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"Aléjate de mí"
Capítulo VII
-Just a Feeling-
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Disclaimer: Todo personaje aparecido y por aparecer son propiedad intelectual de Naoko Takeuchi, la historia y trama son propiedad reservada de la autora aquí presente.
Dedicada a LESVAL y Rouge Passion, por sus ánimos a subir esta historia.
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—¿Segura que esto es lo mejor que puede hacer, señorita Hino? –preguntaba el profesor de seminario de titulación, cuando Rei terminó la presentación de su tema de investigación.
Rei pestañeó y se sintió aturdida. ¿Cómo había dicho?
El hombre de chaqueta café cruzado de brazos y que se recargaba en el borde del escritorio la miraba indiferente. Ninguna expresión podía leérsele en el marco del rostro, ni desagrado ni aprobación. Incluso el tono de voz fue tan plano que la chica no supo diferenciar si aquello había sido una pregunta o una afirmación. Lo supo cuando vio que él esperaba una respuesta.
—¿E… está mal? –inquirió Rei, aun sin salir de su ofuscación.
—Yo pregunté primero, señorita Hino. Respóndame., ¿Esto es lo mejor que puede hacer?
Sus compañeros permanecieron en silencio, presenciando la indeseable escena. Unos, comentando por lo bajo tampoco entendiendo el punto, si según su punto de vista, la exposición cumplía con los estándares para un proyecto de investigación. El silencio se atoró en la garganta de la joven de cabellos negros.
—Tomaré eso como un no, señorita. Y siendo este el caso, le pido que revise de nuevo su trabajo y me lo presente nuevamente en dos días en mi cubículo que está en el tercer piso del edificio "C" –concluyó sin despegar los ojos de Rei, su mirada le fue totalmente indescifrable. Y volviéndose a los demás miembros del grupo, agrego-: Y ustedes, si después de ver esto, alguien considera que me tiene algo mejor, permanezca en el aula. De lo contrario, no los quiero aquí perdiendo el tiempo. En dos días en el cubículo.
Naturalmente, el aula quedó vacía. Con la excepción de Rei, que todavía incrédula al hecho que acababa de sucederse, buscaba alguna explicación comprensible. Ese trabajo era de los mejores que había hecho en toda su vida académica, o por lo menos así lo sintió. Puso tanto esfuerzo, tantas horas de estudio y dedicación, que simplemente se sentía absurda y muy decepcionada.
El hombre tomó su portafolio de cuero café oscuro y se dispuso a salir del aula siguiendo los pasos de sus alumnos, no obstante, cuando se volvió se encontró con un par de ojos violáceos. Por un segundo creyó ver centellear una llamarada de fuego en ellos.
—¿Se le ofrece algo, señorita Hino? ¿Quiere responder ahora?
—¿En qué estuve mal? ¿Qué es lo que le falta a mi trabajo? ¿Por qué no es suficiente?
El hombre ladeó ligeramente el rostro y frunció el ceño sonriendo, con una calma que a la pelinegra hizo desesperar.
—No recuerdo haber dicho nada de eso. Y esta no es la respuesta que espero escuchar, señorita Hino. ¿Está segura que este trabajo es lo mejor que puede hacer? Sólo quiero que me responda eso.
Rei apretó los dientes. ¿No se lo iba a decir? ¿O sea, ni siquiera estaba dispuesto a evidenciarle los errores para rectificarlos? Esa no era la actitud de un verdadero profesor.
Y estuvo a punto de recriminárselo, cuando el hombre continuó hablando:
—Me está decepcionando, señorita Hino, pensé que lo habría entendido. Si usted no es capaz de comprender lo que le estoy pidiendo, quizá sería mejor que abandonase. No tengo interés alguno en estudiantes promedio. Nos vemos en dos días.
Y sin una palabra más de por medio, el hombre abandonó el salón, dejando a Rei literalmente en shock. ¿Le había dicho estudiante promedio? ¿A ella? ¿Estaba hablando en serio?
Para cuando reaccionó, él ya se había ido. Enojo, rabia, enfado. Nada de eso sintió con lo ocurrido, más bien lo que se propagó en su pecho fue esa incómoda sensación de frustración. Y eso era lo que a Rei le podía más.
Recordó su cansancio, su esfuerzo y sacrificio. Las horas empleadas y perdidas. El golpe a su orgullo: "¿Segura que esto es lo mejor que puede hacer, señorita Hino?"
Ouch. Eso en verdad le dolió.
Suspiró y salió del aula. Los ojos le escocían, pero no quiso llorar por nimiedades como esa. Tragó saliva y su intención fue ir a la biblioteca por más material para su trabajo, no obstante, el sonido de su celular la distrajo de su trayecto. Una sensación de vértigo surgió espontánea en su estómago.
Era su padre.
Tardó en responder, dejando que el aparato sonase un trío de veces. Oprimió la tecla para aceptar la llamada, aunque estuvo tentada en ignorarla excusando cualquier cosa. No deseaba hablar con él, en especial en ese momento. Sucumbió a su conciencia como siempre.
—¿Sí?
—¿Qué estabas haciendo que no contestabas? -respondió la voz seria y solemne del otro lado de la línea.
—Estaba en clase. Salí por un momento. ¿Cómo ha estado, padre? –respondió la pelinegra en tono manso, mintiéndole además.
—No te preocupes, no te quitaré mucho tiempo. Llamé para recordarte del aniversario luctuoso de tu madre. Iremos a rendirle los honores. Es en una semana. Mandaré el auto por ti al templo, estate lista. –agregó plano, notificando, sin preguntar. Como ya era su costumbre.
—No creo poder ir. –dijo Rei, después de unos tantos segundos de silencio muerto.
—¿Qué tonteras estas hablando? No te estoy preguntando, estoy recordándotelo. ¿Estás en tus cabales, niña? ¿Te estás escuchando ahora mismo?
—Sé lo que estoy diciendo, padre. No iré al aniversario, estoy ocupada. Así que no mandes a nadie, no estaré lista. –aseguró ella, rebelándose con frialdad, esa que quería aparentar y transmitirle con su voz, aunque sus ojos comenzaran a empañarse y llenarse de agua.
—¿Y crees que haciendo tu berrinche no irás? He dicho que iremos a rendir los honores, y eso haremos. ¿Crees que puedes faltarle al respeto a los muertos? ¿Y te haces llamar hija de tu madre?
La voz, que a diferencia del inicio ya no sonaba tan impasible, taladraba con sus palabras el alma de la Rei. Aun cuando no lo tuviera frente a frente, seguía infundándole aquel temor y zozobra que desde niña sentía, y que le hacía siempre acceder a todo sin replicar, obedientemente. A pesar de que no gritase, de que no usara una palabra jamás insultante, ese temor siempre estaba allí y hasta sus 24 años nunca se fue.
—¿De dónde has sacado esa insolencia, Rei Hino? Tal parece que te has rodeado de no muy buenas influencias. Eso es lo que pasa cuando las jovencitas como tú pretenden ser independientes. Terminan queriendo hacer lo que quieren, olvidan fácilmente el respeto a las costumbres, a los mayores y claro, a su posición.
La sutil indiferencia, la declarativa razonada, el estilo impecable de todo lo que salía de boca de su progenitor, era la peor arma que poseía. Hiriente como ninguna.
—¿Y cuál es esa, papá? ¿Cuál es esa posición a la que siempre te refieres? ¿A la de la influyente y adinerada familia Hino? ¿A la de hija del Senador Hino Takashi? ¿A la posición de tu hija? ¿A cuál de las tres me debo ajustar? –solicitó Rei, dejando esa fingida pasividad.
Dejó las lágrimas que se agolparon en sus ojos correr por sus blancas mejillas, que por el enojo creciente se iban tiñendo de un rojo carmín. Siempre sucedía lo mismo. Cada vez que hablaban, por teléfono o frente a frente. Ella queriendo mostrarse fuerte, decidida, capaz ante él, y al momento, terminaba derrumbándola con unas cuantas palabras simples.
Estaba harta de temerle a su padre, de no sacarle más de escuetos regaños hirientes. Nunca consiguiendo que él se mostrase sincero con alguna cosa, pocas veces tomándole alguna consideración sentimental, como la hija que ella era. Era cierto, mientras creció –e incluso ahora que era una mujer-, nunca le faltó nada, medios, recursos, nada.
Tan solo una cosa. Un padre. Uno de verdad. Rei nunca sintió que él lo fuera alguna vez. Siempre ocupado, siempre indolente ante todo, siempre distante. La excusa era el trabajo. Siempre. Desde que su madre vivía. Rei la vio esperándole siempre, añorándole siempre, y él nunca llegó. Dicen que la gente no muere de amor o de tristeza, pero Rei estuvo convencida que si no hubiere sido por aquel accidente, a la larga hubiera muerto por esa causa. Y odiaba que ahora, que ella estaba muerta, tres metros bajo la tierra, su padre quisiese mostrarle esa consideración que en vida no tuvo con ella.
—Deja tu histeria, Reiko. Ya no eres una niña que no se da cuenta de las cosas, te lo he explicado muchas veces. Eres la hija de un Senador de la Asamblea Nacional de Representantes, no cualquier hija. Deberías alcanzar a comprender lo que eso significa. Sobre tu madre, no eres quién le haga tal desaire, de no ser por aquello, no tendríamos que ir a visitar una tumba en vez de compartir una comida familiar. Así que no discutiré contigo más este asunto. El 10 de Abril el chofer te estará esperando frente al templo. Asegúrate de estar puntual. Tu abuelo está ya está al tanto. Cuida de ti, Reiko.
El tono largo y cortado de la llamada, suplió las palabras de Takashi Hino. Él había colgado.
Rei mantuvo el celular pegado al oído, como si aun siguiera hablando con él. Con la mirada perdida repasó la discusión, que más bien, parecían haber sido sólo la alteración de ella misma y la puesta elegante en cintura de él. Al fin, devolvió el teléfono a su bolso y limpió los rastros de llanto que había en su rostro.
"No eres quién le haga tal desaire, de no ser por aquello, no tendríamos que ir a visitar una tumba en vez de compartir una comida familiar"
—Crees que no lo sé… -musitó brevemente al recordar la frase que terminó por hundirla ante él.
Reanudó el camino a la biblioteca, aun quedaba un largo día por delante y ella sólo quería que ya acabara. Se sentía fatal.
Durante las sesiones de ingles y francés se desconcentró. Ella tan diestra para la lectura y traducción, fue corregida más de un par de veces en cada una. Definitivo, aquel no fue su día. Debió preverlo cuando al levantarse sintió esa aura sombría en el ambiente.
Suspiró.
Pero si creyó que su día no podía terminar peor, se equivocó, pues después de media hora de esperar el bus que la llevara diario a su casa, este no pasó en todo ese tiempo. Y se le ocurrió la magnifica idea de caminar.
Cuando ya llevaba alguna distancia recorrida, el bus pasó, pero no se detuvo porque no estaba en una parada establecida. Y Rei se rió de sí misma. Aquel día parecía no querer terminar pacíficamente.
Y una lluvia ligera se soltó. Rei no se resguardó.
Quiso sentir el agua en su cara, apaciguándola. Sus cabellos negros se fueron humedeciendo hasta que de sus puntas goteó agua de lluvia. Sus ropas también se mojaron. No tuvo prisa en recorrer el camino, sintió que necesitaba olvidar lo sucedido, sentía que debía calmar esas ganas que le daban de llorar a pulmón abierto. Pero no podía, no delante de los demás. No dejó nunca que nadie viera su sufrimiento, no quería preocupar a nadie, no quería perder esa imagen de fortaleza con la que ella se encargaba de envestirse.
No fue hasta una hora después que Rei llegó a su hogar, el único que conocía desde los ocho años. Subió sin ganas las escaleras, arrastró sus pasos hasta su habitación. Y de nuevo, allí estaba él.
—¿Tienes idea de la hora que es? –interrogó Yaten en cuanto divisó su figura acercarse. Llevaba hora y media esperándola, cosa que no le tenía precisamente en su mejor humor, no obstante, no fue capaz de irse de allí.
Bastante sumida en sus pensamientos, Rei no se percató de su presencia sino hasta que le escuchó hablar. Sus ojos violetas se alzaron para mirarlo, y de pronto sus pupilas se empañaron de lágrimas sin explicación alguna, como cuando un frasco solo necesita de un ligero empujón para romperse.
Yaten, que no había reparado en nada más que en la descortesía de tenerlo esperando tanto tiempo, notó entonces el estado de Hino: cabellos y ropas mojadas, las facciones y gestos de su rostro sombríos, el desgano que mostraba el aura en ella. Totalmente anormal.
—¿Y ahora qué te pasa? –inquirió el peliplata con el ceño fruncido. Rei cayó en la cuenta de toda ella y se sintió avergonzada. Yaten era la última persona que deseaba, la viese así.
—¿Oh, estás aquí? –cuestionó Rei, fingiendo sorpresa. Bajó la mirada y sonrió como si tal cosa. Entonces como si las fuerzas le retornaran al cuerpo, se encaminó a su habitación, pasando de él.
De nuevo se había envestido de aquella armadura infranqueable.
Yaten frunció el ceño confundido por su repentina reacción.
—¿Qué te entretuvo tanto tiempo? Ni siquiera me cogiste el celular –acusó siguiéndola en su ir y venir por la habitación que ya conocía-. He esperado más de una hora a que aparecieras… ¿Por qué vienes toda empapada?
—¿Uhmm? –atendió distraídamente la pelinegra al cuestionamiento sobre su lamentable estado, y recordando la fatalidad de su día, su cabeza buscó maquinar alguna excusa cualquiera-. Ah, esto… olvidé mi paraguas aquí en casa y me agarró el aguacero saliendo del Centro de Lenguas, y en el tramo de la parada del bus al templo me terminé de mojar.
Yaten se mantuvo mirándola expectante. Por alguna razón, no hallaba la explicación lo bastante creíble. Y luego eso, la mirada que tenía en cuanto lo tuvo enfrente.
—¿Y por eso tardaste tanto? –presionó Yaten. Aun no tenía la respuesta a su pregunta primordial.
—¿Eso es importante? –dio por toda respuesta la chica, preparando el "campamento".
—Lo es para mí. Me hará saber si me has hecho esperar en vano o no.
Rei suspiró, armándose de paciencia. A todo, se le sumaba las caprichosas explicaciones que debía darle al joven Kou.
—Ya te dije, fue por la lluvia. ¿Podemos comenzar ya? –urgió ella, ansiosa por terminar con todo. La cabeza comenzaba a punzarle.
La respuesta fastidiada que ella dio no fue muy bien acogida por el ojiverde, el que se preguntaba una y otra vez al observarla con detalle: ¿Qué maldito bicho le había picado?
—¿Te molesta algo? –se arriesgó a preguntar Yaten, mosqueado en parte por la curiosidad y también por la actitud agria que ella estaba tomando.
—¿Molestarme? ¿Molestarme qué? –ella dijo, restándole importancia, queriendo reflejar que no entendía y que tampoco le importaba-. Hoy escucharas unas piezas de música y escribirás lo que te inspiren, lo que sea. –complementó, dándole su mp3.
Yaten dibujó el mayor gesto de incredulidad de su vida. ¿Qué le estaba pidiendo qué? ¿Qué no se supone que había avanzado? ¿En qué momento ella se había perdido?
—Hino, se supone que haríamos otra cosa distinta. ¿Por qué esto otra vez?
—Hazlo, Yaten. –dejó Rei por toda respuesta y con un tono que no invitaba a replica alguna. Luego ella se levantó para adentrarse al cuarto y cerrar la puerta después. Por el ruido que ella hizo, Yaten adivinó que se cambiaba la ropa mojada.
Él intentó seguir sus indicaciones aunque le parecieran absurdas a esas alturas de su progreso. Para cuando Rei salió ataviada con ropa seca, él había concluido su actividad. Ella tomó asiento y tomó los apuntes. Mientras leyó, Yaten la vió fruncir los labios en numerosas ocasiones. Cosa que no le auguró nada bueno.
—Aun siguen siendo pedazos de nada –la escuchó hablar-, es decir, por si solos parecen buenos, pero no tienen coherencia alguna entre sí. Y tu canción estará lista cuando seas capaz de armar varias ideas sobre una sola temática que con algunos ajustes, armonicen completamente. Esto aun no sirve. Inténtalo de nuevo. –determinó la pelinegra, regresándole el block de notas.
La mirada del peliplata se encendió de enfado. Soltó una risa irónica y no pudo quedarse callado más. Él también tenía límites para su paciencia.
—Qué fácil suena, pero no lo es. Si lo hicieras, tú entenderías… -murmuró entre dientes. Odiaba equivocarse, verse evidenciado y ser ordenado por alguien.
—Puedo hacerlo, ahora mismo –respondió ella en respuesta seca-, pero no lo haré. Uno, porque no tengo tiempo. Dos, porque no necesito demostrárselo a nadie. No soy yo quien necesita crear nada. –finalizó fríamente y sin recato.
Por primera vez, Yaten le escuchó ese tono indispuesto. Cierto era que ya comenzaba a leer sus palabras y sus entonaciones para saber cuando estaban peleando amistosamente, y cuando ella iba en serio. Esta vez, ella parecía realmente ofendida.
—Creo que por hoy, lo dejaremos aquí. Inténtalo una vez más y mañana lo revisaremos. –agregó Rei antes de que Yaten siquiera pensara en decir cualquier cosa.
El platinado observó su fastidio y el cómo ella recogía todos los materiales de la manta que cubrió la duela. Levantando su muñeca miró el reloj.
—Hino, apenas han sido treinta minutos el día de hoy. ¿Por qué hasta mañana? –difirió el ojiverde, incitado por algo interno a apelar la sentencia de cortar el tiempo.
—Mañana tengo dos exámenes, Yaten. Estoy cansada. –mintió a medias la pelinegra.
Era cierto, estaba cansada, demasiado, emocional y físicamente. No obstante, no tenía ningún examen en toda esa semana, aquello sólo fue agregado por ella como una acotación que reforzara su argumento.
Y no se habló más. Eso bastó para callarle la boca. ¿Qué podía apelar contra ello? Sería cínico demandar un tiempo que bien meditado, ella le estaba regalando sin ningún beneficio. El platinado no insistió más y se retiró. No obstante durante su trayecto de vuelta, no pudo pensar en otra cosa que en lo extraño de la actitud de ella. ¿Se habría ofendido por lo que él había dicho o estaba enfadad por otra cosa? Si era así, ¿Cuál seria el motivo? ¿De verdad estaría sólo agotada? Eso era muy factible dado las jornadas que se aventaba desde muy temprano hasta ya entrada la noche.
El claxon de un automóvil le alertó en una luz en verde para que avanzara, sus pensamientos le habían distraído más de lo común. Puso en marcha el auto y continuó su camino. De pronto, y en un acto totalmente instintivo, Yaten viró en una maniobra al sentido contrario.
Regresó al templo. Y esta vez no se iba a ir sin saber lo que a esa chica loca le ocurría. O sea, él no iba a ir y venir cuando ella quisiese, o estar a la disposición de su buen o mal humor. Todo ello se lo iba a hacer notar, sin excepción.
Sin embargo, sus ganas se vieron mermadas cuando antes de llegar a la habitación de ella, llegó a sus oídos el sonido de ligeros gimoteos. Se acercó silencioso hasta el lugar donde siempre se vieran, y la encontró con la cabeza metida entre las rodillas y cubierta con los brazos. Ella lloraba.
Algo en el pecho de él se movió al ser testigo, algo que no era agradable. Sintió una necesidad inexplicable de realizar algo, cualquier cosa con tal de que ella parase de llorar. Y no es que fuera débil ante ese tipo de expresiones sentimentales, muy por el contrario, siempre las vio de forma indiferente. No obstante el verla a ella, una mujer que destilaba seguridad y control, que parecía hecha de hierro y que andaba por el mundo como un muro de concreto, le causaba una gran consternación.
Sin que ella se diese cuenta siquiera, Yaten tomó lugar a su lado en la duela y se sentó en silencio. Estuvo así un rato hasta que con cuidado, y buscando no sobresaltarla, posó una mano sobre su hombro. De una cosa sí estaba seguro, y era que conociéndola, definitivamente no le caería nada bien el verlo allí nueva mente presenciando su "estado" emocional.
Y efectivamente, en cuanto sintió el roce Rei alzó la cabeza de inmediato, con una actitud menos temerosa que defensiva. En cuanto reconoció esa mirada verdosa, el alma se le fue a los pies. No podía ser posible que el que menos deseaba ella que le viera así, se presentara frente a ella.
Como por reflejo, alzo el hombro y lo echó para atrás, rechazando el toque. Lo siguiente fue limpiarse las mejillas de cualquier rastro de humedad. Yaten sonrió irónico cuando la vió hacer eso.
—¿Para qué te las limpias si ya te vi? Sé que te preocupa que estando frente mío se te haya corrido el maquillaje, pero no es algo en lo que me fije ahora. No debería avergonzarte llorar si quieres hacerlo. –comentó queriendo sonar indiferente.
—¿Quién está llorando? –intentó negarse ella, con el gesto enfadado por ser descubierta por él-. ¿Qué haces aquí otra vez? Creí haberte dicho que nos veríamos hasta mañana.
Yaten sintió el control. Sin que ella hubiere dicho nada, él supo que la razón por la que literalmente lo corrió fue porque no quería derrumbarse frente a él al descargar todo eso que llegó a molestarla. Ahora lo único que quiso saber, fue el porqué ella se sintió así. Pero no la forzaría ni le preguntaría abiertamente, ese no era su estilo. Lado a lado, él sonrió confiado y ella intentaba no mirarlo.
—No te contengas, es peor si lo haces. –murmuró el platinado, como si leyese el pensamiento de la chica.
Y como si hubieren estado esperando su permiso, las pupilas de la pelinegra se llenaron de lágrimas que en un parpadeo brotaron libremente. Sin poder contenerlas, Rei las dejó ir.
Consciente de lo que provocaron sus palabras, Yaten se sintió bien por dentro, y no por el hecho de que ella llorase, sino que lo hiciese teniéndolo a un lado, aceptando su muda comprensión.
En silencio, la custodió un buen rato, esperando a que se calmara. Pero eso no sucedió pronto, y se preguntó si acaso ella tenía alguna llave de agua en sus ojos violetas. Y así, sin pensar, quiso tontear con ella, algo que ultimadamente comenzaba a hacer a menudo.
Pasó un brazo por sus estrechos hombros y la atrajo hacia él, ofreciéndole el suyo propio para continuar llorando. Eso bastó para que ella cortara su lagrimeo y lo mirara sorprendida sin moverse.
—Para de llorar, las niñas bonitas no lloran. –completó Yaten, fingiendo inocencia y aguantándose las ganas de reírse por la expresión desencajada de ella.
—¿Qué te crees que soy una cría? –devolvió la pelinegra, tan sólo escuchar sus palabras.
—Pareces una con esos gimoteos que te cargas. –replicó él de nuevo.
Rei se movió para quitárselo de encima, y viendo que recuperaba su temperamento, Yaten la ciñó aún más fuerte.
—No te voy a soltar hasta que te calmes. Cuando lo hagas me avisas. –declaró el peliplata como un ultimátum, dejando entrever que no cedería a nada.
Rei no cabía en su incredulidad. Ya no lloraba más, él logró ser la causa para que dejara de hacerlo. Analizando el tono de sus palabras, decidió hacerle caso y no hizo más esfuerzos por soltarse. Sólo se calmó.
Por mucho tiempo, Rei había dejado de percibir ciertas sensaciones, fuera de lo que le causaba la música, como la emoción, los nervios, vergüenza, timidez. Ella no recordaba cómo era eso, y el hecho de que en ese momento todas ellas se conjugaran en su cuerpo, la sorprendió.
Podía escuchar los latidos de su corazón retumbar fuertemente, y por la cercanía en que se encontraba con Yaten, pudo percibir también los de él un poco más silenciosos. Su cabeza dio vueltas y se sintió mareada, los pensamientos que antes atormentaran su mente se perdieron en esa tranquilidad que poco a poco la iba albergando.
Sentía las mejillas arder mientras las sensaciones que no podía descifrar iban inundándola una a una. Entonces percibió el toque fresco sobre su frente, y la voz grave de él un poco lejana.
—¿Tienes fiebre? Estás ardiendo.
Rei parpadeó muchas veces. Como si de súbito le hubieran drenado la energía, ella no encontró fuerzas para moverse ni mantener más los ojos abiertos. Un cálido sopor se iba apoderando de ella.
—¡Hey, Hino, despierta! –llamó Yaten, con la voz alterada, ya se estaba alarmando.
El muchacho vio como ella no respondía y la tomó en brazos. De inmediato la llevó a la habitación. Sin pensarlo mucho, el peliplata la cobijó hasta la cintura y abrió dos de los botones de la blusa que ella antes se pusiera, esperando que el aire entrara a sus pulmones.
Tocó de nuevo su frente y corroboró el calor que de ella emanaba, así como de sus mejillas, que brillaban con ese color carmín que no le conocía. Por un momento maldijo el estar allí para presenciar eso y hacerse responsable, y al mismo tiempo, lo agradecía. De no ser por él, quien sabe lo que hubiera sido de ella sola en esa casa.
Lo primero que se le ocurrió fue buscar algún medicamento por allí en el escritorio-piano, en el buró, en el guardarropa. Encontró unas píldoras efectivas en uno de los cajones del mueble junto a su cama. El siguiente paso fue buscar agua para dárselas a tragar.
Siguió el camino que ella siempre trazaba para traer comestibles en sus prácticas y la encontró, una cocina amplia y ordenada, casi como en un cuadro. Buscó un vaso y lo llenó del líquido. Yaten pensó que de no ser por la parte delantera de la casa, eso no parecería para nada un templo.
Volvió al cuarto y tomando una de las píldoras, levantó a Rei un poco de la cama para dársela con un poco de agua. Le habló moviéndola un poco para que reaccionase, Rei apenas y abrió un poco los ojos y obedeció lo que el dijo, tras lo cual, volvió a perderse en el sueño.
Yaten suspiró acongojado, la situación no le gustaba nada.
—Realmente eres problemática, Rei… -murmuró mirando el sudor en su frente mientras se encontró perdida en el sueño.
Tomó la silla victoriana que viera la vez anterior y la acercó a la cama. Fue a la cocina y haciendo algo desorden encontró un recipiente que llenó con agua fría. De entre las prendas de ella, buscó algún paño. Se conformó con un pañuelo negro que encontró por allí. E hizo lo que vió hacer a la gente en esas situaciones: le colocó paños fríos en la frente para bajar la temperatura.
Sumergía, exprimía y colocaba con cuidado. Luego esperaba y la volteaba. Y de nuevo la retiraba y repetía la misma rutina. Así lo hizo muchas veces hasta que al comparar la temperatura encontró que ésta había bajado completamente. Y suspiró aliviado.
Echó el cuerpo para atrás, recargándose en el respaldo y lanzando al aire un gran suspiro relajado, aliviado. Cerró los ojos buscando lubricarlos un poco. Con el relajamiento, también el cansancio se hizo más notorio. Miró el reloj en su muñeca y volvió a suspirar.
12:56 am.
—¿Por qué estás haciendo esto…? –preguntóse murmurando.
Empezaba a darse cuenta que su comportamiento ya no era normal, es decir, según su personalidad, la personalidad de Yaten Kou. Sus ojos esmeraldas se fueron en dirección a ella, a la causante de su extraño comportamiento. Ella dormía muy tranquila, apacible. Su imagen desbordaba una calidez y una serenidad que lograba sosegar a quien estuviese cerca de ella, a pesar de su carácter tan aguerrido.
Y era esa misma sensación la que suponía el platinado que de ella le atraía como a un imán. Le era totalmente extraño. Siempre le resultó difícil encontrarse cómodo con alguien, con excepción de sus hermanos y su princesa Kakkyu; e incluso con ellos guardaba sus reservas. El que además de sentirse cómodo, sintiese la libertad de hacer cosas y decirlas abiertamente –él no acostumbrado a hilar más de tres frases juntas-, ciertamente que fue nuevo y raro.
Rei se movió entre las sábanas, motivada por sus sueños tan ajenos a él. Se ladeó hacia donde Yaten estaba sentado y su silueta curvilínea y armoniosa se marcó sobre las mantas. Varios hilos oscuros cayeron sobre su rostro pálido, cubriéndolo. Otros más se apartaron hacia su espalda, dejando la vista a la desnudez de su cuello de cisne.
—Yaten… –la escuchó murmurar entre sueños.
Fue algo tan breve. Y mortal a la vez.
Yaten se llevó la palma abierta de la mano a su pecho, del lado izquierdo. Quiso calmar los latidos desenfrenados que se desataron justo donde estaba su corazón. Jamás había percibido algo igual, esas punzadas que electrizaban cada fibra de su cuerpo, aturdiéndolo sorpresivamente. Y eso solo lo había sentido viendo sonreír, enfadar y hablar a Rei Hino.
Ahora desataba lo mismo con tan solo enunciar su nombre. Destilándolo de entre sus delgados labios. ¿Cuál sería su sueño? Él lo quiso saber, aunque sabía que no lo haría. Sin embargo, fue más grande la satisfacción que se propagó por su ser sabiendo que estaba en él.
Un sentimiento. Lo estuvo sintiendo sin darse cuenta, sin divisarlo antes. Sensaciones. Que ella desataba a su merced, sin avisos previos, enredándolo, hechizándolo, atrapándolo.
Algo tenía ella, algo que no sabía si quería averiguar. No obstante, por alguna razón sentía que ya no tenía elección para ello.
Él ya lo estaba haciendo.
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7. "Just a Feeling" - TaeYang.
¡Annyeong!
¡Y aquí con otro! Kyaa, quise saltar de emocion cuando Yaten hizo todo eso, de hecho, primero mi cara fue de O_O... y luego paso a un O.o?... Y al final con un ., jajajaja. Y es que este Yaten se me fue de las manos, se apoderó de ellas y actuo por si solo, algo que con frecuencia me pasa con mis personajes, siempre se me rebelan como quieren, jajaja.
Okas, espero que les haya gustado, espero que me acompañen al proximo =)
Otra vez, gracias por sus lecturas, alertas y comentarios, me sacan unos ánimos y unas sonrisas que es difícil de explicar. Mis especiales agradecimientos a: Imari NekoVampire, Nickrivers (la jueza de las estrellitas psicoldelicas xD), Patty Ramirez de Chiba, Sheila Sevigne Sakurai y Rouge Passion.
¡Os adoro!
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¿Animos para esta escritora de oficio?
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¡Annyeong!
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*Sol*
