N/A: Aclaración pre-lectura: Perdón por los enredos temporales. El POV de Eren es antes de la discusión con Mikasa hasta después de esta. El de Levi, un poco antes de acercarse a Mikasa y después de que empiezan con su peculiar relación, y Mikasa sigue la línea temporal de la historia.
Capítulo 7: Algunas verdades difíciles de tragar
Eren
No parecía ser el tipo de conversación amena que esperaría tener. A veces creía que no dejaban de verme como el enemigo. Un pensamiento vacuo cuando recordaba toda la confianza que habían puesto en mí, asumiendo los riesgos y contras. Pero, a pesar de eso, las reuniones no dejaban de ser tensas. Distaban mucho de una reunión de trabajo, cada una parecía más bien un juicio. El planteamiento central: mis capacidades y cuán dispuesto me encontraba para desarrollarlas.
Había pasado una buena cantidad de tiempo hasta que pude controlar el poder de titán, sin embargo, cada nuevo desafío me hacía poner en tela de juicio los resultados. No porque no fuese capaz, sino porque no sabía cuánto más podría retener mi fuerza. En algunas ocasiones, me había sentido extraño, como si el poder me estuviese consumiendo, robándome mi humanidad, y eso hasta cierto punto me aterraba. No podía comentárselos sin más. No sin que todos terminasen perdiendo la cabeza. A veces se asustaban de mí hasta cuando estornudaba. No los culpaba, ¿quién no se sentiría amenazado conviviendo con un monstruo? Así debían verlo ellos.
Era doloroso sentirse así. En parte, si lo pensaba con profundidad, me había convertido en aquello que tanto odiaba: titanes. Y eso me hacía sentir aberración de mí mismo. Tenía una teoría sobre eso. Renegar de mi existencia me cegaba y lograba que el instinto titánico fuese superior a mi consciencia, mientras que, cuanta más energía y determinación pusiera en mis actos, podía controlarme con facilidad. Renegar solo venía de la mano con los cuestionamientos. ¿Cómo definirme? Esa era mi lucha interna, mientras intentaba ser útil para la humanidad. Matar titanes era mi único objetivo y hacerlo transformado era más degustable, porque sentía que podía lograrlo con mis propias manos.
En la oficina de Erwin, se llevó a cabo el encuentro. El comandante Erwin, el capitán Levi y la mayor Hange eran los únicos que se encontraban a disposición de atacarme de preguntas. Se notaba la confidencialidad del asunto. Era probable que ni siquiera lo hubiesen informado abiertamente. Después de todo, las tácticas de la Legión de Reconocimiento estaban reguardadas bajo un tratado de confidencialidad como muchas de los asuntos militares. El entrenamiento que se aplicaba no era algo que fuese a andar de boca en boca.
La gran idea, esta vez, era que los soldados pudiesen practicar su movilidad y rapidez conmigo. Simular que yo los atacaba para que ellos pudieran esquivar mis movimientos e ingeniárselas para ver qué posibilidades tenían. La primera impresión era bastante buena, por supuesto, al oírlo sonaba como la mejor idea que se le pudo haber ocurrido a alguien, pero a la vez era un acto suicida. Un paso en falso y todo podía resultar en una tragedia.
Me preocupaba que no pudiesen entenderlo de ese modo y que me culparan por no poder contener mis energías. Después de todo, no tenía muchos recuerdos sobre ese poder ni cómo lo había adquirido, así que no podía estar totalmente seguro de que todo iba a resultar a la perfección.
—Eren, ¿lo harás? —la mayor Hange tenía un aspecto aterrador.
Acostumbraba a verla llena de energía y con una sonrisa fraterna, pero ahora estaba seria, rígida en su posición, y justo en un lado de la oficina más oscuro desde el que apenas se podía vislumbrar el brillo de sus gafas.
Me lo preguntaban como si tuviese opción. Ellos solían imponerme decisiones a menudo. Que me estuviesen preguntando ahora me parecía algo extraño.
—Si me llegase a negar —indagué con cautela, con voz suave y condescendiente. No quería hacerles parecer que me estaba retractando, pero quería tener en la carta todas las posibilidades.
—¿Tendrías motivos para hacerlo? —me increpó el comandante Erwin. Estaba apoyado en el mesón, de brazos cruzados, con su presencia imponente.
Mantuve la calma para no complicarme con lo que tenía que decir. Era un pensamiento bastante sensato después de todo.
—Ah, sí —titubeé un poco al principio—. No es como si fuese algo tan simple. ¿Qué hay de la seguridad de los soldados? Sería una desgracia si alguien sale herido.
—¿Te preocuparía a ti salir herido? —la voz del capitán Levi sonó amenazante. Ni siquiera tenía entonación de pregunta.
—En realidad no, me preocupa más si llego a lastimar a alguien, no conscientemente claro. Solo —dudé unos momentos—… aunque llevo tiempo practicando con este poder, no estoy seguro de que todo resulte bien.
—Vaya —insistió con el mismo tono—. Es una confesión algo peligrosa. Si no puedes hacerlo ahora, ¿cómo pretendes que confiemos en ti para misiones futuras?
—Levi —lo detuvo el comandante Erwin de forma tajante—. Entiendo tu preocupación, Eren. Para eso opté por hacerte realizar algunas pruebas primero. La mayor Hange será tu guía en este proceso. Cuando estés listo, por favor, esperamos tu aprobación.
—Vas a hacerlo, es una orden —el capitán Levi finalizó su participación con esas palabras y se retiró de la oficina.
Tenía mucho respeto hacia él y gran admiración, a pesar de que tuviese esa actitud arrogante. Entendía cuán extrema era la situación que enfrentábamos y, tal vez, eso lo tenía sumido en una gran preocupación. Tenía que poner todo mi esfuerzo y cooperar.
El comandante Erwin se retiró minutos después. Me dejaron en la oficina junto a Hange, quién ahora me observaba comprensiva, mientras presionaba un puño contra su boca. Me daba escalofríos verla así también, nunca se sabía qué estaba pensando. Las probabilidades con ella eran infinitas y eso era inquietante.
Hubo un momento silencioso en la oficina, mientras yo esperaba algo que ella tuviese que decirme. Estaba muy ensimismada. En esos minutos en que ella profundizaba en el tema, yo también sacaba conclusiones. Sabía que no era opción negarme a las órdenes, así que iba a tener que poner todo de mi parte para lograr controlar el titán correctamente y permitirle a mis compañeros entrenar conmigo. No me hacía gracia el tema, pero entendía lo efectivo y productivo que podría resultar.
Para vencer a los titanes, estaba dispuesto a cualquier cosa.
—Bien, Eren. Vamos al terreno —la mayor Hange esbozó una sonrisa maligna. No tenía idea de qué pasaba por su cabeza, pero no me quedaba más que obedecer.
Era agotador. La sensación de transformarse era agotadora.
Corríamos a toda velocidad por los prados. El terreno que teníamos para entrenar no era el mismo que usaban los demás. Era una porción de tierra bastante extensa y lejos del castillo. Lo habían dictaminado así porque temían que pudiese dañar alguna infraestructura en caso de que las cosas se saliesen de control, así que todos los experimentos que se realizaran conmigo debían ser en campo abierto, rodeado de árboles por si había que hacer uso del equipo de maniobras. No se fiaban en un cien por ciento. Tomaban todas las medidas preventivas posibles.
En un punto del camino sabía que tenía que separarme de la mayor. Ella tomaba el sendero más bajo y yo el más alto. Por el camino que ella tomaba, llegaba directamente al terreno, aunque le tomaba más tiempo. Mientras que yo llegaba antes, pero tenía espacio suficiente para transforme y saltar al terreno antes de que ella hiciera su aparición. De esa forma, la esperaba listo y dispuesto, y ella no tendría que salir volando hacia ningún lado producto de la explosión. Había sucedido antes y, por supuesto, quien pagó los platos rotos fui yo.
Tomé mi rumbo subiendo por la cuesta a toda velocidad y ansioso por lo que sabía que venía. Transformarse era una sensación indescriptible. Dolorosa, pero nada que las palabras de los humanos pudiesen describir. Superaba todas las expectativas de increíble que se le pudiesen atribuir. Entregaba una sensación de poder dominante, enérgico.
Apenas llegué, no tardé en bajarme del caballo de una sola zancada y corrí hacia el final del camino. Estaba cortado y, al borde de éste, se encontraba el terreno de siempre.
Los latidos de mi corazón me sacaban jadeos constantes. Estaba por sobre los límites de la aceleración, con la sangre fluyendo por mis venas como lava. La adrenalina era suficiente para lograr que me transformara. Ayudaba con creces, potenciando la energía que hervía dentro de mí.
«Vamos», me obligué.
Pegué un salto al vacío con fuerza para no perder el equilibrio y me mordí, concentrándome lo suficiente para evadir pensar en el dolor que eso significaba.
Luego de eso, venía la explosión descomunal que elevaba el vapor caliente y me envolvía. Las gruesas hebras de músculo comenzaban a entrelazarse a mi alrededor, aglutinándose en una reacción química imposible de explicar hasta ahora. Sabía que luego de eso venía el momento en que iba a perder mi conciencia por un segundo y, cuando abriese los ojos, ya no serían los propios los que contemplaran el paisaje.
La presión ascendió progresivamente, cubriéndome por completo con la temperatura asfixiante hasta hacerme perder la consciencia. Un instante de oscuridad, de vacío.
Cuando abrí los ojos, los párpados me pesaban y la luz me provocaba un ligero dolor. Miré a mi alrededor con lentitud; había sucedido exitosamente. Todo se veía más pequeño, ya no eran mis orbes las que reconocían los alrededores, eran los ojos del titán que controlaba en ese momento.
Mentiría si dijera que no me satisfacía sentirme así de grande e indestructible. Imponente por sobre todas las cosas que existían, temible, infinitamente fuerte, intocable. No importaba si eso era un cuento que me relataba a mí mismo con el fin de subirme la moral. Para mí tenía un significado trascendental.
El vapor comenzaba a difuminarse en el aire, desapareciendo y revelando el aspecto bestial que tenía.
—¡Muy bien, Eren! —escuché a Hange gritar, mientras cabalgaba a toda velocidad hacia mí. Celebraba enérgicamente cada vez que me veía en esa forma, y aunque no podía entender su fanatismo por los titanes, entendía lo que significaba un experimento bien hecho.
Me puse de pie lentamente hasta enderezarme y alcanzar toda mi altura. Levanté un brazo, comprobando mi movilidad, todo parecía ir perfectamente bien.
Hange detuvo su caballo frente a mí y agitó las manos para atraer mi atención.
—Eren, vamos a ver qué tan ágil puedes ser, ¿sí? —esperó por mi respuesta. No podía hablar, no tenía el poder para contestarle, por lo que solo moví la cabeza asintiendo—. ¡Bien! Nos adentraremos por el bosque. Erwin y Levi te estarán esperando. Muévete como si fuesen tus enemigos —retraje el rostro, observándola sin gesticular nada. Notó mi incertidumbre y añadió—: Tranquilo, no van a herirte. Utilizarán espadas de madera —negué varias veces. No estaba preocupado por mí, me preocupaban ellos. ¿Por qué no lo entendían? Era imposible hacer eso. ¿Y si hería a alguien de gravedad? No quería ser partícipe de aquello —. Dijiste que lo harías Eren —Hange me miró entristecida—. Vamos, puedes hacerlo.
Miré en dirección al bosque que bordeaba el terreno, inseguro de hacer lo que iba a hacer, pero me dispuse con total determinación. No tenía que arrepentirme de nada y solo tenía que poner cuidado en cada movimiento. Me repetí que no tenía otra opción y que si hacía todo bien, ese aporte tendría gran importancia para el entrenamiento.
Tomé vuelo con energía y me adentré al bosque corriendo rápidamente.
—¡Sí! —escuché a Hange exclamar detrás de mí.
Bien. Podía con eso.
«No lances golpes fuertes. Si los ves, simula un ataque, pero no lo finalices. No lances manotazos, no te avientes con tanta energía, procura la seguridad de tus superiores o serás historia».
Mientras corría, sentía las ramas de los árboles golpearse contra mi cuerpo a la vez que se rompían y caían al suelo como minúsculas partículas. Me inquieté al pensar e imaginar que podría llegar a tratarse de soldados corriendo esa misma suerte.
No.
Eso no pasaría, no iba a permitirlo. No permitiría más muertes por culpa de mi debilidad. Ahora tenía la oportunidad de ser capaz de mostrar mi fortaleza y habilidad. Tenía que poder. Iba a lograrlo.
De pronto, una imagen fugaz pasó frente a mis ojos y me golpeó con fuerza en un brazo. Me detuve, frenando con mis pies, levantando la tierra y piedras. Me giré de inmediato para comenzar con la prueba.
Frente a mí flotaba el capitán Levi, sin mayor expresión en el rostro, pero con el infierno mismo ardiendo en su mirada. Siempre era así. No tenía otra forma de observar, o no alguna que yo conociera. Su imagen en sí era amedrentadora, pero con el tiempo había optado por creer que aquella era su forma de proyectar confianza.
Me quedé quieto sin hacer nada. Hasta ahí llegaban mis planes de continuar con la batalla. No podía faltarle el respeto al capitán. Nunca había arremetido en su contra, ni siquiera a modo de broma. Para mí, él simbolizaba la supremacía de la Legión de Reconocimiento. Una figura de fortaleza y superioridad. Era difícil fingir que iba a atacarlo, ¿cómo podía hacer eso?
«Vas a hacerlo, es una orden», recordé sus palabras y me armé de valor para propinarle un puñetazo. Cerré los ojos al momento de hacerlo, no sin antes asegurarme de que la velocidad fuese la correcta.
Esquivó el golpe en el acto y se apoyó en mi brazo para saltar hasta mis hombros y golpearme la cara con la espada de madera que traía entre sus manos. Fue como un reproche, como si se hubiese dado cuenta del temor que tenía de causar daño, sobre todo a él, y volvió a tomar vuelo para atacarme nuevamente.
Lo entendía, esto iba a ser como un juego. Solo tenía que adaptarme al ritmo de la batalla y aparentar que todo era un juego de niños, como jugar a las peleas, pero sin restarle la debida seriedad que implicaba el ejercicio.
Tomé posición de combate y seguí al capitán, con fuerza y rapidez, aventando mis brazos sobre su existencia y él, por cierto, me estaba esquivando perfectamente. Sus movimientos fugaces se veían más increíbles desde esta forma que como un humano. Lo tenían frente a mis ojos, rotando de un lado a otro sin permitirme más movimientos.
Él estaba tan concentrado atacándome que no notó el momento en que decidí cambiar de posición. Se lanzó en picada en dirección a mis piernas justo cuando me agaché para tratar de atraparlo. Voló hasta mi hombro y luego a mi cabeza, específicamente hasta mi nuca.
—¡Muerto! —me gritó en el oído, mientras presionaba el objeto contra la gruesa piel.
Sacudí una mano con velocidad, logrando que saltara en otra dirección y seguí atacándolo.
En ese momento, divisé al comandante Erwin sobre un árbol alto, de pie en la rama más gruesa. Estaba bastante atento, observándonos, mientras traía unas hojas en las que parecía hacer anotaciones con carboncillo. ¿Estaba dibujando? Cierto. El plan de entrenamiento. Eso era, no era para probarme a mí, al menos no del todo. Estaba sacando ideas para proponer. Entonces, yo iba a darles lo que querían.
Comencé a retroceder de a poco, esperando que el capitán volviera a lanzarse con fuerza. Tenía que mostrarles todo lo que era capaz de hacer. Cada movimiento que realizara era necesario para concluir cuál era el comportamiento de un titán. Así que medité velozmente sobre cuáles movimientos no serían previsibles al momento de un enfrentamiento.
El capitán voló directo hacia mí, con mucha energía, pero me incliné logrando que pasara de largo, volando por sobre mi cabeza. Me giré en el acto y tomé con cuidado la cuerda de su equipo, logrando desequilibrarlo. Con mucha delicadeza, conociendo el peso y fuerza de mis manos, lo tomé de la capucha de su capa y lo sostuve a la altura de mis ojos.
—Muerto —masculló, y yo solo pude asentir—. Mocoso de mierda, voy a patear tu culo —me retó y terminé soltándolo como por acto reflejo.
Agradecí que solo estuviésemos practicando con espadas de madera, porque yo sabía que, aun estando en mis manos, si hubiese tenido las espadas, el capitán hubiese podido salvarse. Probablemente, ya no tendría manos y me habría arrancado del titán para matarme. Era el capitán Levi, capaz de todo y esto era solo una prueba, no tenía por qué molestarse tanto. Después de todo, yo solo quería ayudar.
Antes de caer, lanzó los arpones contra el árbol en el que se encontraba el comandante Erwin y se incorporó a su lado. Parecía querer volver a entrar en escena, pero el comandante lo detuvo para que le diera una ojeada a lo que llevaba avanzado. Conversaban entre ellos y el comandante Erwin le mostraba aquello que había estado garabateando en el papel. Me señalaba y apuntaba zonas en los árboles como dándole instrucciones al capitán.
El capitán Levi señalaba zonas del papel, como queriendo corregirle. Me acerqué para poner más atención. Se encontraban a mayor altura, por sobre mis ojos, ignorando mi presencia ahí, hasta que uno habló:
—Eren —dijo el comandante Erwin con voz de mandato—, sigamos.
Supuse que ese día sería largo y agotador. Apenas estábamos comenzando.
La luz del sol ya no resplandecía sobre mis párpados, se había vuelto tenue e imperceptible. Había comenzado a atardecer. El cielo ya no tenía rastros anaranjados. Tenía un tono pálido, probablemente, no muy distinto al mío. Luego de cada experimento, quedaba tan agotado que acababa por recostarme en el césped de algún jardín o prado tratando de reponerme. Procuraba dar con árboles que dieran sombra para evitarme un bronceado innecesario. Había sucedido antes por mis descuidos.
Luego de las pruebas que no habían resultado tan mal del todo, me di un baño y cambié mi ropa por prendas limpias. Había huido del castillo para relajarme un momento. No tenía permitido conversar con mis pares sobre lo que se había concluido con la primera prueba. La información oficial sería entregada al final de los ejercicios en una reunión formal en la que todos debían estar presentes. Así que para evitarme las voces insistentes, optaba por desaparecerme un resto de tiempo, mientras disfrutaba del viento, del sonido de la naturaleza, y le permitía a mis tejidos regenerarse lentamente. Mientras mayor era la quietud, más rápido podía recuperarme.
Aparte, me gustaba tumbarme sobre el césped y dormitar. Solía hacer eso cuando era niño. Me quedaba dormido bajo los árboles cuando mis padres me enviaban a recoger leña. Al abrir mis ojos, me encontraba siempre con el rostro de Mikasa sobre el mío, observándome absorta. Terminaba regañándome por dormirme y me daba cuenta de que ella sola había recolectado toda la leña suficiente. Eran buenos tiempos. Ahora ya no más. Habíamos discutido y sus comentarios desatinados habían dejado bastante que desear. No era que yo no le encontrase razón en ciertos puntos, pero me resultaba desquiciante que fuese tan testaruda. Yo no tenía intenciones de hacerle daño, y ella se la pasaba pensado que yo tenía un plan malévolo en su contra.
Como si pudiese hacerle algo así. Nuestra relación había decaído bastante en el último tiempo. Había crecido con ella y compartido momentos muy cruciales, pero ahora todas esas cosas se estaban pasando por alto. Nos la pasábamos discutiendo, en desacuerdo con todo lo que decíamos, pero a esas alturas de la vida, poco me importaban los berrinches de Mikasa.
Me sentía tan cerca de mi propósito, aunque recuperar la vida que se tenía hace cien años estuviese muy lejos aún, poder luchar como un buen soldado no estaba tan lejos de mi alcance. Me perfeccionaba cada día con tal de ser el mejor. Me costaba, pero no me daba por vencido. Aun cuando los recuerdos volvían a mí en las noches más oscuras para atormentarme, no bajaba los brazos. No podía ser débil. Incluso si tenía que alimentarme de los recuerdos para hacer brotar mis energías, asumía el riesgo. Todo con tal de superarme.
En un mundo cruel y roto, tan solo, no teníamos muchas esperanzas. Sin embargo, yo no podía pensar de esa forma. Todos eran débiles y no servían más que para ser ganado, escondidos tras las murallas. Salvar a la humanidad era un deseo solo de quienes realmente no tenían miedo de luchar. Cuando salíamos a las expediciones, siempre veía, entre el público que salía a despedirnos, los rostros de los niños, emocionados, entierrados y llenos de color; los niños que esperan una vida, una vida que quién más si no nosotros podemos darles. Me recordaban a mis amigos y a mí cuando corríamos a ver los rostros abatidos de los soldados que venían entrando luego de una expedición. Nunca me importó qué tan mal se veían. Nunca dudé que aquello fuese lo que realmente quería hacer con mi vida, hasta el final. Por eso, no iba a desistir ahora. Ahora, ni nunca.
Iba a matarlos a todos, iba a destrozarlos tal como ellos lo hacían con nosotros. No iba a dejar nada de ellos, nada. Hasta que dejasen de existir para siempre, cada partícula de sus miserables cuerpos casposos y fétidos. Normales, anormales, ágiles, lentos, inteligentes o estúpidos, no iba a detenerme a preguntarme por qué. Solo quería acabarlos para vanagloriarme por eso y sentir la victoria y el precio de mi esfuerzo.
Confiaba en la esperanza de un nuevo mundo, quería restaurar la paz que nos habían arrebatado. Sí, tenía que ser yo. Tenía que poder ser tan fuerte como el capitán Levi y ganar la experiencia con la que él trabajaba. Ese era mi objetivo, el blanco que me había propuesto. Aun si vencíamos, conservaría esa fuerza por siempre, con tal de nunca más sentirme inútil e incapaz de hacer algo. Mi paso en esta vida no sería en vano, no pasaría inadvertido. Lograría cada meta por las que estaba esforzándome. Estaba lleno de ambiciones y vanidad. No había cabida para otros sentimientos dentro de mí.
Cuando me repuse lo suficiente, decidí darme un paseo por el castillo. Pronto iban a dar el llamado para asistir a la cena y tenía que estar cerca del edificio si no quería perderme un puesto. Tenía hambre y, para que el tiempo transcurriese rápido, terminé caminando de un lado a otro, hasta que me decidí por subir a la superficie del castillo.
Al llegar a la cúspide, me encontré con un cuerpo familiar. Cabello dorado, de espaldas echando un vistazo al horizonte.
Armin estaba en el mirador del castillo. Estaba sentado en un cuadrado de las almenas, contemplando el cielo. Me acerqué con cautela para no asustarlo. Pensé en hacerle compañía un momento antes de cenar. No se podía desperdiciar una buena conversación con Armin. Tomé lugar en el cuadrado siguiente a su lado. Dejé caer el cuerpo con pesadez y confianza. Se necesitaba desde ese punto, ya que mirar al suelo era vértigo seguro. Podríamos desequilibrarnos y caer en cualquier momento, sin embargo, la vista desde ahí valía la pena.
—Hola —dije, rompiendo el silencio. Miré a Armin de soslayo. Parecía concentrado en ver las estrellas. No estaba prestándome mucha atención.
Volví la vista al paisaje. Las copas de los árboles formaban una mancha verdosa espesa, comenzaba a oscurecerse ya.
Había bastante silencio ese día, todo parecía estar muy tranquilo. Daba un poco de miedo verlo de esa forma. Nunca estábamos quietos del todo, pero había que aprovechar las pequeñas oportunidades.
—Es increíble, un poco, cómo llegamos aquí —le comenté a Armin, mientras miraba todo a mi alrededor. El castillo, la naturaleza, y algunos soldados que venían entrando por el camino principal. Se veían minúsculos desde ahí.
—Sí —murmuró. Pensé que no iba a contestarme, parecía distraído—. ¿Cuántas cosas hemos vivido en tan poco tiempo? —estaba bastante contrariado. Armin no solía tener ese aspecto y me inquietó un poco.
—Armin… ¿sucede algo? —indagué con cuidado y con el debido respeto que le tenía. Pero también quería hacerle saber que podía contar conmigo. Era mi amigo.
Estiró los hombros, acomodándose. Probablemente, iba a hablar, pero era algo complicado y extenso. Lo leí en su expresión. Traía la capa puesta y se arropó más. Una brisa gélida había comenzado a soplar.
—Todo ha cambiado. Intento acostumbrarme a todo lo que nos rodea ahora —asintió con una sonrisa, pero llena de angustia, adolorida.
Entendía sus sentimientos. Crecimos juntos, nos conocíamos de pequeños y ahora éramos soldados. Habíamos visto muerte, sangre, sufrimiento, las más sádicas imágenes que alguien pudiese imaginar, y aun así teníamos fuerzas para levantarnos cada día y volver a batallar. La vida cambia y nunca se sabe cuándo ni por qué. Yo también me replanteaba ese aspecto cuando podía.
—Todo va a estar bien, mientras nos mantengamos luchando —le respondí, con convicción, intentando entregarle mayor seguridad. No se veía bien.
—Eso lo entiendo —aseguró, meneando la cabeza—, pero, Eren… no piensas en otra cosa, ¿no es así? —giró para mirarme con expresión confusa.
—¿A qué te refieres? —enarqué una ceja sin entender muy bien a dónde quería llegar.
—Está bien que luchemos, nunca hemos dejado de hacerlo. Pero ¿alguna vez te has sentado a pensar sobre tu vida? —indagó, mirándome extrañado como si yo fuese un bicho raro.
—No —recordé los momentos en que filosofaba sobre la vida, y la verdad no tenía otro recuerdo excepto la guerra y los titanes. No era como si tuviésemos mucho tiempo para pensar en nosotros—. No hay cabida para esas cosas —me encogí de hombros.
—Entiendo —hizo una mueca y siguió mirando al cielo.
Parecía estarle restando importancia a mis palabras, como si le resbalaran. Algo estaba ocurriendo, y no iba a quedarme con la duda.
—Armin… ¿Hay algo de lo que quieras hablar? —escruté su rostro, tratando de leer su expresión.
Si bien no podía jactarme de perceptivo, pude darme cuenta de que algo no andaba bien. No recordaba haber tenido una conversación así de tajante con él.
Sentí que justo había dado en el blanco cuando volteó a mirarme con grandes ojos. Pensó unos segundos antes de dirigirme la palabra. Parecía estar convenciéndose de que lo que iba a hacer era lo correcto. Me preparé mentalmente para cualquier cosa que tuviese que decirme.
—Eren… discutiste con Mikasa —soltó sin más.
Así que era eso. ¿Por qué estaba molesto entonces? Después de todo, discutir con ella se estaba volviendo cada vez más frecuente y rutinario. Pronto iba a empezar a pasar por alto cada nuevo encuentro, hasta restarles importancia, finalmente.
—Ah, sí —dije, incómodo—. Pero no es algo que te concierna, Armin. No vamos a enojarnos contigo.
—Somos todo lo que tenemos en esta vida —habló con melancolía—. Deberíamos estar más unidos.
Sabía que algo andaba mal, pero no me esperaba eso. ¿Por qué justo ahora? Me irrité tras recordar lo que había sucedido, y aquella ira que parecía haber desaparecido en el mismo momento en que me había alejado de ella, volvió a aparecer, anudándose en la boca de mi estómago.
—Ella es quién se está distanciando —mascullé, fastidiado.
—¿Por qué siempre es culpa de ella? ¿Cuándo vas a enfrentarlo tú? —me regañó.
—¿Ah? ¿Acaso también estás en mi contra? —amonesté, marcando el tono de voz.
Armin no tenía la culpa, pero me estaba sacando de quicio también.
—Dime, ¿cuándo te has planteado si algún error ha sido tuyo? —dijo, bastante serio—. Mikasa es mi amiga también. ¿Qué de malo tiene que quiera defenderla?
—No es eso —me aclaré la garganta al darme cuenta de que se me estaba pasando la mano. Bajé el rostro mirando hacia el vacío bajo mis pies.
—¿Entonces? —me habló con cierta esperanza escondida en su tono.
Respiré profundamente varias veces antes de seguir. Tenía que poner las ideas en orden en mi cabeza antes de hablar y empeorarlo todo. No era algo que me fuera fácil de comunicar.
—Ella no entiende las cosas como las veo yo —dije con calma, intentando sostener aquel ritmo de respiración continuo—. La regañé porque es muy sentimentalista y está sobre mí todo el tiempo. Me irrita. No estamos en casa, ya no es lo mismo. Trabajamos por el bien de la humanidad, no es tiempo de ponerse emotivos —fruncí el entrecejo con fuerza—. Quiero protegerla, Armin. Que mis palabras no queden como una promesa que lance al aire, guiado por la furia. Con ella a mi lado todo el tiempo, no me veo más que como un inútil.
—¿Solo es orgullo? —se quejó, fastidiado por la idea.
—La aíslo para no mezclar las cosas —repuse.
—¿Y a eso le sumas la arrogancia? —me increpó, molesto.
No entendí por qué le fastidiaba tanto. El asunto no era con él.
—Armin, ¿qué dices? —me estaba aburriendo—. ¡La discusión no es contigo!
—¡Lo sé! —afirmó en voz alta—. Pero la he visto sufrir tantas veces…
Un respiro ahogado me hizo detenerme en ese punto. Callé varios minutos antes de decir algo. Ese comentario provocó un dolor en mi estómago. ¿Sufrir? Pensé que solo se trataba de las discusiones, pero el sufrimiento comprometía una responsabilidad mayor. Yo no quería dañarla, solo quería que no fuese tan consentida con el tema familiar. Éramos soldados ahora.
—Eres todo para Mikasa, Eren —prosiguió Armin, con tranquilidad y con una voz muy triste—. Eres todo. ¿Acaso no te has dado cuenta?
«Basta», pensé.
Había apretado los ojos luego de oír sus palabras. No quería asumirlo. No quería enfrentar aquello. Los sentimientos eran innecesarios en un mundo cruel y hostil. Nos hallábamos rodeados de mierda, no podíamos dejarnos llevar por nada tan trivial. No podía enfrentarme a eso. Dudé unos segundos, quieto en mi lugar sin saber qué responder. No debería haber venido. Eso pensaba, eso no estaba saliendo como yo lo quería. No sabía que Armin quería increparme por eso.
Cuando la conversación comenzó, pensamientos confusos se cruzaron en mi mente, entorpeciéndome, y aquello me irritó bastante. Siempre mantenía la cordura y la determinación para enfrentar los desafíos de la vida, pero el encuentro con Armin me tenía cuestionándome internamente. Y eso me resultaba denigrante.
Sin embargo, había algo que no podía negar y que salió de mí sin que pudiese detenerlo:
—Ella también es todo lo que tengo —confesé sin mayor introducción, casi con arrebato—. ¿Por qué estamos hablando de esto? —traté de esquivar el tema, arrepintiéndome al segundo. Era vergonzoso, absurdo hablar así. Pasé mi mano por mi rostro, secando el sudor que había comenzado a escurrir.
—¿Alguna vez se lo has dicho? —me dijo Armin, casi amenazante. Parecía estar ignorando mi actitud, concentrándose de lleno en el tópico de la conversación. Se lo había tomado muy en serio.
—¡Armin! —reproché, sin más herramientas para evadirlo.
—Ese es el problema, Eren. No vale solo sentirlo, si no llega a la otra persona —esa última frase me clavó seca como un puñal.
Intenté controlar mi respiración que había aumentado al igual que mi pulso. ¿Por qué me ponía de ese modo al hablar de Mikasa? Peor aún, todas esas mierdas que estaba confesándole a Armin, ¿por qué no podía decírselas a ella? Por eso no me gustaba pensar en esas cosas, eran confusas, innecesarias y entorpecían mi camino. No necesitaba de eso. Solo quería luchar y ganar. No necesitaba el sentimentalismo. No lo quería.
—Ya se lo diré —solté con torpeza, tratando de que el tema finalizara ahí.
No quería hablar más de eso. Aunque fuese mentira y nunca fuese a decirle ni una palabra a Mikasa, intenté contentar a Armin con eso para no darle más vueltas al asunto.
Armin meneó la cabeza, negando, como si estuviese perdiendo la paciencia conmigo. Lo observé con la boca abierta, luego de esa actitud, y entonces me dijo:
—Cuando su silencio apremie y los días se hayan terminado, cuando la luz de su vida exhale y el amor que siente por ti muera en sus ojos, solo ahí te darás cuenta lo que ella significa para ti.
Su voz fue fúnebre. Me dio escalofríos, y no tanto por el tono, sino por el contenido de sus palabras. Me dejó congelado en mi lugar. Fue difícil retomar el hilo.
—¿Sabes?, yo…
—¿Cuánto más, Eren? —me interrumpió—. Recuerda que estamos en el fin de los tiempos. No sabemos cuál será el último día que nos veamos. ¿Has pensado en eso? ¿Cuál será la última expedición? Piensa en ello. Un día en que llegue un superior con la capa de Mikasa y te diga que tu «hermana» ha fallecido en el campo de batalla o, peor aún, que tú mismo la veas dejar de existir… Dime, Eren, ¿no te arrepentirás, en ese momento, de no habérselo dicho? —noté cómo su voz se quebró en ese punto.
—¡Armin! —se me subió la voz, a punto de gritar, y de nuevo apretaba los ojos con más fuerza, intentando borrar esas imágenes—. ¡Basta! ¿Por qué estás diciendo esto?
—Porque creo que necesitas cambiar tu actitud —se quejó—. Eres fuerte y listo, pero plano de sentimientos, Eren. ¿De qué sirve luchar tanto si no tienes un sueño para después?
—Sí tengo —le llevé la contra, inútilmente.
—Enuméralos.
—Bueno… —berreé, sin esbozar palabra alguna.
—Entiendo —me ignoró, al ver que no fui capaz de decir nada—. Todos perdimos a nuestros familiares. Tú, yo, Mikasa. Pero ella lo perdió todo dos veces —hizo énfasis en esa parte—. Solo entiéndela. Si tú mueres, sería la tercera vez, ¿no crees que es muy doloroso para ella?
Estaba perplejo. Armin nunca me había hablado así. ¿Tal mal estaba Mikasa? Porque él no solía entrometerse en nuestros asuntos. Sabía que se los tomaba como las típicas peleas de hermanos y, cuando ocurrían, si no blanqueaba los ojos, acompañaba con un comentario para romper la tensión. Pero ahora sí estaba realmente molesto, plantándome cara sin darme tregua, diciendo cosas hirientes y que él sabía que iban a incomodarme.
Suspiré, apretando los puños que tenía sobre los muslos, con fuerza, y tratando de entender todo lo que estaba pasando. Estaba confundido y ofuscado.
—Yo no moriré, Armin —gruñí. No tenía más para decir.
—Lo sé —asintió, presionando sus labios—. Pero aun así, para ella es demasiado tarde… —su voz se fue apagando de a poco—. O tal vez no.
—¿Cómo? —me preocupé, no entendí a qué se refería. ¿Mikasa iba a morir? Jamás. Ella no sería capaz de quitarse la vida.
—Mikasa es más independiente ahora, ¿no? —me dijo, dejándome más confundido que antes. No estábamos hablando de lo mismo.
—Supongo que sí —dije al azar.
—De seguro, alguien más va a hacerla feliz —sonrió para sí mismo.
Y nunca antes había ocurrido, porque nunca me lo había planteado, pero oír aquello me hizo hervir la sangre, y el orgullo se asentó en mi estómago, dándome un apretón firme. Miré a Armin con el entrecejo fruncido por estar diciéndome tantas cosas vejatorias, pero relajé mi semblante. No iba a terminar pelándome con él también.
—Bien por ella —comenté, sin mayor interés.
—¿Vas a dejarla ir? —indagó Armin.
Apreté la mandíbula, sin poder darle respuesta. Si lo pensaba, no podía obligarla a nada, además, yo ni siquiera estaba seguro de lo que estaba sintiendo en ese momento. Pero el sentimiento repulsivo de esa idea en la que la veía con alguien más, tampoco me había dejado.
Sin embargo, algo más era preocupante. El hecho de que no fuese una simple idea.
—¿Tú sabes algo? —llegué a la conclusión de que Armin tenía conocimientos de algún hecho.
Debía existir una razón por la que estábamos sosteniendo aquella conversación. Él no daba puntada sin hilo, sus palabras siempre tenían una raíz y un propósito. Aquel punto sensible de tocar había emergido repentinamente, cuando nunca antes se había destapado.
—No —negó con seriedad. Parecía estar bien convencido de su diálogo. No se inmutó ni un solo segundo. Pensé que era el momento perfecto para terminar la conversación. ¿Para qué seguir? Yo ni siquiera estaba interesado en hacerlo.
Preferí retirarme del lugar para tomarme un respiro, estar solo y volver a mi cordura. No necesitaba plantearme esas nimiedades, después de todo, las cosas fluían con el tiempo, y cualquier cosa que hubiésemos comentado, sería verificable en un futuro.
Me giré sobre mi cuerpo, para deslizarme por la almena y caer en el suelo firme. Me quedé de pie unos segundos, pensando si era necesario añadir algo más, pero llegué a la conclusión de que ya había sido suficiente.
—Buenas noches, Armin —hablé con parsimonia—. Mañana hay bastante que hacer.
—Sí.
Se quedó en la misma posición en la que había estado cuando llegué. Su respuesta fue dicha en tono neutro y no añadió nada más luego de eso.
Conforme con ello, opté por avanzar por el pasillo en dirección a las escaleras. Quería bajar rápido, desaparecerme de ahí y llegar a los comedores, aunque hasta el hambre que había sentido parecía haberse espantado luego de aquella charla tan perturbadora.
Esa noche, Mikasa no fue a cenar. No sé si por algo que haya tenido que ver conmigo, pero fuese lo que fuese, consiguió hacerme sentir irremediablemente mal.
Me quedé el tiempo de sobremesa viendo el plato lleno que había sobrado y que le pertenecía.
Desperté con un dolor de cabeza fuerte, similar al que brota luego de llorar. Pero no había llorado, al menos, no recordaba haberlo hecho. Podía ser tal vez el olor asfixiante del calabozo en el que tenía que dormir. Humedad y encierro. Estaba lejos de ser un lugar en el que se pudiese concebir el sueño, pero me había terminado acostumbrando. No era como si tuviese acceso a un libro de reclamos. Eso era todo lo que tenía y no me quedaba más que aceptarlo.
Aunque hubiese despertado pensando en el dolor de cabeza y en cuán agotado me sentía luego de los ejercicios del día anterior, algo más ganó cabida en mi mente. Algo de lo que no me había podido desligar.
Mikasa.
¿Por qué tenía que pasar algo como eso en un momento tan poco apropiado? Teníamos tantos problemas con los titanes, con el permiso de la nueva exploración, con el plan de entrenamiento. Todos los días trabajábamos arduamente para cumplir a cabalidad con los objetivos y proponernos nuevas metas. Nuestro blanco era la victoria, el esfuerzo y los medios a los que teníamos que recurrir para conseguirla. En eso había estado inmerso todo el tiempo, en mi orgullo y mis ansias por destruir a todos los titanes. Tenía que cumplir con mi palabra y no me detenía por nada ni nadie.
El día anterior, había tenido aquel percance al encontrarme con Armin. Lo describiría como un encuentro desafortunado, porque no podía ser otra cosa. No me molestaba el hecho de que Armin se hubiese tomado las molestias. En el fondo, entendía que quería defender a Mikasa.
Defender.
Yo no era un tirano. Sinceramente, si lo meditaba, yo no había hecho nada en contra de Mikasa. Nada con algún fin de provocarle daño o congoja. Solo me esforzaba por ser objetivo y responsable con mi trabajo. ¿No le parecería a ella molesto si yo estuviese encima de ella todo el tiempo? Cualquier persona en su sano juicio se vería incomodada frente a una situación de ese tipo.
Mierda. Mi cabeza.
El dolor se ciñó, dándome clavadas desde la parte trasera hasta la frontal. Realmente, el tema no me tenía muy contento. No era algo a lo que antes le hubiese dado espacio. Sin embargo, no se trataba de que no tuviese sangre en las venas. Ella significaba mucho para mí, solo que yo no demostraba mis afectos con nadie. Pero sabía que Armin había tenido en gran parte la razón. Nunca antes había pensado en la terrible idea de perderla en una expedición. Estaba tan convencido de que nunca ningún otro cercano iba a morir por mi debilidad, que la idea de la muerte de Mikasa o, incluso, de Armin, no existía.
Por otro lado, si a Mikasa la preocupaba tanto el tema, pensé que sería una buena idea comunicarme con ella. Conversar las cosas y llegar a un consenso. No podíamos estar enojados toda la vida. Éramos «familia» de cierto modo, y como ella siempre solía decir.
Al poco rato de despertar, la mayor Hange fue a mis aposentos para dejarme salir. Tomé un baño y me sumé al desayuno un poco tarde a lo que normalmente frecuentaba. Tampoco vi a Mikasa en ese entonces y me preocupé por eso. Los demás parecían pasarlo por alto, ya que, últimamente, ella había comenzado a ausentarse en algunas horas, sobre todo en las de la comida.
Decidí que lo mejor era aclarar las cosas cuanto antes. No me parecía responsable de su parte estar tomando decisiones llevadas a cabo por los sentimientos. Mikasa tenía que entrar en razón, su egoísmo cruzaba los límites. No podía continuar dejándose llevar. Enfrentábamos la extinción de la humanidad.
Luego de desayunar, caminé en dirección hasta su cuarto. Maldije diversas veces por no pensar algo congruente en el camino, algo de peso que decirle. No me había preparado en lo absoluto, pero iba decidido a hablar con ella. A mi mente solo venían imágenes rápidas y confusas, pero nada convincente, nada realmente importante. No tenía material para una conversación, pero, por primera vez y aunque un poco reacio en primera instancia, decidí valerme de lo que sentía por ella, y ese sería mi único argumento.
Caminé por el pasillo con tranquilidad, sin agitarme demasiado. Tenía que ser una conversación plena y común. Nada que llamara mucho la atención, ni causara revuelo. Tampoco nada que terminase empeorándolo. Tenía que alcanzar el poder divino de comunicarme con ella sin discutir. Podía hacerlo. Esta vez, mis intenciones eran las mejores.
Cuando estaba a pocos pasos de llegar, vi a Mikasa salir de su cuarto, arreglándose la chaqueta del uniforme. En ese momento, en que sacudió la prenda, un pequeño trozo de papel se resbaló, zigzagueando hasta tocar el piso.
Me quedé de pie, en silencio, observando su figura desaparecer por el pasillo en dirección contraria a la mía. No se percató de mi presencia. Parecía estar ensimismada y llevar mucha prisa.
Me acerqué hasta el papel y lo cogí con cautela. No sabía de qué se trataba, pero no estaba bien leerlo. Si era algo privado, tenía que devolvérselo cuanto antes. Sin embargo, la curiosidad me detuvo allí, sin permitirme avanzar. Algo me dijo que tenía que abrir el papel y leerlo. Algo similar a un presentimiento.
Abrí el papel con cuidado, intentando no romperlo y lo que leí me fue tan confuso como impactante.
Era una carta de amor, firmada por ella. No tenía destinatario y, por supuesto, no era tan imbécil como para no saber que no estaba dirigida a mí. Volví a doblar el papel con la misma sutileza que lo había abierto, y me quedé en mi lugar sin saber qué hacer. Lo escondí dentro de mi uniforme, asegurándome de que no fuese a caérseme también.
Si antes estaba confundido, ahora no tenía ni fuerzas para asemejar lo que había sucedido. La misma sensación que había experimentado con las palabras de Armin, ahora me atormentaba elevado al infinito.
Presioné el tabique de mi nariz con fuerza y aunque estaba envuelto en una sensación amarga, no me arrepentí de haber encontrado aquella carta.
Entendí por qué nada podía considerarse una casualidad.
Levi
Desde aquel lado de la oficina de Hange, había una perfecta panorámica del terreno donde entrenaban los soldados. El alfeizar no era incómodo. Ella terminó decorándolo con varios cojines mullidos, especialmente para mí, porque sabía de mi afición por sentarme allí a mirar por la ventana.
A pesar de mis intentos por ser discreto y reservado con todos mis asuntos, desconozco por qué no hice esfuerzo alguno por ocultarle aquel secreto a ella. Aunque Hange me había visto hacerlo tantas veces ya, que terminé perdiéndole el interés a la privacidad. De todas formas, aquella era su oficina, y yo no era más que un jodido inquilino de medio tiempo. Sin embargo, Hange era el tipo de persona a la que todo le importa una mierda, a menos que tenga que ver con titanes, experimentos, ciencia y demás. Nunca se ha interesado por la vida de nadie, no tiene tiempo para ello, solo para suplir sus propios intereses. Excepto conmigo, con quien tiende a tener un trato especial. En ocasiones, su curiosidad me asfixiaba, pero con tantos años trabajando juntos, comencé a acostumbrarme e, incluso, a tenerle estima.
Y, a pesar de que Hange no indaga en vidas ajenas, usualmente, lo hacía con la mía. Sabía que lo hacía con el fin de fastidiarme, le gustaba sacarme de quicio.
—Algún día, esto te va a pasar la cuenta —me comentó, extrayéndome de mi ensimismamiento.
Volteé a mirarla con lentitud, digna de la sutileza de un depredador.
Estaba ocupada ordenando los reportes por fecha para guardarlos en la estantería, así que no notó mi expresión de disgusto.
Solía ignorar sus comentarios con frecuencia, sobre todo si tenían que ver con cosas personales, sin embargo, esto desclasificaría de la categoría de personal si seguía haciendo tan evidente el asunto.
Ella sabía que yo iba a su oficina a escapar de muchas cosas. La sala era fresca y pacífica, perfecta para pasar un rato sin mierda en la cabeza. Me resguardaba allí cuando el caos podía más conmigo. A ella no le molestaba en lo absoluto, porque yo jamás enunciaba palabras en esas condiciones. Aunque maldijera más del sesenta y cinco por cierto del tiempo y reclamara por todo, cuando me sumía en ese estado, simplemente, callaba.
Los días pasaban largos y tediosos en medio de todo el esfuerzo que significaba investigar el caso «titanes anormales: ágiles», e idear las nuevas estructuras de entrenamiento para que los mocosos hicieran las cosas bien. No tenía mucho espacio, ni tiempo libre para darme un respiro. Esos eran mis motivos para huir, si podía considerarse de esa forma, puesto que solo hacía uso de mi derecho a tener tiempo libre. Mas siempre prefería ocultarme por si algún subordinado tenía la inepta idea de cruzarse en mi camino con algún mensajito a media tarde.
Sabía que Hange jamás iba a estar en contra, ni menos iba a decirle a alguien donde me encontraba. De todas formas, era ella quien siempre me obligaba a tomar hierbajos y aguas insípidas para conciliar el sueño o mantener la calma.
Pero, si tanto me quejaba de que Hange no fuese mi mejor opción, ¿por qué tenía que esconderme en su oficina? Lo mencioné antes. Su alfeizar tiene la mejor panorámica, y es que desde hace tiempo que no hay nada que me distraiga más que esto.
Su cabello ha crecido últimamente desde la última vez que se lo cortó. Esperaba ansiosamente que lo dejase así. Su cabello tiene una naturaleza única, tiene más vida que cualquier otro que haya visto antes. Pero eso no es lo único que retiene mi atención. Ella misma tiene un aura distinta. Acapara las miradas. Yo soy un espectador más. Indebido, escondido en un ventanal, solía observarla todo el tiempo. Cada movimiento, su expresión de hastío, de no importarle nada, sus capacidades incuestionables, su fuerza, su convicción. Ella tenía una mirada amedrentadora que a mí no me provocaba otra cosa más que curiosidad.
Trote. Cuarenta minutos para calentar. Esa fue la orden, y ella la acató a la perfección. Su pose se mantenía erguida. Sus contorneadas piernas largas y firmes la hacían correr, el trote era algo entorpecedor para ella. Llevaba tiempo ejercitándose, pero parecía no cansarse. Parecía como si pudiese seguir así por muchas horas.
Mis ojos no se despegaban de ella. Verla me tranquilizaba, me relajaba. Era perfecta, y no de una manera superficial. Ciertamente, era preciosa. Su rostro exótico la hacía ser objeto de miradas, pero, para mí, su belleza se extendía más allá de lo que todos veían; lo vano, lo trivial. Ella era mucho más que todo eso.
«Siempre me han gustado los desafíos y ella es imposible», pensaba, mientras mis ojos delineaban cada tramo de su anatomía.
«Eso me encanta».
—Sí, ya lo sé —escuché a Hange distraerme de nuevo.
Otro día más, de nuevo en su oficina. Maldije internamente por pensar en voz alta. Chasqueé la lengua, molesto.
—Mantente fuera de esto —la contuve de seguir entrometiéndose. No lo necesitaba.
—Oh, lo siento —sonrió, rascándose la cabeza—. Desde que la viste por primera vez, la observas de este modo. Pensé que tenías asumido que yo lo sabía —traté de ignorarla, volviendo mi vista hacia la ventana, pero mi objeto de distracción se había ido—. ¿Sabes, Levi? Nunca antes te había visto interesado por alguien… no tan intensamente, al menos. Solo que esto lleva tanto tiempo. No lo sé, deberías… —se contuvo de decir algo más, a la vez que meneaba la cabeza indicando lo obvio. Yo sabía a qué se refería, también me lo cuestionaba.
Pero no podía.
Siempre había creído que tenía la suficiente determinación para tomar decisiones, pero en aquel entonces no tenía ni la más remota idea de lo que estaba haciendo. Me sentía torpe e incapaz de acercarme a ella, aun cuando había tantas cosas que quería decirle, mas no podía. La necesitaba. Lo sabía porque aparecía en mis sueños, en aquellas noches discontinuas en las que conseguía pegar pestaña; podía verla en mi subconsciente, podía decirle lo que sentía por ella, podía sostenerla entre mis brazos y era tan real.
Solté un puñetazo fuerte contra la madera del alfeizar por las repulsivas sensaciones de mierda que tenía últimamente. Me irritaba.
Las veces que no me encontraba en la oficina de Hange o en la mía, me retiraba a mi habitación. También pasaba tiempo libre ahí, si es que no decidía ir a cabalgar a cualquier lugar con tal de no explotar.
Estudiaba, trataba de mantener la mente ocupada, esquematizando estrategias y tácticas. Usualmente, mi escritorio quedaba cubierto de hojas rayadas, otras arrugadas que no tuvieron éxito. Pero, en medio de mi trabajo, escenas fugaces se filtraban, desconcentrándome de mi labor. La cabeza de Isabel, la mitad del cuerpo de Farlan. Siempre era así.
Con el paso de los años y la costumbre de tener siempre las mismas pesadillas, comencé a asumir que nunca iba a olvidar nada y que tendría que vivir de esa forma tan lastimera hasta que el tiempo dictaminase. Sin embargo, no podía pasar por alto las mejoras considerables del último año, y eso a causa del cuidado insistente de la loca cuatro ojos y las absurdas ideas que a Erwin se le metían en la cabeza.
Empero, lo odiaba. Odiaba que supieran más de mí que yo mismo, que me… atendieran. Pensar en eso era una mierda frustrante, una imbecilidad. Y con eso y todo, prefería obedecer antes que negarme, todo con tal de no pasar más noches en vela.
Al ahondar en aquel recuerdo, vinieron a mí imágenes de los primeros años que estuve con ellos. A penas había transcurrido una mísera cantidad de tiempo del accidente que sufrieron Farlan e Isabel, pero tenía que estar en pie con la mejor cara que podía, (si es que tenía).
Era una tortura. Todas las noches sufría de crisis de pánico. Ni yo entendía qué puñetera mierda era eso. Nunca me había pasado, nunca había conocido a alguien que la tuviera, era algo completamente nuevo para mí y, por cierto, muy agobiante.
La primera noche que sucedió fue a una semana de la tragedia. Aún no tenía un rango dentro de la Legión, y seguía durmiendo en la habitación que me habían entregado para compartir con Farlan. Me resguardaba allí, luego de trabajar enérgicamente durante el día, y me saltaba la cena, porque mágicamente a mi cuerpo le causaba náuseas comer a esa hora. Era como si el maldito recordase justo a la hora de la cena los miembros regados por el suelo, la sangre, las vísceras.
Esa noche desperté agitado, afiebrado. El pecho se me había apretado hasta dolerme. Era una clavada aguda que me contraía todos los músculos del tórax. La oscuridad tétrica de la solitaria habitación no ayudaba en nada. Solo me hacía sentir dentro de un abismo infernal. Recuerdo cómo intenté ponerme de pie, dificultosamente, trastabillando hasta la puerta para salir en busca de ayuda. Las manos me temblaban y no podía sostener con fuerza el condenado picaporte. No podía hablar.
Luego de varios intentos fallidos, logré abrir la puerta y avanzar por el pasillo. Mantuve mi cuerpo pegado a la pared para deslizarme con mayor facilidad y no terminar estampado de cara al suelo. Sabía que, al final del pasillo, había una pequeña bodega con baldes y escobas. Vagué confundido, sintiendo la atmósfera casi surreal, y di con la puerta de la bodega. El mareo me había provocado ganas de vomitar y no tenía acceso a ningún baño cercano. Tampoco pensaba regar el pasillo con el almuerzo que al parecer no había digerido.
En cuanto abrí la puerta, mis piernas fallaron logrando que me diera contra el suelo, duramente. Sin embargo, no todo fue tan malo en ese momento. El cuidador de turno, subordinado de Erwin, me encontró tirado mientras realizaba su guardia.
—¡Soldado! —gritó con histeria. Corrió para llegar a mi lado y trató de moverme, pero, en ese momento, mi único objetivo era el maldito balde, mientras me concentraba para no desembuchar antes de tiempo—. ¿Se encuentra bien? —indagó, mirándome aterrado. «De mil maravillas», pensé. No podía responder. Negué con la cabeza, mientras mis brazos intentaban alcanzar el objeto frente a mí—. Iré por ayuda— intentó animarme.
Cuando el balde estuvo en mi poder, ya no tenía fuerzas para contenerme. Vacié mi estómago con una fuerza sacada del mismo infierno. Por un momento, creí que vería mis tripas en el recipiente. La puta suerte no estuvo conmigo ese día, y me resbalé debido a un mareo causado por la falta de energías, y el contenido se desparramó el suelo de todas formas.
La maldita manía por la limpieza entró en acción, empeorándolo todo y llevando la crisis al límite. Sentí que me iba a dar un infarto en cualquier momento. El asco provocó más arcadas que no liberaron nada a causa del ahogo y el tracto sufriendo una contractura.
Al poco rato, Hange venía corriendo, con el tipo siguiéndola a sus espaldas.
—¡Levi! —chilló, armando un escándalo enorme—. ¡Ve a buscar a Erwin! —mandó al soldado, mientras ella se incorporaba a mi lado e intentaba sostenerme entre sus brazos.
La escena no podía ser más asquerosa, con Hange pasando por alto todos los fluidos. Y no me esperaba que alguien como ella tuviese escrúpulos, pero, en ese entonces, no la conocía lo suficiente y esperaba un mínimo de recato de su parte, pero no. Tal vez, la urgencia no se lo permitió. No pensó en nada más, excepto en el idiota que estaba en el suelo ahogándose a causa de jodida crisis.
Hange sacó de sus ropajes una pequeña botella que tenía por tapa un gotero. En medio de las convulsiones hostigosas que me atormentaban, vi el objeto con desconfianza y abrí los ojos aterrado por lo que pudiese contener.
—Tranquilo —me habló con voz oscura—. Esto ayudará.
Abrió el frasco y me tomó con fuerza, limpiándome los labios con la manga de su camisa, apretándome, sabiendo que yo iba a resistirme y me dio a beber el líquido. Era espeso y de un dulzor empalagoso. Mientras me sostenía con ímpetu, posicionó su mano sobre mi boca y sacudió mi cabeza con suavidad, obligándome a pasar el contenido, lo que me costó demasiado, porque el ahogo causado por la presión era tan grande que no podía efectuar el gesto de tragar.
Sin contar lo repulsivo que era que me hubiese suministrado aquel remedio de esa forma, habiendo yo vaciado mi humanidad minutos antes, entendí que había sido necesario. Y, aunque siempre he creído que Hange es rara y repugnante, el hecho de que ella no se haya visto asqueada fue lo que me salvó en ese momento.
Cuando terminó, cerró el frasco, y un poco incómoda por la posición, se arrastró, sin soltarme, alejándonos de la posa que había en el suelo.
—Intenta calmarte —dijo con una voz bastante maternal. Sentí ganas de golpearla. De haber podido, lo hubiese hecho—. Unos minutos más y la pesadilla habrá pasado.
Y no se había equivocado. Poco a poco, acorde transcurría el tiempo, pude respirar. El primer indicio fue que pude toser. Me ayudó apoyando sus manos en mi espalda para que pudiese levantarme y no agarrotarme de nuevo.
—¡Woah! Lo logramos, Levi —celebró la loca, alzando sus manos al aire con fervor.
La ignoré por completo. Yo no tenía nada que celebrar.
Cuando logré sentarme y controlar mi respiración, alcé un poco la vista y vi a Erwin de pie observando toda la escena. A su lado, el soldado parecía impactado, mientras se cubría la nariz con la mano.
—Mayor Hange, salga de ahí —la reprendió el subordinado sin moverse de su lugar.
—Está todo bien. Fue una crisis de pánico —esa fue la primera vez que la oí decir aquello.
Y la manera en que lo entendí, me hizo sentir demasiado miserable.
—Vas a limpiar este lugar y el desastre que ocasionaste. Aquí huele a rayos —Erwin me miró despectivamente y volteó para desaparecer del lugar, con su subordinado siguiéndolo.
Me quedé en donde estaba, sin poder moverme. Aunque la maldita cosa ya tuviera nombre, yo no podía entender por qué me estaba sucediendo algo así. Preferí no profundizar más en el tema y obviar todo lo que había ocurrido. Di gracias porque nadie más se hubiese levantado a ver el espectáculo y, por supuesto, por la discreción que habían guardado los tres personajes que habían estado presentes. Ese evento jamás volvió a salir en ninguna conversación.
—Ah, Levi —dijo Hange, mientras me extendía el frasco que había utilizado—. Estas serán tus nuevas amigas desde ahora en adelante.
Y así fue.
Como resultado de aquel evento, terminé optando por alimentarme de pan sin base de manteca y té, durante mucho tiempo. Almorzaba papas cocidas y prefería saltarme las sopas y estofados. Pero, comúnmente, pasaba todo el día hidratándome con té, solo té.
Cuando ya llevaba tiempo dentro de la Legión, demostrando las insuperables capacidades que tenía, Erwin optó por otorgarme un rango de mayor importancia. Eso sumado a las incontables crisis que vinieron después. Por lo que me tenían en la mira constantemente.
Me obligaban a comer carne de ternera y queso para que no terminara perdiendo peso. Me ejercitaba día a día, hasta que al año logré incrementar mi musculatura. Se quejaban de que no habían invertido tanto tiempo, ni corrido riesgos para haberme encontrado y llevado con ellos, para permitirme desfallecer tan lastimeramente.
Junto con el ascenso a capitán, vino una nueva habitación, lo que ayudó bastante a controlar las crisis. Se encargaron de quitarme todo recuerdo posible de ese día. El potencial que yo tenía era fundamental para alcanzar la victoria. Definitivamente, tenía que ser yo. Y, entonces, me volví firme y rígido como una roca, invencible más aún y todo lo que existía de mi comenzó a morir lentamente. Decidí seguir a Erwin y no tener remordimientos por la decisión que había tomado. Sin embargo, la ansiedad ascendía en los días más duros, y yo luchaba por retenerla y no darle cabida.
Pero a veces sentía que solo bastaba una noche más, una crisis más para que todo se derrumbara. Así se sentía siempre, al límite del final. Engañándome con la utopía de un paraíso que ni siquiera conocía, engañándome con la alegría que jamás iba a experimentar. Me encontraba solo en un trono que me era propio dentro de mi desolación mental.
A estas alturas, ya había perdido la cuenta de cuántos años habían pasado. Sin arrepentimientos y consciente de que no tenía más oportunidades, había terminado perdiendo toda sensibilidad por las cosas. Estaba envuelto en una nube de morfina que todo el tiempo flotaba sobre mí, envolviéndome como una neblina que me invadía y me tenía cegado, inmune a cualquier emoción. Solía cubrirme con mi semblante apático y neutral. No podía ser de otra forma. Igualmente, mis sueños habían muerto antes de haber nacido. Todas las cosas buenas, la inocencia sobre todo, se habían perdido, por lo tanto, en conjunto también yo. Y aunque era fuerte todo el tiempo, también divagaba preguntándome donde pertenecía... Había pasado por tanto ya, que no recordaba cómo solía ser antes. O eso creía.
Hasta que la conocí.
«Se apellida Ackerman», pensé cuando leí su nombre en la lista de novatos que ingresaban a la Legión. Ya la había visto antes, en el juicio de Eren, y quería saber su nombre.
No entendía cómo había sucedido, pero su presencia me atraía de una manera inquietante. Como un imán. Al principio, no me pareció algo tan agradable, renegué un poco de las ideas que amenazaban con aparecer en mi mente, pero mientras más pasaba el tiempo, más enigmática y atrayente se volvió a mis ojos.
En medio de la miseria, la había encontrado. Pero como todas esas mierdas parecían estupideces a mis ojos, me ensamblaba en mi aspecto cotidiano, donde ningún sentimiento podía tocarme, y mi trato con ella no difería mucho del que tenía con el resto.
Cuando comencé a conocerla mejor, me di cuenta que ella estaba tan destrozada por dentro como yo. Con un pasado bastante oscuro, el que tal vez ella no quisiera recordar. Con eso entendí que no conseguiría nada acercándome. Ella no tendría ningún interés, era probable, y yo no podía ofrecerle nada excepto fantasmas. No podía prometerle nada, ni aventurarme en su vida, porque así como me encontraba, no iba a ser más que un estorbo. Pero como soy un idiota testarudo y terco, lo hice de todas formas.
Me acerqué a ella, después pasarme más de un año espiándola y soñando con ella. Aun cuando el mocoso titán era lo único que tenía su atención. Estaba consciente que lo quería más que a nada, y a pesar de ello, no desistí.
¿Por qué?
Otro día en el alfeizar.
Hace tiempo ya que entendí que no podía dar vuelta atrás. Había caído por ella, y hasta el momento no me arrepentía de nada. Sentía que había recuperado una esencia que creía perdida.
Para el resto, seguiría teniendo el mismo semblante estoico, el mismo desinterés de sus estupideces, la misma fuerza, seguiría siendo el mismo capitán Levi que todos conocían, aunque algo hubiese cambiado dentro de mí, mas ese era un secreto que no iba a permitirles arrebatarme.
Durante las noches, lograba dormir un par de horas y, aunque no fuese mucho, al menos lograba descansar. Si me desvelaba, me contentaba con recuerdos de lo que comenzábamos a vivir. Aún tenía la sensación de su boca, cálida, tierna, fresca. Aquel día en el bajo mundo, había sido como una sobredosis de morfina, así se sentía. Sin embargo, ella era más fuerte que cualquier sedante, mucho mejor y más adictiva.
En el momento en que la besé, justo ahí, una puta crisis de pánico me tenía atrapado. Agradecí que ella estuviese temblando para que no notase que yo estaba igual. Pero al sentir sus labios y concentrarme en la tarea, pude hacer que todos los pensamientos negativos se esfumasen como el humo de una fogata, dejándome solo con la sensación placentera de sentirla conmigo. Me reí de aquello. Me reí por primera vez en más de una década. Y ella me propinó un golpe, de seguro, creyó que me reía de ella, pero no era sí en lo absoluto. Era porque estaba feliz.
No sabía muy bien de qué iba todo, ni a dónde íbamos a llegar. No estaba seguro de lo que ella sentía, no me había dicho nada concreto, ni tampoco yo a ella. Teníamos un acuerdo de mutuo silencio y ni yo, que era el causante de aquello, sabía qué significa en verdad. Pero me era capaz de atreverme a todo con tal de sentirme vivo de nuevo.
Nunca se sabe cómo resultarán las cosas, por eso me había convencido siempre de tomar la decisión de la que me arrepintiese menos. Y, con total seguridad, estaba lejos de arrepentirme de eso.
Mikasa
La busqué incansablemente, por todos lados. Hurgué hasta en las esquinas más recónditas y los lugares más imposibles, pero no estaba. Removí cada frazada de la cama, sacudí los almohadones y los golpeé, agité las sábanas, hasta terminé sacando el colchón y pasando la escoba por debajo de la cama. Nada. No había nada. Sacudí toda la ropa, puse el cuarto de cabeza y no aparecía. Fue tanto, que terminé haciendo aseo integral, incluso ordené la cama de Sasha aunque no tuviese nada que ver. Revisé mi uniforme completo, cada dobladillo y bolsillo. De nuevo, nada.
La había perdido. ¿Cómo podía haber perdido algo tan importante? Me senté en la orilla de mi cama, soltando un suspiro y relajando mi postura. Ese pensamiento provocó una sensación de desesperación en mi interior, sobre todo porque la bendita carta estaba firmada con mi nombre. Si se me había caído en algún lugar, quien la encontrase sabría que era mía. Al menos, no decía a quién estaba dirigida.
¡Pero tenía mi nombre! ¡Mierda!
Tomé un cojín, envuelta en rabia, y lo arrojé con fuerza en dirección a la puerta. Lamentablemente, la víctima que resultó de eso fue Sasha. Apenas venía entrado y recibió el golpe como un proyectil.
Me alarmé de inmediato al verla con el rostro retraído a causa del golpazo, y me acerqué para tomarla de los hombros y sacudirla. No reaccionó muy bien. Me miraba confundida, aturdida y me preguntaba por qué había hecho eso. ¿Qué responderle? Mentí, diciéndole que, mientras intentaba sacudir el cojín, se me había resbalado de las manos.
A la hora de almuerzo, nos reunimos todos en el comedor. Nos sirvieron estofado de verduras.
Todos estábamos allí: Ymir, Christa, Jean, Connie, Sasha, Armin e, incluso, Eren. Pero estaba tan ensimismada con el asunto de la carta, que ni siquiera su presencia me fue de preocupación. No estaba interesada en él, ni en cómo me estuviese mirando. Sabía que él era la mancha oscura que ocupaba espacio al lado de Armin.
Me tenía preocupada el que alguien más fuese a encontrar la carta y que, tal vez, no fuese la persona indicada. Menos si quien la tenía se atrevía a divulgar el asunto cual chisme barato.
Me encontraba tan distraída, que no medí el calor de la comida y me aventé la primera cucharada de un sopetón. El calor me quemó, provocando un ardor intenso en mi boca. No pude maldecir hasta tragarme la comida, por lo que, en mi desesperación, terminé soltando un golpe en la mesa y deformando la cuchara.
Los chicos se quedaron viéndome curiosos y algo asustados. No entendían qué pasaba conmigo y tampoco iba a explicárselos. Cuando tragué finalmente me aclaré la garganta y les señalé que todo estaba bien.
Estúpida carta. A esas alturas era mejor darla por perdida.
Sin embargo, asumir que era probable que ya no la fuese a encontrar, no fue suficiente para apagar la ira en mi interior. Seguía tensa e irritada por no tener mayor cuidado con cosas de ese tipo. Tampoco estaba acostumbrada, era la primera vez que escribía una y ni siquiera iba a alcanzar a entregarla. ¡Qué torpe!
Salí al terreno al correr durante toda la tarde para ver si, de esa forma, podía liberarme de la rabia que sentía. Aumenté la velocidad muchas veces hasta que me dolieron las piernas. Di diversas vueltas, en distintas direcciones, de un lado a otro, en diagonal, siguiendo patrones curvos, saltando obstáculos, pero nada. Me terminé fastidiando.
No me sentía bien. Por culpa de eso, mi ánimo, que había ascendido tan milagrosamente, había terminado decayendo de nuevo. En parte, lo que más me dolía de haber perdido la carta era lo que allí estaba escrito, no iba a llegar a quien estaba destinado. Me había costado tanto soltar los sentimientos y ahora los había perdido. Me refiero, en el papel.
Las tardes comenzaba a ponerse más frías de lo normal, mas no traía puesta la chaqueta del uniforme. Estaba vestida solo con la camisa en la parte superior, pero traía conmigo la capa verdosa de nuestro uniforme, así que la deslicé sobre mis hombros.
Me sujeté el cabello en una coleta con un lazo que me había regalado Christa.
Nunca me había hecho una coleta. Eren me decía que me cortase el cabello para que no interviniese en la manipulación del equipo de maniobras. Pero cortármelo de nuevo significaba recordar sus órdenes y eso me fastidiaba. Así que había optado por recogerlo. Muchas reclutas lo hacían y no parecían tener mayores problemas.
No me molestaba mucho el frío, así que me abrí los botones de la camisa para permitirme sentir la brisa fresca en el cuello. En cuanto la tela se abrió, dejó al descubierto el colgante. Lo miré, un poco triste, pero ya tendría tiempo de hablar con su anterior dueño.
Di una caminata por los prados hasta llegar a la colina más alta que se veía desde el castillo. La hierba se mecía sedosa al compás con el viento. Era un día muy agradable.
Casi a la altura de la mitad de la colina, Levi estaba descansado, sentado con las piernas recogidas. Había dejado a su caballo pastando.
Sí. «Ya tendría tiempo de hablar con él», fui sarcástica en mis pensamientos.
Me acerqué a paso lento, bajando con cuidado hasta llegar a su lado. No me había visto venir, así que irrumpí el silencio para llamar su atención:
—¿Haces fotosíntesis? —bromeé, aunque sin un tono agradable.
Sonó bastante agrio y esas no eran mis intenciones.
Levi alzó la vista para verme, pero me ignoró y siguió con lo suyo.
Estaba muy serio. Yo sabía que no estaba bien desde hacía tiempo ya, pero lo que no sabía era sí existía alguna forma de revertir eso, de lograr que su ánimo mejorase, porque, aunque fuese un tirano insoportable, tenía sus días buenos y últimamente no andaba en ellos.
Y, por sobre todo, yo ya no lo pasaba por alto. Ahora me importaba.
—Si necesitas estar solo, entonces te dejo —comenté por lo bajo, decidiendo si irme o no, esperando su reacción.
—No —habló finalmente. Fue neutral—. Está bien.
Me senté a su lado en su misma posición, con las piernas recogidas, y observé el paisaje mientras sentía el viento fresco en el rostro. Ahora tenía la confianza de sentarme cerca de él. Enrollé mis brazos por debajo de mis muslos y me incliné un poco hacia delante.
Todo se veía tranquilo y bello desde ese lugar. La naturaleza brindaba paz en medio de esa realidad tan lóbrega. Entendí por qué Levi estaba allí. Estaba lejos del castillo y la vista era hermosa.
—Has estado trabajando mucho últimamente, ¿no es así? —comenté, intentando hacerlo hablar. Encerrarse no estaba bien, al menos no conmigo. O iba a recordarle nuestro mutuo acuerdo.
Soltó un mmm como respuesta, mientras seguía mirando hacia al frente. Parecía molesto. Era la primera vez, en todo ese tiempo, que me sentía así de inquieta estando cerca de él, sin aquella confianza de amigos, sino que frente al «capitán».
Él parecía tener la mente en otro lugar, como si ejecutara conversaciones mentales. Eso concluí cuando mencionó:
—Tanto esfuerzo para ir de mal en peor —estaba casi gruñendo—. Esta realidad es una mierda.
Sí, estaba molesto. Creí que pudo haber sido por el entrenamiento con Eren. Tal vez, no había salido como lo esperaban, pero, de ser así, ya me habría enterado, entonces ¿qué era? No lograba comprender qué le sucedía.
No quise contestar de inmediato sus palabras. Preferí darme un espacio antes de decir algo y que terminase arremetiendo conmigo.
—¿Para ti? ¿Para todos? —pregunté al rato, casi retóricamente. Si bien era cierto que nuestra realidad dejaba bastante que desear, no sabía en qué contexto lo había dicho él.
Tensó los músculos del rostro luego de oírme. No quería incomodarlo, pero así pareció ser de todos modos.
—Sí —bajó el rostro—, solo para mí —suspiró, relajando la postura. Me causó curiosidad esa actitud que traía consigo—. Lo siento —negó varias veces—, estaba pensando en otra cosa.
¿Qué otra cosa? Sabía que algo tenía que haber sucedido con Erwin o Hange tal vez, pero no se encontraba bien y no me decía nada tampoco. Así que, aunque fuese inútil, decidí decirle algo que pudiese arreglar la situación. Si su vida estaba tan mal, si no encontraba consuelo para sus quejas, entonces solo había algo que podía decirle.
—Levi, cuando creas que no hay salida, deja todo atrás. Puedes comenzar una vida de nuevo —solté con toda la confianza que me fue posible. Nunca le había dado un consejo a él. Siempre era al revés. Me tensé, pensando que tal vez lo había estropeado, que quizás estaba fuera de lugar, pero no.
Se quedó viéndome con grandes ojos y mirándome como si tratara de entender. No obtuve respuesta, porque apenas pudo moverse luego de mi comentario. Para darle mayor peso a mis palabras, añadí:
—Para mí fue así. Eso es algo que me enseñó Eren, y que no puedo negar aunque ahora esté molesta —me encogí de hombros—. Depende de ti ser fuerte y aceptar el poder darte una nueva oportunidad.
Cuando dije todo eso, mi cerebro trabajó a velocidad vertiginosa uniendo ideas y asimilando el momento. Nosotros éramos nuestra nueva oportunidad. Pude sentir cómo me sonrojaba y cuan insinuante había sonado el trasfondo de lo que había dicho.
Giré el rostro al paisaje, ignorando los nervios que surgieron opacando mi confidencia y optando por callarme y no decir nada más.
Levi permaneció con el entrecejo fruncido, mirando sus manos que descansaban sobre sus rodillas. Lo observé de reojo unos segundos. Tenía un perfil muy definido y sus pestañas tan espesas, siempre atraían mi vista hacía a ellas. Tenía los ojos un poco entrecerrados. A las personas de ojos claros les molestan los reflejos luminosos, y los suyos eran azules.
Se veía un poco más tranquilo, después de todo.
¿Qué debería hacer? ¿Qué más debería decirle?
Recordé la carta y las palabras llenas de sentimiento que estaban grabadas ahí.
No le había dicho a Levi lo que pasaba por mi mente. Si bien le había dicho que había aceptado el reto de acercarme a él, no había confirmado ningún compromiso. Eso debía molestarle también, ¿no? Para ello había puesto todo mi empeño en transcribir mis emociones, como nunca había hecho. Le había escrito una carta. ¡Y no la tenía!
Pero eso no era impedimento para confesarle aquello que estaba sucediéndome con él. Me estaba excusando, porque recordaba al pie de la letra cada línea, el enunciado completo y podría recitarlo como poesía. Decirle ahora, en este instante todo lo que pensaba, ¿ayudaría en algo?
Tal vez, solo era una idea mía. Qué tonto creer que él se la pasaba pensando en mí. Estaba dejándome llevar por ideas ingenuas, aquellas que venían con la esperanza de que algo suficientemente bueno aguardaba por mí.
Eso no pasaba en la vida real.
«Pero ¿por qué no?», insistía mi conciencia. «¡Vamos! Con valentía de Mikasa: Levi, ¡sí a todo!».
Nada. No funcionaba. Tomaba impulso para hablar, pero retenía la respiración, conteniéndome de inmediato. Me estaba torturando con eso. ¿Acaso era el orgullo? ¿Qué era tan difícil de admitir?
«Lo siento, Levi», pensé. «No soy el tipo de persona que va gritando sus sentimientos al aire».
Yo no era de esa forma. No podía llegar y plantarme, comenzar a hablar sin que nadie consiguiese detenerme. Pero no era el caso, no tenía que dar un gran discurso. Simplemente, tenía que confirmar que los sentimientos que habían de por medio eran mutuos.
¡Imposible!
Me enojé conmigo misma y me sentí incómoda. Ya no quería estar más ahí. No por él, sino por mí. Yo y mi terquedad. Obstinada y reacia a todo, esquiva, altanera.
No le dije nada más y me retiré en silencio. Ni siquiera me despedí. Me puse de pie y terminé de bajar por la colina hasta el camino que llevaba a los cuarteles. Ya encontraría alguna tarea que hacer para despejar la mente. No quise girar a verlo o iba a terminar devolviéndome y eso resultaría más patético aún.
Desconocía los pensamientos que habían surcado su mente al verme partir sin más. Tampoco quise ahondar en ello. Lo sentía tanto, de verdad. Aún tenía sentimientos encontrados en mi interior.
