Bajo el mismo techo.
By LadyCornamenta.
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Capítulo 7: Ferias, Fiestas, Flaquezas y Forcejeos (Parte I).
—¡Edward, Bella, por aquí! —el inconfundible gritito de Alice nos llamó la atención.
Confundidos, ambos nos dirigimos a donde se encontraba la más pequeña del grupo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Edward con voz suave.
Y yo hubiera preguntado lo mismo. Después de todo, el aparcamiento estaba ya con pocos estudiantes, todos dirigiéndose al interior del edificio para asistir a sus clases.
Alice, sin embargo, sólo sonrió.
—Convocaron a todos los estudiantes a una reunión en el gimnasio —comentó risueña y con un dejo de excitación en su voz—. El director quiere hacer un anuncio.
Los tres nos dirigimos hacia el lugar de reunión. Alice iba preguntándose que podía ser lo que el director quisiera decir, mientras Edward y yo caminábamos sin decir palabra. De hecho, las cosas entre nosotros estaban así de silenciosas desde la noche anterior. El único cambio que había notado, además de que yo ya no intentaba entablar una conversación, es que sus miradas furtivas hacia mí parecían haber incrementado. Demás está decir que mi incomodidad también lo había hecho.
Cuando llegamos al amplio gimnasio, Alice me arrastró para que me sentara en el suelo, a su lado, como mucho de los alumnos ya habían hecho. Emmett me saludó —si puede llamarse saludar a golpearme con un bolígrafo y a carcajearse de mi cara de confusión al voltear—, y luego Rosalie le dio un buen coscorrón, que aprobé con un guiño. Edward se fue a sentar con Jasper no muy lejos de nosotros. Esperamos allí algunos pocos minutos, hasta que el director de la institución hizo acto de presencia. El hombre, de unos cincuenta y tantos años, era algo flaco y desgarbado, con aspecto cansado, cabello rubio pajizo y ojos oscuros, ocultos tras unos anteojos rectangulares. Con decisión avanzó entre la multitud de estudiantes para colocarse en el centro, sobre una pequeña tarima improvisada. Una de las profesoras le alcanzó un micrófono y el hombre, luego de aclararse la garganta y probar el artefacto que le habían pasado, nos miró a todos.
Al principio dio algunas peroratas sobre aquellos que ocasionaban disturbios en la sala de arte o algo por el estilo, y escuché como un grupo de chicos de tercero se carcajeaban. Entre todas esas risas, pude distinguir el ronco sonido de las carcajadas de Emmett. Luego, el hombre se acomodó sus anteojos y nos miró a todos, explicándonos que haríamos un evento para dar cierre al verano que se iba.
—Es por eso, que hemos coincidido con las instituciones cercanas en realizar una feria el domingo siguiente, para juntar fondos —explicó, y un murmullo general se extendió a lo largo del gimnasio. El hombre se aclaró la garganta, con la intención de acallar las voces—. En las últimas horas de la jornada les haré llegar una planilla con las actividades que deberá dividirse cada curso ¿De acuerdo?
Hubo una especie de asentimiento general, mezclado con cuchicheos y protestas.
—Bueno, ahora vuelvan a sus clases —pidió el director—. En orden —agregó, cuando vio que todos comenzaban a crear una especie de avalancha hacia la salida.
Yo me levante con Alice y comencé a mover mis pies, tratando de amoldarme a la multitud y de no tropezar en el proceso. Gracias a Dios, logré salir completa del lugar y, con Alice aún tomándome la mano, comencé a andar por el pasillo…
—¡Bella!
Al escuchar mi nombre, tanto Alice como yo nos volvimos y me sorprendí al ver los brillantes ojos oscuros de Jacob, que me miraba con una sonrisa. Con ligereza, esquivando toda la gente que transitaba por los pasillos, se acercó hacia nosotras. Hizo una inclinación de cabeza hacia Alice, que lo miraba con el rostro —para mi sorpresa— inescrutable, y luego posó sus ojos en mí.
—Bella, aquí está la dirección que te dije —comentó, pasándome un papel doblado—. Adentro está todo lo que necesitas saber.
—De acuerdo —comenté un poco confundida.
Me dirigió una amplia sonrisa y, luego de darme un beso en la mejilla y hacerle un gesto de despedida a Alice con la mano, se alejó por el pasillo. Nosotras, seguimos nuestro camino pero, antes de ingresar al aula, cuando aún nos encontrábamos a unos cuantos pasos de ella, la pequeña Cullen me miró con las manos en sus caderas.
—¿Qué es ese papel? —me preguntó con voz firme.
La miré alzando una ceja.
—No lo sé, Alice —declaré, aunque tenía una pequeña idea de lo que podía llegar a ser—. Aún no lo abrí.
—Pues hazlo.
Le dirigí una mirada molesta ante su tono autoritario y luego desdoblé el papelito con fatiga. Ni siquiera tuve tiempo para leer, porque Alice me lo quitó de las manos. Volví a mirarla feo, pero ella me ignoró, ya que sus ojos volaban a gran velocidad por el trozo de hoja, lleno de palabras que no pude leer desde mi posición. Después de unos segundos, alzó los ojos y me miró con incredulidad. Como vio que no reaccionaba —la verdad es que no sabía por qué me miraba así—, volvió sus ojos al papel.
—Bella, la fiesta de la que te hablé se desarrollará en La Push, en la playa número tres. Es este sábado a las siete de la noche. Si tienes algún tipo de problema en cómo llegar, no dudes en preguntarme. Incluso, no me ocasionaría ningún problema alcanzarte hasta allí. Te dejo mi número —leyó Alice, poniendo tono grave, como si fuera un hombre. Luego alzó sus ojitos azules y me miró con una ceja arqueada—. ¿Y bien?
—Y bien ¿Qué? —pregunté poniendo las manos en mis caderas—. ¿Tú también vendrás con eso de aléjate de Jacob Black y bla, bla, bla…?
—Bella —me cortó Alice—. No es un juego. Es serio.
—¿Por qué? —pregunté molesta.
La vi quedarse callada, como si se debatiera internamente en decir algo o no.
Sin embargo, se quedó en silencio.
—¡Dejen todos de decirme que no debo juntarme con él si luego no me dan motivos aparentes para que me aleje! —me quejé molesta. Es decir, ¿A qué estábamos jugando? Me estaba cansando de todo aquello—. No tengo ganas de jugar a los detectives; así que, si no vas a decirme nada…
Vi a Alice suspirar con cierta frustración.
Aquella pequeña conversación fuera de clase nos costó un castigo, por no asistir a tiempo —de hecho, habíamos llegado a la clase unos veinte minutos tarde—. Cuando terminamos con la última hora del día; Edward, Alice y yo nos dirigimos a almorzar en silencio. Emmett, que llegó un poco más tarde hacia donde estábamos, acompañado por Rosalie y Jasper, se sorprendió de que todos estuviéramos callados.
—¿Quién murió? —preguntó, siempre con aquellos modos carentes de tacto que parecían ser parte de su personalidad.
Vio que todos seguíamos con seriedad, por lo que no agregó más nada; aunque, entre toda la gente del comedor, puede sentir aquellas esmeraldas mirarme disimuladamente, con aparente preocupación.
¿Por qué era tan adorable cuando no se mostraba tan frío?
Sacudí la cabeza.
Yo estaba enojada con él. ¿O no?
Comimos en un inusual silencio, sólo interrumpido por las casuales pequeñas charlas entre Rosalie y Emmett —que evidentemente habían resuelto sus diferencias—, en las que de vez en cuando hacía alguna acotación Jasper. Estaba terminando de comer, cuando escuché que el mayor de los Cullen me llamaba.
—¿Y damisela? ¿Qué te ha tocado hacer para la feria? —preguntó sonriente.
—Debemos preparar comida para vender —comenté, encogiéndome de hombros. Después de todo aquella era una de las pocas cosas que se me daba realmente bien—. ¿A ustedes? ¿Qué les ha tocado? —pregunté, mirando a Emmett y a los hermanos Hale, ya que Edward y Alice también estaban a cargo de la comida como yo.
—Oh, yo debo hacer un poco de fuerza —comentó con falsos aires de grandeza, señalando sus músculos—. Debemos ayudar a levantar los puestos y todas esas cosas —me comentó.
Solté una suave risa.
—¿Y ustedes? —pregunté a Rose y a Jasper.
—Debemos encargarnos de la decoración —explicó Rosalie, dejando escapar un suspiro—. Creo que mataré a Jessica Stanley si trata de decir que los girasoles quedarán mejor que las rosas —dijo más para sí que para todos los presentes.
Reí suavemente.
—¡No es justo! ¡Yo quería hacer eso! —se quejó Alice, haciendo un infantil puchero.
—No te preocupes, podrás ayudarnos —calmó Jasper, que la tenía tomada por la cintura, dándole un suave beso en la mejilla.
Una tenue sonrisa apareció en el rostro de la pequeña Cullen.
Cuando acabamos de comer, me puse de pie con frustración, recordando que aún no podía irme: tenía que cumplir con el bendito castigo. Me apunté mentalmente que debía llamar al local de los Weber para avisarles que esa tarde no podría asistir a trabajar. Me arrastré con los pies fuera del comedor y me quedé de pie junto con Alice, mientras los otros avanzaban. Jasper fue el primero en notarlo, y se volvió para mirarnos.
—¿No piensan venir?
—Tenemos un castigo que cumplir —explicó Alice—. Por entrar tarde a clases hoy.
Sentí los ojos de Edward encima de mí.
—Estaré dentro de dos horas en casa —lo tranquilicé. Sin embargo, lo vi dar un par de pasos hacia nosotras. Lo miré frunciendo el ceño—. ¿Qué haces?
—Esperaré —respondió de forma tranquila.
Sorprendida por su gesto aún, luego de despedirnos de los hermanos Hale y de Emmett, comencé a andar detrás de Alice y Edward. Llegamos al aula que nos correspondía asear y dejamos nuestras cosas a un costado. Edward se sentó despreocupadamente en un costado del salón, tomando un libro de su mochila y apoyándolo sobre sus piernas cruzadas.
¿Por qué se empeñaba siempre en verse tan irresistiblemente adorable y, a la vez, soberbio?
Con Alice salimos del salón en busca de los elementos de limpieza para comenzar con nuestro trabajo. Aproveché el momento para tomar el teléfono móvil de mi bolsillo y llamar a la librería. Luego de pedirle perdón a la señora Weber y asegurarle que haría horas extra algún otro día de la semana, volví a guardar el teléfono en mi bolsillo. Luego, ambas transcurrimos los pasillos de la escuela —que ahora se encontraban casi vacíos, a excepción de aquellos que se quedaban a los talleres extra de ese día—, hasta que Alice se detuvo. Recién en ese momento me percaté de que sus ojitos celestes estaban algo rojos. Entonces, lo siguiente que sentí es como me daba un fuerte abrazo.
—¡Bella, no quiero que estemos peleadas! —chilló con la voz entrecortada—. Perdón si dije algo que te molestó.
Me conmoví con su tierno, y en cierto punto, infantil, gesto. Le devolví el abrazo mientras una pequeña sonrisa, que ella no pudo ver, surcaba mis labios. Entonces me separé para mostrarle mi gesto. Enseguida vi sus ojitos llorosos y me sentí culpable al instante.
—No, discúlpame a mí —le pedí—. Creo que he sido un poco dura —acepté.
Ella sonrió suavemente, secándose con el dorso de la mano.
—Prometo no volver a meterme con el mismo tema —prometió. Su mirada se ensombreció unos instantes—. Sólo ten cuidado.
—Alice —le avisé, a modo de regaño, aunque estaba sonriendo.
—De acuerdo, de acuerdo, no te diré más nada —aseguró y luego, dando vivaces saltitos, se dirigió a buscar las cosas de limpieza.
Oh, si; la hiperactiva Alice estaba de vuelta.
Cuando tuvimos todas aquellas cosas que necesitábamos para comenzar con nuestro castigo, nos encaminamos nuevamente hacia el salón de clases. Allí se encontraba Edward sentado en el mismo sitio donde lo habíamos dejado, con el libro entre sus manos. Sin embargo, cuando hice un paneo general del salón vi que todos los bancos estaban contra las paredes, dejando así el lugar ya preparado para comenzar a limpiar el piso. Cuando alzó la cabeza para dirigirnos una rápida mirada al entrar, le sonreí a modo de agradecimiento y comencé con el trabajo, seguida de una saltarina Alice.
Cuando se comportaba como un caballero, era imposible estar enojada con él.
Además, evidentemente, los Cullen poseían algún don para que no pudiera estar mal con ellos.
La tarea fue menos ardua de lo que creímos, en parte gracias a la ayuda que Edward nos dio y a la hiperactividad de Alice, quien parecía nunca cansarse de nada. Cuando acabamos con todo, devolvimos los utensilios de limpieza a donde pertenecían y nos encaminamos hacia el estacionamiento del instituto. Edward me permitió el paso al asiento del copiloto, mientras Alice se dirigía rápidamente al asiento trasero. Cuando todos estuvimos arriba del auto, Edward arrancó y salimos del instituto. El viaje transcurrió con algunos comentarios de Alice —como usualmente solía pasar— y pronto llegamos a la casa de los Cullen.
—¿Nos juntaremos a preparar las comidas? —preguntó Alice desde el asiento trasero, antes de bajarse, con los ojitos iluminados.
—Hay tiempo para eso, Alice —respondió serenamente Edward—. Ya veremos.
Cuando la pequeña se despidió de nosotros, retomamos la marcha, ahora rumbo a mi hogar. Tenía ganas de ver a mis padres pero, en medio del primer trayecto, Alice me había asegurado que le preguntaría a Carlisle como estaban las cosas y me informaría por teléfono, sólo por el hecho de ahorrarme una visita al hospital. Le agradecí más de una vez por eso; y, un poco más tranquila, me escurrí en mi asiento, esperando llegar a casa. El trayecto no se hizo demasiado largo y pronto nos encontramos frente a la vivienda pintada de un pálido amarillo. Sin esperar a que Edward abriera la puerta, me bajé del asiento y rebusqué las llaves dentro de mi mochila. Para cuando las saqué, Edward ya había ingresado a la casa.
—¿Cómo haces eso? —pregunté, mirándolo de reojo.
—¿Qué? —preguntó, mientras ambos nos dirigíamos a la sala a dejar nuestras cosas.
—Abrir la puerta siempre antes que yo —comenté y vi que sonreía de lado.
Recuerda respirar. Recuerda respirar. Recuerda respirar.
Se encogió de hombros.
—Costumbre, supongo —comentó, dejando su bolso cruzado sobre el sofá—. Alice y Emmett son bastante desorganizados…
Con pesadez me dirigí a mi cuarto y me cambié el uniforme por unos jeans viejos y una camiseta oscura, mientras observaba como, por la ventana de mi cuarto, comenzaban a nublar el paisaje las pequeñas gotitas de lluvia. Me encogí de hombros, ya que aquél clima estaba haciéndoseme más que habitual. Luego volví a bajar y tomé una de mis carpetas, un libro de ejercicios matemáticos y mis útiles. Con todo aquello entre mis brazos, me dirigí a la mesa de la cocina y me acomodé con despreocupación. Allí, cuando llegué, encontré a Edward con un papelito y un bolígrafo entre sus níveas manos. En el momento en que me escuchó depositar mis cosas sobre la superficie de madera, alzó la vista.
—¿Qué haces? —pregunté, mientras abría el estuche con mis útiles.
—Una lista de compras —me comentó—. Faltan algunas cosas.
—¿Quieres que te acompañe? —inquirí.
Negó con la cabeza.
—No te preocupes —replicó, siempre serio—. ¿Necesitas algo?
Me quedé pensativa unos segundos.
—Creo que faltaba shampoo —comenté como quien no quiere la cosa, mientras abría mi libro.
Vi que apuntaba algo y se ponía de pie.
—Bueno, volveré enseguida —pronunció con seriedad y luego desapareció con lentitud por la puerta de la cocina.
Yo dejé escapar un suspiro de cierta tranquilidad y casi de forma inconciente relajé mi postura. Abrí mi carpeta, dispuesta a comenzar con mi tarea de matemáticas, cuando un papelito escapó de entre las hojas y fue con un rápido movimiento a parar al piso. Me agaché para tomarlo y pronto vi la pequeña e irregular caligrafía.
Era la notita de Jake.
Vi que al pie de la misma estaba garabateado su número de móvil. Aprovechando mi soledad, caminé con pasos lentos hasta el teléfono y marqué los números con cautela. Esperé unos segundos y pronto alguien contestó del otro lado.
—¿Hola?
—¿Jake? Habla Bella —expliqué titubeante.
—¡Bella! Perdón, no reconocía el número —se disculpó con tono alegre—. ¿Cómo estás? ¿Para qué llamabas?
Me tomé unos segundos para responder, ya que, en realidad, no había pensado en un motivo concreto para llamarlo. Simplemente, al ver el número, se me había ocurrido marcarlo.
Sobre todo, porque los ojos verdes de Edward no estaban allí para traspasarme.
—Quería preguntarte como llegar a La Push —comenté, sin ningún otro motivo aparente.
—¡Ah! No te preocupes —escuché que respondía—. Si quieres puedo pasarte a buscar por tu casa y te llevo.
Me quedé en silencio, considerando las posibilidades. Otra vez las obres del color de las esmeraldas de mi temerario compañero de casa vinieron a mi mente, y descarté aquella posibilidad al instante.
—No —respondí, intentando no sonar dura—. Preferiría que me indicaras como ir.
Escuché una risa un tanto socarrona del otro lado de la línea.
—Es por Cullen, ¿No? —preguntó con cierto dejo de molestia en su voz.
¿Cómo sabía él…?
—¿Cómo…?
—Los rumores corren bastante rápido, Bella —me comentó—. Bueno, si quieres puedo esperarte en un costado de la carretera —agregó luego, retomando su tono alegre—. Conozco un lugar donde puedes esperarme —explicó—. Puedo pasarte a buscar por ahí.
Volví a reconsiderar mis posibilidades con cautela, intentando pensar cuales eran las opciones posibles, primero que nada, luego de que me escapara de la casa cual prisionera; sin que Edward, mi carcelario personal, reparara de ello. Me pasé una mano por el rostro, con frustración, para luego volver a centrarme en la conversación telefónica.
—Eh… mira Jake, déjame ver que haré y te llamo otra vez cuando sepa mis planes ¿De acuerdo? —comenté, intentando sonar despreocupada.
Escuché su risa grave del otro lado de la línea.
—Cuándo sepas como huir de las garras de Cullen, me cuentas —comentó con humor—. Nos vemos. Hasta luego, Bella.
—Hasta luego, Jake.
Dando un gran suspiro de cansancio, corté la comunicación.
Aún con el papelito en mis manos, volví a sentarme en mi puesto y escondí el trozo escrito entre mis hojas. Luego, acerqué el libro y me preparé para una exhaustiva sesión de números y extensas fórmulas incomprensibles.
Ni siquiera pude resolver el primer ejercicio —no por el poco tiempo sino porque, de hecho, no entendía absolutamente nada—, cuando escuché la puerta abrirse. Pocos segundos después apareció Edward con varias bolsas entre sus manos. Su cabello broncíneo estaba algo apelmazado y pegado a su cabeza, debido a la lluvia, y sus ropas lucían húmedas. Sin embargo, a pesar de todo, seguía luciendo tan pulcro e irresistible como siempre. Sacudí mi cabeza cuando lo vi dejar las cosas sobre la mesada. Lo vi pasar una mano por sus cabellos húmedos y volverse hacia mí. Se sentó a la mesa en una de las sillas de enfrente y suspiró cansado.
—No tendrías que haber salido con esta lluvia —le regañe, en parte porque así pensaba, en parte porque quería iniciar alguna conversación para romper aquel molesto silencio.
Se encogió de hombros.
—No importa —replicó—. Veo que tu tiene más problemas que yo.
Sonrió muy tenuemente de lado. No era aquella sonrisa que me gustaba pero… ¡Dios!
Lo miré casi atónita, parpadeando varias veces.
¿Edward Cullen estaba siendo amable conmigo?
¿Dónde estaban las cámaras? Porque, ciertamente, aquello no podía estar pasando.
—Yo… —me quedé en blanco por unos segundos, y luego dije lo más sincero que pasó por mi cabeza—. No entiendo nada —me sinceré, dejando escapar un suspiro.
La frase podía tener una doble connotación, pero el evidentemente pensó que sólo me refería a los problemas de matemáticas.
Lo vi ponerse elegantemente de pie y caminar alrededor de la mesa. Luego, observé como empujaba una silla para alcanzarla y sentarse a mi lado. Sentí su aroma dulzón mezclado con el olor a lluvia y mi pulso se aceleró de forma considerable. El también se quedó en silencio algunos segundos, hasta que lo vi estirar una mano hacia mi hoja.
—Debes cambiar el procedimiento y modificar las incógnitas —me explicó con voz profunda y suave.
—¿Qué? —pregunté. Pocos segundos después me di cuenta que estaba refiriéndose a los ejercicios.
—Aquí —me señaló en la hoja—, no puedes poner x, porque esta es una variable dependiente.
—¿Y eso en cristiano significa…? —intenté, más confundida que antes.
Lo vi sonreír de lado casi de forma imperceptible y sentí que mi corazón quería huir de mi pecho. Él, en silencio, me quitó con delicadeza el lápiz de las manos y comenzó a garabatear con una estilizada y pulcra caligrafía algunas fórmulas y números. Cuando acabó, alzó la vista y me miró. Al ver mi rostro, que seguro era de confusión, señaló una de las primeras fórmulas que había escrito.
—¿Ves? Esta depende de esta —me marcó, señalando unas letras que había escrito.
¿Cómo quería que lo escuchara, si su perfume era completamente embriagador?
—Em… —¡Bingo!
Los dos alzamos la cabeza cuando escuchamos el estridente timbre de mi teléfono móvil. A la velocidad de la luz y con mis pasos algo torpes, alcancé el aparato, que seguía sonando dentro de mi mochila con su incesante tono, y lo entendí casi con desesperación.
¡Estaba salvada!
—¿Hola?
—¡Bella! ¡Habla Alice! —chilló una cantarina vocecilla del otro lado de la línea.
—¡Oh, Alice!—comenté en voz alta, con la intención de que Edward estuviera al tanto de quien estaba del otro lado. Lo miré y, con un gesto, me retiré de la cocina—. ¿Cómo estás?—pregunté, andando escaleras arriba.
—Muy bien —comentó ella con alegría—. Te llamaba porque Carlisle salió hace un rato para el hospital, porque estaba algo atrasado —hizo una pausa—. Me dijo que apenas tenga alguna noticia, me lo hará saber.
—Muchas gracias Alice —pronuncié, mientras entraba en mi habitación. Me apoyé en el marco de la ventana, observando la lluvia caer con menor intensidad que antes—. De verdad.
—¡Oh, no te preocupes, Bella! Te dije que podrías contar conmigo para todo lo que necesitaras —replicó con una risita—. Debo irme, pero mándale saludos a Edward de mi parte. ¿Te está tratando bien?
—Si… —susurré, suponiendo que el comportamiento de Edward guardaba alguna relación con su demoníaca hermanita—. Hasta luego Alice —me despedí.
—Hasta luego… y cuida de mi niño —respondió, y con una risilla cortó la comunicación.
Una sonrisa se dibujó en mis labios mientras cortaba la comunicación, antes las ocurrencias de Alice. ¡Cómo si Edward necesitara que yo cuidara de él! ¡Já! Claro.
Me estiré en mi lugar —dándome cuenta, dicho sea de paso, de que tenía bastante sueño— y salí de mi habitación. Con cautela descendí las escaleras, dirigiéndome nuevamente rumbo a la cocina. Allí Edward seguía frente a mi carpeta, aunque su marmórea frente estaba poblada de arrugas, así como su ceño fruncido de forma pronunciada. Volví a ocupar mi lugar a su lado, y lo vi observarme fijamente con aquellas intimidantes obres esmeraldas. Entonces, pude distinguir algo que pocas veces había visto en ellas.
Fuego.
Con cautela, vi como alzaba una mano entre nuestros rostros. Entre sus largos y pálidos dedos sostenía un papel que observé con cuidado. Mi rostro se contrajo en una mueca de horror cuando identifiqué la caligrafía que lo ocupaba.
Era la nota de Jake.
—Bella… —lo oí susurrar peligrosamente suave.
Sus obres verdes me estaban matando.
Desvié mi mirada de sus ojos, girando mi rostro hacia la mesada.
Entonces, sentí a cada lado de mi mentón la suave presión de dos de sus dedos, que quemaban contra mi piel. Haciendo una minúscula fuerza —ya que todos mis músculos se habían aflojado con el contacto—, giró mi rostro para dejarlo otra vez frente al suyo. En aquél momento me percaté del casi imperceptible lunar cerca de su labio superior, debido a la cercanía de nuestros rostros.
—Bella, no hagas idioteces, por favor… —pidió en un murmullo suave como el mismísimo terciopelo y su cálido aliento me hizo cosquillas en el rostro.
Quería responderle algo, pero no sabía qué. Y, de hecho, aunque hubiese probado, la voz, muy posiblemente, ni siquiera me hubiera salido.
—No quiero que vayas sola a La Push —continuó. ¿No se daba cuenta de que la tibieza de su aliento me estaba volviendo loca?
—¿Por…qué? —logré articular, intentando concentrarme en otra cosa que no fueran sus ojos verdes. Bajé la vista.
Mala idea.
Sus labios carnosos y entreabiertos tampoco permitían que ningún tipo de pensamiento coherente pasara por mi cabeza.
—Porque no es un lugar adecuado para que vayas sola… —murmuró.
Cerré los ojos, intentado concentrarme auténticamente.
—¿Y tanto te importa? —pregunté en un susurro, sin volver a mirarlo.
No respondió al instante.
En vez de eso, sentí un suave roce contra mis labios. Casi imperceptible, casi inexistente; pero que me hizo abrir los ojos al instante. Sentí que perdía mi respiración y que mi corazón latía a un ritmo incontrolable, cuando vi a Edward alejarse y cuando sentí sus ojos mirarme con una extraña mezcla de sentimientos que no pude identificar.
—Más de lo que tú piensas.
Lo vi levantarse y salir de la cocina.
No estoy segura de cuánto tiempo permanecí allí, con la mano sobre mis labios y haciendo grandes esfuerzos por seguir respirando.
Con sólo un roce, había logrado que mi corazón latiera con más fuerza que nunca.
Y con sólo unas palabras, me había dejado más desconcertada de lo que nunca había estado en toda mi vida.
¿Qué estaba pasando?
…
¡Ahí! ¡Ahí! ¡Ahí! Estoy emocionada. ¡Por fin, muchachos, por fin! Jaja. Ahora la cosa comienza a ponerse un poquitín más interesante ¿No? Ya veremos que va pasando. El capitulo lo tuve que dividir en dos, porque me estaba quedando demasiado largo, por lo que este mismo va a tener una segunda parte.
Repito lo mismo que dijo siempre, sólo por precaución, ya saben: Quiero que sepan que no leí aun Breaking Dawn, por lo que les voy a pedir encarecidamente que por favor no me dejen spoiler, ni comentarios ni nada relacionado al respecto. Ni que les pareció, ni que no, ni nada, porque la verdad es que si hay algo que me frustra mucho es que me cuenten los libros que quiero leer. Bah, ustedes me entienden ¿No? Así que ya saben, el que comente Breaking Dawn, directo a la horca jaja.
Bueno, eso es todo. Quiero agradecer infinitamente por los comentarios que dejan todos los capítulos y que me ponen más que contenta. Me sorprendió la cantidad de gente que se suscribió a las alertas, también. Me gustaría que se tomaran unos minutitos para dejar su comentario y opinión al respecto cuando leen, de verdad que me interesa mucho; y, por supuesto, los reviews me incitan a seguir con todo esto. Ustedes ya deben saber, sobre todo si escriben, ¿No? Jaja.
En fin, ¡Saludos para todos!
Espero sus comentarios. ¡Nos leemos pronto!
LadyCornamenta.
