¡Feliz Año Nuevo!

Después de las fiestas y de vuelta a la vida normal por fin he encontrado el tiempo para actualizar con un nuevo capítulo. Perdón por la demora.
Miles de gracias a Altariel de Valinor.
Cualquier error que persista es solo mío.

Capítulo 7

Eran las siete y media cuando Sherlock entró en la oficina que su hermano Mycroft mantenía en el club Diógenes. Cómo el día anterior, Jonathan Evans se encontraba al otro lado de la mesa, con expresión cansada y un humor bastante oscuro.

–No son las ocho –comentó cuando Sherlock entró y dejó sobre la mesa una carpeta manila de la que escaparon varias hojas con fotografías–. La puntualidad es uno de los pilares de nuestra sociedad sr. Holmes.

–Está sobrevalorada. He localizado siete posibles objetivos, dos de ellos a un 80%, calculo que será en las próximas treinta horas, con coches bomba o suicidas.

–Dieciséis horas.

Sherlock frunció el ceño intentado leer la actitud de Evans: era un hombre de mediana edad, de buena familia y carácter férreo, más directo que Mycroft pero igual de capaz de guardar secretos. Las ojeras le decían que llevaba varios días sin apenas dormir, abusando del café, esperando el desenlace de una situación crítica. Su ropa le dijo que no había abandonado esa oficina en al menos 36 horas, y aunque en ese momento se encontrase solo, había indicios suficientes de al menos seis personas más que habían estado allí mismo hacía poco.

–Entonces… dieciséis horas –dijo al fin Sherlock, desconcertado por la falta de alarma.

Evans asintió. Parecía sopesar la posibilidad de contarle a Sherlock algo más, hasta que sacudió la cabeza para mirarlo de arriba abajo.

–Sherlock Holmes, detective privado, asistente de la policía, superdotado, drogadicto, obsesivo… tengo un informe bastante completo de sus aficiones, vicios y habilidades. A pesar de mis dudas, Mycroft me convenció de que era el mejor analista de carácter que podíamos encontrar, y tuve que darle la razón, hasta que decidió que se había cansado y volvió a ser un problema al retomar su afición a las drogas. De no ser por su hermano, hace tiempo que estaría fuera de circulación, aunque quizá por esta vez sea una pieza de la que nos podamos servir– tomó la carpeta que Sherlock había dejado sobre la mesa y se acercó a la chimenea encendida a pesar de la temperatura agradable de la época del año. Una a una fue echando las páginas al fuego, sin reaccionar al primer aliento que tomó Sherlock con asombro–. Sr. Holmes –comenzó sin apartar la vista de las páginas que se consumían–, llevamos años en un delicado equilibrio entre hacer lo que es noble y justo y dejar que ciertos acontecimientos sigan su curso, minimizando los daños dentro de lo posible sin dejar rastro de nuestras intervención, todo ello para salvaguardar la más importante de nuestras fuentes en territorio enemigo.

–Un infiltrado.

De nuevo volvió a asentir, cerrando los ojos con cansancio. Una vez que las hojas se redujeron a cenizas, volvió a la silla de Mycroft.

–No puedo darle los detalles ahora, solo decirle que a veces es necesario un pequeño sacrificio calculado en aras de evitar un desastre incalculable que nos coja desprevenidos. Tenemos un topo en nuestras filas, sí, sabemos quién es, sus canales de comunicación y los contactos que tiene en medio continente, pero controlamos el flujo de información que le llega al milímetro, a cambio nosotros tenemos a alguien en un lugar muy delicado y, protegerlo para seguir teniendo acceso a la información vital que nos proporciona, a veces nos exige no actuar para no señalarlo o dar pistas de su existencia. Una vez que lo que tenemos entre manos pase, estaré en disposición de darle un relato detallado en consideración a la confianza de su hermano en usted, pero hasta entonces debe ignorar todo lo que sabe con respecto a ese atentado.

–Dejar que todo pase, sentarme a ver el mundo arder –dijo Sherlock con el mismo desagrado que le producía hablar con su hermano de sus obligaciones políticas.

–Yo no sería tan poético al decirlo, simplemente deje que ocurra, las medidas que podemos tomar para minimizar el coste humano están en marcha.

–¿Y, ya está? –Sherlock apretó el puño que mantenía dentro del bolsillo de su abrigo. En los años que había colaborado con su hermano, aun cuando no quería hacerlo, la constante había sido salvaguardar las vidas de los inocentes. Mycroft era capaz de muchas cosas, entre ellas encerrarlo en una clínica de rehabilitación más parecida a una prisión, incluso incomunicarlo durante semanas, pero su sentido del deber y la responsabilidad con la que había asumido su particular papel de "Guardián del Reino" era casi admirable. Y ahora, un hombre que llevaba años luchando contra el terrorismo le pedía que dejase que ocurriese…

–No se equivoque, señor Holmes –Evans parecía haber seguido su línea de pensamiento, adoptando una expresión de desagrado–. No estamos de brazos de cruzados, pero debemos evitar que haya la más mínima duda de que lo sabíamos. El hecho de que su hermano fuese atacado por un hombre cuya mujer atentó después contra su asistente nos da un poco más de maniobrabilidad. Tenemos la suerte de que se ha asignado a cierto Inspector de Scotland Yard a cargo del caso. Sus fuentes le han proporcionado una valiosa información sobre vehículos robados de los que han sido localizados dos de ellos y están siendo analizados a fondo. Quizá si cuenta con la ayuda de su consultor externo sea capaz de encontrar a la señora Walsh, tener una charla con ella, conseguir los nombres de las personas que custodiaron a su hija en los últimos días… El detective Inspector Lestrade puede ser capaz de intuir las zonas de riesgo… trabajar desde su posición para minimizar los daños sin que intervenga la seguridad nacional.

–Si sabe qué va a ocurrir, cuándo y dónde, ¿por qué simplemente no hace que esa información llegue de forma anónima?

Evans sacudió la cabeza con desgana.

–Porque todo deja un rastro que es posible seguir por quien sabe mirar. Llevo años siguiendo esos hilos, señor Holmes. Yo no tengo la intuición o la inteligencia de su hermano, mi trabajo ha sido a ras de suelo, y sé que todo deja una marca. Usted mejor que yo debería saberlo. Dele las pistas a Lestrade, si es capaz de conectarlas con la suficiente rapidez quizá mañana solo hablemos de daños materiales.

Lestrade dejó de soltar maldiciones después de haber revisado cada habitación del piso y constatar que Mycroft se había marchado, Sacó el móvil secundario con el que se comunicaba con él y llamó, recibiendo la ignorancia por respuesta. Tras dos llamadas comenzó a mandar mensajes, reclamándole donde se había metido y qué estaba haciendo,

Después de quinte minutos en los que no recibió respuesta alguna, decidió volver a Scotland Yard, a la espera del informe de los vehículos encontrados y a repasar las imágenes del accidente de Anthea en busca de una pista. Cuando llegó a su oficina, encontró a Donovan en su silla, haciendo la revisión de las imágenes,

–Jefe –lo saludó sin abandonar la silla.

–¿Has encontrado algo?

Sally arqueó las cejas al notar el tono de enfado de Lestrade, mirándolo con detenimiento unos segundos y limitándose a negar y volver la vista a la pantalla. Estaba bastante acostumbrada a esas alturas a sus arrebatos malhumorados.

–Las imágenes de tráfico no son muy claras –dijo, al fin–, solo he podido identificar la mitad de la matrícula del otro vehículo. El que conducía Helen Mills está registrado en el parque gubernamental. Acabamos de recibir las imágenes de uno de los bancos cercanos al accidente, y tengo mejor ángulo, sólo… un momento… –pasaron unos minutos en los que Sally tocó el teclado, se acercó a la pantalla, murmuró y, básicamente, ignoró a Lestrade que se había quitado el abrigo y había ido por uno de los cafés de la oficina. Cuando regresó para encontrarla en la misma actitud, comenzó ordenar su mesa, hasta que el grito de Sally lo sobresaltó– ¡Ahí está! Una imagen completa –Lestrade se acercó por detrás mirando la pantalla. La imagen apenas borrosa permitiría identificar una matrícula, y cuando el equipo informático hiciese su magia, incluso el rostro del conductor seria visible-.

–Envía esto y deja que yo continúe, ¿Qué hay del hospital?

–La bala será procesada por si hay coincidencias. La chica está en coma inducido. Habrá un agente permanente y nadie hablará con ella antes que tú una vez que despierte –Sally volvió a mirarlo frunciendo el ceño– ¿Puedo preguntar por qué es tan importante, jefe?

–Aún no lo sé Donovan, algo me dice que esos tipos –señaló la pantalla donde la imagen congelada del coche embestía el que conducía Anthea-, no son simples secuestradores. He visto las imágenes del accidente. Amanda Walsh sale del coche por su propio pie y no intenta huir, parece que la ayudan a subir al otro coche, no la empujan, no la obligan… por muy aturdida que esté, no hay una reacción de miedo… parece más un rescate que un secuestro. Además su marido está en la morgue, nadie sabe por qué… su hija ha desaparecido.

–¿Puede ser que la estén obligando amenazándola con hacerle daño a la niña?

–No lo sé –una idea se cruzó por la mente de Lestrade haciéndolo torcer el gesto– ¿Quién ha recogido la bala de Helen Mills?

–Nicols, ¿por qué?

–Ocúpate de sacar una imagen de ese tío y pasarla por todos los filtros de búsqueda, empieza por los internacionales, especialmente terrorismo.

–¡Jefe!

–Hazme caso –dijo con la urgencia impresa en la voz al recuperar su abrigo–, y pon a trabajar contigo a todo el que esté en disponible. Voy a pruebas y después a hablar con el superintendente.

La bala que sacaron del cuerpo de Anthea era milagrosamente del mismo calibre que la que se encontró en el apartamento del edificio Chapel y por tanto el mismo de la que él tiene sellada en una bolsa de evidencias y que fue extraído del pecho de Mycroft. Lestrade había urdido un burdo plan para sacar de la pista al mayor de los hermanos Holmes, y aunque apenas confiaba en que pudiera salir bien, no podía dejar de intentarlo. En el laboratorio de pruebas, Lestrade solicitó el contenedor de las evidencias, dando las gracias en silencio cuando le informaron de que aún no habían sido procesados y de que faltaban algunas horas para ello, Con la excusa de revisar el informe que el cirujano entregó junto con la bala a Donovan horas antes, se metió en una de las salas, cambiando una bala por otra y relacionando así el crimen del edificio Chapel con el ataque a Helen Mills.

Después de diez minutos, salió de nuevo en dirección a la oficina de Gregson, pasando antes por los servicios para comprobar si había recibido algún mensaje de Mycroft en el teléfono secundario. Maldijo una vez más al no tener respuesta a sus llamadas y mensajes, decidiendo en aquel momento que ya había terminado con eso y que no volvería a revisar hasta que Mycroft se dignase a ponerse en contacto con él.

Tratar con Gregson fue más fácil de lo que había esperado. Después de hacer el relato del robo de los vehículos y la recuperación de dos de ellos con sustancias sospechosas, unido a que el implicado en el accidente de Helen Mills también era robado por la misma banda, no le puso pegas a hacer una búsqueda activa con agentes en la calle.

–Pero no dejarás el caso Chapel –le dijo Gregson antes de despedirlo.

–No iba a hacerlo, señor, creo que están relacionados de alguna manera –Lestrade se calló antes de añadir que esperaba estar en lo cierto cuando recibiese el informe de balística, casi oyendo las palabras que Sherlock había pronunciado decenas de veces "solo las mentiras tienen detalles".

–La mujer de la víctima ha sido secuestrada en uno de esos coches, claro que están relacionados, Lestrade.

Lestrade se sintió mortificado por haber pasado por alto ese detalle. En su mente, Amanda Walsh no había sido secuestrada, y su atención estaba en terroristas y coches bomba, con lo que la muerte de Pete Walsh era una consecuencia más de lo que estaba por ocurrir.

–¿Cree que deberíamos pasar un informe a seguridad nacional?

–¿Y arriesgarnos a que esto sea sólo una banda de ladrones de coches que trafica con ingredientes para drogas? No, Lestrade. Somos perfectamente capaces de hacernos cargo, si hay algo que sea preocupante cuando tengamos los resultados de los vehículos tomaremos una decisión más drástica, pero hasta ahora se tratará como ajuste de cuentas entre los integrantes de una red de robo y contrabando de coches.

–Está bien, señor –Lestrade se levantó para regresar a su oficina cuando se le ocurrió la última pregunta– ¿Cómo tratamos la desaparición de la hija de la señora Walsh? Se llevaron a la madre, pero nadie ha localizado a la hija o ha dado la alarma.

–No tenemos una denuncia, pero puedes poner a algunos hombres a averiguar quién se hace cargo de ella cuando la madre trabaja, ver el colegio y averiguar qué familiares tiene. Puede que incluso esté con algún pariente que no sabe nada de lo ocurrido. Vamos a esperar 24 horas antes de pensar en una desaparición de alto riesgo.

Con un amargo sabor de boca, Lestrade dejó el despacho de Gregson con intención de regresar al suyo cuando le llegó un mensaje de Sally que le indicaba que estaba en una de las salas de prensa. Solían utilizarlas para desplegar información de forma visual en la larga pizarra que tenían allí, un método al que los más veteranos y algunos de los jóvenes más perspicaces, como la propia Sally, usaban para poner los datos de los casos complicados a la vista a la hora de trabajar.

–Jefe –ella lo saludó al verlo entrar, se había detenido a recoger dos cafés, tendiéndole uno a la joven sargento. Eran más de las 9 y la noche se presentaba larga y complicada. Lestrade observó el trabajo de Sally: había desplegado la información de los vehículos robados, su última ubicación, datos de los propietarios, informes de tráfico… Un par de docenas de fotografías de distintas cámaras mostraban distintos momentos del accidente y a los ocupantes de los vehículos. En una de las esquinas, Sally había puesto las fotografías de Amanda y Pete Walsh, así como la de Anthea, con un interrogante en cada una de ellas.

–¿Alguna teoría? –preguntó, revisando todo lo desplegado.

–Puede. He encontrado una detención de Amanda Walsh cuando tenía 19 años, participó en su ciudad natal en disturbios relacionados con las juventudes del IRA. Quedó en nada, pero al parecer hay miembros de su familia cumpliendo condena por terrorismo. Sospecho que se vino a Londres por ese motivo.

–Pudo haber sido una de esas fases juveniles.

–Puede, pero se casó con un hombre que trabajaba en el club Diógenes, donde se reúnen políticos a… lo que sea que hagan allí. Me da que tiene razón al pensar que esto es más gordo.

–Bien –Lestrade se paró ante la pizarra observando cada apunte de información. Iba a ser una noche larga….

Despertó con un sobresalto al sentir la vibración en el bolsillo interior se a chaqueta, sacó el móvil y revisó, no había mensajes nuevos o llamadas, pero sí el aviso de que se estaba agotando la batería. Se restregó los ojos incorporándose, el sofá de dos plazas de la sala de descanso no era lo mejor para dormir, pero Lestrade ya había pasado allí muchas horas y su cuerpo parecía estar casi acostumbrado. Eran las nueve de la mañana, apenas recordaba la hora a la que había enviado a Sally a casa a dormir un par de horas, mientras él usaba la pequeña sala para descabezar el sueño. Tras asearse lo mejor que pudo y cambiar la camisa por una de las que mantenía en su taquilla, regreso a la sala de prensa, con la esperanza de poder ver más claramente entre el flujo de datos una pista de donde se produciría el enunciado atentado. Frunció el ceño al ver la figura envuelta en el abrigo oscuro, mirando fijamente la pizarra desde un par de metros atrás.

–¿Sherlock? –El detective apenas le dirigió una mirada, con las yemas de los dedos unidas bajo la barbilla– ¿Qué haces aquí?

–Aburrido, necesito un caso.

Lestrade se plantó ante él con los brazos cruzados.

–Este no es para ti

–¿Porque han disparado a la asistente de mi hermano? Puedo ser objetivo, no temas, nada que tenga ver con Mycroft alterará mi capacidad de raciocinio. Ya he puesto a mi red a buscar al conductor –señaló imperceptiblemente con la barbilla la fotografía que Sally había conseguido.

–En serio, Sherlock, esto no es para ti, es más grande de lo que parece.

Ahora sí que Sherlock se fijó en Lestrade, recorriéndolo de arriba abajo con el ceño fruncido hasta que sus ojos se abrieron imperceptiblemente.

–He oído que dos hombres de origen árabe han aparecido en las orillas del rio cerca del puerto. Parecen haber sido torturados, mi red dice que había una niña con ellos antes de que los metieran en una furgoneta… están en el mismo hospital que Anthea… ¿Quieres ir?

Ambos hombres se miraron, los dos sabían dónde estaban metidos, pero ninguno hablaría por temor a desvelar lo que el otro aún no sabía, y sin embargo los dos buscaban lo mismo.

–Tú pagas el desayuno –gruñó Lestrade, volviéndose hacia la puerta, haciendo caso al instinto que en aquel momento le gritaba que estaba en el buen camino.