Nota: mis más sinceras disculpas por haber tardado tantísimo en traducir este capítulo. Entre que no tengo mucho tiempo libre y he estado centrada en mis propios fanfics, bueno, he dejado esto un poco abandonado. Tengo toda la intención de acabarlo, eso sí; me he propuesto no empezar ningún otro proyecto hasta que acabe de traducir esta historia. Voy a ir alternando la traducción de este con la escritura de otro, así que tampoco puedo prometer que actualizaré cada poco tiempo (que además tengo que estudiar ^^").
Y eso es todo, ¡adelante con el capítulo!


CINCO

BONNEFOI

Francis despertó de un profundo sueño, sintiéndose revigorizado. Al ser poco madrugador, se sorprendió al encontrarse despierto antes que Arthur, al que estaba abrazando. Medio desnudo bajo las sábanas, sus piernas enredadas con las del otro en el pequeño catre, se pegó más a Arthur y se dispuso a dormir de nuevo. Reposó su cabeza en el pecho de Arthur, rozando la cálida piel con sus labios, justo cuando Arthur empezó a despertar. Su pecho se alzó cuando inspiró, y apretó los ojos antes de abrirlos. Eran impresionantemente verdes en contraste con sus mejillas coloradas. Parecía más joven que sus veintidós años: era hermoso. Francis le lanzó una mirada anhelante.

Bonjour, chéri.

Arthur dudó antes de que sus labios se curvaran en una sonrisa receptiva. Alzó los dedos y apartó unos mechones de pelo de la cara de Francis.

—Buenas —dijo en voz baja. Después añadió: — ¿Alfred y Mathew…?

—Siguen dormidos; es pronto —respondió Francis, calmando la preocupación de Arthur.

El inglés enrojeció y su brillante mirada se movió con rapidez a la puerta de la celda, pero respondió al toque de Francis. A pesar de su actitud, el capitán inglés era muy sensible. Francis se elevó sobre los codos y posó sus labios sobre los de Arthur, provocando un suspiro. Dejó que sus manos descendieran y sostuvo la delgada cintura de Arthur. Lo sintió temblar. Arthur llevó sus manos a la nuca de Francis y se apretó contra él, profundizando el beso. Y por segunda vez en doce horas, el corazón de Francis se hinchó.

«Te quiero», pensó, muy seguro de aquel hecho. Toda duda que podía haber albergado (el miedo a ser engañado, a que se aprovecharan de él; el temor de que Arthur podría estar abusando de su posición; asustado por el cadalso y su cercana muerte) había desaparecido la noche anterior. Nada de eso importaba ya, porque:

Je t'aime, Arthur.

Arthur abrió la boca para responder…

De repente, la cortina se abrió con brusquedad.

Los ojos del segundo de abordo los acuchillaron con asco.

—Lo sabía —dijo. Arthur se puso en pie de un salto, como movido por un resorte, pero el segundo de abordo cerró la puerta de golpe antes de que pudiera alcanzarla. — ¡Sabía que no eras nada más que un asqueroso comepollas! —gruñó, encerrándolos.

—Abra la puerta, ¡es una orden! —exigió Arthur, aunque débilmente. Su voz sonaba aguda por el pánico.

—Oh, ya no vas a dar más órdenes. Me aseguraré de ello, ya que has roto la ley contra la sodomía. —Señaló a Francis con un movimiento de cabeza— Sabía que tenías algún problema —repitió—. Cuando lleguemos a Inglaterra, voy a hacer que te juzguen junto a tu sucio amante francés. Te destituirán de tu rango y, si tienes suerte, puede que todo se salde con una multa. Pero si hay algo de justicia en este mundo, te colgarán junto al puto gabacho. Y ellos —señaló a la cama, donde los niños se habían levantado, despertados por el ruido, aunque estaban medio escondidos, sintiendo el peligro—, si de verdad son tus hijos y tienen tu sangre de comepollas, los tiro por la borda ahora mismo.

—¡NO! —gritaron Arthur y Francis a la vez. Arthur se aferró a los barrotes de la celda— No son míos, ¡lo juro! Los encontré en la isla. Sólo los llevo a Inglaterra para meterlos en un orfanato. Por favor, no les hagas daño, ¡son niños inocentes!

El segundo de abordo se cruzó de brazos. Parecía disfrutar al ver suplicando al orgulloso capitán; medio desnudo y desesperado. Francis miraba al hombre con el más puro odio en sus ojos.

«¿Cómo demonios ha entrado?» se preguntó, recordando segundos después el cerrojo roto. «¡Maldita sea!» Apretó los puños, sintiendo cómo la ira devoraba su paciencia. Quería herir a ese hombre. Si el segundo de abordo, si ese segundón engreído se atrevía a tocar a sus niños, entonces nada podría salvarlo de la ira de Francis. Ni el cadalso ni el mismísimo Infierno. Perdería por completo el control, al igual que lo haría si Arthur moría. «Mátame» pensó, sin dudarlo. Su destino llevaba meses siendo inamovible, pero los otros merecían una oportunidad para vivir. «Si quieres castigarnos, mátame a mí. Mátame de la forma más espantosa que se te ocurra, no me importa. Pero no les hagas daño.»

—¡No los toques! —gruñó cuando el segundo de abordo se acercó a la cama. Los niños se alejaron de él, del extraño.

—Por favor, ¡no lo hagas! —suplicó Arthur— ¡Son niños!

El segundo de abordo sonrió con fingida inocencia.

—¿Qué? Si dices que no son tuyos, entonces no tengo motivos para hacerles daño —dijo, intentando agarrar a Alfred. Alfred lo esquivó, así que agarró a Mathieu en su lugar. Ignorando las protestas de Alfred, llevó a Mathieu hasta la celda y, agarrando su barbilla, le obligó a mirar a sus padres sustitutos—. Mira bien, chico. Estos hombres son malos y van a morir pronto.

—Detente —dijo Francis, con una calma peligrosa. Su furia era palpable, pero no quería asustar a Mathieu.

El segundo de abordo ignoró la amenaza (y a Alfred, que no paraba de golpear su pierna). En su lugar, llevó su rostro junto al de Mathieu, hasta que sus mejillas casi se rozaron, y dijo:

—Diles que les odias, chico. Diles lo malos que son. Vamos, ¡díselo! —gritó, agitando al niño. Mathieu soltó un sollozo asustado, pero ninguna palabra.

—¡Para! ¡Te odio! —gritó Alfred, dándole una patada. Molesto, el segundo de abordo lo agarró y los llevó a ambos de vuelta a la cama. Entrando en pánico, Alfred gritó: — ¡No! ¡Papi!

El segundo de abordo los dejó en la cama, y cuando Alfred intentó bajarse, le dio una fuerte bofetada. Alfred se dejó caer en la cama, confuso.

—¡Jodido hijo de la grandísima puta! ¡No te atrevas a tocarlo! —gritó Arthur, aferrando con fuerza los barrotes, su voz temblando por la ira— Lo juro por Dios, ¡te mataré si les haces daño!

—No malgastes saliva, Capitán. La necesitarás para tu defensa, lo que me recuerda —dijo, fingiendo sorpresa— que tengo que escribir una carta al Almirante para decirle que nuestro capitán ha resultado ser un comepollas de mala muerte. No me llevará mucho, no os vayáis —se burló, sentándose en el escritorio—. ¡He dicho que os quedéis! —gritó a los niños, que intentaban escabullirse; asustados, volvieron a sentarse (aunque Alfred le sacó la lengua, desafiante).

El segundo de abordo mojó la pluma en la tinta, dispuesto a escribir los cargos contra Arthur, pero se detuvo.

—Sabéis —dijo pensativo, arrogantemente perdiendo tiempo y mirando a los chicos—, son muy monos los dos. Puede que no los deje en Inglaterra. Seguro que consigo un buen precio por ellos en el Sur, o en el Este. ¿Qué os parece, muchachos? En unos años, podría subastaros a los dos, venderos a un burdel y retirarme con lo que gane. —Se giró hacia la celda, sonriendo a Arthur y a Francis—. Ganaría bastante sólo con el de los ojos violetas; la gente paga mucho por rarezas como esa, y cuanto más joven, mejor.

Ni Arthur ni Francis respondieron, demasiado enfurecidos como para hablar.

El segundo de abordo se encogió de hombros y empezó a escribir.

Silenciosamente, Francis golpeó a Arthur con el codo y señaló a su camisa, manchada de sangre, que estaba tirada en el suelo al lado del catre. Arthur frunció el ceño, sin entender qué quería decir. Cauteloso por la mirada de sospecha del segundo de abordo, Francis presionó dos dedos contra el costado de Arthur, imitando una pistola. «La pistola que me diste está debajo de mi camisa. La dejé ahí anoche.»

Los ojos verdes de Arthur se abrieron, recuperando la esperanza; luego frunció el ceño de nuevo. Silencioso, vocalizó: «¿Sigue atascada?»

Francis asintió y Arthur se mordió el labio con pesar. No podían coger la pistola y recargarla sin que el segundo de abordo los disparara a bocajarro, no sin una distracción. Podría argumentar que había sido en defensa propia, y técnicamente tendría razón. El más mínimo movimiento de cualquiera de ellos atraería su atención. Eran sus habilidades como observador, no como buena persona, lo que le había ganado su puesto.

Cuando Arthur, frustrado, pegó una patada al catre, le lanzó un gruñido:

—¡Ey! Que no te dé una pataleta, Capitán. Ya tengo dos niñatos con los que lidiar. Sería una verdadera lástima si alguien saliera herido por tu culpa.

Era una amenaza mal disimulada: si no cooperas, castigaré a los niños.

Arthur se sintió insultado; pero Mathieu miraba a la celda. Su mirada se había quedado fija en la de Francis, y al francés le recordó otra vez a un perro que aguarda órdenes.

«Es un niño muy obediente, un estudiante diligente…»

De repente, una idea surgió en su mente. Era arriesgado, pero podría ser la distracción que necesitaban. Rompiendo el contacto visual para evitar sospechas, Francis empezó a hablar lento y claro en francés:

Chéri, no tengas miedo. Angleterre y yo vamos a estar bien, pero necesito que hagas una cosa.

—¡Eh, cállate! —ladró el segundo de abordo. A pesar de sus muchos talentos, no hablaba nada de francés— No soporto el sonido de tu asquerosa voz cuando hablas en puto francés.

Francis lo ignoró y continuó.

Necesito que tú y tu hermano corráis y os escondáis en vuestra tienda, ¿vale? No tengas miedo —repitió. Los ojos de Mathieu se movieron hacia el segundo de abordo durante unos segundos; temía que le pegara. Francis estuvo a punto de decirle que lo olvidara: se odiaría si cualquiera de los niños resultara herido por su culpa. Pero se recompuso. Mathieu era bueno siguiendo órdenes («¡Menos mal que siempre ha prestado mucha atención cuando le enseñaba francés!»). Si Francis le decía que hiciera algo, lo haría, tuviera miedo o no.

Confía en mí, chéri. Coge a tu hermano y corred a vuestra tienda. Haced mucho ruido y dejad que él os vea —señaló al segundo de abordo con sutileza—. No voy a dejar que os haga daño, lo prometo.

Arthur frunció el ceño. Sus limitados conocimientos de francés le bastaban para preocuparse, pero no para entender. Francis le lanzó una mirada confiada y vocalizó:

«Confía en mí.»


KIRKLAND

—¡Te he dicho que te calles! —gritó el segundo de abordo, acuchillando a Francis con la mirada.

Arthur le devolvió la mirada, furioso con él y consigo mismo. Se sentía muy estúpido, muy descuidado. Entrando en pánico, empezó a reconsiderar todas las decisiones que había tomado desde que salieran del Caribe:

«No debería haber recogido a los niños, no debería haberme enamorado de Francis, ¡no debería haberle dejado follarme en una celda como compañeros de prisión!» pensó, avergonzado. Pero, sobre todo: «No debería haber contratado a este jodido segundo de abordo. Todo esto es culpa mía.» Miró con inquietud a los niños. «Podría haberlo evitado. Si los chicos salen heridos por mi culpa… ¡joder!»

Los niños, sin embargo, parecían menos asustados de lo que lo estaba Arthur. La mejilla de Alfred se estaba hinchando, pero no dejaba de mirar al segundo de abordo con cara de enfado. Mathew estaba quieto como una estatua. Arthur no sabía qué le había dicho Francis en francés, pero el chico lo miraba con intensidad, como un perro pastor que, concentrado, espera a una señal.

«¿Se puede saber qué le has dicho?» Miró a Francis, acusador. «Si se pone en peligro por lo que le has dicho…»

Entonces Francis le lanzó una mirada.

«Confía en mí.»

Y Arthur lo hizo.

En el mismísimo instante en que el segundo de abordo inclinó la cabeza para seguir escribiendo, Francis dijo:

Aller.

Mathew agarró a Alfred de la mano y saltó de la cama. Arrastró a su mellizo a través del camarote hacia el escritorio, pateando las piezas de ajedrez: los soldados de Alfred. El segundo de abordo se giró de golpe, sorprendido por la descarada desobediencia de los niños. Alfred cogió una roca y la tiró con una precisión escalofriante, golpeándole en el hombro. Gruñó y se lanzó a coger a los chicos mientras éstos desaparecían bajo el mantel.

—Francis… —dijo Arthur.

Francis se lanzó al suelo para recuperar la pistola y se la plantó a Arthur en las manos. A partir de ahí, no hacían falta instrucciones. Hábilmente, abrió la pistola y la recargó con rapidez. Lo había hecho tantas veces que sus manos se movían por hábito. Sólo necesitó unos segundos. El segundo de abordo emergió de debajo de la mesa, arrastrando a un chico rubio tras él. Cuando vio el cañón de la pistola apuntándolo, aupó al niño para usarlo de escudo: Alfred. Pero el brazo del inglés no bajó y siguió apuntando sin vacilar, aun cuando Francis gritó, sobresaltado:

—¡Espera, vas a darle a Alfred!

La mirada verde de Arthur se cruzó con la azul de Alfred y supo que el niño no tenía miedo. Confiaba en que Arthur iba a salvarlo… y Arthur lo hizo.

«Estoy aquí. Voy a protegerte.»

Apretó el gatillo y disparó la cuarta bala.

¡BANG!


BONNEFOI

La bala voló junto a la cabeza de Alfred y acabó en la frente del segundo de abordo, alojándose al final de su cráneo. Lo mató al instante. Cayó hacia atrás y un chorro de sangre salió disparado del agujero, salpicando a Alfred cuando cayó al suelo. Se revolvió en busca de libertad, pateando el cadáver en el proceso, y corrió hasta la celda.

—¡Alfred! —jadeó Francis, arrodillándose para inspeccionar la casa del chico— Est ce que vous allez bien?!

Alfred no respondió. Sus ojos estaban clavados a la humeante pistola en la mano de Arthur, y miraba al inglés con admiración.

La puerta se abrió de golpe.

—¡Capitán, he oído un disparo! —jadeó el grumete— ¿Va todo bien? ¿Capitán?

Se detuvo en seco cuando vio la escena: su capitán, medio desnudo, encerrado en una celda con un francés en las mismas condiciones, dos aterrorizados niños pequeños frente a ellos, y el segundo de abordo, muerto, en el suelo. Alzó las cejas, sorprendido, los ojos abiertos como platos por la incredulidad.

Arthur tiró la pistola.

—¡Menos mal que eres tú, muchacho!

Los marineros más mayores estaban llenos de prejuicios y habrían sospechado de él, pero el joven de quince años adoraba al capitán inglés.

—¡No te quedes ahí como un pasmarote! —urgió Arthur— ¡Coge la llave y abre la maldita celda! Está en ese cajón —señaló.

—¡Ah! ¡Sí, señor… Capitán, señor!

Los niños se apartaron mientras el grumete abría la celda, liberando al inglés y al francés. Agradecido, Arthur le estrechó la mano.

—¡Excelente, muchacho! ¡Gracias!

A continuación, se arrodilló frente a Alfred y Mathieu y los abrazó, aliviado, disculpándose una y otra vez:

—Lo siento, lo siento muchísimo, cariños.

Francis le dio las gracias al grumete apresuradamente mientras pasaba a su lado.

Est ce que vous allez bien, chéries? ¿Estáis bien?

Mientras Francis montaba un pequeño escándalo con los niños, el grumete parpadeó y preguntó:

—¿Capitán…? ¿Qué está pasando?

—Ah, sí… Una pregunta muy válida —dudó Arthur.

Se irguió y se enfrentó al expectante joven. No era recomendable involucrar a más gente de lo necesario (cuanta menos gente lo supiera, mejor), pero Francis era tan consciente como Arthur de que iban a necesitar la ayuda del grumete para convencer al resto de la tripulación de que el segundo de abordo los había traicionado. No iba a ser bueno ni para él ni para los niños si Arthur era sospechoso de un asesinato a sangre fría. Sólo cabía esperar que el grumete fuera tan discreto como era bondadoso. Francis dejó que Arthur hablara mientras él se centraba en los niños, limpiando la sangre del rostro de Alfred. Se habían recuperado con rapidez de toda la agitación, pero Francis no las tenía todas consigo.

«Espero que toda esta violencia no les traumatice para siempre.»

El grumete escuchaba atentamente a Arthur, su mirada viajando entre él y Francis con curiosidad, y asintió con vehemencia, dispuesto a demostrar que se podía confiar en él. Después de diez minutos y una promesa, dijo:

—Sí, señor. Haré saber a la tripulación del intento de amotinamiento del segundo de abordo, así como de que intentó herir a los chiquillos. Usted sólo defendió a sus hijos, señor. Por eso le disparó —recitó.

El grumete se fue y Arthur suspiró. Cansado, sonrió y se hundió en su silla.

—¿Estáis bien, chicos?

Mathieu asintió, dócil.

—Sí, papá —dijo Alfred.

Francis vio cómo Arthur se tensaba y bajaba la mirada, evitando el contacto visual. Simpatizaba con el inglés, aunque a la vez sintió un pinchazo de celos. No podía entender por qué Arthur se alejaba cada vez que los niños trataban de acercarse a él. Cuidaba de ellos, les enseñaba, jugaba con ellos, los protegía. Los había rescatado varias veces, entrando en sus vidas como un héroe de cuento cuando lo habían necesitado, pero cuando Alfred confesaba sus sentimientos (sin importar lo inocentemente que lo hacía), Arthur nunca lo reconocía.

«Te quieren, ¿por qué no quieres aceptarlo? Y es obvio que tú también los quieres, ¿así que por qué negarlo?»

El silenció se alargó, tornándose más y más incómodo a cada segundo, mientras los chicos aguardaban una respuesta. Los grandes ojos azules de Alfred miraban expectantes a Arthur, quien cobardemente fingía no darse cuenta. Finalmente, Francis intervino:

—¿Arthur…?

Arthur tragó saliva y negó con la cabeza. Dijo:

—No, Alfred. No soy tu… —se detuvo bruscamente. Cambiando de tema, señaló al cadáver— Francis, ayúdame a mover el cuerpo.