Déjame abrazarte mientras te quedas dormido, cuando el mundo se esté cerrando y no puedas respirar.

Los días fríos que siguieron desde aquel, para Yuri se volvían demasiado rápidos y cortos, fugaces. Las horas se le iban volando llorando sobre la cama, sobre el sillón, por los rincones. Sus días se basaban en eso, en llorar y dormir, sentía que era algún tipo de analgésico para el dolor en su alma, para su soledad que en algunas ocasiones le parecía extraña, porque incluso estando con Otabek sentía que algo le faltaba, siempre.

Todo ocurrió en un pestañeo, porque así lo sintió, así fue. Antes de haber cerrado sus ojos para caer desmayado en la parte trasera del coche de policía, aún llevaba en su interior esa pequeña vida, que en el momento de abrir sus ojos en el hospital, se había ido para siempre.

En algunos momentos todas esas lágrimas que derramaba al recordarlo, se transformaban en un sentimientos de culpa, de rabia hacia sí mismo. Por más que le repitieran que no tenía la culpa de lo que había ocurrido, esa idea no se le iba de la cabeza, porque si ese día luego de discutir con Viktor no hubiera huido del departamento, nada hubiera ocurrido. ¿Quien más iba a tener la culpa si esa vida dependía de él y no había hecho nada por protegerla? Su comportamiento no había sido el adecuado, porque de alguna forma hasta ese entonces, aún no había sido capaz de asumir bien el peso de la situación. Era fácil decir que sí, bien, estaba esperando un bebé producto de una violación y que había decidido tenerlo, quererlo, cuidarlo a pesar de que el mundo se le viniera encima, pero habían momentos donde todo eso se le olvidaba y era producto de su misma inmadurez.

Pero no significaba que no fuera conocedor de todo lo que significaba su decisión, claro que no, sino que simplemente habían momentos donde tantos sentimientos, pensamientos le colapsaban e inconscientemente intentaba hacer como que todo estaba bien, correcto, y todo eso se le mezclaba con su actitud de niño, de adolescente rebelde que cree saberlo todo del mundo, cuando en realidad, aún está aprendiendo a gatear.

Y ahora era cuando se lamentaba, porque nunca habían entendido tan bien ese dicho que dice uno no sabe lo que tiene, hasta que lo pierde. El peso de esas palabras ahora las llevaba como en una mochila en su espalda, porque su hijo ya no estaba y él ahora, recién entendía la importancia de la vida, de su capacidad de poder crear y que el tomó como algo simple, casi como un juego incluso cuando sabia que no lo era.

Y eso ahora, le hacía sentirse como la peor mierda del mundo. Por eso lloraba, pero cuando nadie le veía; por eso sufría, pero en silencio. Porque sentía vergüenza y se odiaba, como nunca antes lo había hecho.

Por otro lado, el joven kazajo decidió dejar de trabajar para cuidar de Yuri, al menos por un periodo de tiempo, porque podía ver cuanto le necesitaba. Por más que llorara a escondidas, se le parecía olvidar que él podía sentir perfectamente el dolor de su alma, esa presión en el pecho, y se podía imaginar la clase de pensamientos que se le cruzaban por la cabeza, esos que no le dejaban dormir durante la noche y que le hacían derramar lágrimas incluso mientras dormía entre sus brazos. Lo entendía perfectamente, porque a él también le dolía demasiado la vida desde aquel día que se enteró que su omega, una vez más, había sido violentado en su ausencia y que esto había sido el causante que le provocó la perdida de la criatura que ya había comenzado a querer, incluso si no era suya. Y todo eso ocurrió mientras él recibía la información, los detalles, del día que había sido violado, desde la misma persona que lo había hecho y esa persona era quien alguna vez llamó amigo.

La verdad es que nada marchaba bien, los días eran tristes, de recuerdos y abrazos teñidos de consuelo. Los días de esa joven pareja se basaban de eso, de recordar y tratar de superar la pena de su alma, de vivir en la tranquilidad su duelo; sólo ellos dos en el departamento donde ahora vivían juntos y en donde alguna vez Otabek vivió sólo acompañado de su sueños y maletas, maletas cargadas de emoción de al fin vivir en el mismo país, en la misma ciudad que Yuri.

Los ahorros del joven kazajo eran suficientes para pagar el departamento por algunos meses más junto con la ayuda económica de Viktor, quien le había pedido que viviera junto a su hermano. Esa extraña petición fue debido a que las cosas no andaban muy calmadas luego de que Yuuri entrara en la última etapa de su embarazo y él estaba demasiado preocupado de que todo estuviera en orden para recibir a Kenya en cualquier momento, y todo esto para el pequeño ruso, simplemente le hacía mal, demasiado mal.

Presenciar ese proceso que podría haber vivido, era demasiado para su herida aún fresca, sangrante y lo que Viktor menos quería, era ver a su adorado hermano sufrir. Además, su relación no había estado marchando muy bien, porque por más que le hubiera perdonado por todo lo que le había dicho aquel día, su vínculo se vio severamente dañado y se le podía notar las ganas de salir corriendo de ahí, de volar lejos de sus brazos de hermano que le habían cuidado desde el primer momento, desde sus primeros días de vida.

Darle esa libertad había sido muy difícil, pero había algo mucho más importante, y eso era su deplorable salud emocional que se podría ver aún más afectaba si se quedaba viviendo junto a él.

Viktor confiaba ciegamente en Otabek y en sus palabras, en la promesa que le hizo que cuidaría de él y que se encargaría de hacerlo feliz, así como siempre debería haberlo sido. Sabía que estaba en la mejores manos.

Pero no todo podía ser tan fácil y eso quedó en evidencia con el pasar de los días, porque por más que hubiera enviado a Yuri a vivir junto a Otabek, nada en él parecía mejorar. Se negaba completamente a salir de casa y sólo hacia las cosas cuando el kazajo le suplicaba, le convencía y le daba animo para incluso levantarse de la cama.

No podía quedarse ahí de brazos cruzados, tenía que hacer algo.

Así que por más que le doliera, se vio en la obligación de sacar a Yuri del departamento al menos una vez en la semana. No podía permitir que se quedara encerrado, eso podría empeorar más su salud mental, así que se fue por el camino más fácil: convencerlo de volver a patinar. Y tuvo suerte, porque para patinar no existía ninguna queja, ninguna mala cara. Lo único que Yuri quería era ponerse sus patines, no había mejor tratamiento que ese y el era él omega más feliz si estaba en el hielo, por siempre...ese era su refugio.

Pero había algo que era todo lo contrario: los estudios; a los cuales ya incluso se les podía considerar como algo perdido.

La mayoría de omegas no lograban terminar su enseñanza, porque una vez con la llegada de su celo debían retirarse para no correr peligro en las escuelas mixtas. Si es que alguno quería seguir estudiando, debía irse a una escuela privada exclusivamente para su clase; pero estas eran tan costosas que no eran accesibles para todos. Viktor contaba con el dinero para pagarla, pero el ánimo de su hermano estaba por los suelos, tanto que estudiar era lo último que se le podía pasar por la cabeza.

Así que lo dejó, dejó que se sumiera completamente en el patinaje, que se dedicara a él a consciencia y esa en realidad, fue la mejor idea.

Y así sin antes de que pudieran percatarse del todo, transcurrió un mes completo donde esa rutina era ley. Mientras Yuri se entrenaba, Otabek se dedicaba únicamente a trabajar, a cuidar de él, de mimarlo y amarlo cada día; pero había algo en la cabeza de ese joven kazajo que le seguía atormentando, que le impedía avanzar. Una mentira, una mentira piadosa que se guardaba bajo mil llaves en su corazón.

Sí, le estaba mintiendo a Yuri, pero le mentía por su propio bien.

Después de meditarlo durante mucho tiempo, finalmente se había decidido por no hacer una denuncia contra Jean. Todo esto en compañía de Viktor, que no dudó en ningún momento en prestarle todo su apoyo al escuchar la historia completa, porque después de todo, se trataba de su propio hermano y lo que menos quería, era volver a abrir esa herida que recién se comenzaba a cicatrizar. Había sido muy difícil controlar sus instintos asesinos que nacían al siquiera escuchar el nombre de ese alpha, pero ya después de cagarla tantas veces se tomó el tiempo de contar hasta diez y respirar para tomar la decisión más acertada.

Lo que si ocurrió, fue que los sujetos que golpearon a Yuri se fueron a la cárcel y ahora estaban tras las rejas, porque además ser atrapados in flagranti, tenían cargos pendientes con la justicia. Hace tiempo estaban siendo buscados y por desgracia, el joven ruso tuvo que caer en sus manos para que estos fueran al fin encontrados. Al menos, esto era una leve calma para sus corazones sedientos de venganza, de que se hiciera justicia.

Pero Otabek no se iba a quedar tan tranquilo así como así, claro que no; incluso si las cosas esta vez no estaban muy fáciles, no tenía pensado rendirse. Había buscado al joven canadiense por todos lados, pero este había desaparecido de la faz de la tierra luego de haberle confesado todo lo que había hecho, era como si nunca hubiera existido en realidad; probablemente había vuelto a huir hacia Canadá y allá, era casi intocable por sus manos, que aún después de meses, estaban deseosas de apretar su cuello hasta matarlo. Había golpeado muchas puertas, había hablado con varias personas para poder dar con su paradero exacto allá en el otro lado del mundo, alguna pista, cualquier cosa...pero nada, no había absolutamente nada. Ninguna dirección, ningún número de teléfono de algún familiar y se maldecía, se maldecía por no haberle preguntado nada antes. Incluso si se trataba de alguien levemente famoso en el mundo de la música, parecía como si todas las personas que le conocían estuvieran confabuladas para ocultar hasta la más mínima información acerca de él.

Finalmente no le quedó otra que estar a la espera de que algún tipo de milagro ocurriera, uno que al fin le devolviera aun que sea, una pizca de la calma perdida desde aquel día; pero él no iba a descansar, hasta hacer que pagara por lo que le había hecho a Yuri, incluso si eso significaba tener que manchar sus propias manos de sangre.

Y así con esa astilla en el alma llegaba la última semana de febrero, aún fría y nevada como de costumbre, pero con el calentar tibio, amarillo y brillante de un chico de cabellos del sol, que al fin después de mucho tiempo se lograba sentir un poco más en paz consigo mismo, y quien estaba de pie fuera de la puerta del departamento de su hermano, ahí donde había vivido durante muchos años y en donde no entraba hace muchísimo rato.

Estaba tan nervioso que le sudaban las manos y podía jurar que se le marcaba una aureola de sudor en su camiseta ploma. No sabía cuanto tiempo llevaba ahí de pie, dudando, dudando de si tocar o simplemente olvidar que su chaqueta favorita de animal print se encontraba aún en el armario que alguna vez fue suyo, ahí arrumbada, olvidada debido al miedo que sentía de ver al esposo de su hermano felizmente disfrutando de sus últimos días, horas, de embarazo.

¿Miedo? No, tal vez no era eso, quizás...

—¿Yurio? —le llamó esa persona, sí, es misma persona con la cual no se quería encontrar. —¿Qué estás haciendo aquí?

Por un momento, el ruso se quedó de piedra ahí frente a la puerta, tratando de pensar en alguna excusa que sonara creíble en un momento así. Ni siquiera quería mirarlo a la cara de la pura vergüenza, vergüenza de haber desaparecido de su vida después de todo el apoyo que le había entregado, después de haber vivido tantos años juntos.

Sin decir ni una palabra, intentó salir corriendo de ahí con al cabeza gacha, con los cabellos rubios cubriéndole la cara roja, rojísima; pero el japonés se interpuso en su camino, tomándole por los hombros con fuerza.

—Tenemos que hablar. —le dijo con voz seria, antes de tomarlo por el brazo y arrastrarlo dentro del departamento.


Yuri estaba sentado en el sillón del salón que hace algunos meses frecuentaba, ahí todo nervioso y con sus piernas cruzadas, tratando de no hacer contacto visual con Makkachin que lo miraba de una forma que le hacia recordar que cuando decidió irse no se había despedido de él, y también con Yuuri, que estaba sentado en el kotatsu frente a él en una posición que le acomodara para su vientre de ya 9 meses. Pero al contrario de la mirada del can, el japonés le miraba tranquilo y con una sonrisa en el rostro, mientras que descascaraba unas mandarinas delicadamente.

—N-no sabía que tenían un kotatsu...es la segunda vez que veo uno en toda mi vida. —comentó el ruso, tratando de iniciar una conversación. Yuuri le miró por sobre sus lentes sin decir ni una palabra, luego continuó con las mandarinas. Le había ignorado completamente.

El sonido del reloj antiguo era lo único que se podía escuchar además de los autos que pasaban por la calle, haciendo sentir al menor cada vez más nervioso. No entendía para que lo había hecho entrar si no tenía planeado hablarle de nada. Tomó aire, molesto, y miró por la ventana; cuando de pronto, sintió algo chocar en su pierna. Yuuri le había lanzado un trozo de cáscara.

—¿Quieres una? —le preguntó extendiéndole una mandarina ya lista, haciendo que Yuri frunciera el ceño. —Ven aquí, siéntate a mi lado.

—No, no quiero.

Silencio; luego, de reojo pudo ver como la mano del japones que palpaba el espacio vacío junto a él en el kotatsu se movió sobre la baja mesa, después sintió que otro trozo de cáscara caía sobre él, pero ahora directo en su cabeza; seguido de otro más...y el siguiente, directo en su cara.

—¡Está bien, está bien! —gritó, poniéndose de pie. —¡Maldita sea, como molestas!

Como un malcriado, se dejó caer junto al japonés sentándose con las piernas cruzadas. Yuuri no pudo evitar reír ante su actitud.

—Ten. —le dijo divertido, arrastrando por la mesa un plato con esos gajos anaranjados. —Si quieres otra me avisas, puedo hacerlo por ti.

Yuri tomó enojado un gajo y lo miró con desprecio, pero en el momento de probarlo su carita se iluminó al instante. Estaban tan dulces que su mal humor desapareció por completo.

Estuvieron algunos minutos comiendo, disfrutando del silencio y del calor que les brindaba el kotatsu ,bien tapados con la manta suave y esponjosa. Ninguno decía nada, porque recién se estaban volviendo a acostumbrar a la presencia del otro, hasta que esta finalmente ya no era molesto ni incomodo para el joven ruso que aún no lograba entender el porqué lo había invitado a entrar al departamento.

—Vitya está de viaje en Moscú. —comenzó a hablar Yuuri. —Probablemente esta sea la última vez que compita, así que estaba bastante emocionado. Aún que al comienzo fue difícil convencerlo de que fuera, quería estar aquí pegado a mí todo el tiempo.

El ruso golpeó la pequeña mesa con sus puños, molesto. No podía creer que su hermano no estuviera acompañando a su esposo, ahora entendía porque estaba todo tan silencioso desde que llegó. El japonés le miró asombrado, no esperaba que reaccionara de esa manera.

—Estúpido anciano, ¿por qué diablos fue? No debería haberlo hecho cuando estás así, cuando ya...ya está por nacer...—trago saliva, incómodo. —¡Maldición!

Yuri se tapó la cara con ambas manos, dejando caer sus cabellos hacia adelante. El ambiente tranquilo había desaparecido; quería llorar, pero no quería hacerlo en un momento como ese, menos en frente de alguien. Se había prometido no dejar que nadie lo viera débil nunca más, ni siquiera Otabek, no quería demostrar cuando le afectaba hablar sobre embarazos, bebés y todo lo relacionado a eso, le dolía demasiado. Incluso si se trataba de su propio futuro sobrino, no quería, no quería saber nada...

En ese momento, sintió como unos brazos le rodeaban a la altura de su cuello y la cabeza de Yuuri recostarse en su hombro derecho.

—¿Hasta cuando vas a seguir huyendo de mí y guardándote todo ese dolor para ti solo? No tienes idea de cuanto nos preocupamos de ti cada día, Viktor siempre antes de dormir va a tu habitación incluso cuando sabe que no estás ahí. —le dijo, acariciando con unas de sus manos su espalda. —Desde un comienzo te dijimos que te apoyaríamos, te lo prometí esa noche, ¿lo recuerdas?

—S-Sí...—le respondió con voz rasposa, tratando de aguantar sus lagrimas. —Pero...pero es difícil para mí, no sé que me pasa, cada vez que te veo no puedo evitar imaginarme que hubiera pasado si...si no hubiera perdido a mi hijo, si ese día no hubiera huido o si hubiera golpeado más fuerte a esos malditos, o si no fuera tan irresponsable, tan idiota.

—No es así, tú no tienes la culpa, no puedes seguir tratándote de esta forma. Sé que pedirte que olvides lo que pasó es imposible, lo sé...pero tu vida sigue, Yurio. Tienes toda una vida por delante, tienes a gente que te quiere, nos tienes a nosotros. —le dijo tomando sus manos y acomodándolas en su vientre, enorme. —Kenya estaría muy feliz de que su tío estuviera ahí para él en un futuro y de verdad no quiero, no queremos que te hundas más, queremos verte feliz otra vez.

Yuri no sabía que decir, estaba asombrado por la calidez de esas palabras que una vez más, lograban calmar su herida, que lograban disipar la neblina de sus pensamientos. Realmente admiraba a Yuuri, su valentía que se escondía detrás de esa actitud tranquila que en algunas ocasiones lograba sacarlo de quicio, pero él era una persona muy fuerte, un omega con la capacidad de ayudar a alguien tan terco como él.

En un gesto suave, acarició su vientre abultado y de alguna forma, sentía paz.

—También tienes un futuro prometedor en el patinaje, he escuchado lo bien que te está yendo. —agregó el japonés, enternecido por su actitud, por sus ojos que no se despegaban de su vientre y que brillaban, brillaban. —Y tienes a Otabek, quien siempre ha estado a tu lado desde que eran solo unos niños y puedo imaginar cuanto le duele verte así, sentirte así. Si tú estás triste, él también lo está; si tú estás en problemas, él podrá saberlo de inmediato. Él es tu pareja destinada y si la vida los juntó es por algo, ¿no crees?

—Otabek...él es muy bueno conmigo, pero a veces, siento que ya ha sufrido demasiado por mi culpa. Él perfectamente podría irse, dejarme por un omega que si funcione, no como yo...que...

El japonés abrió sus ojos de la sorpresa.

—¿A que te refieres con ''que funcione''? Yurio, tu perdiste un bebé...pero eso no significa que algo esté mal contigo, tu cuerpo funciona correctamente.

—En realidad, no lo sé. Desde que eso ocurrió, no he tenido nunca más mi celo. —respondió. —Fui al medico junto a Otabek y me dijeron que podía ser un desorden hormonal, pero tengo miedo, ¿que pasa si nunca más pueda ser un omega normal?

Yuuri dejó escapar un suspiro de alivio y le tomó de las manos, sonriendo.

—Tranquilo, eso suele ocurrir en esos casos, pero ya vas a ver que en algunos meses, semanas incluso ya estará todo bien. —le dijo tratando de calmarlo. —Sé que te preocupa mucho Otabek y es normal que quieras en un futuro formar una familia a su lado, pero hazlo cuando te sientas preparado. Si bien te dije que tienes que seguir adelante, tomate tu tiempo y piénsalo bien, llora todo lo que tengas que llorar por ese bebé, hasta que te sientas listo para...tú sabes a lo que me refiero.

La cara del ruso se enrojeció hasta más no poder.

—¡Yo...yo jamás...! —le gritó enojado, haciendo gestos con sus manos.

—¿Qué?, ¿Otabek no ha intentado nada, de verdad? —le preguntó asombrado. —Es realmente admirable, debe ser difícil para él controlarse.

Difícil...

Sí, claro que era difícil, ¿cómo no se había dado cuenta antes?

A pesar de todo, él seguía siendo un alpha por sobre todas las cosas y tener a su omega junto a él durmiendo en la misma cama, todos los días, todas las noches, compartir espacio y sentir el aroma del otro todo el tiempo debía ser complicado para él. Si mal no recordaba, habían muchas veces en las que sentía que en medio de la noche su brazo cálido que le rodeaba la cintura desaparecía, luego, escuchaba sus pasos apresurados y al final la puerta del baño del fondo cerrarse. ¿Acaso era lo que creía?

No quería pensar en cosas extrañas, pero probablemente se trataba de eso. Sí para él mismo se le hacía difícil controlar sus instintos, el caso de Otabek era admirable de verdad.

Con esa idea rondándole en la cabeza, tomó una pequeña siesta recostado en las piernas de Yuuri y tapado hasta la cabeza con la manta del kotatsu. Era un día nublado, frío y nevado, no podía negarse a ese calor y a las caricias tiernas que la mano del esposo de su hermano le hacía en sus cabellos rubios. Agradecía de verdad esos momentos en los que se sentía querido, en los que podía dejar de lado su actitud agresiva y relajarse por un rato.

Luego de un rato y de conseguir la chaqueta en su armario olvidado, emprendió rumbo hacia su entrenamiento de la tarde.

El tiempo se le pasó volando una vez allí, porque realmente disfrutaba de lo que estaba haciendo. A pesar de que su entrenador fuera un viejo gritón que lo regañaba por todo, lo que más le gustaba hacer era hacerlo enfadar.

Tenía algunos compañeros más, pero la verdad es que no estaba interesado en hablar con ninguno de ellos. No quería involucrarse con nadie, sólo quería patinar y llegar lo más alto que pudiera, quería callar a todos los que decían que por el hecho de ser un omega estaba condenado a ser una simple incubadora, algo así como un empleado que debía atender a su pareja en todo momento y que su único lugar tenía que ser frente al fregadero lavando los platos sucios. No, él era mucho más que eso; pero por desgracia, había gente que no pensaba como él.

Mientras desabrochaba los patines de sus pies cansados una vez ya en el camerino, sintió que por sobre su collar unos dientes se clavaban y una respiración chocaba contra la piel de su nuca que quedaba descubierta.

—¿No crees que estás ya muy crecido para andar patinando por aquí, Yuri? —le dijo uno de sus compañeros de pista, que además de ser un alpha, era un maldito idiota. —Aún me pregunto por qué a tu edad aún estás sin marcar sí eres tan lindo. Hey, ¿qué te parece la idea de salir conmigo esta noche?

—Ni en tus sueños, ándate a la mierda. —le respondió enojado, guardando todas sus cosas en la mochila y caminando hacia la puerta. No tenía tiempo que perder con él.

Pero en un movimiento rápido, el alpha cerró la puerta de golpe y lo acorraló contra la pared. Era varios centímetros más alto que él, y además tenía unos brazos fuertes ante los cual no podría hacer frente con unos tan delgados como los suyos.

—Siempre tan arisco...No deberías hablarme de esa forma, soy un buen partido, ¿sabes? Además de ser guapo, también tengo mucho dinero y ni hablar de la bestialidad que tengo entre las piernas, podría hacerte gritar, llenarte hasta preñarte de quintillizos.

Yuri no pudo evitar reírse en su cara. Dios, si que era un idiota.

—No te quiero hacer sentir mal, pero tengo uno mil veces mejor en casa, tanto de arriba como de abajo, pero veo que a ti de arriba te falta bastante. Ahora, déjame pasar.

—Oooh, ya veo. —rió.— Entonces si tienes uno tan bueno en casa, ¿por qué aún no tienes sus dientes marcados en tu cuello y andas con ese collar de perra? No mientas Nikiforov, deberías sentirte afortunado de que te quiera coger, por que con esa personalidad de mierda cualquiera saldría corriendo de ti.

Lo recuerdos de los últimos meses le golpearon con fuerza. Al parecer, tenía algún tipo de imán de situaciones violentas, de maltratos, de humillaciones...Ah, ya no quería más, quería simplemente morir.

Estaba realmente cansado, muy cansado del trato que la vida, que el mundo estaba teniendo con él por el simple hecho de ser un omega. Pero esta vez tuvo un poco más de suerte, sólo un poco, porque el alpha lo había dejado ir, pero no sin antes advertirle una última cosa.

—Mejor sería que tuvieras cuidado, que la próxima vez que me hables de esa forma no pienso contenerme, y te aseguro que no te va a gustar.

Rápidamente se acomodó su mochila en el hombro y salió corriendo de ahí, quería huir, quería irse lejos, muy lejos donde nadie pudiera encontrarlo, donde la mierda de la sociedad no pudiera alcanzarlo nunca más. Estaba harto, estaba agotado de la vida que parecía no querer mejorar.

Y así antes de llegar al departamento su manga de la sudadera que traía puesta estaba mojada casi por completo de sus lágrimas, lo único que quería era que Otabek llegara de una vez del trabajo y lo besara, lo abrazara y le calmara el dolor de su pecho, la angustia creciente y le secara las lágrimas de rabia, de humillación.

En cuanto cruzó la puerta del departamento, lanzó sus cosas por ahí sin prestar mayor atención a donde fueron a parar y una vez en la única habitación se quitó la ropa sudada. Ni siquiera se había alcanzado a duchar por culpa de ese idiota; siempre lo hacía una vez que todos se marchaban, pero la situación no lo ameritaba en absoluto. Frente al espejo se quedó de pie mirando su cuerpo semi desnudo, admirando las marcas dolorosas que le quedaban cada vez que se colocaba ese grueso collar. Se podían notar los moretones que este le dejaba y la piel herida debido al roce, se veía realmente horrible.

Pero esta vez sería la última vez, sí...ya no habría otra oportunidad para que ese collar le dañara, menos para que cualquiera, quien sea, se atreviera a intentar poner sus manos sobre él una vez más. Ya suficiente había pasado, ya no quería seguir viviendo de esa manera, así que con su plan en mente, se metió a la ducha procurando estar correctamente limpio y una vez fuera, se quedó sentado en la cama, esperando a la llegada de Otabek, que desde esa noche, sería su alpha, sólo suyo.


El joven kazajo luego de una jornada agotadora y siendo ya las 1 de la madrugada, al fin llegaba al departamento que compartía junto a Yuri. Realmente le ilusionaba el llegar a casa cada día por el tan solo hecho de saber que él iba a estar ahí esperándolo despierto en el sillón para recibirlo con un tierno beso en los labios y con una taza de chocolate caliente para calentar su cuerpo frío victima del crudo invierno de Rusia. Ya era una costumbre, una rutina que realmente agradecía.

Amaba esos simples gestos de afecto que su gatito tenía con él, valían más que cualquier cosa en todo el mundo. Verlo como su animo mejoraba cada vez un poco más le alegraba el alma, le tranquilizaba el corazón.

Pero en esta ocasión, todo se sentía muy diferente. Desde la calle mientras estacionaba su motocicleta en la vereda, pudo ver que las luces del departamento estaban apagadas y sí, tuvo mucho miedo. En todo este tiempo jamás le había ocurrido nada a Yuri luego de llegar de sus entrenamientos, pero temía de verdad que esta fuera la primera vez. Sí bien antes había sentido una leve molestia en su pecho, esta fue algo fugaz, no duró mucho tiempo, así que la atribuyó a que sólo se trataba de un bajón, de un decaimiento que ocurría ocasionalmente cada vez que recordaba lo ocurrido.

Corriendo subió las escaleras, asustado, temiendo no encontrarlo ahí dentro. Su pecho latía muy rápido mientras luchaba por insertar las llaves en la cerradura de la puerta, hasta que finalmente lo logró. Pero en cuanto la abrió, su miedo desapareció al instante.

Desde la habitación que ambos compartían, se podía escuchar la risa exagerada de Yuri y el ruido de la televisión. Al parecer la estaba pasando bastante bien, incluso se podía escuchar como le respondía a las personas de lo que parecía ser una película. Otabek no pudo evitar sonreír.

Antes de entrar en la habitación, calentó la taza con chocolate en el microondas y encendió un cigarrillo. Al parecer Yuri estaba tan entretenido, que ni siquiera le había escuchado llegar, no quería molestarlo. Tranquilamente se sentó en el sillón admirando la ciudad iluminada, fría, por la ventana. Pensaba, pensaba en todos los momentos difíciles que había tenido que pasar para al fin llegar a escuchar esa risa escandalosa que resonaba a lo lejos, para poder vivir junto a Yuri como una pareja.

Cerró sus ojos, deleitándose de la paz que sentía.

Mientras estaba sumido en sus pensamientos, no logró percatarse como Yuri se le acercaba por la espalda como un gato cazando a su presa, y luego de unos segundos le abrazaba con cariño rodeando sus brazos por su cuello moreno.

—Bienvenido, Beka. —le dijo susurrando, mientras repartía besos cortos por su piel. —No te escuché llegar.

Dios, sí que se sentía bien sentir esos labios suaves contra su cuello. Inconscientemente le tomó con delicadeza por los cabellos para que no se detuviera, para poder sentir más de cerca su aroma a vainilla que tanto que encantaba.

—No quería interrumpirte, te escuchabas entretenido.

—Ni te atrevas a burlarte otra vez de mi risa, Otabek.

—¿Yo burlarme de ti? Jamás, mi amor...jamás. —le dijo divertido y es que la verdad, la risa de Yuri si que era graciosa. —Hey, quiero mi beso de bienvenida.

—Hoy no hay beso, por reírte de mí.

—¿Ah sí? —respondió desafiante, apagando su cigarrillo en el cenicero sobre la mesa de centro y dejando a un lado la taza de chocolate.

Con toda agilidad, Otabek le atrapó con ambos brazos rodeando su cuello con cuidado, haciéndolo cruzar el bajo respaldo del sillón y caer sobre él, bien ubicado entre sus piernas. Yuri soltó un casi inaudible gemido al sentir las manos fuertes de su alpha afirmarle la cintura y por como le besaba en los labios dulcemente, con cuidado, como si creyera que se quebraría.

El kazajo se separó uno segundos, sólo para tomarse el tiempo de mirarlo con detenimiento. Sus mejillas rosadas, sus ojos brillantes, su cabello rubio que caía por sobre sus hombros delicadamente y sus labios entre abiertos, jadeantes, esperando un nuevo contacto dulce con los suyos. La verdad, es que no podía entender como una criatura tan hermosa podía estar ahí, amándolo, deseándolo con esa mirada esmeralda que le quitaba el aliento.

No pudo controlarse, y nuevamente unió sus labios contra los suyos mientras que su mano traviesa, le acariciaba la espalda, la cintura pequeña.

Estuvieron ahí amándose por algunos minutos, Yuri recostado sobre su pecho, él acariciando sus hebras doradas y mientras tanto, el café frío, el cigarrillo olvidado les recordaban de alguna forma que sólo estaban ellos dos en ese momento, este era su hogar, el lugar al donde ambos podían regresar con la seguridad de que tarde o temprano, se iban a volver a encontrar, y eso simplemente les llenaba de felicidad.

—Amor, hoy estaba pensando, ¿qué te gustaría de regalo en tu cumpleaños? —le preguntó Otabek, continuando con sus caricias tiernas. —Faltan sólo algunos días, y pensé que sería buena idea ir preparando algo. Pídeme lo que sea, te aseguro que lo consigo para ti.

Este es el momento, ahora o nunca.

Yuri se separó un poco del cuerpo de Otabek, apoyando su cabeza en su pecho para mirarlo directamente a los ojos. Pero al momento de ordenar las palabras en su cabeza, se arrepintió al instante de hacer contacto visual con él, no podía decir algo tan vergonzoso mirándolo directamente, así que ocultó su rostro entre sus brazos suspirando pesadamente. Maldición, no sabía como decírselo.

—¿Yura...que ocurre? ¿Te sientes mal? —le preguntó preocupado, tratando de levantar su cabeza para que lo mirara. —Hey, mírame, ¿qué pasa?

—Beka...—le habló aún sin levantar su cabeza, haciendo que su voz se escuchara amortiguada por el pecho del mayor. Tomó un respiro, y dejó fluir sus palabras. —Yo...yo quiero que me marques...eso...eso es lo que quiero en mi cumpleaños.


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