CAPITULO VI

Los tiempos eran pacíficos y nosotros combatíamos únicamente para mantenernos en forma. Yo nunca había participado en una batalla real y nunca había tomado la vida de otra persona, en los torneos y justas las heridas eran algo inevitable pero no eran mortales.

De pronto un día, del reino Cornwell nos llegó una súplica. Unos días antes un grupo de sajones había capturado al Rey y, sus hijos al enterase, salieron junto con algunos de sus caballeros a rescatarlo. Los sajones amenazaban con terminar la vida del soberano si no llegaban a un buen acuerdo. Sin embargo, el príncipe Aliester de alguna manera había logrado que su padre fuera puesto en libertad. Durante el resto del día los caballeros Cornwell y sus aliados se regocijaron y festejaron la libertad de su soberano, pero más tarde, cuando todos dormían, el príncipe Aliester se entregó a los sajones. Él había dado su vida a cambio de la de su padre.

Nadie se dio cuenta de la ausencia del príncipe hasta la mañana siguiente, cuando su hermano menor fue por él a su tienda para emprender el regreso a casa. En el lugar de Aliester, el príncipe Archibald sólo encontró una nota en la que su hermano pedía perdón por el sufrimiento que seguramente los haría pasar, pero aseguraba que la vida de su padre era para él lo más sagrado del mundo y que estaba feliz de poder salvar a tan honorable hombre sacrificando su propia existencia.

En cuanto La Orden recibió la llamada de ayuda, caballeros de todos los rincones del país acudieron a prestar sus servicios a la Real familia. Mis ahora tres mentores estaban a punto de partir a las tierras del Rey, la familia Andrew no quería otorgarme la autorización para formar parte de los guerreros que lucharían por la libertad de Aliester, a menos que decidiera presentarme como el "Príncipe William", pero tenía ya mucho tiempo que yo había dejado de acatar las decisiones de mi familia.

Así que, casi cuatro semanas después de la captura del príncipe, Sir George, el Duque de Grandchester, Terry, Lord Wessex y yo llegamos al campamento donde los guerreros esperaban la orden de partida para el rescate.

Al ser una Familia Real la que estaba en problemas, los pueblos aliados tenían que mandar a un representante para apoyar a la causa. Sir George me dijo que la familia Andrew había decidido que en ausencia mía, mandaría a Anthony en representación de nuestro reino. Él era aún bastante joven, pero era el único que podía representarnos. Con él venían algunos de nuestros caballeros y, Sir George pelearía a su lado para protegerlo.

Sir Richard había llevado consigo a Terry, así que yo tendría el honor de pelear al lado de Lord Wessex.

El príncipe Archibald se mantenía siempre al lado de su padre y, junto a ellos estaban dos caballeros, que según Lord Wessex, eran quienes subirían al trono si los tres Cornwell llegaran a perecer. Esos dos caballeros eran el Barón Leegan y su hijo Neil. Muchas personas creían que ellos tenían que ver en los hechos actuales, pero su preocupación era sincera.

Cuando todos aquellos que prometieron ayudar habían arribado al campamento, el Rey mandó llamar a los caballeros de mayor rango y a los representantes de los reinos aliados para planear el ataque. Yo asistí a esa reunión como el brazo derecho de Lord Wessex.

En primer término, el Rey agradeció a todos su buena voluntad y determinación de ayudarlo en momentos tan difíciles, después hizo algunas presentaciones y finalmente, planteó la estrategia. Era sabido que el príncipe se encontraba en los calabozos del castillo del Rey Offa, jefe de los sajones, y para poder llegar a él tendríamos que pasar primero sobre sus guerreros, y eso no era tarea fácil. Con ayuda de todos, el plan de rescate quedó listo para ejecutarse durante el atardecer del día siguiente.

Al terminar la reunión, Lord Wessex y yo fuimos a la tienda del Duque para cenar antes de la batalla, pero en realidad, ellos estaban preocupados por la salud de Terry y mía, ésta era nuestra primera batalla real y durante ella ninguno de los dos caballeros podría andar cuidando de nosotros tanto como quisiera. Al poco tiempo llegaron a nuestra tienda el Rey y su hijo, quienes llegaban a agradecernos personalmente. El Monarca sabía quién era yo, y mi presencia para él era muy importante. Justo antes de que se fueran llegaron el Barón Leegan y Neil, acompañados de Sir George y Anthony.

Estábamos ahí todos, juntos antes de la batalla, jurándonos lealtad y protección en una promesa muda. Por su mirada, pude saber que Anthony me había reconocido, así que al finalizar la cena, solicité unas palabras con él.

Mi sobrino había crecido y madurado mucho, uno podía ver a simple vista que por sus venas corría Sangre Real, se parecía tanto a Rose. Él me dijo que había escuchado acerca de mis victorias y que se sentía feliz y orgulloso de saberme su familia. Me dijo también, que esperaba con ansias mi pronto regreso al castillo Andrew, pero que hasta que yo así lo decidiera, él seguiría guardando mi identidad, y procurando ser un buen representante mío.

Nuestra plática fue corta pero fue bueno saber que mi único familiar estaba bien y que era tan buen muchacho. Seguramente mi hermana y mis padres, estuvieran donde estuvieran, se sentirían dichosos de los hombres que ahora éramos.

El día de la batalla llegó y, en el campamento había gran movimiento desde antes que despuntara el alba. Los herreros no se daban abasto para dar los últimos cuidados a nuestras armaduras y armas.

Después del medio día el Rey salió de su tienda. Con gran majestad subió a su caballo e inició el llamado a las armas. Todos los guerreros tomaron sus puestos y, así dio comienzo el rescate.

Fue hasta ese momento, que me di cuenta del cariño que el pueblo le tenía a su Familia Real. Entre las filas pude ver a campesinos y comunes, armados austeramente, que ponían en juego su vida para salvar la de su príncipe. Todo estaba listo y la caravana comenzó el avance.

Llegamos a las afueras del castillo del Rey Offa. Desde la distancia pudimos observar la inmensa cantidad de guerreros que defendían el castillo, pero ya no había marcha atrás.

El grito de guerra se oyó y pude ver como dos inmensas olas, formadas por hombres, chocaban una con la otra. El sonido metálico del entrechocar de las armas, los gritos y el aroma a sangre, entorpecieron mis sentidos por un momento, pero regresé de mi aturdimiento cuando una flecha pasó rozando mi hombro. Entonces, aunque todo era confuso, mi cuerpo actuó por cuenta propia, como he dicho, Puppé es un caballo muy inteligente y me fue de gran ayuda. Logramos ir avanzando, derribando enemigos a mi paso, dejé de oír y sentir todo, lo único que tenía en mente era llegar al castillo y una vez ahí, buscar los calabozos.

Apenas puedo recordar como logré atravesar el patio, pero aún veo claramente la imponente puerta que daba acceso al castillo. Después de traspasarla me encontré a muchos hombres que estaban ya trabados en feroz lucha. De nuevo mi instinto de supervivencia tomó el control y seguí mi camino, defendiéndome de los ataques y derribando a todo aquel que interrumpía mi marcha.

Corrí por los salones, pero tenía tanto tiempo que había dejado mi propio castillo que no recordaba como se hacía la disposición de los espacios y mucho menos, como podía acceder a los calabozos. A mi paso salían muchos guerreros, pero no podía dejarme vencer, tenía que encontrar al príncipe.

A lo lejos logré ver a Lord Wessex, corrí a su encuentro y ambos continuamos nuestra búsqueda juntos. Seguimos corriendo hasta que encontramos unas escaleras que descendían en penumbra, las seguimos y por fin llegamos a donde debía estar Aliester. El lugar era frío y húmedo, despedía un hedor insoportable, el aire era difícil de respirar y la iluminación era tan escasa que no podíamos ver más allá de nuestras narices.

Apenas pudimos ver llegar a un grupo de sajones que cuidaba la "real estancia" del príncipe. Nos atacaron por sorpresa y, en el cuerpo empecé a sentir heridas de las que bullía sangre sin parar, no puedo negar que tuve miedo, pero ni Lord Wessex ni yo dimos marcha atrás. Ambos estábamos decididos a salvar al príncipe y no pensábamos darnos por vencidos. Finalmente, con mucho esfuerzo logramos eliminar a ese grupo y liberamos a Aliester de su prisión. Él estaba golpeado y herido, apenas podía mantenerse en pie, pero exigió que le dejáramos moverse solo y le entregáramos una espada. Su fuerza de voluntad y entrega eran impactantes.

Aliester Cornwell era apenas mayor que Terry, de complexión delgada y cabello castaño. Había sufrido insospechados tormentos en esas semanas, pero aunque su cuerpo estaba muy maltratado, sus ojos habían soportado las pruebas del tiempo, albergaban una mirada tierna y agradecida, y delataban toda su sabiduría e ingenio.

Ahora teníamos que regresar a nuestro campamento, Lord Wessex iba al frente y yo cuidaba la retaguardia. Ambos estábamos dispuestos a utilizar nuestros cuerpos como escudos para salvar la vida de aquel que voluntariamente se había entregado a sus enemigos para salvar a su padre.

Llegamos a los salones y después al patio, la batalla aún era fiera y sin cuartel. Seguimos avanzando. Yo estaba agotado y una herida en mi costado izquierdo comprometía mis movimientos y me causaba gran dolor, pero teníamos que seguir. Lord Wessex, el príncipe y yo peleábamos con el alma, buscábamos con gran anhelo llegar hasta nuestras filas y poder al fin dejar la batalla.

De pronto, casi llegando con los nuestros, un sajón logró herir seriamente a Lord Wessex, corrí a socorrerlo. Nunca me sentí tan furioso antes. Ataqué al sajón con todas mis fuerzas. Descargué mi espada contra su cuerpo en innumerables ocasiones, quería acabar con su miserable vida; mi armadura estaba completamente salpicada de sangre, no podía controlarme, ver caer a mi amigo de tal manera y pensar que de nuevo podría perder a un ser querido sin poder hacer nada… habría seguido así, hasta hacer desaparecer a ese infeliz, pero el príncipe apeló a mi buen juicio haciéndome recobrar la cordura. Tomé a mi amigo en brazos y corrí sin parar hasta llegar al campamento. Aliester corría a mi lado.

Cuando llegamos con los nuestros, los caballeros que ahí se encontraban acudieron a ayudarnos, todos sabíamos que el primero que debía ser atendido era el príncipe, pero él se negó a recibir cuidado alguno si no intentaban salvar la vida de Lord Wessex antes.

Después de que quitaron a mi amigo de mis brazos, todo pareció perderse y desaparecer. Los sonidos se fueron apagando y pronto todo fue oscuridad.