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Capítulo 07: Aroma a abeto

La siguiente Navidad llegó, al cabo y tras un año medio-normal. Y la predicción de Hyoga se cumplió más que al pie de la letra, incluso con creces: nada había vuelto a ser igual.

Aunque para el ruso, el resultado final había sido un poco paradójico: uno de los que más había deseado sentir una Navidad familiar, él, que había conseguido romper una tradición en uno de los lugares más inflexibles sobre la tierra, era el que menos lograba disfrutarla. Por uno u otro motivo.

Quizá todo mejore en esta nochebuena, se dijo.

Por lo menos, eso parecía presagiar el gran abeto adornado y el pesebre de tamaño natural puesto al pie del árbol, tallado en madera policromada con todo el maravilloso arte que el pueblo lemuriano podía ofrecer, compensaban bastante bien su desazón, pues ese año se había decidido por una versión más cosmopolita de la Navidad.

Más "nórdica" decían otros.

También era lo que auguraba el ambiente de ese año pues, a pesar del incidente con Virgo el año anterior que enfrió el entusiasmo en algunos, ahora eran muchos los que sí participaban en la organización de muy buen grado, al punto de no eran necesarios ya los cinco organizadores originales y sus ayudantes, salvo cuando se les consultaba por tal o cual tradición.

Pero más que el abeto, el pesebre y los adornos, de nuevo, lo que inquietaba y a la vez daba esperanzas a Cisne, eran los otros cambios respecto a la del año anterior que había sido necesario introducir, pues una petición de Kanon los obligó a modificar completamente la cena: sería al aire libre, al pie del abeto, frente al pesebre, y con todos los participantes, habitantes del Santuario de todos los grados e invitados (que ahora serían muchos más), juntos y revueltos.

La compra de grandes cantidades de comida que hicieran el año anterior no había pasado desapercibida y llamaron la atención de algunos como Julián Solo, que interrogó a Kanon apenas lo volvió a ver. Aprovechando la ocasión, Géminis le propuso celebrar la fiesta en el Santuario Submarino, sin embargo Poseidón se había negado pero, a cambio, les permitiría salir por unos días e ir a dónde lo desearan. Y Kanon, en un arranque poco usual (no era para nada aficionado a ese tipo de festividades), había invitado a todos los que no tenían familia a unirse a la celebración en el Santuario de Atenea, y Saori había aceptado.

Sí, quizá ahora si…, se había vuelto a decir, por enésima vez. El aroma a abeto se lo decía.

Si era sincero, Cisne no tenía nada de qué quejarse: había conseguido que el Santuario pasara de casi la más absoluta apatía a una verdadera fiebre navideña en sólo un año, aunque realmente, el ruso no dimensionaba el verdadero alcance del milagro.

No todavía.

ooOoo

Afrodita de Piscis terminaba de acomodar unos adornos confeccionados con cintas rojas, muérdago, ramas y piñas de abeto, cuando alguien le habló tan repentinamente que casi lo hace caer de la escalera en la que se había encaramado.

- ¿Tú eres uno de los que insistieron en una versión más… nórdica?

Miró al impertinente con las cejas fruncidas, antes de saltar y caer grácilmente.

- ¿De verdad crees que yo habría podido sugerir algo para esta fiesta? – respondió, arrugando aún más el ceño, gesto que en su bello rostro terminaba siendo un mohín siniestro -. Sabes que he pasado toda mi vida en el Santuario, bajo sus reglas, llegué tan pequeño que, antes del año pasado, jamás había escuchado hablar de la dichosa Navidad – bufó -. Saga, sabes que ni siquiera hablo sueco.

El aludido hizo una mueca ambigua, pero que podía interpretarse como de desagrado.

- ¿Cáncer nunca te mencionó algo?

Piscis enarcó una ceja, casi divertido por lo ridículo de la pregunta.

- Él jamás habla de su vida antes de llegar aquí, menos hablaría de una fiesta a la que insiste en llamar cursi.

Ambos sonrieron ante el comentario, pues bien que el regalo lo había hecho comportarse como un niño por varias semanas.

- Entonces…

- Fueron otros, Saga, los que propusieron la nueva decoración – se encogió de hombros -. Hay más invitados este año y a las altas esferas la versión griega no les pareció tan adecuada ahora.

El griego calló por algunos segundos. Piscis comenzó a sentirse incómodo ante la mirada fija del otro.

- Si no tienes nada más que decirme, continuaré con mi trabajo.

Géminis lo miró volver a lo alto de la escala trepando ágilmente, antes de seguir su camino hacia el Templo Patriarcal (debía rendir su correspondiente informe de "gestión navideña"). No podía asegurarlo, pues nada en el sueco indicaba lo contrario, pero estaba seguro que algo más movía a Afrodita a trabajar con el entusiasmo que estaba demostrando en esta ocasión (la vez anterior se había limitado a obedecer de verdadera mala gana).

Cuando recibieron las primeras órdenes en torno a la Navidad, el año anterior, Piscis había reaccionado primero con curiosidad, luego con escepticismo y finalmente con molestia. Cómo una especie de protesta muda, se las había arreglado para no encargarse de nada que implicara arreglos de plantas, flores o semejantes y, por el contrario, se había ofrecido de voluntario para la iluminación ornamental de los Templos, con tal gusto exquisito que nadie había dudado repetirla ese año (y lo seguirían haciendo por los años venideros).

Había acudido a la cena nada más porque Saga iría y, en algún rincón de su psiquis condicionada desde la niñez, se había sentido incómodo al tratar de negarse, como si de verdad hubiera una orden directa de griego y la estuviera desobedeciendo.

Disfrutó de la comida y del relativamente relajado ambiente, y se entretuvo bastante con la disputa entre Shura, Cisne y Shaka. Aunque, su regalo le pareció una elección curiosa: galletas pepparkakor, de factura casera auténtica, primorosamente envueltas en papel transparente, todo dentro de una cajita cuidadosamente rellena con ramas de abeto común. El olor penetrante de la mezcla de azúcar, jengibre y resina de abeto le había, literalmente, taladrado la nariz y despertado un inesperado sentimiento de nostalgia, hasta que más sintió que vio unas manos que trataban de robarle su aromático tesoro. El propio Patriarca había tenido que intervenir para que Milo y Dante (1) lo dejaran en paz, antes que perdiera la paciencia y al aroma a galletas y abeto sumara el de unas cuantas de sus rosas.

Volvió a bufar molesto ante el recuerdo. Si las galletas hubieran venido solas lo habría tomado a bien, pero que agregaran las ramas de abeto le pareció un intento descarado y egoísta por hacerlo recordar. Detestaba que trataran de manipularlo de cualquier modo, en especial cuando venía de Atenea o Shion, y sobre todo, porque se habían salido con la suya.

Quizá fuera eso que llaman memoria celular, pues era casi imposible que recordara realmente, pero ahora tenía verdadera sed por ver una Navidad como tuvo que ser la única que había vivido, cuando tenía sólo nueve meses de vida y faltaba muy poco para que el Santuario lo reclamara como su propiedad, pues, aunque había entrenado durante bastante tiempo en Groenlandia (lugar dónde la Navidad se celebra con entusiasmo), su maestro, al igual que Camus con Cisne, jamás lo llevó cerca de algún poblado durante esas semanas y él siempre se había preguntado "por qué", aunque sin mucho interés, en realidad.

¿La habría pasado con sus padres? Muy improbable. En realidad, sólo sabía que Shion lo había sacado de un orfanato dónde había introducido a uno de sus agentes con anterioridad, ese grupo de integrantes de la Orden con los que el viejo lemuriano trabajara por años; que solían tener un amplio conocimiento sobre el cosmo (al punto de que algunos fueron los maestros de la nueva generación dorada), pero a los que ninguna armadura reconocería jamás.

Se encogió de hombros; no tenía sentido mirar el pasado. Si ya estaba en eso, lo mejor que podía hacer era disfrutarlo. Todo su yo se lo pedía y no tenía sentido negarse y terminar como el amargado de Virgo, por mucho que lo hiciera reír con sus eternas disputas con el resto.

Terminó de acomodar el adorno y aspiró el penetrante aroma a resina que exudaban aún las ramitas y sonrió.

Quizá ese año fuera divertido de verdad.

ooOoo

Y así, otra vez pocos minutos antes de que comenzara el veinticuatro, Kanon hizo acto de aparición en los límites del Santuario, acompañado de casi todos los Generales Marinas (sólo faltaba Krisaor, que no había querido venir) y Tetis, además de un buen montón de soldados menores (y algunos parientes de éstos), en un número tal que justificaban plenamente el cambio de planes.

Era otro hecho bastante inédito, una delegación de otro Panteón, tan numerosa y en tiempos de paz y sólo por divertirse, era algo que no ocurría con mucha frecuencia, ni siquiera de acuerdo a la percepción del tiempo de los dioses. Algunas voces se alzaron inquietas por que se le permitiera el paso al enemigo, pero Atenea se mantuvo firme en su resolución.

Instalaron las mesas, las sillas y lo cubrieron todo con carpas. Algunos quisieron quejarse del frío pero, Shion les recordó que, en primer lugar, eran Santos y Marinas, guerreros a los que nada debía incomodarlos (a lo que Dohko había agregado: "el Salón Principal es tan frío en esta época, que no veo la diferencia").

- A este paso, el próximo año llegarán la mitad de los espectros de Hades de visita – había dicho Seiya, con un gruñido, mientras ayudaba a su hermana a acomodar sillas y más sillas.

La muchacha, que no recordaba realmente lo ocurrido en la guerra con Hades, salvo por un par de recuerdos vagos en torno a Marin y Kiki, había aplaudido entusiasmada ante la idea de más invitados.

Se escuchó un estruendo de vajilla rota. Alguien había tropezado al escuchar que los espectros vendrían.

ooOoo

(1) Nombre de Máscara de Muerte de Cáncer, prestado amablemente por Pale_Soul.