Holiis!
Les traigo el nuevo capitulo del ficc! Espero que lo disfruten!
Ni Harry Potter, ni sus personajes me pertenecen, son propiedad de J.K. Rowling! :3
— Muy bien, antes de continuar traeré a sus hijos para que los vean aprovechando que el horario de clases de la mañana acabó—. Y sin más la profesora McGonagall se dirigió a la puerta de su despacho y desapareció tras ésta.
Un silencio aplastante surgió en la habitación. Sólo se oían pequeños murmullos provenientes de George, que contaba diversos chistes, y de los que se encontraban a su alrededor, que soltaban pequeñas risas. Harry, por su parte, se había levantado y se había acercado a la ventana del despacho de la directora. Una sonrisa se escapó de sus labios al ver los jardines del colegio y vislumbrar el Bosque Prohibido ese lugar al que tanto había ido y en el que había pasado tantas aventuras y peligros junto a sus amigos en la infancia.
De repente el silencio fue roto por un pequeño murmullo proveniente del otro lado de la puerta que hizo que todos agudizaran el oído para escuchar mejor. Por el volumen de las voces podía intuirse que se hallaban subiendo la escalera de caracol hacia el despacho de la directora.
— Pero, Minie —dijo la voz de un chico—, no recuerdo haber hecho ninguna broma hoy, a decir verdad, eso es raro.
— No me llame Minie, señor Potter —contestó—. Y no, no es por nada malo que los traigo.
— Eso es obvio —dijo una voz que arrastraba las palabras—, si las cerebritos están aquí también, no puede ser nada malo.
— Ya cállate, Malfoy —dijo la voz de una chica con una sorprendente autoridad.
En ese momento la puerta del despacho se abrió y dejó ver a la profesora McGonagall seguida de trece niños de diferentes edades. Los cuales se abalanzaron sobre sus padres en el momento en el que los vieron.
— ¡Mami! —gritó un pequeño de pelo rojizo y unos ojos azules penetrantes que tenía la vestimenta de color escarlata y dorada que lo identificaba como un Gryffindor, y de once años de edad.
— Hola, pequeño —dijo Hermione abriendo los brazos para darle un enorme abrazo a su hijo.
— ¿Qué hacen aquí? —dijo una niña con el cabello rojizo, pero con el mismo volumen que el de su madre, sus ojos eran marrones, tenía la vestimenta de un color azul y bronce que la identificaban como una Ravenclaw, definitivamente, había heredado la inteligencia de su madre; y de trece años.
— Asuntos inesperados —respondió su padre estrechándola en sus brazos.
— ¿Inesperados? —dijo un niño con cabello rojizo, rasgo de Weasleys, largo hasta los hombros, con ojos marrones iguales a los de su madre, su vestimenta lo identificaba como Gryffindor, y de trece años de edad.
— Podría decirse —contestó George, despeinando a su hijo.
— ¡Papá no hagas eso! —dijo el pequeño Fred intentando salirse.
— Es obvio que no quieren hablar de eso, hermanito —comentó una niña con el cabello negro, y los ojos color chocolate, su piel tenía un tono broncíneo que la hacía bastante bella, y había heredado el carácter de su madre, su vestimenta la identificaba como Gryffindor, y de once años de edad.
— Padre, Madre —saludó un pequeño de cabello rubio y unos ojos grises que pese a su color, emanaban una calidez propia de su madre, fuera de eso era un pequeño clon del padre, tenía la vestimenta de color verde esmeralda y plata que lo identificaba como un Slytherin, de trece años.
— Ya te extrañábamos Scor —dijo su madre echándole los brazos encima. Draco simplemente los observaba con una, aunque bastante extraña, gran sonrisa en su rostro.
— Por favor, dígannos porque están aquí —dijeron al unísono un niño y una niña, ambos de cabello rubio y de ojos color celeste agua que reflejaba cada una de sus emociones, la que predominaba actualmente, curiosidad. Su vestimenta los identificaba como Ravenclaws, ambos de doce años de edad.
— Paciencia —dijo Luna mientras abrazaba a sus hijos.
— Yo sé que vinieron porque me extrañaban demasiado —dijo una niña de pelo rojizo, característico de un Weasley, con ojos color chocolate; su vestimenta la identificaba como una Gryffindor, de once años; había heredado el mismo carácter de su madre, y amaba ser la princesita de su padre.
— Ya cállate Lily, de seguro es porque al fin decidieron contarte que eres adoptada —dijo riendo un chico de pelo negro azabache como su padre e igual de rebelde, y ojos marrones como su madre, su vestimenta lo identificaba como un Gryffindor, de catorce años; y, a decir verdad, era como ver a su abuelo reflejado, el nombre de James iba exactamente con su forma de ser.
— No le digas eso a tu hermana, James —dijo su padre regañándolo y tomando en brazos a su pequeña princesa.
— Eso es porque es tu preferida —dijo enfurruñado otro de los hijos Potter, aunque este podría decirse que era el idéntico calco de su padre, su pelo era de un negro azabache, y sus ojos verde esmeralda, ese verde que transmitía todo tipo de sensaciones; su vestimenta, que combinaba con sus ojos, lo identificaba como un Slytherin, porque aunque al principio le tuviera miedo, finalmente decidió quedarse, para demostrar, junto con su mejor amigo Scorpius, que esa casa no era solo para magos tenebrosos.
— Eso es mentira, Albus —dijo su madre abrazándolo—, tu padre los quiere a los tres por igual.
— Si claro, eso es lo mismo que nos dijo papá de Victoire —dijo una chica bastante grande ya, de unos dieciséis años de edad, con el cabello rubio como su madre y los ojos azules como ambos padres, llevaba la vestimenta que la identificaba como una Gryffindor, y tenía la actitud más aventurera heredada de su padre.
— Sí, es obvio que Victoire es la preferida de mamá —dijo un pequeño de cabellos rojizo, con ojos azules que destacaban, y el rostro cubierto de pecas. Su vestimenta lo identificaba como un Gryffindor, y de catorce años.
— Eso no es cierto, Louis —dijo su madre tranquila y abrazándolos a ambos.
— Creo que esto está sentimental, ¿no lo crees, Lucy? —comentó una niña de unos trece años de edad, con el cabello rojizo y los ojos color chocolate. Su vestimenta la identificaba como una Gryffindor.
— Sí, eso me parece —contesto Lucy riendo, una chica de doce años de edad, con el cabello castaño y los ojos azules de su padre. Su vestimenta, de color amarillo y negro, la identificaban como una Hufflepuff, y ella estaba muy orgullosa por ser diferente al resto.
— No planeen ninguna de sus bromas —les reprochó Percy al ver sus caras cómplices las niñas hicieron un puchero, pero finalmente asintieron con la cabeza y fueron a abrazar a su padre.
El ambiente estaba cargado de una paz tremenda, las conversaciones llenaban la habitación, los abrazos iban y venían, Molly y Arhur no paraban de llamar la atención de sus nietos, en fin la felicidad se extendía por todo el lugar. Pero bueno, en un mundo mágico las cosas suelen suceder sorpresivamente, tanto así, que de la nada una lechuza entró por la ventana, rompiendo una parte de esta, con una carta en la mano y, luego de depositarla en el escritorio de la directora, salió por donde había entrado. La primera en reaccionar fue McGonagall, que apuntó con la varita al vidrio roto y este enseguida recuperó su forma inicial. Luego se aproximó a la carta y la tomó.
— Es una carta vociferadora —murmuró la profesora, y la carta empezó a echar humo por los costados.
— Creo que sería conveniente abrirla —susurró Ron, recordando su episodio con una vociferadora en el pasado. La profesora McGonagall lo hizo y una voz que nadie conocía resonó en la habitación.
Disculpen mi intromisión, yo soy quien envío los libros y debo decirles que sé que ahora en el despacho se encuentran también sus hijos. Creo que sería conveniente que ellos escucharan su historia ya que les servirá de mucho y les aclarará varias dudas que sé, tienen en la mente. Ocultarle la verdad a sus hijos no servirá de nada. Ya encontramos profesores suplentes para las materias que imparten el profesor Longbottom y el profesor Hagrid. Los niños no se enojaran con perder algunas clases, pero a cambio, una vez terminados los libros, o en los descansos, deberán practicar y estudiar. Sin más dejo que se encarguen de explicarles a sus hijos el resto, créanme esto les servirá de mucho en un futuro. Hasta pronto.
Y la carta se rompió en mil pedazos. El silencio reinó en la habitación y perduró por unos minutos, hasta que Luna lo rompió.
— Yo no veo nada de malo en explicárselos —comentó.
— ¿Comentarnos que cosas? ¿Qué libros? —dijo Albus intrigado.
—Nada, no hay nada que decirles —saltó Harry de repente.
— Harry, no puedes ocultarle tu vida a tus propios hijos —dijo Hermione.
— ¿Tu vida? —dijo James sorprendido.
— La de todos —contestó Ron.
—Suena interesante —murmuró Scorpius.
— Papá, por favor, esos libros pueden decirme porque todos se me quedan mirando cuando voy por los pasillos y murmuran: "No puedo creerlo el hijo de Harry Potter en Slytherin", "Debe ser vergonzoso para su padre". ¿Qué es lo que hiciste?¿Por qué la gente piensa eso? —dijo Albus mirando suplicante a su padre. Harry, luego de meditar varios segundos dijo, mirando a su esposa:
— Oirán cosas que pueden hacerles bastante mal —dijo expresando al fin sus dudas al exterior.
— Estarán bien, son fuertes —le dijo Ginny tomándolo de la mano.
— Muy bien, entonces está decidido —dijo McGonagall en voz alta—. Necesitaremos ampliar un poco el lugar—. Y, agitando su varita, la habitación empezó a ensancharse. En una esquina, se formo una pequeña escalera de caracol que iba a un piso superior en el cual se hallaban habitaciones que podrían compartir para descansar, y en el centro apareció una amplia mesa con suficientes sillas para todos.
— Wow Minie, eres grandiosa —comentó James.
— He dicho que no me llame así, señor Potter —contestó esta, aunque no pudo evitar soltar una media sonrisa.
Una vez todos acomodados, y habiendo prometido comer luego de leer un próximo capitulo, ya que Ron no paraba de quejarse, Bill tomó el libro que le pasaba su madre y comenzó con la lectura.
— "El callejón Diagon" —leyó y tanto a los adultos como a los niños se les notó la emoción en el rostro.
— Creo que llegamos en el mejor momento —dijo Rose y los demás asintieron con la cabeza.
Harry se despertó temprano esa mañana. Aunque sabía que ya era de día, mantenía los ojos bien cerrados.
"Era un sueño", se dijo con firmeza.
— Harry, eres verdaderamente increíble —dijo Ginny con escepticismo.
— No puedo creer que aún dudaras —continuó George.
Los niños que habían llegado recién no entendían mucho esta reacción, así que sus padres les contaron a grandes rasgos lo que había sucedido y estos pusieron la misma cara de escepticismo que los demás.
"Soñé que un gigante llamado Hagrid vino a decirme que voy a ir al colegio para magos. Cuando abra los ojos estaré en casa, en mi armario."
Las caras de escepticismo fueron más grandes.
— Ya, esta bien, no sabía nada en ese entonces, no tienen porque mirarme así, me criaron con esa mentalidad —dijo Harry a la vez que el color subía a sus mejillas.
— Cuesta imaginarte así —dijo Lily mientras se acurrucaba en brazos de su padre.
Esto suavizó un poco la mirada de Harry, el cual le hizo señas a Bill para que prosiguiera.
Hubo un súbito golpeteo.
"Y esa es tía Petunia golpeando la puerta", pensó Harry, con el corazón abrumado. Pero todavía no abría los ojos. Había sido un sueño tan lindo.
— Eres bastante pesimista, creo que Albus heredó eso también —dijo Scorpius mirando a su amigo.
— ¡Eso no es cierto Scor! —dijo Albus sonrojado. Y acto seguido, ambos comenzaron a reír.
Draco y Harry se miraron atónitos, era increíble que sus hijos fueran grandes amigos cuando ellos siempre se habían odiado. Una vez que los pequeños terminaron de reír, Bill continuó.
Toc. Toc. Toc.
— Está bien —rezongó Harry—. Ya me levanto.
Se incorporó y se le cayó el pesado abrigo negro de Hagrid. La cabaña estaba iluminada por la luz del sol, la tormenta había pasado y Hagrid estaba dormido en el sofá; había una lechuza golpeando con su pata en la ventana, con un periódico en el pico.
Harry se puso de pie, tan feliz como si un gran globo se expandiera en su interior.
Las carcajadas resonaron en la habitación.
— Harry... ¿en...serio.. un ... globo? —dijo Ron intentando contener la carcajada que amenazaba con salir.
— Eso dije —murmuró Harry, tan rojo como el pelo de los Weasley.
Las carcajadas se hicieron cada vez mas fuertes, tanto que tardó un rato largo el callarlos. Una vez logrado, Bill continuó.
Fue directamente a la ventana y la abrió. La lechuza bajó en picada y dejó el periódico sobre Hagrid, quien no se despertó.
— Tienes el sueño pesado, Hagrid —bromeó Lucy.
— Siempre lo sospeché —complementó su hermana, y ambas rieron.
Entonces la lechuza se posó en el suelo y comenzó a atacar el abrigo de Hagrid.
— No hagas eso.
Harry intentó apartar la lechuza, que intentó picotearlo amenazadoramente y continuó atacando el abrigo.
— ¡Hagrid! —exclamó luego Harry en voz alta—. Hay una lechuza...
— Oh, pensé que era un ratón —dijo George con sarcasmo.
— O un zapallo volador —continuó James riendo.
— O quizás... —comenzó Dominique, pero Harry la interrumpió.
— ¡Ya basta! Sé que es bastante obvio, pero pónganse en mi lugar.
Los que habían hablado borraron sus sonrisas y Bill, divertido por la situación, continuó.
— Págale —gruñó Hagrid desde el sofá.
— ¿Qué?
—Pues, exactamente eso, que le pagues —dijeron Hermione y Rose al unisono como si fuera lo más obvio.
— Quiere que le pagues por traer el periódico. Busca en los bolsillos.
El abrigo de Hagrid parecía hecho sólo de bolsillos: cantidad de llaves, proyectiles de metal, bombones de menta, saquitos de té...
— Nunca se sabe lo que se encontrará —dijo Hagrid con aire misterioso, logrando que los pequeños se miraran cómplices.
— Ya sabemos en que utilizaremos la capa este año —les susurró James a Albus y Scorpius, afortunadamente su padre no lo oyó.
Finalmente, Harry sacó un puñado de monedas de aspecto extraño.
— Dale cinco Knuts —dijo soñoliento Hagrid.
— ¿Knuts?
— Hagrid, deberías haber sabido que él no iba a entender —dijeron Lysander y Lorcan al unisono.
Hagrid se ruborizó.
— Esas pequeñas de bronce.
— Eso esta mejor —dijo Molly sonriendole a Hagrid.
Harry contó las cinco monedas y la lechuza extendió la pata, para que Harry pudiera colocar las monedas en una bolsita de cuero que llevaba atada. Entonces salió volando por la ventana abierta.
Hagrid bostezó con fuerza, se sentó y se desperezó.
— Mejor nos apuramos, Harry; tenemos muchas cosas que hacer hoy; debemos ir a Londres para comprar todos tus útiles para el colegio.
— Oh si, al fin llegamos a la parte emocionante —dijo Louis con los ojos brillantes.
— Hogwarts ya está cerca —chilló emocionada Lily.
— Me pregunto como eran nuestros padres en el colegio —dijo Rose pensativa.
Los adultos presentes intercambiaron miradas cómplices. En cuanto sus hijos se enteraran de todas las cosas que habían hecho... no querían ni pensarlo. Antes de que nadie pudiera decir algo más, Bill continuó.
Harry estaba dando vuelta las monedas mágicas y las observaba. Justo había pensado en algo que le hizo sentir que el globo de felicidad en su interior acababa de pincharse.
— No se rían —advirtió Harry al ver que unos pocos sonreían.
— Mm... ¿Hagrid?
— ¿Si? —dijo Hagrid, que se estaba calzando sus enormes botas.
— Yo no tengo dinero y ya oíste al tío Vernon anoche, no va a pagar para que vaya a aprender magia.
— Harry, ¿en serio creías que Lily y James te iban a dejar en la calle sin dinero? —preguntó atónita McGonagall.
— Eso era lo que pensaba, no sabía que podía existir un banco de los magos —contestó simplemente Harry.
— Padre, ¿aparecerás en este capitulo? —preguntó el pequeño Scorpius a su padre.
Draco miró a Harry y recordó su primer encuentro en el Callejon Diagon, realmente eso no iba a ser bueno. Bill captó la tensión del ambiente y se apresuró a continuar con la lectura.
— No te preocupes por eso —dijo Hagrid, poniéndose de pie y golpeándose la cabeza-. No creerás que tus padres no te dejaron nada.
— Pero si su casa fue destruida...
— ¿Destruida? ¿Hay alguna parte de la historia que no sepamos? —cuestionó James curioso.
Hasta ese momento, habían evitado hablarles del por qué los padres de Harry habían muerto, principalmente por pedido de éste que pensaba que sería demasiado para sus hijos. Todos miraron expectantes a Harry esperando su respuesta.
— Se enterarán en su momento, si estos libros cuentan mis años en el colegio pronto lo averiguaran —dijo simplemente Harry, lo cual no dejo conforme a los pequeños que se apresuraron a abrir la boca para protestar, pero antes de que pudieran decir algo Bill prosiguió.
— ¡Ellos no guardaban el oro en la casa, muchacho! No, la primer parada para nosotros es Gringotts. El Banco de los magos. Come una salchicha, no son malas frías, y no me negaré a un pedacito de tu torta de cumpleaños.
— ¿Los magos tienen Bancos?
—Obviamente, sería demasiado tonto tener el dinero sólo en nuestra casa —dijo Percy como si fuese lo más obvio.
— Sólo uno. Gringotts. Manejado por duendes.
Harry dejó caer el pedazo de salchicha que le quedaba.
— ¿Duendes?
— Harry enserio no... —comenzó Ron.
— No creo que lo supiera, recuerda que lo criaron como muggle —opinó Neville.
— Lo siento Harry, es simplemente que no puedo comprenderlo —se disculpó Ron.
— No te preocupes —le dijo Harry sonriendo.
— Créeme, yo lo entiendo a medias —dijo a modo de broma Seamus logrando sacar varias sonrisas.
Los pequeños miraban la escena, realmente debían de haber sido muy buenos amigos todos en la juventud.
— Ajá... así que habría que estar loco para intentar robarles, puedo decírtelo. Nunca te metas con los duendes, Harry.
— Créeme que lo sé —les murmuró Harry a Ron y a Hermione y ambos sonrieron dejando desconcertados a los demás.
Gringotts es el lugar más seguro del mundo para lo que quieras guardar, si bien Hogwarts es más seguro aún. Por otra parte, tenía que visitar Gringotts de todos modos. Por Dumbledore. Asuntos de Hogwarts. —
— Oh, ese es el director de Hogwarts que tanto dices, ¿verdad? —le preguntó Lily a su madre.
— Exacto pequeña, él tiene el mismo nombre que tu hermano —contestó Ginny.
Todas las miradas se dirigieron a Albus, el cual estaba más rojo que un tomate. Scorpius le dio unas palmadas de apoyo en la espalda.
Hagrid se irguió orgulloso—. En general, me utiliza para asuntos importantes. Buscarte a ti... sacar cosas de Gringotts... él sabe que puede confiar en mí. ¿Tienes todo? Vamos entonces.
Harry siguió a Hagrid fuera de la cabaña. El cielo estaba claro ahora y el mar brillaba a la luz del sol. El bote que tío Vernon había alquilado todavía estaba allí, con el fondo lleno de agua después de la tormenta.
— Pero, Hagrid, si solo hay un bote, ¿cómo llegaste a la cabaña? —Preguntó intrigada Parvati.
Harry y Hagrid rieron dejándola desconcertada y le indicaron a Bill que continuara. Éste obedeció también confundido.
— ¿Cómo llegaste aquí? —preguntó Harry, mirando alrededor, buscando otro bote.
Parvati sonrió al comprender el porque de las risas de Harry y Hagrid.
— Volando —respondió Hagrid.
— ¿Volando?
— ¿Volando? —preguntaron todos los presentes en la habitación.
— Larga historia —contestó Hagrid riendo—. Bill continúa.
— Sí... pero vamos a regresar en esto. No se supone que deba usar magia, ahora que ya te encontré.
Se ubicaron en el bote, Harry todavía mirando a Hagrid, tratando de imaginarlo volando.
Y en ese momento todos lo intentaron imaginar volando, era raro pero aún así lo lograron y varios rieron.
— Sin embargo, me parece una lástima tener que remar —dijo Hagrid, dirigiendo a Harry otra mirada de soslayo—. ¿Si yo apuro las cosas un poquito, te importaría no mencionarlo en Hogwarts?
— Por supuesto que no lo hará —dijo inesperadamente Draco—. Potter no es de los que delata a sus amigos.
— Eso es cierto —coincidió McGonagall—. Aunque es imprudente de tu parte, Hagrid, que siguieras haciendo magia cuando no debías.
Hagrid se puso colorado y Bill entendió que debía proseguir.
— Por supuesto que no —respondió Harry, ansioso por ver más magia. Hagrid sacó otra vez el paraguas rosado, golpeo dos veces en el borde del bote y salieron a toda velocidad hacia la orilla.
— ¿Por qué habría que ser loco para intentar robar en Gringotts? —preguntó Harry.
— Hechizos, bestias, maldiciones, los duendes toman muchas precauciones con los magos —puntualizó Bill dejando a los pequeños anonadados—, aunque eso creo que ya lo sabes, ¿no, Harry?
— Ni que lo digas —dijeron Harry, Ron y Hermione al unisono causando que la risa se propagara por el lugar.
— Pero no se sabe si eso es cierto —dijo Rose—, sólo son teorías, ningún mago que haya intentado robar allí salió con vida como para atestiguar eso.
— Eres idéntica a tu madre —dijo Neville sonriendo.
— Estas hablando con tres magos que casualmente son tus padres y tu tío que pueden decirlo —dijo Seamus.
— ¡¿QUÉ?! —exclamaron todos los niños presentes.
— ¿Enserio? ¿Cómo fue? ¿Qué paso? —preguntaron James, Albus, Scorpius, Lily y Fred con los ojos brillando.
— Se enteraran en su momento —contestó Harry sonriendo al ver la cara de desilusión de los niños. Bill prosiguió.
— Hechizos... Encantamientos —contestó Hagrid, desdoblando su periódico mientras hablaba—. Dicen que hay dragones custodiando las cámaras de seguridad.
— ¡¿Dragones?! —exclamó atónita Roxanne—. Eso es imposible, a los dragones no les gusta estar encerrados y son difíciles de controlar.
— Ya esta hablando la otra come libros —dijeron los niños haciendo que las muchachas les dieran sendos golpes en la cabeza.
— Aprendan de ellas, un poco de estudio no les vendría mal —dijo malhumorada Molly.
— O hagan como nosotras y combinen ambas cosas —dijeron Dominique, Lucy y Molly II al unisono.
— No lo necesitamos, ya somos geniales —dijo James chocando las manos con Albus, Scorpius y Hugo.
— Bueno, ya basta de charla, a continuar con la lectura —dijo con seriedad McGonagall pero sin poder evitar que una media sonrisa se escapara de sus labios al recordar a los Merodeadores, eran tan parecidos.
Y además, hay que saber encontrar el camino; Gringotts está a cientos de kilómetros por debajo de Londres, sabes. Muy por debajo del subterráneo. Te morirías de hambre tratando de salir, aunque hubieras podido robar algo.
Harry permaneció sentado pensando en eso, mientras Hagrid leía su periódico, El Profeta. Harry había aprendido de su tío Vernon que a la gente le gustaba que la dejaran tranquila cuando hacía eso, pero era muy difícil, porque nunca había tenido tantas preguntas en su vida.
— Harry, sabes que no me hubiera molestado contestarlas —comentó Hagrid—, a decir verdad, esperaba tus preguntas —añadió.
— Lo sé, Hagrid, lo sé —le contestó Harry sonriendo.
— Hagrid, ¿por qué nunca nos contaste nada de la estancia de nuestro padre en Hogwarts? —cuestionó Albus.
— ¡Es cierto! —exclamó Lily.
— Bueno, quizás yo no soy la persona más indicada para hablarles de eso, aunque puedo asegurarles que se metieron en unos cuantos problemas —dijo Hagrid riendo y logrando que todos comenzaran a reír. Una vez calmada la risa, lo cual tardo bastante, la lectura prosiguió.
— El Ministerio de la Magia esta confundiendo las cosas, como de costumbre —murmuró Hagrid, dando vuelta la hoja.
— ¿Hay un Ministerio de la Magia? —preguntó Harry, sin poder contenerse.
— ¡Por supuesto! —exclamó Percy como si fuera lo más obvio del mundo.
— Que feo Harry, que aunque te hayas criado con muggles y nunca hayas escuchado nada sobre magia, aún así no sepas que existe un Ministerio de la Magia —dijo George con sarcasmo logrando que Percy se pusiera del mismo tono que su cabello.
— El tío George es genial —dijo James con los ojos brillantes. Ante este comentario, George se paró de su asiento y comenzó a hacer reverencias a los presentes logrando la carcajada de varios. Una vez terminadas las reverencias y que se hubo sacado una lágrima falsa de felicidad Bill continuó.
— Por supuesto —respondió Hagrid—. Querían que Dumbledore fuera el ministro, claro, pero él nunca dejará Hogwarts,
Él tenía miedo de volver a caer en la tentación del poder. Pensó Harry con tristeza y levantando la mirada hacia el cuadro de Dumbledore que reposaba en lo alto del despacho y le sonreía amablemente. Para su suerte nadie lo notó.
así que el viejo Cornelius Fudge consiguió el trabajo. Nunca hubo nadie tan chambón. Así que le manda lechuzas a Dumbledore, cada mañana, pidiendo consejos.
— Y pensar que luego fué el que hizo quedar mal a Dumbledore —murmuró Percy para sí mismo. Soy un tonto, si no hubiera estado tan cegado por el poder quizás hubiera podido ayudar más a mi familia. Pensaba mientras se ensombrecía su mirada. Nadie notó este cambio en su estado de animo pero sus hijas, que estaban más cerca, si lo hicieron y aunque no entendían el por qué de la reacción de su padre, se apresuraron a tomarlo de las manos y sonreírle.
— ¿Pero que hace un Ministerio de la Magia?
— Muchas cosas, principalmente dedicarse a que ningún muggle se entere de la existencia de la magia —dijo Rose con voz autoritaria.
— Ya lo sabemos, cerebrito —dijo Scorpius con su voz más arrogante.
— Oh, no me digas que tu cerebro capta definiciones como esas —comentó Rose fingiendo sorpresa—. Pensé que ya estaba lo suficientemente lleno de pelusa como para que entraran esas cosas.
La cara de Scorpius pasó por diversos colores hasta quedar de un rojo intenso ya que todos habían estallado en risas ante la contestación de la pelirroja que ahora sonreía con suficiencia.
— Me las pagarás —murmuró éste para que nadie más que ella pueda oírlo, ella rodó los ojos en respuesta y una vez calmadas las risas la lectura prosiguió.
— Bueno, su trabajo principal es impedir que los muggles sepan que todavía hay magos y hechiceras por todo el país.
— ¿Por qué?
— ¿Por qué? Caramba, Harry, todos querrían soluciones mágicas para sus problemas. No, mejor que nos dejen tranquilos.
— Tienes mucha razón —murmuró Angelina.
En ese momento, el bote golpeó suavemente contra la pared del muelle. Hagrid dobló su periódico y subieron los escalones de piedra hacia la calle.
Los transeúntes miraban mucho a Hagrid,
— Supongo que no debe ser muy común ver a alguien como él entre los muggles —dijo Astoria encogiéndose de hombros.
— Deberían de haberlo apreciado, no se ve a un semi-gigante todos los días —bromeó Dominique causando varias risas.
mientras caminaban por el pueblito, hacia la estación. Harry no podía culparlos. Hagrid no sólo era el doble de alto que cualquiera, sino que señalaba cosas perfectamente comunes, como los parquímetros, diciendo en voz alta:
— ¿Ves eso, Harry? ¿Las cosas que esos muggles inventan, eh?
— Eso no fue muy sensato de tu parte, Hagrid —dijo Molly con tono de reproche—, podrían habernos descubierto.
— Y te hubieras metido en más de un problema —prosiguió Hermione.
— Lo se —dijo Hagrid pidiendo disculpas con la mirada. La lectura continuó.
— Hagrid —dijo Harry, jadeando un poco, mientras corría para seguirlo—. ¿Dijiste que había dragones en Gringotts?
— Bueno, eso dicen —respondió Hagrid—. Me gustaría tener un dragón.
— Eso no es una buena idea —dijo Hugo aterrado.
— Vamos, ¡sólo son criaturas inocentes en busca de cariño! -dijo Hagrid dejando a los pequeños sorprendidos.
El trío de oro no podía creer lo que escuchaba, aún cuando Norberta le había destrozado la cabaña y ocasionado un castigo, ¡Hagrid seguía obsesionado con ellos!
— ¿Te gustaría tener uno?
— Quiero uno desde que era un niño... Ya estamos.
Habían llegado a la estación. Partía un tren a Londres en cinco minutos. Hagrid, quien no entendía "el dinero muggle",
— Es difícil entenderlo —masculló Draco.
como lo llamaba, dio los billetes a Harry, para que comprara los pasajes.
La gente los miraba más que nunca en el tren. Hagrid ocupó dos asientos y comenzó a tejer lo que parecía una carpa redonda color amarillo canario.
— Hagrid, ¿qué era eso? —preguntó Louis con curiosidad.
—Una nueva frazada -respondió implemente él dejando un tanto sorprendidos a los demás.
— ¿Todavía tienes tu carta, Harry? —preguntó, mientras contaba los puntos.
Harry sacó el sobre de pergamino de su bolsillo.
— Bien —dijo Hagrid—. Hay una lista con todo lo que necesitas.
Harry desdobló una segunda hoja, que no había visto la noche anterior, y leyó:
COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA Y HECHICERÍA
UNIFORME
Los alumnos de primer año necesitarán:
— Tres conjuntos de sencillas túnicas de trabajo negras.. —comenzó Rose.
— Un simple sombrero puntiagudo negro para uso diario.. —continuó Roxanne.
— Un par de guantes protectores de piel de dragón o semejante.. —siguió Lysander.
— Y una capa de invierno negra con broches plateados -dijo Lily.
— Por favor, recuerde que toda la ropa de los alumnos debe llevar etiquetas con su nombre —finalizaron Molly II y Lucy.
— Oh, como olvidarse de eso —dijo Dominique con los ojos brillando. A continuación todas se largaron a reír estrepitosamente.
— Cerebritos —murmuraron los niños sin que las chicas los escucharan para su suerte.
— Muy bien, me ahorraron leer esa parte, señoritas —dijo Bill también riendo y prosiguió con la lectura.
LIBROS
—El libro reglamentario de hechizos, nivel 1 por Miranda Goshawk.
— Historia de la magia, por Bathilda Bagshot.
— Teoría mágica, por Adalbert Waffling.
— Guía de transformaciones para principiante, por Emeric Switch.
— Mil hierbas y hongos mágicos, por Phyllida Spore.
— Brebajes y pociones mágicas, por Arsenius Jigger.
— Animales fantásticos: donde encontrarlos, por Newt Scamander.
— Las fuerzas oscuras: una guía para la auto protección, por Quentin Trimble.
OTRO EQUIPO
1 varita mágica
1 caldero (peltre, reglamentario medida 2)
1 conjunto de ampolletas de vidrio o cristal
1 telescopio
1 conjunto de balanzas de plata
Los alumnos también pueden traer una lechuza o un gato o un sapo
— Y ahora la peor parte —comenzó James fingiendo que lloraba.
— La regla más innecesaria —prosiguió Albus.
— La que nos condenó todo un año —dramatizó Scorpius.
— SE RECUERDA A LOS PADRES QUE LOS ALUMNOS DE PRIMER AÑO NO TIENEN PERMISO PARA TENER SUS PROPIAS ESCOBAS —finalizaron los tres al unisono.
Las carcajadas resonaron en la habitación.
— Oigan, no se rían, es doloroso —dijo James.
— Vamos, no es para tanto —le dijo su padre riendo.
— ¡Tú lo dices porque si pudiste volar en tu primer año! —reprochó Albus.
— No lo hubiera logrado si no fuera por Draco —dijo Harry mirándolo y logrando que éste hiciera una mueca.
— ¿En serio, padre? —cuestionó Scor.
— Algo así —murmuró Draco en respuesta y le hizo un gesto a Bill para que continuara.
— ¿Podemos comprar todo esto en Londres? —se preguntó Harry en voz alta.
— Si sabes a dónde ir —respondió McGonagall logrando que Bill, Harry y Hagrid rieran.
— Si sabes a dónde ir —respondió Hagrid.
McGonagall sonrió al entender el porque de la risa anterior.
Harry no había estado antes en Londres. Aunque Hagrid parecía saber adónde iban, era evidente que no estaba acostumbrado a hacerlo de la forma habitual.
— Por supuesto que no —dijo Lysander como si fuese algo obvio.
— Créeme, podía parecer seguro, pero al principio no lograba ubicarme —dijo Hagrid riendo.
Se quedó atascado en el molinete del subterráneo, y se quejó en voz alta porque los asientos eran muy pequeños y los trenes muy lentos.
—No sé cómo los muggles se las arreglaran sin magia —
— Eso es lo interesante de los muggles —dijeron Hermione, Rose y Arthur al mismo tiempo logrando que minutos después rieran a carcajadas.
— Tenían que ser de la familia Weasley —dijo Fleur también riendo. Una vez calmadas las risas, la lectura continuó.
comentó, mientras trepaban por una escalera mecánica descompuesta, que los llevaba a una calle llena de negocios.
Hagrid era tan corpulento que despejaba fácilmente a la muchedumbre;
Ni que lo digas. Pensó el trío de oro.
todo lo que Harry tenía que hacer era mantenerse detrás de él. Pasaron ante librerías y casas de música, restaurantes de hamburguesas y cines,
— ¿Qué cosas? —Preguntaron la mayoría de los presentes.
— Son muchas cosas que explicar —dijo simplemente Hermione—, luego les detallo bien lo que es cada cosa.
pero en ningún lado parecía que pudieran vender varitas mágicas. Ésa era simplemente una calle común, llena de gente común. ¿Realmente habría montones de oro de los magos, enterrados debajo de ellos? ¿Había allí realmente negocios que vendían libros de hechizos y escobas? ¿No sería una broma pesada de los Dursley?
— Harry, ¿eras consciente de que esa era una hipótesis total y completamente absurda? —dijo Percy con escepticismo.
— No me digas que verdaderamente creías eso —comentó Seamus.
— Hay un 0,0% de que los Dursley tengan tanta imaginación —dijo Hermione riendo y logrando que varios más rieran.
— ¿Tanto te costaba creer en la magia, papi? —preguntó la pequeña Lily con intriga en la voz.
— Era algo totalmente extraño para mi, pequeña —contestó Harry haciendo una mueca de lado. Bill continuó.
Si Harry no hubiera sabido que los Dursley no tenían sentido del humor, podría haberlo pensado; sin embargo, aunque todo lo que le había dicho Hagrid era increíble, Harry no podía dejar de confiar en él.
Hagrid le hizo un gesto a Harry en agradecimiento por haber pensado así de él, y este le sonrió en respuesta.
— Es aquí —anunció Hagrid, deteniéndose—. El Caldero Chorreante. Es un lugar famoso.
Era un diminuto bar, de aspecto mugriento. Si Hagrid no lo hubiera señalado, Harry no lo hubiera visto. La gente que pasaba apresurada ni lo miraba. Sus ojos iban de la gran librería, de un lado, a la casa de música, del otro lado, como si no pudieran ver el Caldero Chorreante.
— Es que no pueden verlo —dijo Neville—, tiene varios hechizos de protección anti-muggles.
— Eso no lo hubiese imaginado nunca —dijo Rose impresionada.
— Oh, al fin algo que la cerebrito no sabe —murmuró Scorpius para que solo ella lo escuchara. Esta le envió una mirada bastante severa.
Como nadie, afortunadamente, se dio cuenta de este pequeño intercambio, la lectura prosiguió.
De hecho, Harry tuvo la extraña sensación de que sólo él y Hagrid lo veían. Antes de que pudiera decirlo, Hagrid lo hizo entrar.
Para ser un lugar famoso, era muy oscuro y miserable.
— Últimamente estuvieron remodelando y se ve bastante mejor —dijo Neville sonriendo—, el otro día fui a ver a Hannah y lo encontré bastante acogedor.
Todos pusieron miradas de ternura, Hannah era la esposa de Neville y se veían muy bien juntos.
Unas pocas ancianas estaban sentadas en un rincón, bebiendo copitas de jerez. Una de ellas fumaba una larga pipa. Un hombrecito, con sombrero de copa, hablaba con el viejo tabernero, que era completamente pelado y parecía una nuez tersa.
— ¿Una nuez tersa? —pregunto riendo James—, ¡tus comparaciones son geniales, papá!
— Jamás se me habría ocurrido algo así —dijo George riendo también.
— Alma de merodeador —dijo McGonagall suspirando y logrando que todos rieran a carcajadas. Una vez la risa cesó, Bill continuó.
El suave murmullo de las charlas se detuvo cuando ellos entraron. Todos parecían conocer a Hagrid; lo saludaban con la mano y le sonreían y el tabernero buscó un vaso, diciendo:
— ¿Lo de siempre, Hagrid?
— No puedo, Tom, estoy aquí por asuntos de Hogwarts —respondió Hagrid, golpeando con su gran mano el hombro de Harry y haciéndole doblar las rodillas.
Y aquí es cuando comienza el espectáculo. Pensó irónicamente Harry sonriendo amargamente. Ginny, al notar el cambio en la cara de su esposo, lo tomó de la mano y le sonrió infundiéndole ánimo.
— Buen Dios —dijo el tabernero, escudriñando a Harry—. ¿Es éste... puede ser...?
Vamos Potter, demuestra que tengo un poco de razón y que la fama te gusta demasiado. Pensó Draco formando una media sonrisa en su rostro.
El Caldero Chorreante súbitamente quedó inmóvil y en silencio.
— Válgame Dios —susurró el tabernero—. Harry Potter... todo un honor.
— ¿Honor? —preguntó Albus— ¿Pueden explicarnos el por qué es famoso? Papá, necesito saberlo.
Harry dudó unos instantes, no quería contarles lo que había sucedido con sus padres.
— Sólo ten un poco más de paciencia —dijo finalmente—, dentro de poco lo averiguaras.
Se quedaron mirando un rato largo hasta que finalmente Albus asintió con la cabeza y Bill continuó.
Salió rápidamente de detrás del mostrador y corrió hacia Harry y le estrechó la mano, con los ojos llenos de lágrimas.
— Bienvenido, señor Potter, bienvenido.
Harry no sabía que decir. Todos lo miraban.
— Muy bien, esa es más la reacción que tendría Albus a la que tendría yo —dijo James—, a mi me habría encantado tanta atención.
— Eres igual a tu abuelo —dijo Hagrid riendo.
¡Maldición! Potter, se que te encanta la fama, vamos, ¡demuéstralo! Pensaba Draco.
La anciana con la pipa seguía soplando, sin darse cuenta de que se le había apagado. Hagrid estaba radiante.
Entonces, se produjo un gran movimiento de sillas y, al minuto siguiente, Harry se encontró estrechando las manos de todos los presentes en el Caldero Chorreante.
— Wow, Harry, eso es demasiado —dijo Parvati sorprendida.
— Que mas podría esperarse del niño que vivió —dijo Seamus a modo de broma, dejando a los pequeños confundidos.
— Doris Crockford, señor Potter; no puedo creer que finalmente lo conozco.
— Estoy tan orgullosa, señor Potter, tan orgullosa.
— Siempre quise estrechar su mano... estoy muy complacido.
Harry formó una mueca de dolor en su rostro, ¿es que la gente no entendía que no era lindo el motivo de su fama?, ¿que de esa forma le recordaban siempre la muerte de sus padres. Ginny colocó una mano sobre su hombro intentando calmarlo, sabía con exactitud lo que estaba pensando en ese momento y quería expresarle todo su apoyo y tranquilizarlo.
— Encantado, señor Potter, no puedo decirle cuánto, Diggle, mi nombre es Dedalus Diggle.
— ¡Yo lo he visto antes! —dijo Harry, mientras Dedalus Diggle dejaba caer su galera por la excitación—.
— Harry, no deberías hacer eso teniendo en cuenta la reacción de los demás al escucharte —dijo Angelina riendo.
— Lo sé —dijo Harry colorado pero riéndose también.
Usted me saludó una vez en un negocio.
— ¡Me recuerda! —girtó Dedalus Diggle, mirando a todos—. ¿Oyeron eso? ¡Él se acuerda de mí!
Harry estrechó manos una y otra vez. Doris Crockford volvía a repetir el saludo.
Un joven pálido se adelantó, muy nervioso. Uno de sus ojos se crispaba.
Quirrell. Pensó el trío de oro endureciendo la mirada.
— ¡Profesor Quirrell! —dijo Hagrid—. Harry, el profesor Quirrell será uno de tus maestros en Hogwarts.
— P-P-Potter —tartamudeó el profesor Quirrell, sujetando la mano de Harry con ansiedad—, n-no pue-e-do decirle l-lo contento que-e estoy de co-conocerte.
— Ni se imagina lo contento que estoy yo de conocerlo —dijo Harry serio dejando a todos extrañados a excepción de Ron y Hermione que sabían la historia.
— ¿Acaso hizo algo malo? Yo no veo que pueda matar a más de una mosca —dijo Molly II escéptica.
— Luego se darán cuenta —respondió simplemente Harry y la lectura continuó.
— ¿Qué clase de magia enseña usted, profesor Quirrell?
— D-Defensa contra las Artes O-Oscuras —murmuró el profesor Quirrell,
— ¿¡Qué?! —exclamaron todos los niños.
— ¿Ese hombre dio Defensa contra las Artes Oscuras? —preguntó Scorpius escéptico.
— Seguro era un tonto en eso —dijo James.
— Podía parecerlo pero no siempre hay que fiarse por las apariencias —dijo Hermione seria dejando a todos intrigados.
como si no quisiera pensar en eso—. N-no creo que tú lo n-necesites, ¿eh, Potter? —Soltó una risa nerviosa. —¿Estás b-buscando todo tu e-equipo, s-supongo? Y-Yo tengo que b-buscar un nuevo l-libro de va-vampiros. —Pareció aterrorizado ante la simple mención.
— Aún no puedo creer que sea profesor de esa asignatura —dijo Dominique impresionada.
— Por cierto, tartamudeas genial papá — dijo Louis bromeando y causando pequeñas risas en toda la habitación.
Pero los demás no permitieron que el profesor Quirrell acaparara a Harry. Le llevó más de diez minutos despedirse de ellos. Al fin, Hagrid se hizo oír.
— Tenemos que irnos... hay mucho que comprar. Vamos, Harry.
— No se como no disfrutas tanta atención —murmuró James haciendo reír a Harry.
Doris Crockford estrechó la mano de Harry una última vez y Hagrid lo sacó, atravesando el bar, hasta un pequeño patio cerrado, donde no había más que un tacho de basura y unas hierbas.
Hagrid miró sonriente a Harry.
— ¿Te lo dije, no? Te dije que eras famoso.
— Si, ahora sólo nos falta descubrir el por qué —dijo Albus con tono de reproche.
— No es nada que deban saber con anticipación —dijo Harry. Es mejor que se enteren después, nose el impacto que pueda causar en ellos, aún más en Albus. Pensaba.
Hasta el profesor Quirrell estaba temblando al conocerte, aunque te diré que habitualmente tiembla.
— ¿Está siempre tan nervioso?
No, solo fingía para pasar desapercibido. Pensó Harry con amargura.
— Oh, si. Pobre hombre. Una mente brillante. Estaba bien mientras estudiaba con esos libros, pero entonces tomó un año de vacaciones, para tener experiencias directas... Dicen que encontró vampiros en la Selva Negra
— Si claro, si esos vampiros empiezan con V y terminan con T —dijo Ron sarcásticamente.
— ¿A qué te refieres? — preguntó Percy.
— Ya lo sabrán, es mejor no adelantar nada —respondió simplemente su hermano y la lectura continuó.
y tuvo un desagradable problema con una hechicera... y desde entonces, nunca fue el mismo. Se asusta de los alumnos, tiene miedo a su propia materia... Ahora ¿dónde vamos, paraguas?
¿Vampiros? ¿Hechiceras? La cabeza de Harry era un torbellino.
— Era lo más común en tu caso —dijo Ginny.
— Aunque no deja de resultar raro que el gran Harry Potter haya sido criado como un muggle —dijo Draco arrastrando las palabras.
— Las apariencias engañan y lo sabes, ¿verdad? —respondió Harry logrando que Draco se callara automáticamente y se acariciara su antebrazo izquierdo como intentando borrar algo imborrable.
Hagrid, en tanto, contaba ladrillos en la pared encima del tacho de basura.
— Tres arriba... dos horizontales...—murmuraba—. Correcto, un paso atrás, Harry.
Golpeó la pared tres veces, con la punta de su paraguas.
— Y ahora empieza la verdadera magia para los que vienen de familia muggle —dijo Hermione sonriendo.
El ladrillo que había tocado se estremeció —se retorció— y en el medio apareció un pequeño agujero —que se hizo cada vez más ancho— y un segundo más tarde estaban contemplando un pasaje abovedado lo bastante grande hasta para Hagrid, un pasaje hacia una calle con adoquines, que se torcía y doblaba fuera de la vista.
— Adoro el callejon Diagon —dijo Lily casi saltando de su asiento y causando ternura en los presentes.
— Trae tantos recuerdos —dijo Luna con voz soñadora. Luego de varios minutos de recuerdos la lectura prosiguió.
— Bienvenido —dijo Hagrid— al Callejón Diagon.
Sonrió ante el asombro de Harry. Entraron en el pasaje. Harry miró rápidamente por sobre su hombro y vio que la pared volvía a cerrarse.
El sol brillaba iluminando una pila de calderos en la puerta del negocio más cercano. "Calderos - todos los tamaños - lata, cobre, peltre, plata - autorrevolvientes - plegadizos", decía un cartel que colgaba sobre ellos.
— Sí, vas a necesitar uno —dijo Hagrid—, pero mejor vamos primero a conseguir el dinero.
— Fundamental —dijo George riendo.
— Oh, no, detesto los carros de Gringotts —dijo Hugo.
— Todo el mundo los detesta —dijo Seamus riendo.
Harry deseó tener ocho ojos más. Movía la cabeza en todas direcciones, mientras avanzaban por la calle y trataba de mirar todo al mismo tiempo: los negocios, las cosas que estaban afuera y la gente haciendo compras. Una mujer regordeta en la puerta de una botica sacudía la cabeza, cuando ellos pasaron, y decía: "Hígado de dragón, diecisiete Sickles el kilo, están locos..."
— ¡Por supuesto! —dijo Molly— ¡Es una locura ese precio!
Varios estaban por reír ante este comentario, pero ahogaron sus risas al ver la mirada desafiante de Molly.
Un suave ulular llegaba de un negocio oscuro, con un cartel que decía "Emporio de la Lechuza - color castaño, tostado, gris, blanco".
Harry ensombreció su rostro al acordarse de Hedwig.
Varios chicos de la edad de Harry pegaban la nariz contra una vidriera con escobas. "Miren", oyó Harry que decía uno de ellos, "la nueva Nimbus 2000, la más veloz"
— Wow, ¿la Nimbus 2000 era la más rápida? —dijo James escéptico.
— Sí —respondió Harry—, fue mi primer escoba. —Continuó con nostalgia.
Había negocios que vendían ropa; otros, telescopios y extraños instrumentos de plata que Harry nunca había visto antes. Vidrieras repletas de tarros de bazos de murciélagos y ojos de anguilas, pilas tambaleantes de libros de encantamientos, plumas y rollos de pergamino,
— Las mejores —dijeron Rose y Hermione al unisono con ojos brillantes. Luego se miraron entre si y soltaron sonoras carcajadas que contagiaron por toda la habitación.
Una vez las risas finalizaron, Bill continuó.
frascos con pociones, globos con mapas de la Luna...
— Gringotts —dijo Hagrid.
Habían llegado a un edificio color blanco nieve, que se alzaba por sobre los pequeños negocios. De pie, ante las puertas de bronce lustrado, llevando un uniforme carmesí y dorado, había...
— Sí, ese es un duende —dijo Hagrid en voz baja,
— Son espeluznantes —dijo Neville mientras lo recorría un escalofrío.
— Ni que lo digas —dijeron Seamus y Parvati al mismo tiempo.
mientras subían por los escalones de piedra blanca. El duende era una cabeza más bajo que Harry. Tenía un rostro moreno e inteligente,
— Son demasiado inteligentes, más de lo que puedas imaginar —dijo Bill en tono misterioso.
una barba puntiaguda y, Harry pudo notarlo, dedos y pies muy largos. Cuando entraron, los saludó. Entonces enfrentaron un segundo par de puertas, esta vez de plata, con unas palabras grabadas sobre ellas.
Entra, desconocido, pero ten cuidado
con lo que les espera a aquellos que pequen de codiciosos,
porque aquellos que toman, pero no se lo han ganado,
deberán pagar en cambio mucho más,
así que si buscas por debajo de nuestro suelo
un tesoro que nunca fue tuyo,
ladrón te hemos advertido, ten cuidado
de encontrar aquí algo más que un tesoro.
— Es verdaderamente escalofriante —dijo Lucy reprimiendo un escalofrío. Varios asintieron.
Y eso que no saben el verdadero significado del poema. Pensó Bill.
— Como te dije, hay que estar loco para intentar robar aquí —le repitió Hagrid.
Un par de duendes los hicieron pasar por las puertas plateadas y se encontraron en un amplio hall de mármol. Un centenar de duendes estaban sentados en altos taburetes, detrás de un largo mostrador, escribiendo en grandes libros de contabilidad, pesando monedas en balanzas de cobre y examinando piedras preciosas con lentes.
— Bueno, eso no ha cambiado mucho —dijo Rose riendo.
— Yo no se como no se pierden en ese lugar, ¡es enorme! —murmuró Lorcan a su hermana Lysander quien asintió con la cabeza.
En el hall había demasiadas puertas como para contarlas, y otros duendes guiaban a la gente para entrar y salir. Hagrid y Harry se acercaron al mostrador.
— Buen día —dijo Hagrid a un duende desocupado—. Hemos venido para sacar dinero de la caja de seguridad del señor Harry Potter.
— ¿Tiene su llave, señor?
— La tengo por aquí —contestó Hagrid y comenzó a vaciar sus bolsillos sobre el mostrador, desparramando un puñado de bizcochos para perro sobre el libro de contabilidad del duende.
— Eso hubiese estado genial de ver, Hagrid —dijo Bill riendo—, hubiese pagado por ver la expresión del duende en ese momento.
— No es muy bueno hacer eso, ¡podrías haberlo enfadado! —reprochó Angelina.
— Nunca me gustaron esas criaturas —murmuró Fleur—, ¡muy bien hecho, Hagrid!
El duende frunció la nariz. Harry observó al duende que tenía a la derecha, pesando una pila de rubíes tan grandes como carbones brillantes.
— Aquí está —dijo finalmente Hagrid, mostrando una pequeña llave dorada.
El duende la examinó de cerca.
— Desconfiando de los magos como siempre —murmuró Bill antes de continuar con la lectura.
— Parece estar todo en orden.
— Y también tengo una carta del profesor Dumbledore —dijo Hagrid, dándose importancia—. Es sobre eso que usted sabe en la bóveda setecientos trece.
Y allí comienza todo. Pensaba el trío dorado.
— ¡Hagrid! —exclamó McGonagall— ¡No deberías haber dicho eso en presencia de Harry!
— Lo siento —dijo Hagrid con la cara roja haciendo que los pequeños soltaran risitas.
El duende leyó la carta cuidadosamente.
— Muy bien —dijo, devolviéndosela a Hagrid—. Voy a hacer que alguien los acompañe abajo, a las dos bóvedas. ¡Griphook!
— Ese maldito duende —dijo Ron apretando los dientes y dejando sorprendidos a los pequeños.
— ¿Que sucede, papá? —dijo Hugo intrigado.
— Ron tranquilo —le susurró su esposa poniendo una mano sobre su hombro y haciendo que éste se relajara.
— Nada, ya lo averiguaran —dijo Ron y le hizo señas a Bill para que continuase.
Griphook era otro duende. Una vez que Hagrid guardó todos los bizcochos de perro en sus bolsillos, él y Harry siguieron a Griphook hacia una de las puertas para salir del hall.
— ¿Qué quiere decir "eso que usted sabe en la bóveda setecientos trece"? —preguntó Harry.
— Es obvio que no puede decírtelo —dijo Astoria.
— Con Hagrid eso suele pasar —dijo riendo Harry.
— No te lo puedo decir —contestó misteriosamente Hagrid—. Muy secreto. Es un asunto de Hogwarts. Dumbledore me lo confió.
Griphook les abrió la puerta. Harry, que había esperado más mármoles, se sorprendió. Estaban en un angosto pasillo de piedra, iluminado con antorchas. Se inclinaba hacia abajo y había unos rieles en el piso. Subieron -Hagrid con cierta dificultad- y se pusieron en marcha.
— Y ahora empieza el escalofriante viaje —dijo Neville reprimiendo un escalofrío.
— No es para tanto —dijo Luna sonriendole.
— Sí que lo es —respondieron los pequeños al unisono.
Al principio fueron rápidamente a través de un laberinto de retorcidos pasillos. Harry trató de recordar, izquierda, derecha, derecha, izquierda, una bifurcación, derecha, izquierda, pero era imposible.
— Es que están diseñados justamente para que nadie sepa como llegar a las bóvedas —dijo Bill.
El veloz carro parecía conocer su camino, porque Griphook no lo dirigía.
A Harry le picaban lo ojos por las ráfagas de aire frío, pero los mantuvo bien abiertos.
— Creí que había sido el único en hacer eso —Dijo Fred sorprendido y riendo.
— Ya ves que no —dijo su padre despeinandolo.
En una oportunidad, le pareció ver un estallido de fuego al final del pasillo y se dio vuelta para verificar si se trataba de un dragón,
Un escalofrío recorrió la espalda del trío de oro al recordar su encuentro con un dragón de Gringotts, e intercambiaron miradas nerviosas. Para su suerte, nadie se percato de esto, por lo que la lectura continuó.
pero era demasiado tarde; iban cada vez más abajo, pasando por un largo subterráneo con gruesas estalactitas y estalagmitas que crecían del techo y del piso.
— Nunca lo supe —gritó Harry a Hagrid, por sobre el estruendo del carro—. ¿Cuál es la diferencia entre una estalactita y una estalagmita?
— Fácil, las estalactitas son las que crecen hacia abajo y las estalagmitas son las que crecen hacia arriba —dijo Hermione como si estuviese dando una lección a un profesor.
— Las estalagmitas tienen una eme —
— Jajaja, Hagrid es mucho mejor explicando que tu, Hermione —dijo Fleur riendo y causando que varios más rieran.
Hermione puso los ojos en blanco y le indicó a Bill que continuara.
dijo Hagrid—. Y no me hagas preguntas ahora , creo que voy a descomponerme.
Estaba de color verde y cuando el carro se detuvo al fin, ante la pequeña puerta en la pared del pasillo, Hagrid se bajó y tuvo que apoyarse contra la pared para que le dejaran de temblar las piernas.
— Wow, pense que los semi-gigantes eran más resistentes a la velocidad —dijo James entre divertido y disgustado.
— Tonto —murmuró Lily riendo.
— No peleen —los regañó su madre y le indico a Bill que prosiguiera.
Griphook abrió la cerradura de la puerta. Una oleada de humo verde los envolvió y cuando se aclaró, Harry jadeó. Adentro había montículos de monedas de oro. Pilas de monedas de plata. Montones de pequeñas Knuts de bronce.
— Como para no impresionarse —dijeron sarcásticamente Molly II y Lucy al unisono.
Eso no es nada comparado con la fortuna de la familia Malfoy. Pensó Scorpius arrogantemente, formando una media sonrisa en su rostro.
— Todo tuyo —anunció Hagrid.
Todo de Harry, era increíble. Los Dursley no debían de saberlo o se habrían apoderado de todo en un abrir y cerrar de ojos.
— Si podían pasar sobre nosotros —dijeron Molly y Minerva al unisono. Se enviaron sendas sonrisas.
¿No sabía de su pequeña fortuna? Realmente no me tome el tiempo de conocer a Potter lo suficiente, todo esto me sorprende. Pensaba Draco contrariado.
¿Cuántas veces se habían quejado de lo que les costaba mantener a Harry? Y todo este tiempo, una pequeña fortuna enterrada debajo de Londres le pertenecía a él.
— ¿Qué mantener a Harry costaba? Creo que les costaba más mantener a su bebé —dijo Arthur sarcásticamente.
Hagrid ayudó a Harry a poner una cantidad en una bolsa.
— Las de oro son Galleons —explicó—. Diecisiete Sickles de plata equivalen a un Galleon y veintinueve Knuts equivalen a un Sickle, es bien fácil. Bueno, esto será suficiente para un par de años, dejaremos el resto guardado para ti. —Se volvió hacia Griphook.— Ahora, por favor, la bóveda setecientos trece. ¿Y podemos ir un poco más despacio?
— No pidas milagros, Hagrid —dijo Bill riendo.
— Detesto a esos duendes —murmuró Fleur formando una mueca de asco.
— No eres la única —dijo Parvati.
Bill suspiró y continuó leyendo.
— Una sola velocidad —contestó Griphook.
Ahora fueron más abajo y a mayor velocidad. El aire se volvió cada vez más frío, mientras doblaban por angostos recodos. Llegaron sacudiéndose al otro lado de una hondonada subterránea y Harry se inclinó por el costado, para ver que había en el fondo oscuro, pero Hagrid gruñó y lo enderezó, tomándolo del cuello.
— Bien hecho, Hagrid —dijo Molly—, ¡Harry te podías haber matado! —lo regañó.
— Lo sé, señora Weasley, no fue mi intención —dijo Harry agachando la cabeza mientras los niños veían divertidos la situación y murmuraban entre sí.
La bóveda setecientos trece no tenía cerradura.
Debe de haber sido una bóveda de bastante seguridad como para que no tenga cerradura y ahora que lo pienso, también bajaron bastante. ¿Qué es lo que quería sacar Dumbledore de allí? Pensaba Bill intentando descifrar lo que se hallaba en aquella bóveda y esperando que el libro le diera respuestas.
— Un paso atrás —dijo Griphook, dándose importancia. Tocó la puerta con uno de sus largos dedos y simplemente desapareció.
— Si alguien que no sea un duende de Gringotts intenta eso, será succionado por la puerta y quedará atrapado —replicó Griphook.
— ¿Cada cuánto controlan para ver si alguien está adentro? —preguntó Lily asustada.
— Enseguida sabrás la respuesta, princesa —le dijo Harry riendo al igual que Bill que ya había leído la línea siguiente para si mismo.
— ¿Cada cuánto controlan para ver si alguien está adentro? —quiso saber Harry.
— Más o menos cada diez años —contestó Griphook, con una sonrisa maligna.
— Creo que empiezan a no gustarme los duendes —dijo Lily acurrucándose contra su padre quién la abrazó cariñosamente.
— Sí, ten cuidado, puede aparecer alguno y llevarte mientras duermes —le murmuró malignamente James logrando que Lily comenzara a temblar.
— James, ¡ya basta! —lo regañó su padre—, deja de molestar a tu hermana.
— Preferida —susurraron James y Albus haciendo un pequeño berrinche. Bill prosiguió.
Harry estaba seguro de que algo extraordinario tenía que haber en esa bóveda de máxima seguridad.
— Es obvio —murmuró Scorpius.
Se inclinó ansioso, esperando ver por lo menos joyas fabulosas, pero la primera impresión era que estaba vacía.
— ¿¡QUÉ?! —exclamaron los pequeños sin dar crédito a lo que sus oídos escuchaban.
— Sólo esperen —dijo Harry y le indicó a Bill que siguiera.
Entonces, notó el sucio paquetito, envuelto en papel madera, que estaba en el piso. Hagrid lo levantó y lo guardó en las profundidades de su abrigo. Harry deseaba saber su contenido, pero sabía que era mejor no preguntar.
La piedra. Pensaron el trío de oro y Bill que lo había descubierto por el nombre del libro.
— Vamos, regresemos en ese carro infernal y no me hables durante el camino, será mejor que mantengas la boca cerrada —dijo Hagrid.
— ¿Qué era ese paquetito? —pregunto Rose intrigada.
— Ya verás —respondió su madre no muy segura de querer que se enterara de lo que hicieron por esa piedra.
— Detesto que los adultos hablen con códigos —dijo indignado Louis.
Después de la veloz trayectoria, salieron parpadeando a la luz del sol, fuera de Gringotts. Harry no sabía adónde correr primero ahora que tenía una bolsa llena de dinero. No necesitaba saber cuantos Galleons eran una libra para darse cuenta de que contaba con más dinero del que había tenido toda su vida, más dinero incluso del que Dudley tuvo jamás.
— Por supuesto, y todo tuyo —dijo Ginny sonriendole a su marido.
— Deberías comprar tu uniforme —dijo Hagrid, señalando hacia Madam Malkin: Túnicas para Todas las Ocasiones—.
Draco apretó involuntariamente la mano de su esposa quien se extrañó al ver el nerviosismo de su marido. Ese era el momento en el que se conocían con Harry, y Draco recordaba que no había sido muy bueno.
Escucha, Harry, ¿te importaría si me doy una vuelta por el Caldero Chorreante? Detesto los carros de Gringotts.— Todavía estaba descompuesto, así que Harry entró solo en el negocio de Madam Malkin, sintiéndose algo nervioso.
Madam Malkin era una bruja sonriente y regordeta, vestida de color malva.
— Sigue estando igual —dijo Dominique sonriendo.
— ¿Hogwarts, querido? —dijo, cuando Harry empezó a hablar—. Tengo muchos acá... de hecho, otro jovencito se está probando ahora.
¡Maldición! Estoy seguro de que esto no causara una buena imagen sobre mi. Pensaba Draco mirando a su hijo de tanto en tanto.
— ¿El que aparece es alguno de ustedes? —preguntó Lucy.
— Si, es Draco —contestó Harry entre serio y sonriendo. Hubo un gran silencio en la habitación que Bill aprovechó para continuar leyendo.
En el fondo del negocio, un chico con rostro pálido y puntiagudo estaba parado sobre un escabel, mientras otra bruja le ponía alfileres en su larga túnica negra.
— Rostro pálido y puntiagudo, es evidente que se trataba de un Malfoy —murmuró Rose.
— Ya cállate, Weasley —le espetó Scorpius molesto.
Madam Malkin colocó a Harry en un escabel al lado del otro y le deslizó por arriba de la cabeza una larga túnica y comenzó a marcarle el largo adecuado.
— Hola —dijo el muchacho—. ¿También vas a Hogwarts?
— No, te parece —contestó Ron poniendo los ojos en blanco.
¿Por qué no me di cuenta en ese momento de que era Potter? Pensaba Draco fulminando con la mirada a Ron.
— Si —respondió Harry.
—Mi padre está en el negocio de al lado, comprando mis libros y mi madre se fue a mirar varitas —dijo el chico. Tenía voz de aburrido y arrastraba las palabras.
— Definitivamente, un Malfoy —le dijo Albus a Scorpius con una sonrisa y logrando que ambos comenzaran a reír, dejando a Draco y Harry impresionados.
— Luego los voy a llevar a ver escobas de carreras. No se porqué los de primer año no pueden tener una propia.
— Lo mismo nos preguntamos nosotros —dijeron Albus, Scorpius, James al unisono logrando varias risas de los presentes.
Creo que voy a insistirle a mi padre para que me compre una y de alguna manera la meteré de contrabando.
Esto logró que Minerva lo mirara muy severamente.
Harry estaba recordando muy intensamente a Dudley.
— No me compares con ese apestoso muggle —escupió Draco aunque sin perder su máscara de seriedad.
— No me arrepiento de esa comparación —respondió simplemente Harry dejando impresionados a Albus y Scorpius quienes no podían creer que sus padres se llevaran tan mal.
— ¿Tú tienes escoba propia? —continuó el muchacho.
— No —dijo Harry.
— ¿Juegas siquiera algo de Quidditch?
— No —respondió de nuevo Harry, preguntándose qué diablos sería el Quidditch.
— Papá... no sabías... —comenzó Albus atónito.
—... lo que era... —continuó James.
— ¡EL QUIDDITCH! —finalizaron al unisono y con el asombro impregnado en el rostro.
— Recuerden que fui criado como muggle —les dijo su padre rojo de vergüenza. ¡Estas son cosas que ellos no tenían por qué enterarse! Pensaba.
— Yo sí... mi padre dice que sería un crimen si no me eligen para jugar por mi casa, y debo decir que estoy de acuerdo. ¿Ya sabes en que casa vas a estar?
— No —contestó Harry, sintiéndose cada vez más tonto.
— A decir verdad nadie lo sabe hasta que no se prueba el Sombrero Seleccionador —dijo Hermione tratando de darle ánimos a Harry.
— Aunque en algunos es más fácil saberlo —murmuró entre dientes Ron mirando a Malfoy.
— Bueno, nadie lo sabe realmente hasta que lleguemos allí, pero yo sé que seré de Slytherin, porque toda mi familia fue de allí. ¿Te imaginas estar en Hufflepuff, yo creo que me iría, no te parece?
— Eso es hiriente, ¿sabes? —dijo Lucy con lágrimas en los ojos, todo el mundo pensaba en Hufflepuff como una casa para los tontos, pero la realidad era completamente diferente.
— Lo lamento —musitó Draco mirando a la pequeña quien en ese momento estaba en brazos de su padre.
— Su actitud no era para nada buena, señor Malfoy —dijo McGonagall mirando severamente a Draco, a quien le recorrió un escalofrío por la espalda.
Antes de que nadie más pudiese decir algo más, Bill continuó.
— Mmm —musitó Harry, deseando poder decir algo más interesante.
— ¡Oye, mira a ese hombre! — exclamó súbitamente el chico, señalando hacia la vidriera del frente. Hagrid estaba de pie, allí, sonriendo a Harry y señalando dos grandes helados, para que viera porque no entraba.
— Comida —dijo Ron tomándose del estomago. — ¡Tengo hambre!
— Comeremos en cuanto finalice el capítulo, señor Weasley —dijo la profesora McGonagall.
— Ése es Hagrid —dijo Harry, contento de saber algo que el otro no sabía—. Trabaja en Hogwarts.
— Oh —dijo el muchacho—, oí hablar de él. Es una especie de sirviente, ¿no?
— ¡HAGRID NO ES UN SIRVIENTE! —gritaron los pequeños e incluso Scorpius murmuró lo mismo.
¡Maldición! El libro de Potter está haciendo que pisoteen mi orgullo. Pensaba Draco irritado.
— Él es el guardabosque —le respondió Harry. Cada vez le gustaba menos ese chico.
— Sí, claro. He oído que es una especie de salvaje, vive en una cabaña en los terrenos del colegio y cada tanto se emborracha, trata de hacer magia y termina prendiendo fuego su cama.
Un silencio sepulcral se instaló en la habitación, y las miradas de enojo no tardaron en dirigirse hacia Malfoy.
— Eso es pasarse de la raya... —dijo George mirándolo severamente.
— Discúlpate ahora mismo —ordenó Neville con voz autoritaria.
Malfoy se quedó callado un pequeño momento y finalmente dijo: — Lo lamento..
— Mucho mejor —continuó Seamus sonriendo.
La persona que envió los libros me las pagará. Pensaba cierto rubio con enojo.
— Yo creo que es brillante —dijo Harry con frialdad.
— Obviamente —dijeron Ron y Hermione al unisono, mirando sonrientes a Hagrid.
— ¿Eso crees? —preguntó el chico, con tono burlón—. ¿Por qué está aquí contigo? ¿Dónde están tus padres?
— Están muertos —respondió en pocas palabras. No tenía ganas de hablar de ese tema con él.
Un silencio sepulcral inundó la habitación y Ginny se apresuró a tomar la mano de su esposo, quien, en ese instante, se encontraba con la mirada sombría. Tantos recuerdos juntos realmente estaban causando una gran conmoción en él, lo que era extraño ya que él pensaba que había superado el tema de sus padres. Bill decidió continuar con la lectura para aligerar el ambiente.
— Oh, lo siento —dijo el otro, aunque no pareció que le importara—. Pero eran de nuestra clase, ¿no?
— Eran un mago y una hechicera, si es eso a lo que te refieres.
— Buena respuesta, Harry —dijo George riendo.
— Realmente creo que no deberían dejar entrar a los otros, ¿no te parece?
— Repite eso, Malfoy —dijo Hermione tomando su varita fuertemente y apuntando hacia Malfoy.
— ¡Hermione! No vale la pena, déjalo —dijo Ron tomándole el brazo con el que sostenía la varita.
— Eres un maldito ignorante, Malfoy —escupió enojada Hermione, pero bajo su varita.
— Que esperabas, es un Malfoy —murmuró enojada Rose.
— No te atrevas a meterte con mi familia, Weasley —contestó Scorpius—, puede que mi padre haya sido muy ignorante en su niñez, pero ahora es diferente y puedo demostrarlo.
Draco miró a su hijo con asombro. A pesar de todo lo que había dicho el libro sobre él hasta ese momento, su hijo salía a defenderlo.
— Creo que sería conveniente seguir con la lectura, ¿no? —dijo Astoria mirando a su hijo con cariño. Bill asintió y prosiguió.
No son lo mismo, no los educaron con nuestras costumbres. Algunos nunca habían oído hablar de Hogwarts hasta que recibieron la carta, ya te imaginarás. Yo creo que debería quedar todo en las familias de antiguos magos. Y a propósito, ¿cuál es tu apellido?
Ja, en cuanto sepas quién es seguro te arrepentirás de lo que dijiste. Pensaba Hermione.
Pero antes de que Harry pudiera contestar, Madam Malkin dijo:
— Ya está listo lo tuyo, querido.
Y Hermione formó una mueca de desilusión en el rostro.
Y Harry, sin lamentar la excusa para dejar de hablar con el chico, bajó del escabel.
— Bueno, te veré en Hogwarts, supongo —dijo el muchacho.
Harry estaba muy silencioso, mientras comía el helado que Hagrid le había comprado (chocolate y frambuesas con pedazos de nueces).
— Deja de describir la comida o soy capaz de comerme la mesa —dijo Ron abrazándose a si mismo y logrando que varios rieran.
— Deja de molestar, ya comeremos —murmuró su hermana también riendo. Bill continuó.
— ¿Qué sucede? —preguntó Hagrid.
—Nada —mintió Harry. Se detuvieron a comprar pergamino y plumas. Harry se animó un poco cuando encontró un frasco de tinta que cambiaba de color al escribir. Cuando salieron del negocio, preguntó: —¿Hagrid, qué es Quidditch?
— Cállense —dijo severamente Harry al ver que Albus, James y Scorpius se preparaban para decir algo.
— Caramba, Harry, sigo olvidando lo poco que sabes... ¡No saber qué es Quidditch!
— ¡EXACTO! —exclamaron los pequeños, pero se callaron de inmediato al ver la mirada severa de Harry.
— No me hagas sentir peor —dijo Harry. Le contó a Hagrid sobre el chico pálido en lo de Madam Malkin.
—...y dijo que la gente de familia de muggles no debería poder ir...
—Tú no eres de una familia muggle. Si hubiera sabido quién eres... él ha crecido conociendo tu nombre, si sus padres eran magos.
Ahora el tema es averiguar el por qué mi padre es tan famoso, ¿por qué será que no nos quiere decir? Pensaba el pequeño Albus impaciente por descubrir la verdad.
Ya lo viste en el Caldero Chorreante. De todos modos, qué sabe él; algunos de los mejores que he conocido eran los únicos con poderes mágicos en una antigua familia de muggles. ¡Mira tu mamá! ¡Mira la hermana que le tocó!
— Eso es cierto, no se como tu madre no se volvió loca —dijo Molly riendo.
— Creo que la paciencia la heredé de ella —dijo Harry también riendo.
— Entonces, ¿qué es Quidditch?
— Es nuestro deporte. Deporte de magos. Es... como el fútbol en el mundo muggle —todos lo siguen—, se juega en el aire, con escobas, y hay cuatro pelotas... es medio difícil explicarte las reglas.
— Por supuesto que no, eso es fácil de explicar —dijo James como si repitiera las reglas del Quidditch cada cinco minutos.
— Oye Harry, tu hijo tiene un aire a Oliver, ¿no lo crees? —dijo George riendo y haciendo reír a Angelina y Harry.
— Puede ser —contestó Harry riendo.
— ¿Y qué son Slytherin y Hufflepuff?
— Casas del colegio. Hay cuatro. Todos dicen que en Hufflepuff son todos inútiles, pero...
— Lo lamento —dijo Hagrid al comprobar que Lucy ahora lo miraba a él con enojo.
— Apuesto a que yo estaré en Hufflepuff —dijo Harry desanimado.
— Es mejor en Hufflepuff que en Slytherin —
— ¡Ey! —exclamaron esta vez Albus y Scorpius.
— Lo lamento —volvió a decir Hagrid apenado.
— Esa mala reputación es la que tenemos que corregir nosotros —le susurró Albus a Scorpius, quien asintió con la cabeza de acuerdo con él.
dijo Hagrid con tono lúgubre—. No hay ni una sola hechicera o mago que se vuelva malo que no haya sido de Slytherin.
Sí que lo hay. Pensó Harry.
El Innombrable fue uno.
— Vol... perdón. ¿El Innombrable estuvo en Hogwarts?
— Hace muchos años —respondió Hagrid.
Compraron los libros de Harry en un negocio llamado Flourish & Blotts, en donde los estantes estaban llenos de libros hasta el cielo.
— El paraíso —dijeron Rose y Lily con los ojos brillantes.
Había enormes forrados en cuero, otros del tamaño de una estampilla, con tapas de seda; libros llenos de símbolos raros, y unos pocos con nada impreso. Hasta Dudley, que nunca leía nada, habría deseado tener alguno de esos libros.
— Ni que lo digas, a cualquiera le gustaría tener uno de esos, son maravillosos —dijo Hermione imitando la expresión de su hija y sobrina y causando unas cuantas risas en los presentes.
Hagrid casi tuvo que arrastrar a Harry para que dejara el libro Hehizos y Contrahechizos (Encante a sus amigos y confunda a sus enemigos con las más novedosas venganzas: pérdida de cabello, piernas de gelatina, lenguas trabadas y más, mucho más), del profesor Vindictus Viridian.
— Estaba tratando de averiguar como hechizar a Dudley.
— Bien, Harry, tienes alma de bromista —dijo George con orgullo haciendo que Harry sonría.
— ¡Por supuesto! —dijo James—, sino ¿de dónde hubiese heredado esa parte? —concluyó sonriendo con orgullo.
—Aww, no sabía que tu ego disminuía de vez en cuando, hermanito —murmuró Lily.
— Cállate enana —dijo sonriendo y despeinandola.
Los demás miraban la escena con ternura, hasta que Bill volvió a leer y las miradas se enfocaron nuevamente en él.
— No estoy diciendo que no sea buena idea, pero no puedes usar magia en el mundo muggle, excepto en circunstancias muy especiales —le explicó Hagrid—.
— Esa es la parte mala —dijo Dominique soltando un suspiro.
Y de todos modos, no podrías hacer ningún hechizo todavía; necesitarás mucho más estudio antes de llegar a ese nivel.
Hagrid tampoco dejó que Harry comprara un sólido caldero de oro (en la lista decía de peltre), pero consiguieron un lindo conjunto de balanzas para pesar los ingredientes de las pociones y un telescopio plegable de cobre. Luego visitaron la botica,
— Fascinante, pero con un olor horrible —dijo Hugo arrugando la nariz.
que era tan fascinante como para hacer olvidar el horrible aroma: una mezcla de huevos descompuestos y repollo podrido. En el piso había barriles de una sustancia viscosa, potes con hierbas, raíces secas y polvos brillantes llenaban las paredes; manojos de plumas, hileras de colmillos y garras colgaban del cielo raso. Mientras Hagrid preguntaba al hombre detrás del mostrador por un surtido de ingredientes básicos para pociones, Harry examinaba cuernos de unicornio plateados, a ventiún Galleons cada uno, y minúsculos ojos negros brillantes de escarabajos (cinco Knuts la cucharada).
Afuera de la bótica, Hagrid controló otra vez la lista de Harry.
— Sólo falta la varita...
— La mejor parte —dijeron Lorcan y Lysander al unisono.
— Y la más emocionante para cualquier hijo de muggle —dijo Hermione con una sonrisa cálida y los ojos brillantes.
Luego de un momento Bill prosiguió.
oh, sí, todavía no te busqué un regalo de cumpleaños.
Harry sintió que se ruborizaba.
— Tú no tienes que...
— Lo hubiese hecho de todas formas y lo sabes —dijo Hagrid sonriendo.
— Por supuesto, Hagrid siempre te da un regalo de cumpleaños —dijo Lily sonriendo y haciendo que los presentes la miraran con ternura. Ella lograba enternecer a cualquiera.
— Sé que no tengo hacerlo. Te diré qué será. Te daré un animal. No un sapo, los sapos pasaron de moda hace años, se burlarán...
—Dímelo a mi —murmuró Neville.
— Lo lamento —se disculpó Hagrid—, no quise decir eso.
Neville le sonrío en respuesta y la lectura continuó.
y no me gustan los gatos, me hacen estornudar. Te voy a regalar una lechuza. Todos los chicos quieren tener una lechuza; son muy útiles, llevan tu correspondencia y todo lo demás.
Harry sonrío con tristeza al recordar a Hedwig. No te imaginas cuanto te extraño. Pensaba.
Veinte minutos más tarde, salieron del Emporio de la Lechuza, que era oscuro y estaba lleno de ojos brillantes y susurros y aleteos. Ahora Harry llevaba una gran jaula con una hermosa lechuza blanca, medio dormida, con la cabeza debajo de un ala.
Verdaderamente preciosa, si tan sólo hubiese sido más rápido... Pensaba Harry.
Y no dejó de agradecer el regalo, tartamudeando como el profesor Quirrell.
— Ni lo menciones —dijo Hagrid con aspereza—. No esperaba que recibieras muchos regalos de los Dursley.
— Tienes mucha razón —murmuró Harry riendo.
Ahora nos queda solamente Ollivander, el único lugar para las varitas mágicas, y vas a conseguir la mejor.
Por supuesto. Pensó Harry con felicidad, su varita era algo muy preciado para él, ella lo había ayudado en incontables ocasiones.
Una varita mágica... eso era lo que Harry realmente había estado esperando.
— Eso es lo que todo niño espera con ansias, incluso tal vez más que su carta de aceptación en el Colegio —dijo Minerva sonriendo y todos asintieron con la cabeza de acuerdo con ella.
El último negocio era angosto y de mal aspecto. Sobre la puerta, en letras doradas, se leía: Ollivander: Fabricantes de Excelentes Varitas desde 382 a.C. Una sola varita estaba sobre un almohadón de desteñido color púrpura, en la polvorienta vidriera.
— Hay que admitir que ahora se encuentra en mejores condiciones —le susurró Albus a Scorpius, quien asintió con la cabeza.
Cuando entraron, una campanilla resonó en el fondo del negocio. Era un lugar pequeño, vacío salvo por una sola silla, alta y angosta, en la que Hagrid se sentó a esperar. Harry sentía algo extraño, como si hubiera entrado en una biblioteca muy estricta; se tragó una cantidad de preguntas que se le acababan de ocurrir, y en lugar de eso, miro los miles de cajas angostas, apiladas prolijamente hasta el techo. Por alguna razón, sintió que le picaba la nuca. El polvo y el silencio parecían hacerle picar por alguna magia secreta.
— Harry, ¿no crees que estabas exagerando un poco? —dijo Percy incrédulo como la mayoría en la habitación.
— Para nada —dijo Albus sorprendido—, pensé que había sido el único en sentir eso. Y James me dijo que estaba loco.
— Eso no tenías porque contarlo, hermanito —dijo James recibiendo miradas de reprobación de sus padres que finalmente se largaron a reír.
— Realmente Albus es igual a ti y James igual a tu padre, Harry —dijo Seamus riendo.
— Ni que lo digas —dijo Ginny riendo.
— Bueno, continuemos —dijo Bill y todos volvieron su atención al libro.
— Buenas tardes —dijo una voz suave. Harry dio un salto. Hagrid también debió de sobresaltarse, porque se oyó un crujido y se levantó rápidamente de la silla.
Un anciano estaba ante ellos; sus ojos grandes y pálidos brillaban como lunas en la penumbra del local.
— Wow —dijo George riendo—, no sabía de tu lado poético, Harry.
— "Sus ojos grandes y pálidos brillaban como lunas en la penumbra del local" —recitó Fleur también riendo—, ¡con eso hubieses conquistado a cualquier chica!
— Deberías dedicarte a la poesía, Potter —dijo Malfoy con una media sonrisa.
Las risas aumentaron, pero no tanto como el color rojo brillante que teñía la cara de Harry en esos momentos.
— Ya cállense —dijo Harry totalmente colorado. Una vez calmadas las risas la lectura continuó.
— Hola —dijo Harry con torpeza.
— Ah, sí —dijo el hombre—. Sí, sí, pensaba que iba a verlo pronto. Harry Potter. —No era una pregunta.
— Por supuesto que no, no era difícil reconocerte —dijo Angelina.
— Tiene los ojos de su madre. Parece que fue ayer que ella estuvo aquí, comprando su primera varita. Veinticinco centímetros de largo, elástica, hecha de sauce. Una linda varita para encantamientos.
— La memoria del señor Ollivander es asombrosa —dijeron Molly II y Lucy maravilladas.
El señor Ollivander se acercó a Harry. El muchacho deseó que el hombre parpadeara. Esos ojos plateados eran un poco lúgubres.
— Su padre, por otra parte, prefirió una varita de caoba. Veintiocho centímetros. Flexible. Un poquito más poderosa y excelente para transformaciones.
— Era el mejor en mi materia, incluso mejor que Lily —dijo McGonagall con nostalgia y secándose una lágrima.
Bueno, dije que su padre la prefirió, pero en realidad, es la varita la que elige al mago.
El señor Ollivander estaba tan cerca que él y Harry casi se chocaban las narices. Harry podía verse reflejado en esos ojos velados.
— Y aquí es donde...
Harry instantáneamente llevó una de sus manos a su cicatriz. Le resultaba raro que ya no le doliera, pero sentía a su vez un gran alivio de que esto fuera así.
El señor Ollivander tocó la luminosa cicatriz en la frente de Harry, con un largo dedo blanco.
— Lamento decir que yo vendí la varita que hizo eso —dijo suavemente—. Treinta y tres centímetros. Una varita poderosa, muy poderosa, y en las manos equivocadas... Bueno, si hubiera sabido lo que esa varita iba a hacer en el mundo...
— Papá —comenzó Albus—, no comprendo. Puede ser... sé que fue una varita la que te causó la cicatriz la varita de Voldemort. Pero...
— Muy bien, si quieren entender esta parte creo que debería contarles un poco de lo que sucedió cuando me causaron la cicatriz —Harry soltó un suspiro y continuó—. Verán, cuando tenía un año, Voldemort entró a la casa de mis padres para matarme, no pregunten el por qué luego se enteraran —dijo al ver que iban a replicar—, pero mis padres se interpusieron en su camino, primero mi padre y luego mi madre, los dos murieron por protegerme, y cuando Voldemort intentó matarme a mi... no pudo. Esa es una de las razones por la que soy "famoso", por haber sobrevivido, aún a cuesta de la muerte de mis padres. —Concluyó con a mirada agachada.
Todos en la habitación se habían quedado en completo silencio, los que ya conocían la historia se hallaban con la mirada agachada recordando, y los pequeños que no la conocían, se mostraban sumamente desconcertados, realmente debía de haber sido muy difícil para Harry haber pasado por todo eso. De repente, Lily comenzó a llorar y abrazó fuertemente a su padre.
— Princesa, no llores —dijo Harry abrazándola.
— Pero.. debe haber sido difícil.. para ti.. que te recordaran todo el tiempo eso —decía entre sollozos—. Yo.. no podría seguir.. si a ustedes les pasara algo así.. —Y abrazó aún más fuerte a su padre.
— Tranquila pequeña —dijo Ginny con una media sonrisa mientras acariciaba el pelo de su hija—, no nos pasará nada.
— No te preocupes hermanita —dijo James con tono amigable—, papá es más fuerte de lo que crees, sino a quién piensas que salió Albus. —Dijo logrando que Lily sonriera.
Mientras tanto, Albus estaba como en shock, enterarse de la nada parte de la historia de su padre era... no encontraba las palabras para definirlo. Si eso apenas era el comienzo, no sabía si quería enterarse del resto. Realmente su padre era muy fuerte, demasiado fuerte.
— Gracias, papá —dijo de repente—, gracias por contarnos esto.
Todos en la habitación veían anonadados la conversación de la familia Potter, era una familia maravillosa a decir verdad. Por su parte, Draco y Astoria, que nunca habían escuchado la parte del sacrificio por parte de los padres de Harry, estaban impresionados, y en el caso de Draco, arrepentido por como había jugado a Harry sin siquiera conocerlo, realmente se iban a enterar de muchas cosas que no tenían idea hasta el momento.
— Bueno, creo que el señor Weasley debería continuar con la lectura —dijo Minerva para aligerar un poco el ambiente. Bill asintió y continuó.
Sacudió la cabeza y entonces, para alivio de Harry, fijó su atención en Hagrid.
— ¡Rubeus! ¡Rubeus Hagrid! Que bueno verlo otra vez... Roble, cuarenta centímetros, flexible... ¿Era así?
— Así era, sí, señor —dijo Hagrid.
— Buena varita. Pero supongo que la partieron en dos cuando lo expulsaron —dijo el señor Ollivander, súbitamente severo.
Hagrid hizo una mueca al recordar el por qué de su expulsión y el trío de oro le envió sonrisas para alegrarlo. Para su suerte nadie se percató de esto por lo que la lectura continuó.
— Eh, sí, eso hicieron, sí —respondió Hagrid, arrastrando los pies—. Sin embargo, todavía tengo los pedazos —agregó con vivacidad.
— Pero no los usa, ¿no? —preguntó con severidad.
— Oh, no, señor —contestó Hagrid rápidamente. Harry se dio cuenta de que sujetaba con fuerza su paraguas rosado.
— Hagrid, ¿tienes los pedazos de varita en tu paraguas? —preguntó Parvati incrédula.
— Eh, bueno, digamos que... —balbuceó Hagrid.
— ¡Eso es increíble, Hagrid! —dijo Hugo emocionado.
— Ahora si nos expulsan sabremos que hacer —dijeron James y Louis al unisono.
— Ustedes no harán nada —dijo la profesora McGonagall severa—, Bill prosigue.
— Sí, profesora —dijo Bill sonriendo.
— Mmm —dijo el señor Ollivander lanzando una mirada inquisidora a Hagrid—. Bueno, ahora, señor Potter. Déjeme ver... —Sacó de su bolsillo una cinta métrica, con marcas plateadas.— ¿Cuál es su brazo para la varita?
— Eh, bien... soy diestro —respondió Harry.
— Extienda su brazo. Eso es. —Midió a Harry del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza. Mientras medía, dijo:— Cada varita Ollivander tiene un núcleo central de una poderosa sustancia mágica, señor Potter. Usamos pelos de unicornio, plumas de cola de fénix, y fibras del corazón de dragones. No hay dos varitas Ollivander iguales, como no lo son dos unicornios, dragones o fénix. Y por supuesto, nuncá obtendrá tan buenos resultados con la varita de otro mago.
— ¡Claro, cómo no me di cuenta! —exclamó Scorpius—. Es por eso que cuando tomé tu varita prestada, Albus, no fue lo mismo.
— Deberías intuirlo, es obvio —dijo Rose rodando los ojos.
— Lo siento cerebrito —dijo Scorpius con sarcasmo, parecía que se lanzaban rayos por los ojos.
— Parece que la relación Weasley/Malfoy no ha cambiado para nada —dijo Hagrid riendo.
De pronto, Harry se dió cuenta de que la cinta métrica, que ahora lo medía entre las fosas nasales, lo hacía sola. El señor Ollivander estaba revoloteando entre los estantes, sacando cajas.
— Esto ya está —dijo y la cinta métrica se amontonó en el piso—. Entonces, señor Potter. Pruebe ésta. Madera de haya y fibras de corazón de dragón. Veintidós centímetros. Linda y flexible. Tómela y agítela.
Harry tomó la varita y (sintiéndose un tonto) la agito alrededor,
— No te preocupes, Harry, todos nos sentimos tontos la primera vez que tomamos una varita —dijo Hermione dándole su apoyo.
— Me alegra no ser el único —dijo Harry riendo.
pero el señor Ollivander se la quitó casi de inmediato.
— Arce y pluma de fénix. Diecisiete centímetros. Muy elástica. Pruebe...
Harry probo, pero apenas levantó el brazo, el señor Ollivander se la quitó.
— No, no... ésta, ébano y pelo de unicornio, veinte centímetros. Elástica. Vamos, vamos, inténtelo.
Harry probó. Y probó. No tenía idea de lo que estaba buscando el señor Ollivander. La pila de varitas probadas era cada vez más alta sobre la silla,
— Wow, ¿cuánto tardaste en encontrar tu varita, Harry, querido? —preguntó Molly
— Eh, no lo recuerdo bien, pero mas de diez minutos —respondió Harry.
— Un cliente difícil, Ollivander seguro estaría muy feliz —dijo McGonagall.
pero mientras más varitas sacaba el señor Ollivander, más feliz parecía estar.
McGonagall sonrió.
— ¿Qué cliente difícil, no? No se preocupe, vamos a encontrar la varita perfecta por aquí, en algún lado. Me pregunto... sí, por qué no, una combinación poco usual: acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, linda y flexible.
Harry tocó la varita. Sintió un súbito calor en los dedos. Levantó la varita sobre su cabeza y la hizo bajar por el aire polvoriento y una corriente de chispas rojas y doradas estallaron de la punta como fuegos artificiales,
— ¡Los colores de Gryffindor! —exclamó Luna.
Jamás me había dado cuenta de eso. Pensaba Harry impresionado.
arrojando manchas de luz que bailaban en las paredes. Hagrid lo vitoreó y aplaudió y el señor Ollivander dijo:
— ¡Oh, bravo! Oh, si, oh, muy bien. Bien, bien, bien... qué curioso... realmente qué curioso...
— ¿Curioso? —repitieron los niños a coro.
— Ahora lo verán —dijo Harry entre divertido y nervioso.
Puso la varita de Harry en su caja y la envolvió en papel madera, todavía murmurando:
— Curioso... muy curioso.
— Perdón —dijo Harry—. ¿Pero qué es curioso?
El señor Ollivander fijó en Harry su mirada pálida.
— Recuerdo cada varita que he vendido, señor Potter. Cada una de las varitas. Y sucede que de la cola de fénix de donde se extrajo la pluma de su varita, sólo se sacó una pluma más, sólo una más. Y realmente es muy curioso que usted estuviera destinado a esa varita, cuando su hermana fue la que le hizo esa cicatriz.
— Tío, ¿tu varita y la de Voldemort son hermanas? —dijo Rose impresionada.
— ¡No puedo creerlo! —exclamó Molly—, ¿por qué nunca nos contaste?
— No lo creí necesario —dijo Harry encogiéndose de hombros.
— Eso era muy importante —replicó Arthur.
— Con razón siempre pedía otra varita —murmuró Draco recordando cómo había sacado la de su padre.
Harry tragó, sin poder hablar.
—Sí, treinta y tres centímetros. Ajá. Realmente curioso cómo suceden las cosas. La varita escoge al mago, recuérdelo... Creo que debemos esperar grandes cosas de usted, señor Potter... Después de todo, el Innombrable hizo grandes cosas... terribles, sí, pero grandiosas...
— Eso da escalofríos —murmuró Seamus.
Harry se estremeció. No estaba seguro de que el señor Ollivander le gustara mucho. Pago siete Galleons de oro por su varita y el señor Ollivander los acompañó hasta la puerta de su negocio.
Al atardecer, con el sol muy bajo en el cielo, Harry y Hagrid emprendieron otra vez su camino por el Callejón Diagon, a través de la pared y de nuevo por el Caldero Chorreante, ahora vacío. Harry no habló mientras salían a la calle y ni siquiera notó la cantidad de gente que se quedaba con la boca abierta al verlos en el subterráneo, cargados de una serie de paquetes de formas raras y la lechuza dormida en el regazo de Harry.
Creo que sé lo que le sucedía a mi padre. Pensaba Albus. De seguro se sentía presionado.. No pensé que alguien tan talentoso con la magia como él pudiese sentirse presionado.
Subieron por la escalera mecánica, entraron en la estación de Paddington; y Harry en ese momento se dio cuenta de dónde estaban, cuando Hagrid le golpeó el hombro.
— Tenemos tiempo de que comas algo antes de que salga el tren —dijo.
Le compró una hamburguesa a Harry y se sentaron a comer en unas sillas de plástico. Harry miró alrededor. De alguna manera, todo le parecía extraño.
— Ya ves cómo se siente un mago rodeado de muggles —bromeó George logrando sacarles varias risas a los presentes.
— ¿Estás bien, Harry? Estás muy silencioso —comentó Hagrid.
Harry no estaba seguro de poder explicarlo. Había tenido el mejor cumpleaños de su vida —y sin embargo— masticó su hamburguesa intentando encontrar las palabras.
— Todos creen que soy especial —dijo finalmente—. Toda esa gente en el Caldero Chorreante, el profesor Quirrell, el señor Ollivander... pero yo no sé nada sobre magia. ¿Cómo pueden esperar grandes cosas? Soy famoso y ni siquiera puedo recordar por qué soy famoso. No se que sucedió cuando Vol... perdón, quiero decir, la noche en que mis padres murieron.
Lo sabía. Pensó Albus.
— No pensé que fueras tan idéntico a Albus —dijo James impresionado. Harry sólo rió.
Hagrid se inclinó sobre la mesa. Detrás de la barba enmarañada y las cejas espesas, había una sonrisa muy bondadosa.
— No te preocupes, Harry. Aprenderás con rapidez. Todos son principiantes al empezar en Hogwarts, vas a estar muy bien. Simplemente sé tu mismo. Sé que es difícil. Eres un elegido y eso siempre es duro. Pero vas a pasarlo muy bien en Hogwarts, yo lo pasé y, de hecho, todavía lo paso muy bien.
— Hagrid tiene mucha razón —dijo Ginny sonriendole a su marido.
— Oh, vamos, no se pongan melosos —protestó James haciendo que todos en el lugar rieran.
— Ése es mi sobrino —dijo George chocando manos con James.
Una vez las risas calmadas Bill siguió.
Hagrid ayudó a Harry a subir al tren que lo llevaría hasta la casa de los Dursley y luego le entregó un sobre.
— Tu pasaje para Hogwarts —dijo—. El 1° de Septiembre en King's Cross, está todo en el pasaje. Cualquier problema con los Dursley, me envías una carta con tu lechuza, ella sabrá encontrarme... Te veré pronto, Harry.
El tren arrancó de la estación. Harry deseaba observar a Hagrid hasta que se perdiera de vista. Se levantó del asiento y apretó la nariz contra la ventanilla, pero parpadeó y Hagrid ya no estaba.
— Y ese es el fin del capítulo —dijo Bill cerrando el libro.
— Muy bien, comeremos y luego continuaremos con la lectura —dijo la profesora McGonagall, y con un chasquido la mesa se llenó de todo tipo de comidas.
Continuará...
N/A: Perdón, perdón, perdón, perdón! Sé que me tarde mucho, y que merezco bastantes Crucios y maldiciones come babosas (? Pero es que estuve verdaderamente atareada con el colegio, además de que me mude y no tuve internet por bastante tiempo.. Ahora verdaderamente, prometo actualizar más seguido, ya terminé las clases y estoy acomodada en mi nueva casa asique tendré mucho más tiempo libre :D Bueno, muchisimas gracias por los reviews! Realmente los amo ya que me ayudan a mejorar y me dan ánimos de continuar n.n Nos vemos dentro de poco entonces! Los quierooo!
Luna ~
