Capítulo 5

Candy estaba sentada en la estrecha habitación del hotel en un desvencijado sillón de deslucido terciopelo color albaricoque, tamborileando con los dedos sobre el brazo del asiento con impaciencia. Habían transcurrido tres horas desde su regreso, un tanto precipitado porque tenía un poquitín de miedo a que él se hubiera dado cuenta de que lo estaba siguiendo, y ella quería parecer indiferente y aburrida, en lugar de curiosa y, sí, aunque se sentía reacia a admitirlo, incluso irritada por lo que había visto. Durante la espera, había alternado las vueltas por la habitación y el sillón, abanicándose para evitar derretirse con aquel calor sofocante, escuchando el tráfico del mediodía más allá de la ventana abierta, sin apartar la mirada ni un instante de la puerta.

Hasta ese momento, su viaje había sido rutinario, aunque no era capaz de encontrar las palabras para describir su primera impresión de Marsella. Encantadora, abigarrada, única... todo la describía. Había estado en Francia tres o cuatro veces en los últimos años, pero nunca en el sur del país, y en muchos aspectos esta ciudad portuaria meridional, con su tranquilo encanto y su extraña mezcla de bulevares bulliciosos y estrechas y solitarias calles escalonadas, era distinto a cualquier otro lugar que ella conociera.

En cuanto llegaron, Albert se había dirigido a un pequeño hotel no lejos del puerto, y Candy lo había seguido obedientemente sin hacer ningún comentario cuando, con desánimo, su mirada se posó en la habitación que les habían asignado, en la confianza de que no permanecerían en ella mucho tiempo. Era una habitación vieja y raída, y el mismo hotel alojaba a la más extraña variedad de gente, aunque sabía que, en parte, su valoración se debía a haber vivido toda su vida resguardada del mundo, excepción hecha de las clases de piano, los viajes a la modista, los eventos y los sermones de su madre.

El tiempo pasado a bordo había transcurrido sin incidentes después del primer día, mientras Albert se mostraba ya silencioso y meditabundo, ya hablador y amistoso. Aunque en el fondo había parecido distraído, incluso inquieto, y ella le había complacido encantada en su deseo de mantener el silencio entre ambos. En realidad, le traía sin cuidado el mal humor de Albert, pero se vio obligada a reflexionar un poco acerca de cuáles serían las causas posibles de preocupación de un caballero desahogado.

En realidad, tenía que admitir que tampoco le importó dormir con él... si es que era así como había que llamarlo, y suponía que era así como una tendría que llamarlo. De hecho, había encontrado la presencia de Albert reconfortante, y su
cuerpo extrañamente protector, al despertarse aquella primera mañana y descubrirlo en su posición durmiente, acurrucado contra su espalda, con los brazos rodeándola y atrayendo la hacia él, la cara entre su pelo y la respiración en su nuca. No había intentado besarla, ni siquiera tocarla de manera inadecuada; y puesto que había sido un perfecto caballero, en lugar, de apartarse, se acurrucó aún más bajo las mantas y contra él, puesto que, después de todo, la estaba protegiendo —él había dicho que era su deber—, y se suponía que ella tenía que consentir aquella parte de él inconfundiblemente masculina. De todos modos, Albert parecía un tanto inmune a sus encantos desde su conversación de la primera noche en el camarote
del barco.

Pero en ese momento llevaban en Marsella casi dos días, y; era el turno de Candy de sentirse inquieta. Estaba preparada para más excitación, más aventura. Era verdad que encontraba cierto placer en observar a la gente, pero ya estaba bastante versada en la cultura, costumbres e historia de Francia, y estaba allí con un propósito y tenía unos planes que llevar a cabo. Quería más acción. Por fin, hacía solo unas pocas horas, había conseguido lo que quería.

Después de un ligero desayuno de pastelitos y café (que a ella ya le gustaba más que el té), Albert le informó inesperadamente de que tenía que asistir a una cita inminente, la razón, según parecía, de su viaje a Francia. Esa fue la primera vez que Candy le había oído hablar de sus planes, los que ella suponía explicaban las razones del viaje de Albert a aquel puerto del sur. Bien mirado, él había sido un poco taimado en cuanto a sus intenciones. Pero eso no era asunto de ella, se repetía sin cesar Candy.

No obstante, hubo algo en los oscuros ojos de Albert, en la sutil evasiva durante el sencillo desayuno, que despertó la curiosidad de Candy. Ella no había mencionado al Caballero Negro desde la primera noche que pasaron juntos, aunque estaba segura de que Albert sabía que cada vez estaba más ansiosa por encontrarse por fin cara a cara con la leyenda. Ella aceptaba las condiciones de Albert, pero tampoco quería malgastar su tiempo en Francia. Con su extraño comportamiento de esa mañana, si es que se le podía llamar extraño, Candy se vio invadida por la entusiasta creencia de que él tal vez tuviera intención de encontrarse con el ladrón ese día.

Así que, dejando a un lado todo buen juicio, había fingido que le dolía la cabeza, le había comunicado su deseo de quedarse descansando y luego lo había seguido cuando salió del hotel a las nueve y media. Pero Albert no se había reunido con el ladrón, sino con una mujer, y una de extraordinaria belleza, además, aunque Candy solo había alcanzado a ver fugazmente la elegante figura desde el otro lado de la calle, cuando la dama había salido al porche delantero entre un alboroto de faldas, una figura esbelta, llena de gracia y pelo brillante cubierta de seda y encajes.

La reacción inicial de Candy fue de sorpresa; no se había esperado que se reuniera con una mujer, en casa de esta y en pleno día. ¿Y para qué? Entonces se vio invadida de ideas y sentimientos que no fue capaz de describir con precisión; un
intrincado revoltijo de aflicción, enfado y algo a lo que no pudo poner nombre. No era una ignorante rematada. La mujer era su amante, eso era evidente, porque ese hombre las tenía a montones. Lo que tanto la perturbaba era que él sintiera la necesidad de reunirse con una de ellas en ese momento, en ese viaje, cuando en realidad debería tener cosas más importantes en las que ocupar su tiempo.

Candy suspiró, haciendo tamborilear los dedos aún con más fuerza sobre el desvencijado brazo del sillón, y recostó la cabeza en el respaldo para mirar fijamente la pintura que se desconchaba del techo, sintiéndose increíblemente molesta
porque disfrutaba enormemente de la compañía de un hombre con una reputación tan nefasta. Casi sonrió alpreguntarse fugazmente si quería estar con él porque le gustaba como persona o porque su madre se quedaría absolutamente consternada por la falta total de juicio de su hija.

El ruido de una llave en la cerradura hizo que se irguiera de inmediato y se pusiera alerta. Albert entró, tranquilo y a gusto en su terno entallado sin un pliegue ni arruga en la tela. Candy tuvo problemas para conservar la lucidez cuando, con demasiada agudeza, cayó en la cuenta de que era natural que su traje no tuviera ninguna arruga, puesto que durante media mañana no lo había llevado puesto.

Después de cerrar la puerta tras él, Albert arrojó el sombrero sobre la cama pequeña y estrecha y se volvió por fin hacia ella, mirándola de arriba abajo mientras seguía sentada en la silla, demorando la mirada en todas las curvas que
podía detectar bajo la seda color lavanda. En opinión de Candy, aquel hombre carecía de decencia por completo.

—Veo que se encuentra mejor —observó él con aire cansino.

Candy se sintió un poco avergonzada, encontrándose peor de repente. Tenía calor y estaba sudorosa, y unos cuantos rizos sueltos se le pegaban a la cara y al cuello; por fuerza tenía que presentarle un aspecto verdaderamente espantoso.

—Sí, estoy mucho mejor, gracias —respondió con una sonrisa forzada—. Me siento de maravilla. —Agitó el abanico de marfil delante de su cara con una mano, mientras que con la otra se secó la sudorosa mejilla, preguntándose cómo Albert podía tener un aspecto tan lozano y sereno con un calor tan sofocante. Tal vez la brisa marina que él acababa de abandonar no pudiera encontrar la manera de entrar en el hotel. Candy debería haber ido a curiosear en los tenderetes de los vendedores ambulantes, en lugar de encerrarse en la habitación a esperarlo. Sin duda, habría utilizado el tiempo de forma más constructiva.

La expresión de Albert adoptó un aire pensativo mientras permanecía de pie delante de la puerta.

—¿Ha hecho algo mientras he estado fuera?

Candy se mordió el labio para evitar soltar alguna mentira increíble. Si le mintiera, él lo sabría de inmediato.

—Fui a dar un paseo. Hacía mucho calor.

—Mmm...

Candy desvió la mirada hacia el abanico, con el que empezó a darse golpecitos en el regazo distraídamente.

—¿Y dónde ha estado, Albert?

Después de un silencio prolongado, Candy alzó las pestañas apenas lo suficiente para verlo. Su corazón se aceleró cuando se encontró con la franca mirada de Albert.

—Esta mañana he tenido una reunión de trabajo, Albert.

El engaño hizo que Candy empezara a echar humo por las orejas.

—Deseo de corazón que le resultara absolutamente provechosa —replicó ella con vehemencia.

Al oír eso, Albert empezó a acercarse a ella lentamente, mientras una de las comisuras de su boca se curvaba hacia arriba.

—Me alegra decir que fue muy provechosa. —Se detuvo delante de ella, con las manos en las caderas debajo de la levita, que ahora llevaba retirada por detrás de los brazos—. ¿Y su paseo?

Candy parpadeó.

—¿Mi paseo?

—No se haga la remilgada conmigo, querida Candy.

Se movió inquieta en la silla, apenas capaz ya de mirarlo a la cara, mirando en cambio con hostilidad los botones de marfil de su camisa.

—Fue un paseo encantador, aunque como ya he dicho, hacía demasiado calor.

—Tal vez caminara demasiado deprisa —sugirió él con un tono agradable, alargando la mano hacia el abanico de Candy , que le arrancó rápidamente de la mano y que luego tiró sobre la cama, situada a su izquierda—. Es difícil caminar despacio cuando uno intenta seguir a alguien.

Sorprendida, Candy abrió los ojos como platos. Entonces, él la agarró por el brazo desnudo y la hizo levantarse, sujetándola tan cerca de él que casi se tocaron. Le escudriñó el rostro, pero sin ira, casi con un aire divertido.

—¿Por qué me siguió? —preguntó él con evidente extrañeza.

Su respiración rozó la piel acalorada de Candy mientras le sostenía la mirada, y ella se hartó del juego.

—¿Por qué sintió la necesidad de visitar a su amante a las diez de la mañana, al segundo día de nuestra estancia en la ciudad? Sus impulsos deben de ser incontrolables,Albert.

Candy tuyo problemas para definir la expresión de Albert. Al principio pareció quedarse estupefacto por sus palabras, o quizá solo por su osadía. Luego, su boca volvió a torcerse hacia arriba, y bajando la voz, dijo tranquilamente en un
susurro:

—Estoy controlando mis impulsos a la perfección, Candy . —Intensificando la presión sobre su brazo, la atrajo hacia él hasta que el traje de Candy se frunció entre ellos, y sus senos le rozaron el pecho—. La mujer que vio no es mi amante,

Candy sonrió con sarcasmo, pero no intentó apartarse.

—No soy idiota, Albert.

—Nunca pensé que lo fuera —aceptó él con rapidez—, pero sí ingenua.

El fuego iluminó los ojos de Candy.

—No soy tan ingenua para no saber lo que pasa entre un hombre y su amante. Y usted parece hacerlo más de lo necesario.

Albert tuvo que esforzarse al máximo para no mover un músculo de la cara. Era increíblemente adorable, allí sentada, en aquella diminuta y calurosa habitación de hotel, esperando durante horas a que él volviera, celosa sin darse cuenta siquiera de que lo estaba. Saberse capaz de leer en ella con tanta claridad hizo que las entrañas de Albert bulleran de pura satisfacción. Siempre tendría esa ventaja, y ambos lo sabían.

Candy siguió sosteniéndole la mirada de manera desafiante, con la contrariedad arrugándole la frente, la piel caliente y perlada de sudor a causa del calor y la humedad, con un aspecto ridículamente inadecuado con aquel traje de verano, confeccionado pensando exclusivamente en el clima de Inglaterra. Tenía el mismo atractivo que una seductora con demasiada ropa que, en una sauna, le provocara con una mirada calculadora que dijera: «Desnúdeme, si se atreve». Con toda su inocencia e incapacidad para saber hasta qué punto lo provocaba físicamente, lo había estado volviendo loco de deseo desde que abandonaran Inglaterra, sobre todo en la cama, cuando se acurrucaba contra él con su camisón casi transparente, y él no podía hacer nada sino contenerse.

Los ojos de Albert se entrecerraron diabólicamente mientras seguía sujetándola contra él.

—¿Qué es lo que cree que hago más de lo necesario?

Ella jamás habría esperado aquella pregunta, y Albert supo que la había confundido cuando observó la sombra de duda en el rostro de Candy.

Nerviosa, levantó las palmas hacia los brazos de Albert para apartarlo.

—Eso es irrelevante, y me niego a hablar de sus problemas... íntimos, cuando no son asunto mío.

Disfrutando plenamente de la situación, Albert se negó a soltarla, deseoso de oír los intentos de Candy de abandonar la desagradable conversación a la que ella había dado comienzo.

—Creo que es relevante —dijo él por fin, con un exagerado suspiro—. Dígame, querida Candy, ¿sabe todo lo que ocurre íntimamente entre un hombre y una mujer o solo retazos y cosas sueltas?

Ella se retorció, volviendo su atención hacia la puerta para evitar la penetrante mirada de Albert.

—No voy a hablar de eso.

—Fue usted quien sacó el tema —replicó él con placer.

Inquieta, Candy se estrujó la mollera para discurrir una respuesta adecuada, o al menos algún medio de dar por zanjado el tema. Al final, recompuso la expresión y volvió a mirar lo a los ojos.

—Tengo una idea excelente de lo que ocurre íntimamente entre un hombre y una mujer. Ahora, si hace el favor de soltarme, Albert, tengo mucha hambre y me encantaría come algo.

No la habría soltado en ese momento ni por todo el oro del mundo.

—¿Una idea excelente? —dijo él, cuando Candy no añadió nada más, y prosiguió con el desafío—. ¿Recuerda cuánto tiempo estuve en casa de esa mujer?

Los ojos de Candy brillaron intensamente.

—Recuerdo que era hermosa, y que no era precisamente el Caballero Negro, la única persona con la que debería haberse reunido hoy. Le pago para que nos presente. Tal vez podría tratar de recordar eso.

El impulso de besarla se convirtió de pronto en algo abrumador.

—Responda a mi pregunta —insistió él, por el contrario.

Ella titubeó, suspiró, y entonces, proclamó:

—Al menos diez minutos.

Él se inclinó para acercarse mucho a ella y susurrar:

—Los encuentros íntimos suelen durar algo más que diez minutos.

Candy sonrió triunfalmente.

—Pero no, de eso estoy segura, para alguien de su experiencia, Albert.

Albert soltó una sonora carcajada y la apretó contra él, rodeándole la cintura con los dos brazos, disfrutando de la sensación de aplastar contra su pecho los senos suaves y perfectamente formados de Candy.

—¿Cuánto tiempo tardaría en quitarse y volverse a poner todas estas capas y capas de ropa?

Candy lo miró boquiabierta, quedándose muda por una vez.

Saboreando la dulce victoria, Albert susurró:

—Le llevaría exactamente todo ese tiempo.

Aclarado el extremo, la soltó.

Indignada, Candy supo que él había ganado por el momento, porque a ella el tema le resultaba demasiado perturbador y extraño para seguir discutiendo. Lo observó dirigirse hasta la pequeña cómoda de cerezo desportillada y descolorida, abrió el cajón superior y sacó una camisa. Al darse cuenta de que tenía intención de cambiarse, le dio la espalda, pensando con rapidez la manera de pasar a un tema más apropiado de conversación sin que él se percatara de que lo hacía de manera deliberada, así que, cuando finalmente Albert lo hizo por ella, se sintió agradecida.

—Nos vamos de aquí —dijo detrás de ella.

Candy cruzó los brazos a la altura del pecho.

—¿Adónde vamos?

Oyó el crujido de la ropa mientras se lo imaginaba quitándosela, y refrenó el impulso de mirar a hurtadillas. Pese a todos sus defectos, y haciendo caso omiso de su virtuosa educación, consideraba que el pecho desnudo de Albert era una de las maravillas de la naturaleza.

—La voy a llevar a algún lugar más agradable y fresco —contestó él—. Ahí es donde he estado estas tres últimas horas, por si se lo estaba preguntando. Buscando un alojamiento donde usted estuviera más cómoda.

En ese momento, Candy sintió una punzada de culpabilidad. Presa de una creciente timidez, farfulló:

—Espero que no esté pensando en que nos alojemos en casa de la francesa.

Él se rió entre dientes cuando Candy le oyó sentarse en la cama.

—Su nombre es Madeleine DuMais, y creo que ella le gustará; y no, no nos quedaremos en su casa.

«Le gustará» implicaba que se iban a conocer, y Candy ya no pudo contener su curiosidad por más tiempo. Apartándose los rizos pegajosos de la mejilla, y con toda la indiferencia de la que fue capaz, preguntó:

—¿He de suponer que la señorita DuMais conoce al Caballero Negro, y que esa fue la razón de su visita?

Al no responderle de inmediato, Candy se permitió darse la vuelta hacia él para verle ponerse con aire concentrado los zapatos y asimilar su impresionante aspecto, transformado en informal con unos pantalones marrón oscuro y una camisa de seda blanca parecida a la que llevaba el primer día después de zarpar. Sin duda, no llevaba mucha variedad de ropa.

—¿Albert? —insistió, cansada de esperar respuestas.

Él la miró de reojo, y la sensación de que estaba enfadado o de que tal vez ocultaba algo renació en Candy.

Al fin, Albert se pasó los dedos de una mano por el pelo, se puso las palmas en las rodillas y se impulsó para levantarse. Con las manos en la cadera, la miró sin ambages.

—La viuda señora DuMais está tratando de concertar una reunión de trabajo entre el conde de Arlés y yo para el final de esta semana.

Candy parpadeó, sorprendida.

—¿Una reunión de trabajo entre usted y un conde francés?

—Sí.

—Concertada por una joven y encantadora viuda —afirmó más que preguntó Candy, pronunciando cada palabra con precisión.

Albert extendió las palmas de las manos.

—Exacto.

Aquello le pareció tan absolutamente ridículo que Candy sintió ganas de aplaudir. Conteniendo el impulso, se limitó a levantar la barbilla con complicidad y a tamborilear con los dedos en la manga de su vestido. Y con aire acusador y cierta dosis de sarcasmo, dijo:

—Y supongo, Albert, que puesto que su negocio consiste en comprar y vender cosas, su intención es comprarle alguna inestimable antigüedad a ese hombre. —Sus ojos se iluminaron de manera espectacular—. ¡Vaya! Quizá una nueva arma para su pared.

Albert la observó uno o dos segundos con cara inexpresiva. Acto seguido, sacudió la cabeza lenta y desapasionadamente con asombro.

—¿Cómo lo ha adivinado?

—¿Que cómo lo...? —Candy dejó de hablar bruscamente y lo miró boquiabierto con creciente incredulidad—. ¿Está aquí para comprarle un arma al conde de Arlés?

Él levantó las cejas con inocencia.

—Una espada, en realidad.

—Una espada —repitió ella cansinamente, ya con las manos apoyadas a ambos lados de la cintura—. Hace todo este viaje hasta Francia para comprar una espada para su pared.

—Sí, en efecto.

—Del conde de Arlés.

—Sí.

—Y la encantadora señora DuMais lo arregla todo.

Albert se encogió de hombros.

—Creo que no hemos dejado ningún cabo suelto.

—Creo que me gustaría ver esa espada suya —exigió Candy con suspicacia.

Él sonrió irónicamente.

—En cuanto llegue el momento oportuno, Candy , dejaré que le eche un buen vistazo.

Incluso en ese momento se mostraba arrogante. A Candy no se le ocurrió nada que decirle, bien le estuviera mintiendo descaradamente, bien tomándole el pelo o poniendo excusas para ocultar su romance con la encantadora señora DuMais. A Candy se le antojaba incomprensible que cualquier hombre, incluso él, un caballero con demasiado tiempo y dinero en sus manos, viajara al extranjero simplemente para comprar una espada a fin de colgarla en una pared. Pero si Albert se estaba inventando una historia increíble, ella jamás se daría cuenta, porque era incapaz de leerle los pensamientos, y eso era lo que en verdad la enfurecía. Él siempre parecía poder adivinar lo que ella estaba pensando.

Albert se volvió hacia la cama y alargó la mano para coger la levita.

—Estamos invitados a un baile en su finca el sábado —prosiguió con indiferencia, dirigiéndose hacia el pequeño armario ropero—. Doy por sentado que tiene algún vestido adecuado escondido en alguna parte entre los montones y montones de cosas que trajo.

Era una afirmación, no una pregunta, y Albert hizo caso omiso. Su incapacidad para viajar con poco equipaje era un tema delicado entre ellos.

—Y antes de que pregunte —continuó él, en ese momento arrodillado delante de su único baúl—, he enviado un mensaje al Caballero Negro.

—¿Y espera hasta ahora para decírmelo? —le espetó ella.

Albert no le hizo caso.

—No ha contestado, pero corre el rumor de que también proyecta asistir a la fiesta.

—¿Por qué?

—¿Cómo?

—¿Que por qué va a asistir a esa recepción privada? —aclaró Candy, exasperada.

Él levantó los hombros de forma apenas perceptible, pero no la miró.

—Debería suponer que tiene un buen motivo, aunque la verdad es que no tengo ni idea.

—Sin duda para robar la preciada espada del conde —sugirió ella con sarcasmo.

Albert esbozó una sonrisita de suficiencia.

—Quizá se la lleve a usted en su lugar, mi dulce Candy .

Sus alegres palabras no fueron escuchadas. Las posibilidades se agolpaban ya en la cabeza de Candy, el corazón le latía con fuerza ante las expectativas, y de repente, la señora DuMais y el conde y las espadas y Francia le importaron un comino. Faltaban solo unos días para el encuentro de su vida.

Albert se acercó y se detuvo delante de ella, mirándola fijamente a la cara, y sus maravillosos ojos adquirieron un aire pensativo. Entonces, de manera del todo inesperada, levantó una mano hasta la mejilla de Candy, sobresaltándola momentáneamente al sentir el tacto de su piel caliente en la suya.

—Reunirse con él es extremadamente importante para usted —dijo él en voz baja y considerada.

Candy respiró hondo pero no se apartó.

—Sí, lo es.

Albert guardó silencio durante un buen rato, estudiándola mientras le acariciaba el mentón con el pulgar.

—Le gustará Madeleine, Candy —insistió con prudencia—. Es una mujer alentadora y experimentada, y estas cualidades la hacen interesante. —Bajo la voz hasta convertirla en un susurro—. Pero la inocencia y la pasión que siente usted por todo lo que la vida tiene que ofrecer la hacen bastante más hermosa que lo que ella pueda llegar a ser nunca.

Candy se quedó sin aliento ante la mirada de sincera revelación que había en los asombrosos ojos azulados de Albert. Pero antes de que ella tuviera la oportunidad de apartarse, o de entender con exactitud lo que él había dicho, Albert dejó caer su brazo y se dirigió hacia la puerta a grandes zancadas.

—Recoja sus cosas —añadió él sin mirar atrás—. Voy abajo a buscar un medio de transporte lo bastante grande para llevar su increíble vestuario.

Y diciendo esto, salió, dejándola una vez más con la misma sensación hormigueante en su interior, aquella agobiante sensación de impotencia y confusión de que Albert Andley tenía un don especial para poner al descubierto sus pensamientos.


Gracias por sus reviews:

Laila , Carito, Sarah Luisa, Patty Castillo, Jenny, chidamami.

Nadia M. de Andrew, Vivian Ardlay, Patty A.

MiluxD,

Un abrazo en la distancia

Lizvet