DESPISTES DE SABUESOS

DISCLAIMER: Los personajes y demás cosas del Potterverso son de JK Rowling.

CAPÍTULO 7

UNA VISITA AL PEDIATRA

Junio 2001

-¡Audrey! ¡Audrey, ven!

Cuando la joven llegó a la habitación, sobresaltada y un poco jadeante, encontró a Percy con la pequeña Molly en brazos. Nunca había tenido una cara de susto como aquella y sostenía a la niña con sumo cuidado. Al ver que Molly estaba en perfectas condiciones –tenía los ojos fijos en las gafas de su padre- se tranquilizó un poco y se dijo que aquello debía ser otro de los habituales ataques de histeria de Percy.

Había tenido unos cuantos desde que Molly nació. Era un padre exageradamente protector y hasta un simple estornudo podía llevarle a pensar que la niña estaba muy enferma. Siempre se preocupaba de que no tuviera frío, de que comiera todo lo necesario, de que la ropa no le quedara pequeña y sus juguetes no fueran armas mortales. Se levantaba cuatro o cincos veces todas las noches para asegurarse de que el bebé seguía respirando y nunca dudaba en cambiarle los pañales para evitar que la piel se le irritara. En opinión de Audrey, Percy era un poco neurótico casi todo el tiempo, pero se lo perdonaba porque quería tanto a Molly que ni la más inexpresiva de sus miradas podía ocultar ese amor.

-Mira, Audrey. Creo que ha cogido viruela de dragón. Tenemos que llevarla a San Mungo antes de que las pústulas vayan a más.

Audrey entornó los ojos y tomó a Molly en brazos. La pequeña, que apenas tenía seis meses, parecía un poco incómoda y, cuando Audrey la tumbó sobre la cama para quitarle la ropa y examinarla detenidamente, comprobó que tenía un montón de pequeñas ampollas repartidas por todo el cuerpo. Además, no necesitaba ponerle el termómetro para saber que tenía un poco de fiebre.

-No sé cuáles son los síntomas de la viruela de dragón, pero yo diría que lo que tiene Molly es algo menos mágico.

-¿En serio?

-Yo apostaría por la varicela –Audrey, acarició con suavidad la piel de Molly, consciente de que si le rascaba sería aún peor- Mañana la llevaremos al pediatra para asegurarnos, pero yo no me preocuparía mucho.

-¿No?

-La varicela rara vez es peligrosa para los bebés –Audrey metió a la niña en su cuna y se acercó a Percy para tranquilizarle- Suele ser más agresiva con los adultos. ¿Tú has pasado la varicela?

Percy frunció el ceño. Ni siquiera le sonaba el nombre de la enfermedad. ¿Cómo iba a saber si la había pasado?

-Porque si no la has pasado no deberías acercarte a Molly. Podrías contagiarte.

-Supongo que tendría que preguntarle a mi madre –Percy se encogió de hombros y miró con aprensión a Molly- ¿Esa varicela es muy contagiosa?

-Me temo que sí.

-¿Y tú la has pasado?

-Cuando tenía ocho años.

-¿Y de verdad no puedo acercarme a Molly? Porque si está enferma necesitará que alguien la cuide.

Audrey lo sacó de la habitación. Tenía la sensación de que Percy no iba a hacerle mucho caso respecto a lo de no acercarse a Molly y decidió no insistir.

-De todas formas, deberíamos acercarnos a San Mungo por si se trata de otra cosa.

-Está bien. No perderemos nada. Pero sigo pensando que la enfermedad es enteramente muggle.

OoOoOoOoOoOoOoOoO

Efectivamente, no era viruela de dragón ni cualquier otra enfermedad mágica. Llegaron a casa de madrugada, con la piel de Molly un poco más enrojecida y su incomodad convertida en llanto. Audrey intentó consolarle un poco el picor y Percy se quedó todo el rato en el pasillo, preguntándose cómo de malo podía ser contagiarse de varicela.

Ninguno pegó ojo en toda la noche. Audrey solicitó el día libre por la enfermedad de Molly y Percy escribió al Ministerio para perder un día de trabajo por primera vez desde que nació su hija. Fueron juntos al mismo hospital en el que trabajaba Audrey y, aprovechándose de sus contactos por ser enfermera, obtuvieron una cita con el pediatra a primerísima hora.

Audrey había estado un poco inquieta desde que salieron de casa. Percy no sabía decir qué era lo que estaba mal con ella, pero la notaba más nerviosa de lo normal, como si estuviera esperando que ocurriera algo muy desagradable. Incluso había empezado a pensar que eso de la varicela era muchísimo más grave de lo que la chica daba a entender. Quiso preguntarle en un par de ocasiones si le pasaba algo, pero como le daba tanto miedo la respuesta optó por callar.

Finalmente, cuando les tocó la hora de entrar a consulta, Percy comprendió a qué se debía la actitud de Audrey y se alegró de no haberle preguntado nada. Podría haber quedado como un condenado gilipollas.

Porque no era la varicela lo que preocupaba a Audrey, según pudo adivinar cuando vio al pediatra de Molly. En realidad lo conocía de antes.

-¡Audrey!

-Hola, David.

David Ferguson. Percy ignoraba si existían muchos médicos para niños en Londres, pero estaba bastante seguro de que era cuestión de pura mala suerte que les hubiera tocado precisamente aquel.

Audrey parecía un poco fastidiada, pero se esforzó por ser amable y saludó a su antiguo amante estrechándole una mano. Percy sabía que era estúpido ver cualquier clase de emoción comprometida en ese simple gesto, pero no pudo evitar sentirse celoso. Le pasaba cada vez que pensaba en que ese hombre y Audrey trabajaban bajo el mismo techo, que se cruzaban por los pasillos a diario y que, tal vez, se hablaban y se miraban como si aún tuvieran algo. Después, cuando lo pensaba detenidamente, se daba cuenta de que Audrey no le mentía cuando afirmaba que no sentía nada por David y podía relajarse un poco.

-Usted es Percy. ¿Verdad? –David extendió una mano y el brujo se la estrechó de mala gana. Aunque no se le notó, por supuesto –Y esta debe ser Molly. ¿Cierto?

Audrey afirmó con la cabeza y le tendió a la niña. David la cogió con una confianza que sólo la experiencia podía otorgarle, y le hizo unas carantoñas a la pequeña. Percy también se sintió un poco celoso cuando Molly rió con deleite ante las tonterías de ese imbécil. Y aunque lo que más le apetecía era coger a su hija y a su Audrey y llevárselas lejos de ese mal bicho, aguantó el tipo porque su niña estaba enferma y ese hombre parecía el indicado para curarla.

Ferguson le hizo a la niña un estudio completo. Audrey ya la había llevado otras veces al pediatra, pero su médico era la doctora Willis, que lamentablemente estaba de vacaciones. David podría simplemente haber mirado el expediente de Molly, pero parecía querer hacer las cosas a su manera y la examinó tan exhaustivamente que cualquiera podría haber pensado que la niña era algo suyo. Pero no. Audrey sabía que David podía ser muchas cosas –un hijo de puta, entre otras- pero también era un buen pediatra y se preocupaba del bienestar de los pequeños.

-Molly es una niña perfectamente sana. Está un poco grande para su edad y tiene muchísima fuerza –David dejó al bebé en brazos de su madre y les pidió que se sentaran- Tiene varicela. Le recetaré algo para la fiebre y una pomada para el picor. En una semana estará perfectamente.

-Bien. Muchas gracias, David.

-Es un placer –El doctor sacó un pequeño muñeco del cajón de su escritorio y se lo tendió a la niña. Era un conejito rosa de trapo que enamoró a la pequeña a primera vista- Adiós Molly.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Percy estaba de morros y Audrey no necesitaba ser adivina para saber por qué. Llevaba así todo el día, desde que salieron de la consulta del médico, y se había pasado la tarde con Molly en brazos, ignorando por completo las advertencias de Audrey sobre lo contagiosa que era la varicela.

Le habían escrito a los señores Weasley para decirles lo que ocurría con Molly y Audrey había llamado a Cillian y Stan con el mismo fin. El resultado fue una invasión vespertina por parte de los cuatro. Stan, que no había pasado la varicela, se mantenía prudentemente apartado; Cillian, que decía haberla tenido de bebé, estuvo encantado de lanzar a Molly al aire para alegrarla un poco. Y los señores Weasley, que no creían que ninguna enfermedad muggle fuera realmente peligrosa, demostraron ser unos inconscientes capaces de pelearse con Cillian por obtener la atención de su pequeña nieta.

Así pues, y con Molly en un montón de buenas manos, Audrey decidió que ya era hora de sacar a Percy de su estado de malos humos injustificado y se lo llevó casi a rastras a la cocina.

-¿Se puede saber qué te pasa?

-¿A mí? Nada.

-¿Nada? Yo diría que estás cabreado.

-¿En serio? ¿Por qué?

-¿Por David?

Percy bufó. No estaba muy seguro de si le apetecía o no pelear con Audrey, sobre todo cuando sabía que no tenía motivos para estar enfadado. En el consultorio no había pasado absolutamente nada y si estaba con un humor de perros era por su culpa, por pensar cosas estúpidas.

-No estoy enfadado.

Audrey alzó una ceja. Era obvio que no le creía, pero como ella no tenía ningunas ganas de discutir con nadie, sobre todo porque le esperaba una semana un tanto complicada vigilando a Molly, decidió dejar el tema parte. Había intentado hablarlo. Sabía que Percy se ponía celoso cuando se trataba de David y muchas veces le había dicho que no tenía motivos para estarlo, pero era algo superior a la voluntad del mago.

-Como quieras –Espetó, sonando un poco brusca- Eso sí, haz el favor de no acercarte tanto a la niña. Te vas a poner malo.

-Eres una exagerada. ¿Qué puede pasarme? ¿Qué me salgan un montón de granitos? Pues vaya cosa. Pienso seguir cogiendo a mi hija en brazos.

Era su forma de retar a Audrey sin tener que portarse como un idiota celoso. Si al menos hubiera tenido algo que recriminarle respecto a David, se habría sentido muchísimo mejor, pero el comportamiento de los dos había sido tan correcto y profesional, que debía enfrentarla de otra forma. Desoír sus consejos parecía la mejor.

-¡Dios! Con razón dicen que los Weasley sois unos cabezones.

Audrey se fue de la cocina caminando airadamente. Percy quiso saber quién había calumniado a su familia de esa forma, pero después de pensarlo un instante se dio cuenta de que no era del todo mentira eso de que los Weasley eran tercos como mulas.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Molly ya estaba curada. Tal y como Audrey vaticinó, después de una semana de incesantes lloriqueos, algunas fiebres nocturnas y un montón de horas sin dormir, la niña superó su enfermedad y poco a poco fue recuperando su carácter tranquilo y un poco serio de siempre.

Percy, que todas las mañanas entraba a su habitación para darle un beso antes de irse a trabajar, la miró dormir un rato. Era la niña más guapa del mundo. Tan pelirroja como todos los Weasley, con la piel muy blanca y cubierta de algunas pequitas y la nariz de su madre. Tras muchas horas de observación, Percy había llegado a la conclusión de que Molly era muchísimo más guapa que su prima Victoire, por mucho que dijera todo el mundo. O eso le parecía a él.

Inclinándose sobre la cuna, Percy besó a la niña en la frente, se aseguró de que no tenía fiebre, le colocó la sábana y volvió a mirarla otra vez. A veces se preguntaba cómo era posible que él hubiera podido hacer algo tan bonito como aquello. Audrey también había puesto de su parte, por supuesto, pero no cabía duda de que Molly se parecía mucho más a él que a nadie. Sonriendo como un bobo, se rascó el cuello y salió de la habitación.

Después, fue a despedirse de Audrey, que seguía dormida. Se merecía un poco de descanso después de todo lo que había hecho durante esos días. Tuvo que rascarse un brazo mientras besaba la frente de la chica y luego, justo antes de salir de casa, sintió un picor en la pierna. Se preguntó si le abría picado algún bicho y no le dio más importancia hasta que, una vez en el Ministerio de Magia, los picores se fueron multiplicando e intensificando.

Era tan molesto que casi no podía concentrarse en el informe que estaba haciendo. Se sentía como un animal lleno de pulgas y, a eso de las nueve, no pudo más y fue a mirarse al espejo. Lo que descubrió lo dejó sin aliento.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoO

-Te lo dije.

Vale. Audrey no pudo resistirse. Sentada a sus pies, sobre la alfombra, la chica soltó una risotada y le entregó a Percy una pomada para el picor. Odiaba que Audrey le restregara por la cara que llevaba razón (reconocía que él mismo se lo hacía a ella cuando cambiaban las tornas) y ese día lo odió aún más porque, definitivamente, tener la varicela era una mierda.

Por supuesto que no iba a morirse. Tenía fiebre, pero no era preocupante, y le habían salido granos en las vías respiratorias, pero podía respirar y comer con relativa facilidad. Lo peor era el picor. Estaba por todo su cuerpo, torturándolo inclementemente y sin descanso, y ni siquiera podía rascarse porque, según Audrey, si se arrancaba las costras le quedarían unas marcas horribles de por vida. Y, de acuerdo, la varicela no era la viruela de dragón, pero un día había bastado para que la odiara con todas sus fuerzas.

De lo que no se arrepentía era de haberse contagiado por cuidar de Molly. La pequeña estaba tumbada en la alfombra del salón con Audrey, jugando con el conejito rosa que le regaló David. En realidad sólo se lo llevaba a la boca y chillaba de vez en cuando. Nunca fue una niña que diera mucha guerra y Percy se sentía feliz así, viéndola tan tranquila y contenta y con Audrey a su lado para cuidarla.

-Deja que me rasque un poquito, por favor.

Percy hizo ademán de llevarse una mano al brazo, pero la mirada de Audrey bastó para detenerle.

-Ni se te ocurra.

Percy bufó y se cruzó de brazos. Estaba tan harto.

Maldita varicela.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Hola a todos. ¡Puff! Pobrecillo Percy. Los mayores lo pasan fatal cuando tienen varicela (por lo menos los que yo he conocido). Menos mal que yo la tuve de pequeña y ni siquiera me acuerdo (la pasamos todos los primos de la familia juntos. Nos fuimos contagiando unos a otros, madres y padres incluidos, jeje)

Me alegra haber podido actualizar antes de lo previsto. Sigo teniendo en mente unos cuantos capítulos más, pero antes voy a terminar otras cosillas que tengo por ahí. Espero que esto os haya gustado y tal.

Por cierto, ya he visto los tres primeros capis de "Los Pilares de la Tierra" y sigo recomendándola muchísimo. El prior Philip me sigue pareciendo demasiado sexy para ser prior, pero he podido dejar de mirarlo a él para fijarme en otros personajes. Como Aliena, que es fantástica, Jack, que es tal y como me lo imaginaba, o Ellen, que hay que ver que fuerza tiene esa mujer. Lo que me ha dejado un poco descolocada han sido un par de escenas de William con su madre, aunque creo que han hecho lo que han hecho para humanizarlo un poco. Porque, vamos, hay que ver lo hijo de puta que es William. Y lo buenorro que está :). A éste no lo imaginaba yo así, mira tú.

En fin, os dejo en paz. Gracias por ser pacientes y hasta muy pronto.

Besos

Cris Snape