Arrastrando los pies y con Lucy, su jirafa de peluche, pegada a su pecho, frotaba sus ojos con su mano libre. Sopló, haciendo que su pelo, que estaba en su cara, volase para volver a caer en el mismo sitio.
-Buenos días, Zo –le deseó Kate cuando la vio aparecer por el pasillo. Caminó hasta ella y la cogió en brazos para, después, apartarle el cabello de su rostro. -¿Cómo has dormido? –le preguntó dándole un beso en la mejilla.
-Bien. –Respondió, recostándose en el hombro de su amiga. Rodeándole el cuello con uno de sus pequeños bracitos.
-Parece que la princesita sigue teniendo sueño –canturreó, Beckett. Caminando con ella hacia la cocina. La niña bostezó, provocando que Kate riese. –Eres una dormilona. –Se burló, haciéndole cosquillas.
XXX
Kate, aprovechando que sus padres estaban jugando con los niños en casa del escritor y que, si necesitaban algo, ellos los ayudarían, había decidido dar una vuelta por los establos. Y, quizás, dar un pequeño paseo a caballo.
Estaba acostumbrada a hacerlo cada día, si no casi todos. Era una mujer activa, necesitaba hacer deporte, correr, boxeo, montar a caballo, nadar,… lo que fuese que implicase ejercitarse.
Y sí, en casa de los Castle era un no parar, sobre todo, con el patriarca de la familia. Era el que más trabajo le daba y no, precisamente, por ser el que estaba convaleciente. Pero no era lo mismo.
Cerró los ojos cuando una brisa golpeó su cara.
Varios pasos más y entraría en su destino.
Frunció el ceño cuando notó como los empleados que se estaban encargando de limpiar las cuadras, se habían callado al entrar ella, mirándola con los ojos entrecerrados antes de volver a su tarea.
-Hola –los saludó. Pero solo recibió algún que otro saludo y malas caras. -¿Todo bien? –inquirió, extrañada. Volvieron a mirarla y escuchó un secó "sí" desde el fondo del establo. Llevó sus manos a su cintura, observando a todos. No dijo nada más. Se dirigió hasta el caballo que siempre utilizaba, ese que Mike le había regalado años atrás.
Miró por encima de su hombro cuando el murmuro de susurros entre sus compañeros, llegó hasta sus oídos.
-¿Algo que queráis compartir? –preguntó, al darse cuenta de que ella era el tema de los murmullos.
-Nada. –Dijo Bastian. Un hombre mayor que ella. –Solo que parece que el cambio de dueño te ha venido bien. –Se encogió de hombros. –Te ha sacado del trabajo duro, ¿eh? –sonrió de lado, mostrando sus amarillos dientes por culpa del tabaco, y del poco uso que le daba al cepillo de dientes.
-Estoy ayudándolo, necesitaba que alguien lo hiciera. Volveré dentro de unos días, cuando pueda volver a valerse por sí mismo.
-Ya –ironizó. –Seguro que tiene guardado otro trabajito para ti, si ya nos avisó Hannah. La echó para que tú ocupases su lugar.
Kate arqueó una ceja y dejó la silla del caballo en el suelo para estrechar la distancia con Bastian.
-¿Qué estás insinuando? –le espetó.
-Yo no insinuó nada. Solo digo lo que me dicen y que parece ser verdad. –Se encogió de hombros sin retirar los ojos de lo de su compañera de trabajo. No iba a dejarse intimidar por mucho carácter que supiese que Beckett tenía.
-¿Ah, sí? ¿Y qué te dicen? –Dio un paso más hacia él.
-Pues la verdad. Que Castle te quiere en su cama y que lo está consiguiendo. Que solo es cuestión de unos días, a que pueda valerse por sí mismo. –Repitió las palabras de ella. –Ya sabes. –Movió las cejas arriba y abajo.
-¿Qué cojones estás diciendo? ¿Qué parte de que solo lo estoy ayudando no has entendido?
-Bueno,… solo me he limitado a decirte lo que se rumorea por ahí. Tú me lo has pedido. Además,… se suponía que no lo aguantabas y que lo odiabas. –Chasqueó la lengua. –Tal vez,…
-Tal vez, ¿qué? –gritó, apretando sus puños, notando cómo sus uñas traspasaban la piel de sus palmas.
-No sé, te ofreció algo. O como el viejo no os dejó la finca como herencia, como pensabais… queréis conseguirla de otra forma –Kate no lo dejó decir nada más. Golpeó con fuerza su mano contra la mejilla de aquel hombre que hasta el accidente de Richard había sido un buen compañero y habían tenido una buena relación de trabajo.
-¡No vuelvas a insinuar nada de eso! –Observó a los demás con rabia. -¿Cómo podéis pensar eso? Creía que nos conocíais.
Beckett salió de allí deprisa. Volviendo sobre sus pasos para dirigirse a la casa de su jefe.
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-Kate, hija –la llamó su madre cuando la vio entrar agitada por la puerta, pero esta solo levantó la mano y siguió andando.
Ian y Zoey levantaron la vista de los dibujos que estaba haciendo para observar, pero Jim volvió a hacer que se centrase en el papel que tenían delante. Era un regalo para su papá.
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-¡Kate! –exclamó un sorprendido Rick. –Pensé que ibas a dar una vuelta a caballo.
Su empleado ignoró sus palabras.
-Renuncio, dimito, lo dejo,… lo que sea, pero no voy a seguir cuidándote.
-Eh… mmm… ¿qué? –tartamudeó, confundido.
-Que te busques a otra para que te ayude y lo que sea que quieras más. Yo lo dejo. Vuelvo a mi trabajo de antes.
-Pero… ¿qué ha pasado? –inquirió, todavía sin comprender lo que pasaba.
-Pasa que no quiero seguir con esto. No quiero seguirte el juego. No quiero que se siga cuchicheando de mí. No quiero que digan que…. –resopló. –Búscate a otra. –Se giró, marchándose sin darle tiempo a responderle e ignorando sus llamados.
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Salió de la casa sin decir nada. Johanna fue detrás de ella pero solo consiguió que su hija le pidiese que la dejara sola.
Cuando la señora Beckett entró, se encontró con Jim ayudando a Richard a sentarse en el sofá. Por lo visto, se había levantado solo.
-Rick, ¿qué ha pasado? ¿Por qué estaba mi hija así?
-No lo sé, Johanna. Solo me ha dicho que ya no me va a ayudar más pero no me ha dicho por qué. Ha dicho algo sobre que no quiere que sigan murmurando sobre ella y cosas que no he entendido.
Johanna se llevó la mano a la frente, apartándose el flequillo mientras su mente iba a mil por horas. Elaborando posibles teorías sobre lo que había pasado.
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Esa noche fue la señora Beckett la encargada de hacerles la cena y acostar a los niños por mucho que ellos pedían por Kate, sobre todo Zoey que no quería dormirse hasta que su amiga le diese el beso de buenas noches. Así que, Johanna tuvo que decirle una pequeña mentirijilla para que no siguiese empecinada en que su hija fuese a verla.
-Gracias, Johanna. –Le agradeció un apenado Castle.
-No hay de qué, Rick. ¿Necesitas algo más? –preguntó, suspirando.
-No, gracias. Puedes irte a dormir. –Sonrió levemente.
Cuando esta se hubo ido, cerró los ojos mientras pensaba en lo que había ocurrido con Kate.
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Al día siguiente, ya más calmada, Kate miró hacia la casa de los Castle con algo de remordimiento. Ellos no tenían la culpa de lo que los demás iban diciendo. Vale, Rick podría tener algo en eso de que quería meterla en su cama pero sus hijos… Ian y Zoey no tenían nada que ver en todo ese lío.
Y solo pensar que cuando se levantaran nadie les iba a preparar el desayuno, sentía un malestar en su pecho.
Sacudió la cabeza y se obligó a pensar en otra cosa. Tal vez, Castle, ya había encontrado una sustituta.
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Saludó con un "buenos días" a los compañeros con los que se encontró de camino al lugar donde ordeñaban a las vacas. Eso, era lo primero de lo que ella solía ocuparse cada mañana.
Algunos las miraban sorprendidos de volverla a ver por allí, sabiendo que su jefe aún no estaba recuperado del todo. Pero ninguno dijo nada. Se habían enterado de la pelea que había tenido con Bastian el día antes. Y, supusieron, que esa era la razón de que, Kate, anduviese por allí.
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Sin embargo, Rick, no había encontrado a nadie que lo ayudase, además, quería hablar con Kate. Tenía que saber qué había pasado para que ella reaccionase así. Sabía que había algo detrás y no iba a quedarse tranquilo hasta que no lo supiera.
Cuando Jim fue a ayudarlo esa mañana con el desayuno, pues Johanna se marchaba más temprano para su trabajo en el colegio de la escuela, era una de las encargadas del aula matinal para que los padres de sus alumnos pudiesen ir a trabajar, se encontró con Castle en la cocina, intentando prepararles el desayuno a sus hijos que no paraban de darle prisa.
Sus pasos y movimientos eran muy lentos y, ellos, tenían hambres.
Rick había estado esperando un rato por Kate. Esperaba a que apareciese, pero no había sido así.
-Déjame que te ayude. –Le dijo, haciendo que se sentase.
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-Kate –dijo Zoey abrazándose a las piernas de su amiga desde atrás.
Con cuidado de no caerla, Beckett, se giró entre los pequeños brazos de la niña. Sintió una pequeña punzada en su pecho cuando se encontró con la sonrisa de Zoey. A pesar de haberse desentendido de ella, la pequeña la seguía mirando con esa gran devoción de siempre.
-Hey, Zo. –Se agachó en frente de ella, agarrando sus manitas.
-¿Por qué no has venido hoy? –le preguntó. –Es porque ¿tenías que hacer eso que me dijo tu mamá?
Sonrió con algo de culpa y asintió sin ni siquiera saber qué era eso que supuestamente había estado haciendo.
-¿Ya no lo tienes que hacer? ¿Esta noche me vas a dar el besito de buenas noches? –inquirió, ilusionada.
Beckett desvió su mirada y se mordió el labio sin saber qué responder. Su corazón le decía una cosa pero su cabeza…
En ese momento, vio pasar a Bastian y la ira volvió a su cuerpo.
-Kate –dijo la pequeña, poniendo una de sus manitas en su mejilla. Cuando sus ojos se volvieron a encontrar, la niña le sonrió mostrándole sus diminutos dientes de leche.
-No lo sé, pero ¿qué te parece si vamos a nuestro secreto? –le susurró la última palabra en el oído y la niña aceptó, sonriente.
