Reclinado en una silla tambaleante, sin perder un ápice de la elegancia y distinción que lo caracterizaban, George Johnson observó con curiosidad y también con severidad al hombre que traspasó la puerta de la desvencijada cabaña que hacía las veces de veterinaria en el interior del zoológico de Londres.

Y él que creía que pronto, muy pronto, iba a retirarse o a dedicarse a otros asuntos; pero claro que no: cuando menos lo esperaba el "señor" William siempre se las componía para arruinar sus planes y, de paso, provocarle palpitaciones gracias a sus inspiraciones extraordinariamente desquiciadas.

¡Por todos los cielos! ¿Cuidador de animales?

Bueno, al menos continuaban en Londres y eso, en sí, era todo un triunfo. Aunque salir a medianoche a recorrer la ciudad no era menos arriesgado que acampar en el bosque a merced de fieras y vigilantes. Él todavía recordaba aquella minúscula herida en la sien, producto de una aventura en los mismísimos bosques de Lakewood.

Una aventura, sobraba decir, que había acarreado una inesperada e interesante consecuencia.

─Esto no funcionará por mucho tiempo, William─declaró, tan pronto el aludido traspasó la puerta desvencijada. Y sabía lo que decía. Los asuntos urgentes se estaban convirtiendo en una pesadilla y tener el océano de por medio no ayudaba en nada, sino que empeoraba las cosas cuando de negocios se trataba.

─Lo sé, George ─replicó William, dejándose caer en otra silla medio destartalada, compañera de la que él estaba utilizando y que se encontraba al lado opuesto de la mesita. Notó que estaba de muy buen humor y eso en sí era extraño en William, sobre todo a horas no corrientes. De hecho, era la primera vez, desde que llegaran a Londres que lo veía sonreír con tanta naturalidad y que no mostraba la más mínima preocupación o disgusto por su visita a hora tan inconveniente.

─¿Tienes café? ─preguntó George, sabiendo que el asunto que lo había llevado hasta allí en plena noche no era algo que pudiera solucionarse en cinco minutos. Las horas que restaban para el amanecer no les alcanzarían para terminar de ajustar el borrador final de un acuerdo importante y no había más remedio que empezar ya o las negociaciones se retrasarían y, para colmo, era uno de esos casos en que trataban con clientes impacientes y caprichosos; nada que juntos no pudieran manejar, por supuesto.

─Sólo hay una botella de Whisky ─replicó William en tono de disculpa, después de un par de minutos de búsqueda─. Olvidé las provisiones en la mansión. Lo siento amigo.

─Deberías haber aceptado que Lachan viniera a ayudarte. No representa problema alguno porque sabe ser discreto.

─Te prometo que pensaré en algo mejor; pero, por el momento, las cosas se quedan como están; en especial porque...─William interrumpió lo que iba a decir y guardó un silencio sepulcral, que a George se le antojó más revelador que ninguna palabra.

Era evidente que algo había ocurrido; sin embargo, pronto se dio cuenta de que no tenía caso preguntar. La mano de William entró en su campo de visión junto con la botella de Whisky y entonces pudo notar en ella las magulladuras propias de una pelea a mano limpia.

¡Había qué ver! Antes debía dar gracias porque algo así no hubiera ocurrido desde tiempo atrás. En ocasiones muy particulares, William se comportaba como una mula loca y a él no se le olvidaba que todavía era el momento en que el patriarca no mencionaba en absoluto el asunto de la muerte de Anthony.

Tal vez había llegado la hora de hablar de eso...

─¿Cómo piensas que la están pasando los muchachos? ─preguntó, intentando sonar casual.

─A esa edad la tristeza es demasiado profunda George, deberías de saberlo ─replicó William, sirviendo los tragos─. Es horrible sentir que tu mundo no volverá a ser como antes y ver hacia el futuro y encontrarlo vacío y desconcertante. Sin embargo, parece que están mejor. Al menos, Candy lo está. Su sonrisa ha vuelto y eso vale este zoológico, nuestras sillas destartaladas y algunos contratiempos.

¿Qué diablos tenía qué ver el zoológico con la sonrisa Candy? George no lo sabía. Sin embargo la respuesta de William había sido perturbadora.

Ninguna mención a Anthony... al parecer las cosas iban a ser más lentas ésta vez.

─Anthony está con Rose, George ─dijo William, sorprendiéndolo─. Pero nosotros estamos aquí y eso debe bastar ¿no? Algún día, todo este dolor se volverá tenue, como ocurre con las fotografías gracias al tiempo; pero, hasta entonces, no nos queda más que continuar avanzando con la certeza de que incluso la noche más oscura reserva sorpresas luminosas y que la felicidad puede estar aguardando en una simple y casual sonrisa.

─Brindo por eso, William ─dijo George con sinceridad, rogando que, algún día, esas palabras se hicieran realidad en la vida de William y él mismo y rogando también porque esa inexplicable punzada de inquietud se alejara de su corazón.

¿Porqué William había mencionado ya dos veces la palabra "sonrisa"?

Mejor no saberlo.

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Talismán
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La habitación luce vacía y entonces es cuando comprende que su aventura y su esfuerzo han sido en vano: el herido se ha marchado. ¡Tanto para nada! La furia la invade, aunque no por mucho tiempo, porque pronto es sustituida por la dulzura del recuerdo de aquella inesperada sorpresa de medianoche.

Increíble lo mucho que su aspecto ha cambiado, desde aquel primer encuentro cuando sus barbas la asustaron y lo creyó un oso. Tantas cosas han ocurrido desde entonces...

Las dudas, las razones, lo ocurrido tras su última separación; todo ha sido explicado. Mientras evoca sus palabras y su imagen, cierra los ojos y, poco a poco va quedándose dormida con una sonrisa en los labios, al tiempo que formula una silenciosa promesa que la llena de ilusión:

Señor Albert sin barba, lo visitaré tan pronto pueda.

*.*.*.Talismán.*.*.*

"¡Atención! Les traigo noticias del Festival de Mayo". El anuncio de la maestra resuena en el salón de clases encendiendo la emoción. Ella escucha, entre asombrada y desconcertada, en realidad no comprende de qué están hablando.

Al lado suyo su amiga comienza a explicarle cuanto sabe, sin omitir detalles. Sin embargo, ella no la entiende del todo, extraviada en memorias del pasado; memorias dolorosas, pero inevitables. Annie, Anthony; dos pérdidas distintas, pero que duelen y continuarán doliendo.

La ensoñación termina y ella descubre que será una de las reinas del festival. Una imagen perturbadora cruza su mente cuando se menciona que puede escoger al caballero de su preferencia; sin embargo, conforme la explicación continúa, esa emoción fugaz es sustituida por una posibilidad mucho más tangible que la embarga de dicha:

¡Invitaré al señor Albert!

*.*.*.Talismán.*.*.*

El joven llega, al principio receloso y después ya más tranquilo y en el lapso que ha durado su visita de agradecimiento y su conversación desenfadada, él vuelve a reconocer un poco de sí mismo en él; sin embargo, al mismo tiempo no puede evitar darse cuenta de que nunca fue así: nunca estuvo así de triste, así de solitario. George, como siempre, tuvo toda la razón aquella vez en acusarlo de ingrato.

Un llamado a la puerta corta la animada conversación. El sonríe, sabiendo que sin duda habrá una historia interesante detrás de esa inesperada y bienvenida visita ¿Qué habrá hecho ella ahora? y lo más importante: ¿Cómo ha conseguido escapar del colegio en pleno día?

La puerta se abre, trayendo consigo una nueva revelación. En la fracción de segundo que el tiempo se ha detenido ha sido inevitable notar en las miradas cruzadas por sus visitantes la chispa de una indefinida emoción. Indefinida para ellos, claro; pero muy evidente para él. Sin embargo, consigue recuperarse de la sorpresa y, con su habitual aire alegre, pregunta:

¿Ustedes se conocen?

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Talismán
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