¡Hola! Les dejo el séptimo capítulo, estaba entrando en crisis porque la página no me dejaba actualizar el fanfic, es la primera vez que me pasa y no sabía que hacer, pero por fin lo conseguí.

La mayoría de los personajes no son míos, son propiedad de Masami Kuramada y Shiori Teshirogi.


Capítulo VII

Enemigo.

El pequeño cuerpo de Manigoldo corría a toda velocidad con el objetivo de alejarse de todo el caos y tratar de ponerse a salvo en el bosque. Sus lágrimas caían sin que lo pudiera evitar y, aunque sus sollozos dificultaban la labor de reponer el aire que sus pulmones perdían rápidamente a causa de la carrera, no podía contenerse. Estaba huyendo, ¡huyendo! Él, el hijo del gran Tagmine, se había convertido en un cobarde. No lograba hacerle frente a eso, aún cuando su padre se lo había pedido, casi rogando, después de ver cómo su hijo menor era atravesado por una espada enemiga.

El ejército del reino de las tierras vivas había arribado a al palacio tras la devastación del pueblo, justo después de que los soldados del reino guardián de las almas invadieran su campamento. Todo había sucedido y evolucionado tan rápido.

Estuvo cerca de resbalarse en varias ocasiones pero no podía otorgarse el lujo de frenarse, le reprochaba a la lluvia por empapar su camino y por colarse por su desgarrada ropa.

Su padre había arriesgado su vida con el fin de salvarlo, teniendo que dejar atrás el cuerpo sin vida de su hermano menor. Sacudió bruscamente su cabeza, se rehusaba a pensar en eso, porque significaba recordar cómo la mano de Death Mask abandonaba la suya cuando su pecho fue atravesado sin piedad.

Se adentró en el bosque con el fin de encontrar un refugio, corrió sin cesar hasta que fue derribado. Por su mente pasaron tantas cosas, incluso podía sentir el calor de su madre al recordar su último abrazo. Por miedo, originó una técnica débil e imperfecta, hasta ese momento le había servido para protegerse de otros, pero el hombre frente a él fue la excepción, esquivando el ataque con uno propio. Manigoldo sabía el significado, ¿un rey? ¿un príncipe? Su memoria no tenía datos de príncipes tan grandes, ni con el cabello azulado, podría ser... ¿El rey del reino de las tierras vivas?

Sígueme, te pondré a salvo─ el niño pareció no entender esas palabras, pero el mayor no se detuvo a esperarlo.

Manigoldo observó al otro alejarse, logró divisar un objeto plateado entre la capa negruzca que portaba, ¿en verdad lo pondría a salvo? La posibilidad era cincuenta/cincuenta, no sabía lo que el bosque le preparaba, tal vez algún enemigo que acabara con su vida. Posiblemente, fuese ese sujeto. Pero en su interior deseaba que fuera su salvación. Se puso en pie y lo siguió...

─ Manigoldo─ lo llamó otra vez.

Eran las tres de la madrugada cuando los quejidos del aludido despertaron al pez, era evidente que tenía una pesadilla. Él también solía tenerlas cerca de esa fecha; si cerraba los párpados aún podía recordar a la perfección cuando algunos soldados de su reino lo encontraron en el lecho de un árbol con el cadáver de Afrodita entre sus brazos.

Sus manos fueron al antebrazo de su pareja, comenzando a moverlo ligeramente.

─ Manigoldo─ repitió.

El cangrejo abrió los ojos de golpe y Albafica le imitó al hallar en sus iris algo que era imposible. Retiró sus temblorosas manos, colocándolas en su pecho desnudo. El cabello cayéndole por la espalda, había permanecido quieto hasta ese momento, cuando su respiración se agitó y un nudo surgió en su garganta. No podía ser cierto lo que las orbes de su pareja reflejaban.

...

Otra vez, los rayos del amanecer habían ganado la lucha contra el espeso follaje de los árboles, todo por satisfacer su deseo de desaparecer la oscuridad del lugar aunque fuera por unas horas, y la pareja que ahí se encontraba tenía intenciones de aprovecharlas al máximo.

La cabeza de Kardia sobre las estiradas piernas de Dégel, hacía rato que no emitía palabra alguna ya que había caído rendido ante el sueño, como consecuencia de las atenciones que su cabellera recibía por parte del menor. El acuariano, por más absorto que estuviera en su libro, encontraba su tarea agradable.

Desde su reunión en la fiesta de la cosecha en el reino de Albafica, los dos habían hallado en el bosque el perfecto lugar para conocerse. Dégel agradecía el sacrificio del otro por despertarse a esa hora, aunque después cayera como en ese momento. No le molestaba, al contrario, de vez en cuando despegaba la vista de las hojas y observaba a su acompañante dormir, encontraba en esa actividad tanta paz como en ninguna otra. Estaba seguro que jamás se arrepentiría de haberlo salvado del poder de la reina Adhara.

El peliverde continuó con las líneas impresas, frotando sus ojos en algunas ocasiones. Camus le había dicho en algún momento que podría desarrollar un problema ocular si no controlaba su adicción por los libros, Dégel le había dado la razón pero nunca creyó que fuera ocurrir tan rápido. Su mano abandonó la melena de Kardia y se dirigió a sus ojos.

El escorpión entre abrió sus orbes y miró a su pareja, ¿cuántas veces había visto a Dégel así? Pero no importaba cuanto se lo pidiera, el acuariano no dejaría su libro. No le agradaba eso, así que haría lo que mejor sabía, en un rápido movimiento arrebató el objeto de las manos ajenas.

─ Kardia─ aludió el menor, evidenciando en su voz una latente amenaza─. El libro.

El peliazul lo colocó bajo su cuerpo y sacó algo de la bolsa de su pantalón pijama.

─ Ten─ ofreció una manzana a su pareja, quien levantó una ceja─. Te prometo que, cuando acabes, ninguno se arrepentirá.

Dégel, sabiendo ya a lo que se refería, sonrió por la ocurrencia del otro; su libro no tenía precio pero quería recompensar el esfuerzo de Kardia por estar con él tan temprano.

...

Al comienzo del trayecto, Manigoldo no había tenido idea del lugar al que se dirigían, sólo casi al concluir su camino logró notarlo. Podía notar la alta torre aún cuando se encontraba a una considerable distancia, sabía que el grueso cilindro de cemento cubierto por enredaderas, era guardián de las cenizas de todos los ancestros de Albafica, en pocas palabras, en ese lugar se hallaban los restos de la familia de su pareja.

La situación lo inquietaba en muchos aspectos, desde hace unas semanas notaba al pez comportarse de una manera extraña, y el que se dirigieran a ese sitio confirmaba que algo ocurría. Le seguía a la distancia correspondiente, con su mano derecha en el mango de su espada, sujeta al cinturón de su uniforme. El de piscis caminaba frente a él, vestido en plata, su melena azulada se meneaba conforme el ritmo del viento, Manigoldo no supo si el aroma del ambiente provenía de las rosas blancas que definían el área o las hebras del rey.

Su índice empezó a moverse nervioso en la agarradera del arma, nunca antes había recordado tanto la guerra como en esa ocasión, siendo guiado por el único sobreviviente de la familia real que el reino guardián de las almas casi extinguió.

Alcanzaron la gran puerta, elaborada con vidrios de colores perfectamente acomodados para formar una rosa blanca. El mayor se preguntaba si en verdad podía existir una persona con la paciencia para fabricar algo así o con el ingenio para hacer la punta de la torre con cristal tornasol. La construcción podía arrebatarle elogios a cualquiera, a pesar de la falta de ventanas.

─ Espera aquí.

La voz del menor sacó a Manigoldo de sus pensamientos, ¿cómo le pedía tal cosa? Siento tan evidente que su pareja no se encontraba bien, lo menos que quería era dejarlo solo en ese sitio que, estaba seguro, solamente le traería tormentosos recuerdos. Miró hacia los lados para comprobar que no había nadie cerca de ellos.

─ Mejor te acompaño─ dijo.

─ No, recuerda la ley─ advirtió Albafica, sin tomarse la molestia de observar al otro.

─ Hace mucho que eso dejó de importar─ comentó el mayor─. ¿Qué te ocurre?

─ Manigoldo─ nombró, viendo al aludido sobre el hombro─. Mis palabras fueron una orden no una sugerencia─ sin dar tiempo a una respuesta, entró en el recinto.

El cangrejo sentía que algo se rompía en su interior, ¿qué le sucedía a Albafica? No podía recordar algún motivo que justificara su forma de actuar y, siendo alejado de ese modo, no encontraría la respuesta pronto.

En el interior, las velas proporcionaban cierto calor al triste lugar, mientras las lilis, rosas y los lirios blancos inundaban con su fragancia. Pequeños rectángulos de plata resplandecía en las paredes, en cada uno de ellos había un nombre y dos fechas grabadas, indicando el nacimiento y el deceso de la persona.

─ Si están ahí, ayúdenme─ habló Albafica, arrodillado frente a tres láminas; sus manos yacían pegadas al piso, y su cabeza agachada hacia que su cabello también hiciera contacto con éste─. Por favor─ pidió, dando inicio a las lágrimas y los sollozos─. Mamá, papá, Afrodita... Por favor─ nombró a aquellos que había perdido cuando tenía nueve años, mismos que esperaba lo guiaran en ese atardecer.

...

Faltaba sólo un par de semanas para la firma del Acuerdo, sería la tercera ocasión que se realizaba, al menos así lo indicaban las cuentas que Kardia hacía mientras daba vueltas en su cama. Cuando surgió el tratado de paz entre su reino con el de los hielos eternos, contaba con doce años, edad en la que su necesidad de demostrarle a todos lo que podía hacer estaba en un nivel inhumano; tras diez años, eso era distinto, ya nadie dudaba de lo que era capaz.

Había cambiado, y no era el único. Dégel tenía dos décadas y, en poco más de dos meses, cumpliría veintiún años. El tiempo había hecho lo suyo sobre su cuerpo, su melena, la voz que tanto le gustaba escuchar... Llevó su mano a la frente mientras cerraba los ojos, ¿cuántas noches llevaba ya desvelándose? ¿por qué todos sus pensamientos desembocaban en una sola persona? ¿por qué Dégel no dejaba su mente? Bufó.

Se incorporó, abandonando el acogedor lecho en el que se convertía su cama cada noche. Antares lograba divisar su camino gracias a los hilos plateados provenientes de la Luna, aunque con un poco de dificultad. Alcanzó su tocador, encontrándose con un libro que ya tenía años atesorando.

Para su tortura, en su rostro se dibujó una sonrisa, de esas que mucho tiempo atrás había calificado como idiotas. Aproximadamente, cuatro años llevaba encontrándose con Dégel, y podía jurar por quien fuera, eran los mejores que había vivido. Sus yemas acariciaron la pasta del objeto, recordando la vez en la que se lo había arrebatado a su dueño, el diccionario en el que descubrió las palabras perfectas para ganar una oportunidad con el acuariano y que no se cansaba de aprovechar. En esos momentos, temía que jamás lo haría.

Cerró sus ojos. Podía recordar a la perfección cada roce por parte del menor, cada beso, el modo en el que lo recibía... Más allá del deseo que sentía por Dégel, le agradaba la satisfacción y todo lo que provocaba el que buscara en él apoyo cuando algo andaba mal, le gustaba la manera en que uno complementaba la fuerza del otro.

─ Maldita sea─ dijo frustrado, abrió sus párpados, interrumpiendo sus pensamientos. No entendía cómo pero él, que prácticamente había jurado no caer en eso, ahora se encontraba allí, luchando inútilmente contra una corriente invisible.

Llevaba noches tratando de negar la razón de su insomnio, también causante del dolor en la garganta que le provocaban las palabras no dichas. Pero ahora entendía, lo aceptaba y se rendía ante eso. Ya no podía negar que su sonrisa la provocaba Dégel, que despertarse temprano ya no era un sacrificio gracias a él, y en verdad esperaba que los momentos juntos no terminaran. Tras mucho tiempo de lucha interna, aceptó la conclusión, se había enamorado y era hora de saber si el acuariano sentía lo mismo. Y, por supuesto, no podía llegar con las manos vacías.

...

De antemano sabía que el rey se hallaba en su ducha nocturna, por lo que tenía mínimo media hora para preparar su sorpresa. Manigoldo había notado distante a su pareja desde hace tiempo y, tras pensar bastante, concluyó que debía ser más romántico, después de todo, Albafica se lo merecía. Había roto la ley de su reino, era lo mínimo que podía hacer o algo así le había dicho Kardia; ni en sus más locos sueños se había imaginado al escorpión dándole tal consejo, sin dudar, su relación con Dégel le hacía bien. Sin rayar en lo cursi, los dos concordaban en que habían encontrado la felicidad en el par de primos.

Colocó la pequeña mesa, donde su pareja solía tomar té, frente al ventanal, esperando que la luz del trío de velas y la luz de la luna hicieran una perfecta amalgama. Una orquídea rosa contenida en un cilindro de cristal, separaba las tazas blancas y al par de postres que aguardaban en su respectivo plato. Por alguna razón se hallaba nervioso, se limpió sus manos en el uniforme. Simplemente, esperaba que fuera del agrado del peliazul.

Al oír la puerta del cuarto de baño abrirse, el cangrejo dio un último vistazo a la mesa. Albafica iluminó la habitación con su presencia, había cambiado toda su vestimenta real por una sencilla pijama blanca, la cual hacia resaltar el océano guardado en sus iris y el mar de sus hebras. El corazón del mayor dio un salto al notar la impresión el los ojos del otro, duró unos segundos pero ahí estaba, antes de que se tornaran inexpresivos y se desviaran a la silla frente al tocador.

─ Deberías irte, Manigoldo─ dijo el menor, secando su cabello con una toalla─. Es tarde─ continuó, colgando la prenda en una silla.

─ Comparado con otras veces...

─ Sabes lo que pasará si te descubren─ interrumpió Albafica, sin intenciones de mirar de nuevo lo que había preparado su pareja.

─ No salgas con eso, no lo han hecho hasta ahora, ¿por qué sería distinto? ¿sabes algo que ignore?─ indagó, dando unos pasos hacia el rey, quien los retrocedió al instante─. Albafica, si hice algo mal...─ las orbes del aludido temblaron pero ninguno mostró intenciones de interrumpir el encuentro que sus ojos sostenían─. Pero, ¿cómo puedo remediarlo si no me quieres cerca de ti?

Los ojos del menor parecieron humedecerse, pero Manigoldo no sabía si era así o era una ilusión debido a la escasa luz. Quería aproximarse a su pareja para averiguarlo pero sus intentos fueron fallidos.

─ Si Asmita te ha amenazado...

─ No─ fue la escasa respuesta del peliazul, quien rogaba que su voz no reflejara el nudo de su garganta.

─ ¿Entonces? ¿Qué ocurre?─ cuestionó el cangrejo, perdiendo segundo a segundo su escasa paciencia─. ¡Por la verga y la concha de todos los dioses!─ exclamó, siendo esta ocasión más rápido que su compañero y yendo a apresarlo entre sus brazos─. Estoy enamorado de ti, maldita sea, ¿no te das cuenta?─ dijo, después de años de iniciar su relación.

Al inicio, el menor opuso resistencia y se notaba tenso, pero al paso de los segundos la situación cambió y unas cuantas lágrimas descendieron por sus mejillas.

─ ¿Qué sucede?─ volvió a preguntar el de cabello corto, esta vez preocupado al ver a su pareja en tal estado. Enterró sus dedos en las azuladas hebras mientras Albafica hundía su rostro en las prendas que le cubrían el pecho, sus manos fueron a aferrarse a los omóplatos del mayor.

─ ¿Por qué no me lo dijiste?─ preguntó entre sus sollozos─. ¿Por qué tenía que saberlo cuando estoy enamorado de ti, Manigoldo?

El aludido no comprendía lo que el otro trataba de hacerle ver pero debía ser algo muy importante, jamás pensó que Albafica le fuese a decir esas palabras. Hasta había pensado en apostar con Kardia para ver quien lo lograba primero, pero si alguno de los primos se enteraba les iría muy mal. Una de sus manos bajó a acariciar la espalda del otro.

─ No sólo vivías en el reino guardián de las almas─ pronunció el rey, en ese momento, al cangrejo ya no le agradaba hacia donde se dirigía la conversación, todo comenzaba a tener sentido, su mano se detuvo a la mitad del torso─. Sino que eres miembro de la familia real protegida por Cáncer, misma que asesinó a mis padres y a Afrodita.

El cuerpo del mayor quedó estático, ¿cómo lo había descubierto? Desde su llegada se adaptó bien a las costumbres y creencias de ahí, teniendo cierto desdén por las leyes, desde luego. A pesar de tener esa interrogante en su mente, no era el momento para formular esa pregunta.

─ No quería que lo supieras─ dijo, recargando su frente en la cabeza del pez─. Yo... Temo perderte─ confesó, apretando con fuerza a Albafica─. Soy el sobreviviente de aquellos que te quitaron a tu familia, los únicos del reino que se podían acercar a ti, entendería que me odiaras─ aflojó su agarre.

─ ¿Odiarte?─ repitió el menor, sin dar crédito a lo que escuchaba, salió de su refugio y miró al otro─. Mi reino fue el que inició con la guerra. Soy sucesor de la familia que devastó las tierras que por derecho son tuyas, causante del asesinato de tus padres, tu hermano menor y tu pueblo, yo...─ agachó su mirada─. No sé cómo ni que hacer para ganar tu perdón y, sobre todo, ser digno del amor que me profesas.

Las lágrimas de Albafica habían cesado, Manigoldo agradecía eso pero se preguntaba, ¿cómo el de Piscis podía llegar a ser tan estúpido?

─ No tengo nada que perdonarte, no eres responsable de las decisiones de tu padre─ levantó por la barbilla el rostro del otro─. Desde que te conocí supe quién eras y eso no impidió que cayera ante ti como un idiota.

Fue cuestión de fracción de segundo la duración de la vista de Manigoldo sobre los labios de Albafica, pero éste comprendió el mensaje. Sus níveas manos se enterraron en el cabello del otro, uniéndose en un beso. Ya no eran los niños de nueve y diez años que se encontraron en el camino después de la guerra, habían crecido y madurado, haciéndole frente a las pérdidas que sufrieron, mismas que, por más dolorosas y por más que se quisieran revertir, fueron las causantes de que se conocieran. Sus familias habían sido la causa de la soledad del contrario, pero ahora ellos se encargarían de destruir eso.

Sus dedos se entrelazaron sobre la cabeza de Albafica cuando ésta halló la almohada, la respiración de ambos había dejado de ser normal pero poco importaba eso. Mientras se besaban, las piernas del menor capturaron la cadera de Manigoldo, y las manos de los dos se deshacían de las estorbosas prendas, dándole paso a las caricias que quemaban la piel del contrario.

Las yemas del peliazul trazaron suavemente cada músculo de la espalda ajena, deleitándose al erizar la epidermis a su paso, incluso llegándola a herir cuando enterraba sus uñas como consecuencia de alguna invasión a sus áreas más sensibles. Se dejó guiar por las manos de su pareja cuando éste cambió de posición dejándolo sobre su pelvis. Se movió delicadamente, pero era más que suficiente para encender la virilidad de Cáncer, se acercó a besarlo de nuevo, y no pudo evitar que una sonrisa apareciera en el acto.

─ Me encantas, Albafica─ dijo Manigoldo, recorriendo la cascada de hebras azules con su mano─. Temo que me volví adicto a ti.

El aludido negó con la cabeza antes de unir sus frentes, permitiéndole al cangrejo descubrir lo mucho que la temperatura del pez se había elevado tras sus palabras.

Los gemidos del menor no paraban de abandonar su boca cuando las embestidas de Manigoldo aumentaron en ritmo y fuerza; la pierna de Albafica sobre el hombro del otro sostenida por una mano de éste, la otra se encargaba de mastubarlo. Habían tenido sexo incontables veces pero esa ocasión, en especial, el cuerpo de ambos se sentía completamente entregado y complementado por el ajeno. Todo había pasado a ser perfecto.

...

Entró a la penumbra de su habitación, la oscuridad de la noche había hecho lo suyo dentro de esas cuatro paredes. Para ella, había sido un día pesado y su único objetivo era descansar, no sin antes darse un buen baño ya que, con sólo recordar las manos del hombre con el que había desperdiciado su tiempo sobre su piel, le hacía sentir sucia y asqueada.

Arrojó su capa a la cama, quedando con su vestido entallado de seda blanca. Se aproximó hacia una cajonera, donde sabía descansaba una lámpara, obtuvo un poco de luz con la que se dispuso a deshacer la coleta en la que se hallaba atado su plateada melena.

─ ¿Y bien?─ se escuchó una voz resonar en el cuarto, exaltándola─. ¿Has conseguido la ubicación exacta del arma?─ la silueta del rey de ese reino surgió de un rincón. La mujer vio con desprecio hacia su dirección.

─ Me asustaste─ dijo, terminando su labor con el cabello.

─ ¿Lo conseguiste?─ volvió a preguntar, advirtiendo en su tono que esperaba una respuesta. Se acercó a la joven.

─ No─ respondió, anticipando lo que provocaría la negativa.

─ ¿No?─ indagó, alcanzando a su acompañante.

Su mano agarró con fuerza las hebras de plata, trayendo consigo la cabeza de la chica más cerca de él. La víctima se quejo y tomó la muñeca del hombre entre sus manos, tratando de disminuir el daño.

─ Parece que no entiendes la importancia de conseguirla, ante ella nuestras armas serían nada─ le recordó, jalándola fuertemente.

─ ¡Suéltame!─ ordenó, ganándose una reprimienda─. ¡Ese sujeto no sabía nada! ¡¿Qué querías que hiciera?!─ el rey la soltó, arrojándola la suelo.

─ Tal vez, por primera vez, debería mandar a un representante de nuestro reino a la firma del Acuerdo─ habló despacio, la atención de su hermana caía sobre él─. Sadalsuud tiene dos hijos─ inició, esperando que la mujer captara a qué se refería─. Quién mejor para decirnos el paradero del arma que uno de los príncipes.

La joven se arrodilló frente al gobernante y agachó su cabeza, había entendido las palabras del otro.

─ Lo que ordenes, Aspros.


La primera aparición de Aspros! Los geminianos no podían faltar en el fanfic. Espero les haya gustado :)

Hasta la próxima actualización.