Natasha estaba sentada en medio de la sala de estar. Steve había enderezado los sillones y le había llenado las manos de calor restregándoselas con las propias antes de depositar una taza humeante con te. Le echó una cobija a los hombros y se sentó a esperar a su lado.
La policía no se hizo esperar mucho, Steve hablaba con ellos de pie a unos metros de Natasha, ella tenía la mirada perdida en algún punto del suelo, en realidad no veía nada, no podía concentrarse en sus propios pensamientos y su mente revoloteaba de idea en idea, preguntándose quién habría hecho aquel desastre.
Una mujer se sentó a su lado, la pelirroja apenas hizo consciente que su nueva acompañante llevaba puesto el uniforme de la policía, se limitó a sonreírle cuando ella le pasó un brazo por los hombros en un apretón cálido pero efímero, antes de volver al lado de su colega y seguir interrogando a Steve.
Levanto la vista para analizar la escena y se preguntó cuántas veces a la semana la policía tendría que atender emergencias como aquellas. Suponía que en Norteamérica pasaba a menudo, pero Irkutsk era un lugar pequeño y alejado de las grandes ciudades. Sintió el peso del cansancio sobre sus hombros, el sueño por el viaje en tren y tres días de estar haciendo ecoturismo, caminando entre la isla y conociendo el Baikal. Sonrió recordando que la última noche, ella y Steve habían dado un paseo nocturno a las orillas del río, permitiendo que el agua bañara sus pies y sintiéndose, por primera vez en meses, seres humanos comunes y corrientes.
Las manos de Steve recorriendo su espalda, las caricias a la luz de la luna, su silueta recortada contra la negrura de la noche y luego la expresión de sorpresa cuando la ex agente se había desnudado para lanzarse a nadar al agua, invitando a Steve a acompañarla.
La taza resbaló de sus manos hasta el suelo, donde se hizo añicos.
Natasha parpadeó rápido, se había quedado dormida un momento, en un instante tenía a Steve en cuclillas frente a sí, tomándole ambas manos con delicadeza, suplicándole que se recostara ahí mismo. Las miradas de los oficiales la hicieron sentir insegura y ella permitió que Steve le tomara la cintura y la guiara hasta la habitación. La base de la cama estaba deshecha pero el colchón estaba casi intacto y tendido en el suelo con un par de sábanas limpias cubriéndolo. Natasha se recostó ahí permitiendo que Steve la arropara y cuando por fin se quedó sola de nuevo, lloró hasta el cansancio. Lloró hasta dormirse otra vez.
7 Amenaza
Sajonia-Weimar: Lamento muchísimo la demora, he tenido la cabeza en todos lados menos donde debo. Pronto irás sabiendo cuáles son las decisiones que nuestros personajes van tomando, y concuerdo, creo que en las películas dejan claro que Natasha no es frágil, pero trae tantas cosas en la cabeza que en algún punto debía romperse. Para bien o para mal. Gracias por leer la historia. Nos leemos pronto.
Les había tomado varios días volver a dejar la casa como estaba antes del incidente, lo que más había tomado tiempo era el estudio de baile que tenía Natasha dada la instalación de los espejos, pero cuando todo había quedado de nuevo en su lugar, ella no había dudado un segundo antes de volver a bailar ahí. En la academia de baile tanto como en la escuela, Steve y Natasha habían recibido comentarios y pésames de parte de todos sus allegados, alarmados por lo que había ocurrido. Ambos habían sabido mantener las emociones a raya y asegurar que lo importante era que ambos estaban con bien y que lo material, como fuera, podrían recuperarlo.
Natasha estaba agobiada. Se sentía física, mental y emocionalmente puesta al borde. Se sentía desequilibrada e irascible, cualquier cosa podría detonar una crisis. Supuso que algún día tenía que pasar. Durante años había perfeccionado la técnica de sumergir su dolor y sus demonios en lo más profundo de su mente, esperando olvidarlo algún día. Claro, siempre con la posibilidad de que en algún momento, todo el dolor y la rabia contenidos explotaran y pasaran factura con intereses.
Steve entró al estudio sin hacer ruido y se detuvo al observar a Natasha sentada en el suelo con las piernas bien extendidas y pasando un cutter por la suela de sus zapatillas nuevas.
— ¿Nat? ¿Qué haces?
—Quebrando mis zapatillas. —Respondió con resentimiento mientras doblaba la zapatilla hasta conseguir que la suela se despegase de su lugar.
Steve abrió los ojos como platos y corrió a arrebatarle el cutter de las manos a Natasha, lanzó lejos la zapatilla y le apresó ambas manos a la espía con expresión de contrariedad.
— ¡Nat! No hagas esto, pensaba que bailar era tu vida.
Ante la expresión perpleja del soldado, Natasha no pudo evitar soltar una carcajada sonora y tintineante. Las risas le ganaron terreno y le tomó varios minutos recomponerse de su breve ataque de histeria, permitiendo que las carcajadas le ayudaran a drenar el cansancio que tenía hasta que le dolió el estómago y por fin pudo calmarse. Recargó la frente en las clavículas de Steve y suspiró antes de mirarlo de nuevo.
—Bailar es mi vida. Y quebrar las zapatillas es parte de lo mismo. —Steve puso una expresión de confusión que Natasha habría querido fotografiar para la posteridad. Se contentó con saber que aquella expresión sólo la vería ella en mucho, mucho tiempo. Soltó una de sus manos y acarició la mejilla de Steve, deleitándose en la suavidad de su barba. Sonrió suspirando cuando ella al fin habló de nuevo. —Tiene clavos, y la suela está dura, así tendrán mejor agarre cuando pise y todavía debo coserle los listones para amarrarlas en su lugar. Steve, es un ritual casi sagrado que tenemos las bailarinas, no es un acto de anarquía y autodestrucción.
— ¿De verdad? —Murmuró inseguro, cerrando los ojos al tacto de la pelirroja.
—Lo prometo.
Steve suspiró antes de asentir y levantarse, recuperó el cutter y se sentó al piano, observando a Natasha con detenimiento.
— ¿Y le haces esa masacre a todas tus zapatillas?
— ¿Masacre? —Espetó sarcástica mientras rallaba la suela con el cutter componiendo una sonrisa amplia y sádica. — ¿Masacrarlas yo a ellas? ¿Has visto cómo me dejan los pies? No es una masacre, es una venganza justa y necesaria.
Steve soltó una risa por lo bajo y encaró las teclas del piano antes de hacer sonar el Waltz número 19 de Chopin. Natasha sonrió de oreja a oreja sin levantar la mirada de sus zapatillas y siguió haciendo su trabajo.
Después de la tormenta, un instante de calma al lado de Steve en su reconstruído refugio era justo lo que necesitaba para volver a sentirse humana. Poco a poco, sentía que su corazón se había ido descongelando, y aunque era algo doloroso, cada vez volvía a sentirse más humana. Los últimos días se había dado cuenta de lo rota y perdida que estaba.
Bueno, tal vez, Steve la había encontrado.
Suspiró poniéndose de pie en su lugar, con sus nuevas puntas puestas y en espera de que Steve iniciara una nueva pieza.
El americano la vió y enarcó las cejas en una pregunta silente. ¿Qué toco?
— ¿Te sabes el Acuario de Saint-Saëns?
Steve soltó una risa, e inmediatamente después, sus dedos se deslizaron a toda velocidad por las teclas del piano, tocando la introducción de la pieza que su pelirroja pedía. Ella compuso una expresión de sorpresa y cuando por fin pudo reponerse de la impresión, exclamó. — ¡Hey, hey! ¡Para! ¡Vuelve a empezar! Pero avísame. —Se colocó en el centro del salón y tomó posición. —Ya, cuando quieras.
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Natasha llegó a la academia con los audífonos a todo volumen, aislada y estresada por el trayecto largo, sonrió leyendo los labios de la gente para no interrumpir su música y fingió no estarlos ignorando, asintiendo o negando con la cabeza de vez en cuando. Agradeció con un murmullo cuando Anya le entregó un par de sobres y siguió de filo hasta el estudio de baile donde daría la primera clase.
Solía llegar al menos media hora temprano para poder calentar y dedicarse a sus propios pensamientos mientras las adolescentes bailaban, ya le haría caso a la correspondencia luego.
Por primera vez en todo el mes, por primera vez desde que habían saqueado su casa, por primera vez desde que había construido a Alianova, se sentía tranquila. Porque Alianova era una maestra de ballet y nada más, una madeimoselle que se ganaba la vida enseñando, la viuda negra podía quedar atrás y ya. Sonrió y suspiró cuando vio al último grupo de chicas alejarse a la puerta. Una muchacha alta, pálida y albina regresó sobre sus pasos para despedirse de ella y pedirle algún consejo para mejorar su fouette.
Estaba a punto de salir del estudio cuando recordó los sobres que había recibido. La mayoría cartas de los padres en agradecimiento a la notable mejora de sus hijos e hijas en su técnica, y aquello habría sido "lo normal" de no ser por el último sobre que revisó. Un sobre media carta de color gris, lo abrió quitándole importancia hasta que se percató que dentro del mismo venía una serie de fotografías impresas, todas tomadas en la distancia, todas de ella. Atrás de cada una de las fotografías venía un escrito pequeño, los datos de la fecha y hora en que habían sido tomadas las fotografías, el tiempo en el que se había quedado en cada lugar y la frecuencia con la que visitaba aquellos sitios.
Al final venía una carta escrita a computadora. Aquella gente debía saber lo que hacía, y estaba segura de que no encontraría huellas digitales ni ningún indicio de quién había enviado aquel sobre, pero pensó en que no perdía nada con revisar. Se puso sus guantes para no contaminar más el sobre y desdobló el papel.
¿Deberíamos llamarte Alianova o deberíamos usar "Natasha Romanova" para referirnos a ti? No sólo te encontramos, sino que también encontramos tu perfecto nido de amor con Sasha Novikov. ¿El ingenuo sabe que eres la legendaria Viuda negra? ¿Qué pensaría el pobre al darse cuenta de que la mujer con la que comparte la cama es una traidora a la patria?
El día quince de éste mes, al punto de las once de la mañana, dirígete a la estación del tren, encontrarás a una mujer llevando una gabardina blanca con el símbolo de la Red room en la espalda, ella te entregará información de un objetivo que debes eliminar cuanto antes. También te entregará las herramientas necesarias para hacer dicho trabajo.
Si quieres seguir manteniendo tu identidad en secreto, si quieres que tu adorado Sasha esté a salvo, haz lo que te decimos.
Natasha arrugó el papel en una mano y tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no destazar las fotografías en medio de una serie de gritos. Tomó todo, lo puso de nuevo en el sobre y se lo guardó en la maleta. Salió hasta recepción donde encontró a Dima sentado al escritorio y sonrió de oreja a oreja.
—Dima, querido. ¿Tienes un minuto?
—Para ti siempre tengo un minuto. —Admitió saliendo de detrás del escritorio.
— ¿Tienes tu trituradora de papel? —Inquirió con aires ingenuos mostrando el sobre gris. —Me ha llegado esto y no quiero conservarlo. Romperlo y quemarlo sería espléndido.
Dima soltó una risa por lo bajo. —Tienes una forma cruel de tratar a tus admiradores, Alía.
—Tengo novio. —Añadió como si aquello fuera suficiente respuesta.
—Y yo tengo una trituradora y un cuenco de metal. Vamos. —Ambos se dirigieron hacia la cocineta de la escuela, donde cortaron el sobre y Dima les prendió fuego a las tiras en la tarja de acero inoxidable.
—No era de un admirador. —Admitió Natasha mientras veía el fuego consumirse. —Era una amenaza de un mal crítico.
— ¿Por qué no dijiste nada, Alía?
—En Moscú nos amenazaban con tanta frecuencia que me acostumbré a quemarlas. —Mintió fingiendo hastío. —Era una carta tonta, atacaba mi talento y mi dedicación. No es importante.
—Y por esas cartas fue que compré una trituradora de papel. Pero quemarla es…
—Liberador. —Comentó Nat con una sonrisa. —Es una forma de no permitir que me afecte. Simbólico.
—Qué bonito. —Murmuró al final Dima, distraído mientras observaba el fuego. Borraron lo último que quedó de las cenizas abriendo el grifo y Natasha besó ambas mejillas de Dima antes de salir.
—Eres un ángel.
—Alía, mañana seleccionarán el elenco para Giselle y para la reina cisne.
—Fingiré demencia y no vendré a trabajar. —Admitió sonriente.
—Serías la perfecta Giselle.
—Y no quiero ser Giselle. Pero tal vez considere ser Clara ésta navidad. Quién sabe.
Sonrió saliendo de la academia y se encaminó a casa, mirando sobre su hombro cada tantos pasos, preguntándose si justo en ese momento le estarían tomando una foto.
Brincó en su sitio cuando sintió su celular vibrar y atendió a la llamada con aires distraídos, pero se quedó helada al escuchar la voz distorsionada al otro lado de la línea. Alguien no quería ser reconocido.
—Justo ahora Sasha está muy guapo, con su camisa a cuadros y su suéter beige. Tengo a un francotirador apuntándole al pecho, ni sentirá qué fue lo que lo mató.
— ¿Quién eres? —Espetó furiosa sintiendo los ojos llenos de lágrimas. — ¿Qué quieres?
— ¿Qué quiero? Quiero que dejemos de jugar al gato y al ratón. La Red Room te necesita de nuevo al servicio y como parece ser que olvidaste todo tu entrenamiento y volviste a la fragilidad de las emociones humanas, nos hemos servido de eso. Ahora, querida. Sasha. Su vida está en peligro a menos de que aceptes vernos en el lugar y la hora acordados en la carta.
— ¿La carta? —Musitó la pelirroja desconcertada.
—La carta, querida, la que acabas de quemar. Mañana harás una presentación espléndida y volverás a los escenarios de Moscú como una delicada reina cisne y matarás a los blancos que te indiquemos.
— ¿Y si me niego? —Se atrevió a lanzar un último desafío al aire, rezando, rogando porque realmente no tuviesen a Steve en la mira. — ¿Qué va a pasar?
Natasha escuchó un disparo, sintió su corazón partiéndose justo por la mitad, pisó el acelerador a fondo rogando por no haber cometido una estupidez, deseando con todas sus fuerzas que Steve, su Steve, estuviese bien.
Escuchó el sonido de su celular y tuvo que resistir al impulso de lanzarlo por la ventana para deshacerse de él. Pero amarró el auto con el freno de mano para contestar. El nombre de Sasha Novikov aparecía en pantalla.
—Nat. —Murmuró aliviado el capitán mientras Natasha rompía en llanto. — ¿Estás bien? Todo ocurrió demasiado rápido, dijeron que ocurrió en varios lugares al mismo tiempo, hay muertos por todos lados. Uno literalmente cayó a mi lado con una bala en la frente. ¿Dónde estás?
—A unas calles, amor. Llego en seguida. —Soltó tratando de recuperar la compostura.
—Veo tu auto. —Exclamó aliviado comenzando a trotar. Natasha lo vio inmediatamente, alto, más alto que el resto. Estaba desesperada, tardó varios segundos en darse cuenta de que la razón por la que no había podido salir del auto era porque tenía puesto el cinturón de seguridad, pero una vez fuera, salió corriendo hasta lanzarse a los brazos de Steve y trenzar sus piernas en torno a las caderas del capitán, plantándole un beso apasionado, lleno de lágrimas, rabia y ganas de pegarse un tiro ella sola en ese mismo instante. ¿Qué había hecho para merecer una vida llena de secretos y desesperación? Se sentía extraviada como pocas veces en su vida había estado. Y justo ahora, ni siquiera entre los brazos de Su Steve Rogers se sentía en casa.
