Por fin el capítulo 7 está terminado. Lo he subido en cuanto acabé de escribir. Lo cierto es que he tardado más tiempo en publicarlo no por pereza, si no porque no me sentía inspirado, y he preferido esperar a sentirme "iluminado" para continuarlo.
-Queen: Me alegro mucho de que te gustase mi historia. Tengo que decirte que no es fiel a las películas 100%, y tiene muchos elementos fantásticos que no aparecen en el universo original de Piratas del Caribe, aunque tampoco es que lo cambie todo completamente. El motivo por el que he decidido cambiar el nombre a Teague lo explicaré más adelante, pero si que puedo decir que él no se lo va a cambiar más adelante, como si hizo Jack. En cuanto a Bahari, es sospechosamente parecida a Tía Dalma, ¿verdad?...
-L3onn: No sé que tienen los piratas, que a todos nos encantan. Espero que este capítulo te guste, y desde luego si eres fan de los piratas, a partir de ahora van a haber a montón.
Recordamos que Marshall y Bahari estaban a punto de abandonar el Pelegosto cuando fueron brutalmente atacados por el barco del Capitán Rogers, el pirata más famoso del Caribe.
Capítulo 7: Un collar de cuentas
Los piratas no fueron tan temerarios como para desembarcar en la playa y enfrentarse a los indígenas directamente. El Vorágine lanzó al menos cuatro salvas de cañonazos, que destrozaron la playa e hicieron saltar por los aires a los Pelegostos. Las rocas reventaron, y las palmeras comenzaron a arder con alarmante velocidad. Marshall se levantó de un salto, como agitado por una descarga eléctrica. Buscó durante unos segundos a Bahari con la mirada, pero fue incapaz de encontrarla. Y los muertos que estaban en el suelo estaban calcinados e irreconocibles. Vaciló unos instantes, pero al final echó a correr, presa del pánico, seguido por unos pocos Pelegostos lo suficientemente rápidos como para escapar. Todos los que quedaron en la bahía fueron masacrados por los cañonazos del barco, o por los piratas, que llegaron en sus botes y clavaron sus afilados sables en sus vientres.
-¡Corred a la selva! ¡Deprisa, no podrán encontrar el poblado!-gritó Marshall a los demás indígenas, que iban a toda velocidad apartando las ramas y raíces. Ellos parecieron no hacerle caso, pues se separaron y se fueron cada uno por su lado-¡En serio, seguidme!-insistió, pero no le escucharon. A él lo más sensato le pareció regresar al poblado, que estaba bien oculto en la espesa jungla, y donde podría defenderse. Los piratas no le atraparían allí. Aún así, estaba en un buen lío. ¿Es que sus penurias nunca iban a acabar? Pero lo importante ahora era sobrevivir…
Siguiendo el camino que se había aprendido en aquel tiempo que había pasado con los caníbales como profeta, llegó hasta su poblado. El enorme cartel en el que aparecía escrito en grandes letras "Pelegosto" estaba torcido, y ofrecía un aspecto decadente. Marshall lo pasó corriendo, cuando se paró un segundo, al darse cuenta de algo en lo que jamás se había parado a pensar; los Pelegostos tenían unas letras distintas y una lengua totalmente diferente. ¿Cómo era posible que el cartel estuviera escrito en el abecedario europeo? Se suponía que ellos no sabían inglés, ni español…
Se había parado a pensar aquello, hasta que se dio cuenta de que el poblado estaba vacío, y de que se había olvidado de Bahari. En su mente no cabía la idea de que hubiera podido ser alcanzada por un cañonazo. No, Bahari no podía haber muerto. Era algo totalmente impensable. A él podrían matarle, quizás ¿Pero a ella? Ella era casi… inmortal.
Quizás se había refugiado en la cueva, con sus amigas las arañitas. Se giró para ir hacia allí, cuando escuchó un ruido detrás de él. Se volvió rápidamente, para encontrarse a una gordinflona figura que conocía de sobra: el ex -jefe Kum había logrado escapar de su prisión, y arrastraba un saco con joyas y riquezas del pueblo.
-¡Tú!-gritó Marshall, muy sorprendido. Quería advertirle del peligro, pero Kum había cogido una afilada piedra, y avanzaba hacia él, furioso.
-Debí sacrificarte cuando pude, "profeta"-dijo Kum con odio, mientras se abalanzaba sobre él, con la afilada piedra lista para acuchillarle.
Marshall le dio una patada en la entrepierna e hizo que soltase la piedra. Sin embargo, Kum no era tan torpe, y agarrándole con fuerza de los brazos, le tiró al suelo, y comenzó a estrangularle.
-¡Suéltame!-gritó Marshall, tratando de quitárselo de encima, pero Kum se aprovechaba de su obesidad para aplastarle e impedir que pudiera moverse. Marshall notó que empezaba a faltarle aire. Aquel hijo de mala madre iba a ahogarle.
-¡Cuánto tiempo Kum, viejo amigo!-gritó una voz por detrás, soltando una carcajada. Después, sonó un disparo que retumbó por todo el poblado. Varios loros que los indígenas tenían domesticados salieron volando, asustados.
El disparo había impactado en el hombro de Kum, que lanzó un chillido de dolor y cayó a un lado, enrojecido y lloroso. Marshall jadeó, pudiendo al fin respirar. Se levantó lentamente, sin dejar de vigilar a Kum, que se agitaba en el suelo, hasta que una firme mano le agarró de la camisa y le hizo volverse.
-Hola, chaval-le dijo sonriendo el pirata, de pelo anaranjado y alargados bigotes.
Marshall quiso decir algo, pero él le golpeó con la culata de su pistola en la cabeza, dejándole inconsciente.
Puede decirse que experimentó un deja vù cuando volvió a ser arrastrado por los piratas por toda la selva, hasta la playa. Una vez allí, fue atado y subido a uno de sus botes. La mayor diferencia existente entre los caníbales y aquellos rufianes era que los piratas olían aún peor, y eran mucho más escandalosos.
-¿Quién se supone que es este, Radan?-preguntó un pirata de pelo largo y rizado, que tenía enormes ojeras y varias cicatrices en su tostado rostro.
-Lo he encontrado en el poblado, peleando con Kum-respondió Radan, el pirata de largos bigotes-me hace gracia. Seguro que al Capitán también.
-No sé yo si están los botes para sobrecargarlos-replicó el del pelo rizado-pero todo sea por unas risas.
Marshall tembló. Los piratas tenían un aspecto verdaderamente feroz, y eso que él se había enfrentado a arañas y caníbales de la peor clase. ¿Qué iba a hacer? Bahari diría que no se preocupara, que sobreviviría. Claro, que hasta entonces ella siempre había estado a su lado…
Sentaron al malherido jefe Kum a su lado. Marshall se preguntó si a él también le habían dejado vivir solo para divertir a su capitán. Después, cuatro piratas se subieron a su bote. Dos gemelos musulmanes musculosos y de pocas palabras cogieron los remos, mientras que el tal Radan y otro pirata gordinflón con un gran bigote que llevaba una peluca manchada de sangre se ponían en la cabeza de la barca, para equilibrar el peso.
-¡Misión cumplida, ratas! ¡Volvemos al barco!-gritó Radan, y todos prorrumpieron en gritos y cánticos obscenos.
A Marshall no se le ocurrió echar un último vistazo a la isla. Su mente estaba bloqueada. Su cuerpo estaba bloqueado. No sabía qué hacer. Recordó que cuando iba a ser sacrificado a Papazú, había sentido verdadero miedo, incluso había vomitado. Pero en el fondo siempre había existido la secreta confianza de que Bahari le rescataría. ¿Volvería a hacerlo? Ya no tenía esa corazonada. O pensaba deprisa, o se veía ensartado en una de cuatro espadas que colgaban del cinturón de Radan.
Los botes avanzaron por las cristalinas aguas a gran velocidad, acercándose cada vez más al Vorágine. Pronto, la sombra del enorme galeón los engulló, y Marshall pudo ver claramente que tenía dibujos de calaveras y siniestros símbolos pintados por todo el casco. En el mascarón de proa había una enorme figura de un esqueleto que sujetaba en su mano izquierda una espada. "Desde luego, toda esta gente tiene un gusto muy particular"-pensó Marshall, acordándose de la horripilante estatua de Papazú.
Un grupo de horrendos piratas, sucios y malolientes, esperaban en la cubierta la llegada de sus compañeros.
-¡Ya era hora Radan, maldito lento!-gritó desde arriba un enorme pirata albino, cuya piel tenía montones de quemaduras y cortes, y que llevaba una larga barba blanca trenzada.
-¡Vete al infierno!-respondió Radan desde el bote, mientras agarraba una cuerda para subir al barco.
Era el momento que Marshall había esperado. Estaban distraídos tratando de subir. Si saltaba al agua, aunque fuera atado, tal vez conseguiría llegar a la isla…
-Yo que tú ni lo intentaba chico. Pensaba que eras listo-dijo Radan, sin ni siquiera mirarle-nadando atado podrías incluso regresar a tu islita, pero olvidas a los tiburones.
Marshall tragó saliva. Resignado, dejó que uno de los hermanos musulmanes se lo cargase en sus fuertes hombros, y lo subiera al navío.
La cubierta estaba llenísima de piratas. Malhechores, asesinos, ladrones, traficantes, violadores, torturadores… lo peor de lo peor se encontraba reunido en aquel buque. Un buque del que Marshall ya imaginaba quien sería su capitán...
-¡Te cogimos Kum, rata traidora!-le insultó al jefe Kum un viejo encapuchado y lleno de vendas, que tenía un cinturón lleno de dagas.
-¡Te colgaremos de la vela mayor, si es que podemos levantarte!-le insultó otro, escupiéndole en la cara.
Kum no miraba a los piratas; mantenía la vista fija en el suelo, y se apretaba el hombro herido con fuerza. La bala aún estaba dentro.
-¿Y quién es este pimpollo, si puede saberse?-preguntó un pirata vestido con ropajes femeninos y maquillado, señalando a Marshall.
-No es para ti, Bellete-rió el del pelo greñoso, mientras arrastraba a Marshall hasta el centro del barco. Notó que los ojos de todos estaban fijos en él.
-¿Qué vais a hacer con él entonces? ¿Lo adoptamos como mascota?-se burló Bellete, con voz cantarina.
-¡Descuartización! ¡Descuartización!-gritó un asiático pequeñito y mofletudo.
-Creo que si no sirve para nada lo mejor es un balazo en la cabeza y a otra cosa-sugirió un tipo de pelo caoba, que tenía un enorme corte con forma de tela de araña en la mitad de la cara.
-Pues yo creo que si lo hacemos desfilar por la quilla, nos echaremos unas risas-defendió Radan-pero esperad al Capitán.
-El Capitán está descansando en su camarote, y no podemos molestarle-dijo una voz grave y autoritaria.
Todos se giraron. Un hombre vestido con un elegante chaleco granate y un enorme sombrero de plumas miró a la tripulación con severidad. Tenía unos ojos grandes y profundos, y una barba muy cuidada y bien recortada. De su cinturón sobresalía una pistola reluciente, que acariciaba como si fuera su mascota. Su tono severo le recordó a Marshall al Capitán Dalton.
-Pero… André… ¿Él no va a salir?-preguntó lentamente Radan.
-No, ya te lo he dicho-dijo el hombre del sombrero de plumas- así que preparaos para levar anclas… y quitadme de en medio a este fulano-señaló a Kum con desdén-al chico matarle ya.
-¡Espere, Leonne!-le interrumpió el de la cicatriz de telaraña-¿No podemos divertirnos un rato con él antes?
-¿Y qué le ocurre al Capitán?-preguntó el pirata rechoncho que llevaba una peluca ensangrentada-¡Tenemos que entregarle lo que nos mandó a buscar a esa maldita isla!
-No creo que tenga que explicarte nada, Tibol. Dádmelo, por cierto-ordenó el pirata llamado André Leonne.
Radan avanzó algo receloso, y se sacó de su chaqueta un pequeño objeto que todos miraron muy sorprendidos. Marshall alzó un poco la mirada para alcanzar a ver de qué se trataba, y se quedó helado. Era su collar. El collar que Bahari le había regalado, y que el día anterior le había reclamado, sin dar ningún motivo. ¿Qué significaba aquello? ¿Los piratas los habían atacado por ese collar? ¿Cómo habían sabido que estaba en aquella isla? ¿Y qué tenía que ver Kum en todo aquello?
Leonne observó unos instantes el colgante de cuentas, algo escéptico. En el barco se había hecho un silencio sepulcral.
-¿Estáis seguros de que es este?-preguntó lentamente, acariciando de nuevo su pistola.
-Totalmente-insistió Radan-estaba escondido en una gruta secreta, junto a otros tesoros del poblado. Que lo confirme el gordo, que fue quién nos lo robó.
Leonne se volvió a Kum, que seguía con la vista fija en el suelo, apretando los dientes.
-¿Es este, Kum? ¿Este es el collar de cuentas que nos robaste hace años?-preguntó con su profunda voz. Pero Kum no respondió. Ni siquiera le miró. La herida de bala en el hombro le hacía desangrarse. Leonne suspiró, y llamó a Radan-llevarlo abajo y vendarle esa herida. Después hablaré con él.
-¡Un momento, Leonne!-insistió el de la cicatriz-¿Qué hay del chico? ¡Estamos deseando liquidarle!-se escucharon murmullos de apoyo entre la tripulación.
El pirata suspiró, impaciente.
-Está bien, haced lo que queráis, pero deprisa. Antes del mediodía tenemos que coger la corriente norte-Leonne hizo un ademán para marcharse, y los demás piratas se acercaron sonriendo hacia Marshall, algunos desenvainando sus espadas y cuchillos. Debía pensar algo rápido. ¿Qué haría Bahari? ¿Qué importaba eso? ¡Tenía que hacer algo!
-¡NO! ¡Por favor, no lo hagáis!-gritó Marshall. Ellos se detuvieron, y le miraron con maldad.
-¡Vaya, el chico sabe hablar!-se burló Bellete, el pirata travestido-y vaya voz más bonita tienes…
-Si le cortamos la lengua seguro que ya no es tan bonita-dijo el viejo lleno de vendas, poniendo un cuchillo en la garganta de Marshall. El chico tembló de nuevo. Aquellos sádicos no iban a apiadarse de él.
-Preparad el tablón colegas-gritó Radan, muy contento-¡Va a darse un chapuzón de los que no se olvidan!
-¡Como que será el último!-se rió el pirata del pelo greñoso.
-¡Descuartización! ¡Descuartización!-insistió el pirata chino.
"Vamos Marshall, reacciona-se dijo Teague a sí mismo-¡Has sido profeta, no me fastidies!¡Invéntate algo!" pero lo cierto es que bajo presión es difícil mentir, y Marshall tenía la certeza de que aquellos villanos no iban a tragarse cualquier cuento.
Vio que Leonne subía las escaleras de popa y abría la puerta del camarote. Si alguien podía impedir que lo lanzasen a las fauces de los tiburones era aquel hombre. Y entonces las palabras salieron de su boca con una facilidad pasmosa.
-¡ES FALSO! ¡NO ES LO QUE BUSCÁIS!-gritó Marshall-¡KUM OS HA ENGAÑADO!
El griterío ceso repentinamente, y Leonne se detuvo justo en la puerta del camarote. Lentamente, se volvió hacia el chico, y con aquellos oscuros ojos le traspasó con la mirada.
-¿Qué es lo que has dicho?-preguntó con una tranquilidad alarmante.
Marshall le sostuvo la mirada como pudo, aunque fue difícil. Notaba el cuerpo dolorido, y de nuevo todos los ojos de los piratas clavados en él.
-Ese no es el collar que buscáis…. Es mío. Kum os ha engañado-dijo, y todos prorrumpieron en gritos y protestas.
-¡Es obvio que miente!-dijo Radan, golpeándole en el estómago con violencia.
-¡El Capitán nos dijo que buscáramos un collar de cuentas! ¡No hay duda de que es ese!-defendió el de la peluca.
-¡A los tiburones con él de una vez!-insistió el del pelo greñoso.
-¡SILENCIO!-bramó Leonne, dando un fuerte pisotón en el suelo-¡SILENCIO DE UNA VEZ!-bajó las escaleras de nuevo, y agarrando a Marshall del cuello, lo levantó con sorprendente facilidad-¿Qué es lo que estás diciendo, niño?
-Es… es verdad-aseguró Marshall, muy nervioso-ese collar de cuentas no era de Kum…. Era mío. Me lo regaló… una amiga.
-Ajá-Radan le miró con incredulidad-está mintiendo, seguro. Vas a pagar caro haber intentado engañarnos…
-No-interrumpió Leonne, soltando a Marshall, que cayó al suelo, derrotado-el chico no morirá hasta que aclare las cosas con el Capitán. Bajadlo al calabozo con Kum, y dadle algo de comer.
-P-pero… pero-Radan estaba tan perplejo como Marshall… y como el resto de la tripulación-¡Él no sirve de nada!
-Eso debiste pensarlo antes de haberlo traído aquí solo para hacer el imbécil-replicó Leonne impasible, mientras se acariciaba su cuidada perilla-ahora bájalo, o serás tú el que acabe nadando con los tiburones.
Radan trató de contestar, pero prefirió callarse. Agarró a Marshall con rabia y lo arrastró hacia la bodega del barco, mientras los otros piratas le miraban, intrigados.
-¿Y si no está mintiendo? ¡El Capitán nos volará en pedazos por habernos equivocado de collar!-dijo Bellete, nervioso.
-Déjate de tonterías. Está mintiendo. Y cuando el Capitán lo aclare, se le habrá acabado la suerte-dijo el albino barbudo y tatuado, componiendo una horrenda sonrisa.
La bodega era muy oscura, y mucho más grande que la del Liberty. La madera del suelo estaba levantada, y en el aire se mezclaba el olor a ron, carne y orina. Radan guió a Marshall a punta de pistola hasta una enorme celda al final del pasillo, parecida a donde Bahari había estado encerrada en su viaje hacia la India.
-Buen jugada, chaval, pero dudo mucho que te funcione-le dijo Radan, mientras cerraba su celda.
-Solo quiero salir de aquí. Haré lo que sea-pidió Marshall.
-¿Sí, eh? Ya veremos. Disfruta de nuestra hospitalidad… y de la compañía-rió de nuevo el pirata, señalando a Kum, que se encontraba en el fondo de la celda, con el brazo ya vendado, y los ojos cerrados.
Radan se alejó, desapareciendo en la oscuridad de la bodega, y en cuanto Marshall dejó de huir sus pasos, cogió una vara de metal del suelo y comenzó a golpear la cerradura de la celda, tratando de partirla. No sabía si eso funcionaría, pero simplemente no estaba dispuesto a quedarse allí esperando a que los piratas se decidieran a matarlo, y menos en compañía de Kum.
-No… venga, por favor… ¡Vamos!-se impacientó Marshall, golpeando la cerradura con toda su rabia. Pero el metal no cedió. Furioso, Marshall se volvió hacia Kum, y se encaró a él-¡Tenemos que salir de aquí!
El gordinflón caníbal no respondió. Al igual que en cubierta, se dedicaba a mirar el suelo como si fuera lo más interesante que hubiera a su alrededor.
-¡Eh, Kum! ¡Respóndeme, rata! Sé que entiendes mi idioma-Marshall le dio un golpe, pero él no reaccionó-Vamos, en serio. ¡Tenemos que huir ahora!
Kum no respondió, y tras observarle un rato, Marshall se resignó y volvió a liarse a golpes con la cerradura.
-¡Vamos…! ¡VAMOS!-suplicó usando toda su fuerza bruta.
-No pierdas el tiempo, chico. No servirá de nada-dijo Kum, con voz ronca.
-Vaya, por fin hablas-Marshall se volvió a él, esperanzado-Tienes que ayudarme, Kum. Si trabajamos juntos podemos salir de aquí.
-No-dijo Kum simplemente.
-¿Qué?-se sorprendió Marshall-vamos, maldita sea, deja de actuar así. ¡Ahora debemos colaborar!
-De eso nada Marshall-la clásica y desagradable sonrisa de Kum reapareció en su rostro-tú y yo somos enemigos, y tienes suerte de que no tenga fuerzas para matarte. Además, tu amiguita la bruja ya no está para salvarte el culo. No estará nunca más, me parece.
-¡Bahari no ha muerto! ¡Aún podría ayudarnos!-le gritó Marshall, sin terminar de creerse lo que él mismo decía.
-¿Ayudarte?-se burló Kum con una malicia similar a la de los piratas-no tienes ni idea. Ella sabía que yo escondía el collar de cuentas que buscan esos piratas, y el día antes de que os fuerais, lo cambió por el tuyo, y se lo quedó. Pretendía llevárselo con ella cuando dejarais la isla.
Marshall palideció.
-¿Q-qué?-preguntó, sin poder creer lo que había escuchado.
-¿No te contó nada de eso, verdad, idiota? Pero el verdadero collar de cuentas no se parece mucho al que ella dejó. El único que conoce su verdadero aspecto es Rogers, y en cuanto le enseñen el falso, sabrá que le han engañado. Y para mi será el fin-concluyó Kum con calma. Cerró los ojos unos instantes, y después los volvió a abrir, para mirar a Marshall con odio-lo único que me consuela es que tú morirás antes. Y de una muerte horrible, espero.
El chico no podía creer lo que escuchaba. Bahari le había engañado. No le había contado nada de aquello. ¿Qué interés podría haber tenido ella en aquel collar, que tanto buscaba el Capitán Rogers? Tal vez ella planeaba decírselo más adelante. Pero en el fondo él sabía que eso no era así.
Fuese lo que fuese, Bahari no estaba allí para aclararlo. Y probablemente, como había sugerido Kum, estaba muerta. Y Marshall acabaría igual que ella, porque las opciones se le estaban empezando a agotar.
-No puedo creer que mi vida depende de un collar-murmuró, desolado. Iba a dejarse caer al lado de Kum, pero una fuerza irresistible, que es el temor a la muerte, se apoderó de él y le hizo comenzar a dar golpes contra la cerradura de nuevo-¡Ábrete vamos! ¡ÁBRETE!
-Déjalo ya, en serio. Aunque consiguieses salir, este barco es una verdadera fortaleza. No llegarías ni a tocar el agua-dijo Kum, mientras cerraba los ojos y se acomodaba en la celda. Había perdido mucha sangre, y sudaba aún más que de costumbre.
Marshall le echó un vistazo, nervioso. Pero no se rindió. Siguió golpeando con brutalidad la cerradura, maldiciendo por lo bajo, y recordando el tiempo que estuvo encerrado en aquella cabaña del poblado de Pelegosto aprendiendo el idioma de los indígenas. Allí también había estado seguro de que iba a morir, había ideado un plan, y le había salido relativamente bien. ¿Por qué no intentarlo de nuevo? Se sentó apoyado sobre la verja de la celda, sin perder de vista al supuestamente dormido Kum, y se puso a pensar. Algo tendría que inventar. Pero no iba a ser fácil.
Entretanto, en la playa de Pelegosto, una figura se levantó del suelo, donde había estado tendida durante horas, al lado de varios cadáveres calcinados. Los piratas habían creído que estaba muerta, y ni siquiera se habían molestado en registrarle los bolsillos. De lo contrario, habrían descubierto que en uno de ellos tenía un collar de cuentas muy especial…
Bahari miró hacia el mar, y vio como el Vorágine levaba el ancla y se alejaba perdiéndose en el horizonte. El chico probablemente estaría allí, peleando por vivir de una forma u otra.
-Había que hacerlo-se dijo Bahari a sí misma, sonriendo con ternura-espero que me perdones algún día. Suerte en tu aventura, Marshall Teague.
Una araña de cripta se acercó a ella, llevando entre sus patas una caracola plateada, la misma que les había salvado la vida en la tormenta tiempo atrás.
-¡La habéis encontrado! Gracias, chicas-se alegró Bahari, cogiéndola con cuidado y haciéndola sonar levemente. Unos minutos después unos delfines aparecieron en la orilla de la playa. Bahari se metió en el agua y los agarró con fuerza-Mi aventura continua también.
Marshall va a necesitar algo más que suerte para escapar de la muerte esta vez. Espero que os haya gustado el capítulo. En el siguiente, un duelo en el barco y la primera aparición de Rogers. ¡Muchas gracias por leer!
