El plan brillante sale bien, más o menos
-¿Se puede saber qué quieres tú? -protestó Sparks al borde del colapso-. ¡Haz la cola como todo el mundo, controladora de parquímetros!
-Disculpe, señor, pero en realidad soy policía -dijo la coneja levantándose un poco el chaleco de controladora para hacer visible la placa.
Nick no estaba seguro, pero creyó que Sparks empalideció ante esa información.
-En fin, ¿saben sus señores clientes que sus helados contienen pelos y mocos de trompa? -preguntó la coneja con tono casual.
Todos miraron al heladero con asombro, e incluso se oyó alguien que había escupido en el interior del local.
-¿Qué...? ¿Qué quiere decir? -farfulló Sparks.
-Bueno, no quiero ocasionarle problemas -continuó ella con el mismo tono ligero-, pero servir sin guante de trompa es una violación de clase 3 de la Normativa de Salud Pública.
Se oyó un gemido, y rápidamente el elefante que atendía la barra se metió corriendo en la trastienda.
-Pero -añadió rápidamente la coneja-, podemos dejarlo en una amonestación si usa guantes para la trompa y, no sé, si le vende a este amable padre y su hijo... Perdone, ¿qué era?
-Un súper-polo -se apresuró a contestar Nick-. Por favor -añadió.
El elefante puso los ojos en blanco, pero gruñó:
-Quince dólares.
-Muchísimas gracias -dijo Nick-. Gracias -repitió dirigiéndose a la coneja. Tuvo que esforzarse en no desviar la vista al repelente-. Es usted encantadora.
-Ay, bueno, bueno -la coneja hizo un gesto de despreocupación con las manos, pero Nick notó que se había ruborizado.
Ahora venía la parte más difícil, pero Nick sospechaba que ya tenía a la conejita en el bote. En efecto, cuando fingió que se había olvidado la cartera y Finnick sollozó un par de veces más, la coneja cayó en la trampa de pleno y les compró el helado.
-Muchas gracias -le dijo Nick mientras salían de la heladería. Con sus brazos sujetaba el gigantesco polo de fresa, que se alzaba sobre ellos dos o tres metros por encima-. Raramente me encuentro con gente con una actitud tan comprensiva.
La coneja empezó a patalear en el suelo.
-¡Oh, me da tanta rabia que la gente tenga una actitud tan intolerante hacia los zorros! -exclamó-. Yo creo que es usted un... un padre genial y un tipo estupendo, de verdad.
-Se lo agradezco profundamente -dijo Nick-. Agente...
-Hopps -respondió la coneja extendiéndole la mano-. Señor...
-Wilde. Nick Wilde -dijo él, estrechándosela. Luego dirigió su vista a Finnick-. Saluda a la señora agente, hijo. Ella es la que te ha comprado el helado.
Finnick se acercó a la coneja dando saltitos y se estiró de la trompa. Los ojos de Hopps se abrieron con adoración.
-Eso es, pequeñín - le dijo con ternura-. ¿Quieres ser un elefante cuando crezcas? Entonces sé un elefante. Porque esto es Zootopia, donde cualquiera puede ser lo que quiera -entonces la coneja sacó una pegatina de su bolsillo y se la pegó en el disfraz de elefante.
Nick consultó el reloj que había encima de la estación de metro y maldijo entre dientes. Tenían que darse prisa.
-Bueno, agente Hopps, un verdadero placer. Vamos a casa, campeón, para que te puedas comer tu helado de cumpleaños.
Finnick volvió a darle la mano y dejaron a la conejita en la tienda de helados, saludándolos con entusiasmo y visiblemente emocionada por el pequeño discursito que le había soltado a su socio.
«Madre mía», pensó Nick con desagrado. Ahora que lo pensaba, había oído vagamente en las noticias que una tal Judith L. Hopps se había convertido en la primera coneja en acceder al Cuerpo de Policía de la ciudad. Pues tres hurras por ella. Otra soñadora crédula que terminaría con sus ridículas aspiraciones por los suelos.
Nick tuvo ganas de rechinar los dientes. Ya se la imaginaba, haciéndose la tolerante y pontificando por la igualdad entre especies y por el fin de los estereotipos, pero luego yendo con un repelente antizorros colgado del cinturón, la muy hipócrita.
Nick revolvió la cabeza, tratando de olvidar a la irritante conejita. Tenía otras cosas que hacer.
Por lo demás, el resto del día transcurrió satisfactoriamente. Nick derritió el súper-polo en un tejado de tejas de Plaza Sahara y luego lo volvió a congelar en pequeños cubitos de helado rojo en una explanada de nieve en Tundratown. Así, llegó a las dos en punto al Lemming Brothers Bank justo para el cierre de la Bolsa de mediodía y vendió los nuevos "Pata-polos" a los ejecutivos hámster que salían en fila india a tomar el aire. Después, Nick y Finnick recogieron los palillos de helado y los vendieron haciéndolos pasar por madera a una empresa constructora que estaba erigiendo edificios de viviendas en una barriada de roedores.
En total, ochenta dólares que se repartió a partes iguales con Finnick. No estaba nada mal.
-Que bien sienta llevar pañales, ¿eh, machote? -dijo mientras Finnick se sacaba el disfraz y se metía en la furgoneta-. Oye, ¿no le vas a dar un besito a papi?
Finnick lo miró furioso a través de la ventanilla del conductor mientras cerraba la puerta.
-Dame un beso y te arranco las orejas de un bocado -ladró. Luego se puso sus gafas de sol y encendió el motor-. Ciao.
La furgoneta de Finnick se alejó calle arriba. Nick negó con la cabeza, sonriendo, y se palpó el bolsillo derecho con satisfacción.
Todo había salido perfecto, como siempre. Ya habían pasado muchos años desde que había empezado a dedicarse al lucrativo mundo de las estafas, pero aun así seguía sorprendiéndose a sí mismo por su destreza. De inmediato le vino a la mente la mirada de decepción de su madre, que siempre insistía en que uno podía ser un zorro y a la vez vivir en Zootopia honradamente.
«Claro, pero de honestidad no se come, ¿verdad, mamá?», pensó. Él se limitaba a sobrevivir de la única manera que había visto posible.
Porque él también tenía un título, su madre le había obligado a sacárselo. Tenía una bonita licenciatura en programación informática que jamás le había servido para nada, porque la gente no confiaba lo suficiente en los zorros como para dejarles su ordenador. De modo que la única salida había sido entrar en el mundillo del crimen, porque era o eso o resignarse a la oscura existencia que su madre y él habían llevado durante años, siempre al borde de la miseria.
Aun así, Nick tuvo que extinguir con firmeza los remordimientos que empezaba a sentir. Estaba seguro de que habían surgido únicamente por culpa del estúpido sueño que había tenido anoche. Además, no quería que la culpabilidad le estropease el momento.
No hizo falta, porque justo entonces una voz muy aguda dijo:
-Muy bonito. Doy la cara por ti, y vas tú y me mientes.
