlo sobre su oreja. A continuación, miró y tecleó en su ordenador y, finalmente, marcó el número. La conversación fue corta, por lo que no tardó mucho en volver a atender a Feliciano.

-Siento mucho las molestias, señor…-

-Feli.- sonrió. –Feliciano Vargas.-

-… Vargas.- prosiguió la mujer aferrándose aún a su tono arisco. –El señor Beilschmidt se encuentra alojado en la habitación número 38, planta tercera.-

-Ve~, muchas gracias.- sonrió y se despidió de ella.

Pasó al ascensor y pulsó la planta que la recepcionista le dijo. Por fin había pasado de esa odiosa mujer aunque quizá, al ser un hotel tan lujoso, no se permitía ver las instalaciones de forma libre y ella cumplía con su trabajo a raja tabla.

Cuando llegó, se recorrió el amplio pasillo hasta llegar a la puerta número 38, la que supuestamente era la habitación de Ludwig. Aún se sentía nervioso, así que tomó aire tratando de tranquilizarse, tragó saliva y estiró el dedo índice hacia el timbre, pulsándolo. Ludwig no tardó mucho en abrir.

-Buenas tardes, Feliciano.- se sorprendió al verlo tan cargado. -¿Todo eso es para pintarme?-

El mencionado asintió algo nervioso con una sonrisa temblorosa. –No te preocupes, trataré de manchar lo menos posible.-

Se acercó a él y le quitó el caballete. –Espero que no vengas andando y cargando todo esto…- pasó adentro. –Pasa, anda.-

Feliciano asintió mirándole y pasó, cerrando después la puerta. La habitación era enorme. Tenía una cocina fusionada con el salón, que contaba con barra americana, una amplia mesa de comedor de cristal y con sillas a juego, un sofá cheslong y una tele de plasma entre otros muchos lujos. La pared que daba al exterior estaba ocupada por grandes ventanas tapadas por finas y enormes cortinas blancas. Todo se encontraba ordenado y limpio.

-He pensado en colocarnos aquí.- dijo Ludwig dejando el caballete en el lugar del que hablaba. –Apartaré las cortinas de esta ventana y me sentaré al lado. Si te parece bien, eso sí.-

Salió de su trance tras mirar toda la habitación. –Ve, claro, pero es mejor si no hay muchas sombras.- sonrió.

-Entonces dejaré las cortinas cerradas.- desplegó el caballete. -¿Quieres tomar algo o ir al baño antes?-

-No, no. No quiero molestar.- sonrió mientras dejaba su maletín de pinturas en el suelo.

-¿Al final has venido andando?- dijo mientras se alejaba de él.

-Sí, mi hermano no estaba en casa y no tiene coche. Nuestro compañero se llevó el suyo al trabajo, y es el único que tenemos.-

Volvió con una pequeña mesa. –Podrías haber venido en autobús o algo...- la dejó a su lado.

Sonrió. -¿Acaso tenías tantas ganas de verme, Lud~?-

Se sonrojó levemente. –N-no… quiero decir, no es que no quisiera, pero como no he salido en todo el día, podrías haber venido antes o incluso haber ido yo a recogerte, no me hubiera importado.-

Rió. –Bueno, no pasa nada, ya estoy aquí y eso es lo que importa.-

-¿Quieres que te traiga un vaso de agua o papel?- dijo acercándose hacia la parte de la sala que actuaba como cocina.

-Sí, para las pinturas.- sacó su paleta de colores.

De nuevo, volvió con dos vasos de agua y los dejó sobre la mesita. –Uno para que bebas y otro para las pinturas.- Volvió a la cocina.

El castaño sonrió de nuevo. Ludwig parecía un buen anfitrión y muy atento con sus huéspedes. Al final, además de ser atractivo, iba a resultar que también era una amable persona.

Ludwig volvió de nuevo con dos banquetas. Le dejó una a Feliciano y la otra la colocó frente a él, y tomó asiento. -¿Me pongo de frente, perfil…?-

-Uhm, como quieras.- dijo dándole un sorbo al agua. –Quiero que la iluminación, la pose e incluso la expresión facial la elijas tú~-

-Me has dicho que es mejor que no hubiera muchas sombras.-

-Lo sé, pero si quieres puede haber, aunque nos llevaría más tiempo y más trabajo para mi, ve~-

-Bueno, mejor sin muchas sombras, no quiero darte mucho trabajo.-

Sonrió dulcemente de nuevo. –Como quieras~- y comenzó con su tarea.

Estiró el brazo hacía él, sosteniendo el pincel firmemente y cerrando un ojo para comenzar a tomar las proporciones. Ludwig relajó todos sus músculos faciales, disipando incluso la pequeña arruga que había entre sus cejas y ocasionada por la posición de éstas, que le hacía tener un rostro serio.

-¿Qué tal todo?- preguntó el castaño comenzando el esbozo del retrato con el carboncillo.

-Ah, bien.- respondió únicamente.

-Ve~, me alegro~.-

-¿Qué es eso de "Ve"?- preguntó finalmente curioso, después de estar reservándoselo mucho tiempo.

-Ah…- le miró. –No sé, lo digo desde pequeño~- sonrió y siguió. –Por cierto, ¿cómo vas con tu serie?-

-Bueno, vamos algo despacio… aún no tenemos ni la mitad del primer capítulo.-

-¿Y has trabajado en otros papeles? Quiero decir, para vivir en un sitio tan caro tienes que haber ganado más dinero haciendo otras cosas~- sonrió.

-Ah… bueno, todo esto me lo pagan los productores y demás…-

-Parece que la serie promete.- sonrió mientras comenzaba a mezclar colores en su paleta.

-Hey… ¿y qué tal va todo en tu piso?- cambió de tema. -¿No lo compartías?-

-Ve~, sí.- dibujaba mientras hablaba con él. –Vivo con mi hermano, Lovino, y con un amigo, Antonio. Lovi siempre está refunfuñando y me dice que tenga cuidado al salir de casa e incluso dentro de ella.- rió. –Siempre se la pasa molesto y parece que está enfadado, pero cuando Antonio vuelve de trabajar se alegra, aunque no cambie mucho su forma de ser, pero yo sé que se alegra~. Antonio es muy bueno conmigo, dice que no le haga caso a Lovi cuando me regañe por tonterías o cosas sin importancia.- rió otra vez. –La verdad es que me dan un poco de envidia…- hablando tanto, Feliciano se anduvo por las ramas y contó algo que no quería. Para cuando se dio cuenta, Ludwig lo escuchó todo, pero permanecía inmóvil sin cambiar su pose o expresión.

-¿Son pareja?-

-Ve… bueno… sí.- respondió algo avergonzado.

Ludwig asintió volviendo a quedarse callado.

-Ve~, ¿y tú? ¿Vives solo y tampoco tienes pareja?-

-Sí, estoy solo y no tengo pareja. Estoy bien así. ¿Y tú?-

-Ve, tuve una, pero… no me correspondía…- esta conversación le hizo recordar a su primer amor, Alessandro, el chico que hace poco le apaleó junto con otros amigos. Cuando lo conoció le parecía un chico guapo, inteligente e interesante y Feliciano, con una tierna sonrisa, algo de vergüenza y una carta en mano, se le declaró. Sabía que quizá el chico no le correspondería, pero nunca pensó que llegara a reírse de él y le convirtiera en la presa de todo el instituto. Si solo hubiera sabido eso, ni se habría molestado en fijarse en él.

-¿Feliciano?- le llamó el rubio algo extrañado al verlo en trance. -¿Estás bien?-

-Sí~- respondió animadamente de nuevo y siguió con su tarea, esta vez más callado.


A mitad de la tarde, decidieron tomar un descanso. Feliciano fue con Ludwig a la cocina a lavarse las manos, mientras el otro preparaba algo para picar. Los dos volvieron al salón y cada uno se sentó en un sofá, quedando enfrente del otro.

-¿Cómo va quedando el cuadro?- cogió su taza de café.

-Bien, pero no te dejaré verlo hasta que esté acabado del todo~- rió mientras partía el pastel que le sirvió.

-Ya me lo esperaba...-

-No te preocupes, puede que dentro de unos días lo acabé~. Quedaremos sólo los domingos, ¿no?-

-Sí. Aunque puede que tenga un día de semana libre, quizá me llamen para rodar y tengamos que dejarlo todo de golpe.-

-Bueno, no pasa nada~- sonrió y le dio un bocado al trozo que partió.

-¿Qué te ha pasado antes?- preguntó el rubio aún preocupado por el estado de su invitado. –Quizá te hice recordar algo de tu pareja que no querías, ¿no? Lo siento.-

-Ah, bueno… eso…- suspiró.

-No, no me des explicaciones. Si no quieres hablar, lo entiendo. Cambiemos de tema.- bebió café y dejó la taza sobre la mesa.

-No, si no me importa… además, seguro que alguien te lo acabará diciendo…-

-No quiero que me cuentes algo que no deseas recordar. Cada uno tenemos nuestros secretos.-

Permaneció callado mirando el plato del pastel.

-Venga, voy a poner la tele.- sin saber qué hacer, Ludwig cogió el mando de la televisión y la encendió.

-Ludwig…- dijo el castaño con su fina vocecilla. –Quiero… quiero preguntarte algo…-

-Claro… adelante, te escucho.- apagó el televisor de nuevo y dejó el mando.

-Si todo el mundo te odiara por tu forma de ser, ¿qué harías?-

-Uhm, buena pregunta…- miró el fondo de su taza de café y luego a él. –No dejaría de ser yo mismo. Yo soy yo y no puedo cambiar lo que soy, así que o el resto de la gente lo respeta o se pueden ir a perderse por ahí.-

-Lovino también me dijo lo mismo…. y mamá… y Antonio…-

-Feliciano, ¿por qué me preguntas eso? ¿Quieres contarme algo y desahogarte? Cuéntame lo que quieras, no tengas miedo. Estaré encantado de escucharte y aconsejarte lo mejor que pueda.-

-¿Recuerdas cuando estábamos en el hospital y te dije que soy diferente?-

-Sí.-

-Pues… lo soy…-

-¿Y por qué? Yo veo que eres un chico normal.-

-No, no soy normal… a mi….- su respiración se aceleró al igual que el ritmo de los latidos de su corazón, volvió a aparecer un nudo en su garganta que le dificultaba el poder hablar, y sus manos comenzaban a sudar. –Soy un chico… al que le gustan otros chicos…- se sonrojó comenzando a frotar las manos entre ellas.

-… ¿Y bien?-

Feliciano permanecía callado. La vergüenza le impedía hablar.

-¿Por eso eres distinto? Acabas de decirme que la pareja de tu hermano es otro hombre, ¿también es distinto? ¿Qué os distingue de la "gente normal"?-

-El cómo me tratan... él es normal…- respondió aún sin mirarle.

-Lo siento, quizá estoy siendo demasiado brusco… lo que trato de decir es que ni tú ni tu hermano sois distintos del resto de gente. Y la pareja de tu hermano tampoco, que conste. ¿Y qué quieres decir con "cómo me tratan"?-

-El día que me encontraste por segunda vez y que me llevaste al hospital… estaba así porque el chico del que acabamos de hablar, del que me enamoré, me hizo eso, con sus amigos…-

Ludwig se quedó helado. No sabía qué responder o decirle, solo le miraba con los ojos abiertos como platos mientras él se frotaba los suyos, luchando por no llorar. Le parecía increíble que una panda de críos pudiera ser tan cruel con otro chico de su edad. –Feliciano… ¿puedo hacerte otra pregunta?-

-Cl-Claro…-

-¿Has hablado esto con alguien más?-

-Sí… con mi madre, mi hermano y Antonio… les prometí ser fuerte y defenderme, pero…- empezó a ponerse nervioso y sollozar.

Ludwig se levantó, se sentó a su lado y tragándose su propia vergüenza, lo abrazó. Eso sí, con su rostro ruborizado. No estaba acostumbrado a hacer esto ni a consolar a gente, pero algo le decía que debía hacerlo. Feliciano también se ruborizó un poco, pero eso ahora no importaba. Lo que le importaba ahora era buscar un apoyo en alguien que estuviera dispuesto a escucharle y Ludwig era el que lo hacía en aquel momento, así que se dio por satisfecho y le abrazó fuertemente llorando.

-Siento haberte hecho hablar sobre todo esto… sería mejor si me hubiera callado.-

Feliciano se apartó lentamente y negó con la cabeza. –Me gusta que me escuchen y más si es alguien que no tiene nada que ver conmigo. Además, con lo poco que hablas...- sonrió mientras se frotaba los ojos.

-Bueno, me alegro de que te hallas desahogado… pero quiero que sigas al pie de la letra lo que te he dicho y que te quites esa tontería de ser diferente, ¿de acuerdo?-

Asintió con la cabeza mientras le miraba.

-Y cuando te encuentres mal o necesites ayuda, habla con alguien, como has hecho conmigo.- se apartó y levantó.

-De acuerdo…- dijo mirándole.

-Ahora vuelvo. Cuando acabemos te llevaré a casa en mi coche.- salió.

El castaño asintió una vez más y se acurrucó en el sofá, recordando el cálido abrazo que su amigo le brindó hasta hace unos segundos y los consejos de éste. Era la primera vez que alguien que apenas le conocía era tan hospitalario y comprensivo con él, y también era la primera vez que él se abría a una persona así.

Minutos después, el rubio volvió con un vaso de agua y una caja de pañuelos, dejándola sobre la mesa y ofreciéndole el vaso. –Toma, bebe un poco y tranquilízate.-

Feliciano asintió y bebió un poco de agua. Posteriormente, cogió un pañuelo de papel y se limpió las lágrimas y el moquillo que aún le caía. –Ludwig… muchas gracias por escucharme… eres una buena persona y un gran amigo…- sonrió aún con los ojos algo vidriosos.

-No hay de qué…- respondió algo avergonzado terminándose su café. -¿A qué te sientes mejor ahora que te has desahogado?-

Asintió sonriendo.


Acabaron a las nueve. Feliciano comenzó a recoger todo apurado y con algo de miedo porque le dijo a Lovino que se había ido a hacer unos recados y que volvería a mitad de la tarde, pero ya era de noche y además, la hora de la cena. Ludwig le ayudó recogiendo el caballete y tratando de no mirar el lienzo, que descansaba secándose sobre el sofá.

-¿Quieres que te lleve a casa? Se nos he hecho muy tarde…-

-Sí, por favor. Le dije a mi hermano que iba de compras, pero se extrañará al verme volver tan tarde… Quién sabe si no me estará buscando…-

-¿Y eso? ¿No tienes móvil?-

-Ve, sin batería…-

-Bueno, no pasa nada, le dices que estuviste en casa de un amigo pintando.-

-Pero... no sabes cómo es mi hermano… es algo sobreprotector, así que empezará a preguntarme por ti y seguro que dirá que no me fíe de lo que me dices…-

-Yo no estoy fingiendo.-

-Lo sé, pero seguro que me dice algo parecido. Como toda la gente que consideraba mi amiga se ha puesto en mi contra…-

-Entonces comprendo que se preocupe tanto por ti… aunque tanta protección puede ser también mala.-

-Ve…- cerró el maletín de las pinturas y cogió el lienzo. -¿Nos vamos?-

Ludwig asintió y cogió las llaves.


Tras unos diez minutos, llegaron. Ludwig aparcó en la acera y bajó, ayudando a Feliciano a sacar lo que trajo, a pesar de que se negaba a que le ayudara. Los dos pasaron al piso y dejaron las cosas en el cuarto de Feliciano. Lovino, que esperaba algo preocupado en la cocina con Antonio, les vio y fue rápidamente, sobre todo para ver al desconocido que acompañaba a su hermano.

-¿Dónde has estado hasta tan tarde?- irrumpió en el cuarto. Antonio le seguía por detrás más calmado.

-Ve… fui a casa de Ludwig…-

-¿Y quién es ese?-

-Yo.- respondió el rubio. –Siento que tu hermano haya pasado tanto tiempo en mi casa, el tiempo se nos pasó volando...-

-No, Ludwig, la culpa es mía… ve….-

-¿Ahora andas con desconocidos?-

-No, él es quien me ayudó la noche en la que ocurrió lo de papá… y me ayudó una vez más… y llevamos conociéndonos mucho tiempo… y es mi amigo.-

Miró a Ludwig, que miraba a los dos algo incomodado, y después volvió a mirar a su gemelo. –La próxima vez que tardes tanto, me lo dices. Ah, y no me engañes.- salió del cuarto.

Antonio pasó sonriendo. –Perdonadle, pero es que estaba muy preocupado por ti.- le dijo a Feliciano. –Y, ¿Ludwig? Muchas gracias por cuidar al pequeño Feli por nosotros.- estrechó su mano. –Yo soy Antonio y soy el novio del chico tan mono que se acaba de ir. Él es Lovino y, como has podido ver, es el gemelo de Feli. Parece muy borde, pero no lo es en absoluto, es solo que… es algo tímido.- sonrió.

-No te preocupes, yo también estaría algo molesto y preocupado si estuviera en su lugar.-

Sonrió. –Bueno, Feli, no tardes mucho en ir para la cocina, ¿eh? Y Ludwig, si quieres quedarte a cenar, adelante, esta es tu casa.-

Feliciano asintió y miró rápidamente a Ludwig esperando que asintiera y se quedara.

-No, no quiero molestar. Además, parece que Lovino se ha enfadado conmigo también…-

-No te preocupes por él, ya hablaremos luego.- sonrió.

-De todas formas… no quiero molestar, así que mejor me vuelvo a mi piso.-

-Como quieras.- sonrió.

-Ve~, bueno, la semana que viene volveremos a vernos, ¿no?-

Asintió. –Vendré a por ti, ¿de acuerdo?-

Antonio les miró y salió del cuarto sigilosamente.

-Ve~, de acuerdo~- sonrió.


Feliciano acompañó a Ludwig a la puerta. No podía creer que tuviera que esperar una semana para volver a verlo. Eso era demasiado tiempo y parecía que no podía aguantarlo. Él quería verlo todos los días o al menos, hablar con él, aunque por teléfono no es que fuera muy convincente…

Abrió la puerta. –Bueno, hasta la semana que viene.-

-Ve~, hasta la semana que viene.- sonrió mientras se despedía con la mano.

Ludwig le miró por última vez y fue hacia su coche. Feliciano permanecía mirándole desde la puerta. No quería separarse de Ludwig, esos eran sus últimos segundos con él, debía hacer algo. ¿Y si le dijera que se olvidó algo en su casa? Imposible, no quería volverlo loco buscando algo que no estaba en su piso. Sin saber qué hacer, Feliciano corrió hacia él y Ludwig se giró mirándole.

-¿Qué ocurre?-

Se acercó él, se puso de puntillas y finalmente, tras mucho desearlo, le besó en los labios. Fue un beso leve, un piquito en los labios, sin llegar a sacar la lengua, aunque fue lo suficiente como para hacer que el rubio tornara todo su pálido rostro en rojo y se congelara.

-Lud… hasta la semana que viene, ¿no?- preguntó ruborizado. ¿Qué había hecho? Besarle sin su consentimiento. Un beso robado. Ahora mismo seguro que la mente de Ludwig se estaba llenando de pensamientos de aversión hacia él y todo por dejarse llevar...