DISCLAIMER: The X-Files y sus personajes pertenecen a la FOX y a su creador Chris Carter.
He tardado pero al fin he vuelto a retomar el fic y he aquí lo que podríamos llamar el inicio de mi segunda temporada. La historia trascurre tres meses despues de los acontecimientos anteriores, con los expedientes X reabiertos y con una nueva compañera en el equipo. No sé cómo me saldrá la historia que tengo en mente, pero se me ocurrió hace algún tiempo ya y no he podido resistirme a escribirla. Espero vuestras reviews.
THE X-FILES
CHAPTER 7
THERE IS NO PLACE LIKE HOME (PART 1)
Cuando era pequeña vivía en una casita al pie de una enorme montaña. Mi tío me llevó allí cuando yo no era más que una niña, tras la muerte de mi madre. Una neumonía había acabado con su vida en Leningrado. Mi padre nos había abandonado nada más nacer yo, al ver mis cabellos pelirrojos y alegar que era hija de otro hombre, por lo que mi tío me rescató de haber terminado en algún orfanato o quizás en algún lugar peor.
Mi tío siempre me trató como si fuera su propia hija, y recuerdo los años que estuve en aquella casa como los mejores de toda mi vida. Jamás olvidaré la fragancia que me invadía todas las mañanas al abrir la ventana de mi habitación y contemplar la enorme pradera de bella de noche que se extendía frente a la casa hasta llegar a un arroyo que en primavera solía desbordarse a causa del deshielo. Más tarde supe que aquella casita estaba en los Alpes y siempre he soñado con volver allí, puesto que en aquel lugar se quedó una parte muy importante de mí. Realmente fue la única etapa de mi vida en la que fui feliz.
Mi infancia terminó como los buenos sueños y con trece años abandoné mi paraíso para internarme en el infierno de la ciudad. Ya no hubo más juegos ni más aromas embriagadores por las mañanas. Sólo la contaminación de la era industrial, el olor a carbón y a la forja del hierro, el rostro manchado de hollín y las manos con astillas de madera. Esa había sido mi vida como mujer.
Pero mi vida como mujer, si a eso se le podía llamar "vida como mujer", está a punto de terminar sin haber cumplido la treintena. Aún me duele la espalda del viaje durante días en el suelo de aquel viejo vagón de tren. Vuelvo a oler a humo, y mis ojos están contemplando uno de los espectáculos más aterradores que se puedan ver. Aún así, permanecen fijos en el horizonte, estoicos, sin girarse. Debería estar aterrada. El agua gélida me acaba de salpicar la cara y ni siquiera me importa. Cuánto he cambiado. Noto el calor humano impregnado de miedo a mi alrededor. La barca no para de moverse y un hombre con el rostro invadido por la ira no deja de gritar órdenes. El hombre que está a mi lado acaba de empezar a vomitar. No lo conseguirá. Oigo a alguien que gimotea detrás de mí. No le auguro mucho futuro. Me asomo por la borda para ver mi rostro reflejado en las oscuras aguas y veo los aviones que nos están sobrevolando. Es muy posible que este sea mi final.
Mi nombre es Layla Romanova y ésta es mi historia.
20 de septiembre de 1942
Stalingrado
Cuando el bote con medio centenar de hombres llegó a la orilla del Volga, Layla fue la primera en desembarcar y pisar el suelo de Stalingrado. Frente a ella se disponían en hilera el resto de soldados llegados de todas las regiones del país para frenar el avance de los ejércitos nazis e impedir que Stalingrado cayera en manos enemigas definitivamente. La cola recorría un sucio barracón de madera donde un teniente vociferaba con ayuda de un cono metálico a modo de megáfono.
-¡El que lleva el fusil, dispara! ¡El que lleva la munición le sigue y cuando el que lleva el fusil muere, el que le sigue recoge el fusil y dispara!
A Layla le dieron un fusil, y no supo decir si aquello era bueno o no. Sólo sabía que tenía posibilidades de morir antes que el chico rubio que la seguía con un cargador aferrado en su mano izquierda. Tras el barracón de las municiones, comenzaba una trinchera que discurría sobre una colina y que se dirigía al centro de Stalingrado. Los soldados soviéticos corrían por allí bajo la lluvia de bombas que estaba lanzando la aviación alemana en aquel preciso instante. Muchos hombres se habían quedado agazapados en las trincheras, con la esperanza de salir con vida de aquel infierno. Layla no se detuvo allí, puesto que siempre había creído que era mejor morir defendiéndose que llorando en una ratonera, así que se dirigió rauda hacia la salida, sin prestar atención a lo que estaba sucediendo a su alrededor, y con el muchacho rubio pisándole los talones. Vio cómo la trinchera comenzaba a elevarse y abrirse mientras se internaba en la ciudad. Delante de ella había un buen número de hombres apostados bajo el cobijo de un edificio semiderruido mientras un oficial les hacía señales a los que salían de la trinchera y les ordenaba que se desplegaran en línea junto a las ruinas.
-¡Camaradas!. ¡Al otro lado de la calle nos espera el ejército fascista. Stalin acaba de ordenar que ningún civil abandone la ciudad, así que no daremos ni un paso atrás!
Algunos soldados, los más veteranos, vitorearon a su oficial, pero la mayoría no dijo nada y se limitó a permanecer agachada contra los edificios para evitar las balas enemigas. Finalmente, el oficial dio una orden y los soldados abandonaron su refugio para comenzar una carga por la calle, liderados por un hombre que ondeaba orgulloso la bandera del ejército rojo. Más de la mitad de los soldados cayeron en la primera ráfaga de fuego enemigo. Los pocos supervivientes trataron de buscar cobijo entre los edificios que aún conservaban algún muro en pie. Layla se arrodilló bajo una fuente de piedra que parecía lo suficientemente fuerte como para aguantar las embestidas enemigas. Su compañero también había salvado la vida y se agazapaba junto a ella, tendido en el frío suelo de Stalingrado.
-¡Dispara, maldita mujer! -le gritó. -¡Dispara de una vez!
Layla no había tenido nunca un arma entre sus manos, así que tuvo que hacer memoria y recordar las lecciones que les había dado el instructor durante el viaje en tren. Cogió el fusil con ambas manos y se lo apoyó en el hombro. Apretó el gatillo sin casi apuntar y se sobresaltó con el sonido del disparo. A unos sesenta metros de distancia, un soldado nazi se llevo las manos al pecho y cayó al suelo.
-¿Dónde aprendiste a disparar así? -le preguntó su compañero.
-Es mi primer disparo. -contestó Layla mientras recargaba y apuntaba a otro enemigo.
Apretó el gatillo y vio cómo otro soldado caía desplomado.
-¡La ametralladora! -gritó el rubio. -¡Dispara a los de la ametralladora!
Layla se giró instintivamente en un ángulo de 45 grados hacia la izquierda y aparecieron dos soldados enemigos en su campo de visión, agachados tras una elevación del terreno y con una ametralladora posicionada sobre un trípode que estaba escupiendo fuego y causando auténticos estragos entre las filas rusas. Layla disparó y una bala atravesó el ojo derecho del artillero. Recargó y abatió también al que sostenía la munición.
Sin la oposición de la ametralladora, el ejército soviético pudo avanzar hasta una posición más segura. Layla le extendió la mano a su compañero.
-Más balas.
El muchacho se las dio. Aún se estaba preguntando de dónde había salido aquella mujer pelirroja, cuando ésta ya había abatido a otro soldado nazi. La chica disparaba con una facilidad asombrosa y con un arte melódico se sumergía en un baile de destrucción. Una enorme explosión hizo saltar por los aires un edificio cercano, junto con varios camaradas. Layla se irguió por encima de la fuente para vislumbrar a su enemigo, pero el chico rubio la agarró de la cintura y la arrastró al suelo.
-Son panzers. Hay que salir de aquí de inmediato.
Dos vehículos blindados habían doblado una esquina en la lejanía y se acercaban hacia ellos destrozando los adoquines de la calle. El rubio le señaló a Layla un agujero en el suelo y ambos corrieron hasta él, para internarse en el sistema de alcantarillado. A pesar de no contar con ningún sitema de iluminación, había muchos tramos derruídos y que daban al exterior. Los dos compañeros lograron huir sin dificultades del campo de batalla.
Corrieron durante casi media hora, todo lo que sus fuerzas les permitían. El chico rubio se había quedado algo retrasado y cuando salió del alcantarillado, vio a Layla sumergida hasta las rodillas en un riachuelo.
-¿La ves? -le preguntó Layla
-¿A quién? -preguntó el rubio mientras miraba a su alrededor, temeroso de que hubiera enemigos en la zona.
Layla no le contestó y siguió contemplando las aguas en las que estaba metida. Las aguas que no la reflejaban a ella. No reflejaban ni el humo del cielo ni los edificios derruidos, ni a ella misma, hundida hasta la rodilla. En vez de eso, Layla vio un prado de bella de noche, que rodeaba un río junto al que estaba una pequeña chiquilla pelirroja que la estaba mirando. La niña le dijo algo que Layla no pudo oir, mientras un perro saltaba a su lado y luego echó a correr, alejándose hacia una casa de madera que yacía bajo la ladera de una montaña.
El reflejo de la nicha desapareció del agua y Layla volvió al mundo real. Volvió a escuchar las explosiones y a ver el humo negro sobre el cielo de Stalingrado.
EN LA ACTUALIDAD
Mar de Weddell
Círculo polar antártico
El objeto metálico que emergió del agua atravesó la capa de hielo con bastante facilidad y se quedó parcialmente encajado con el retroceso. Una esclusa se abrió hacia afuera con un chirrido y un hombre abrigado con un parka saltó a la placa de hielo y nieve. Metió sus manos por la esclusa y sacó una bolsa de tela que arrojó al helado suelo tras coger unos prismáticos de su interior. Observó el horizonte en todas las direcciones. Un mar de hielo le rodeaba y no había ni una nube en el cielo. Soltó una maldición y volvió a mirar otra vez. No había rastro del equipo de rescate. Sintió cómo el hielo comenzaba a crujir bajo sus pies y se introdujo de nuevo en la esclusa para volver a salir con una persona a la que se cargó sobre sus hombros. Comenzó a alejarse del objeto metálico mientras trozos de hielo se elevaban tras él y se comenzaban a hundir. Volvio a sacar los prismáticos y atisbó el horizonte sin parar de correr. Vio cómo dos helicópteros se acercaban por el cielo. Tropezó y cayó al suelo. El otro cuerpo quedó tendido en el suelo, de espaldas, protegido del frío por otro parka. El hombre metió una mano al bolsillo y sacó una bengala que encendió y la lanzó a varios metros. Tras él, vio cómo el objeto metálico se hundía y las grietas del hielo avanzaban en su dirección. Arrastró el otro cuerpo, que permanecía inmóvil, hacia el humo rojizo que despedía la bengala y dejó un reguero de sangre sobre la nieve. Cuando los dos helicópteros aparecieron ante él, se sentó en el hielo junto al otro cuerpo ensangrentado.
Uno de los helicópteros se aventuró a posarse sobre el hielo y un grupo de hombres vestidos con uniformes militares se acercó a él.
-¿Dónde está el resto de la expedición? -preguntó uno de los soldados.
-Sólo quedamos nosotros dos -le contestó el hombre del parka, mientras buscaba algo en uno de los bolsillos, una pequeña cartera que entregó al soldado. Éste la abrió.
-Le sacaremos de aquí, agente Mulder.
Mulder se agachó sobre el cuerpo que permanecía tendido en el suelo y le quitó el gorro del parka para dejar al descubierto el rostro de Dana Scully.
-Ha recibido dos impactos de bala en el pecho. Tienen que llevarla a un hospital urgentemente.
-No creo que puedan hacer mucho, señor. -replicó el soldado.
-¡He dicho que se la lleven, ya! -le gritó Mulder.
Dos soldados se acercaron con una camilla a la que subieron el cuerpo de Scully y se la llevaron hacia el helicóptero.
-¡Hay algo más! -les gritó Mulder para hacerse oir por encima del ruido de los rotores. -¡Tienen que ponerla en cuarentena. Es posible que esté infectada por un virus extraterrestre!
UN MES ANTES
19:25
150 Km al este de Harmony
Maine
Alice apagó el televisor con rabia y lanzó el mando contra el sofá. Oyó que la volvían a llamar y no le quedó más remedio que ir a la cocina, donde su madre estaba terminando de preparar la cena.
-No tengo hambre -dijo Alice acercándose a la mesa, de donde cogió un sandwich.
-¿A donde te crees que vas? -le preguntó su madre.
Alice abrió la puerta que había en el otro extremo de la cocina y salió al porche de madera. Respiró el aire puro del campo mientras escuchaba a su madre gritarle algo. Sólo tenía 12 años y cada día era más rebelde, a ojos de su madre, claro. Alice hizo caso omiso y se internó en el prado de bella de noche que rodeaba la casa. Corrió entre las flores, que le hacían cosquillas en sus piernas desnudas y llenas de arañazos. El sol se estaba poniendo y el ambiente era cada vez más fresco, pero era un frescor agradable. Alice saltó una antigua valla de madera y se acercó al viejo álamo que tendría más de mil años. Se sentó en el suelo y devoró el sandwich en menos de 1 minuto. Si su madre la hubiese visto, seguro que la hubiera regañado por ello. Se limpió las manos de grasa entre la hierba y caminó hacia el riachuelo que en primavera podía llegar casi hasta los pies del álamo. Aquellas aguas eran las más cristalinas que había visto jamás, y eran capaces de reflejarlo todo. Se quitó los zapatos y se metió en las frías aguas. Aquello siempre le había parecido desagradable a su madre, pero a ella le gustaba. El agua nunca estaba tan fría como parecía. Caminó por el riachuelo hasta que el agua le sobrepasó ampliamente los tobillos y la obligó a remangarse la falda del vestido. Contempló su reflejo en el agua. le gustaba ver el agua teñida de rojo, reflejando el crepúsculo, pero ese día el agua parecía más oscura de lo habitual. Vio su cuerpo reflejado en el agua, y ningún tono carmesí la rodeaba. Vio una columna de humo y se asustó. Levantó la cabeza al cielo. ¿Había un incendio en alguna parte?. Pero el cielo estaba inmaculado, rojizo, precioso. Volvió su vista al agua. Allí estaba ella, con sus cabellos pelirrojos ondeando al viento y con un arma en la mano... ¡Un momento! Aquella mujer no era ella. Era mucho más mayor y tenía la ropa manchada de barro. Sostenía un rifle en la mano y una columna de humo se alzaba tras ella por el cielo. Aquella mujer estaba en peligro y parecía que sufría mucho. Lo veía en sus ojos. Alice lo sabía y trató de advertirla. No supo muy bien qué le gritó a la mujer del lago, cuando el agua comenzó a ondular y salpicarla
-¡Spark! ¿Qué haces aquí?
El viejo pastor aleman ladró al lado de Alice, mientras la salpicaba. Alice le agarró de la correa y ambos salieron del agua. Volvió a mirar al río, pero la misteriosa mujer del agua había desaparecido. Alice recogió sus zapatos que estaban sobre un tronco de la orilla y acarició el suave pelaje de Spark.
-Volvamos a casa.
Alice corrió descalza sobre el prado, en dirección a su querida casa de madera.
23:08
Northwest Harbor
Baltimore, Maryland
El equipo de asalto del FBI tomó posiciones tras unos almacenes de madera donde reposaban las viejas locomotoras que antiguamente eran las encargadas de tirar de los vagones que se descargaban en el puerto industrial de Baltimore. Los hombres, vestidos de negro y portando rifles de asalto, se distribuyeron por el interior de uno de los almacenes. Ante ellos se dibujaba la silueta de un portón de madera, que daba a un viejo edificio anexo al almacén, y que separaba a éste de las sucias aguas de la bahía. Se separaron y cubrieron aquel portón desde diversos ángulos, apuntándolo con sus rifles. Era la única salida del edificio anexo. Uno de los hombres que estaba apostado tras un montón de palés de madera sacó una radio.
-Tenemos cubierta la salida. Esperamos su orden, agente Scully.
En un almacén contiguo, el FBI había instalado su base de operaciones. Sobre una gran mesa habían dispuesto un carísimo equipo informático. Mulder estaba sentado, con unos auriculares puestos y escribiendo algo en una libreta, mientras hablaba por un teléfono conectado a un equipo de grabación. Scully le dijo por radio al teniente Smith que esperasen a su señal y se puso el chaleco antibalas. Se acercó a Mulder, que seguía hablando por teléfono con aquel hombre.
-Vamos a entrar -le dijo
-No me parece una buena opción en estos momentos -dijo Mulder tapando el auricular. -Estoy progresando. La soltará. Dame 5 minutos más.
Scully se acercó al técnico que estaba sentado al otro extremo de la mesa con un ordenador portátil y le dijo que activara los altavoces. Quería oir la conversación entre Mulder y aquel individuo.
-Ambos sabemos que no quiere hacerle ningún daño a la pequeña, señor Markaida. -dijo Mulder.
-Claro que no le haré ningún daño -se oyó la voz de un hombre nervioso por el altavoz
Mulder escribió nerviosismo en su libreta.
-¿Y por qué no la suelta y terminamos con esto? -preguntó Mulder
-¡No puedo hacer eso!¡Debo protegerla! -gritó el hombre
Mulder anotó paternalismo en su libreta. La punta de su lapicero se rompió.
-¿De quién debe protegerla? Sólo tiene diez años, señor Markaida. No creo que tenga muchos enemigos. -dijo Mulder mientras cogía otro lapicero, y ante el silencio que se creó al otro lado de la línea, anotó inseguridad.
-Debo protegerla de ellos -contestó Markaida con solemnidad. -No dejaré que se la lleven.
- Usted no es muy distinto de ellos. Usted la secuestró.
- Yo la estoy salvando -dijo Markaida, y colgó.
Scully se acercó a Mulder y le puso una mano sobre su brazo.
-Mulder, tenemos que entrar. Hace dos días que la secuestró. Ni siquiera sabemos si la retiene ahí. Si la tiene escondida en otra parte y no la encontramos pronto es muy posible que muera deshidratada.
-La tiene aquí, Scully -contestó Mulder. -Está con ella.
-Mulder, no ha dejado que se pusiera al teléfono. No la tiene aquí. Vamos a entrar.
-Si entramos la matará. Sufre paranoia obsesiva -dijo Mulder mientras señalaba las notas que había tomado durante la conversación telefónica.
-No me quedaré cruzada de brazos... -comenzó a decir Scully, pero una luz blanca que entraba por una ventana que daba a la bahía la deslumbró.
-¿Qué demonios es eso? -preguntó el agente especial Kyle a nadie en particular, pero nadie le supo contestar.
-Pensaba que tenía cerrado el muelle, agente Kyle -le recriminó Scully
-Las patrulleras han cortado el tráfico marítimo hace una hora. le aseguro que nada puede navegar por estas aguas.
La luz se hizo más intensa y pronto lo inundó todo. Mulder cogió el teléfono y empezó a marcar un número. La luz se fue tan pronto como había venido y todo quedó en calma.
-¿Teniente Smith? -preguntó Scully por radio.
-Creí que teníamos la zona acordonada -contestó el teniente Smith. -Habrá sido un helicóptero de la guardia costera. Se creen una panda de vaqueros. El muy cabrón volaba bajo. Estamos listos para entrar cuando lo ordene.
-Vamos a esperar -le dijo Scully. Si Mulder tenía razón, no podían arriesgarse a entrar.
Mulder permanecía con el teléfono descolgado. Daba tono pero nadie cogía al otro lado. Cuando estaba a punto de colgar, Markaida descolgó.
-¿Señor Markaida? -preguntó Mulder
-Se lo advertí. Intenté ayudarla -contestó con voz débil.
Mulder miró a Scully.
-Ya no tiene a la niña.
-¿Qué? -preguntó atónita Scully. -Pero si acabas de decir que...
-¡La niña ha desaparecido! -gritó Mulder mientras corría hacia la puerta del almacén. Scully le siguió y otros 2 agentes del FBI hicieron lo mismo. Scully corría con la radio en la mano.
-¡Vamos a entrar! -gritó.
Salieron al exterior, tenuemente iluminado por las farolas del muelle y se dirigieron hacia el almacén contiguo, donde les aguadaba el comando del teniente Smith. Al verles entrar, dio un par de órdenes a sus hombres, que cargaron sus rifles con unos suaves cliqueos. Smith se acercó con sigilo al portón de madera, flanqueado por dos hombres que iban agachados. Scully y Mulder fueron tras él. Se situó junto a la puerta y colocó una débil carga explosiva para soltar el cerrojó. Contó hasta tres y el cerrojo estalló. Abrieron el portón de un empujón y entraron.
-¡Agente federal! ¡Tire el arma! -gritó Scully mientras dos hombres la cubrían con sus rifles e iluminaban el interior con sus linternas.
Avanzaron por un estrecho pasillo que daba a un viejo despacho, donde Markaida yacía contra una pared, vestido con una camiseta sucia y pantalones rotos.
-¡No se mueva! -le gritó Scully mientras le apuntaba con su arma.
Dos hombres se acercaron a él y le inmovilizaron. Junto al despacho se veía la entrada de un cuarto de contadores. Scully entró. Era un cuarto sin ventanas y dentro no había nadie. El edificio no tenía más salidas. Scully pisó algo en el suelo y se agachó. Recogió una pulsera de plástico rosa, con una flor dorada grabada en ella.
-Es la pulsera de Sarah -le dijo Scully a Mulder cuando éste se acercó.
-El cuarto no tiene ventanas -observó Mulder. Salió del cuarto y se dirigió a Markaida, al que agarró de la camiseta y lo empujó contra la pared.
-¡¿Dónde está?! -le gritó Mulder, y le volvió a empujar contra la pared.
-¡Se la han llevado!
-¡Mientes!
Dos hombres le agarraron por detrás y le separaron de Markaida.
-¡Has estado jugando conmigo! -gritó Mulder mientras le señalaba con el dedo -¡Ella no estaba aquí!
-¡Mulder, tranquilízate! -le gritó Scully cuando llegó a su lado.
Mulder se relajó por un instante. Vio cómo se llevaban a Markaida esposado. Se volvió a abalanzar sobre él.
-¡Maldito cabrón!
-¡Mulder! -Scully le agarró de la chaqueta y le dio la vuelta para mirarle a los ojos. -¡Ella no es Samantha! -le gritó a la cara.
Mulder no dijo nada. Permaneció allí de pie, en silencio.
-Estás obsesionado con estos casos... con la desaparición de tu hermana. Esto no es un expediente X
-Puede que sí lo sea. -dijo una mujer que acababa de entrar por el pasillo.
Scully se volvió para encontrarse con Diana Fowley. Era la nueva agente que habían incorporado hacía tres meses tras la reapertura de los expedientes X. Fowley había sido fundadora de los expedientes X, junto con Mulder, nada más abandonar la academia. Scully intuía que Mulder y Fowley habían tenido algún tipo de relación sentimental en el pasado, pero nunca hablaban de ello. Abandonó a Mulder y a los expedientes X hacía más de 6 años para trabajar en Europa y Scully desconocía por qué había vuelto. En estos tres meses sólo había sacado en claro una cosa. Fowley no le caía nada bien y su rostro permaneció serio cuando ella apareció. Fowley les entregó unos documentos que Mulder y Scully comenzaron a ojear.
-¿Más secuestros? -preguntó Scully sin mucho interés.
-Algo más que eso. -contestó Diana Fowley. -Siete niñas de entre 10 y 12 años, desaparecidas en menos de un mes. Ocho, si contamos a la pequeña Sarah, que deduzco que no está aquí con vosotros. No se ha encontrado ningún rastro de ellas.
-La niña estaba aquí -dijo Mulder al fin, señalando al cuarto de contadores.
-Ese cuarto no tiene ninguna ventana y el edificio sólo tiene una salida -puntualizó Scully.
-Tiene que haber alguna explicación, Scully. -continuó Mulder. -Quizás algo que pugne con lo racional. Algo que no sea fácil de etiquetar o clasificar.
Mulder se alejó pensativo y Scully se quedó a solas con Fowley.
- El director adjunto Skinner quiere un informe detallado de la operación de esta noche.
-Dile que lo tendrá mañana a primera hora en su despacho -dijo Scully
-Dice que lo quiere inmediatamente.
-Pues empieza a escribir, Diana. Tú eres la nueva.
Scully se quitó su chaleco antibalas y lo dejó caer en el suelo. Sin decir nada más, abandonó el edificio y se dirigió a su coche.
