HOlis... Feliz navidaaaaaaaaaad!!!!!!, espero ke lo hayan pasado muy bien esta fecha y ke Dios los llenara de bendiciones y amor... y obviamente el viejo pascuero les tragera too lo ke pidieron...
esop... Espero ke disfruten este capitulo y ya saben ke ni la historia ni los personajes me pertenecen...
Afrontar el Fuego
Seis
La isla estaba cubierta por una neblina ligera y luminosa como la superficie de una perla. Los árboles y las rocas asomaban sobre ella como jorobas y torres sobre un mar lechoso.
Kaoru salió temprano de su casa. Se quedó un momento en la pendiente del jardín absorbiendo la quietud y serenidad de Tres Hermanas en una mañana de primavera. La extensión de forsitias era como un abanico de colores matizados por la neblina matinal y los narcisos como una banda de alegres trompetas. Sentía el aroma de los narcisos, húmedo y algo empalagoso. Parecía como si la tierra estuviera esperando para despertarse, para desprenderse de los recuerdos del invierno y volver a la vida.
Kaoru apreciaba tanto el aparente aletargamiento como la belleza que se avecinaba.
Abrió el coche, dejó el maletín en el asiento del copiloto y empezó a bajar la larga y sinuosa carretera que llevaba hasta el pueblo.
Tenía que hacer algunas tareas rutinarias antes de abrir la librería. Le gustaba hacerlo. Le gustaba la relativa calma, la repetición, la renovación de existencias, le gustaba tanto como las horas de trabajo cuando los clientes entraban y salían, o se quedaban dando vueltas y ojeando libros y naturalmente, cuando compraban.
Adoraba estar rodeada de libros. Desembalarlos, ponerlos en los estantes y preparar los escaparates. Le entusiasmaba su olor, su textura y su aspecto externo. Le emocionaba coger uno y abrirlo al azar para encontrarse con la sorpresa que le deparaban las palabras sobre el papel.
Para ella, la librería era algo más que un negocio. Era un amor firme y profundo, pero tampoco se olvidaba de que era un negocio y la dirigía eficientemente haciendo que fuera rentable.
Había heredado dinero y nunca había tenido que trabajar para vivir. Lo hacía por placer y por un sentido ético personal. Su situación económica le había permitido elegir su profesión y crear un negocio que reflejaba sus inquietudes. Esos principios y sus conocimientos, esfuerzo y perspicacia habían hecho que la librería prosperara.
Estaba muy agradecida, y lo estaría siempre, a la herencia de los Kamiya, pero ganar su propio dinero y arriesgarlo le parecía mucho más apasionante y gratificante.
Eso era exactamente lo que haría si llevaba a cabo la idea de Misao. La ampliación del café cambiaría muchas cosas. Si bien confiaba y respetaba la tradición, también era proclive al cambio. Siempre que fuera un cambio inteligente, y ése, se dijo mientras se abría camino entre la niebla, podría serlo.
Si ampliaba el café tendría una zona más atractiva y espaciosa para organizar actividades. Su club literario mensual tenía bastantes seguidores en la isla y el nuevo club de cocina apuntaba posibilidades. El truco estaría en aprovechar lo mejor posible el espacio sin perder la sensación de intimidad que había hecho famosa a la librería.
Sin embargo, desde que Misao plantó la semilla en su cabeza, la idea iba echando raíces. Podía ver exactamente lo que quería y cómo sería. Cuando se trataba de Café & Libros siempre estaba segura de lo que hacía.
Era una pena que no tuviera la misma confianza en el resto de su vida.
Parecía como si una cortina le impidiera observar el centro de la visión. Podía ver por los costados, pero justo el centro lo tenía obstruido. Le preocupaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Sabía que había alternativas al otro lado de la cortina, pero ¿cómo podía elegir la correcta si no sabía cuáles eran?
Kenshin Himura era una de ellas, sin embargo¿hasta qué punto podía hacer caso de sus instintos si los ponía en la balanza enfrentados a la lógica y a su pasado? Contrastándolos con una atracción sexual primitiva que le nublaba la lógica.
Un traspiés con él podría destrozarla otra vez. Podría salir muy malparada. Lo que era peor, una decisión equivocada podría significar la perdición de la isla que amaba y que había jurado proteger.
Una vez, una mujer prefirió morir a soportar el dolor de la soledad y el desamor. Se arrojó al mar cuando su amado la abandonó. Ella tejió los últimos hilos de la red sobre Tres Hermanas.
¿Acaso Kaoru no había compensado aquel acto al elegir vivir, buscar la satisfacción e, incluso, prosperar?
Misao había elegido el valor y Megumi la verdadera justicia. Ella había elegido la vida y el círculo se mantenía.
Quizá ya se hubiera roto la maldición y la oscuridad que acechaba a la isla se hubiera disipado.
La niebla se estremeció al borde de la carretera tan inesperadamente como se le habían pasado esos pensamientos por la cabeza. Un rayo cayó junto a su coche con una explosión de luz roja y sucia y una peste a ozono.
Un enorme lobo negro le gruñó en medio de la carretera.
Instintivamente, pisó los frenos a fondo y giró el volante. El coche derrapó y se quedó cruzado en la carretera. Tuvo una visión borrosa de las rocas, la niebla y el resplandor apagado del quitamiedos que separaba la estrecha carretera del borde del acantilado que se precipitaba al mar.
Se repuso del pánico que le atenazaba la garganta y volvió a coger el volante. Los ojos del lobo brillaban como el ámbar y mostraba unos colmillos imponentes. En el hocico mostraba un pentagrama grabado sobre el fondo negro como una cicatriz blanca.
Era la misma marca que tenía ella. Al verla, el corazón quiso salírsele del pecho.
Por encima de la sangre que se le agolpó en la cabeza, por encima, incluso, del chirrido de las ruedas, notó su frío aliento en la nuca y escuchó la sigilosa y zalamera voz que le susurraba.
«Adelante. Sigúeme y ya no estarás sola. Es muy penoso estar sola.»
Las lágrimas le nublaron la visión. Por un instante, perdió la fuerza en los brazos y le temblaron mientras la voluntad se le debilitaba ante lo acuciante de la invitación. En ese momento, se vio con toda claridad volando sobre el borde del acantilado.
Recuperó algo de decisión e intentó dominar el coche sacando fuerzas de flaqueza.
—Vuelve al infierno, hijo de puta.
El lobo levantó la cabeza para aullar, Kaoru pisó al acelerador a fondo y lo atravesó.
Notó el impacto, no del cuerpo, sino de la explosión de maldad que resonó en el aire cuando embistió contra la imagen.
La neblina volvió a brillar, fina y perlada, sobre Tres Hermanas.
Kaoru se detuvo en el costado de la carretera, apoyó la frente en el volante y se echó a temblar de pies a cabeza. Su respiración sonaba demasiado fuerte dentro del coche cerrado y tanteó para encontrar el control de la ventanilla. Revivió con el aire fresco y húmedo y con el rumor constante del mar.
Aun así, cerró los ojos y se dejó caer sobre el respaldo del asiento hasta que volvió a calmarse.
—Bueno, supongo que eso responde a mi pregunta sobre si todo había acabado.
Tomó aire y lo soltó lentamente hasta que el pecho no le oprimía al respirar. Luego, abrió los ojos y miró por el retrovisor.
Los neumáticos habían dejado unas marcas sinuosas sobre el asfalto; unas marcas que, como observó con un escalofrío, habían pasado muy cerca del precipicio.
El lobo había desaparecido y la neblina ya era transparente como la gasa.
—Un truco muy evidente —dijo en voz alta para sí misma y para quien quisiera escucharla—. Un lobo negro con ojos rojos... Evidente y manido.
Y muy, muy efectivo, añadió para sus adentros.
Sin embargo, llevaba su marca, la marca que le había puesto ella cuando no tenía forma de lobo. No había podido ocultarla y eso la consolaba. Un consuelo que le hacía mucha falta, tuvo que reconocer, porque la emboscada había estado a punto de tener éxito.
Volvió a entrar en la carretera y las manos casi habían dejado de temblarle cuando aparcó delante de la librería.
Kenshin había estado esperándola. Le había resultado fácil programar su llegada al hotel para coincidir con la de ella a la tienda. No era puntual como un reloj, se dijo mientras paseaba por la calle, pero en algún momento entre las nueve menos cuarto y las nueve y cuarto, Kaoru aparcó su precioso cochecito y quitó el cerrojo de la tienda.
Ese día llevaba uno de esos vestidos finos y largos que hacían que un hombre diera gracias a los dioses por la llegada de la primavera. Era azul pálido como un estanque en calma y le caía a lo largo del cuerpo con la fluidez del agua.
Calzaba unas sandalias muy seductoras de tacón alto que eran poco más que una serie de tiras de colores atadas a una punta larga y afilada.
No tenía ni idea de que unos zapatos pudieran hacerle la boca agua.
Llevaba el pelo recogido en la nuca y ésa era la única objeción que podía ponerle a su aspecto esa mañana. Lo prefería suelto y desordenado, pero el moño dejaba suelto un intrigante mechón negro en el centro de la espalda.
Le habría gustado posar sus labios allí: debajo del mechón negro, debajo del delicado vestido, sobre la suave piel del centro de la espalda.
—Buenos días, preciosa.
Kaoru dio un respingo y se apartó de la puerta. La sonrisa franca de Kenshin se desvaneció al instante y se le ensombrecieron los ojos al ver el miedo reflejado en los de ella.
—¿Qué te pasa¿Qué ha pasado?
—No sé de qué me hablas —las manos volvían a temblarle—. Me has asustado —se giró lo suficiente como para ocultar el temblor mientras abría la puerta—. Perdona, Kenshin, pero no tengo tiempo para charlas. Tengo trabajo.
—No me vengas con ésas —entró con ella antes de que le cerrara la puerta en las narices—. Te conozco.
—No, no me conoces —quiso gritar, pero se contuvo. Dejó el maletín en el mostrador lo más despreocupadamente que pudo—. No me conoces.
—Sé cuando estás molesta. Por Dios, Kaoru, estás temblando y tienes las manos heladas —replicó Kenshin mientras le tomaba una mano entre las suyas—. Cuéntame qué te ha pasado.
—No me pasa nada —creía que estaba tranquila, pero le temblaban las piernas. Se mantuvo firme por orgullo—. Maldita sea, déjame.
Kenshin estuvo a punto de hacerlo.
—No —decidió mientras se acercaba—. Ya lo hice una vez. Permíteme que intente algo nuevo —la levantó del suelo.
—¿Qué demonios estás haciendo?
—Estás helada y temblorosa. Tienes que sentarte. Has engordado un poco¿no?
Kaoru lo miró con incredulidad.
—¿No me digas?
—Te sienta bien —la llevó al sofá y la tumbó—. Ahora. Cuéntamelo.
—No te sientes en... —dejó escapar un suspiro cuando Kenshin se sentó en la mesa baja que había enfrente del sofá—. Compruebo que no has llegado a comprender la diferencia entre una mesa y una butaca.
—Las dos son de la familia del mobiliario. Por lo menos has recuperado algo de color. Deberías agradecerme que haya venido a incordiarte.
—Sí, es mi día de suerte.
—¿Qué te ha asustado, cariño? —le tomó las manos otra vez.
—No me llames así —recordaba que sólo usaba esa palabra cuando estaba especialmente cariñoso. Apoyó la cabeza en los almohadones—. Sólo ha sido... He estado a punto de tener un accidente cuando venía. Un perro se ha cruzado en la carretera. El asfalto estaba húmedo por la niebla y he derrapado.
—No lo creo —Kenshin apretó las manos.
—¿Por qué iba a mentir?
—No lo sé —siguió apretando las manos con fuerza hasta que ella dejó de forcejear—, pero te callas algo. Supongo que podría adivinarlo si subo por la carretera de la costa.
—No lo hagas —el miedo le atenazó la garganta y sólo le salió un hilo de voz apremiante—. No lo hagas —repitió más tranquilamente—. No va contra ti, pero en este momento no puedo estar segura de que no exija todo lo que se ponga a su alcance. Suéltame y te lo contaré.
—Cuéntamelo —contraatacó Kenshin que sabía la importancia del vínculo— y te soltaré.
—De acuerdo —concedió ella después de una encarnizada lucha interna—. Lo haremos como tú dices; por esta vez.
Se lo contó sin omitir ningún detalle, pero con un tono tranquilo, casi coloquial. Aun así, vio que le cambiaba la expresión.
—¿Por qué no llevas alguna protección? —preguntó Kenshin.
—La llevo —le enseñó tres piedras engarzadas en un colgante con forma de estrella—. No ha sido suficiente. Es fuerte. Ha tenido tres siglos para reunir fuerzas y cultivar sus poderes. Sin embargo, no puede hacerme verdadero daño. Sólo puede probar algunos trucos.
—Este truco podía haberte costado muy caro. Seguramente conducías muy deprisa.
—Mira quién habló.
—Yo no he estado a punto de caerme por un acantilado —se levantó bruscamente y fue de un lado a otro para apartar de su cabeza la espantosa imagen de Kaoru en semejante situación.
No había previsto esa especie de ataque frontal y creía que ella tampoco lo había hecho. Se dio cuenta de que la confianza en sus propios poderes los había cegado.
—Has tomado precauciones especiales con tu casa.
—Protejo lo que es mío.
—Te has descuidado con el coche —la miró por encima del hombro y tuvo la satisfacción de ver cómo se sonrojaba.
—No lo he descuidado. He tomado las medidas normales.
—Como habrás comprobado, las normales no son suficientes.
—Entendido —gruñó Kaoru con los dientes apretados porque le molestaba que le dijeran cómo tenía que hacer las cosas.
—Entretanto, me gustaría devolverle algún golpe en vez de estar siempre a la defensiva.
Kaoru se levantó.
—No es asunto tuyo, no va contigo.
—No tiene sentido perder el tiempo discutiendo eso, los dos sabemos que soy parte de ello.
—No eres uno de las tres.
—No, no lo soy —se acercó a Kaoru—, pero soy como las tres. Mi sangre y tu sangre, Kaoru, brotan de la misma fuente. Mi poder y el tuyo se nutren de la misma energía. Eso nos une, por mucho que tú prefieras otra cosa. Me necesitas para terminar esto.
—Todavía no está claro lo que yo necesito.
Kenshin levantó la mano y le pasó un nudillo por la mandíbula, era un viejo gesto de cariño.
—¿Y qué deseas?
—Que te desee sexualmente no es cuestión de vida o muerte, Kenshin. Es como rascarme un picor algo molesto.
—¿Algo molesto? —hizo un gesto burlón y le tomó la nuca con la mano.
—Algo... —repitió ella antes de permitir que le rozara seductoramente los labios con los suyos—. Ligero.
—Yo pensaba más bien... —le acarició la espalda con la otra mano—. Que era constante, crónico.
Le mordisqueó los labios y la atrajo hacia sí.
Kaoru no apartó la mirada de él y permaneció con los brazos caídos.
—El deseo sólo es apetito.
—Tienes razón. Saciémoslo.
Le devoró la boca y pasó de la calidez cariñosa a la pasión abrasadora. Ella no pudo evitar dejarse arrastrar.
Lo agarró de las caderas y apretó. Luego subió las manos por la espalda hasta que se aferraron a los hombros como garras. Si él quería llevarla al límite, se dijo Kaoru, ella lo llevaría más lejos y con más fuerza.
Kaoru dejó caer la cabeza hacia atrás, no como un gesto de sumisión, sino de exigencia. Como si le retara a tomar más si se atrevía. Cuando Kenshin aceptó el desafío, Kaoru ronroneó de placer.
Kenshin se sintió embriagado por el aroma y la cabeza le dio vueltas. La estrechó con un movimiento desesperado, y se preparó para tumbarla en el sofá.
La puerta de la tienda se abrió y las campanillas sonaron como si fueran la sirena de una alarma.
—Alquilad una habitación —gruñó Lulú mientras cerraba de un portazo. Sintió un placer perverso al ver que los dos se separaban como impulsados por un resorte—. O por lo menos achuchaos en el asiento trasero de un coche si vais a comportaros como unos adolescentes en celo —tiró el bolso enorme en el mostrador—. Yo tengo cosas que hacer aquí.
—Buena idea —Kenshin rodeó posesivamente la cintura de Kaoru con su brazo—. Cruzaremos la calle.
Otro viejo gesto, se dijo ella. Antes, también le habría pasado el brazo alrededor de la cintura y habría apoyado la cabeza en su hombro. Esa vez, se limitó a apartarse.
—Es una oferta muy tentadora, sinceramente, pero creo que la pospondré para mejor ocasión. Las cosas que tan amablemente ha dicho Lulú que hay que hacer, me corresponden a mí. Además, no falta ni una hora para abrir —añadió después de mirar su reloj de pulsera.
—Entonces, nos daremos prisa.
—Otra oferta irresistible. Es encantador¿verdad, Lulú? Una mujer no recibe todos los días una invitación para un revolcón rápido antes de empezar a trabajar...
—Adorable —dijo Lulú con acidez. Se sentía amargada y prefería achacárselo a Kenshin que a no poder dormir bien desde la alucinación del sábado por la noche.
—Pero lamentablemente... —Kaoru dio una palmadita descuidada en la mejilla de Kenshin e iba a darse la vuelta cuando él la agarró con fuerza de la barbilla.
—Estás jugando conmigo —dijo con tranquilidad—. Si quieres jugar a esto, te haré una advertencia: yo no sigo siempre las reglas del juego.
—Yo tampoco —Kaoru oyó que se abría y cerraba la puerta trasera—. Ha llegado Misao. Tendrás que disculparme, Kenshin, pero tengo trabajo. Estoy segura de que tú también lo tienes.
Le quitó la mano de la barbilla y fue al encuentro de Misao.
—Dame eso —Kaoru le cogió una caja—. Huele maravillosamente —subió las escaleras dejando un aroma a bollos de canela a su paso.
—Mmm —Misao se aclaró la garganta. Entrar en medio de tanta tensión había sido como atravesar un muro—. Hola, Kenshin.
—Hola, Misao.
—Bueno, tengo... más —farfulló mientras iba hacia la puerta trasera otra vez.
—No sé si te habrás dado cuenta, pero no hemos abierto todavía —le espetó Lulú—. Así que largo.
Kenshin todavía sentía el sabor de Kaoru. Rabioso y dispuesto a buscar pelea, se acercó al mostrador y se inclinó sobre el rostro ceñudo de Lulú.
—Me da igual que lo apruebes o no, pero no vas a apartarme de ella.
—Ya te has ocupado tú sólito de hacerlo durante unos años.
—He vuelto y todos vamos a tener que acostumbrarnos —se dirigió hacia la puerta y la abrió de golpe—. Si quieres hacer de perro guardián, hay algo mucho más peligroso que yo de lo que deberías preocuparte.
Lulú lo miró mientras cruzaba la calle. No creía que hubiera nada más peligroso para Kaoru que Kenshin Himura.
Pensó que la alucinación provocada por el vino y la comida basura se había equivocado al pretender hacerle pensar que no tenía familia. Tenía una hija. Lulú miró hacia las escaleras por las que había subido Kaoru.
Tenía una hija, se dijo otra vez.
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Canceló la primera reunión. Un hombre tenía sus prioridades. Fue en coche por la carretera de la costa. Hizo un esfuerzo para contener la rabia y la velocidad, pero no pudo evitar una sensación de espanto cuando vio las marcas en el asfalto. Salió del coche con las piernas temblorosas y comprobó que sólo habían faltado unos centímetros para que chocara contra el quitamiedos. Si la velocidad y el ángulo hubieran sido los adecuados, el precioso cochecito habría pasado por encima y habría caído al mar.
Siguió las huellas, escudriñó la carretera e intentó captar algún olor que quedara en el aire. Sabía que a Kaoru le gustaba conducir deprisa, pero nunca había sido imprudente y para dejar aquellas marcas tenía que haber ido a unos ciento cuarenta kilómetros por hora.
A no ser que la hubieran ayudado.
Sintió un escalofrió en toda la espina dorsal al comprender que eso era lo que había pasado. Algo había hecho que derrapara empujándola hacia el borde.
Si Kaoru no hubiera sido fuerte, inteligente y rápida de reflejos, quizá no lo hubiera contado.
Observó una mancha negra en el borde de la carretera. Era como un resto quemado que rezumaba una especie de sangre aceitosa. Mientras lo observaba, notó la energía oscura que emanaba de allí.
Comprendió que para que Kaoru dejara aquello había tenido que pasarlo peor de lo que pensó.
Volvió al coche, abrió el maletero y cogió lo que necesitaba. Con las herramientas en la mano, miró hacia los dos lados de la carretera. Estaba desierta. Pensó que eso le convenía porque lo que iba a hacer le llevaría algún tiempo.
Rodeó la mancha con tres círculos de sal marina y humeó donde ambos elementos entraron en contacto. Sintió un poder frío y diáfano en su interior y utilizó una vara de abedul para purificarla.
La mancha burbujeó y chisporroteó cuando le echó laurel y dientes de ajo como protección y, lentamente, empezó a encogerse.
—Nadie que vuelva a pasar tiene nada que temer. Ya no podrás ejercer tu maldad aquí. Que la oscuridad vuelva a la oscuridad y la luz lo ilumine todo. Que este sitio sea seguro de noche y de día —se agachó mientras la mancha se consumía—. Protegeré aquello que quiero —susurró—. Que se haga mi voluntad.
Volvió al coche y pasó por encima de la mancha camino de la casa de Kaoru.
Tenía que verla. Se había contenido pero ya no podía esperar a que ella lo invitara.
Seguía igual, se dijo mientras veía el maravilloso camino de entrada y las agujas de piedra. Mejor que igual, era más como Kaoru, comprendió al bajarse del coche.
Las flores, los arbustos con brotes y los árboles enormes. Las gárgolas y las hadas. La música constante de las campanillas de viento. La torre blanca del faro se erguía como un centinela de otra época que guardaba la isla y la casa, y ella había plantado pensamientos morados a sus pies.
Siguió el sendero de piedra que rodeaba la casa. El mar batía contra las rocas e hizo que sus pensamientos y su corazón se dirigieran al acantilado y que recordara las veces que había estado allí con ella o que había ido a su encuentro cuando estaba allí sola.
Sin embargo, siguió avanzando y mirando a su alrededor hasta que se detuvo en seco.
Los jardines eran un mundo. Arcos y espalderas, laderas y torrentes. Caminos de piedra alfombrados de musgo serpenteaban entre riachuelos y mares de flores. Algunas empezaban a brotar y otras estaban en todo su esplendor.
Se dio cuenta de que no sólo eran las flores, sino también el verde de la hierba. Tenía tantos tonos y texturas que cada pincelada blanca o rosa, azul o amarilla le añadía un matiz maravilloso.
Había estanques, el destello de un reloj de sol de cobre, un hada encantadora que daba vueltas entre los arbustos; bancos por todos lados, unos al sol y otros a la sombra, invitaban a sentarse y disfrutar.
No se podía imaginar cómo sería todo aquello en verano cuando las jóvenes plantas florecieran y las parras terminaran de formar los emparrados. No podía hacerse una idea de los colores, las formas y el perfume.
No pudo resistir la tentación de caminar por algunos de los caminos de piedra intentando imaginarse cómo lo habría hecho. Cómo habría convertido un jardín bonito, aunque bastante corriente, una extensión de césped perfectamente cuidado y el sencillo bancal que él recordaba en una explosión de colores y formas.
También deseó, ingenuamente, poder sentarse y observarla mientras trabajaba en uno de los arriates. La casa siempre había sido muy hermosa y ella siempre la había amado, pero la recordaba un poco seria e imponente. Kaoru la convirtió en un sitio para disfrutar de la belleza, cálido y acogedor.
Allí, de pie en medio del edén personal de Kaoru, rodeado de aromas delicados, trinos de pájaros y el rumor del mar, comprendió lo que ella había creado y lo que él no había tenido jamás: un hogar.
Había tenido lujos, cosas hermosas o eficientes. Había buscado su sitio y no lo había encontrado, hasta ese momento.
—Parece una señal¿no? —murmuró —. Ella tiene su sitio y el mío a la vez.
Como no sabía qué hacer al respecto, fue al coche para terminar lo que le había llevado hasta allí. Añadiría sus propios encantamientos de protección a los de Kaoru para aumentar la seguridad.
Acababa de terminar cuando se dio cuenta de que un coche patrulla subía por la carretera. Al verlo, se guardó la bolsa con cristales en el bolsillo del abrigo. Su ilusión inicial por encontrarse con Aoshi dio paso a la irritación cuando Megumi se bajó del coche.
— Vaya, vaya. Qué interesante — encantada por el hervor que sentía por dentro, se metió las manos en los bolsillos traseros del pantalón y avanzó pavoneándose hacia él. La visera de la gorra casi le tapaba las gafas de sol. Kenshin no necesitó verle toda la cara para saber que la expresión era pétrea. — Estoy de patrulla rutinaria y me encuentro con un ser infame que ronda por una propiedad privada — soltó las esposas del cinturón con una sonrisa pérfida. Kenshin las miró y la miró a ella.
—No te negaré que me gustan los juegos sadomasoquistas de vez en cuando, Megumi, pero eres una mujer casada — la ayudante del sheriff le enseñó los dientes y Kenshin se encogió de hombros —. De acuerdo, ha sido un chiste muy malo, pero las esposas también lo son. — La ley no es un chiste, listillo. Estás en una propiedad ajena y creo que podría acusarte de intento de allanamiento — agitó las esposas —. En cualquier caso, probarlo me alegraría el día.
—No he entrado en la maldita casa — sólo lo había pensado — y si crees que vas a detenerme y esposarme por allanamiento...
—Estupendo, puedo añadir resistencia a la autoridad.
—No seas tan rígida.
—¿Por qué no iba a serlo?
—No he venido a hurgar — se defendió, aunque sí hubiera hurgado un poco —. Sólo estoy preocupado por Kaoru como lo estás tú.
—Es una pena que ser un mentiroso de mierda no sea ilegal.
—¿Quieres que te diga una verdad? — se inclinó sobre ella hasta casi rozarla con la nariz —. Me importa un carajo lo que opines de mí. Voy a asegurarme de que esta casa y la mujer que vive en ella están a salvo, sobre todo después de lo que ha estado a punto de pasarle esta mañana, y si crees que vas a ponerme esas jodidas esposas, cariño, será mejor que te lo pienses otra vez.
—Tu trabajo no es proteger esta casa y si yo quiero ponerte estas esposas, pijito de ciudad, te tumbarás en el suelo a comer barro mientras lo hago. ¿Qué coño quieres decir con eso de «lo que ha pasado esta mañana»?
Kenshin estaba a punto de contestarle una impertinencia cuando entrecerró los ojos con un gesto de curiosidad.
— ¿No te lo ha contado Kaoru? Ella te lo cuenta todo. Siempre lo hacía.
—No la he visto hoy — Megumi se sonrojó levemente —. ¿Qué ha pasado? — lo agarró de la muñeca —. ¿Esta herida?
—No. No — se tranquilizó y la ira dio paso a cierta contrariedad —, pero ha podido estarlo. Estuvo a punto — se pasó los dedos por el pelo.
Le contó la historia y se alegró de ver que Megumi se ponía a jurar como una condenada y a ir de un lado a otro como si buscara algo que poder patear.
Le recordaba a la Megumi que siempre le había gustado.
—No he visto marcas de neumáticos.
—Las borré al purificar el lugar. Supuse que no le gustaría volver a verlas. Quién sabe, a mí me preocupó.
—Ya, claro — refunfuñó —. Tienes razón.
—¿Cómo has dicho? Creo que no he entendido bien.
—He dicho que tienes razón y no cargues la mano. ¿Te has ocupado del jardín yla casa?
—Sí. Sólo he añadido algo a lo que ella había hecho. Kaoru es más fuerte que antes y muy meticulosa — dijo en parte para sí mismo.
—Evidentemente no lo suficiente. Lo comentaré con Sano; siempre tiene todo tipo de ideas.
—Sí, le sobran — ironizó Kenshin, luego se encogió de hombros al ver que Megumi fruncía el ceño —. Me cayó muy bien. Enhorabuena y mis mejores deseos para tu matrimonio y todas esas cosas.
—Caray, gracias, ha sido conmovedor.
—Quizá sea que me cuesta imaginarme a Megumi la rebelde presa de la felicidad conyugal.
—Cierra la boca. Eso fue en el instituto.
—Me gustabas en el instituto —era verdad y por eso volvió a intentarlo—. Me alegro de que Sano y tú hayáis comprado la casa. Está en buenas manos.
—Sí, estamos muy contentos. ¿No estás resentido porque tu padre la vendiera sin decirte nada?
—Nunca fue mía.
La policía abrió la boca y volvió a cerrarla. Por un momento había sido el muchacho perdido y descontento que recordaba, y por el que se había preocupado.
—La machacaste, Kenshin. La machacaste completamente.
Kenshin miró los acantilados que caían a plomo sobre el mar.
—Lo sé.
—Luego la machaqué yo.
Atónito, se volvió para mirar a Megumi.
—No te entiendo.
—No me ha contado lo de esta mañana porque todavía estamos volviendo a recuperar el terreno perdido después de mucho tiempo. Yo le hice tanto daño como tú, así que estoy pensando...—resopló—. Estoy pensando que no tengo derecho a tomarla contigo, cuando, en parte, lo hago para tranquilizar mi conciencia. Tú le quitaste el suelo sobre el que se apoyaba, pero yo no estuve para amortiguar su caída.
—¿Quieres contarme por qué no estuviste?
Megumi lo miró con unos ojos duros aunque inexpresivos.
—¿Quieres contarme tú por qué no te quedaste?
—No —Kenshin sacudió la cabeza—. ¿Por qué no nos ocupamos del presente? Yo formo parte de todo esto y esta vez voy a quedarme.
—Me parece bien. Creo que conviene aprovechar toda la ayuda que tengamos a mano, venga de donde venga.
—Voy a hacer todo lo que pueda para convencer a Kaoru de que me deje volver a su vida.
—Te deseo suerte —Megumi sonrió burlonamente al ver la mirada de sorpresa de Kenshin—, pero hasta que me forme una opinión sobre ti, no te diré si la suerte es buena o mala.
—Me parece normal —extendió una mano y ella la estrechó después de una ligera duda.
Saltaron unas chispas.
—Imaginaciones —dijo Megumi obstinadamente.
—Contactos —le dio un apretón amistoso antes de soltar la mano—. ¿Qué puedes hacer?
—Te lo diré cuando lo sepa. Tengo que terminar la patrulla —esperó un segundo con la cabeza inclinada—. Después de ti —señaló el coche de Kenshin con el dedo—. Y no superes el límite de velocidad con ese símbolo fálico sobre ruedas.
—Naturalmente, estimada agente —se acercó lentamente a su coche—. Una cosa más... Será mejor que no le digamos nada a Kaoru sobre mi visita a su casa. Le fastidia mucho que cuestione sus habilidades.
Megumi gruñó y se montó en el coche. Tenía que reconocer una cosa de Kenshin: seguía conociendo bien a su chica.
Continuara...
Pues Bien un nuevo capitulo y espero ke lo hayan disfrutado... a kao ya la empizan a atacar y esta vez se salvo enjabonada..
GRacias por los reviews y los deseos de navidad espero ke todas ustedes tb hayan tenido unas muy felices fiestas...
Acuerdense de dejar reviews...
beshos
mata neeeeee
