22 días para mi cumpleaños
Día 7: WereLock
El paciente sobrevivió.
Era todo lo que el mensaje decía y eso bastaba, lo demás no tenía importancia, sólo el hecho de que tenía un sujeto vivo con el cual experimentar. Sería mejor llamarlo "sujeto de prueba" o "espécimen", tendría que indicarle a la doctora Hooper que mejorar su terminología para hacerla más exacta y menos personal. Aunque no recordaba que previamente hubiera usado esa palabra.
Se vistió a toda prisa, al salir de su departamento un auto oficial lo esperaba para agilizar su traslado. Era obvia la importancia que tenía todo este asunto y que su trabajo era uno de los más trascendentales puesto que podría significar un cambio en la guerra.
-Buenos días señor –lo saludó el chofer, un soldado raso con uniforme negro, mantenía la mirada al frente y las manos sujetando con firmeza el volante.
-St. Bart's –dijo él sin devolver el saludo. La jerarquía militar le tenían sin cuidado, su pensamiento científico era lo único importante. En algún punto alguien había quebrado la lógica científica y él debía encontrar la manera para enmendarlo.
El camino al Centro de investigación en armas biológicas o St. Bart's, como se le conocía, fue muy corto. Había toque de queda es Londres y solamente vehículos autorizados podían circular antes de las ocho de la mañana. Se tomó sólo unos instantes para apreciar la gran ciudad sumida aun en la oscuridad, fataban tres horas para el amanecer.
El laboratorio estaba en silencio, el sonido de sus pasos se escuchó exagerado. La doctora Hooper esperaba por él fuera del área de celdas, parecía nerviosa, lo cual no tenía mucho sentido. Estaba altamente calificada y era, por lo mismo, su única ayudante, no necesitaba a nadie más rondando y observando su trabajo. Sólo ella, con nadie más podría tener tanta paciencia.
Por lo mismo, se le hizo muy raro verla intranquila, moviendo los pies y tratando de evitar su mirada, ¿qué le quería ocultar?
-Hooper ¿qué hiciste? –le dijo. A cualquiera podría parecerla rudo, la manera en que le habló o la mirada pesada que le dedicó, pero ella estaba acostumbrada y no parecía afectada por lo mismo.
-No fue mi intención, no esperé esa reacción –dijo casi con un grito en una actitud tan descontrolada que provocó que él frunciera el ceño. Emoción, algo inútil, si había cometido un error ¿de qué servía lamentarse?
-Explícate –dijo y la doctora Hooper trató de articular las palabras pero al final tan sólo abrió la puerta hacia el área de celdas. No iba a explicarse, iba a mostrarle lo que había sucedido.
Las celdas estaban vacías, recordatorios de todos los experimentos fallidos. Algunas se observaban destruidas, las paredes de plástico diseñadas para observar y contener, arañadas pero íntegras. Por fortuna.
La última contenía al espécimen, en espera del tratamiento protocolario. Lo primero era rasurar el área de las extremidades superiores, cosa que esperaba que la doctora Hooper hubiera hecho. Después la canalización, colocar un catéter en cada extremidades para administrar con rapidez los diversos sueros.
No espera que ya estuviera hecho aquello, a veces era complicado, dependía de las características físicas del espécimen. Lo tercero a realizar en el protocolo era la toma de signos vitales, los cuales seguían un patrón establecido que se había podido realizar a lo largo de la investigación con los mil cuatrocientos noventa y dos especímenes que habían pasado por el laboratorio.
Frecuencia cardiaca, respiratorio, presión arterial, temperatura, nada difería de lo que se revisaría en un humano pero sus valores eran extremadamente diferentes. Después el protocolo marcaba que se colocaran los electrodos para el registro de la actividad cerebral y cardiaca.
Por ultimo los sueros. Era donde todo, generalmente, se iba al demonio.
-Doctor Holmes, debo advertirle que si bien el paciente sobrevivió a las heridas, al parecer su respuesta al patógeno parecer ser diferente.
Aquello era inesperado. La doctora Hooper se había detenido unos pasos antes de llegar a la celda ylo había detenido tomándolo del brazo. Una oleada de desagrado lo recorría a tal grado que por poco se sacude su contacto con repulsión.
Lo que fuera parecía haber impactado a la doctora, no era lo que acostumbraban ver y habían visto muchas cosas a lo largo de los años que llevaban experimentando con los especímenes. Terminó de dar los pasos que lo separaban de la celda iluminada y se preparó para lo peor, para ver de cerca a la bestia más terrorífica que poblaría sus pesadillas.
Encontró en medio de la celda, sentado en el piso, vestido con un sencillo pantalón y playera azul, a un hombre de alrededor de treinta años. Cabello rubio, complexión fuerte pero compacto. Ojos azules, mirada triste.
Un hombre.
Como cualquiera, como ninguno.
¿Dónde estaba la bestia?
Recordaba el dolor.
Antes de eso la oscuridad y los gritos. El equipo con el que contaba no parecía suficiente, el enemigo era demasiado resistente, acostumbrado a las peores condiciones, capaz de seguir peleando a pesar de encontrarse mutilado, sangrando, enceguecido. Como fuera, jamás se detenía.
Se habían quedado sin opciones, bombas, armas químicas o biológicas, nada parecía afectarles y no caían con una bala, ni con dos, necesitaban usar toda una carga y aun así algunos se volvían a levantar. El uso de armamento nuclear estaba descartado, no servía de nada y podían convertir el mundo en un lugar inhabitable. Así que de alguna manera debían detenerlos, evitar que la marea tomara una ciudad más, un país más, que alimentara sus fuerzas con más seres como ellos.
John tenía el peor de los trabajos, tenía que evacuar a los heridos, tratar por el medio que fuera de evitar la transformación. Era un batalla, pelear para prevenir los dos posibles escenarios que podrían suceder. El número uno, que tras herir a uno de sus soldados, posterior a una evaluación que la bestia realizaba en cuestión de segundos, decidiera que no cumplía con lo necesario para sobrevivir a la transformación. Entonces lo destrozaban y lo consumían con celeridad.
El segundo escenario posible era que comenzara con una transformación acelerada y entonces lo asimilaran a las filas de bestias. No era complicado, entraban en modalidad "manada" en cuestión de segundos y comenzaba a comportarse como el resto de ellos.
Por eso intentaban retirarlos lo más rápido posible, luchando por evitar cualquiera de los dos finales. Cuando los recibía en su pabellón, administraba los sueros (el SH-748, el más reciente) pero en general eso les ganaba horas para poder transportar a los pacientes y que pudieran ser trasladados a una de los centros de control. Se esperaba que se detuviera la transformación y que se pudiera revertir.
Cuando las bestias cayeron sobre el pabellón médico, trató de verdad de defenderse. Al final sólo quedó el dolor, su brazo desgarrado colgaba sostenido apenas por la articulación del hombro. De inmediato se inyectó una cantidad ridícula de suero, más de la usual y después perdió la conciencia.
Despertó en una celda iluminada con luz blanca, frente a él, una pared transparente de lo que parecía alguna clase de plástico templado, resistente. Una mujer lo miraba desde el otro lado de la pared, totalmente sorprendida, había dejado caer un expediente y el contenido del fólder había quedado desperdigado por el piso.
-¿Dónde estoy? –preguntó más por escuchar su voz que por otra cosa. Tenía idea muy clara de dónde podía estar pero quería asegurarse de que no emitiera un gruñido en vez de palabras.
-Te habías transformado… -dijo con voz casi inaudible, temerosa. La mirada parecía cargada de terror, se veía más bien como una presa, una muy sencilla de cazar.
El pensamiento tomó por sorpresa a John, ¿una presa? Lo cierto era que de repente, percibía su olor, sobretodo el de su sangre corriendo en sus venas y arterias. El sonido de su corazón latiendo cada vez con más rapidez lo hizo que no pudiera pensar en ninguna otra cosa. Había cerrado los ojos, agobiado por las sensaciones por lo que al abrirlos se sorprendió de que todo fuera más brillante, más definido.
-Tus ojos –dijo ella y aunque él no podía verlos sabía que algo había cambiado en el instante que había despertado y la había visto. La había pensando como comida, estaba seguro de que quería lanzarse sobre ella y consumirla. Volvió a cerrar los ojos y se sentó, casi se dejó caer, en el piso. Respiró una y otra vez, profundamente, controlando de esa manera sus emociones. Tenía que relajarse.
-¿Cómo te llamas? –preguntó la mujer. John sabía que ella tenía toda la información sobre él y que lo único que trataba de hacer era evaluar su estado de conciencia.
-John Hamish Watson, Capitán del quinto regimiento de fusileros de Northumberland, oficial superior médico. Ultima posición conocida por mi, 20 kilómetros al oeste de París como parte de la tercera defensa de la ciudad en contra de un contingente de 30 mil licántropos.
-Pareces recordar bien quién eres… -dijo ella aun titubeante. John sabía porqué decía eso, los pacientes mordidos que sobrevivían a los primeros minutos de la transformación perdían toda su humanidad, no había vuelta atrás, eran uno más de ellos. Sedados y contenidos, podían ser trasladados, como seguramente le había sucedido a él, pero hasta ahora, por lo menos lo que se ha informado, ninguno había revertido la transformación.
-Sé quién soy, sé lo que me sucedió y sería bueno también saber porqué ahora en vez de ser una bestia hambrienta, dispuesta a destrozar tu cuello, romper tus huesos y consumir tu carne; sigo siendo yo.
-Tus ojos, son de nuevo azules –dijo ella mientras sin siquiera ver su celular, mandaba a toda prisa un mensaje.
-Estás aterrorizada, ¿qué hiciste? –preguntó John haciendo un alarde de sus poderes de observación.
-Yo no pensé que sucedería esto, estabas a punto de morir, te inyecté un suero que yo hice, en algo que he estado trabajando en mi tiempo libre… yo … -balbuceó.- Cuando él venga… cuando él venga…
Giró hacia la derecha y con pasos apresurados se alejó. John escuchó el sonido de su caminar hasta que una puerta se cerró sumiendo todo en el silencio. Se dio cuenta de que había en una esquina un poco de ropa y se vistió, si no era una bestia entonces debía estar presentable para quién fuera que acudiera a verlo.
No tuvo que esperar demasiado, sin embargo no estaba preparado para verlo de nuevo. Ya lo conocía, todos los conocían, pero no era lo mismo ver su rostro en la televisión o en la fotografías oficiales junto al primer ministro, que por cierto era su hermano, a verlo en persona.
Así que estaba en St. Bart's, en el corazón de Londres y bajó la atención de Sherlock Holmes, primer oficial comisionado a la erradicación del patógeno que ocasionaba la epidemia de licantropía.
Hubiera sido mejor morirse en el campo de batalla, haber tenido el valor para dispararse en la cabeza con la última bala que le quedaba en vez de inyectarse la cantidad inmensa de suero. Demonios, pensó John, pero por ver una vez esos ojos de cerca podría ser suficiente recompensa por el dolor que iba a sufrir.
-Inunda la celda de halotano, quiero iniciar el examen físico lo más pronto posible –dijo el doctor Holmes con su voz profunda y John, a pesar de haber disfrutado más de lo que debería al haberlo escuchado, sabía que estaba a punto de iniciar la tortura.
El gas comenzó a entrar a la celda y se sintió mareado en cuestión de segundos y después, nada, sólo oscuridad y silencio.
Gracias por seguir leyendo, de verdad.
Me sorprende su respuesta, sobretodo porque considero cada uno de estos capítulos una posibilidad. Habrá algunos que no me sienta tan cómoda al escribirlos, como el GreaseLock, siento que me falta mucho contexto para situar una historia en los años 50's. Y a pesar de eso, adoro que les guste y que me dejen sus comentarios.
Al final, si pudiera decidir por sólo uno, ¿qué AU quisieran leer por varios capítulos? Vayan pensando, aún faltan muchos para que tengan las opciones completas.
Bueno, no he podido agradecer a cada uno por sus hermosos comentarios, he andando con demasiado trabajo y las desveladas me han afectado. Pero de corazón les digo, cada palabra me sirve y me ayuda a continuar.
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