La liebre y el viajero

VII

Confesiones a un buen amigo

Seiya lo sintió claramente. El cosmos de Hyōga vibrando furiosamente conforme aumentaba su poder. Pero luego, de pronto, así como apareció, se desvaneció totalmente. Todo fue tan repentino y rápido que ni siquiera tuvo tiempo de llegar al jardín de los cerezos, sino que en su camino hacía allí se ha topado con un Hyōga alteradísimo, quien no lo mira y tampoco dice una sola palabra cuando él le pregunta qué ha ocurrido.

Sin embargo, aunque el rubio tratá de voltear la cara para ocultar sus lágrimas, Seiya puede verlas brillar claramente a la luz del magnifico candil del salón.

–¡Hyōga! –musita ligeramente sorprendido. Quiere preguntarle por qué está así pero no lo hace. Lo conoce bien y sabe que está desesperado por salir de ahí lo antes posible, y que si no lo ha apartado de su camino es solo por consideración a Miho, quien va tomada de su mano. Así que, dirigiéndose a ella, el joven Pegaso musita: –¿Puedes disculparme, por favor? Iré con él. Estaremos afuera.

–Sí, por supuesto –dice la joven soltándose de su mano y apartándose hacia un grupo de gente, con quienes entabla rápidamente una fluida conversación.

Entonces, Seiya coloca el brazo derecho sobre los hombros del rubio buscando calmarlo y confortarlo sin palabras, y camina junto a él rumbo a la puerta principal de la mansión, alejándolo del bullicio que hierve en el salón.

Seiya no lo presiona para que le diga qué ha pasado sino que sigue caminando a su lado, esperando a que sea él quien se decida a hablar. Al recibir el apoyo silencioso de su amigo, Hyōga siente que la terrible opresión en su pecho se aligera. Cuando salen a la noche colmada de estrellas y se dirigen hacia los amplios jardines que se extienden frente a ellos, el ambiente tranquilo que reina entre los iluminados arboles hace que la molestia de Hyōga disminuya gradualmente hasta el punto en que siente que ya puede volver a respirar correctamente de nuevo.

–Estuve a nada de atacarla –suelta repentinamente, después de varios minutos. Ya no hay lágrimas en sus ojos azules, pero su voz suena ligeramente amarga y pastosa, y las huellas húmedas de las lágrimas de antes aún pueden verse en su rostro.

–¿Qué? –Seiya se aparta un poco. Su brazo cae al tiempo que él mira a su amigo– ¿A quién te refieres?

–A Saori –aclara el ruso, deteniéndose debajo de una de las tantas farolas que iluminan los jardines– La vi besándolo, y yo… no pude resistirlo.

–¿Q-qué?

La expresión de Seiya es todo un poema de confusión mezclada con flashazos de entendimiento, mismo que hace que su gesto cambie del desconcierto a la comprensión y luego, de nuevo, al desconcierto y, otra vez, a la comprensión.

Hyōga lo mira y la enorme tristeza que siente aminora ligeramente debido a la simpatía que le produce ver el gracioso semblante desconcertado de su amigo.

"Siempre se puede contar con Seiya para levantarnos el ánimo" piensa para sí mientras una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios.

Con todo, no le explica nada más. Sabe que más pronto que tarde su amigo terminará atando los cabos, así que él deja escapar un hondo suspiro (en tanto, el cerebro de Seiya sigue trabajando a mil por hora queriendo hallarle sentido a las palabras del ruso) y, apoyando la espalda sobre la base metálica de la farola, saca un pequeño pañuelo blanco del bolsillo de su pantalón (aquel que Shun le obsequió hace apenas un par de días) con la intención de secar su rostro húmedo.

Pero, al mirar la pequeña prenda, la leve sonrisa que había conseguido se esfuma en un segundo pues su corazón se ha oprimido dolorosamente porque a su mente ha vuelto, nítida, la hermosa sonrisa que Shun le mostró cuando le insistió en que se quedara con el pañuelo. Así, también, ha vuelto la cálida sensación que lo llenó cuando las manos de su querido amigo apresaron las suyas. Y ahora, al rememorarlo todo, no puede evitar sentirse completamente estúpido por haberse enamorado tan intensamente de él.

Aún así lleva el pequeño pañuelo a su rostro y aspira profundamente el suave aroma a menta fresca, freesia y madera de cerezo que todavía lo impregna. Cuando lo hace, el sentimiento de tristeza y pérdida vuelve a apoderarse fuertemente de su corazón porque sabe que, aunque él se esté muriendo de amor por Shun, nunca podrá tener una oportunidad con él pues es muy claro que está con Saori. Un par de gruesas lágrimas brotan de sus ojos celestes ante ese pensamiento justo en el momento en que la voz de Seiya se deja oír.

–Creo…, creo que ya lo entiendo –dice el moreno mientras Hyōga, esforzándose por contener su aflicción, se apresura a secar sus mejillas– Shun… Él te gusta, ¿cierto?…

La voz de Seiya suena inusualmente pequeña y nerviosa, casi como si hubiera descubierto el secreto más preciado de su amigo sin querer y se sintiera muy apenado por haber sido sorprendido en falta. Por eso es que cuando Hyōga levanta la vista, Seiya no lo está mirando, sino que tiene ambas manos guardadas en los bolsillos del pantalón, y sus ojos marrones están clavados en la pequeña piedra con la que su pie derecho está jugueteando insistentemente.

Hyōga se sorprende ante esa actitud de Seiya, pues nunca antes había imaginado que su amigo fuera tan respetuoso de los sentimientos y los secretos ajenos, dada su exuberante personalidad. Sintiendo que ese destello de simpatía que antes había sentido hacia él vuelve a surgir, el rubio sonríe levemente pensando en que seguramente algo de la seria, digna y correcta actitud de Shiryū ha terminado contagiando al habitualmente impetuoso Pegaso.

–No, Seiya –responde, haciendo que el moreno levante la cabeza rápidamente y lo mire con los ojos bien abiertos.

–¿No?... Pero yo creí que…

–No solo me gusta... Estoy enamorado de él –confiesa Hyōga sinceramente– Estúpidamente enamorado –añade, con la voz más triste que Seiya ha escuchado jamás.

–Oh… –Seiya vuelve a concentrar toda su atención en patear suavemente la pequeña piedra sin saber exactamente qué decir.

–¿La idea te incomoda? –pregunta el rubio con voz suave, casi temerosa, plenamente consciente de que no todos los días se le confiesa a un amigo que estás enamorado de alguien de tu mismo sexo.

–¿Qué? ¡No! Nada de eso– responde Seiya, moviendo sus manos vertiginosamente delante de él queriendo reforzar su negativa– El amor es el amor, y es lo que importa.

Hyōga sonríe ligeramente y asiente.

Entonces Seiya, como si no quisiera inmiscuirse más de la cuenta pues respeta mucho el sentir de su amigo, añade con cautela:

–Es por eso que tú estabas tan pendiente de Shun todo el tiempo... Por eso siempre estabas queriendo saber dónde estaba y con quién, ¿verdad?

–Así es –murmura el rubio, dejando escapar un profundo suspiro cargado de tristeza– Pero, ahora…

–Lo sé. Saori. Están juntos. Y ella lo besó.

Hyōga apuña los ojos y aprieta la mandíbula con fuerza, pero termina asintiendo resignadamente. Su rostro tiene la expresión más frustrada y, al mismo tiempo, más triste que Seiya ha visto en su vida.

–Lo siento mucho, amigo– dice el joven Pegaso, acercándose a él y dándole una ligera palmada de ánimo en el brazo derecho– Ahora comprendo tu reacción. Fue muy inquietante sentir tu cosmos vibrando tan violentamente, ¿sabes?... Lo primero que pensé es que algún enemigo se había presentado de repente, pero me quedé muy desconcertado porque solo pude sentirte a ti. No había vibración alguna ni de Shun ni de Saori ni de nadie más.

–Yo… simplemente me descontrolé cuando la vi… besándolo –Hyōga muerde esa ultima palabra con molestia pues no puede evitar la irritación y el dolor que le provoca recordar ese momento– No estaba en mis cabales y mi cosmos se encendió por sí solo como respuesta a mi ira. Shun…, él se interpuso entre mi furia y Saori. Al verlo protegiéndola mis celos sobrepasaron el límite por mucho y me hicieron perder completamente el control.

–Sí, yo sentí ese tremendo incremento en tu energía… Pero, luego, fluctuó drásticamente hasta apagarse totalmente. ¿Qué fue lo que pasó?

–Es un poco… contradictorio. Yo… me volví loco cuando vi a Shun delante de ella, protegiéndola con su cuerpo. Pero, precisamente, ver su afán de protección hacia ella fue lo que me hizo recobrar algo de cordura.

–¿Estás diciendo que estallaste de celos porque él la protegió de ti, pero lograste controlarte por la misma razón? –pregunta Seiya, poniendo la misma graciosa expresión de desconcierto que antes– No entiendo nada, amigo.

–Me di cuenta de que si no me controlaba terminaría lastimándolo. Tú sabes cómo es Shun, él no se hubiera movido ni aunque mil cosmos en explosión amenazaran a Saori y, aun en mi locura, yo sabía que él no iba a reaccionar contra atacando.

–Oh… Eso es verdad. Pero, Hyōga, si Shun no se hubiera colocado entre Saori y tú..., ¿tú realmente la hubieras atacado? Es decir, ella es Athena... –dice el joven Pegaso, como si el pensamiento de que un santo que juró proteger a la diosa se atreva a levantar sus puños contra ella le pareciera la peor aberración del mundo.

–Sé lo que estás pensando, Seiya. Sé que es inconcebible, pero yo... enloquecí. No es excusa, lo sé –se apresura a aclarar cuando ve que Seiya está a punto de replicar– Es... simplemente que no estaba pensando, ¿comprendes? Solo reaccioné al impulso feroz de los celos.

–Entonces es una suerte que Shun haya reaccionado para protegerla –apunta Seiya, aliviado, pensando en que ahora tiene esa deuda pendiente con él.

–Sí, lo fue... Pero, ¿sabes una cosa?, la verdad es que logré controlarme porque en medio de mi locura comprendí que no podía lastimar nada que él ame, ¿entiendes?... Lastimarla a ella hubiera sido como lastimarlo a él, y yo jamás haré nada para causarle dolor.

El timbre en la voz de Hyōga es tan triste que Seiya no puede evitar colocar la mano sobre su hombro para tratar de infundirle ánimo.

–¿Qué harás ahora, amigo?

Hyōga no responde inmediatamente. Sus ojos celestes están clavados en la mansión. Las luces que atraviesan los altos ventanales titilan suavemente y el bullicio de voces y música suena a lo lejos.

–No lo sé… –dice finalmente.

Entre sus manos aún sostiene el pequeño pañuelo de Shun. Con el corazón encogido de aflicción lo lleva hasta su nariz y aspira con fuerza.

–¿Qué hay de Erii?

–¿Erii?

–Sí…

Hyōga lo mira y Seiya hace un gesto con la cabeza señalando a la joven rubia que, en ese preciso momento, está bajando las escaleras que dan acceso a la mansión y camina hacia los jardines, en dirección hacia donde ellos dos se encuentran.

–Miho me ha dicho que Erii siente algo muy profundo por ti.

–Seiya…

–Lo sé, lo sé… Perdóname por sugerirlo –se apresura a responder al interpretar claramente el "No voy a hacerle eso a ella" en la expresión de su amigo– Solo creí que, tal vez…

–No hay "tal vez", Seiya –dice Hyōga, apartándose de la base metálica de la farola– Erii es una chica buena y muy dulce. Me simpatiza mucho, pero no pienso usarla para olvidar a Shun. Eso sería muy injusto para ella.

"Olvidar a Shun", esas palabras se quedan fijas en su mente, causándole un dolor agudo y lacerante.

Mira una vez más el pequeño pañuelo que tiene entre las manos mientras su propia negación ante el "tener que olvidar" lo hace reaccionar opuestamente, llenando su cabeza de todos los momentos que ha vivido junto a Shun, de todas sus sonrisas, de las miradas que han compartido. Y no puede evitar exhalar un profundo y doloroso suspiro al pensar en lo mucho que le habría gustado poder besar sus labios siquiera una sola vez.

"No creo que pueda olvidarlo, pero ya no tiene caso pensar en lo que jamás podrá ser. Shun nunca será para mí, y tengo que asumirlo" se dice a sí mismo, queriendo blindar su lastimado corazón con la frialdad que tanto caracteriza a los caballeros de los hielos eternos para que deje de doler como está doliendo, y arruga la pequeña prenda entre sus tensos dedos con la intención de arrojarla lejos.

Pero, al final, no se atreve a deshacerse de ella "Es lo único que me llevaré de él" y termina guardándola en el bolsillo de su camisa blanca.

–Voy a llevar a Erii de vuelta al orfanato –dice finalmente, con la voz cansada– Y después… volveré a Siberia.

–¿Estás seguro?

–Es lo mejor para todos, Seiya –le asegura mientras Erii se acerca al espacio que ellos ocupan. Mirándolo una última vez, Hyōga extiende su mano derecha hacia él– Gracias por todo tu apoyo.

Seiya le estrecha la mano con fuerza.

–No fue nada, amigo– dice, sintiendo que su alma se contrista hondamente a causa del dolor que destila la voz del ruso. Tratando de animarlo un poco, agrega:–Nos veremos de nuevo. No creas que vas a librarte de mí tan fácilmente.

Hyōga sonríe levemente. En ese preciso momento la suave y preocupada voz de Erii se deja oír.

–¿Cómo estás, Hyōga?... Miho me dijo que estabas aquí hablando con tu amigo.

–Estoy bien. Más tranquilo –le asegura el rubio, rogando internamente que no le haga más preguntas. No quiere tener que darle explicaciones sobre las razones que lo llevaron a montar aquel espectáculo en el jardín de los cerezos porque sabe que seguramente sería doloroso para ella conocerlas.

Afortunadamente para él, Erii no lo cuestiona en absoluto. Simplemente, enlazándolo del brazo, le sonríe muy dulcemente mientras dice:

–Me alegra que estés mejor… Esta noche ha estado llena de fuertes impresiones y estoy agotada. ¿Te importaría si nos marchamos ahora?

–No, claro que no. De hecho, iba a proponértelo.

Sin decir más ambos jóvenes se despiden de Seiya con una sonrisa y una leve inclinación de cabeza. Luego, juntos, echan a andar hacia la reja principal de la mansión.

De pie bajo la suave luz de las altas farolas el joven Pegaso los ve desaparecer en la oscuridad que envuelve la calle, sin imaginar siquiera, ni por un segundo, lo que ha ocurrido en el jardín de los cerezos entre Erii, Shun y Saori mientras Hyōga y él hablaban.

Así, desconociendo completamente el inminente peligro que se cierne sobre su rubio amigo, Seiya gira sobre sus talones y atraviesa los jardines de vuelta a la mansión.