Ale, capítulo 7. Madre mía todo lo que llevo escrito ya! Hombre, he escrito cosas de 300 páginas, peor que un fic sólo de dos personas me ocupe más de 24 hojas me parece flipante, en serio, XD

Ichi: ¿Qué si he oído la voz de Allen en español? T_______T, ¡si! ¡Yo hablo igual que él! Me cogí un trauma horrible, XD. Ahora cuando me cosplayee de Allen para el Expocómic de Madrid no me pueden decir que tengo voz de chica, ¡JÁ!

(Y a Kanda le pusieron voz de reprimido sexual… lalalala…)

Rainy: Sí, el flash-back es eso. Iré metiendo flash-backs de distintas noches, aunque siempre alrededor de una sola noche =).

Y, sin más dilación…

Capítulo 7: Dolor y libros.

Flash-back.

-Suelta eso.

Alarmado, dejé el libro raído y sucio sobre su mesa. Él lo echó un vistazo, acariciando el lomo del libro, y luego me miró, entristecido.

-Te dije que no leyeses mis libros.

-Yo…

Sonrió cautelosamente:

-No importa –hizo una pausa-. Pero… no estoy preparado para compartir eso con nadie. Ni siquiera contigo.

Asentí, y me alejé un par de pasos del volumen.

-No me malinterpretes, ¿vale? Sería yo quien debiese disculparme. Esos libros son como un diario, una parte de mi vida y mi alma. Son la única característica que conservo como Bookman, dado que tú me devolviste los sentimientos.

Nos miramos, y sonreí tenuemente, algo nervioso por haber hecho algo tan malo para él.

-Algún día te dejaré leerlos. Quizá muy pronto –tomó el libro entre sus manos, aferrándolo como si fuese lo último que le quedase en la vida-. Si alguien los leyese sería como… estar desnudo. Desnudo y apaleado. Son mis secretos, mis batallas. Míos.

Asentí de nuevo, comprendiendo.

/Flash-back.

-Leverrier lo mandó en tu búsqueda –comenzó a hablar Kanda, sin mirarme-. Aunque para la mayoría del mundo todo lo vuestro era un secreto, él era tan retorcido que lo adivinó todo a los dos días de tu partida. Leverrier quería que volvieras. Quería matarte con sus propias manos, quería observar cómo te convertías en un Caído ante sus narices. Sentirse superior apresando a un Noah. Pero Lavi volvió con las manos vacías y aún peor que antes.

Me senté de nuevo, y Kanda se giró para mirarme. Observé que la Luna había continuado su movimiento, puesto que su luz perlada no incidía en el mismo sitio que antes, y ahora se reflejaba en los irises del japonés. Él ni se inmutó.

-Leverrier nos espió, nos cuestionó y nos intentó aterrorizar física y psicológicamente. Lo consiguió con Lenalee, y con Lavi. Según su forma de pensar, nuestros lazos contigo eran tan intensos como para poder encontrarnos en cualquier sitio. Se equivocó, claro. Esa zorra de Leverrier siempre se equivoca contigo.

Tomó aire largamente.

-Bookman quiso llevárselo de vuelta al Clan, o a cualquier sitio donde Lavi no tuviese que lidiar con el escrutinio diario de Leverrier. Pero Lavi se negaba. Él seguía diciendo que volverías. Y que él iba a estar en la puerta siempre, esperando –bufó.

Supongo que había creído que aquello era una soberana estupidez. Kanda siempre había sabido que me iría, al final. Y el hecho de que Lavi siguiese allá donde quedaban recuerdos míos no le parecía muy inteligente. Se me contrajo el pecho, temblando.

-Lo primero fue dejar de sonreír –continuó-. No sonreía por nada. Después vino el dejar las bromas aparte, el tratarnos más cortésmente que amistosamente, como si no nos conociera. Al principio, Bookman estaba encantado con esto, porque parecía que Lavi por fin había aceptado su deber de Bookman, desterrando sentimientos. Pero era lo contrario. Lavi tenía demasiados sentimientos. Y seguía saliendo a buscarte, claro. Acudía a cada misión, sin importarle si estuviese asignada para él, siempre esperando encontrarte.

Entonces, Kanda se levantó, y se sentó a mi lado. El colchón descendió unos centímetros con su peso. Adiviné que Kanda no quería ver más mi rostro. Maldito japonés que simulaba ser una estatua de piedra, y maldito japonés que en el fondo era un sentimental.

-Luego dejó de llamarnos por nuestros motes, y usaba nuestros apellidos. Se pasaba las tardes hablando con Hevlaska, obligándola a localizar tu Inocencia. Encontramos a muchos Compatibles gracias a él. Somos el doble de exorcistas ahora.

Y, en ese momento, llegó el golpe.

-Leverrier no lo vio suficiente. Y nos lo dijo claro. Según él, en algún momento debías de haber dejado de ser tú, y Lavi debía de saber cuando. Tenía razón.

Kanda me miró inquisitivamente. Sí. Leverrier había acertado en el punto justo. Aquella noche. Aquella noche en la que dejé de ser yo mismo, y pasaron miles de cosas antes de volver a despertar. Miles de cosas que no conseguía recordar, y que el Decimocuarto guardaba en el trocito de mi mente que sólo le pertenecía a él.

-Leverrier decidió revisar los cuadernos de Lavi.

Silencio. Una garra helada me oprimió el pecho, y dejé de respirar.

-¿Qué? –alcancé a gemir, y mi voz fue apenas un hilo de voz.

-Primero leyó sólo los que relataban sus años en la Orden. Dijo que podía ver cómo dejaban de ser completamente impersonales, simples datos, y comenzaban a centrarse en nosotros. En la muchacha de piernas como alas de mariposa, en el espadachín inmortal, el General desaparecido… pero nada sobre ti. Absolutamente nada.

Cerré los ojos, sintiéndome muy cansado. Abatido.

-Así que leyó todos. Desde el primero que escribió a los seis años. Nos ocultaba que lo que pasaba era que se había obsesionado con el mundo de Lavi, con todos los secretos que aprendía, con las guerras y sucesos que no saldrían publicados jamás en ningún otro libro. A cada uno que terminaba, Lavi hablaba menos. No salía de su cuarto, no nos miraba. No iba a misiones. Leverrier estaba absorbiendo a Lavi.

-Como estar desnudo –susurré, recordando las palabras del Bookman Júnior.

Kanda asintió.

-Es el punto débil de cualquier Bookman. Como entrar en su mente, incluso mucho más parecido a una vejación pública o una violación. Y Lavi le dejó hacer, convenciéndose de que Leverrier encontraría en sus escritos algo para traerte de nuevo. Se dejó leer y descubrir. Por eso son Bookmans, Allen: ellos SON libros. Ni piel, ni gestos, ni palabras. Libros.

Me llevé las manos a la cara. Estaba llorando. Me sentía egoísta. Había creído que Lavi afrontaría la vida tal como le llegaba, si preocupaciones. Sabía que me echaría de menos, pero también había creído que obedecería el único ruego que le había hecho. Pero, como había dicho antes… Lavi nunca atendía a razones cuando se trataba de mí.

-Hasta que encontró tu cuaderno.

Nos miramos.

-¿Mi… cuaderno?

-Lo había escondido a conciencia. Supongo que, como Bookman, no podía resistirse a escribir. Es su vida, escribir, observar, analizar, vivir y, de nuevo, escribir. No había nombres, fechas. Pero había características, lugares, inconfundibles. Supongo que él había estado planeando dártelo algún día. Leverrier se volvió loco de contento. Descubrió cada una de vuestras debilidades. Lo que os mantenía unidos. Y, finalmente, cuando vio que no pudo extraer nada más de ese cuaderno, Leverrier nos llamó a Lavi y a mí para ir a su despacho.

Respiró hondo, recuperando aliento.

-"El Decimocuarto es un enemigo, Bookman. Un Noah. Así, mientras su vida se centra en destruir todas las demás, la tuya relata esas vidas destruidas." –citó-. Eso fue lo que dijo. Y, acto seguido, tiró tu cuaderno a la chimenea. Lavi gritó y quiso sacarlo, pero lo detuve. Y supe porqué Leverrier me había llamado también a mí. Él había destruido parte de su "alma" en el fuego. Y yo había impedido que lo recuperase. Así, me convertía inevitablemente en un escudo tanto para Lavi como para Leverrier. Porque nosotros tres éramos los únicos que conocíamos la existencia de ese cuaderno. Leverrier quería borrar toda prueba de tu existencia. Nos impidió hablar de ti, o decir tu nombre. Quería que dejásemos a un lado lo que fuiste, que fueses realmente un Noah ante nuestros ojos.

Apreté los dientes fuertemente, conteniendo la rabia.

-Yo protegía a Leverrier de la rabia de Lavi y, a la vez, protegía a Lavi de sus propios recuerdos. A veces, aparecía en mi habitación, muy tarde, y simplemente preguntaba: "¿Existió?". Y yo asentía, y le hablaba de ti. Hasta esta noche no había vuelto a dar muestras de recordarte. Se lo veía venir. El otro día también me habló de ti.

Me estremecí. Entonces, Kanda, apoyó su mano en mi hombro, y alcé la vista para mirarlo. Comprendí entonces que, a base del sufrimiento continuo de Lavi, Kanda había aprendido a abrirse, a ser algo más humano. A sentir.

-Otro golpe en su alma y morirá, Allen.

Me quedé sin aire.