7. La muerte acecha

— ¡¿QUÉEEEE?! — gritaron todos, poniéndose en guardia —. es una broma, ¿verdad?.

— Créanme que me gustaría que lo fuera, pero no es así — dijo Zen, apesadumbrado —. Esa misión me fue encomendada por mi maestro, ordenada por el Señor del Fuego Ozai.

Nadie se atrevía a hacer o decir nada, estaban horrorizados y sólo pensaban en defenderse de ese guerrero que los había vencido tantas veces antes.

— Como ronin — empezó a explicar Zen —, mi sensei y yo fuimos contratados por el Señor del Fuego para realizar esto, y es así que obligamos a un maestro-tierra que sabíamos era experto, el mejor en metal-control; a que forjara dos dagas "tanto" y una espada katana, utilizando las fuerzas de la naturaleza y sus elementos para ello. Luego de mucho esfuerzo, que casi le cuesta la vida lo logró, resultando dichas armas mucho más poderosas de lo que mi sensei esperaba, y sólo yo tuve la habilidad y la fuerza, tanto física como espiritual, para dominar y manejar esas armas. Pero, cuando me comunicaron mi misión, comencé a preguntarme el por qué de tanta molestia y trabajo para terminar con la vida del Avatar. Entonces comprendí el alcance de la ambición del Señor del Fuego, y el miedo que siente en su corazón por ser vencido. Incluso supe que llegó a sacrificar parte de su propia familia, en aras de sus ansias de poder.

En este punto, los chicos bajaron la guardia, y Zuko cerró los ojos, atormentado por ese recuerdo mientras Zen continuaba hablando.

— Fue entonces que cuestioné por vez primera a mi sensei, y confirmé lo que sospechaba. Él estaba corroído también por la ambición, y la promesa de poder del Señor del Fuego. Me dijo que si no obedecía me mataría, y entonces pensé en un plan, que requería que por el momento me callara. Fui a escondidas a ver al maestro-tierra, y lo ayudé a escapar a cambio de que me entregara las armas como estuvieran. Él aceptó, y me sorprendió ver que ya las tenía listas, y pude comprobar su fuerza al enfrentarme a mi sensei con ellas, pues descubrió mis planes.

— ¿Y qué sucedió? — preguntó Katara con algo de miedo — ¿L-lo mataste?

— No. Él me venció. Aún no era muy diestro manejando esas poderosas armas, y él lo sabía. Me exigió entregarle las armas a cambio de mi vida, pero me negué a dárselas, y dijo que él sería entonces quien acabaría con el Avatar. Me llevó ante el Señor del Fuego para que decidiera mi suerte, y en cuanto lo tuve enfrente le arrebaté las armas a mi maestro, iniciando la lucha. Ozai me apuntó con sus relámpagos, pero fui muy rápido y le dio a mi sensei, pero extrañamente no murió de inmediato. Ozai aprovechó y escapó, y yo atendí a mi sensei, pero era tarde, estaba moribundo. Aún así, me rogó que lo redimiera, que corrigiera los errores que su ambición provocara, y que si algún día hallaba al Avatar le prestara la ayuda que mi corazón creyera correcta. Es por eso que estoy arrepentido de haberme vuelto asesino, y creo que esto que les pediré es la mejor manera de ayudarles en su lucha.

— ¿Qué quieres decir? — preguntó Sokka.

Zen calló por un momento, y arrodillándose frente a todos desenvainó su katana y se las ofreció, e inclinando la cabeza les rogó a todos.

— Por favor, mátenme.

— ¡¿Quéee, que dices, estás loco?! — dijo Toph saltando por la sorpresa.

— ¿Pe- pero, p-por qué? — atinó a preguntar Aang.

— Si deja de existir quien pueda manejar o enseñar a manejar esta espada y sus dagas, el destino que quieren alcanzar no correrá más peligro que ahora mismo. Por favor, mátenme.

Los amigos solo miraban a Zen, pero no se atrevían a moverse de su lugar, mucho menos a tomar la espada del samurai. Luego de un pesado silencio, Katara habló.

— No Zen. Te agradecemos todo lo que tu hermano y tú nos enseñaron, pero no podemos asesinarte así nada más. Eso nos volvería gente de la peor calaña, y eso es una debilidad que busca el Señor del Fuego para acabarnos. Siempre que sea posible, evitaremos lastimar a alguien, por muy malo que fuere.

El guerrero escuchó con atención, para luego envainar la espada y dirigirse a todos.

— Entiendo. Ojalá y me perdonen, yo no quise llegar a hacer esto.

No bien terminó de hablar, se abalanzó sobre Toph con una increíble velocidad, y usándola como escudo humano, le puso el filo de una de sus dagas en el cuello.

— ¡Voy a tener que matarlos uno por uno! ¡No tiene caso que continúen adelante, pensando así tienen la batalla perdida!

Los chicos se aprestaron para pelear, pero Katara se impuso deteniéndolos.

— ¡Alto chicos, nadie haga nada! Todo es mentira, ¿O no Zen?

Zen la miró. Estaba sorprendido, pero no mostró en su rostro emoción alguna. Toph estaba aterrada, pero no se movió, mientras el guerrero sentía en sus venas las mil formas que sabía dar muerte. Pero no hizo nada.

— Sabes que puedo matarla, Katara.

— Sí, lo sé — contestó la morena —. Pero también sé que no lo harás, por una sencilla razón. La amas Zen, tú amas a Toph.

El samurai no podía creerlo, pero Katara sabía la verdad. ¿Cómo lo supo? ¿Cómo lo averiguó, si Toph aún no le contaba nada?

— Tú quieres que acabemos con tu vida — prosiguió Katara —, porque no puedes o no quieres aceptar que ella podría rechazarte. Tu código de honor no te permite secuestrarla ni obligarla a nada, así que prefieres morir a ser deshonrado, ¿verdad?

— Sí… y no — dijo el guerrero —. Pero continúa, me gustaría saber…

— ¿Cómo lo supe? Bueno, en realidad fue gracias a ti. Tú nos enseñaste a escuchar, a observar, a aprender del enemigo. Te observé mucho Zen, y noté cómo te comportabas con ella, digamos "ligeramente" diferente que con los demás. Nunca dejaste de llamarla "niña bonita", Y hace rato te escuché hablando con Garg. Escuché a Toph levantarse, y creo que ella también oyó su conversación, pero no estaba segura de a quién te referías, pero yo sí. Admítelo, la amas Zen.

Mientras Katara hablaba, Toph pensaba que, si hubiera podido ver, se hubiera percatado de todo esto. Fue entonces que Zen la liberó y ella corrió con sus amigos. Entonces Zen tomó la palabra.

— Bravo Katara. Aprendiste muy bien. Y tienes razón en… casi todo. Solo que sacaste conclusiones muy rápido, y te faltó analizar un detalle. Yo he sido forjado como un asesino, un proscrito, y no puedo escapar de eso. Todo aquel que esté a mi lado correrá la misma suerte que yo, y no puedo permitir que gente inocente sea presa, martirizada o muerta por mi causa, porque sólo yo soy quien debe pagar por mis crímenes. Esa niña bonita no merece tener a su lado a un parásito como yo…

— ¡Hey! — intervino Toph de pronto — ¿E- eso quiere d-decir que… e-el único hombre que ha-hasta ahora se interesa p-por mí… prefiere morir a estar c-conmigo…?

Sin que nadie pudiera evitarlo, Toph salió corriendo con el llanto en los ojos. Zen intentó seguirla, pero los chicos se lo impidieron, y sólo Katara fue tras ella.

— ¡Tú no vas a ninguna parte! — le gritó Sokka — Ya le has hecho mucho daño a nuestra amiga, y no te vamos a perdonar.

Zen no dijo nada, pero se preparó para luchar. En el fondo deseaba no tener que matarlos.

Katara iba ya cerca de la laguna, la cual pasó de largo gritándole a su amiga. No se dio cuenta de un ligero gorgoteo que salía de las tranquilas aguas, y siguió su camino hacia el bosquecillo. Cuando se fue, Toph pudo sacar la cabeza del agua, pues era ella la que producía el gorgoteo, al esconderse dentro del lago siguiendo la técnica que Zen les enseñara. Al ir saliendo del agua hizo rodar una piedra que movió otras más del fondo, alertando de la presencia de la maestra-tierra a muchos habitantes de la laguna, que se dirigieron hacia ella con muy malas intenciones.

Entretanto, la pelea en el campamento iba tomando matices peligrosos. Zen sólo se defendía, pero los demás buscaban someterlo a toda costa, y Sokka era el más furioso.

— ¡Vas a pagar por lastimar a Toph! — gritaba el moreno enardecido por la ira.

— ¡Nunca quise lastimarla, ni a ninguno de ustedes! — contestaba Zen — ¡Entiéndelo guerrero, no puedo dejar que los maten así como así, por eso les enseñé a defenderse!

Sokka no lo escuchaba. El chico sólo quería verlo sufrir, igual que él había hecho con Toph. Por fin, tras un ataque sorpresa, Sokka logró desarmar y someter a Zen, acorralándolo contra su espada.

— Muy bien "guerrero invencible" — le dijo Sokka triunfante —. Ríndete de una vez, de todas formas vas a tener tu castigo.

— ¿En serio? — contestó el samurai — ¿Y qué van a hacer, matarme? Si es así, estoy listo cuando quieran.

Aang y Zuko se miraron indecisos, y luego miraron a Sokka, que no le quitaba la espada de encima a Zen. Éste había cerrado los ojos, preparándose para morir, cuando de repente se escuchó el grito de una voz femenina muy familiar.

— ¡Es Toph! — gritó Aang, echando a correr en dirección del grito. Zuko empezó a seguirlo, pero se detuvo a mirar a Sokka y a Zen. El moreno no decidía qué hacer, ya miraba a donde provenía el grito, ya miraba al guerrero que esperaba su suerte.

— ¿Y bien guerrero, qué eliges? ¿Tus amigos o tu venganza?

Sokka cerró los ojos con fuerza, y crispando los puños tomó su decisión. Envainando su espada echó a correr tras Zuko, dejando en el piso al guerrero. Éste se dijo para sí "bien hecho guerrero", antes de levantarse, recuperar su katana y seguir a los demás.

Katara seguía en el bosquecillo cuando escuchó el grito de su amiga. Pensando lo peor, corrió a auxiliarla, sin percatarse que una enorme figura se movía entre las sombras de los árboles, e iba tras ella.

Mientras, Toph había logrado salir del agua tan rápidamente como pudo, e intentaba detener el ataque de muchas ranas-lagarto que salían del agua y comenzaban a rodearla por todos lados. Ella no dejaba de arrojar piedras a diestra y siniestra, repeliendo los ataques de las ranas, pero eran tantas que no podía determinar exactamente cuántas la atacaban. Por eso no se dio cuenta de que dos de las ranas más grandes se preparaban a saltarle encima, mas en el momento en que lo hicieron, una enorme sombra salió de entre las copas de los árboles del bosquecillo, y alcanzó a atrapar a las ranas para arrojarlas lejos dentro de la laguna.

Se trataba de Garg, que la había escuchado gritar mientras cazaba, y había corrido en su ayuda, detectando de lejos el olor de las ranas-lagarto supo de inmediato el peligro en que Toph estaba. Mientras comenzaba a aplastar ranas, tomó a Toph en una de sus manos, y sin más la arrojó por los aires hacia el principio del bosquecillo, yendo a caer en la copa del árbol más frondoso, que amortiguó su caída. En eso, Katara iba ya saliendo del bosque, y vio llegar a Toph hasta el árbol. Usando agua-control, creó un tentáculo con el que bajó a su amiga, y de inmediato ésta le informó de la situación.

Cuando ambas chicas llegaron a la orilla de la laguna para auxiliar al gigante, la lucha entre él y las ranas-lagarto se había trasladado al agua, y Garg se esforzaba por sacarse de encima a un gran número de ranas, las cuales pretendían hundirlo y ya casi lo conseguían. Katara se aprestaba a ayudarle metiéndose al agua, pero una voz la detuvo en seco.

— ¡Katara, no! ¡No lo hagas! — le gritó Zen, que se había adelantado un poco a los chicos. Éstos llegaron un minuto después y escucharon al guerrero.

— Las ranas-lagarto tienen una saliva muy venenosa, si los muerden morirán sin remedio. Déjenmelo a mí, por favor.

Tras dudar un momento aceptaron que Zen actuara. Era evidente que conocía mejor que ellos a esos animales, y como lo imaginaban, ya tenía un plan.

— Iré a por mi hermano. Cuando lo saque, la niña bonita inclinará la tierra de tal forma que ruede lejos de la orilla mientras Zuko y Aang nos secan con aire calentado. En cuanto estemos fuera, tú Katara congelarás la superficie de la laguna, las ranas que quedan no podrán salir, y morirán ahogadas. Guerrero Sokka, tú mantendrás a raya a cualquier rana que se nos escape.

Si esperar respuesta, el samurái se envolvió en sus ropas y se arrojó al agua. Luego de un rato, la superficie dejó de burbujear, y los chicos imaginaron lo peor. Mientras esperaban, cada uno reflexionaba acerca del extraño proceder del samurái, puesto que primero los amenazaba de muerte, y ahora requería su ayuda para salvar la vida de su hermano. Por fin, las aguas se agitaron, y un bulto enorme emergió bruscamente rodando hasta la orilla, de donde Toph lo hizo continuar rodando tal y como Zen se lo pidiera.

Detrás del gigante, emergió otro bulto más pequeño, un envoltorio de tela rasgada y mordida, pero milagrosamente sin una mancha de sangre. Zen había arrebatado a su hermano de las ranas, quienes lo habían mordido bastante, pero no le arrancaron ningún trozo de su carne. El guerrero se quitó lo que quedaba de sus ropas y fue a con su hermano, tratando de reanimarlo, pero nada de lo que hizo logró que el gigante respondiera. Entonces, Zen se acercó a los demás.

— Chicos, sé que no lo merezco y está bien si se niegan. ¿Podrían cuidar de mi hermano unos minutos? Iré al bosque a buscar unas plantas especiales para tratar de curarlo. No tardaré, ¿Sí?

— Yo iré contigo — se ofreció Sokka —. Ya que no hice casi nada para sacarlo, al menos déjame ayudarte a curarlo.

Ahora fue Zen el sorprendido por el ofrecimiento, mas sin embargo aceptó de inmediato. Ambos se internaron pronto en el bosquecillo, dejando a los demás en la orilla de la laguna.

— Bueno — dijo Zuko rompiendo el silencio —, supongo que no estaría mal hacer un poco de fuego. Hay que mantenerlo caliente por si sigue vivo.

— Sí, tienes razón — convino Aang —. Vamos iremos a traer un poco de leña. No tardaremos chicas.

— Está bien Aang — asintió Katara al ver que Toph no contestaba —. Pero por favor, no tarden.

En cuanto se fueron, Katara quiso decirle algo a su amiga, pero Toph estalló en llanto de repente.

— ¡POR QUÉEEE KATARAAA, POR QUÉEEE! — repetía sin parar de llorar — E-él me salvó la v-vida, por qué tenía que pasarle esto… ¡Por quéeee!

Katara hizo un gran esfuerzo, pero logró calmar a su amiga. Tras controlarse un poco, Toph hizo crecer la tierra bajo el gigante en forma de una cama y, sin saber muy bien cómo, logró que creciera hierba bajo su cuerpo, haciendo un mullido colchón de hierba. Mientras, Katara había comenzado a tratar de curar las heridas mayores con agua-control, y algunas comenzaban a sanar.

En eso estaban cuando Aang y Zuko regresaron, pero fue cuando encendieron la fogata que se percataron que no sería suficiente para que el enorme cuerpo de Garg se mantuviera caliente. Entonces, A zuko se le ocurrió una idea, y concentrándose bien logró crear otro pequeño sol, esta vez del tamaño de un puño, el cual les dio a todos un agradable calor. Toph estaba a la expectativa, esperando que alguno le dijera que el gigante estaba reaccionando, pero no fue así.

Por fin, Zen y Sokka regresaron, y el guerrero miró asombrado los esfuerzos hechos por todos para ayudar a su hermano. Sin decir palabra, se unió a Katara en la curación de las heridas, colocando en la piel del gigante hojas de las plantas que Sokka y él habían recolectado.

— Chicos — les dijo de repente —, eh… gracias, por todo. Creo que es momento de que vayan a su campamento a descansar. Yo me quedaré aquí, si no tienen inconveniente.

Los cinco se miraron en silencio, y Sokka habló por todos.

— No Zen, te ayudaremos. Nos turnaremos para continuar curando y cuidando a Garg, así podrás comer y descansar también.

Zen se sorprendió ante el ofrecimiento, y su primer impulso fue negarse, pero le insistieron tanto que terminó accediendo, con la condición de que pasaría la noche a solas con su hermano. Los demás aceptaron, y así pasaron lo que quedaba del día, curando y cuidando al grandulón Garg, como Toph lo llamaba. Al llegar la noche, Zen llamó a todos para hablarles.

— Ante todo, gracias por lo que hicieron por mi hermano y por mí. Perdónenme por la rudeza con que los traté algunas veces, yo también me equivoco. Y tú, niña bonita, espero que algún día me perdones por haber provocado el amargo disgusto que desató todo esto y que te puso en peligro. Ahora, quisiera quedarme a solas con él, por favor.

Los chicos comprendieron su pesar, y se retiraban ya en silencio, pero Toph se quedó un poco más.

— Oye — le dijo al oído —, avísanos lo que pase, ¿sí? Sea lo que sea, estaremos contigo.

— Lo prometo niña bonita. Ve a descansar.

— Sí, claro. Ah, y otra cosa… Te perdono Zen.

El samurái sonrió, y ambos chicos se despidieron. Zen se vistió para pasar la noche en vela al lado de su hermano, junto a la fogata que se mantenía ardiendo. Ya en el campamento, todos dormían con excepción de Toph, que estaba preocupada y confusa. Nunca se imaginó serle atractiva a nadie, y menos a un chico como Zen, y se preguntaba cómo sería físicamente, si era guapo y si se vería gallardo como un caballero. Con estos pensamientos, lentamente le ganó el sueño y se quedó dormida.