Los personajes de Candy Candy pertenecen únicamente a Kyoko Mizuki y Yumiko Igarashi, esta versión del final ha sido hecha sin fines de lucro y por motivos de entretenimiento.
Por el momento debíamos llegar a Francia; tardamos en cruzar alrededor de una hora, mientras tanto disfrute el breve paseo marítimo, sentí la salada brisa sobre mi rostro y pude extender mi mano para tocar el agua, nadie me juzgaba y aunque hubiese deseado que Pupe disfrutara de esto, ella prefirió mantenerse oculta dentro de mi abrigo, tanta agua la intimidaba.
Al tocar tierra comenzamos a pedir raite entre los locales que fueran rumbo a donde yo me dirigía, pocos se detenían y otros más a apenas y se giraban a verme, supongo que mi aspecto no les inspiraba mucha confianza.
Al ver que nadie se detenía por nosotros, comenzamos a caminar bajo el fuerte sol de la mañana. Pronto mi estómago comenzó a gruñir y me di cuenta que después de todo si había olvidado algo, los bocadillos…
Nos detuvimos para descansar un poco y entonces un amable anciano se ofreció a llevarnos en su carreta, el paso de las mulas era lento, pero por lo menos no teníamos que seguir caminando.
A pesar de estar tan cansados Pupe todavía tuvo energías para jugar entre la paja de la carreta y fue entonces cuando descubrió que en una de las esquinas había un puño de manzanas maduras…
Por suerte el anciano no se negó y nos obsequió un par para cada uno, por el momento el hambre estaba satisfecha.
Pronto nos vimos cruzando la frontera entre Francia y Bélgica, y para cuando iba llegando la tarde, nosotros también íbamos llegando a Gante.
Allí nos tuvimos que bajar, tampoco tenía sentido pedir raite nuevamente, era de noche y por lo tanto los peligros aumentaban. El cielo estaba completamente despejado y por esta razón se podían apreciar las estrellas titilantes en lo alto, sería una buena noche para dormir a la intemperie.
Caminamos un poco buscando alguna tierra de nadie para descansar, entonces divise algo que seguramente Candy amaría…
…Candy…
Me reprendí nuevamente al pensar en ella.
A lo lejos se divisaba bien una pequeña colina, llena de pasto fresco y algunos árboles en su cima, si debía dormir en algún sitio, debía ser allí. Animé a Pupe para que corriera conmigo y pronto llegamos a ella, me quite la mochila de la espalda y me dispuse a preparar la manta en la que dormiríamos, suspire… cuanto trabajo me estaba costando hacerme como si nada pasaba dentro de mí cabeza.
Al día siguiente nos despertamos con la suave brisa del alba, recogí las cosas que habíamos dejado tiradas y de nuevo retomamos el camino.
La distancia entre Bruselas y Fráncfort la recorrimos sin ningún problema, Alemania nos daba la bienvenida.
Luego siguió Austria, Hungría… Serbia y Bulgaria, incluso parte de Grecia, hasta que llegamos a Turquía.
Aquí comenzamos a notar verdaderamente las diferencias, ya no eran ni por cerca las mismas costumbres y mucho menos las religiones. Además de que, también la comunicación con George empezaba a ser un poco más difícil y seguramente empeoraría.
Conforme íbamos avanzando le enviaba un telegrama desde la ciudad por la que íbamos pasando, seguro se preguntó porque no escogí una ruta más corta.
Y aunque aquellos bellos países me tentaron para quedarme, yo hice acopio de todas mis fuerzas para continuar con mi camino.
Desde niño tuve el sueño de viajar y me recordaba a mí mismo juntando monedas de oro en mi ahorro personal. Gracias a esa vieja costumbre y a mi determinación, ahora mi sueño se volvía poco a poco más real.
De Turquía siguió Siria y Jordania, atravesamos Israel y pronto nos vimos en Tierras de Egipto… por fin estaba en África.
La sensación que sentí al estar en tierras africanas es simplemente indescriptible… alcé a Pupé con mis brazos para que pudiera ver el extenso territorio que no es esperaba…
Por ahora lo que seguía en la lista era conseguir provisiones suficientes para recorrer el desierto y por supuesto encontrar quien me llevara.
Con una buena cantidad de monedas alquilé una caravana de camellos y conseguí un equipo de guías que me ayudarían a cruzar el desierto sin ningún problema… o bueno, eso fue lo que les entendí.
La primera parada era El Cairo, esta mítica ciudad llena de momias y un sinfín de tesoros…
Habíamos salido al amanecer rumbo a esta ciudad, los pasos de mi camello me mecían, haciéndome más difícil desadormilarme, todos estos días habían sido muy cansados, pero sin duda habían valido la pena. Pupe estaba igual o peor que yo, porque sin poder evitarlo cayo rendida en un profundo sueño.
Es curioso que tanto aquí como en otros de los países por los que ya había pasado, la vestimenta varía mucho de la mía. Los hombres nativos de estas tierras visten unas largas túnicas, con turbantes que les cubren la cabeza, mientras yo por el contrario llevo pantalones y chaqueta…
No paso mucho tiempo hasta que a lo lejos divisamos el resplandor de aquella ciudad dorada… a pesar de estar en un sitio tan remoto los blancos, como yo… ya habían llegado a aquí.
Con tranquilidad nos dirigimos hacia las pirámides más próximas… lucen tan grandes e imponentes que parecen ser casi irreales… en nada se compara una fotografía de un libro que estar parado a unos metros de ellas y sentirte verdaderamente insignificante, con la gran incógnita de ¿cómo fue que lograron hacer esto en medio de la nada?
Íbamos a medio camino, caminando en medio de un infinito mar de arena, a solo dos noches de cruzar la frontera con Sudan cuando una terrible tormenta nos abrazó.
Este fenómeno de la naturaleza me resultaba tan extraño, siempre había visto ciclones y tormentas a causa de los huracanes, pero nunca algo tan siniestro como una enorme pared de arena que lo sepultaba todo a su paso, dejando solo oscuridad.
Luego de haber salido de El Cairo había cambiado mis ropas por unas más apropiadas, a fin de cuentas, ellos debían utilizarla por una buena razón; y conforme vimos como la tormenta se iba acercando corrimos a aglomerarnos, tratando de esta forma de protegernos, nos amarramos a las sillas de los camellos y yo por mi parte sujete con fuerza a mi mofeta.
Cuando la fuerte holeada se estrelló contra nosotros sentimos como cedíamos, no éramos nada ante eso. Resoplamos y tosimos, tratando de expulsar la arena de nuestros pulmones, en ese momento me di cuenta de que algo andaba mal… Pupe ya no estaba conmigo.
E intentando encontrar la forma de darme a entender con mis compañeros hable en árabe, pidiéndoles que me dijeran en donde estaba mi mofeta.
—¡Pupe! —grite con fuerzas una y otra vez, sintiendo que algo dentro de mí se hacía añicos… salte del lomo del camello y me tire al suelo, cavando y rasgando la arena intentando encontrarla.
—¡¿Dónde estás Pupe?! —grite una y mil veces más, pero no había respuesta…
Los demás como yo intentaron ayudarme, pero ella simplemente no aparecía…
Caí de rodillas sobre la arena… todo iba tan bien ¿Por qué habían resultado así las cosas?
Deje que mis lágrimas rodaran, pero estoy seguro que se evaporaron mucho antes de tocar el suelo…
Los demás habían detenido la búsqueda, para ellos mi mofeta no significaba nada, yo por el contrario continúe buscando, ella tenía que aparecer de alguna forma.
En eso, uno de los que me guiaba se acercó a mí extendiendo un bulto polvoso.
—Aquí está tu animal —le entendí y me lancé con fuerza para tomarlo.
Efectivamente era ella, pero su cuerpo estaba inmóvil… con desesperación comencé a presionarle el pecho intentando no ser tan brusco a la hora de hacerlo, y de un de repente todo a mi alrededor volvió a tener color, Pupé expulso una gran cantidad de arena por las narices… había estado cerca.
Luego de aquella terrible experiencia no volví a dejar que fuera sobre mi hombro, ahora iba resguardada dentro de una mochila que siempre traía sobre mi pecho, no me importaba que resultara estorbosa a veces, prefería estar seguro de que ella estaría a salvo.
Poco a poco fuimos dejando atrás el desierto y llegamos a Sudan del Sur, que ya tenía un poco más de verde en sus paisajes.
Aquí le dije adiós a mis guías, así como también al camello que durante días me había cargado sobre su lomo. Estaba fascinado con esos animales, sobrevivir al implacable desierto con apenas una poca cantidad de agua era de admirarse, pero también estaba consciente de que esas mismas habilidades aquí, ya no eran necesarias.
Al llegar a Uganda no me quede en la primera aldea con la que me tope, en algunos sitios era rechazado y en otros llamaba demasiado la atención; y es de esperarse, toda mi persona gritaba que soy diferente.
Además de que, ¿para qué quedarse en una aldea si podías estar conectado directamente con la naturaleza?
Mis antiguas expediciones en las montañas escocesas o en los verdes bosques de America en nada se comparaban con lo que ahora veía y tocaba.
Los matices de esta tierra eran tan diferentes e irreales que simplemente no había forma de asociarlos con alguna otra de mis aventuras. Sobre todo, por el hecho de que esta vez, no contaba absolutamente con ningún tipo de ayuda, ni de George ni de mis apellidos.
Me adentre más y más en la sabana, sintiendo que la naturaleza y el salvajismo me absorbían… por un momento incluso dude si lograría seguir comportándome civilizadamente.
Y a pesar de que estaba lo suficientemente cerca de muchos de los animales de mis sueños, guardaba mi distancia. No solo por mí, sino también por mi mofeta pues, aunque no me gustara pensar de esa forma, ella y yo éramos comida para muchos de los depredadores.
Aun a pesar de todas esas dificultades logre hacerme de una buena colección de dibujos y bocetos, obviamente con la descripción de todo lo que había logrado saber de ellos con la observación.
Había mucho de lo que no sabía y aún más de lo que ni siquiera me imaginaba, y aunque me había devorado casi todos los libros existentes sobre biología, estar aquí frente a frente era otra cosa.
Luego, conforme fui avanzando siguiendo los pasos de las grandes manadas me vi más y más cerca de algunas poblaciones, haciendo con esto que mis planes cambiaran. Ahora me sentía interesado por la cultura y las tradiciones de estas personas, que por mucho eran tan desinhibidas.
Fui avanzando de población a población, dándome cuenta de muchas cosas de las cuales no estaba enterado del todo, por doquier veía a niños, mujeres y hombres desnutridos… famélicos, la mayoría de los pequeños tenía una barriga enorme, seguramente llena de lombrices, pero aun a pesar de todo eso, seguían trabajando, luchando por subsistir y esto me hizo sentir un tanto avergonzado.
Había pasado toda mi travesía despreocupado, desconectado de todo a mi alrededor, evitando pensar en cualquier cosa que me afectara… eso incluyendo a Candy, pero ahora que lo analizaba, era algo muy egoísta de mi parte, no podía continuar de esa manera.
Baje mi mochila al suelo, mientras me disponía a sentarme sobre una piedra, para luego con un trapo retirar todo el sudor que cubría mi cara ¿Qué debía hacer ahora?
Estaba allí descansando cuando alguien me llamo…
—Hola amigo… ¿hablas inglés? —me dijo un hombre de mi edad, con una voz sumamente amigable.
Yo voltee a verlo un tanto extrañado, hacía mucho tiempo que no me topaba con alguien similar a mí.
—Claro… —le respondí sonriendo.
—Dime ¿A dónde te diriges? Yo voy en dirección a Kyangwali —me dijo haciendo una seña hacia donde seguramente estaba aquel lugar.
Yo seguía sentado sobre la roca —pues de echo no tengo ningún destino —le respondí apenado.
El hombre desde donde estaba me inspecciono con la mirada.
—Pues por tu aspecto supongo que no eres de por aquí obviamente, pero ¿entonces?
—Vine desde Londres en busca de aventuras —le respondí soltando una carcajada ante su tono sarcástico de hablar.
—Así que un aventurero ¿he? Pues te propongo que vengas conmigo, allá se necesitan muchas manos y tú nos serias de gran ayuda.
Justo lo que estaba meditando… de nuevo había un propósito.
—Vamos entonces —le respondí levantándome y caminando detrás suyo.
Hacía mucho que tampoco veía un coche así que ni esperanzas me hacía que nos topáramos con uno en estos remotos lugares.
—En Kyangwali podrás hospedarte con nosotros si lo deseas, tenemos todo un campamento en donde ofrecemos servicios médicos y educativos, ya sabes, un poco de ayuda para todas estas personas.
Yo solo asentí, a decir verdad, todo este tiempo casi no abría la boca más que para comer y llamar a Pupé, y de nuevo agarrar la costumbre de las palabras se me hacía un poco difícil. Prefería solo observar en silencio y nada más.
Durante todo el camino faltante mi compañero no cerro la boca ni un instante, solo cuando cayó la noche y tuvimos que levantar nuestras tiendas por fin guardo un poco de silencio.
—Y dime ¿Por qué decidiste venir a África? Digo, no es un sitio al que todo mundo guste de venir —dijo dándole un gran sorbo a su taza de café.
—Pues, quería sentirme libre, ese siempre ha sido mi sueño y al parecer aquí eso se da muy bien —le respondí mirando al cielo.
—Vaya, yo por mi parte vine a ayudarle a mi esposa; en un viaje que hicimos a Mozambique ella quedo enamorada de estas tierras y pues… aquí me tienes a mí también.
Su expresión al hablar de su esposa fue algo que me incomodo, había huido por mucho tiempo de las emociones humanas que quería seguir ignorándolas por completo, agache la cabeza intentando pensar en otra cosa.
Él a ver que no respondía seguramente pensó que me lamentaba por algo.
—¿Acaso dejaste a una chica en Londres?
Maldición, era tarde… recuerdos y más recuerdos llegaron a mí.
—No —respondí secamente, ocultando con todas mis fuerzas lo que sentía.
—Eso pensé, yo no podría separarme de mi esposa por venir a aquí, preferiría traerla conmigo tal y como lo he hecho —me dijo y sus palabras me calaron en lo más profundo de mi ser.
Si hubiera tenido oportunidad desde un principio, seguramente Candy estaría conmigo, teniendo esta magnífica aventura a mi lado, pero la verdad era otra, yo había salido huyendo intentando dejar atrás este tonto sentimiento.
o-o-O-o-O-o-o
La mañana llego ruidosa como solo aquí podía serlo, los pajarillos revoloteaban en parvadas por los cielos, mientras el alboroto de parte de las personas que iban por agua también se hacía presente. Además de que, por sus dialectos era casi imposible no detectarlos.
Levantamos nuestras tiendas y continuamos caminando, pronto a lo lejos divisamos una pequeña aldea, con casitas hechas a mano de lodo y paja, y un gran número, sino es que todos los pobladores, salieron a encontrarnos, felices de nuestra llegada.
Me sorprendí enormemente cuando escuché como mi compañero les hablaba en su dialecto, eso quería decir que ya llevaba varios años viviendo aquí con ellos.
Supongo que puse una evidente cara de perplejidad y asombro porque rápidamente se adelantó a decirme …te enseñare… luego de guiñar un ojo.
Y después de entre el puño de personas salió una mujer que supuse era su esposa, porque al instante de verlo se lanzó a sus brazos. Yo opte por voltear a ver a otro sitio, pero esto resulto peor porque lo que mis ojos vieron fue casi una visión…
Al fondo había una linda chica de cabellos rubios… rizados… vistiendo un blanco vestido de enfermera ¿acaso mi mente estaba jugando conmigo? Sacudí mi cabeza como si al hacer eso se saldrían esas tontas ideas, pero no logre nada, al contrario, observe más atento en dirección a ella y supongo que Pupe cayo en la misma equivocación que yo, porque mientras yo observaba confundido, él saltaba de mis brazos y corría hacia ella.
—¡Pupe espera! —le grite a mi mofeta, no quería que la chica se asustara o peor aún que ella le hiciera daño.
La muchacha que permanecía todavía de espaldas al escucharme gritar se giró, pero contrario a lo que yo espere, ella no le hizo ningún daño, al contrario, comenzó a rascarle la barriga.
Eché unos cuantos pasos en dirección a ella y entonces pude comprobar que efectivamente, ella no era Candy.
—¿Es suya esta cosita tan tierna? —me pregunto la chica haciéndole arrumacos a mi mofeta.
—Hee, sí —le respondí no sabiendo cómo reaccionar a eso.
—Es muy linda ¿Dónde la consiguió? —me pregunto poniéndose seria de un de repente.
—La he traído desde America —le respondí metiendo los brazos a los bolsillos.
—¿America? ¿De verdad viene desde America? —me pregunto haciendo un gracioso gesto de sorpresa.
—Así es.
—Yo también vengo de allá…
Entonces mientras yo hablaba con la chica alcance a escuchar a la esposa de mi acompañante que le preguntaba por mí.
—¿Quién es él, cariño?
Él solo me miro confundido, durante todo el trayecto no nos habíamos presentado, y yo obviamente me acerque de nuevo a él, dejando a Pupe en brazos de la chica.
—Amigo… ¿Cuál es tu nombre? —me pregunto apenado.
Yo sonreí —Me llamo Albert, mucho gusto.
—Bueno como has de suponer, ella es mi esposa Denise y yo soy Damien.
—Pero Damien… ¿venias con él y no te habías presentado? Vaya cabeza la tuya —lo reprendió y él solo agacho la cabeza, apenado —discúlpelo por favor, sea bienvenido.
—Gracias —fue lo único que dije.
La chica que aún estaba lejos también se acercó dispuesta a entregarme a mi mofeta.
—Ella es nuestra adorable enfermera Lauren —dijo Andrés —que bueno que ya se conocieron.
Y en lugar de saludarla recibí de vuelta a Pupe —mucho gusto y disculpa.
—No se preocupe —respondió ella sonriendo.
Luego de eso, seguí a Damien y su esposa al campamento, aún faltaban personas a las que debían presentarme. Cuando llegamos todos se acercaron para conocerme.
—Te los presento —dijo Andrés extendiendo la mano —aquellos son nuestros médicos, el señor Andrés y su esposa Marie—los salude y luego continuo —el siguiente, alto y regordete es Lucas —dijo soltando una carcajada.
Estábamos todavía en la presentación cuando una mujer se nos acercó gritando algo que la verdad no entendí.
—Dice que unos cazadores han dejado a un rinoceronte moribundo —tradujo Damien para que el resto estuviéramos enterados.
Yo al ver que nadie hacia más que asomarse para ver al animal pregunte —¿y porque nadie va a ayudarlo?
—No sabemos cómo, ninguno de nosotros somos veterinarios —respondió.
Yo deje caer algunas cosas que traía y salí corriendo en dirección a donde estaba el animal, si ellos no podían hacer nada yo sí, y aunque nunca hubiera tratado a un rinoceronte era mejor hacer la lucha que simplemente ver.
No tuve que correr mucho, pronto me encontré con el animal.
—¡No se acerque mucho! —me grito Laureen que se había venido detrás de mí sin darme cuenta.
Yo voltee a verla sorprendido —¿Por qué?
—Sí el animal lo escucha pensara que es un cazador y lo atacara… por favor no se acerque, es peligroso…
Yo hice caso omiso, si no hacía nada rápido el animal moriría.
Me fui acercando lentamente, él animal ya ni siquiera podía correr, estaba tumbado en el pasto resoplando con dificultad; le habían hecho algunos cortes solo para poder quitarle sus cuernos, todo esto a causa del valor que se le da al marfil…
No traía la gran cosa en mi botiquín personal, pero esperaba que por lo menos sirviera para disminuirle el dolor…
El animal ni siquiera puso resistencia, me quede frente a él viéndolo fijamente a los ojos… luego conforme sentí que el accedía a que me acercara más, lo hice y fue entonces cuando empecé a trabajar.
Laureen que estaba a una distancia prudente me observaba sorprendida.
Ninguno de los otros se atrevió a acercarse, los rinocerontes tenían fama de ser muy agresivos y por esta misma razón estaban sorprendidos de verme con él, pero a pesar de eso prefirieron no tentar su suerte y mantenerse alejados.
Yo me pase toda la tarde desde que llegue con el animal, al final de cuentas no pude salvarlo… al caer la noche el rinoceronte dejo de respirar y yo me deje caer pesadamente al pasto… estaba harto de ver este tipo de situaciones.
—Vaya… no pensé que fueras medico… —me dijo Damien acercándose con sigilo.
—Me lo imagino, mi aspecto da mucho de qué hablar —respondí aun con mi mano acariciando la cabeza del animal.
—Anda, déjalo… hiciste lo que pudiste… en el campamento hay sopa caliente y agua por si deseas ducharte.
—Gracias —respondí —solo dame un momento más.
Al final, todo es parte del ciclo de la vida…
o-o-O-o-O-o-o
Con gran pesar deje al animal allí solo, esperando a que la naturaleza lo reclamara como suyo.
Ya en el campamento Damien me esperaba para indicarme en donde me quedaría. Dentro había 5 habitaciones hechas con bodegas de lámina, lucían curiosas, pero la verdad es que iban bastante bien para lo que las habían acondicionado.
Una servía como lo que era, una bodega que resguardaba los medicamentos y provisiones, otra era un centro de atención, con camas y todo lo necesario para proteger a los enfermos, otra era la cocina, luego los baños y finalmente el dormitorio.
—Puedes quedarte aquí, hay camas y espacio suficiente —me dijo dejándome entrar.
—Gracias, pero... ¿Y los demás? —pregunte algo confundido al ver todas las literas vacías.
—Ellos no duermen aquí, con la ayuda de los aldeanos hicieron sus propias chozas.
—Vaya... —dije algo pensativo.
—Ahora que si tú también deseas hacer lo mismo... Igual puedes quedarte mientras está lista —al parecer Damien había interpretado muy bien mi tono de voz.
—Muchas gracias —le dije y él se marchó dejándome solo para que me instalara.
Lógicamente iba a tomarle la palabra, no podía quedarme allí con ellos por mucho tiempo, eso era algo incómodo.
Lance mi mochila a la cama de arriba, mientras que en la de abajo me sentaba para quitarme mis descuidadas botas. Y luego de un salto me evite subir por la escalera, hacía tanto que no dormía en una cama y esto Pupe también lo celebro. Por el momento no tendríamos que dormir a la intemperie, aunque eso también significará no ver las estrellas antes de quedarme dormido.
Continuara...
Notas de la autora:
Raite: significa que alguien te lleva de un lugar a otro en su coche.
Saludos como siempre a todas esas personas que están pendientes de las actualizaciones y también a las que se van sumando a la lectura cada semana :)
